XV. Intramuros

«Seguido por mis custodios, me encaminé a la abadía cuando sus muros de piedra se empezaban a fundir con las sombras de la noche —contaba sir Charles, haciendo gala de su manido gusto literario—. Entré por la puerta norte del crucero y seguí hasta el coro sin que mi presencia llamara la atención. Los monjes estaban habituados a verme a esa hora y respetaban con discreción mi soledad. Era el mejor momento del día. El silencio y la ausencia de testigos solazaban mi espíritu en el templo más hermoso del Reino. Las demandas de la guerra habían obligado a suspender los trabajos de remodelación, pero ya se podían apreciar las trazas del nuevo edificio que emergía sobre los cimientos de la antigua colegiata. A la iglesia de baja estatura había sucedido otra más esbelta y distinguida. La nueva arquitectura abría grandes espacios por toda la cristiandad, pero solo en aquella abadía se podía experimentar la inefable sensación de ascesis que me permitía olvidar mientras estaba allí las preocupaciones de la jornada.

»El suelo brillaba como el jaspe y el altar, repleto de flores, estaba listo para la misa solemne que habría de celebrarse el día de san Pedro. Me senté como siempre en la primera fila del coro, confiado en que la paz del recinto calmara mi desazón. Y a la luz mortecina del único cirio que parpadeaba cerca del altar mayor, incliné la cabeza y hundí la barbilla en el pecho.

»Pero aquella tarde noche la serenidad había dispuesto no ser la compañera de mi espíritu. Lo que era comprensible. Mi universo se había desplomado sobre mí tras el asesinato de la mujer que adoraba, la violenta muerte de Brewster, los apremios del rey y, en última instancia, el pálpito de haber fracasado en la más importante tarea de mi vida: traer paz, orden y justicia al Reino. Era incapaz de atemperarme antes de entregar mi dimisión al rey. Ni el silencio ni la soledad podían acallar el confuso guirigay que turbaba mi cerebro.

»Llevaría en esas idas y venidas unos minutos cuando, inesperadamente, sentí la presión de un dedo bajo mi quijada, justo detrás de la oreja derecha. Y un intenso dolor, como jamás había sentido, me paralizó los brazos y el cuello. Alguien se había sentado atrás de mí, en la segunda fila del coro, alguien que conocía los secretos de la anatomía humana y que, con la simple presión de un dedo, podía convertir a un hombre en una estatua. Acaso fuera un curandero o un cirujano, pero el filo de una acerada hoja en mi garganta me hizo cambiar de opinión.

»—Nada malo os sucederá si prestáis atención a lo que os voy a decir —dijo una voz en mi oído.

»Descubrir el Santísimo o presenciar las visiones de san Antonio Abad no me habrían estremecido tanto. A mis espaldas estaba el bastardo que había trastocado mi vida.

»—¿Cómo os atrevéis a venir aquí? —le dije con la voz hundida.

»—Es hora de que me escuchéis. Soy inocente, señoría…

»—Eso dicen todos los criminales.

»—También los que no lo son. Pero como su señoría solo parece escuchar por una oreja, ahora va a tener que escuchar por las dos.

»—Pagaréis cara esta osadía, maldito.

»—Yo no asesiné a Maud —murmuró—. No tenía motivos para hacerlo. Pero alguien pretende incriminarme por razones que ignoráis y que vais a escuchar ahora, mal que os pese.

»No suelo juzgar a los hombres por lo que dicen, sino por cómo lo dicen, y creí percibir en el paje una punta de sinceridad. Su convicción era tal que por un momento estuve a apunto de creerle, aunque confieso que el mérito correspondía más al dedo que oprimía mi mandíbula y a la daga que tenía en el gaznate. Los jueces estamos habituados a toda clase de artimañas, amenazas, mentiras y juegos, aunque hube de admitir que el muchacho no era un criminal común. Pero el hecho de que hubiese puesto en peligro a un tiempo su vida y la mía me aconsejaba andar con cuidado, pues acaso no dudara en degollarme allí mismo sin tener en cuenta lo sagrado del lugar.

