CAPÍTULO 9
Tras una hora llamando a Holly y a Chet, Duncan se dio por vencido. Se apartó de la linde y regresó al patio de su casa. Desde allí volvió a contemplar la arboleda. ¿Dónde se había escondido su hermana? ¿Acaso a ella no la asustaba?
Duncan se sintió cobarde y traidor. La sensación de congoja lo superaba. Apartó la idea de buscar una linterna en casa y cruzar el límite de su patio y atravesar la muralla verde en busca de su hermana. Pensó en llamar a la policía, aunque lo descartó al creer que su padre jamás dejaría que lo hiciera. Luego tuvo la idea de pedírselo a Beth. Corrió y subió la escalera hasta entrar en la cocina. Subió los peldaños de dos en dos hasta la habitación de esta. Llamó y entró sin esperar respuesta.
Su hermana permanecía acostada en la cama. Tecleaba el ordenador.
― ¿Qué quieres?
― Llamar a la policía.
Beth lo miró.
― A la policía para qué.
― Hace más de una hora que Holly no vuelve del bosque.
― ¿Qué?― la joven dejó lo que estaba haciendo.
― Papá ha golpeado a Chet, este se ha asustado y ha huido hacia el bosque. Holly ha salido corriendo tras él y ha desaparecido. Y papá no nos deja salir.
Beth permaneció en silencio.
― Todo ha sido por mi culpa― se quejó.
Duncan no dijo nada al respecto.
― Quiero que llames a la policía, Beth― pidió en cambio.
Ella negó.
― No tengo el móvil, me lo ha cogido papá. Sólo él puede llamar.
El niño asintió.
Bajó la escalera de nuevo y encontró a su padre tumbado en el sofá.
― Papá, ¿puedes llamar a la policía? Holly no regresa.
Sin siquiera mirarlo, Adam respondió.
― Ya te he dicho que me importa una mierda esa niña. Si no regresa ella ni el apestoso perro mejor.
Duncan permaneció de pie con los puños apretados. Lo odiaba. Jamás pensó que sentiría algo semejante por nadie. Pero Adam era un tirano, un demonio.
― Por favor, te lo ruego― insistió tragándose su orgullo.
Adam se volvió con el cigarro en la boca.
― Lárgate si no quieres que te de otra tunda.
Eran las dos de la madrugada. Holly no había regresado. Duncan ni siquiera intentó echarse en la cama. Sabía que le sería imposible conciliar el sueño. No apartaba la mirada de las sombras que proyectaban los grandes árboles cuyas copas se mecían con el suave viento nocturno. Duncan recordó los puñetazos que Adam le había propinado a Chet. Recordó cómo el animal luchaba inútilmente por zafarse de los golpes, incluso de proteger su pequeño rostro peludo de aquella tortura. Su padre era un cobarde, un hombre sin escrúpulos del que no podían protegerse. La única opción era buscar ayuda en la señora Gunther, pero la anciana no podría enfrentarse a Adam en el caso de que este la tomara con ella por ayudarlos.
Se sentó en la cama con la impotencia pintada en su rostro. No sabía qué podía hacer para cambiar las cosas. Todavía era un niño, Beth no tenía trabajo y tampoco pensaba en llevárselos con ella. El único dinero que entraba en casa era el de Adam, y él, a pesar del sin vivir que creaba en aquella casa, era quien pagaba las facturas. Se puso a llorar. Ni él ni Holly merecían una vida tan miserable. No conocía a ningún compañero de colegio con un padre tan desalmado. Se acostó en la cama llorando hasta que el cansancio lo atrapó y lo sumió en un sueño inquieto.
Duncan despertó cuando la luz de la ventana le molestaba en los ojos. Se le había olvidado cerrar la persiana la noche anterior. Bostezó. Entonces se puso en pie de un salto.
― ¡Holly!― exclamó mientras corría hacia la habitación de la pequeña. Abrió sin siquiera llamar.
