XIV. Donde los caminos se encuentran
«El cadáver de Brendan Brewster llegó a Londres en un lanchón a la mañana siguiente del asalto de Lambridge. Yo mismo lo fui a recibir en el muelle de Dowgate al que llegó acompañado de los cuerpos sin vida de sus hombres. Los monjes del priorato cercano a Wallingford les habían arrancado las flechas y envuelto sus cuerpos en blanquísimos sudarios a través de los cuales se traslucía la rosada humedad de las heridas.
»A cargo de ellos venía un tipo desorejado y dos alguaciles. Se presentó a mí como Oliver Northwode, sheriff de Wallingford, pero aun sabiendo quien era yo, no se comportó con el respeto que debía. Tampoco mostró, a mi entender, la solidaridad propia de un agente de la justicia por la muerte de sus compañeros de oficio. Se le veía ajeno a la tragedia y hasta sentí que molesto por tener que cumplir con un deber que parecía detestar.
»La mañana era desapacible y gris, pese a haber comenzado el estío. Caía una lluvia fina que al rato desembocó en un inesperado chaparrón. Movida por la furia del viento, el agua me azotaba el rostro y golpeaba con violencia los cuerpos tendidos en la cubierta de la barcaza mientras yo les rendía un callado homenaje.
»Con ellos venía el cadáver de uno de los dos jóvenes a los que Brewster había hecho referencia en su carta del día anterior. Y en efecto, no era el paje. El maldito había escapado otra vez.
»Alargué la mano a uno de los sudarios y descubrí el rostro de Brendan. Su piel había adquirido un tono azulenco, pero sus facciones conservaban el gesto distraído tras el cual solía ocultarse antes de dar una respuesta comprometida. Y el ardor del pesar y de la culpa estremeció mi conciencia por no haber sabido ver, y vaya que me duele recordarlo, lo que me había dicho en su carta.
»Llevamos los cadáveres al cementerio de Smithfield, extramuros de la ciudad, donde tantas víctimas de la peste yacían enterradas en fosas comunes. Ver sus cuerpos hacinados y cubiertos de cal, hizo que todo el plomo del cielo cayera sobre mis hombros. ¿Qué diría ahora el rey? ¿Y qué le diría yo, luego de haberle contado que el asesino de Maud había sido detenido en Wallingford? Peor aún, ¿qué dirían los barones y la Corte?
»Concluida la ceremonia, alcancé a ver al sheriff junto al osario, a unos pasos de la puerta. Traté de evadir el encuentro, pero él me salió al paso.
»—Lamento la pérdida de un hombre tan valioso para su señoría —dijo—. También la de sus alguaciles.
»Le respondí con una rápida inclinación de cabeza e hice intención de seguir.
»—Sé que buscáis a un paje de palacio —dijo sin apartarse de la puerta.
»—¿Cómo lo sabéis?
»—Brendan Brewster me lo dijo.
»Dudé un momento antes de comentarle nada.
»—Sí, es cierto. Ese joven es el causante de todo este desaguisado.
»—¿Tenéis idea de dónde pueda estar?
»—Ninguna. ¿Cuál es vuestro interés en él?
»—Escapó de mi cárcel.
»—Ayudadme a encontrarle y os aseguro que se hará justicia. Y no solo por escapar de vuestra prisión.
»El sheriff me lanzó una hosca mirada.
»—Ese muchacho será del primero que lo encuentre, señoría —dijo.
»—Sois un sheriff, no un juez. No podéis tomaros la justicia por vuestra mano.
»—Claro que puedo. Es fugitivo de mi cárcel y mi jurisdicción. Puedo aplicarle la ley de fugas donde lo encuentre.
»Comprendí entonces por qué estaba allí. Éramos dos perros peleando por el mismo hueso, si bien el problema era que no teníamos el hueso por el cual sacarnos los ojos.
»—El Tribunal del Rey acusa al paje de crimen de lesa majestad —le dije— y es vuestra obligación entregármelo, en el caso de que dierais con él. Os lo advierto, si tratáis de ejecutarlo sin mi permiso, pagaréis las consecuencias.
»—No soy yo, sino su señoría quien debe andarse con cuidado.
»Su interés por el paje debería haberme hecho pensar que su propósito iba más allá de ejecutar a un fugitivo. Pero, al igual que me había ocurrido con Brendan, no supe captar el sentido oculto de sus palabras. Lo único que ocupaba en ese momento mis emociones era la indignación ante un vulgar sheriff, un senescal de segundo rango entre los muchos desperdigados por el Reino que no sentían la obligación de rendir cuentas a nadie. Y así se lo hice saber.
»—Mirad con quién estáis hablando. Soy el primer magistrado del Reino.