»—La vida del rey está en peligro —prosiguió—. Un grupo de conjurados pretenden destronarlo en forma parecida a como él depuso a su madre. No puedo deciros dónde ni cuándo, pues lo ignoro, pero sí que tendrá lugar el veintinueve de este mes. En cuanto a los conspiradores, solo tengo dos nombres probables. Pero hay algo más que debéis saber: Maud estaba implicada en la conjura.

»—Eso no es más que un invento, un maldito invento.

»—La mató un escudero de sir Thomas Hawthrey, el mismo que murió flechado en la Puerta de los Traidores.

»De pronto, la hipótesis de Richard Irlonde parecía tener apoyos, aunque me siguiera pareciendo inverosímil. No digamos al rey y a la Corte. Pero, una vez más, me resistí a aceptarla.

»—¡Eso es falso, vive el Cielo! Nadie lo vio hacer tal cosa. Además, ¿por qué habría de asesinarla?

»—Ya os lo he dicho. Porque Maud tuvo noticia de la conjura o porque sabía algo que los conjurados no querían que se supiese. Y decidieron asesinarla esa noche, pero usando como chivo expiatorio al paje que bailara a su lado. Cuando Maud cayera al suelo, sir Thomas correría al centro del salón y le gritaría algo al infeliz para que todos supiesen que había sido el asesino.

»—Alguna razón tendrían para haberos elegido a vos —acerté a decir.

»—No me eligieron a mí —replicó—. Pudo haber sido cualquiera. El chivo expiatorio estaba destinado a ser el paje que acompañara a Maud en la danza. Debían asesinarla antes de que saliéramos a bailar, pues temían que una vez en el salón ella los delatara ante el rey. Cuando entramos a bailar, Maud no se sintió bien. No sabía que iba herida de muerte. Pero además se dio cuenta de que el rey no estaba en el salón y de que no podría informarle de la conjura. Fue entonces que decidió entregarme el mensaje, confiando en que pudiera hacerlo yo.

»Percibí un roce atrás de mí y entonces pude ver frente a mis ojos una mano del bastardo en la cual sostenía un pedazo de caña.

»—Este es el mensaje que Maud esperaba entregar al rey la noche del crimen y en el cual denunciaba la conspiración —dijo—. Abridlo.

»Hice lo que me decía.

»—No sé una palabra de griego.

»—Pero el rey lo puede entender.

»—¿Y cómo sé que este papel no lo habéis escrito vos?

»—Solo hay una forma de averiguarlo: haciendo que lo lea el rey. Es el único que puede probar que la nota es legítima.

»—Qué estupidez. Solo haría el ridículo. Esa conjura no existe. No puedo creer que Brendan Brewster no tuviera indicios de ella.

»—Sospecho que la tenía.

»—¿A quién pretendéis engañar?

»—En vez de hacer preguntas retóricas, sería útil que os cuestionarais quiénes fueron los que mataron a Brendan y a sus alguaciles.

»—Fueron asaltantes, no tengo duda, bandidos de la comarca.

»—Estáis equivocado, señoría. Los asaltantes de caminos no usan el arco galés. ¿Habéis examinado los cadáveres de los alguaciles?

»—Por supuesto que sí.

»—¿Habéis observado la profundidad de las heridas?

»Volví a asentir.

»—Solo gente avezada a ese tipo de arco puede hacerlas, hombres fornidos, de brazo poderoso. Ellos fueron quienes emboscaron a Brendan Brewster y a sus hombres. Lo digo porque lo vi. Yo estuve en esa emboscada. Sé cómo vestían y las armas que usaron. Incluso escuché la voz de Northwode, ordenando que me siguieran.

»Estuve a punto de decir probadlo, pero me contuve al escuchar el nombre del sheriff.

»—¿Os informaron —dijo en tono inquisitivo— de un cadáver encontrado a la salida el bosque de Lambridge con el sobaco traspasado?

»—¿De que habláis?

»—De uno de los alguaciles que nos asaltaron.

»—No fui informado de eso. ¿Cómo podéis saber tal cosa?

»—Porque yo lo maté.

»—Nadie denunció esa muerte.

»—Debieron de llevarse el cadáver para no dejar huellas.

»—¿Y por qué habrían de atacar a Brendan Brewster?

