VII. El Niño Feo
¿Son desalmados los científicos? No más que otras personas, pero siempre hay cuestiones de prioridades. Si se quiere que la ciencia médica progrese, es preciso realizar experimentos con animales. Aunque se den las condiciones más humanas posibles, muchos animales mueren en condiciones lastimosas. ¿En qué medida puede un animal asemejarse a un ser humano y seguir siendo tratado como un «animal»? ¿Tenemos especiales consideraciones con los gorilas o los chimpancés? ¿Tenemos en cuenta consideraciones adicionales en lo que se refiere a las ballenas y los delfines? ¿Hacemos…?
Pero lea el relato.
Edith Fellowes se alisó la bata de trabajo como hacía siempre antes de abrir la complicada cerradura de la puerta y atravesar la invisible línea divisoria entre el es y el no es. Llevaba su libreta de notas y su pluma, aunque ya no tomaba notas más que cuando sentía la absoluta necesidad de presentar algún informe.
Esta vez llevaba también una maleta. («Juegos para el niño», había dicho, sonriendo al guardián…, que hacía tiempo había dejado de pensar siquiera en interrogarla y que le hizo con la mano ademán de que pasara).
Y, como siempre, el niño feo se dio cuenta de que había llegado y corrió a ella, exclamando «señorita Fellowes…, señorita Fellowes…» con su voz suave y confusa.
—Timmie —dijo ella, y le pasó la mano por el hirsuto cabello castaño de su deforme cabecita—. ¿Qué ocurre?
Él respondió:
—¿Volverá otra vez Jerry para jugar? Siento lo que ha pasado.
—No te preocupes por eso ahora, Timmie. ¿Por eso es por lo que has estado llorando?
Él apartó la vista.
—No sólo por eso, señorita Fellowes. He soñado otra vez.
—¿El mismo sueño? —la señorita Fellowes apretó los labios.
Naturalmente, el asunto de Jerry haría que volviese el sueño.
Él asintió con la cabeza. Dejó al descubierto los dientes, demasiado grandes, al intentar sonreír, y se estiraron los labios de su prominente boca.
—¿Cuándo seré lo bastante grande para salir ahí, señorita Fellowes?
—Pronto —respondió ella dulcemente, sintiendo que se le desgarraba el corazón—. Pronto.
La señorita Fellowes dejó que él le cogiera de la mano y se deleitó con el cálido contacto de la gruesa y reseca piel de su palma. Él la llevó a través de las tres habitaciones que componían la totalidad de Stasis Sección Uno…, suficientemente confortable, sí, pero una eterna prisión para el niño feo durante los siete (¿eran siete?) años de su vida.
La llevó hasta la única ventana, que daba a una boscosa porción del mundo de es (oculto ahora por la noche), donde una cerca y unas instrucciones pintadas prohibían que nadie entrara allí sin autorización.
El niño aplastó la nariz contra la ventana.
—¿Ahí afuera, señorita Fellowes?
—Sitios mejores. Sitios más bonitos —respondió ella tristemente, mientras miraba el perfil, recortado sobre la ventana, de su pobre carita encarcelada. La frente se inclinaba oblicuamente hacia atrás, y el pelo le caía en mechones sobre ella. Tenía abombada la parte posterior del cráneo, de tal modo que parecía que la cabeza era demasiado pesada, por lo que colgaba hacia delante, obligando a todo el cuerpo a una postura encorvada. Unas eminencias óseas comenzaban ya a abombarle la piel sobre los ojos. Su ancha boca se proyectaba hacia delante con más prominencia que su nariz ancha y chata, y carecía en realidad de barbilla; solamente tenía un maxilar que se curvaba suavemente hacia abajo y hacia atrás. Su estatura era pequeña para su edad, y tenía arqueadas las cortas piernas.
Era un niño muy feo, y Edith Fellowes sentía mucho cariño por él.
Ella tenía la cara por detrás de la línea de visión del niño, así que permitió a sus labios el lujo de un ligero temblor.
No le matarían. Ella haría cualquier cosa por impedirlo. Cualquier cosa. Abrió la maleta y empezó a sacar las ropas que contenía.
Edith Fellowes había cruzado por primera vez el umbral de «Stasis, Inc.» hacía poco más de tres años. En aquel momento no tenía la más mínima idea de lo que significaban «Stasis» o el lugar. Nadie la tenía entonces, salvo los que trabajaban allí. De hecho, fue sólo el día siguiente a su llegada cuando la noticia se difundió por el mundo.
A la sazón, era sólo que habían publicado un anuncio solicitando una mujer con conocimientos de fisiología, experiencia en química clínica y que sintiera amor hacia los niños. Edith Fellowes había sido enfermera en una sala de maternidad y creía reunir esas condiciones.
Gerald Hoskins, cuyo nombre en la placa que tenía sobre la mesa llevaba a continuación la mención PhD para indicar su doctorado, se rascó la mejilla con el pulgar y la miró fijamente.
La señorita Fellowes se puso rígida de un modo automático y notó que se le crispaba la cara (con su nariz ligeramente asimétrica y sus cejas un poco demasiado espesas).
Él tampoco es ninguna maravilla, pensó con resentimiento. Está engordando y quedándose calvo, y tiene un gesto agrio en la boca. Pero el sueldo mencionado era considerablemente más alto de lo que había esperado, así que aguardó.
Hoskins dijo:
—Veamos, ¿ama usted realmente a los niños?
—No lo diría si no fuese cierto.
—¿O ama solamente a los niños guapos? ¿Hermosos niños gordezuelos de lindas naricillas y gorgoteantes sonidos?
La señorita Fellowes respondió:
—Los niños son niños, doctor Hoskins, y los que no son guapos son quizá los que más necesitan nuestra ayuda.
—Suponga entonces que la aceptamos…
—¿Quiere decir que me está ofreciendo el empleo ahora?
Él sonrió brevemente, y, por un instante, su rostro adquirió un cierto atractivo. Dijo:
—Yo suelo tomar decisiones rápidas. Pero por el momento el ofrecimiento es condicional, a prueba. Puedo tomar la decisión igualmente rápida de despedirla. ¿Está dispuesta a correr el riesgo?
La señorita Fellowes aferró su bolso y empezó a calcular lo más rápidamente que podía. Luego, prescindió de cálculos y siguió su impulso:
—De acuerdo.
—Excelente. Vamos a formar el «Stasis» esta noche, y creo que será mejor que esté allí para ocupar inmediatamente su puesto. Será a las ocho en punto, y le agradecería que estuviese usted aquí a las siete y media.
—Pero ¿qué…?
—Excelente. Excelente. Eso es todo por ahora.
A una señal suya, se acercó una sonriente secretaria para acompañarla a la puerta.
La señorita Fellowes se volvió a mirar unos momentos la cerrada puerta del doctor Hoskins. ¿Qué era «Stasis»? ¿Qué tenía que ver con niños este vasto edificio, con sus empleados uniformados, sus corredores provisionales y su inconfundible aire de ingeniería?
Se preguntó si debía volver esa noche o si debía abstenerse de ello y dar una lección a aquel arrogante hombre. Pero sabía que volvería, aunque sólo fuese por pura frustración. Tendría que averiguar lo de los niños.
Regresó a las siete y media y no necesitó anunciarse. Uno tras otro, hombres y mujeres parecían conocerla y conocer su ocupación. Se encontró casi como deslizándose sobre rodillos mientras era introducida en el interior.
El doctor Hoskins estaba allí, pero se limitó a mirarla con aire distante y murmurar:
—Señorita Fellowes.
Ni siquiera sugirió que se sentara, pero ella acercó tranquilamente una silla a la barandilla y se sentó.
Estaban en un balcón que daba sobre un gran pozo lleno de instrumentos que parecía un cruce entre el cuadro de mandos de una nave espacial y la sección de trabajo de un ordenador.
En un lado había mamparas que parecían formar un apartamento sin techo, una gigantesca casa de muñecas en el interior de cuyas habitaciones podía ella mirar desde arriba.
Pudo ver una cocina electrónica y una unidad de congelación en una habitación y las instalaciones de un cuarto de baño en otra. Y, sin duda, el objeto que distinguía en otra habitación sólo podía ser parte de una cama, de una pequeña cama.
Hoskins estaba hablando con otro hombre y, con la señorita Fellowes, ocupaban la totalidad del balcón. Hoskins no se ofreció a presentarle al otro hombre, y la señorita Fellowes le miró con disimulo. Era delgado y muy atractivo para la edad mediana que aparentaba. Tenía un pequeño bigote y ojos penetrantes que parecían fijarse en todo.
Estaba diciendo:
—No voy a pretender ni por un momento que entiendo todo esto, doctor Hoskins; es decir, excepto como puede esperarse que lo entienda un profano, un profano razonablemente inteligente. Sin embargo, si hay una parte que entiendo menos que otra, es esa cuestión de la selectividad. Usted sólo puede llegar hasta esa distancia máxima; eso parece razonable, las cosas se vuelven más borrosas cuanto más lejos se va; se necesita más energía. Pero es todo lo cerca que puede llegar. Ésa es la parte desconcertante.
—Puedo hacer que parezca menos paradójico, si me permite utilizar una analogía, Deveney.
(La señorita Fellowes identificó al otro hombre en cuanto oyó su nombre y, aun a su pesar se sintió impresionada. Se trataba sin duda de Candide Deveney, el escritor científico de Telenews, que tenía fama de encontrarse siempre en la escena de todo avance científico importante. Incluso reconoció su rostro como el que vio en la pantalla cuando se anunció el desembarco en Marte. Así que el doctor Hoskins debía de tener algo importante allí).
—No faltaba más —dijo tristemente Deveney—, utilice una analogía si cree que puede ser útil.
—Bien, usted no puede leer un libro de tipo de letra normal si se le pone a dos metros de los ojos, pero puede leerlo si lo sostiene a treinta centímetros. Hasta ahí, cuanto más cerca, mejor. Pero si se pone el libro a dos centímetros de los ojos, lo ha perdido otra vez. Y es que hay algo que se llama estar demasiado cerca.
—Hmmmm —dijo Deveney.
—O tomemos otro ejemplo. Su hombro derecho está a unos ochenta centímetros de la punta de su dedo índice derecho, y usted puede tocarse el hombro derecho con el dedo índice derecho. Su codo derecho está sólo a la mitad de distancia de su dedo índice derecho; conforme a la lógica normal, debería ser más fácil tocarlo, y, sin embargo, no le es posible colocar el dedo índice derecho sobre el codo derecho. Y es que de nuevo, hay algo que se llama estar demasiado cerca.
—¿Puedo utilizar esas analogías en mi reportaje? —preguntó Deveney.
—Por supuesto. Encantado. He estado esperando mucho tiempo a que alguien como usted hiciera un reportaje. Le daré cualquier otra cosa que quiera. Ha llegado el momento de tener al mundo mirando por encima de nuestro hombro. Y verá algo.
(La señorita Fellowes se encontró admirando, aun a su pesar, la calma que mostraba el doctor Hoskins. Había vigor allí). Deveney preguntó:
—¿Hasta qué distancia llegará?
—Cuarenta mil años.
La señorita Fellowes contuvo bruscamente el aliento. ¿Años?
Había tensión en el aire. Los hombres situados ante los controles no se movían apenas. Un hombre hablaba ante un micrófono con voz monótona y en cortas frases que no tenían ningún sentido para la señorita Fellowes.
Deveney, inclinándose con gran atención sobre la barandilla del balcón, preguntó:
—¿Veremos algo, doctor Hoskins?
—¿Qué? No. Nada hasta que el trabajo esté terminado. Detectamos indirectamente, por medio de algo que guarda relación con el principio del radar, salvo que nosotros usamos mesones en vez de radiaciones. Los mesones se extienden hacia atrás en las condiciones adecuadas. Algunos son reflejados, y debemos analizar las reflexiones.
—Eso parece difícil.
Hoskins volvió a sonreír, brevemente, como siempre.
—Es el producto final de cincuenta años de investigación, cuarenta de ellos antes de que entrara yo en este campo… Sí, es difícil.
El hombre del micrófono levantó una mano.