La desesperación abarcó su alma en cuanto vio la cama vacía y hecha. Regresó a la ventana de su cuarto y miró hacia el patio. Estaba desierto, luego hacia los árboles. Nada. No había nadie allí abajo.
― No puede ser, no puede ser― lloriqueó.
Llamó a la habitación de Beth y se asomó al interior. Estaba toda a oscuras.
― ¿Queeee?― gimió con desgana su hermana.
― Holly todavía no ha venido.
― Valeeee, ahora voy, joder. Cierra.
La cocina estaba desierta, repleta de colillas en el interior del cenicero de plástico sobre la mesa desmontable. Olía a tabaco y cerveza. Vio cuatro botes de esta bebida aplastados sobre la bancada de mármol, y un trozo de pizza medio devorado sobre un plato demasiado pequeño. Algo que se había convertido en un hecho cotidiano. Aquel sábado se convirtió en una verdadera pesadilla.
Se preparó un vaso de leche con cacao y se lo bebió de un trago, a pesar de no tener hambre. Tan sólo sentía fuertes punzadas en el pecho.
Miró hacia el salón. Pero su padre, al parecer se había acostado en su habitación. Quería salir al patio y llamar de nuevo a su hermana. Pero Adam se lo había prohibido y estaba seguro de que su padre no dudaría en golpearlo de nuevo.
Una hora más tarde, Duncan había regresado a su habitación. Adam todavía dormía. Beth llamó y entró intentando no hacer mucho ruido. Se asomó a la ventana y miró hacia el bosque.
― ¿Cómo puede ser que no hayan regresado?―preguntó.
Duncan se puso a llorar.
― Tiene que haberle pasado algo― sollozó.
Beth le puso la mano en el hombro. Pero él se apartó y la miró con odio.
― Lo siento, Duncan. Jamás quise que esto pasara― se disculpó ella.
― Lo dices como si la desaparición de Holly tan sólo me afectara a mí. ¿Es que tú tampoco sientes nada por ella?
Beth apartó la mirada de Duncan y volvió a dirigirla hacia el patio.
― ¡Ha regresado!― exclamó de pronto.
El niño se asomó con los ojos como platos hacia el exterior.
Entonces vio a la pequeña Holly salir de entre los árboles junto a Chet. Lo que más inquietó a ambos hermanos era que Holly parecía alegre, y Chet ni siquiera cojeaba. Duncan y Beth se miraron esperanzados y corrieron hacia la escalera. Descendieron como si estuvieran compitiendo por ver quién llegaba primero. Abrieron la puerta de la cocina y por ella entró una sonriente Holly. Llevaba el pelo alisado y desprendía un brillo hermoso. Su ropa estaba limpia. En la cabeza llevaba una especie de corona construida por unas manos expertas en dicha artesanía. Chet no mostraba rasguño alguno, ni hinchazón en ninguna parte de su cuerpo debido a los golpes de Adam.
Beth se arrodilló y sostuvo a Holly de los hombros.
― ¿De dónde se supone que vienes?― le preguntó.
La niña sonrió mostrando dos hermosos hoyuelos en sus mejillas. Duncan la abrazó.
― ¿Estás bien, amiguita?
― Sí― respondió esta.
La respuesta dejó atónitos a sus dos hermanos mayores. Que se miraron sonriendo.
― No vuelvas a marcharte, Holly, por favor― lloriqueó Duncan.
― No volverás a hacerlo, ¿verdad?― insistió Beth.
Pero la niña la miró sin responder.
Los tres se sentaron en la cocina.
― ¿Tienes hambre, amiguita?― Duncan ya estaba sacando la leche de la nevera cuando Holly volvió a sorprenderlos.
― Ya he comido. Y Chet también.
Perplejo, Duncan volvió a dejar la leche en el frigorífico.
― ¿Pero qué te ha pasado en ese bosque?― le preguntó Beth mirando por primera vez a la niña con una atención enormemente extrañada.
Pero Holly no respondió, simplemente sonrió.