Cuatro
Los vikingos
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I
El muchacho pelirrojo contempló el barco.
Era casi medianoche. El mar parecía plata pulverizada y el cielo tenía un color gris pálido. Había conocido hombres que habían navegado allende las islas del norte distante, donde el sol brillaba a medianoche y donde en verano, durante largas semanas, no oscurecía nunca del todo. Pero incluso aquí, en Dyflin, en julio, la noche estaba casi proscrita. A lo largo de una hora, oscurecía lo bastante para que se vieran unas cuantas estrellas, mientras que durante el resto de la breve ausencia del sol, el mundo adquiría un extraño y luminoso tono grisáceo, propio de las noches del solsticio de verano en los mares del norte.
El barco avanzaba despacio. Había llegado a la costa procedente del sur. En vez de utilizar los remos, la tripulación dejaba que la brisa los llevase hacia el estuario del Liffey en la costa norte, donde acechaban los pálidos bancos de arena.
Harold no tendría que haber estado allí abajo, en los bancos de arena; se suponía que estaba durmiendo en la granja grande. Pero a veces, en noches de verano como aquélla, se escabullía en su pony y se acercaba a la costa a contemplar las grandes aguas, con su color gris plateado, de la bahía, que, igual que las mareas —que se mueven por la invisible atracción de la luna— ejercían una atracción sobre él con una magia tal que no era capaz de comprender.
Era el barco más grande que jamás hubiera visto. De largos contornos, semejaba una colosal serpiente de mar. Su proa alta y curvada cortaba el agua con la misma ligereza que un hacha atravesaba el metal líquido. La gran vela en cruz se alzaba sobre los bancos de arena e impedía la visión de un retazo de cielo. Incluso bajo aquella luz crepuscular advirtió que era negra y ocre como la sangre seca. Se trataba de un barco vikingo.
Aun así, Harold no tenía miedo, puesto que él también era vikingo, del mismo modo que ahora lo eran aquellas aguas.
Contempló la oscura serpiente con su tremenda vela mientras pasaba y se deslizaba camino del Liffey, sabiendo que no solo transportaba hombres armados —porque aquéllos eran unos tiempos peligrosos—, sino también ricas mercancías. Al día siguiente, intentaría convencer a su padre de que bajaran a verlo.
Tanta era la gente que se apiñaba en la orilla, bajo la oscura muralla de Dyflin, que al principio no se fijó en el otro muchacho. No lo vio hasta que habló.
Había tenido suerte. Su padre se había avenido a llevarlo al puerto. Cuando salieron de la granja y comenzaron a cruzar la llanura de las Bandadas de Pájaros, el día era radiante. Al contacto con las mejillas, la brisa húmeda resultaba refrescante. El cielo era azul y el sol se reflejaba en el cabello rojo de su padre.
No había nadie como su padre, nadie tan valiente ni tan apuesto. Era fuerte. Cuando Harold lo ayudaba en la granja, su padre a menudo lo obligaba a trabajar más tiempo del que él habría querido, pero si estaba algo deprimido, enseguida le contaba una historia que lo hacía reír.
Y había algo más. Cuando Harold estaba con su madre y sus hermanas, se sentía querido y era feliz, pero no se consideraba libre, no por completo, ni en aquellos días. Sin embargo, cuando su padre lo levantaba en sus fuertes brazos, lo montaba en el pony y lo dejaba trotar al lado de su espléndido caballo, entonces Harold experimentaba algo que iba más allá de la felicidad. Una efusión de fuerza recorría su cuerpo pequeño y los ojos azules le brillaban. Era entonces cuando advertía lo que significaba ser libre, libre como un pájaro en el aire, libre como un vikingo en alta mar.