Hoskins dijo:
—Llevamos semanas con el foco fijado en un momento particular del tiempo; retirándolo, volviendo a fijarlo después de calcular nuestros movimientos en el tiempo; cerciorándonos de que podíamos manejar con suficiente precisión el flujo del tiempo. Esto debe funcionar ahora.
Pero le brillaba la frente.
Edith Fellowes se encontró de pronto de pie y asomada a la barandilla, pero no había nada que ver.
El hombre del micrófono dijo sosegadamente:
—Ya.
Hubo una pausa que duró justo el tiempo necesario para una respiración, y, luego, desde las habitaciones de la casa de muñecas llegó el grito de un niño aterrorizado. ¡Terror! ¡Penetrante terror!
La señorita Fellowes volvió la cabeza en la dirección del grito. Había un niño implicado. Lo había olvidado.
Y Hoskins golpeó con el puño la barandilla y dijo con voz tensa, trémula de triunfo:
—Lo conseguí.
La mano de Hoskins apretó con firmeza la espalda de la señorita Fellowes para que descendiera la corta escalera de caracol. El hombre le habló.
Los hombres que habían estado ante los cuadros de mandos se hallaban ahora en pie, sonriendo, fumando, mirando cómo entraban los tres en la planta principal. De la dirección de la casa de muñecas venía un suave zumbido.
Hoskins dijo a Deveney:
—No hay ningún peligro en entrar en «Stasis». Yo lo hecho mil veces. Se nota una sensación extraña, pero es momentánea y no significa nada.
Cruzó una puerta abierta en muda demostración de lo que decía, y Deveney, sonriendo con aire tenso y haciendo una inspiración ostensiblemente profunda, le siguió:
Hoskins dijo:
—¡Señorita Fellowes! ¡Por favor! —Dobló con gesto impaciente el dedo índice.
La señorita Fellowes asintió con la cabeza y franqueó rígidamente el umbral. Fue como si una pequeña ondulación le recorriera el cuerpo, un cosquilleo interior.
Pero una vez dentro todo parecía normal. Estaba el olor a la madera fresca de la casa de muñecas y… a estiércol.
Reinaba ahora el silencio, al menos no se oía ninguna voz, pero se oyó un leve arrastrar de pies, el arañar de una mano sobre madera… y, luego, un débil gemido.
—¿Dónde está? —preguntó, angustiada, la señorita Fellowes.
¿No les importaba a aquellos estúpidos hombres?
El niño estaba en el dormitorio; al menos, en el cuarto en que estaba la cama.
Estaba en pie, desnudo, agitándose convulsivamente su pecho pequeño y cubierto de barro. Un montón de barro y de gruesas hierbas se extendía por el suelo, junto a sus pies descalzos. De él procedía el olor a estiércol y a algo fétido.
Hoskins siguió la horrorizada mirada de ella y dijo con tono irritado:
—No se puede arrancar limpiamente a un niño del tiempo, señorita Fellowes. Había que tomar también parte de su entorno para no correr riesgos. ¿O habría preferido que llegase aquí con una pierna menos o con sólo media cabeza?
—¡Por favor! —exclamó furiosa la señorita Fellowes—. ¿Vamos a quedarnos aquí? El pobre niño está asustado. Y está sucio.
Tenía razón. Estaba cubierto por una costra de barro y grasa y tenía en el muslo un arañazo que parecía doler.
Cuando Hoskins se acercó a él, el niño, que parecía tener poco más de tres años, se acurrucó y retrocedió rápidamente. Levantó el labio superior y lanzó un sibilante bufido, como un gato. Con rápido ademán, Hoskins agarró los brazos del niño, que lloraba y forcejeaba y lo levantó del suelo.
La señorita Fellowes dijo:
—Sosténgalo ahora. Necesita un baño caliente primero. Necesita limpiarse. ¿Tienen el equipo preciso? Si es así, haga que lo traigan aquí, y necesitaré ayuda para manejarlo sólo al principio. Luego, haga que se lleven también toda esta inmundicia.
Ella estaba dando ahora las órdenes, y se sentía perfectamente a sus anchas haciéndolo. Y, como ahora era una eficiente enfermera, y no una desconcertada espectadora, miró al niño con ojo clínico… y durante un momento de horror vaciló. Vio más allá de la suciedad y de los gritos, más allá del pataleo y de los inútiles forcejeos. Vio al niño mismo.
Era el niño más feo que había visto jamás. Era horriblemente feo, desde la deforme cabeza hasta las arqueadas piernas.
Lavó al niño, ayudada por tres hombres mientras otros se movían a su alrededor en sus esfuerzos por limpiar la habitación. Trabajaba en silencio y con una cierta sensación de afrenta, irritada por los continuos forcejeos y gritos del niño y por las humillantes duchas de agua jabonosa a que se veía sometida.
El doctor Hoskins había insinuado que el niño no sería guapo, pero eso distaba mucho de afirmar que sería repulsivamente deforme. Y estaba impregnado de un hedor que el agua y el jabón sólo poco a poco iban aliviando.
Sentía un fuerte deseo de coger al niño y, enjabonado como estaba, ponérselo en los brazos a Hoskins y marcharse, pero se lo impedía su orgullo profesional. Después de todo, había aceptado un trabajo. Y estaría la mirada de sus ojos. Una fría mirada que diría: ¿Sólo niños guapos, señorita Fellowes?
Se mantenía apartado de ellos, contemplando fríamente la escena a distancia, con una media sonrisa, cuando la miró a los ojos, como si le regocijara su humillación.
Ella decidió esperar un poco antes de abandonar. Hacerlo ahora no sería comportarse con dignidad.
Luego, cuando el niño presentaba un soportable color sonrosado y olía a jabón aromático, se sintió mejor. Los gritos del niño fueron sustituidos por gemidos de cansancio mientras miraba cautelosamente a su alrededor, pasando los ojos con rápida y asustada suspicacia de una a otra de las personas que se encontraban en la habitación. Su limpieza acentuaba su delgada desnudez mientras tiritaba de frío después del baño.
La señorita Fellowes ordenó ásperamente:
—¡Tráiganme una bata para el niño!
Apareció inmediatamente una bata. Era como si todo hubiera sido preparado y, sin embargo, nada estuviera listo hasta que ella daba las órdenes; como si la estuvieran dejando al frente de aquello sin ayuda, para ponerla a prueba.
El periodista, Deveney, se acercó y dijo:
—Yo le sostendré, señorita. Usted sola no podría ponérsela.
—Gracias —dijo la señorita Fellowes.
Y fue realmente una batalla, pero la bata acabó puesta, y cuando el niño hizo un ademán de ir a rasgarla, ella le pegó con fuerza en la mano.
El niño enrojeció, pero no lloró. Se la quedó mirando, y, con los dedos extendidos de una de sus manos, empezó a palpar la franela, que le resultaba extraña.
La señorita Fellowes pensó desesperadamente: Bueno, y ahora ¿qué?
Todos parecían haberse quedado sin movimiento, esperándola a ella…, incluso el niño.
La señorita Fellowes dijo secamente:
—¿Han preparado comida? ¿Leche?
Lo habían hecho. Fue introducida en el recinto una unidad móvil rodante, con su compartimiento de refrigeración que contenía tres litros de leche, una unidad de calentado y un surtido de refuerzos en forma de pastillas de vitaminas, jarabe de cobre-cobalto-hierro y otras de las que no tenía tiempo para ocuparse. Había una gran variedad de alimentos infantiles enlatados.
Para empezar, utilizó leche, simplemente leche. La unidad de radar calentó la leche a la temperatura predeterminada en cuestión de segundos y se apagó, y ella echó un poco en un platillo. Estaba convencida de la barbarie del niño. No sabría manejar una taza.
La señorita Fellowes movió la cabeza y dijo al niño:
—Bebe. Bebe.
Hizo un gesto como para llevarse la leche a la boca. Los ojos del niño lo siguieron, pero no hizo ningún movimiento.
De pronto, la enfermera recurrió a medidas directas. Agarró el brazo derecho del niño y sumergió el otro en la leche. Le echó la leche sobre los labios, de tal modo que se le escurrió por las mejillas y la retraída barbilla.
Por un momento, el niño lanzó un agudo grito; luego, se pasó la lengua por los labios. La señorita Fellowes retrocedió un paso.
El niño se acercó al platillo, se inclinó hacia él; levantó luego la vista y miró rápidamente hacia atrás, como si temiera el ataque de un enemigo agazapado, volvió a inclinarse y lamió con avidez la leche, como un gato. Producía un ruido gorgoteante. No usó las manos para levantar el platillo.
La señorita Fellowes dejó que asomara a su cara un poco de la repugnancia que sentía. No podía evitarlo.
Deveney debió de notárselo. Dijo:
—¿Lo sabe la enfermera, doctor Hoskins?
—¿Saber qué? —preguntó la señorita Fellowes.
Deveney titubeó, pero Hoskins (de nuevo con aquel aire de distante regocijo en el rostro) respondió:
—Bueno, dígaselo.
Deveney se dirigió a la señorita Fellowes.
—Tal vez no lo sospeche, señorita, pero es usted la primera mujer civilizada de la Historia que cuida a un niño de Neanderthal.
Ella se volvió hacia Hoskins, con una especie de controlada ferocidad.
—Podía habérmelo dicho, doctor.
—¿Por qué? ¿Qué diferencia hay?
—Usted dijo «un niño».
—¿Y no es un niño? ¿Ha tenido usted alguna vez un perrillo o un gatito, señorita Fellowes? ¿Están más cerca de los humanos? Si se tratara de un cachorro de chimpancé, ¿sentiría repugnancia? Usted es enfermera, señorita Fellowes. Según su historial, ha trabajado durante tres años en una sala de maternidad. ¿Ha rehusado alguna vez cuidar a un niño deforme?
La señorita Fellowes pareció perder seguridad. Dijo, con mucha menos decisión:
—Habría podido decírmelo.
—¿Y habría rechazado usted el puesto? Bien, ¿lo rechaza ahora? La miró fríamente, mientras Deveney les observaba desde el otro lado de la habitación y el niño de Neanderthal, habiendo terminado la leche y lamido el plato, levantaba la vista hacia ella con la cara mojada y los ojos muy abiertos y anhelantes.
El niño señaló la leche y prorrumpió de pronto en una breve serie de sonidos repetidos una y otra vez, sonidos compuestos de guturales y complicados chasquidos de la lengua.
—Vaya, pero si habla —exclamó la señorita Fellowes, sorprendida.
—Por supuesto —dijo Hoskins—. El Homo neanderthalensis no es una especie verdaderamente separada, sino, más bien, una subespecie del Homo sapiens. ¿Por qué no iba a hablar? Seguro que está pidiendo más leche.
Automáticamente, la señorita Fellowes alargó la mano hacia la botella de leche, pero Hoskins le agarró la muñeca.
—Veamos, señorita Fellowes, antes de continuar, ¿se queda usted en el puesto?
La señorita Fellowes se desasió, con aire irritado.
—¿No le alimentará si no me quedo? Continuaré con él… durante algún tiempo.
Sirvió la leche.
Hoskins dijo:
—Vamos a dejarle con el niño, señorita Fellowes. Esta es la única puerta de Stasis Número Uno y está cerrada de un modo complicado y vigilada. Quiero que aprenda los detalles de la cerradura, que, naturalmente, será regulada con respecto a sus huellas dactilares, como ya lo está respecto a las mías. Los espacios superiores —levantó la vista hacia los abiertos techos de la casa de muñecas— están también vigilados, y seremos avisados si ocurre aquí algo anormal.
—¿Quiere decir que estaré bajo observación? —exclamó con indignación la señorita Fellowes, pensando de pronto en su propia observación de las habitaciones desde el balcón.
—No, no —respondió con seriedad Hoskins—. Se respetará absolutamente su intimidad. La observación consistirá es un simbolismo electrónico únicamente, con la sola intervención de un ordenador. Se quedará usted con él esta noche, señorita Fellowes, y todas las noches hasta nuevo aviso. Será usted relevada durante el día conforme al horario que usted indique. Dejaremos que sea usted quien organice eso.
La señorita Fellowes paseó la vista por la casa de muñecas con una expresión de desconcierto.
—¿Por qué todo esto, doctor Hoskins? ¿Es peligroso el niño?