»—Los conjurados se reunieron de urgencia en Wallingford. Allí los sorprendió Brendan Brewster. Fue una casualidad, pues iba detrás de mí, pero sospecharon que sabía algo o que tenía indicios de la conjura. Desconozco sin embargo el motivo por el que nos atacaron en el bosque de Lambridge. Tal vez todo fue debido a que Brewster ordenó a sir Thomas y a Reginald Underhill presentarse hoy ante su señoría para que os dieran explicaciones sobre su reticencia a recibirlo. Yo estaba presente y lo oí. Pero apostaría un dedo a que no han aparecido por aquí en todo el día.

»—Aparecerán, si eso que decís es cierto.

»—Por supuesto que lo es.

»—Suponiendo que lo sea, ¿cómo explicáis que solo vos os salvarais de la masacre?

»—Tuve suerte, eso es todo.

»—Claro, claro.

»—No me creéis.

»—Sí, sí, os creo, os creo…

»—No sois digno de la orden que tiene por lema «caiga la vergüenza sobre el que piense mal».

»—Qué sabrá un paje de esas cosas.

»—No me creéis, de acuerdo. No esperaba menos de su señoría. Pero os emplazo a que comprobéis ante el rey la legitimidad de ese mensaje. Todo cuanto tenéis que hacer es mostrárselo. Él podrá confirmaros que lo escribió Maud Shelley y que el contenido es digno de crédito.

»—¿Cómo estáis tan seguro de que se lo daré a leer?

»—Porque si no lo hacéis, y el rey es depuesto o asesinado, su sangre caerá sobre vuestra cabeza por no habérselo advertido a tiempo. Tengo una copia de ese escrito. Y yo mismo me encargaré de divulgarlo en cien tubos como ese. Ahora venid por aquí.

»Me obligó a ponerme de pie y a caminar por el pasillo trasero del coro hasta la puerta que comunica la nave central de la abadía con los claustros. Allí me dio un empujón que me hizo saltar de manera atropellada por sobre la media docena de escalones que descienden a la galería. Ciego de rabia, los volví a subir e intenté abrir la puerta. Esfuerzo inútil. No podía entrar a la abadía. Di entonces en golpear las maderas con los puños, pero habría de pasar un tiempo crucial antes de que mis custodios escucharan el ruido, entraran al templo y me abrieran. El bastardo había atrancado el portón con la daga que me había puesto en el cuello.

»Di órdenes a mis hombres para que corrieran al puente de Whitehall. La guardia debía dar la alarma y cerrar las salidas de la isla, pero abrigaba serias dudas de que el escurridizo paje pudiera ser atrapado. Ya había escapado dos veces, y probablemente lo haría de nuevo».

Así sucedió exactamente, nada tengo que objetar. No le quitaría una palabra al relato. Pero más allá de la inquietud que mi información le hubiese suscitado y de la prueba que le acababa de entregar, sir Charles no quería hacer justicia, solo pretendía colgarme. Y de nuevo hube de salir huyendo, a la espera de que, si no la verdad, pero sí la duda, le hicieran entrar en razón.

Perseguido por los ecos de sus golpes en la puerta que comunica con el claustro, salvé a la carrera la distancia que me separaba de la entrada principal de la abadía. La angustia de escapar de allí hizo que aquel tramo se me hiciera eterno. Pero cuando al fin salí a la explanada y sentí en el rostro el aire fresco de la noche, recibí una gratísima descarga de autoestima. Había hablado con el lobo y el lobo había escuchado. Solo quedaba esperar que hiciera lo mismo que el de san Francisco: dejar de hacer fechorías.

Traspasada la puerta, sin embargo, dos sombras se abalanzaron sobre mí y me arrojaron sobre las losas del atrio. Una tercera apareció de no sé donde y me sujetó las manos a la espalda, profiriendo insultos contra mí con un timbre de voz que ya había oído antes, pero que, acaso por estar muy ocupado en protegerme de las patadas y los golpes, no acerté a identificar.