Habían transcurrido casi dos siglos desde que los vikingos de Escandinavia comenzaran sus épicos viajes por los mares septentrionales. En el mundo antiguo había habido migraciones importantes; los comerciantes del mar, griegos y fenicios, habían fundado puertos y colonias en casi todas las costas conocidas de la civilización clásica, pero nunca antes en la historia humana se había emprendido una epopeya marítima tan extraordinaria como la de los bandidos vikingos. Piratas, comerciantes y exploradores zarparon de sus bahías norteñas en los veloces drakares, y pronto, en toda Europa, las gentes aprendieron a temblar al ver sus velas de cruz aproximándose por el mar o sus grandes cascos con cuernos que llegaban desde la orilla del río. A partir de Suecia, viajaron por los grandes ríos rusos y, desde Dinamarca, primero asolaron la mitad septentrional de Inglaterra. Los vikingos siguieron navegando hacia el sur y llegaron a Francia y al Mediterráneo, fundando colonias en Normandía y en la Sicilia normanda. También viajaron al oeste y arribaron a las islas escocesas, a la isla de Man, a Islandia, a Groenlandia e incluso a América. Y fueron los vikingos de pelo rubio de Noruega los que, al llegar a la agradable isla al oeste de Britania, exploraron sus puertos naturales y tradujeron su nombre celta Eriu —que ellos pronunciaban Eire— a su propia lengua, dando así lugar al nombre nórdico de Irlanda.
Harold sabía cómo habían llegado a Irlanda sus antepasados. El relato le resultaba tan hermoso como cualquier otra de las sagas nórdicas que su padre le contaba. Había transcurrido casi un siglo y medio desde que la gran flota de sesenta drakares arribara al estuario del Liffey. «Y el padre de mi abuelo, Harold, el Pelirrojo, iba en uno de ellos», le había dicho con orgullo su padre. Cuando un gran grupo de vikingos subió remando corriente arriba hasta el vado de los Zarzos, quedaron un tanto decepcionados. Tras pasar junto a un túmulo funerario, encontraron un viejo rath que protegía una laguna negra y, en el cerro de la orilla, un pequeño monasterio al que el jefe del rath concedía una gran importancia, aunque a los paganos noruegos no les pareció gran cosa. En la capilla de piedra, que solo contenía una modesta cruz y un cáliz de oro que saquear por haberse tomado la molestia de llegar hasta allí, apenas cabían veinte hombres armados.
Pero aunque aquella pequeña factoría y su monasterio no les proporcionaron un botín digno de tal nombre, los vikingos advirtieron de inmediato que el lugar tenía posibilidades. Las antiguas carreteras célticas convergían muy cerca para cruzar el río; la bahía mareal estaba protegida y la tierra era buena. Además, la zona que rodeaba el rath era defendible.
Y allí se establecieron los noruegos. Aunque la historia los conoce como vikingos, escandinavos o nórdicos, ellos se llamaban a sí mismos ostmen, o escandinavos. Pronto hubo un poblado de cabañas de madera y mimbre y un cementerio vikingo, río arriba, a poca distancia del vado. Después, cuando supieron que la laguna negra se llamaba Dubh Linn, los hombres del norte crearon su propia versión del nombre, Dyflin. La presencia vikinga no se limitó al pequeño puerto y surgieron granjas escandinavas en todo el territorio que quedaba al norte del estuario del Liffey. La heredad de la familia de Harold era una de ellas. Y así fue cómo la vieja llanura de las Bandadas de Pájaros adquirió un nombre celta adicional: Fine Gall o lugar del extranjero, Fingal.
Cuando el ancestro de Harold y la flota noruega llegaron a Dubh Linn, los hombres del rath no presentaron batalla. Como un solo drakar vikingo transportaba entre treinta y sesenta guerreros, la resistencia habría resultado por completo inútil. Y fue gracias a este recibimiento por lo que, desde aquel día, los rubios noruegos tomaron bajo su protección a los habitantes de aquella factoría.
Eso no significaba que el último siglo y medio hubiese sido pacífico. En el mundo vikingo, la paz rara vez duraba mucho tiempo, pero, para Harold, la llanura costera de Fingal y la pequeña urbe de Dyflin eran lugares maravillosos. Y ahora que cabalgaba por la larga pendiente camino del Liffey, un banco de nubes grises cruzó el cielo y ensombreció el paisaje, pero su buen humor no se alteró en absoluto.
El barco mercante había llegado del puerto de Waterford, en la costa meridional de la isla. En las costas de Irlanda había diversos puertos y los vikingos los colonizaron prácticamente todos y les dieron nombres noruegos. Aunque sus barcos de guerra eran largos y de línea elegante, las naves mercantes tenían un pantoque en el centro que les permitía transportar una cantidad considerable de carga en sus entrañas. El barco de Waterford había traído una partida de vino del sudoeste de Francia y el padre de Harold iba a comprar unos cuantos toneles. Mientras el padre hablaba con los mercaderes, Harold se dedicó a contemplar las hermosas líneas del barco hasta que a su espalda sonó una voz que dijo:
—Eh, tú, muchacho lisiado. Sí, sí, hablo contigo.