—Se trata de una cuestión de energía, señorita Fellowes. No debe permitirse que salga nunca de estas habitaciones. Nunca. Ni para salvar su vida. Ni para salvar la vida de usted, señorita Fellowes. ¿Está claro?
La señorita Fellowes levantó la barbilla.
—Entiendo las órdenes, doctor Hoskins, y las enfermeras estamos acostumbradas a colocar el cumplimiento del deber por encima de la propia conservación.
—Muy bien. Siempre puede hacer una señal si necesita a alguien.
Y los dos hombres se marcharon.
La señorita Fellowes se volvió hacia el niño. Éste la estaba mirando, y todavía había leche en el platillo. Laboriosamente, ella trató de enseñarle a levantar el platillo y llevárselo a los labios. Él se resistió, pero dejó que le tocara sin ponerse a gritar.
Sus aterrados ojos estaban siempre fijos en ella, mirando, atisbando un posible falso movimiento. Ella se encontró calmándole, procurando mover la mano muy lentamente hacia su pelo, dejando que él la viera avanzar centímetro a centímetro, que viera que no había ningún daño en ello.
Y consiguió acariciarle un instante el pelo.
Dijo:
—Voy a tener que enseñarte a usar el cuarto de baño. ¿Crees que puedes aprender?
Hablaba con voz queda y suave, sabiendo que él no entendería las palabras, pero confiando en que respondería al sosiego del tono que empleaba.
El niño soltó de nuevo una frase de sonidos chasqueantes.
Ella preguntó:
—¿Puedo cogerte la mano?
Extendió la suya, y el niño la miró. La dejó extendida y esperó.
La mano del niño se deslizó hacia la de ella.
—Eso está bien —dijo ella.
La mano se acercó a menos de dos centímetros de la suya, y, luego, el valor le falló al niño. La retiró.
—Bien —dijo sosegadamente la señorita Fellowes—. Volveremos a intentarlo más tarde. ¿Te gustaría sentarte aquí? —dio unas palmaditas sobre el colchón de la cama.
Transcurrieron lentamente las horas, y el progreso era mínimo. No tuvo éxito con el cuarto de baño ni con la cama. De hecho, después de haber dado inequívocas muestras de somnolencia, el niño se tendió en el desnudo suelo y luego, con rápido movimiento, rodó hasta meterse debajo de la cama.
Ella se agachó para mirarle, y los ojos del niño se posaron con furia en ella mientras le dirigía sus chasqueantes sonidos.
—Muy bien —dijo—, si te sientes más seguro ahí, duerme ahí.
Cerró la puerta del dormitorio y se retiró al catre que se le había instalado en la habitación más grande. Ante su insistencia, se había extendido sobre él un improvisado dosel. Pensó: Esos estúpidos hombres tendrán que colocar un espejo en esta habitación, y una cómoda más grande, y un lavabo independiente si esperan que pase aquí las noches.
Le era difícil dormir. Se encontró aguzando el oído para percibir posibles sonidos en la habitación contigua. No podía escaparse, ¿verdad? Las paredes eran lisas y demasiado altas; pero ¿y si el niño era capaz de trepar como un mono? Bueno, Hoskins había dicho que había aparatos vigilando a través del techo.
De pronto, pensó: ¿Será peligroso? ¿Físicamente peligroso?
Sin duda, Hoskins no podía haber querido decir eso. Sin duda, no la habría dejado aquí sola si…
Trató de reírse de sí misma. Era sólo un niño de tres o cuatro años. Pero no había conseguido cortarle las uñas. Si la atacara con uñas y dientes mientras dormía…
Se le aceleró la respiración. Oh, era ridículo, y, sin embargo… Escuchó con dolorosa atención, y esta vez oyó el sonido. El niño estaba llorando.
No gritaba de miedo o de ira; no aullaba ni chillaba. Estaba llorando suavemente, con los angustiados sollozos de un niño solo y abandonado.
Por primera vez, la señorita Fellowes pensó con pena: ¡Pobrecillo!
Naturalmente, era un niño; ¿qué importaba la forma de su cabeza? Era un niño que había sido sometido a una orfandad como la que ningún niño había padecido jamás. No sólo habían desaparecido su padre y su madre, sino también toda su especie. Cruelmente arrebatado del tiempo, era ahora la única criatura de su clase en el mundo. La última. La única.
Sintió que se intensificaba su compasión hacia él y, al mismo tiempo, se avergonzó de su falta de sensibilidad. Recogiéndose cuidadosamente el camisón en torno a las pantorrillas, de modo incongruente, pensó: Mañana tendré que traer una bata. Saltó de la cama y entró en la habitación del niño.
Se disponía a meter la mano bajo la cama, pero pensó en un posible mordisco y se abstuvo de hacerlo. En lugar de ello, encendió la lamparita y movió la cama.
El pobrecillo estaba acurrucado en el rincón, con las rodillas levantadas hasta la barbilla, mirándola con ojos recelosos.
A la débil luz, ella no se daba cuenta de lo repulsivo de su aspecto.
—Pobre niño —dijo—, pobre niño.
Notó que se ponía rígido cuando le acarició el pelo y cómo se relajaba luego:
—Pobre niño. ¿Me dejas que te coja?
Se sentó en el suelo junto a él y, lenta y rítmicamente, le acarició el pelo, la mejilla, el brazo. Empezó a cantar suavemente una canción lenta y dulce.
El niño levantó por fin la cabeza y le miró la boca en la penumbra, como si le intrigara el sonido.
Ella le fue acercando a su cuerpo mientras la escuchaba. Despacio, empujó con suavidad su cabeza hasta hacer que se la apoyara en el hombro. Le pasó los brazos bajo los muslos y, con pausado movimiento, lo elevó hasta su regazo.
Continuó cantando, la misma estrofa una y otra vez, al tiempo que se balanceaba hacia atrás y hacia delante, hacia atrás y hacia delante.
El niño dejó de llorar, y al cabo de un rato el suave ronquido de su respiración indicó que estaba dormido.
Con infinito cuidado, empujó de nuevo la cama contra la pared y le acostó. Le tapó y se lo quedó mirando. Su rostro tenía un aire completamente sosegado e infantil mientras dormía. No importaba tanto que fuese tan feo. No realmente.
La mujer empezó a salir de puntillas y, luego, pensó: ¿Y si se despierta?
Volvió, luchó titubeante consigo misma y, luego, suspiró y se metió lentamente en la cama con el niño.
Era demasiado pequeña para ella. Se sentía entumecida e incómoda por la ausencia de dosel, pero la mano del niño se deslizó en la suya, y acabó quedándose dormida en esa postura.
Despertó con un sobresalto y un violento impulso de gritar que consiguió reprimir justo a tiempo, emitiendo en su lugar una especie de gorgoteo. El niño la estaba mirando con los ojos muy abiertos. Tardó unos instantes en recordar que se había metido en la cama con él, y, luego, lentamente, sin apartar la vista de sus ojos, estiró con gran cuidado una pierna hasta tocar con ella el suelo e hizo después lo mismo con la otra.
Lanzó una rápida y aprensiva mirada hacia el abierto techo y tensó los músculos para desentumecerse.
Pero en ese momento, el niño alargó sus rechonchos dedos y le tocó con ellos los labios. Dijo algo.
Ella se estremeció ante su contacto. Era terriblemente feo a la luz del día.
El niño habló otra vez. Abrió la boca e hizo un gesto con la mano como si estuviera saliendo algo.
La señorita Fellowes trató de adivinar el significado de aquel gesto y dijo con voz trémula:
—¿Quieres que cante?
El niño no dijo nada, pero le miró la boca.
Con voz ligeramente desafinada a consecuencia de la tensión, la señorita Fellowes comenzó la cancioncilla que había entonado la noche anterior, y el niño feo sonrió. Se meció torpemente, siguiendo más o menos el compás de la música, y emitió un sonido gorgoteante que podría haber sido el comienzo de una risa.
La señorita Fellowes suspiró interiormente. La música tiene encantos que aplacan el pecho del salvaje. Podría ayudar…
Dijo:
—Espera. Deja que me arregle un poco. Sólo tardaré un minuto. Luego, te prepararé el desayuno.
Trabajó con rapidez, consciente en todo momento de la ausencia de techo. El niño permaneció en la cama, mirándola cuando estaba a la vista. Ella le sonreía en esas ocasiones y agitaba la mano en su dirección. Al final, él agitó también la mano, y ella se sintió complacida.
Finalmente, dijo:
—¿Te gustaría tomar avena con leche?
Lo preparó en un momento y, luego, le llamó con un gesto. La señorita Fellowes no sabía si entendió el gesto o fue atraído por el aroma, pero el caso es que saltó de la cama.
Ella intentó enseñarle a usar la cuchara, pero él retrocedía, asustado. (Hay tiempo, pensó). Se conformó con insistir en que levantara la taza con las manos. Él lo hizo con bastante torpeza y se tiró encima no poca leche, pero logró tomar la mayor parte.
Probó luego a poner la leche en un vaso, y el niño lanzó un gemido al encontrar la abertura demasiado pequeña para poder introducir la cara. Ella le cogió la mano, forzándole a rodear con ella el vaso y a inclinarlo, y forzándole también a llevar los labios al borde.
De nuevo se le derramó una cantidad considerable, pero de nuevo logró tomar la mayor parte, y ella estaba acostumbrada ya a estos derrames.
El cuarto de baño, para sorpresa y alivio suyos, resultó menos frustrante. Él comprendió lo que se esperaba que hiciera.
Ella se encontró acariciándole la cabeza y diciendo:
—Buen chico. Chico listo.
Y, con gran satisfacción por parte de la señorita Fellowes, el niño sonrió:
Ella pensó:
Cuando sonríe es perfectamente soportable. De veras.
Poco después, llegaron los caballeros de la Prensa.
La señorita Fellowes sostuvo al niño en brazos y lo apretó fuertemente contra su cuerpo mientras funcionaban las cámaras desde el otro lado de la puerta abierta. La conmoción asustó al niño, que se echó a llorar, pero pasaron diez minutos antes de que se le permitiera a la señorita Fellowes retirarse y dejar al niño en la habitación contigua.
Volvió a salir, roja de indignación, abandonó el apartamento (por primera vez en dieciocho horas) y cerró la puerta tras sí.
—Creo que ya han tenido ustedes bastante. Me costará mucho tiempo tranquilizarle. Váyanse.
—Claro, claro —dijo el caballero del Times-Herald—. Pero ¿es realmente un niño de Neanderthal o se trata de algún timo?
—Le aseguro —dijo de pronto la voz de Hoskins desde el fondo—, que no se trata de ningún timo. El niño es auténtico Homo neanderthalensis.
—¿Es niño o niña?
—Niño —respondió brevemente la señorita Fellowes.
—Niño-mono —dijo el caballero del News—. Eso es lo que tenemos aquí. Niño-mono. ¿Cómo se comporta, enfermera?
—Se comporta exactamente como un niño —exclamó la señorita Fellowes con irritación—. Y no es un niño-mono. Se llama… Timothy, Timmie…, y es del todo normal en su comportamiento.
Había elegido el nombre de Timothy al azar. Era el primero que se le había ocurrido.
—Timmie el Niño-Mono —dijo el caballero del News, y Timmie el Niño-Mono fue el nombre con que se le acabó conociendo en todo el mundo.
El caballero del Globe se volvió hacia Hoskins y preguntó:
—¿Qué espera hacer con el niño-mono, doctor?
Hoskins se encogió de hombros.
—Mi plan original quedó culminado cuando demostré que era posible traerlo aquí. Sin embargo, imagino que los antropólogos se sentirán muy interesados, y también los fisiólogos. Al fin y al cabo, tenemos aquí una criatura que se encuentra al borde mismo de lo que es un ser humano. De él podemos aprender mucho acerca de nosotros mismos y de nuestros antepasados.
—¿Cuánto tiempo lo conservará?
—Hasta que necesitemos el espacio más de lo que le necesitemos a él. Mucho tiempo, quizá.
El caballero del News dijo:
—¿Puede sacarlo al aire libre para que podamos instalar equipo subetérico y montar un buen espectáculo?
—Lo siento, pero el niño no puede ser sacado de «Stasis».
