Nota del autor

APELLIDOS

Las familias cuya fortuna sigue esta novela a lo largo de los siglos son ficticias. MacGowan y Doyle son apellidos comunes y en la narración se presentan sus probables orígenes. Los O’Byrne, de los que existen muchas ramas, destacaban en la región y sus actividades quedan reflejadas adecuadamente. Sin embargo, los O’Byrne de la narración y los O’Byrne de Rathconan son todos inventados. La familia nórdica de los Harold también fue importante y el apellido todavía existe en la región. Ailred, el Peregrino, y su esposa son personajes históricos y fundaron el hospital de San Juan Bautista hacia la fecha que aparece en la narración, aunque se cree que no tuvieron descendencia. Por eso me he permitido inventar un antepasado vikingo de los Harold y trazar su genealogía hasta Ailred, el Peregrino. Walsh es un apellido corriente y los Walsh de Carrickmines existieron realmente. John Walsh de Carrickmines, su antepasado Peter FitzDavid y los demás Walsh de la obra son, sin embargo, ficticios. Los Ui Fergusa existieron y se considera que fueron jefes de Dublín hasta la llegada de los vikingos, pero su identidad no está clara. Su lejano antepasado, Fergus, su hija Deirdre y Conall, el amante de esta, son todos inventados. Tidy es un apellido inglés, pero, hasta donde sabemos, no existió nunca una familia Tidy asentada en Irlanda; la familia Tidy de Dalkey y de Dublín es ficticia.

Para la ortografía de los apellidos personales y dinásticos, he recurrido a la siguiente convención: si un nombre antiguo ha pasado al uso moderno, aparece en su forma moderna más fácil de reconocer. Así, se emplea Deirdre, y no la forma antigua, Deirdriu, incluso en la época de san Patricio; por su parte, el nombre nórdico, Harald, aparece como Harold. En cambio, cuando un nombre se conoce solo en su forma antigua —Goibniu, por ejemplo—, se emplea esta. De igual modo, los arcaicos Ui Nelly y Ua Tuathail aparecen como los más conocidos O’Neill y O’Toole, pero Ui Fergusa queda, como se encuentra siempre en los relatos, en la forma arcaica.

Los lectores familiarizados con la historia de Irlanda sabrán que las antiguas agrupaciones familiares y tribales recibían el nombre de septs. Sin embargo, en la actualidad existen dudas respecto a cuál debería ser el término más adecuado para los diversos agrupamientos sociales en la Irlanda histórica. En ocasiones, he empleado el término clan, más general e inconcreto, para referirme a una familia gobernante extensa.

LUGARES

Salvo en el caso de la propia Dublín, he preferido no cargar al lector con topónimos arcaicos y no he dudado en emplear términos hoy vigentes —Wicklow, Waterford, Munster, etcétera— en fechas muy anteriores a la de su aparición.

Los lugares son, en general, como se describen. El rath de Fergus está situado en el castillo de Dublín y es muy posible que existiera allí uno de tales rath, esos recintos circulares fortificados, rodeados de un muro de tierra, que se empleaban como fortaleza o como residencia; de igual manera, es posible que el Thingmount vikingo, o túmulo de la Asamblea, el montículo plano donde se reunían en asamblea los vikingos, se levantara sobre un monumento funerario preexistente. El jardín tapiado del castillo Malahide se ha añadido por conveniencias narrativas. Por otro lado, la finca de Harold y Rathconan son inventadas.

HECHOS HISTÓRICOS

Cuando ha sido posible, he intentado proporcionar al lector en el cuerpo de la obra cierta exposición del contexto histórico, que con frecuencia ha sido revisado por eruditos modernos.

En particular, el lector habrá advertido una gran incertidumbre respecto a la misión de san Patricio. Por ejemplo, no he dado el nombre del rey supremo, pues no existe seguridad respecto a quién pudo ser. En realidad, las fechas indicadas al principio de los tres capítulos iniciales solo pueden tomarse como aproximaciones para ayudar al lector. Respecto a si san Patricio llegó a Dublín en algún momento, lo ignoramos, pero cabe tal posibilidad. La conocida leyenda de Cuchulainn podría haber surgido en un periodo posterior, en realidad, pero he elegido creer que ya existía entonces. Respecto a la cuestión del sacrificio de Conall, existen claras pruebas de que los sacerdotes druidas de la Europa celta practicaban los sacrificios humanos tal y como se describen. Respecto a que si tal ceremonia podría haber tenido lugar en la pagana isla de Irlanda, situada en el extremo occidental europeo, en fechas tan avanzadas, no hay constancia alguna, pero no es imposible.

El lector que conozca la historia de Brian Boru sabrá que los nombres de los diversos reyes del Leinster y de los reyes O’Neill pueden resultar muy confusos. Por esta razón, he decidido evitar los nombres siempre que resultara posible y referirme al rey O’Neill Mael Sechnaill, muy apropiadamente, como el rey de Tara.

El relato del asedio de Dublín de la época de Strongbow está bien documentado. Hay quien cree que los hombres del rey O’Connor tal vez fueron sorprendidos mientras se bañaban en el río Tolva, y no en el Liffey, pero he escogido este último como el más probable. En cuanto a la deliciosa idea de que, mientras los hombres se bañaban en el río, el propio monarca estuviera tomando su baño sentado en una bañera, estoy en deuda con el señor Charles Doherty por compartir conmigo su nota: «El baño de Ruaidhri Ua Conchobair».

La historia del contrabando en Dalkey en el siglo XIV y la incursión de los O’Byrne en Carrickmines son invención de novelista. Sin embargo, la descripción de las actividades de los O’Byrne en dicha época se ajusta a la verdad: en Dalkey se produjo sin duda una evasión organizada de impuestos portuarios durante este periodo; de hecho, una generación más tarde, un Walsh de Carrickmines fue acusado por las autoridades de Dublín de quedarse, en provecho propio, con las tasas aduaneras que había recaudado en Dalkey.

Me he permitido algunas simplificaciones de poca importancia en la cadena de acontecimientos, a menudo complejos, durante los años de tensión entre los Fitzgerald y los reyes Tudor de Inglaterra. Tal vez sorprenda a los lectores mi insinuación de que el pretendiente Lambert Simnel, en la época de Enrique VII, pudiera ser precisamente el regio conde de Warwick, como afirmaban sus seguidores. Nunca lo sabremos con certeza, pero he seguido los argumentos del difunto profesor F. X. Martin, que presentó firmes pruebas circunstanciales de tal posibilidad. La versión de la curiosa disputa entre los Fitzgerald y los Butler en la catedral de San Patricio es mía. Por último, agradezco al doctor Raymond Gillespie que me señalara que, pese a la versión habitual de que el arzobispo Browne quemó las reliquias en 1538, algunas de ellas, incluido el gran báculo de san Patricio, podrían haber sobrevivido.