Harold se volvió y vio, entre un grupo de gente, a un chico pálido y de cabello negro, de unos nueve o diez años, calculó; era más o menos de su edad. Aunque al oír los gritos del chico dos o tres personas del grupo miraron en su dirección, nadie parecía particularmente interesado, pero el chico lo observaba con intensidad. Había hablado en noruego, no en irlandés; como Harold no lo había visto nunca, imaginó que había llegado en el barco. Se preguntó si debía hacer caso omiso de aquel rudo extranjero, pero aquello habría podido interpretarse como una muestra de cobardía, por lo que se acercó a él cojeando. El muchacho le miró las piernas con interés.
—¿Quién eres? —preguntó Harold.
—Ese es tu padre, ¿verdad? —inquirió el muchacho, sin prestar atención a la pregunta de Harold, al tiempo que señalaba con la cabeza al padre de Harold, que se encontraba a cierta distancia—. Ese pelirrojo como tú.
—Sí.
—No sabía que fueras tullido —dijo el chico en tono considerado—. Pero tu otra pierna está bien, ¿no? Solo tienes doblada la izquierda.
—Exacto, pero eso no es asunto tuyo.
—Tal vez no, aunque tal vez sí. ¿Qué te ocurrió?
—Me cayó un caballo encima.
Un caballo al que, por recomendación de su padre, no debía acercarse. El caballo salió corriendo como una centella con él encima, luego saltó una zanja y cayó y la pierna izquierda, atrapada debajo del animal, quedó aplastada.
—¿Tienes algún hermano?
—No, solo hermanas.
—Eso fue lo que me dijeron. Y siempre tendrás la pierna así, ¿verdad?
—Creo que sí.
—Qué lástima. —El chico le dedicó una extraña sonrisa—. No me malinterpretes. Tu pierna no me importa, incluso deseo que te duela, pero me gustaría que, de mayor, no fueras un tullido.
—¿Por qué?
—Porque será entonces cuando te mate. Por cierto, mi nombre es Sigurd.
Entonces dio media vuelta y regresó deprisa hasta el grupo. Harold se quedó tan atónito que, cuando intentó correr detrás de él, el muchacho moreno ya se había esfumado.
—¿Sabes quién era? —Harold le había contado a su padre aquel extraño incidente y este lo miraba con expresión grave.
—Sí. —Su padre hizo una pausa—. Si este chico es quien yo creo —explicó—, entonces viene de Waterford. Es danés.
Cuando llegaron los vikingos daneses, el primer asentamiento noruego en Dyflin contaba solo con diez años de existencia. Con la mitad septentrional de Inglaterra en sus manos, habían realizado incursiones en la costa irlandesa en busca de lugares que saquear y colonizar. La factoría que los vikingos de Noruega habían fundado en el Liffey era prometedora. Los daneses llegaron en gran número y dijeron a los noruegos: «Hemos venido a compartir este lugar». Después, durante una generación, el puerto había seguido funcionando con distintos amos: a veces noruegos, a veces daneses, a veces los dos gobernando a la vez. Aunque todavía había numerosos colonos noruegos de pelo claro, como Harold y su familia, en la zona, los que en aquellos tiempos gobernaban Dyflin y muchos otros puertos irlandeses eran los vikingos daneses.
—Pero ¿por qué iba a querer matarme? —preguntó el chico.
Su padre suspiró.
—Es algo que viene de muy antiguo, Harold —comenzó el hombre—. Como ya sabes, los escandinavos de Dyflin siempre han tenido un enemigo. Me refiero al Rey Supremo.