—¿Qué es «Stasis» exactamente?
—Ah. —Hoskins se permitió una de sus breves sonrisas—. Eso requeriría una larga explicación, caballeros. En «Stasis», el tiempo, tal como nosotros lo conocemos, no existe. Esas habitaciones se hallan dentro de una burbuja invisible que no forma exactamente parte del Universo. Por eso el niño pudo ser arrancado del tiempo como lo fue.
—Bueno, un momento —dijo con cierta irritación el caballero del News—, ¿qué nos está contando? La enfermera entra y sale de la habitación.
—Y también puede hacerlo cualquiera de ustedes —respondió Hoskins, con naturalidad—. Se moverían ustedes paralelamente a las líneas de fuerza temporal, y no se produciría una gran pérdida o ganancia de energía. El niño, sin embargo, ha sido tomado del pasado lejano. Ha atravesado las líneas y ha adquirido potencial temporal. Introducirlo en el Universo y en nuestro propio tiempo absorbería energía suficiente para abrasar todas las líneas y, probablemente, consumiría toda la electricidad de la ciudad de Washington. Hemos tenido que almacenar en el recinto la basura traída con él, y tendremos que ir eliminándola poco a poco.
Los periodistas iban apuntando afanosamente frases a medida que Hoskins les hablaba. No lo entendían, y estaban seguros de que tampoco lo entenderían sus lectores, pero sonaba científico, y eso era lo que importaba.
El caballero del Times-Herald dijo:
—¿Estaría usted libre esta noche para una entrevista en conexión nacional?
—Creo que sí —respondió enseguida Hoskins, y se marcharon todos.
La señorita Fellowes se los quedó mirando. Entendía tan poco como los periodistas de todo aquello acerca de «Stasis» y de la fuerza temporal, pero una cosa le había quedado clara. La prisión de Timmie (se encontró de pronto pensando en el niño como Timmie) era real y no impuesta por decisión arbitraria de Hoskins. Al parecer, era imposible dejarle salir de «Stasis». Jamás.
Pobre niño. Pobre niño.
Se dio cuenta de pronto de que Timmie estaba llorando y corrió a consolarle.
La señorita Fellowes no tuvo oportunidad de ver a Hoskins en el programa nacional, y aunque su entrevista fue transmitida a todas partes del mundo e, incluso, a los destacamentos de la Luna, no penetró en el apartamento en que vivían la señorita Fellowes y el niño feo.
Pero Hoskins bajó a la mañana siguiente, radiante y jubiloso. La señorita Fellowes le preguntó:
—¿Fue bien la entrevista?
—Muy bien. ¿Y cómo está… Timmie?
La señorita Fellowes se sintió complacida por el uso del nombre.
—De maravilla. Anda, Timmie, ven aquí. Este amable caballero no te hará ningún daño.
Pero Timmie permaneció en la otra habitación, asomando un mechón de su desgreñado pelo tras la barrera de la puerta y, ocasionalmente, el rabillo del ojo.
—La verdad es que se está asentando de un modo asombroso —dijo la señorita Fellowes—. Es muy inteligente.
—¿Le sorprende?
Ella vaciló un instante y, luego, dijo:
—Sí. Supongo que creía que era un niño-mono.
—Bueno, niño-mono o no, ha hecho mucho por nosotros. Ha convertido a «Stasis, Inc.» en una entidad con la que hay que contar. Estamos en la cumbre, señorita Fellowes, estamos en la cumbre. —Era como si tuviera que expresar su triunfo a alguien, aunque sólo fuera la señorita Fellowes.
—¿Ah, sí? —Ella le dejó hablar.
Él se metió las manos en los bolsillos y dijo:
—Hemos estado diez años trabajando en la cuerda floja, mendigando fondos centavo a centavo dondequiera que podíamos. Teníamos que jugárnoslo todo a una sola carta. Era, en efecto, literalmente todo o nada. Este intento de traer un Neanderthal consumió hasta el último centavo que pudimos recibir en préstamo o robar, y parte del dinero fue realmente robado…, fondos destinados a otros proyectos y utilizados para éste sin permiso. Si el experimento no hubiera tenido éxito, yo habría estado acabado.
La señorita Fellowes preguntó bruscamente:
—¿Por eso es por lo que no hay techos?
—¿Eh? —Hoskins levantó la vista.
—¿No había dinero para techos?
—Oh. Bueno, ésa no fue la única razón. La verdad es que no sabíamos de antemano qué edad exactamente podría tener el Neanderthal. Nuestra percepción en el tiempo carece de precisión, y podría haber sido corpulento y salvaje. Cabía la posibilidad de que hubiéramos tenido que tratar con él manteniendo una cierta distancia, como con un animal enjaulado.
—Pero, como no ha resultado así, supongo que ahora ya puede construir un techo.
—Ahora, sí. Tenemos mucho dinero ahora. Se nos han prometido fondos de todas partes. Es absolutamente maravilloso, señorita Fellowes.
Su ancho rostro resplandeció con una sonrisa que parecía inextinguible, y cuando se marchó hasta su espalda parecía estar sonriendo.
«Es un hombre agradable cuando no está en guardia y se olvida de ser científico», pensó la señorita Fellowes.
Se preguntó por un momento si estaría casado y, luego, desechó la idea un tanto azorada.
—Timmie —llamó—. Ven aquí, Timmie.
Durante los meses siguientes, la señorita Fellowes empezó a sentirse parte integrante de «Stasis, Inc.» Se le dio un pequeño despacho para ella sola con su nombre en la puerta, un despacho muy cercano a la casa de muñecas (como nunca dejó ella de llamar a la burbuja de «Stasis» de Timmie). Se le concedió un sustancial aumento de sueldo. Se puso techo a la casa de muñecas; su mobiliario fue mejorado; se añadió un segundo lavabo…, y, aun así, obtuvo un apartamento propio en los terrenos del Instituto, y a veces no se quedaba con Timmie durante la noche. Se instaló un intercomunicador entre la casa de muñecas y su apartamento, y Timmie aprendió a utilizarlo.
La señorita Fellowes se acostumbró a Timmie. Incluso se volvió menos consciente de su fealdad. Un día, se sorprendió a sí misma mirando en la calle a un niño corriente y encontrándolo poco atractivo con su amplia frente y su prominente mandíbula. Tuvo que hacer un esfuerzo para romper el hechizo.
Fue más agradable acostumbrarse a las ocasionales visitas de Hoskins. Era evidente que acogía con gusto las escapadas de su cada vez más ajetreado puesto como jefe de «Stasis, Inc.», y que se iba tomando un interés sentimental por el niño que lo había empezado todo, pero le parecía a la señorita Fellowes que también disfrutaba hablando con ella.
(Había averiguado también algunos datos acerca de Hoskins. Él había inventado el método para analizar el reflejo del rayo mesónico que penetraba en el pasado; había inventado el método de establecer «Stasis»; su frialdad era sólo un esfuerzo por ocultar su naturaleza bondadosa; y, oh sí, estaba casado).
A lo que la señorita Fellowes no podía acostumbrarse era al hecho de estar involucrada en un experimento científico. Pese a todo lo que pudiera hacer, se dio cuenta de que se iba implicando personalmente hasta el punto de discutir con los fisiólogos.
En cierta ocasión, Hoskins bajó y la encontró presa de un ardiente impulso de matar. No tenían derecho; no tenían derecho… Aunque fuese un Neanderthal, no era un animal.
Estaba mirando con ciega furia cómo se marchaban ellos; miraba por la abierta puerta y oía sollozar a Timmie, cuando se dio cuenta de que Hoskins estaba ante ella. Podría haber estado allí desde hacía varios minutos.
—¿Puedo entrar? —preguntó él.
Ella asintió con un breve movimiento de cabeza y, luego, corrió a reunirse con Timmie, que se aferró a ella, enroscando sus arqueadas piernecitas —todavía delgadas, muy delgadas— en torno a su cuerpo.
Hoskins le miró y, luego, dijo gravemente:
—Parece muy desgraciado.
—No me extraña —respondió la señorita Fellowes—. Están todos los días importunándole con sus muestras de sangre y sus exploraciones. Lo tienen sometido a dietas sintéticas que yo no daría ni a un cerdo.
—Es la clase de cosa que no pueden probar con un humano, ya sabe.
—Y tampoco pueden probarla con Timmie. Insisto, doctor Hoskins. Usted me dijo que fue la llegada de Timmie lo que salvó a «Stasis». Si experimenta usted algún sentimiento de gratitud por ello, tiene que mantenerlos alejados del pobrecillo al menos hasta que sea lo suficientemente mayor para entender un poco más. Después de una horrible sesión con ellos, tiene pesadillas, no puede dormir. Y le advierto —añadió en un súbito acceso de furia— que no les voy a dejar entrar más aquí.
(Se dio cuenta de que sus últimas palabras las había pronunciado gritando, pero no había podido evitarlo).
Dijo, más sosegadamente:
—Sé que es un Neanderthal, pero hay en los Neanderthal muchas cosas que no apreciamos. Me he documentado acerca de ellos. Tenían una cultura propia. Algunas de las más grandes invenciones humanas surgieron en los tiempos de Neanderthal. La domesticación de animales, por ejemplo; la rueda; diversas técnicas de piedra de moler. Tenían incluso ansias espirituales. Enterraban a sus muertos y enterraban posesiones materiales con el cadáver, lo que demuestra que creían en la existencia de una vida después de la muerte. Es tanto como decir que inventaron la religión. ¿No significa eso que Timmie tiene derecho a recibir un trato humano?
Dio una palmadita al niño en las nalgas y le mandó a su cuarto de juegos. Al abrirse la puerta, Hoskins sonrió brevemente ante el despliegue de juguetes que pudo ver.
La señorita Fellowes dijo defensivamente:
—El pobre niño merece sus juguetes. Es lo único que tiene y se los gana, con todo lo que está pasando.
—No, no. No tengo ninguna objeción, se lo aseguro. Estaba pensando en lo que ha cambiado usted desde el primer día, cuando estaba furiosa por el hecho de que yo le hubiese impuesto un Neanderthal.
La señorita Fellowes dijo en voz baja:
—Supongo que yo no… —y dejó la frase sin terminar.
Hoskins cambió de tema.
—¿Cuántos años diría usted que tiene, señorita Fellowes?
—No puedo decirlo, ya que no sabemos cómo se desarrollan los Neanderthal. Por el tamaño, sólo tendría tres años, pero los Neanderthal son más pequeños por regla general, y, con todos los experimentos que están haciendo con él, seguramente que no está creciendo. Pero por la forma en que va aprendiendo inglés, yo diría que tiene más de cuatro.
—¿De veras? No he visto en los informes ninguna referencia a su aprendizaje de inglés.
—No quiere hablar con nadie más que conmigo. Al menos, por ahora. Tiene un miedo terrible a los demás, y no es de extrañar. Pero sabe pedir un alimento concreto; puede indicar prácticamente cualquier necesidad; y entiende casi todo lo que digo. Claro que —le observó de modo reflexivo, tratando de calcular si era el momento adecuado— puede que su desarrollo no continúe.
—¿Por qué?
—Todo niño necesita estímulo, y éste lleva una vida de solitario confinamiento. Yo hago lo que puedo, pero no estoy con él todo el tiempo y no soy todo lo que él necesita. Lo que quiero decir, doctor Hoskins, es que necesita otro niño con el que jugar.
Hoskins asintió lentamente con la cabeza.
—Por desgracia, no hay ningún otro como él, ¿no? Pobre niño.
La señorita Fellowes aprovechó al instante la ocasión. Dijo:
—Usted le tiene cariño a Timmie, ¿verdad?
Era agradable que alguien más sintiera así.
—Oh, sí —respondió Hoskins, y, con la guardia baja, ella pudo ver la fatiga en sus ojos.
La señorita Fellowes abandonó sus planes de entrar enseguida en el asunto. Dijo, con sincera preocupación:
—Parece usted cansado, doctor Hoskins.
—¿Sí, señorita Fellowes? Entonces, tendré que procurar parecer más lleno de vitalidad.
—Supongo que «Stasis, Inc.», da mucho trabajo y le mantiene a usted muy atareado.