Me subieron a un caballo, cruzaron mi cuerpo sobre el arzón de la silla y se dirigieron al molino de Westminster. Lo supe por el inconfundible ruido de la caída de agua, el cual iba creciendo a medida que los caballos se acercaban al lugar. Antes de desembocar en el Támesis, las aguas del Tyburn son retenidas en una presa de la que parte el ramal que mueve la rueda externa del molino. La presa es muy pequeña, pero el rebalse del agua genera un sonido ronco y profundo.

Caí de la montura como un fardo, empujado por el jinete que me llevaba atravesado sobre ella. El hombre cuya voz me había parecido familiar me tomó por los cabellos y, auxiliado por los otros dos, me arrastró hasta la orilla de la presa. Allí me rodeó la garganta con un brazo y me sumergió en el agua.

Aun con las manos atadas, pude revolverme, tomar aire y exhalar un fuerte grito que debió de caer en el río y sus orillas como un copo de algodón. Me sumergieron de nuevo en la presa, esta vez con los tres encima, y el agua me entró por la nariz y los oídos.

El aire me empezó a faltar. Mi brega por sacar la cabeza del agua era estéril y la fuerza se me iba por la boca a causa de las arcadas que anticipaban un rápido final. En mi cerebro se fue haciendo un silencio aterrador hasta que, de manera inesperada, alcancé a oír un especie de bramido. Quizá suenen de ese modo las trompas del Apocalipsis, pero a mi me pareció que escuchaba música celestial, al comprobar que mi cuerpo se liberaba del peso que me tenía sumergido bajo el agua.

Saqué la cabeza entre toses y vómitos, y cuando finalmente pude relacionar mis sentidos y mi mente con la realidad que me rodeaba, vi que mis captores y yo estábamos rodeados por la patrulla que vigilaba Westminster, algunos de cuyos centinelas hacían sonar sus cuernas.

La presa se volvió en instantes una manga de guardias y sombras. Escuché órdenes de mando, gritos. Mis asaltantes se resistían a ser detenidos, aduciendo que me habían sorprendido robando, y el que parecía su jefe se enfrentaba abiertamente a la guardia.

No le había visto aún el rostro, pero el baño en la presa seguramente refrescó mi memoria, pues justo entonces reconocí su voz: era la del sheriff de Wallingford quien reclamaba a los centinelas respeto a su jerarquía. Pero los guardias de Westminster no serían con él benévolos. Ni conmigo, claro está. Los cuatro éramos sospechosos. Y en menos de lo que se dice, Oliver Northwode, sus hombres y yo estábamos engrilletados.

Nos sacaron del agua a empujones y nos llevaron caminando hasta Charing Cross. Seguimos por el Strand hasta el Fleet y desde allí a Newgate, una de las entradas de la antigua muralla romana que protege Londres. Sobre el arco de la puerta se alza un siniestro edificio de tres pisos y dos torres almenadas en el cual son encerrados asesinos y ladrones, así como los condenados que serán conducidos a la horca desde allí. Nos conminaron a los tres a sentarnos en el suelo, junto a la muralla. Y allí, tiritando y empapado, pasé la noche en espera de que abriesen la puerta y nos encerraran en aquel lugar infecto del que, salvo los condenados a muerte, muy pocos salen con vida.

«Mientras mis custodios regresaban, volví a entrar en la abadía —proseguía sir Charles—. No había lugar mejor para recobrar el sosiego después de tan infausto incidente. Tenía los dedos como témpanos, el rostro encendido y me sentía humillado y viejo, los dos estados más temibles a mi edad. ¿De qué servían mi toga, mi jerarquía y mi cargo, para que el primer ganapán que se acercase los pisoteara impunemente? Nunca antes había ocurrido un asesinato en la abadía, pero juro que, de haber tenido la oportunidad aquella noche, hubiera sido el primero en cometerlo.

»Me senté otra vez en el coro y allí reflexioné un rato sobre lo que el paje me había dicho. Hacía falta ser un gran tejedor de historias para armar semejante embuste. Y hacía falta también tener cuajo y valor para regresar a Westminster y entregarme en persona aquel extraño mensaje. Hasta había conseguido que dudara. Algunos indicios coincidían, cierto, pero ¿iba a creerme aquella historieta, solo porque Maud la había escrito, si es que en realidad lo había escrito ella? ¿Iba a correr el riesgo de hacer el ridículo ante el rey, si la nota no decía lo que supuestamente debía decir?