Aun en ese momento, seis siglos después de que Niall, el de los Nueve Rehenes, se hubiera apropiado del reino supremo de Tara, sus descendientes, los O’Neill, como los llamaban ahora, conservaban el reino supremo y dominaban la mitad septentrional de la isla. Los vikingos nunca habían podido establecerse en las costas norte y oeste, que gobernaban directamente los O’Neill, y la existencia de un puerto vikingo independiente en el Liffey siempre les había molestado. Pero no pasó mucho tiempo antes de que el gobernador vikingo actuara como uno más de los reyes de las provincias irlandesas. El último rey de Dyflin, como se llamaba a sí mismo, se había casado con una princesa del Leinster y su territorio abarcaba todo Fingal. «Y le habría gustado controlar toda la tierra hasta el río Boyne y más allá», tal como una vez le había contado a Harold su padre. No era pues de extrañar que los poderosos O’Neill miraran a los recién llegados con fastidio. Desde la fundación del asentamiento, más o menos cada diez años, el rey supremo O’Neill había acudido a la zona para tratar de expulsar a los vikingos. En una ocasión, ochenta años atrás, los irlandeses habían conseguido incendiar todo el lugar y los vikingos lo habían abandonado, aunque solo por unos años. A su regreso, los noruegos construyeron, entre Ath Cliath y la laguna de Dubh Linn, un nuevo asentamiento en lo alto del cerro, con una robusta muralla y una empalizada, así como un sólido puente de madera para cruzar el río. Pero el rey O’Neill actual era un hombre con determinación. Un año antes, en una gran batalla que se había librado en Tara, había derrotado a los noruegos de Dyflin. El padre de Harold no había participado en aquella batalla, pero después, Harold y él habían visto la hilera de carros del rey irlandés atravesando el largo puente sobre el Liffey. El Rey se había quedado varios meses en Dyflin, pero luego se había marchado, llevándose carros repletos de oro y plata; entonces, Dyflin había vuelto a caer en manos de los vikingos. Ahora, el puerto tenía que pagar tributo al monarca irlandés. Aparte de eso, las cosas seguían como siempre.
—Hace tiempo —comenzó su padre—, cuando Dyflin era todavía noruego, un año, el Rey Supremo nos atacó. Y pagó a algunos daneses para que lo ayudaran. ¿Alguna vez has oído esta historia?
Harold se encogió de hombros.
Las sagas de las batallas vikingas y los hechos heroicos eran abundantes, pero no recordaba haber oído aquella historia en concreto. Sacudió la cabeza.
—Hay constancia de ello —dijo su padre en voz baja—, pero en la actualidad no es una historia popular. —Suspiró—. Un grupo de daneses había hecho incursiones en las islas septentrionales; eran mala gente y hasta los otros daneses los rehuían. El Rey Supremo entabló contacto con ellos y les ofreció una recompensa si lo ayudaban a atacar Dyflin.
—¿Y vinieron?
—Pues sí. —Su padre hizo una mueca—. Y los derrotamos, pero fue una batalla terrible. Mi abuelo, que en aquel tiempo era un niño, perdió a su padre en el ataque.
Harold lo escuchaba con atención y esperaba que su antepasado no hubiese muerto de una manera deshonrosa.
—Lo mataron una vez concluida la ofensiva —prosiguió el padre tras una pausa—. Un danés lo apuñaló por la espalda y huyó. El danés se llamaba Sigurd, hijo de Sweyn. Hasta sus hombres lo despreciaron por ese hecho.
—¿Y nadie lo vengó?
—No de inmediato. Los daneses consiguieron escapar, pero, transcurridos unos años, cuando mi abuelo navegaba en un barco que comerciaba en las islas septentrionales, vio un drakar en un puerto y le dijeron que pertenecía a Sigurd y a su hijo. Entonces los desafió a luchar. Por aquel entonces, Sigurd ya era viejo, aunque todavía se encontraba en forma, y su hijo tenía la edad de mi abuelo. Sigurd se avino a luchar con la condición de que, si mi abuelo lo mataba, tendría que enfrentarse también a su hijo. Mi abuelo juró: «Os cortaré la cabeza a los dos, Sigurd, hijo de Sweyn, y si tuvieras más hijos, también acabaría con ellos». Como ya anochecía, decidieron enfrentarse a la mañana siguiente, no bien el sol asomara por el horizonte. Al amanecer, mi abuelo fue hacia el barco de ellos, pero antes de llegar vio que se alejaban de la costa y comenzaban a remar mar adentro. Se reían de él y lo insultaban a gritos. Entonces mi abuelo corrió hasta su barco y suplicó a sus marinos que siguieran a Sigurd, pero estos se negaron y, como era el único hombre joven, no pudo hacer nada. Aun así, todos habían visto lo ocurrido y la fama de cobardes de Sigurd y su hijo se propagó por todos los mares septentrionales.