Hoskins se encogió de hombros.
—Supone bien. Es un asunto animal, vegetal y mineral a partes iguales, señorita Fellowes. Pero supongo que no ha visto usted nuestras exposiciones.
—Pues no. Pero no es porque no me interesen, sino, simplemente, porque he estado demasiado ocupada.
—Bueno, ahora ya no lo está tanto —dijo él, con impulsiva decisión—. La vendré a recoger mañana a las once para mostrárselas. ¿Le parece bien?
Ella sonrió, complacida.
—Me encantaría.
Él inclinó la cabeza, sonrió también y se marchó.
La señorita Fellowes se pasó el resto del día tarareando por lo bajo de vez en cuando. Realmente —era ridículo pensarlo, desde luego— pero, realmente, era casi como… como tener una cita.
Él llegó puntual al día siguiente, sonriente y alegre. Ella había sustituido su uniforme de enfermera por un vestido. Un vestido de corte discreto y conservador, desde luego, pero hacía años que no se sentía tan femenina.
Él elogió su aspecto con grave formalismo, y ella aceptó en el mismo tono. Era realmente un preludio perfecto, pensó. Y, luego, el pensamiento adicional: Preludio, ¿de qué?
Ahuyentó la idea apresurándose a despedirse de Timmie, asegurándole que volvería pronto. Se cercioró de que sabía lo que debía comer y dónde estaba.
Hoskins la llevó a la nueva ala del edificio, en la que ella no había entrado nunca todavía. Olía aún a nuevo, y se percibía un leve ruido de construcción que indicaba que estaba siendo ampliada.
—Animal, vegetal y mineral —dijo Hoskins, como había dicho el día anterior—. Animal ahí mismo; nuestros más espectaculares ejemplares.
El espacio estaba dividido en muchas salas, cada una de las cuales constituía una burbuja de «Stasis». Hoskins la llevó a la mirilla de una, y ella miró. Lo que vio le pareció al principio un polluelo con escamas y cola. Saltando sobre dos finas patas, corría de una pared a otra con su delicada cabeza de ave, coronada por una huesuda quilla semejante a la cresta de un gallo, volviéndose a un lado y a otro. Las garras de sus pequeñas patas se abrían y cerraban constantemente.
Hoskins dijo:
—Es nuestro dinosaurio. Hace meses que lo tenemos. No sé cuándo podremos deshacernos de él.
—¿Dinosaurio?
—¿Esperaba un gigante?
Ella sonrió.
—Supongo que es lo que se espera. Ya sé que algunos son pequeños.
—Uno pequeño es lo que queríamos, créame. Generalmente está sometido a investigación, pero al parecer ésta es una hora libre. Se han descubierto algunas cosas interesantes. Por ejemplo, no es completamente de sangre fría. Tiene un imperfecto método de mantener las temperaturas internas más altas que la del medio ambiente. Desgraciadamente, es macho. Desde que lo trajimos hemos estado tratando de localizar otro que fuese hembra, pero no hemos tenido suerte aún.
—¿Por qué hembra?
Él la miró burlonamente.
—Para tener una oportunidad de obtener huevos fértiles y pequeños dinosaurios.
—Claro.
La llevó a la sección de trilobites.
—Ese es el profesor Dwayne, de la Universidad de Washington —dijo—. Es químico nuclear. Si recuerdo correctamente, está tomando la proporción de isótopos sobre el oxígeno del agua.
—¿Por qué?
—Es agua primigenia; de hace mil millones de años por lo menos. La proporción de isótopos da la temperatura del océano en aquel tiempo. Él prescinde de los trilobites, pero otros se dedican principalmente a disecarlos. Son los afortunados, porque lo único que necesitan son bisturíes y microscopios. Dwayne tiene que montar un voluminoso espectrógrafo cada vez que realiza un experimento.
—¿Por qué? ¿No puede…?
—No, no puede sacar nada de la sala, mientras se pueda evitar.
Había también muestras de vida vegetal primordial y trozos de formaciones rocosas. Constituían las secciones vegetal y mineral. Y cada ejemplar tenía su investigador. Era como un museo; un museo devuelto a la vida y que servía de superactivo centro de investigación.
—¿Y tiene usted que supervisar todo esto, doctor Hoskins?
—Sólo indirectamente, señorita Fellowes. Tengo subordinados, gracias a Dios. Mi interés se centra exclusivamente en los aspectos teóricos del asunto: la naturaleza del Tiempo, la técnica de detección mesónica intertemporal, etcétera. Cambiaría todo esto por un método de detectar objetos más cercanos en el Tiempo que diez mil años. Si pudiéramos penetrar en tiempos históricos…
Fue interrumpido por un revuelo que se produjo en una de las cabinas más alejadas, una débil voz se elevó con tono quejumbroso. Frunció el ceño, murmuró «discúlpeme» y se alejó apresuradamente.
La señorita Fellowes le siguió lo mejor que pudo sin llegar a echar a correr.
Un hombre de edad, de rala barba y rostro congestionado, estaba diciendo:
—Tenía que completar aspectos vitales de mi investigación. ¿No lo comprende?
Un técnico uniformado, que llevaba en su bata de laboratorio el monograma entrelazado «SI» (de «Stasis, Inc.»), dijo:
—Doctor Hoskins, se convino desde el principio con el profesor Ademewski que el ejemplar sólo podía permanecer aquí dos semanas.
—Yo no sabía cuánto tiempo llevarían mis investigaciones. No soy profeta —replicó acaloradamente Ademewski.
El doctor Hoskins dijo:
—Comprenda, profesor, que disponemos de un espacio limitado; debemos mantener en rotación los ejemplares. Ese trozo de calcopirita debe volver; hay hombres esperando el próximo ejemplar.
—¿Por qué no puedo quedármelo yo entonces? Déjeme sacarlo de ahí.
—Usted sabe que no puede tenerlo.
—¿Un trozo de calcopirita? ¿Un miserable trozo de cinco kilogramos? ¿Por qué no?
—¡No podemos permitimos el gasto de energía que supone! —respondió bruscamente Hoskins—. Usted lo sabe.
Intervino el técnico.
—La cuestión es, doctor Hoskins, que ha intentado llevarse la roca, en contra de lo que disponen las reglas, y yo casi perforo «Stasis», sin saber que él estaba ahí dentro.
Hubo un breve silencio, y el doctor Hoskins se volvió hacia el investigador con fría ceremoniosidad.
—¿Es cierto, profesor?
El profesor Ademewski carraspeó.
—No veía nada malo…
Hoskins levantó la mano hacia un cordón que colgaba cerca de él, delante del recinto que contenía el ejemplar en cuestión. Tiró de él.
La señorita Fellowes, que había estado observando la completamente anodina muestra de roca que ocasionaba la disputa, contuvo de golpe el aliento al verla desaparecer. El recinto estaba vacío.
Hoskins dijo:
—Profesor, su permiso para investigar en «Stasis» queda anulado para siempre. Lo siento.
—Pero espere…
—Lo siento. Ha violado usted una de las normas más rigurosas.
—Apelaré a la Asociación Internacional…
—Hágalo. En un caso como éste, descubrirá que no se me puede vencer.
Se volvió pausadamente, dejando al profesor, que seguía protestando, y (con el rostro todavía blanco de ira) dijo a la señorita Fellowes:
—¿Le importaría almorzar conmigo, señorita Fellowes?
La condujo a la pequeña cafetería de la administración. Saludó a otros y presentó a la señorita Fellowes con absoluta desenvoltura, aunque ella se sentía penosamente azorada.
Qué estarán pensando, meditó, y trató desesperadamente de adoptar un aire profesional.
Dijo:
—¿Tiene con frecuencia esa clase de problemas, doctor Hoskins? Como el que acaba de tener con el profesor. —Cogió su tenedor y empezó a comer.
—No —respondió enérgicamente Hoskins—. Ha sido la primera vez. Por supuesto, siempre tengo que disuadir a los hombres de que se lleven las muestras, pero ésta es la primera vez que alguien intenta realmente hacerlo.
—Recuerdo que en cierta ocasión habló usted de la energía que eso consumiría.
—En efecto. Naturalmente, hemos procurado tenerlo en cuenta. Pueden ocurrir accidentes, y por eso disponemos de fuentes especiales de energía destinadas a cubrir el consumo que provocaría una salida accidental de «Stasis», pero eso no significa que queramos ver desaparecer en medio segundo la provisión de energía de todo un año, ni que podamos permitírnoslo sin que nuestros planes de expansión sufran un retraso de varios años. Además, imagine al profesor dentro del recinto mientras «Stasis» se hallaba a punto de ser perforado.
—¿Qué le habría ocurrido en ese caso?
—Bueno, hemos experimentado con objetos inanimados y con ratones, y han desaparecido. Presumiblemente, han viajado hacia atrás en el tiempo, arrastrados, por así decirlo, por el impulso del objeto al regresar simultáneamente a su tiempo natural. Por esa razón tenemos que anclar los objetos que están dentro de «Stasis» y que no queremos que se muevan, y ése es un procedimiento complicado. El profesor no habría estado anclado y habría retrocedido al momento del plioceno en que abstrajimos la roca…, más, naturalmente, las dos semanas que ha permanecido aquí, en el presente.
—Habría sido horrible.
—No por el profesor, se lo aseguro. Si es lo bastante necio para hacer lo que hizo, le habría estado bien empleado. Pero imagine el efecto que produciría en el público si llegara a saberse. Bastaría con que la gente se diera cuenta de los peligros que existen para que los fondos se esfumaran así. —Hizo chasquear los dedos y jugueteó sombríamente con la comida.
La señorita Fellowes preguntó:
—¿No podría hacerle volver? ¿Igual que trajo antes la roca?
—No, porque una vez que un objeto es devuelto, la localización original se pierde, a no ser que nos propongamos retenerla deliberadamente, y no había razón para ello en este caso. Nunca la hay. Encontrar de nuevo al profesor significaría volver a localizar una posición determinada, y eso sería como dejar caer un hilo en el abismo oceánico con el fin de extraer un pez determinado. Dios mío, cuando pienso en las precauciones que tomamos para evitar accidentes, me pongo furioso. Tenemos cada unidad individual de «Stasis» equipada con su propio aparato perforador…, debe ser así, ya que cada unidad tiene su propia posición localizada y debe ser accionada independientemente. Pero la cuestión es que ninguno de los aparatos perforadores es activado nunca hasta el último minuto. Y entonces hacemos adrede que la activación sea imposible salvo si se tira de una cuerda que con gran cuidado es conducida fuera de «Stasis». Tirar de esa cuerda es un movimiento mecánico que requiere aplicar un gran esfuerzo y no puede, por lo tanto, ser realizado accidentalmente.
La señorita Fellowes preguntó:
—Pero…, ¿no cambia la historia al mover algo dentro y fuera del Tiempo?
Hoskins se encogió de hombros.
—En teoría, sí; pero en la realidad, salvo casos insólitos, no. Continuamente estamos sacando objetos de «Stasis». Moléculas de aire. Bacterias. Polvo. Aproximadamente, el diez por ciento de nuestro consumo de energía es debido a micropérdidas de esa naturaleza. Pero incluso mover objetos grandes en el Tiempo origina cambios que se acaban difuminando. Tomemos, por ejemplo, esa calcopirita del plioceno. Debido a su ausencia durante dos semanas, algún insecto no ha encontrado albergue que habría podido encontrar y ha muerto. Eso podría iniciar toda una serie de cambios, pero la matemática de «Stasis» indica que se trata de una serie convergente. La cantidad de cambio disminuye con el tiempo, y luego las cosas son como antes.
—¿Quiere decir que la realidad se cura a sí misma?
—Es una manera de hablar. Arranque a un ser humano del Tiempo o envíelo hacia el pasado, y se produce una gran herida. Si el individuo es una persona corriente, esa herida se cura sola. Desde luego, hay muchísimas personas que nos escriben todos los días para decirnos que traigamos al presente a Abraham Lincoln, o a Mahoma, o a Lenin. Eso no se puede hacer, naturalmente. Aunque pudiéramos encontrarlos, el cambio que se operaría en la realidad al trasladar a uno de los moldeadores de la Historia sería demasiado grande para que se curase. Hay formas de calcular cuándo es probable que un cambio resulte demasiado grande, y evitamos aproximamos siquiera a ese límite.
