XII. Vago espectro del Tabor

La noche ha caído sobre Westminster. Desde la ventana de mi escritorio, la imponente sombra de la abadía pareciera desplomarse sobre mi casa poblada a esta hora de pequeños ruidos y habitada por el animismo de las cosas. Gimen las maderas, cruje el techado, una mosca golpea el cristal de la ventana. La luna emboza su rostro tras un velo gris y los frailes cantan las Completas. Mis ojos han dejado de lagrimear, pero el insomnio se abraza a mí como un perro inquieto. Me pongo los anteojos y reemprendo la lectura del memorial abandonado, no solo por el lagrimeo, sino por el insoportable tono de sir Charles cuando pontifica sobre las virtudes de su oficio.

«Un juez que se precie de honrado —dice— ha de tener más fuerza interior que virtud. Y yo creo poseerla, aunque hay días en que me levanto con el desasosiego propio de quien ha dejado de hacer algo de cardinal importancia o dicho en público algo que no debía o cometido un error irreparable. Tal es la servidumbre de este oficio: vivir a toda hora inseguro de haber acertado, de haber destruido sin querer la vida de un inocente o de haber absuelto a un asesino. Las dudas y la pesadumbre sobreviven a la fugacidad de las sentencias que dictamos y quedan como un tatuaje en nuestra memoria. Quizá por eso castigar o absolver los actos de otros hombres es el oficio más arduo de la Tierra.

»Cada año, cuando el Tribunal del Rey se da cita en Westminster Hall y todos los magistrados revestidos con túnicas de color púrpura emprendemos la tradicional procesión a la abadía para invocar la inspiración divina, juro esforzarme en mis juicios y me digo, como Casiodoro, que el juez que teme impartir justicia engendra hombres malvados. No todos los jueces tienen el carácter para obrar así, pero de cuantos he conocido Brendan Brewster fue sin duda el más auténtico y cercano a ese ideal. Brendan era un hombre tenaz, incorrumptible, severo, pero justo, obsesionado con los casos que tenía entre manos, los juegos de la razón y la lógica y la recia disciplina del Derecho. Mas lejos de hacer todo esto de él una persona aburrida, su extraordinaria imaginación lo volvía un hombre misterioso y hasta fascinante cuando se dejaba llevar por alguna de sus fantásticas hipótesis, como la que esbozaba en la nota donde me notificaba la detención de dos muchachos en Wallingford.

Este era el contenido del mensaje:

Teníais razón, señoría. Fue ingenuo de mi parte creer que podría identificar al paje valiéndome de mis deducciones. La búsqueda, sin embargo, se ha reducido a dos jóvenes a quienes tengo en custodia, noticia que, para vuestro conocimiento, os envío sin tardanza. Uno de ellos es el asesino de Maud Shelley y habrá de ser vuestra señoría quien lo identifique en cuanto lo tengáis enfrente.

Pero mucho me temo que el caso no sea tan sencillo como su señoría y yo quisiéramos que fuese ni que el crimen se haya debido a una cuestión puramente pasional. Hay algo oscuro en la conducta de Reginald Underhill y Thomas Hawthrey, dos caballeros que me disputaron la detención de ambos jóvenes. Estaban acompañados de personas vinculadas al negocio de la lana, entre ellos algunos extranjeros, y yo no habría entrado en sospechas de no haber desaparecido el vellón de los mercados. Ahora bien, cuando bajo estas circunstancias un importante grupo de ovejeros, laneros, banqueros, exportadores y mercaderes se reúnen en secreto en casa de uno de los caciques del Staple, no puedo creer que lo hagan para cantar el Gaudeamus omnes. Hablaré con su señoría de todo esto en cuanto regrese a Westminster, pero ni Underhill ni Hawthrey me parecen trigo limpio y percibo en su conducta un sospechoso tufo que me inquieta.

Vuestro humilde y leal servidor,

Brendan Brewster

»No vi, no pude ver, lo que quería decirme. La sabiduría del hombre consiste en saber establecer prioridades en cada momento de su vida, pero yo estaba distraído con la muerte de Maud y no supe establecer en ese momento las mías. La obsesión por ahorcar al maldito paje, y el acoso del rey y sus barones, habían bloqueado mi juicio. Todas las miradas, todas las críticas, todas las maledicencias, habían caído sobre mi persona. El Tribunal del Rey, decían, debía dar una respuesta inmediata al crimen, pues para eso estaba instituido, para resolver los asuntos que atañen a la seguridad del monarca. Y si yo no era capaz de resolver el asesinato de Maud Shelley, debía salir sin dilación del Tribunal y reemplazado por un magistrado más expeditivo. De ahí que la carta de Brendan, anunciándome que regresaba a Westminster con el paje, obrara en mí como un bálsamo. Los barones del rey iban a saber ahora la eficacia con que operaba el tribunal que yo presidía. Y Francia lo sabría también, si lo que había pretendido era enviar un aviso al rey para que suspendiera sus planes de invasión. Brendan Brewster había tardado solo tres días en atrapar al asesino de Maud Shelley, y con ello, conseguido que el rey devolviera el golpe a los franceses y puesto al descubierto su perfidia».