»Mi abuelo recibía información sobre ellos de vez en cuando. Estuvieron en la isla de Man, que se encuentra entre nosotros y Britania, durante un tiempo, y luego en York, Inglaterra, pero nunca regresaron a Dyflin. Y tras la muerte de mi abuelo, no volvimos a saber de ellos hasta hace cinco años, cuando un mercader me dijo que el nieto de Sigurd estaba en Waterford. Pensé en bajar hasta allí, pero… —Se encogió de hombros—. Ha transcurrido demasiado tiempo y pensé que el nieto de Waterford quizás ignorase por completo lo ocurrido. Me olvidé del asunto y nunca volví a preocuparme por ello… Hasta hoy.
—Pero la familia de Sigurd no lo olvidó.
—No, al parecer, no.
—Si tú decidiste olvidar, ¿por qué no hizo lo mismo ese muchacho?
—Porque fue su familia la que quedó deshonrada, Harold, no la nuestra. Al menos, el muchacho parece más orgulloso que sus antepasados. A estos nunca les importó su mala reputación, pero es obvio que a él sí le importa. Y debe vengar su vergüenza matándote.
—¿Quiere cortarme la cabeza y mostrársela a todo el mundo?
—Sí.
—Así que algún día tendré que enfrentarme a él…
—Sí, a menos que cambie de idea. Y no creo que lo haga.
Harold reflexionó unos instantes. Se sentía un poco asustado, pero si aquél era su destino, sabía que debía ser valiente.
—¿Qué he de hacer, padre?
—Prepararte. —Lo miró unos instantes con gravedad. Luego sonrió y le dio una palmada en la espalda—. Porque cuando luches, Harold, vencerás.
Goibniu, el Herrero, lanzó una iracunda mirada al túmulo y agarró a su hijo por el brazo.
—Mira esto.
El chico, un joven de dieciséis años, hizo lo que le ordenaba. No estaba seguro de qué debía ver, pero era obvio que el anciano estaba furioso por algo. Intentó, disimuladamente, descubrir el punto en que su padre había posado el ojo.
Los túmulos prehistóricos a orillas del río Boyne no habían cambiado apenas desde los tiempos de san Patricio. Aquí y allá, se habían producido ulteriores hundimientos y ahora, las puertas de entrada quedaban todas ocultas. Frente a ellas, sin embargo, aún había grandes cantidades de piedras de cuarzo esparcidas por el suelo, que brillaban cuando les daba el sol. Abajo, en el río Boyne, los salmones y los cisnes se dedicaban a sus tranquilos quehaceres como si hubieran estado allí desde que los Tuatha De Danaan se retiraran a sus relucientes salones en el seno de la montaña. Pero era evidente que el ojo de Goibniu estaba disgustado por algo. A diferencia de su antepasado remoto, Goibniu podía servirse de los dos ojos, pero, cuando meditaba sobre algo, tenía la costumbre de cerrar uno de ellos y mirar bizqueando con el otro, el cual parecía en proceso de agrandarse de una manera insólita. A la gente, aquella mirada le resultaba desconcertante, y no sin razón, porque a Goibniu nunca se le pasaba nada por alto.
—Mira la cima, Morann —dijo Goibniu, que asía del brazo a su hijo con una gran fuerza y señalaba impaciente.
El joven vio que la parte superior de uno de los túmulos había sido alterada. Cerca del centro de la cúpula cubierta de hierba, varias pilas irregulares de piedras indicaban que alguien había intentado entrar en la tumba desde lo alto.
—¡Bárbaros! ¡Paganos! —gritaron los artesanos—. Han sido los malditos escandinavos quienes lo han hecho.
Un siglo antes, un grupo de vikingos, curiosos por saber cómo estaban construidas las tumbas y si contenían algún tesoro, pasaron varios días intentando entrar por la fuerza en una de ellas. Como no conocían la entrada lateral oculta, habían intentado colarse en el recinto desde el techo.
—¿Y se llevaron algo? —preguntó Morann.
—No. A medida que vas bajando, las piedras son cada vez más grandes. Renunciaron a entrar. —El hombre se sumió de nuevo en el silencio y luego exclamó—: ¿Cómo se atreven a tocar a los dioses?