»Aquel remedo de autoridad tuvo entonces el descaro de decirme, con un mohín de guapeza:
»—Tal vez no lo seáis por mucho tiempo.
»Sin miramiento ni al parecer ningún temor aquel palurdo había desafiado mi jerarquía y amenazado mi persona. Pero cualquier reacción mía, como detenerlo o destituirlo de su cargo, habría provocado una situación incómoda. Solo el rey podía hacer algo así y aquel sheriff lo sabía. De hecho, lejos de saludarme o despedirse con un gesto cortés, sonrió con altanería, dio media vuelta y abandonó muy ufano el cementerio.
»Molesto aún por el incidente, me dirigí a Fleet Street y desde allí a Charing Cross. Al pasar frente a la pradera de St. James, observé de lejos la tropa que acampaba en el lugar. Soldados y caballeros iban y venían entre tiendas y banderolas. Llevaban en el parque dos días y supuse que el rey quería utilizarlos para hacer algún alarde con motivo del día de san Pedro.
»Más adelante, en el pequeño puente de piedra que da acceso a Westminster, vi que el sistema de seguridad había sido activado. Westminster no necesita murallas defensivas: el Tyburn ha sido desde siempre el principal obstáculo a cualquier fuerza que intente penetrar en la isla. Los dos brazos del pequeño río toman allí el aspecto del foso defensivo de una fortaleza y, por lo regular, suele haber dos hombres en cada uno de los puentes que dan acceso a la isla. Pero cuando se celebran ceremonias importantes se organiza por rutina un complejo sistema de vigilancia. Se dobla la guardia en los accesos y se distribuye medio centenar de centinelas entre los árboles y arbustos que crecen a orillas del Tyburn. Los guardias van armados de espada y rodela y todos llevan una cuerna que hacen sonar al menor indicio de amenaza, con lo que la villa se ve en ocasiones agobiada por un estridente orfeón de mujidos. Una docena de hombres de los servicios secretos del rey suele completar el sistema, todos ellos encubiertos e infiltrados en posadas y tabernas.
»El dispositivo funcionaba con eficacia gracias al talento de Brendan Brewster, que era quien lo había diseñado, y no por méritos de quien lo dirigía, el bobo de Winnefred Pratt, jefe de la guardia de palacio.
«Llegué a Westminster poco después de las once. Mi ánimo contrastaba con el espíritu que se respiraba en la villa, inmersa en los preparativos para la solemne misa del día siguiente y la procesión que conduciría al rey del palacio a la abadía.
»Me dirigí a mi casa y subí directamente a mi cuarto con la intención de redactar mi dimisión, pero no fue tarea fácil. Dimitir es admitir un fracaso y no estaba del todo conforme con la sentencia que yo mismo había dictado en mi contra. Había querido reformar la justicia, imponer la ley común, sanear el sistema judicial y volverlo confiable a los ojos de la nobleza y la plebe, pero todo había quedado a medias y mi ánimo no estaba en condiciones de superar la frustración que sentía. Y tras romper dos farragosos borradores, opté al cabo por escribir la dimisión en unas sencillas líneas.
»En el reloj de la abadía dieron las doce. Me trajeron algo de comer, pero no tenía apetito. Sentía la derrota de la edad sobre mis hombros y un cansancio abrumador. La cabeza no me respondía como era habitual y las piernas me dolían como si hubiese cruzado a la carrera el Reino.
»Inquieto por el malestar, eché mano de cierta bebida escocesa que se había venido utilizando para combatir la peste. Bebí un trago largo, luego otro. A poco me sentí más sereno. Tanto que seguí bebiendo hasta que el sueño me rindió.
»Desperté cuando caía la tarde con un fuerte dolor de cabeza. Y en ese estado, que no era el mejor para hacer lo que me había propuesto, dispuse esconderme un rato en la abadía, como era mi costumbre, aunque no a rezar, pues no soy hombre devoto, sino con el propósito de serenarme y poner mis ideas en orden antes de entregar mi dimisión al rey».
Alcé los ojos del folio donde sir Charles había escrito estos párrafos, sorprendido de saber que era un hombre menos fuerte de lo que yo había supuesto. Cuarenta años después me venía a dar cuenta de que no era todo lo irrompible e invulnerable que yo había imaginado. Ignoraba también que aquella mañana él fuese casi un cadáver y yo casi un resucitado que había vuelto a la vida bajo un fresno y alcanzado Charing Cross, acaso a la misma hora en que sir Charles regresaba del cementerio de Smithfield.