—Entonces, Timmie… —dijo la señorita Fellowes.
—No, él no presenta ningún problema en esa dirección. La realidad está a salvo. Pero… —le dirigió una rápida y penetrante mirada y, luego, continuó—: Pero no importa. Ayer dijo usted que Timmie necesitaba compañía.
—Sí —la señorita Fellowes sonrió, complacida—. No creía que hubiera prestado usted atención a eso.
—Pues claro que sí. Le he cogido cariño al niño. Aprecio los sentimientos de usted hacia él, y estaba lo bastante preocupado para querer explicárselo. Ahora ya lo he hecho; usted ha visto lo que hacemos; ha adquirido una cierta comprensión de las dificultades existentes; así que ya sabe por qué, aun con la mejor voluntad del mundo, no podemos proporcionarle compañía a Timmie.
—¿No pueden? —exclamó la señorita Fellowes, con súbito desaliento.
—Se lo acabo de explicar. No podríamos esperar encontrar otro Neanderthal de su edad si no fuera merced a un increíble golpe de suerte, y, aunque pudiéramos, no sería justo multiplicar los riesgos teniendo en «Stasis» a otro ser humano.
La señorita Fellowes dejó a un lado su cuchara y dijo enérgicamente:
—Pero, doctor Hoskins, eso no es en absoluto lo que yo quería decir. Yo no quiero que traiga otro Neanderthal al presente. Sé que es imposible. Pero no es imposible traer otro niño para que juegue con Timmie.
Hoskins se la quedó mirando, consternado.
—¿Un niño humano?
—Otro niño —replicó la señorita Fellowes, completamente hostil ahora—. Timmie es humano.
—No podría ni imaginar semejante cosa.
—¿Por qué? ¿Por qué no podría? ¿Qué tiene de malo la idea? Usted ha arrancado del Tiempo a ese niño y lo ha convertido en un eterno prisionero. ¿No le debe algo? Doctor Hoskins, si hay en este mundo algún hombre que sea padre de ese niño en todos los sentidos menos en el biológico, es usted. ¿Por qué no puede hacer esta pequeña cosa por él?
—¿Su padre? —exclamó Hoskins.
Se puso en pie, tambaleándose ligeramente.
—Señorita Fellowes, creo que la llevaré de nuevo allí ahora, si no le importa.
Regresaron a la casa de muñecas en un absoluto silencio que ninguno de los dos rompió.
Pasó mucho tiempo antes de que volviera a ver a Hoskins, salvo en muy escasas ocasiones y de manera fugaz. A veces, lo sentía; pero otras veces, cuando Timmie estaba más abatido que de costumbre o cuando pasaba largas y silenciosas horas ante la ventana con su prácticamente vacía perspectiva, pensaba con furia: Hombre estúpido.
El habla de Timmie se iba haciendo mejor y más precisa cada día. Nunca perdió por completo una cierta manera confusa de pronunciar los sonidos, lo que a la señorita Fellowes le resultaba más bien atractiva. En momentos de excitación, volvía a hacer chasquidos con la lengua, pero esos momentos se iban haciendo cada vez más escasos. Debía de estar olvidando los días anteriores a su llegada al presente…, salvo en sueños.
Al hacerse mayor, los fisiólogos fueron perdiendo interés, y empezaron a adquirirlo los psicólogos. La señorita Fellowes no estaba segura de que el nuevo grupo no le agradara menos aún que el primero. Habían desaparecido las agujas; las inyecciones y extracciones de líquidos; las dietas alimenticias especiales. Pero ahora se le obligaba a Timmie a superar barreras para alcanzar la comida y el agua. Tenía que levantar paneles, mover barras, agarrar cuerdas. Y las leves sacudidas eléctricas le hacían llorar e irritaban a la señorita Fellowes.
No quería recurrir a Hoskins; no quería tener que acudir a él; pues cada vez que pensaba en él, pensaba en su rostro sobre la mesa del almuerzo en aquella última ocasión. Se le humedecían los ojos y pensaba: Estúpido, hombre estúpido.
Y, luego, un día, la voz de Hoskins sonó inesperadamente ante la casa de muñecas:
—Señorita Fellowes.
Salió con una expresión de frialdad en el semblante y alisándose su uniforme de enfermera, y se detuvo, llena de confusión, al encontrarse en presencia de una mujer pálida, delgada y de mediana estatura. Sus rubios cabellos y su tez clara daban a la mujer un aspecto de fragilidad. Detrás de ella, y agarrándose a su falda, había un niño de cuatro años, de cara redonda y ojos grandes.
Hoskins dijo:
—Querida, ésta es la señorita Fellowes, la enfermera que tiene a su cargo el niño. Señorita Fellowes, ésta es mi mujer.
(¿Ésta era su mujer? No era como la señorita Fellowes había imaginado que sería. Pero, en definitiva, ¿por qué no? Un hombre como Hoskins elegiría a una mujer débil como contraste. Si era eso lo que quería…)
Hizo un esfuerzo por saludar con naturalidad.
—Buenas tardes, señora Hoskins. ¿Éste es su… su hijo?
(Eso era una sorpresa. Le había imaginado a Hoskins como marido, pero no como padre, salvo, naturalmente… Sus ojos se encontraron con la grave mirada de Hoskins, y enrojeció).
Hoskins dijo:
—Sí, éste es mi hijo, Jerry. Saluda a la señorita Fellowes, Jerry.
(¿Había recalcado un poco la palabra «éste»? Estaba diciendo que éste era su hijo, y no…)
Jerry retrocedió un poco más entre los pliegues de la falda materna y murmuró su saludo. Los ojos de la señora Hoskins estaban escrutando por encima de los hombros de la señorita Fellowes, mirando hacia el interior de la habitación, buscando algo.
Hoskins dijo:
—Bien, entremos. Pasa, querida. Se nota una sensación ligeramente extraña al cruzar el umbral, pero desaparece enseguida. La señorita Fellowes preguntó:
—¿Quiere que Jerry entre también?
—Naturalmente. Va a ser el compañero de juegos de Timmie. ¿O lo ha olvidado?
—Pero… —le miró con colosal y sorprendida admiración—. ¿Su hijo?
—Bueno, ¿el hijo de quién si no? —replicó él, con aspereza—. ¿No es esto lo que usted quiere? Vamos, querida. Entra.
La señora Hoskins cogió en brazos a Jerry con claro esfuerzo y, con aire titubeante, franqueó el umbral. Jerry se estremeció, igual que ella, ante la desagradable sensación que notaron.
La señora Hoskins preguntó, con un hilo de voz:
—¿Está aquí la criatura? No la veo.
La señorita Fellowes llamó:
—Timmie, sal.
Timmie atisbó por el borde de la puerta, levantando la vista hacia el niño que había ido a visitarle. Lo músculos de los brazos de la señora Hoskins se tensaron visiblemente.
Dijo a su marido:
—Gerald, ¿estás seguro de que no hay peligro?
La señorita Fellowes se apresuró a intervenir:
—Si lo dice por Timmie, desde luego. Es un niño muy pacífico.
—Pero es un sal… salvaje.
(¡Las historias del niño-mono de los periódicos!). La señorita Fellowes dijo con énfasis:
—No es un salvaje. Es tan sosegado y razonable como puede esperarse que lo sea un niño de cinco años y medio. Es muy generoso por su parte, señora Hoskins, acceder a permitir que su hijo juegue con Timmie, pero, por favor, no sienta ningún temor por ello.
La señora Hoskins respondió con cierta viveza:
—No estoy segura de acceder.
—Eso ya lo hemos dejado zanjado, querida —dijo Hoskins—. No volvamos a discutir el asunto. Deja en el suelo a Jerry.
La señora Hoskins lo hizo, y el niño apoyó la espalda contra ella, observando el par de ojos que le miraban desde la habitación contigua.
—Ven aquí, Timmie —dijo la señorita Fellowes—. No tengas miedo.
Lentamente, Timmie entró en la habitación. Hoskins se agachó para soltar los dedos de Jerry de la falda de su madre.
—Apártate, querida. Dales una oportunidad a los niños.
Los dos chicos estaban frente a frente. Aunque más joven, Jerry era, no obstante, un par de centímetros más alto, y en presencia de su cuerpo recto y de su cabeza erguida y bien proporcionada, los caracteres grotescos de Timmie resultaban de pronto tan pronunciados casi como lo habían sido en los primeros días.
Los labios de la señorita Fellowes se estremecieron.
Fue el pequeño Neanderthal quien habló primero, con vocecilla infantil.
—¿Cómo te llamas? —y Timmie adelantó de pronto la cara como para examinar más atentamente las facciones del otro.
Sobresaltado, Jerry respondió con un vigoroso empujón que derribó a Timmie. Ambos se echaron a llorar ruidosamente, y la señora Hoskins cogió a su hijo, mientras la señorita Fellowes, con el rostro encendido de ira contenida, levantaba a Timmie y le consolaba.
—Se desagradan instintivamente el uno al otro.
—No más instintivamente —replicó su marido con tono fatigado— de lo que se desagradan dos niños cualesquiera: Pon a Jerry en el suelo y déjale que se acostumbre a la situación. De hecho, será mejor que nos marchemos. La señorita Fellowes puede traerlo a mi despacho dentro de un rato y yo haré que lo lleven a casa.
Los dos niños pasaron la hora siguiente muy pendientes el uno del otro. Jerry llamó a gritos a su madre, pegó a la señorita Fellowes y, finalmente, se dejó consolar con un caramelo. Timmie chupaba otro, y al cabo de una hora, la señorita Fellowes los tenía jugando con el mismo conjunto de bloques, aunque en extremos opuestos de la habitación.
Se sentía agradecida a Hoskins hasta casi las lágrimas cuando le llevó a Jerry.
Trató de encontrar una forma de expresar su agradecimiento, pero, el aire grave y solemne de él constituía un rechazo. Quizá no podía perdonarle que le hubiera hecho sentirse como un padre cruel. Quizás el hecho de traer a su propio hijo era, después de todo, un intento por demostrar a la vez que era un buen padre para Timmie y que no era en absoluto su padre. ¡Las dos cosas al mismo tiempo!
Así que lo único que pudo decir fue:
—Gracias. Muchísimas gracias.
Y lo único que él pudo decir fue:
—De nada. No tiene importancia.
Se convirtió en una rutina establecida. Llevaban a Jerry dos veces a la semana para jugar durante una hora, que más tarde se amplió a dos horas. Los niños aprendieron sus nombres y sus costumbres y jugaban juntos.
Y, sin embargo, después del primer impulso de gratitud, la señorita Fellowes se dio cuenta de que le desagradaba Jerry. Era más alto y más corpulento y dominante en todas las cosas, forzando a Timmie a un papel completamente secundario. Lo único que le reconciliaba con la situación era el hecho de que, a pesar de las dificultades, Timmie aguardaba cada vez con más ilusión las periódicas apariciones de su compañero de juegos.
Era todo lo que tenía, se decía tristemente a sí misma.
Y una vez, mientras le miraba, pensó: Hoskins tiene dos hijos, uno de su esposa y otro de «Stasis».
Mientras que ella…
—Cielos, pensó, apoyándose los puños en las sienes y sintiéndose avergonzada, ¡estoy celosa!
—Señorita Fellowes —dijo Timmie (ella había tenido buen cuidado de no permitir que le llamara ninguna otra cosa)—, ¿cuándo iré a la escuela?
Ella miró aquellos ansiosos ojos oscuros levantados hacia los suyos y pasó suavemente la mano por entre sus espesos y rizados cabellos. Era la parte más deseada de su aspecto, pues le cortaba el pelo ella misma, mientras él permanecía inquieto bajo las tijeras. No pedía que lo hiciera un profesional, pues la misma tosquedad del corte servía para disimular la depresión de la parte delantera del cráneo y el abultamiento de la posterior.
—¿Cómo has oído hablar de lo de la escuela? —preguntó ella.
—Jerry va a la escuela. Par-vu-la-rio —lo dijo cuidadosamente—. Va a montones de sitios. Afuera. ¿Cuándo puedo ir yo afuera, señora Fellowes?