El folio se me cayó de las manos cuando llegué a este renglón. ¿Cómo podía hablar de justicia un hombre que pretendía colgar a un inocente sin causa, sin casa, juicio ni defensa? La ley castigaba a los adúlteros, pero eso no le impedía a él serlo, oculto tras la misma hipocresía que achacaba a los demás. En cuanto a toda esa faramalla sensiblera sobre las luces y las sombras de su oficio, solo decía alguna verdad en su referencia a Brendan Brewster. Apenas le conocí, pero sin duda era cierto que su trabajo no le daba reposo, como pude comprobar aquella noche en la prisión de Wallingford, cuando todos pensábamos que dormía. Probablemente le ocurría lo que a mí: le era difícil conciliar el sueño. En su caso, por el burdo intento de Underhill y sir Thomas de confundir mi identidad con la de Kylian, tal y como decía en la carta a sir Charles. Y en el mío, por haber llegado a la triste conclusión de que todo cuanto había logrado con la pantomima de esa tarde había sido alargar mi ejecución uno o dos días.

Las tinieblas emborronaban los contornos de la celda. Kylian dormía junto a mí y el alguacil que nos vigilaba tenía la cabeza caída sobre el esternón. Había en torno a la cárcel un profundo silencio, pero ni siquiera esa quietud conseguía librarme de la duermevela. Y fue en esas circunstancias, vale decir, entre uno de los muchos abrir y cerrar de ojos, que vi una persona sentada en el calabozo, justo al lado de la verja, y sobre cuyo blanco vestido caía una blanquísima luz.

—¿Sabes por qué Maud llegó tan agitada aquella noche a palacio? —preguntó el espectro en voz baja.

El dulce acento francés de Philippa llegó hasta mí como un murmullo, pero no podía verla, sino solo distinguir los bordes de la capucha que ensombrecía sus facciones.

El desconcierto hizo presa en mí. Recuerdo haberme sorprendido especulando sobre si lo que veía no sería una visión semejante a la de los apóstoles en el Monte Tabor cuando, deslumbrados, presenciaron a una distancia cercana a la que estaba Philippa, la plática que se tenían Jesús, Elías y Moisés, tres personas nacidas en siglos distintos. Debía de ser algo así, me dije, aunque Philippa y yo éramos del la misma época y, por tanto, resultaba más sencillo de creer que ella se hubiese trasladado milagrosamente hasta la cárcel de Wallingford. Pero no era menos cierto que la diferencia entre los apóstoles y yo era que ellos habían comido y bebido ese día y yo no había visto un pan desde la noche antes. Tal vez era esa, me dije, la causa de la visión. Aunque también podía ser que no lo fuera. Mi mente era, como digo, un fárrago, un desarreglo.

—¿No te pareció extraño? —insistió Philippa o su voz o lo que fuere.

—¿Qué cosa?

—Que Maud llegara preocupada esa noche y te pidiera que danzaras con ella, como si en vez de un compañero de baile, buscara a alguien que la protegiese.

—Tal vez temía ya por su vida.

—¿A que no sabes de dónde venía?

—Ella me dijo que había estado en Londres esa tarde y que por eso había llegado retrasada. Extraño, ¿no?

—Sí, extraño, porque sus compras solía hacerlas por la mañana, auxiliada por cuatro sirvientas.

—¿Y qué había ido hacer esa tarde a Londres?

—No lo sé.

—Ella te lo contaba todo. ¿No lo sabes o no me lo quieres decir?

—No sé qué decirte.

—Estás jugando conmigo.

—No es verdad. Todo lo contrario. Quiero ayudarte.

—¿Sabes entonces quién la asesinó?

—Tú deberías saberlo. Estabais ambos a un paso del asesino.

—¿A un paso?

—Literalmente.

—Entonces lo hizo Clark Barnes, el que apartó la cortina.

—Eso tampoco te lo puedo asegurar.

—Tuvo que ser él y luego huyó.

—Y lo mataron en la Puerta de los Traidores.

—¿Por qué asesinaron a Maud? ¿Tú lo sabes?

El espectro no respondió.

—¿Y por qué sir Thomas me acusó otra vez de asesino y pretendía con sus artimañas que el sheriff me colgara aquí, en Wallingford?

—Sir Thomas te lo dejó ver muy claro esta tarde, ¿no te diste cuenta?

—No.

—Temían que Maud te hubiese contado algo de ellos, algo que tú no deberías saber

—Ellos, ¿quiénes son ellos?

Philippa murmuró algo que no entendí. Insistí en que lo repitiera, pero todo cuanto me supo decir fue:

—El secreto está en la camomila.

—Estoy perdido, Philippa. ¿A qué te refieres?