La tormenta había cesado y el sol se esforzaba por brillar en ese lugar de encuentro de mercaderes y tratantes que van y vienen de Londres. Recuerdo haber entrado a la explanada por la calzada de Haymarket a cuyos flancos se abrían almacenes de granos y forrajes, posadas, tabernas y talleres de artesanos. Seguí hasta la iglesia de San Martín, rodeada de campos de labranza. En su vecindad había un establo al aire libre y un mercado donde se negocian a diario toda clase de animales. Allí vendí el caballo. Me dieron veinte libras por él y con ese dinero en el bolsillo entré en la primera sastrería que vi sobre el Strand.
Me sentía sucio y harapiento. Necesitaba recobrar mi autoestima y reconstituir la estampa del paje limpio y de buena presencia que había sido hasta solo unos días atrás. Compré unas botas de cuero flexible, como las que usaba en palacio, unas calzas rojas de Brujas, ajustadas a la cintura, un blusón con mangas acuchilladas, un cinturón de cuero negro y una daga. A falta del birrete y el sobretodo con los leopardos y los lirios en el pecho, dispuse visitar a un sastre cuyo taller se alzaba cerca de Scotland Yard. Era un viejo sordo y mal aliñado a quien acudía a menudo con encargos para el príncipe Lionel. Mi preocupación era que ya supiese del crimen de Maud y que me identificara como el paje asesino. Pero tuve suerte. La noticia no se conocía aún fuera de palacio. Y más tranquilo por estar libre de recelo, le conté a aquel buen tijera que me había caído vino sobre los leopardos y los lirios de mi viejo sobretodo y que no podría atender una cena esa noche, si no me cosía con urgencia los blasones de los Plantagenet en otro nuevo.
El viejo refunfuñó. Era víspera de san Pedro y todos andaban con prisas. Ello no obstante, lo hizo. Siempre daba prioridad a los asuntos de palacio y esta vez no fue la excepción. Y un par de horas después tenía listo el sobretodo.
En una tienda de sombreros y gorras compré un birrete negro. Me dirigí luego a la posada El Pavo Real, pedí un baño de agua caliente y me sumergí largo rato en una tina de madera. La galopa nocturna, los flechazos, los gritos de muerte, aún sonaban en mis tímpanos, pero cuando me incorporé de la tina y me sequé tuve la sensación de que dentro de mí habitaba un recién nacido.
Me enfundé con parsimonia la ropa que había comprado en el Strand y bajé a la taberna. Pedí pan, vino, queso y una chuleta de cerdo con repollo ácido. Y a resguardo de viajeros y mirones, lo devoré todo en un rincón. Pagué aquel ágape glorioso y pedí una cama donde dormir unas horas. Había decidido entrar en Westminster al caer la tarde. Tenía mucho tiempo aún y eso hice, dormir el sueño de los justos.
Serían las seis o siete de la tarde cuando desperté. Pedí recado de escribir y pergeñé a vuela pluma una nota para mi padre. En ella le decía que estaba vivo, pero no dónde me encontraba ni que me proponía reivindicar mi honor y su nombre. No le culpaba de haberme enviado a aquella desgraciada aventura, pero le advertía que se cuidara de Reginald Underhill, contrabandista, conspirador, asesino y traidor a la amistad que había depositado en él. Por último le decía que, no obstante nuestras diferencias, le amaba, y que siempre haría cuanto estuviese en mi mano para que se sintiera orgulloso de mí.
Abandoné la posada con buen espíritu, y mi pateado, abofeteado y contuso cuerpo sin apenas dolor. Metí en un fardel el birrete y el sobretodo, y me confundí entre la gente que subía y bajaba por la calzada de Whitehall.
Nadie se fijaba en mi persona. Sin insignias ni distintivos sobre el pecho, yo era uno más entre los funcionarios, viajeros, mercaderes, clérigos, proveedores, músicos, trajinantes y mujeres tentadoras que a esa hora de la tarde se movían por entre posadas y tabernas de las cuales brotaban fuertes carcajadas y bullicio de conversaciones.
Me acerqué al pequeño puente de piedra sobre el Tyburn que une la calzada con la villa y, a la altura de Humping Hall, la cervecería más famosa del lugar, me detuve. Desplegué el sobretodo blasonado y, cuando me disponía a metérmelo por la cabeza, vi algo que me hizo detenerme.
Había en el puente un grupo de hombres armados acechando el paso de quienes accedían a Westminster.
Interrogaban a unos, registraban a otros, les franqueaban el paso a la villa o les obligaban a regresar por donde habían venido. Si entrar a la isla era difícil, pensé, acceder a palacio debía de ser casi imposible. Y afectado por la duda, volví a doblar el sobretodo.