»Metí la mano en el bolsillo y saqué el canuto de caña. Lo abrí y desenrollé el papel que había escrito Maud. Y de nuevo, no pude entender una palabra. Pero asociado al texto que tenía ante mí, me vino a la memoria un dicho del común: «No te fíes de los griegos cuando vengan con regalos». Y di entonces en pensar sobre si aquel papelito no sería el caballo de Troya que el paje había plantado a mi puerta para salvar su vida. Era verdad que lo había juzgado con un solo ojo y que me ardía pensar en la posibilidad de que hubiese sido él quien me había despojado del amor que alegraba los últimos años de mi vida. Pero, ¿y si la conjura era genuina? ¿Y si las sospechas de Brewster eran ciertas? La voz de Richard Irlonde, el cirujano real, volvía una y otra vez a mis oídos: <No pudo ser el paje, señoría. Es ilógico. Peor aún, es imposible>.

»Si bien lejanos, pude oír entonces los cornos de la isla. La guardia había sido alertada, pero habría de pasar algún tiempo antes de que se abriera la puerta norte del crucero y apareciera allí uno de mis custodios.

»—No llegamos a tiempo al puente, señoría —dijo—. Antes de avisar a la guardia, sonó la alarma del lado del molino.

»—¿Qué es lo que ocurre?

»—Atraparon al paje en la presa cuando intentaba huir de la isla y se lo llevaron a Newgate.

»Alcé los ojos y emití un suspiro.

»—Gracias Christopher. Es una gran noticia.

»Bien está lo que bien termina, pensé. Aquella detención resolvía muchos problemas. Había atrapado al asesino de Maud, lo que taparía muchas bocas en la Corte, y había descubierto razonables indicios de una conspiración contra el rey. El crimen podía haber sido motivado por celos y nada tenía que ver con la conjura. Un hecho era independiente del otro, como le había dicho a Brendan, y eso me procuraba un agradable confort.

»Fue entonces que decidí no dimitir. El caso estaba resuelto. Era tarde y no había prisa. El rey se habría retirado ya a sus aposentos y yo dispuse retirarme a los míos, en mi casa de Westminster, e informarle del asunto al día siguiente.

»Camino de la puerta de la abadía, sin embargo, Christopher me comentó:

»—Hay algo más, señoría.

»Giré el rostro hacia él.

»—¿Ah, sí?

»—La guardia detuvo a tres hombres.

»—¿En el molino?

»—Sí, señoría. Los sorprendieron forcejeando con el paje. Uno de ellos dijo ser el sheriff de Wallingford.

»—No puede ser.

»—Sí, señoría. El sheriff de Wallingford y sus dos alguaciles, los mismos que estaban con él en el cementerio. Entre los tres pretendían ahogar al paje, pero el sheriff juraba que solo quería detenerlo por ladrón. Y ante la duda, la guardia se llevó a los cuatro a Newgate.

»La noticia me exasperó. Aquel sheriff volvía a entrometerse en un asunto que no le concernía, a pesar de la advertencia que yo le había hecho. Lo peor era que hubiese querido ahogar al paje en la presa del molino.

»El asunto, pues, no había concluido y mi decisión volvía a estar en el alero. Podía ejecutar al paje y liberar al sheriff y a sus hombres y asunto resuelto. Pero, ¿y si era verdad que el sheriff había sido el autor de la matanza de Lambridge, como el paje había sugerido? Peor aún, ¿y si la conjura era cierta y el sheriff era también parte de ella?

»Solo media hora antes, el cuento del paje me había parecido una historia sugerente, pero fantasiosa. Toda conspiración tiene siempre algo de infantil. Desata la imaginación de quien conspira y lo arrastra a un mundo irreal. Pero la obsesión del sheriff por colgar al paje arrojaba sobre mí nuevas dudas y frustraba la decisión que había tomado minutos antes. Si el paje se había propuesto sembrar en mi mente la duda, a fe lo que había conseguido. Brendan, Brendan, recuerdo haber implorado en voz baja, ¿por qué no estás ya entre los vivos o siquiera me envías una señal o una inspiración, o una hipótesis, de entre los muertos».