—La camomila de ocho pétalos dispuestos en forma radial, la que sir Thomas tenía grabada en su anillo.

—Ah sí, recuerdo, pero no entiendo qué significa.

—Ocho pétalos, uno por caballero.

—Había ocho en la casa de Underhill. ¿Eran ellos?

—Es posible. ¿Recuerdas la canción de los ocho caballeros templarios? ¿Uno ovejero, otro financiero, otro tejedor, otro lanero, otro peletero, otro comerciante, otro navegante, otro encargado del queso?

—¿Del queso?

—Del queso.

—Quisiera preguntarte algo. ¿Tú me amas? ¿Me has amado alguna vez?

—¿Es una declaración de tu parte o quieres que sea yo quien lo haga?

—Estoy confuso, Philippa. Prefiero que lo hagas tú.

—Te vi tan feliz cuando volábamos entre las nubes que supuse no era necesario decirlo.

—Entonces era un hombre libre. Ahora, en cambio, soy un prisionero al que quieren ahorcar.

—Estoy aquí para salvarte, te lo dije.

—Quítate la capucha, quiero ver tu rostro.

—No puedo. Quizás más tarde. Pero antes quiero hacerte yo otra pregunta. ¿En verdad amabas a Maud?

—Solo la deseaba.

—Ah.

—Te veo y te siento como una aparición, Philippa. ¿Estamos en el Tabor?

—Tienes hambre y tienes sed. Te dieron una paliza, anoche, y cuatro bofetones hoy. Pero no, no estamos en el Tabor. Estamos en la cárcel de Wallingford. Eso sí, te aconsejo hacer lo que las Escrituras aconsejan: «no le digas nada a nadie hasta que los muertos resuciten».

—Pues arreglados estamos, si hay que esperar tanto tiempo.

—Despierta y trata de entender.

—Hago lo que puedo.

—El rey está en peligro. Debes hacer algo.

—No soy más que un simple paje a quien le quedan dos días de vida. ¿Qué podría hacer yo por él?

—Engrilleta a los prisioneros y sácalos al patio. Nos vamos ahora mismo de aquí.

Desperté con el corazón dando brincos. Brendan Brewster estaba tras la reja y daba órdenes al alguacil.

—¿Qué ocurre? —preguntó Kylian, no menos aturdido que yo—. ¿Nos van a traer la cena?

El alguacil que hacía guardia al otro lado de la reja entró y nos puso los grilletes. Unió mi mano izquierda a la izquierda de Kylian con un par, y el pie derecho de Kylian a mi pie derecho, con otro. La posición en que quedamos era incómoda. Nos costaba mucho andar, uno pegado al otro, pero de esa guisa nos obligaron a cruzar el patio, supongo que para que viéramos lo difícil que sería caminar o correr si intentábamos huir.

Nos subieron a mi caballo —Kylian atrás, yo delante— sin albarda, silla ni riendas. Le habían quitado al caballo la brida de cuero y atado a las anillas un largo ronzal del que tiraba el Ovejo.

—¿Qué hora será? —preguntó Kylian.

Calculé que aún faltaban dos o tres horas para el alba, pero mi mente no estaba puesta en el tiempo, sino en la rara experiencia que acababa de vivir. Todavía hoy trato de convencerme de que mi charla con Philippa fue una alucinación inducida por el hambre y la sed o un rapto de los sentidos y que en ningún momento había hablado con ella. Pero nunca estoy seguro. Su presencia fue tan vívida que, aunque hubiese sido real, no me habría impresionado tanto. Así de cercana la sentí aquella noche, por más que todo lo que me contó fueran cosas que yo ya sabía o suponía, pero que se tornaron más claras en mi mente luego de hablarlas con ella (o tal vez conmigo mismo).

Rodeamos la villa en fila de a uno, siguiendo un sendero entre árboles que corría paralelo al Támesis y conducía por la orilla del río hasta el puente de madera. Ni Kylian ni yo conocíamos el motivo de una salida tan precipitada, pero tampoco era necesario que nos lo dijeran. Huíamos de Wallingford, así de simple. Bastaba observar los gestos de Brewster y los alguaciles para comprobar que nos acechaba el peligro. Por una vez, aquel hombre tan racional no se había dejado llevar por la lógica, sino por el olfato, si bien eso, desgraciadamente, habría de servirnos de muy poco.

Comenzó a llover cuando llegamos al puente. Gruesas gotas de agua golpearon los tablones y atenuaron la tronazón que causaban los cascos de las cabalgaduras. Nadie parecía seguirnos. Las casas de Wallingford quedaban atrás de nosotros, desdibujadas por la lluvia, al tiempo que la noche nos abría sus fauces del otro lado del río.

Al salir del puente, sentí un tirón del ronzal y el caballo echó a correr. Las cautelas ya no eran, por lo visto, necesarias. Brendan Brewster había ordenado poner tierra de por medio y abandonar el lugar a galope tendido.