Estrictamente hablando, aquello presentaba inconsistencias. Como muchas otras familias, la del artesano había persistido en su fe durante varias generaciones después de la misión evangelizadora de san Patricio, antes de convertirse a regañadientes a la nueva religión, pero ahora hacía ya cuatro siglos que sus miembros eran cristianos. Los días festivos, Goibniu acudía a la iglesia del pequeño monasterio cercano y comulgaba con toda solemnidad. Su familia siempre había supuesto que el herrero era un fiel hijo de la Iglesia, aunque, con Goibniu, uno nunca podía estar seguro, pues, como casi todos los devotos de la isla, sentía afecto por las viejas costumbres y tenía necesidad de ellas. El paganismo nunca muere por completo. Muchos de los ritos paganos de la siembra y la cosecha se habían incorporado ya con distintos nombres al calendario cristiano y todavía se recordaban con cariño algunos de los antiguos ritos de toma de posesión de los reyes, incluido el apareamiento con una yegua. En cuanto a los dioses ancestrales, quizá ya no fueran dioses sino «ídolos y mentiras», como decían los sacerdotes. Tal vez no fueran más que mitos que los bardos recitaban o que, bendecidos por la Iglesia, se consideraban héroes legendarios, hombres extraordinarios de los que las dinastías como los poderosos O’Neill afirmaban descender. Fueran lo que fuesen, pertenecían a Irlanda y los piratas vikingos no debían profanar sus recintos sagrados.
Morann no dijo nada. Su padre desmontó y juntos caminaron en silencio alrededor de las tumbas. Frente a la más grande se alzaba la enorme piedra con sus extrañas espirales grabadas y los dos hicieron una pausa para contemplar aquel objeto místico.
—Nuestra gente vivía cerca de aquí —explicó el herrero, taciturno.
Dos siglos antes, un antepasado se había trasladado a dos días de viaje hacia el nordeste, a la región de pequeños lagos que la familia ocupaba en la actualidad. Para Goibniu, la piedra de las espirales cósmicas representaba una suerte de regreso a casa.
En ese momento, su hijo se atrevió a formularle la pregunta que lo había estado intrigando desde que empezara el arranque de cólera de su padre.
—Si odias tanto a los escandinavos, padre, ¿por qué me llevas a vivir con ellos?
Parecía una pregunta natural, pero, como respuesta, el herrero lo miró con tristeza y murmuró:
—Mi hijo es un estúpido. —Volvió a sumirse en el silencio y solo se dignó a explicarse mejor tras una larga pausa—. ¿Quién ostenta el poder máximo de esta isla? —preguntó.
—El Rey Supremo, padre.
—Sí —asintió—. ¿Y no es menos cierto que, generación tras generación, los reyes supremos han intentado expulsar de Dyflin a los nórdicos?
—Sí, padre.
—Pero el año pasado, cuando el Rey Supremo ganó una gran batalla en Tara y descendió hasta el Liffey, cuando pudo haberlos expulsado y ellos no habrían podido hacer nada por impedirlo, los dejó, sin embargo, quedar a cambio del tributo. ¿Por qué crees que hizo eso?
—Supongo que porque le convenía —sugirió el hijo—. Le iría mejor recibiendo el tributo que echándolos.
—Es cierto. Un puerto es algo muy valioso. Los puertos de los escandinavos aportan riqueza y a uno le conviene más mantenerlos que destruirlos. —El herrero hizo una pausa—. Te diré otra cosa. ¿Crees que el poder de los O’Neill es tan grande como lo fuera antaño?
—No, no lo es.
—¿Y por qué?
—Porque pelearon entre ellos.
Eso era verdad hasta cierto punto. Mucho tiempo atrás, la poderosa casa real se había dividido en dos ramas, los O’Neill del norte y los O’Neill meridionales. Por lo general, habían evitado las disputas alternándose en el poder, pero, en las generaciones recientes, habían surgido conflictos. Otros poderes de la isla, sobre todo los reyes del Munster en el sur, se habían dedicado a socavar la autoridad de los O’Neill, como venían haciendo desde siempre. Y un joven jefe del Munster, llamado Brian Boru, con escaso respeto por cualquiera de las monarquías establecidas, se mostraba dispuesto a provocar tensiones. Los O’Neill todavía eran fuertes; en fin, ¿no acababan de derrotar a los vikingos de Dyflin? Aunque, de todos modos, los reyes irlandeses menores estaban ojo avizor. Como un inmenso toro, el gran poder del norte comenzaba a mostrar signos de envejecimiento.