La señorita Fellowes sintió una pequeña punzada en el corazón. Comprendía que no había forma de impedir la inevitabilidad de que Timmie se fuera enterando de más y más cosas del mundo exterior, en el que nunca podría entrar.
Dijo, intentando dar un tono alegre a sus palabras:
—Bueno, ¿y qué harías tú en el parvulario, Timmie?
—Jerry dice que juegan, tienen cintas de dibujos. Dice que hay muchos niños. Dice…, dice… —Un pensamiento, luego, un triunfal levantar ambas manecitas con los dedos separados—. Dice todos estos.
La señorita Fellowes dijo:
—¿Te gustaría tener cintas de dibujos? Yo te las puedo traer. Muy bonitas. Y cintas musicales también.
Así que Timmie quedó temporalmente consolado.
Contemplaba los dibujos en ausencia de Jerry y la señorita Fellowes se pasaba horas y horas leyéndole libros corrientes.
Había muchas cosas que explicar aun en el relato más sencillo, muchas cosas que se hallaban fuera de la perspectiva de sus tres habitaciones. Timmie empezó a tener sueños con más frecuencia ahora que le estaba siendo presentado el exterior.
Los sueños eran siempre iguales, sobre el exterior. Intentaba trabajosamente describírselos a la señorita Fellowes. En sus sueños, él estaba en el exterior, un exterior vacío, pero muy grande, con niños y extraños e indescriptibles objetos medio digeridos en sus pensamientos a partir de medio comprendidas descripciones de los libros o de lejanos recuerdos de Neanderthal borrosamente rememorados.
Pero los niños y los objetos no le hacían caso, y, aunque estaba en el mundo, nunca formaba parte de él, sino que se hallaba tan solo como lo estaba en su propia habitación…, y se despertaba llorando.
La señorita Fellowes intentaba reírse de los sueños, pero había noches que, en su propio apartamento, también ella lloraba.
Un día, mientras la señorita Fellowes leía, Timmie le puso la mano bajo la barbilla y se la levantó suavemente, de tal modo que sus ojos se alzaron del libro y se encontraron con los de él.
—¿Cómo sabe qué decir, señorita Fellowes? —preguntó.
Ella respondió:
—¿Ves estos signos? Ellos me indican lo que debo decir. Estos signos forman palabras.
Él le cogió el libro de las manos y lo observó un buen rato con curiosidad.
—Algunos de estos signos son iguales.
Ella rió satisfecha por esta muestra de su sagacidad, y dijo:
—En efecto. ¿Te gustaría que te enseñara a hacer los signos?
—Muy bien. Será un bonito juego.
No se le ocurrió que el niño pudiera aprender a leer. Hasta el momento mismo en que él le leyó un libro, no se le ocurrió que pudiera aprender a leer.
Luego, semanas después, vio la enormidad de lo que había hecho. Timmie se hallaba en su regazo, siguiendo palabra por palabra el texto de un libro infantil, leyéndole a ella. ¡Él le estaba leyendo a ella!
La señorita Fellowes se puso dificultosamente en pie, asombrada, y dijo:
—Un momento, Timmie. Volveré luego. Quiero ver al doctor Hoskins.
Excitada casi hasta el punto del frenesí, le parecía que tal vez tuviese una solución a la desventura de Timmie. Si Timmie no podía salir para penetrar en el mundo, entonces el mundo debía serle introducido a Timmie en aquellas tres habitaciones…, el mundo entero en libros y películas y sonido. Debía ser instruido hasta el límite de su capacidad. El mundo se lo debía.
Encontró a Hoskins en un estado de ánimo extrañamente análogo al suyo; una especie de triunfo y gloria. Reinaba una insólita actividad en sus oficinas, y por un momento pensó que no le sería posible verle mientras esperaba, confusa, en la antesala.
Pero él la vio, y una sonrisa se extendió sobre su ancho rostro.
—Pase, señorita Fellowes.
Habló rápidamente por el intercomunicador y, luego, lo cerró.
—¿Se ha enterado? No, claro, no ha podido enterarse. Lo hemos conseguido. Hemos acabado consiguiéndolo. Tenemos la detección intertemporal a corta distancia.
—¿Quiere decir —trató de apartar por un momento sus pensamientos de su propia buena noticia—, que puede traer al presente a una persona de tiempos históricos?
—Eso es exactamente lo que quiero decir. Tenemos establecida en estos momentos una localización sobre un individuo del siglo XIV. Imagínese. ¡Imagínese! Si supiera la alegría que me va a dar apartarme de la eterna concentración en el mesozoico, sustituir a los paleontólogos por los historiadores… Pero usted quería decirme algo, ¿no? Bien, adelante, adelante. Me encuentra usted de buen humor. Cualquier cosa que desee, la tendrá.
La señorita Fellowes sonrió.
—Me alegro. Porque me pregunto si no podríamos establecer un sistema de instrucción para Timmie.
—¿Instrucción? ¿En qué?
—Bueno, en todo. Una escuela. Para que pueda aprender.
—Pero ¿puede aprender?
—Desde luego. Está aprendiendo. Sabe leer. Yo misma le he enseñado.
Hoskins la miró, con aire súbitamente abatido.
—No sé, señorita Fellowes.
—Acaba usted de decir que cualquier cosa que yo deseara…
—Lo sé, y no debería haberlo dicho. Mire, señorita Fellowes, estoy seguro de que comprende que no podemos mantener indefinidamente el experimento de Timmie.
Ella se le quedó mirando con súbito horror, sin comprender realmente lo que había dicho. ¿Qué significa «no podemos mantener»? Como en un fugaz relámpago, se acordó del profesor Ademewski y de su muestra mineral que le fue retirada al cabo de dos semanas. Dijo:
—Pero está usted hablando de un niño. No de una roca…
—Ni siquiera a un niño se le puede dar excesiva importancia, señorita Fellowes —respondió turbado el doctor Hoskins—. Ahora que esperamos recibir individuos procedentes de tiempos históricos, necesitaremos espacio en «Stasis», todo el que podamos encontrar.
Ella no lo entendió.
—Pero no puede. Timmie… Timmie…
—Vamos, señorita Fellowes, no se altere, por favor. Timmie no se irá inmediatamente; quizá tarde meses aún. Mientras tanto, haremos lo que podamos.
Ella continuó mirándole fijamente.
—Deje que le traiga algo, señorita Fellowes.
—No —murmuró ella—. No necesito nada.
Se puso en pie, como sumergida en una especie de pesadilla, y salió.
Timmie, pensó, tú no morirás. No morirás.
Estaba muy bien aferrarse a la idea de que Timmie no debía morir, pero ¿cómo iba a lograrlo? Durante las primeras semanas, la señorita Fellowes se aferró solamente a la esperanza de que el intento por traer a un hombre del siglo XIV fracasara por completo. Las teorías de Hoskins podrían estar equivocadas, o ser defectuosos sus métodos. Entonces las cosas podrían seguir como antes.
Ciertamente, no era esa la esperanza del resto del mundo, e, irracionalmente, la señorita Fellowes odiaba al mundo por ello.
El «Proyecto Edad Media» alcanzó un clímax de publicidad al rojo vivo. La Prensa y el público ansiaban algo parecido. «Stasis, Inc.» llevaba ya mucho tiempo sin la necesaria excitación. Una nueva roca u otro pez antiguo más ya no conmovían a nadie. Pero esto era una auténtica sensación.
Un humano histórico; un adulto que hablaba un idioma conocido; alguien que podía abrir una nueva página de historia al investigador.
Se aproximaba la hora cero, y esta vez no se trataba de tres espectadores en un balcón. Esta vez, la audiencia sería mundial. Esta vez, los técnicos de «Stasis, Inc.» desempeñarían su papel ante casi toda la Humanidad.
La señorita Fellowes estaba casi fuera de sí a consecuencia de la espera. Cuando Jerry Hoskins se presentó para su prevista hora de juego con Timmie, apenas si lo reconoció. No era la persona a quien estaba esperando.
(La secretaria que lo llevó se marchó apresuradamente después de saludar a la señorita Fellowes con una levísima inclinación de cabeza. Quería encontrar un buen sitio desde el que contemplar la culminación del Proyecto Edad Media. Y con mucha más razón debería hacerlo la señorita Fellowes, pensó ella amargamente, si llegase aquella estúpida chica).
Jerry Hoskins se le acercó, azorado.
—¿Señorita Fellowes?
Sacó del bolsillo un recorte de periódico.
—¿Qué ocurre, Jerry?
—¿Esto es una fotografía de Timmie?
La señorita Fellowes se lo quedó mirando y, luego, cogió el recorte de la mano de Jerry. La excitación del Proyecto Edad Media había reavivado un cierto interés por Timmie por parte de la Prensa.
Jerry la miró atentamente y, luego, dijo:
—Dice que Timmie es un niño-mono. ¿Qué significa eso?
La señorita Fellowes le agarró de la muñeca y contuvo el impulso de sacudirle.
—Nunca digas eso, Jerry. Nunca, ¿comprendes? Es una palabra ofensiva, y no debes usarla…
Jerry se soltó, asustado.
La señorita Fellowes rompió el recorte con un enérgico gesto.
—Entra ahora a jugar con Timmie. Tiene un nuevo libro que quiere enseñarte.
Y entonces, finalmente, apareció la chica. La señorita Fellowes no la conocía. Ninguna de las habituales sustitutas a las que había recurrido en ocasiones anteriores estaba disponible ahora, con la proximidad de la culminación del Proyecto Edad Media, pero la secretaria de Hoskins le había prometido encontrar a alguien, y ese alguien debía de ser esta chica.
La señorita Fellowes trató de que su voz no sonara quejumbrosa.
—¿Es usted la muchacha asignada a Stasis Sección Uno?
—Sí, soy Mandy Terris. Usted es la señorita Fellowes, ¿verdad?
—En efecto.
—Siento haberme retrasado. Hay tanta excitación…
—Lo sé. Bien, quiero que…
Mandy dijo:
—Usted lo presenciará, supongo. —El delgado e inexpresivamente bello rostro se llenó de envidia.
—No se preocupe de eso. Quiero que entre y se reúna con Timmie y Jerry. Se pasarán jugando las dos próximas horas, así que no le crearán ningún problema. Tiene leche a mano y juguetes en abundancia. De hecho, será mejor que los deje solos el mayor tiempo que pueda. Y ahora voy a enseñarle dónde está todo y…
—¿Timmie es el niño-mo…?
—Timmie es el sujeto de «Stasis» —interrumpió con firmeza la señorita Fellowes.
—Quiero decir que es el que no debe salir, ¿no?
—Sí. Vamos, entre. No hay mucho tiempo.
Y cuando finalmente se marchó, Mandy Terris exclamó detrás de ella, con voz estridente:
—Espero que consiga un buen asiento, y espero también que la cosa salga bien.
La señorita Fellowes no estaba segura de poder dar una respuesta razonable. Se marchó a toda prisa, sin volver la cabeza.
Pero el retraso significó que no consiguió un buen asiento. Lo más que logró fue estar ante la gran pantalla mural instalada en el salón de actos. Lo lamentó amargamente. Si hubiera podido estar en el lugar mismo; si hubiera podido echar mano a algún delicado instrumento; si de alguna manera pudiese frustrar el experimento…
Encontró la fuerza necesaria para vencer su locura. La simple destrucción no habría servido de nada. Lo habrían reconstruido y habrían realizado de nuevo el esfuerzo. Y a ella no se le habría permitido volver jamás junto a Timmie.
Nada serviría. Nada más que el fracaso del experimento mismo; un fracaso total e irremediable.
Así pues, esperó durante toda la cuenta atrás, observando cada movimiento en la pantalla gigante, escrutando los rostros de los técnicos mientras la cámara pasaba de uno a otro, acechando la expresión de inquietud y duda que indicaría que algo marchaba inesperadamente mal; observando, observando…
No hubo esa suerte. La cuenta llegó a cero, y plácidamente, con toda naturalidad, ¡el experimento tuvo éxito!
En el nuevo «Stasis» que se había establecido se encontraba un campesino barbudo, de encorvados hombros y de edad indeterminada, vestido con ropas sucias y andrajosas y calzado con zuecos de madera, que miraba con horror el súbito y enloquecedor cambio que se había abatido sobre él.