En realidad, no tenía motivos. Ni para esconder la ropa ni para dudar de mí. Había experimentado el miedo y el infortunio y escapado varias veces de la muerte. Había matado a un hombre, conocido el dolor en mis carnes y la humillación en mi espíritu. Había aprendido a mentir y a simular, a detectar el silbo de las serpientes y a reírme de mí mismo. Ante mí se habían exhibido sin pudor la codicia, la traición, la hipocresía, el fanatismo y la mezquindad. Pero también lo habían hecho (en grado menor, claro está, como suele ser habitual en ellas) la honradez, la bondad y la razón. Y a pesar de las adversidades, seguía estando vivo. Todo eso debía darme la confianza y la fuerza necesarias para salir del laberinto al que unos y otros me habían arrojado.
Por el centro de la calzada vi entonces acercarse a un grupo de jinetes. Dos escuderos con sobretodos blasonados abrían paso a un caballero y una joven. El caballero era sir Gilles de Röet. La joven, su hija Philippa.
Quedé conmocionado al verla. No vestía la túnica corta con que había volado a la grupa de mi caballo sobre las suaves colinas de Wittenham, ni la otra, cegadoramente blanca, que llevaba cuando me visitó en la cárcel de Wallingford, pero estaba igual de elegante y bonita.
Nuestras miradas se cruzaron, y ella, al reconocerme, se llevó una mano a la boca en ademán parecido al que había mostrado en palacio, cuando Maud cayó asesinada. El gesto duró solo un instante, pero tuvo la virtud de despertar en mí la nostalgia de los momentos que habíamos pasado juntos sin que ella lo supiese. No me importó en absoluto que solo hubieran sido alucinaciones mías. Aunque todo hubiese sido un engaño de mi mente, mis sentimientos por Philippa eran reales. Y este era el descubrimiento más importante de todos cuantos había tenido en aquella desdichada aventura.
Los escuderos que custodiaban a Philippa y a su padre se adelantaron hasta el puente, pero lejos de darles el alto, los alguaciles apartaron a los visitantes que hacían cola y dieron paso al grupo sin más trámite. Los blasones en el pecho de los escuderos y la prestancia de Philippa y de su padre habían sido franquicia suficiente.
Por mi lado pasó entonces una tropilla de benedictinos que se dirigían a la abadía y, detrás, un grupo de jurisconsultos con sus togas. Me enfundé rápidamente el sobretodo, me calé el birrete negro y corrí a unirme a ambos grupos en el puente de piedra. Caminé a su flanco unos pasos y, como esperaba, pasé ante los centinelas sin ningún tropiezo. Frailes, caballeros y pajes éramos gente de fiar, y las insignias de los Plantagenet eran mi salvoconducto, el sello que me volvía invisible entre los numerosos servidores de palacio que se movían a diario por Westminster.
Al otro lado del puente, empero, tuve la sensación de haber entrado a un calabozo. La antigua Isla de Espinos, como se solía llamar a Westminster en otros tiempos, era una jaula custodiada por sus cuatro costados. Pero no tenía otra alternativa. Nadie creía en mi inocencia, salvo Philippa, y eso únicamente en mis sueños. Solo el rey podía exculparme cuando reconociera la letra de Maud. Toda la cuestión residía en cómo hacerle llegar el tubo con el mensaje.
En sus amenas y piadosas sobremesas, luego de un pichón al horno, pan de trigo recién hecho y un buen vino de Toscana, los franciscanos refieren conmovedoras anécdotas de su fundador, en especial una, según la cual, san Francisco habló y convenció a cierto lobo para que no siguiera haciendo daño a los vecinos de Gubbio. Debió de ser un lobo ilustrado. O a lo menos con mucha paciencia, pues hay que tenerla en gran dosis para escuchar y observar durante una hora o así los innumerables seseos, ceceos, chasqueos, mohines, cacofonías, gorgoriteos, aleteos de nariz, elevaciones de cejas, boqueos, parpadeos, farfulleos y otras monerías y visajes que hacemos los humanos al hablar. Y todo sin entender una palabra, como le debió de ocurrir al pobre lobo. Pero eso era todo lo que se me había ocurrido hacer: hablarle al lobo. Me había percatado de que mi peor enemigo no era sir Charles, sino quienes me trataban de asesinar. Y la idea no era mala, si bien se mira. El único mensajero que podría llevar hasta el rey la nota de Maud era sir Charles. A pesar de sus malas intenciones, seguía siendo un juez y uno de los hombres más poderoso del Reino. El mensaje de Maud podría abrirle los ojos, y no tanto por mí, cuanto por la vida del rey.
Estos fueron los motivos por los cuales, ante la necesidad de salvar mi honor y mi vida, decidí incurrir en el acto insensato de ir al encuentro de mi némesis. Si aún le quedaba una pizca de buen juicio y una triza de dignidad, tal vez podría admitir la realidad y los hechos, aunque siempre tuve conciencia de que no me escucharía en la forma plácida y paciente con que el lobo de Gubbio había escuchado al bueno de san Francisco de Asís.