Y, mientras el mundo enloquecía de júbilo, la señorita Fellowes permanecía inmovilizada por la tristeza, empujada y zarandeada, pisoteada casi; rodeada de triunfo y, al mismo tiempo, agobiada por la derrota.
Y cuando el altavoz pronunció su nombre con estridente intensidad, sonó tres veces antes de que ella reaccionase.
—Señorita Fellowes, señorita Fellowes. Acuda inmediatamente a Stasis Sección Uno. Señorita Fellowes. Señorita Fell…
—¡Déjenme pasar! —exclamó sin aliento, mientras el altavoz repetía su nombre sin pausa. Se abrió paso con violenta energía a través de la multitud, embistiendo contra ella, golpeándola con los puños, agitando los brazos, avanzando hacia la puerta con una lentitud de pesadilla.
Mandy Terris estaba llorando.
—No sé cómo ha sucedido. Yo había ido hasta el borde del corredor para mirar una pantalla que habían instalado allí. Sólo un minuto. Y entonces, antes de que pudiera moverme ni hacer, hacer nada… —gritó en súbita acusación—: Usted dijo que no crearían ningún problema; usted dijo que los dejara solos…
La señorita Fellowes, desgreñada y temblando de un modo incontrolable, la miró con ferocidad.
—¿Dónde está Timmie?
Una enfermera estaba limpiando con desinfectante el brazo de un gimoteante Jerry, y otra estaba preparando una inyección antitetánica. Había sangre en las ropas de Jerry.
—Me ha mordido, señorita Fellowes —exclamó Jerry, furioso—. Me ha mordido.
Pero la señorita Fellowes ni siquiera le vio.
—¿Qué ha hecho con Timmie? —gritó.
—Lo he encerrado en el cuarto de baño —respondió Mandy—. He metido dentro al pequeño monstruo y he cerrado con llave.
La señorita Fellowes entró corriendo en la casa de muñecas. Manipuló en la puerta del cuarto de baño. Tardó una eternidad en conseguir abrirla, y encontró al niño agazapado en un rincón.
—No me azote con el látigo, señorita Fellowes —murmuró. Tenía los ojos enrojecidos y le temblaban los labios—. Yo no quería hacerlo.
—Oh, Timmie, ¿quién te ha hablado de látigos?
Lo atrajo hacia sí y le abrazó con fuerza.
El niño respondió, con voz temblorosa:
—Ella lo ha dicho, con una cuerda larga. Ella ha dicho que usted me pegaría y me pegaría.
—Nadie te va a pegar. Ella ha sido muy mala al decir eso. Pero ¿qué ha ocurrido? ¿Qué ha ocurrido?
—Él me ha llamado niño-mono. Ha dicho que yo no soy un niño de verdad. Ha dicho que soy un animal —Timmie se deshizo en un mar de lágrimas—. Ha dicho que no va a volver a jugar más con un mono. Yo le he dicho que yo no soy un mono; yo no soy un mono. Él ha dicho que tengo un aspecto cómico. Ha dicho que soy horriblemente feo. Ha seguido diciéndolo y diciéndolo, y yo le he mordido.
Estaban llorando los dos ahora. La señorita Fellowes sollozó:
—Pero no es verdad. Tú lo sabes, Timmie. Eres un niño auténtico y el mejor niño del mundo. Y nadie, nadie, te apartará nunca de mí.
Era fácil ahora tomar una decisión; era fácil saber lo que debía hacer. Sólo que había que hacerlo rápidamente. Hoskins no esperaría mucho tiempo más, ahora que su propio hijo había resultado herido…
No, tendría que hacerlo esta noche, esta noche; cuando las cuatro quintas partes del personal dormían y la quinta parte restante se hallaba intelectualmente embriagada con el Proyecto Edad Media.
Sería una hora poco habitual para que ella regresara, pero no inaudita. El guardián la conocía bien, y no soñaría siquiera en interrogarla. No le extrañaría que llevase una maleta. Ensayó la ambigua frase: «Juguetes para el niño» y la tranquila sonrisa.
¿Por qué no lo iba a creer?
Lo creyó. Cuando volvió a entrar en la casa de muñecas. Timmie estaba todavía despierto, y ella mantuvo una desesperada normalidad para evitar asustarle. Habló con él de los sueños del niño y le escuchó preguntar ansiosamente por Jerry.
Pocos la verían después, y nadie le preguntaría por el bulto que llevaba. Timmie estaría muy quieto, y, luego, sería un hecho consumado. Estaría hecho, ¿y de qué serviría intentar deshacerlo? La dejarían en paz. Les dejarían a los dos en paz.
Abrió la maleta y sacó el abrigo, el gorro de lana con orejeras y lo demás.
Con un principio de alarma, Timmie preguntó:
—¿Por qué me pone todas esas ropas, señorita Fellowes?
—Voy a llevarte afuera, Timmie —respondió ella—. Adonde están tus sueños.
—¿Mis sueños?
Su rostro formó una mueca de súbito anhelo, pero también de miedo.
—No tendrás miedo, Timmie. Estarás conmigo. No tendrás miedo si estás conmigo, ¿verdad, Timmie?
—No, señorita Fellowes.
Apoyó su deforme cabecita contra el costado de la mujer, y, bajo el brazo con que le rodeaba, ella notó los latidos de su corazón.
Era medianoche y lo cogió en brazos. Desconectó la alarma y abrió silenciosamente la puerta.
Y lanzó un grito, pues delante de ella, al otro lado de la puerta, estaba Hoskins.
Había dos hombres con él. La miró, tan atónito como ella.
La señorita Fellowes se repuso de la sorpresa un segundo antes que Hoskins y realizó un rápido intento de pasar por delante de él; pero, aun con el retraso de un segundo, él tuvo tiempo. La agarró con brusquedad y la empujó contra una cómoda. Hizo una seña a los dos hombres y se enfrentó a ella, bloqueando la puerta.
—No esperaba esto. ¿Se ha vuelto usted completamente loca?
Ella había logrado interponer el hombro, por lo que fue esta parte de su cuerpo la que recibió el golpe contra la cómoda, en vez de Timmie. Dijo, con tono suplicante:
—¿Qué daño puedo causar si me lo llevo, doctor Hoskins? No puede usted anteponer la pérdida de energía a una vida humana.
Hoskins le quitó a Timmie de los brazos con ademán firme.
—Una pérdida de energía de estas dimensiones significaría perder millones de dólares salidos de los bolsillos de los inversores. Significaría un terrible contratiempo para «Stasis, Inc.» Significaría una consiguiente publicidad respecto a una sentimental enfermera que destruía todo eso por causa de un niño-mono.
—¡Niño-mono! —exclamó la señorita Fellowes con impotente furia.
—Así es como le llamarían los periodistas —dijo Hoskins.
Se adelantó ahora uno de los hombres y empezó a pasar una cuerda de nailon por unas pequeñas aberturas que había en la parte superior de la pared.
La señorita Fellowes recordó la cuerda de la que Hoskins había tirado ante el recinto que contenía la roca del profesor Ademewski, hacía tanto tiempo.
—¡No! —gritó.
Pero Hoskins depositó a Timmie en el suelo y le quitó suavemente el abrigo que llevaba puesto.
—Quédate aquí, Timmie. No te pasará nada. Nosotros vamos a salir un momento. ¿De acuerdo?
Pálido y silencioso, Timmie logró hacer un gesto de asentimiento con la cabeza.
Hoskins condujo a la señorita Fellowes fuera de la casa de muñecas, haciéndola caminar delante de él. Por el momento, la señorita Fellowes era incapaz de oponer resistencia. Observó borrosamente que el tirador estaba siendo instalado fuera de la casa de muñecas.
—Lo siento, señorita Fellowes —dijo Hoskins—. Quería haberle ahorrado esto. Había proyectado hacerlo de noche para que usted no se enterase hasta después de que hubiera terminado.
Con fatigado susurro, ella dijo:
—Porque su hijo ha resultado herido. Porque él ha atormentado a este niño hasta ponerle fuera de sí.
—No. Créame. Estoy al tanto del incidente de hoy y sé que ha sido culpa de Jerry. Pero el asunto ha trascendido. No podía ser por menos, teniendo a la Prensa rodeándonos en este gran día. No puedo correr el riesgo de que se publique un relato distorsionado hablando de negligencia y de salvajes neanderthalenses que desvíe la atención del éxito logrado por el Proyecto Edad Media. De todos modos, Timmie tiene que irse pronto; muy bien podría irse ahora, y así los sensacionalistas no tendrán ya dónde volcar su basura.
—No es como devolver una roca. Estará usted matando a un ser humano.
—No es matar. No tendrá ninguna sensación. Simplemente, será un niño de Neanderthal en un mundo de Neanderthal. Tendrá una oportunidad de una vida libre.
—¿Qué oportunidad? Solamente tiene siete años, y está acostumbrado a ser atendido en todas sus necesidades, a ser alimentado, vestido, alojado. Estará solo. Su tribu puede que no se encuentre ya en el lugar donde él la dejó, ahora que han pasado cuatro años. Y, si están allí, no le reconocerán. Tendrá que cuidar de sí mismo. ¿Cómo va a saber hacerlo?
Hoskins meneó la cabeza en irremisible negativa.
—¿Cree que no hemos pensado en eso, señorita Fellowes? ¿Cree que habríamos traído un niño si no fuese porque era la primera localización que conseguíamos de un humano o casi humano y no nos atrevíamos a correr el riesgo de prescindir de él y buscar otra localización igualmente buena? ¿Por qué supone que hemos conservado tanto tiempo a Timmie sino por nuestra repugnancia a devolver un niño al pasado? Es sólo… —su voz adquirió un tono de desesperada urgencia— que no podemos esperar más. ¡Timmie constituye un obstáculo a la expansión! Timmie es una fuente de posible mala publicidad; estamos en el umbral de grandes cosas, y, lo siento, señorita Fellowes, pero no podemos dejar que Timmie nos cierre el paso. No podemos. No podemos. Lo siento señorita Fellowes.
—Está bien —dijo con tristeza la señorita Fellowes—, entonces déjeme despedirme de él. Deme cinco minutos para despedirme. Concédame eso al menos.
Hoskins vaciló.
—Adelante.
Timmie corrió hacia ella. Por última vez corrió hacia ella y por última vez la señorita Fellowes lo estrechó entre sus brazos.
Permaneció unos momentos abrazándole ciegamente. Tocó una silla con la punta del pie, la movió contra la pared, se sentó.
—No tengas miedo, Timmie.
—No tengo miedo si está usted aquí, señorita Fellowes. ¿Está enfadado conmigo ese hombre, el hombre que está ahí fuera?
—No. Es sólo que no nos comprende. Timmie, ¿sabes lo que es una madre?
—¿Cómo la madre de Jerry?
—¿Te hablaba de su madre?
—A veces. Yo creo que una madre es algo así como una señora que cuida de uno y que es muy buena con uno y que hace cosas buenas.
—Exacto. ¿Has deseado alguna vez tener una madre, Timmie? Timmie echó la cabeza hacia atrás para poder mirarla a la cara.
Lentamente, le acercó la mano a la mejilla y al pelo, y la acarició como hacía mucho tiempo, mucho tiempo, le había acariciado ella. Dijo:
—¿No es usted mi madre?
—Oh, Timmie.
—¿Está enfadada porque lo he preguntado?
—No. Claro que no.
—Porque yo sé que su nombre es señorita Fellowes, pero… pero a veces le llamo «madre» en mi interior. ¿Está bien?
—Sí. Sí. Está bien. Y no te abandonaré ya, y nada te causará daño. Yo estaré contigo para cuidarte siempre. Llámame madre, que yo te lo pueda oír.
—Madre —dijo Timmie, contento, apoyando su mejilla contra la de ella.
Ella se levantó y, sin dejar de sostenerle, se subió a la silla. El súbito comienzo de un grito en el exterior pasó inadvertido y, con la mano libre, tiró con toda su fuerza de la cuerda en el lugar donde quedaba suspendida entre dos aberturas.
Y «Stasis» fue perforada y el recinto quedó vacío.