—Tal vez, pero yo te sugeriré una causa más profunda. No hay que culpar a los O’Neill. No pudieron prever las consecuencias de sus acciones, pero cuando los escandinavos llegaron por primera vez a atacar nuestras costas, los O’Neill eran tan fuertes que los asaltantes no pudieron establecer un solo puerto en las costas de su territorio, ni uno solo. Todos los puertos de los escandinavos se hallan más al sur. Sin embargo, esa fuerza quizás haya sido una maldición. ¿Sabes decirme por qué?
—¿Porque los puertos crean riqueza? —apuntó el hijo.
—Sí, y la riqueza es poder. ¿Cómo crees que Niall, el de los Nueve Rehenes, llegó a ser tan poderoso antes del ministerio de san Patricio? Pues lo fue gracias a sus incursiones en Britania. Tenía riquezas y esclavos con los que recompensar a sus seguidores. En su mayoría, los escandinavos son piratas y paganos, pero sus puertos generan riqueza. Cuantos más puertos posea un rey, si puede controlarlos, más riquezas y poder tendrá. Y esta es ahora la debilidad de los O’Neill. Los puertos no se hallan en sus territorios. Precisamente por eso necesitan Dyflin, el puerto más rico de todos.
—¿Y por eso quieres enviarme allí?
—Sí. —Goibniu miró a su hijo muy serio. A veces pensaba que el muchacho era demasiado cauto, demasiado precavido. Bien, de ser así, tal vez lo hiciera con la mejor intención. Señaló de nuevo la tumba y su tejado roto—. Esos nórdicos nunca me gustarán, pero Dyflin es el futuro, Morann, y allí será donde vayas.
La niña bailaba. Era una cosita menuda y morena, con piernas como palillos y una mata de cabello negro que le caía hasta media espalda. Bailaba una giga, hacia un lado y hacia el otro; y él era el niño en la calle que la observaba todo el tiempo. Ella se llamaba Caoilinn; él, Osgar. Mientras la contemplaba, se preguntó si aquel día se casarían.
En la ciudad vikinga de Dyflin, dondequiera que uno mirase, veía madera. Las calles estrechas, que ascendían y descendían las pendientes irregulares, estaban hechas de troncos de árbol cortados y se caminaba sobre planchas en los retorcidos callejones y pasadizos. Todas las callejas estaban orilladas a ambos lados por mimbre liso o vallas de estacas puntiagudas tras las cuales, en las estrechas parcelas, se distinguían las techumbres de bálago de las viviendas rectangulares de paredes de mimbre o los hogares de madera de los escandinavos. Algunas de las casas contenían pocilgas, corrales para gallinas y establos para otros animales; otras se utilizaban como talleres. Los muros de madera que las circundaban servían para disuadir a los ladrones o atacantes o, cual costados de un barco, para impedir la entrada del viento invernal procedente del anchuroso estuario gris y del mar abierto. Alrededor de este poblado de madera de once fanegas había una muralla de tierra, coronada por una empalizada de madera. Al otro lado de la empalizada, y a lo largo de la fachada fluvial, se extendía un sólido embarcadero de madera con varios drakares amarrados. Río arriba se hallaba el largo puente de madera y más allá, el vado de los Zarzos. Los irlandeses seguían llamando al lugar por su viejo nombre, Ath Cliath, aun cuando cruzaran más a menudo por el puente vikingo que por el vado celta, y aunque Caoilinn era irlandesa, llamaba Dyflin a la ciudad de madera porque era allí donde vivía.
—¿Nos acercamos al monasterio? —dijo, posando sus ojos verdes en él.
—¿Crees que debemos hacerlo? —inquirió Osgar.
Caoilinn contaba con nueve años. Él tenía once y poseía una idea más clara de lo que era apropiado.
—¡Vamos! —gritó la niña.
Él la siguió, sacudiendo la cabeza alegremente. Aún no sabía si iba a tener que casarse.
El pequeño monasterio estaba en la falda meridional del cerro desde donde el rath de Fergus había dominado la laguna negra de Dubh Linn. Ya estaba allí cuando llegaron los primeros vikingos y era un convento de religiosos que los descendientes Ui Fergusa del antiguo jefe protegían. En los siglos transcurridos desde la muerte de Fergus, otros jefes menores habían establecido raths aquí y allá en la ancha llanura del estuario del Liffey y sus nombres aún se conservaban. Rathmines, Rathgar, Rathfarnham, todos se encontraban a pocos kilómetros de distancia. Ahora, el viejo rath de Fergus quedaba dentro de las murallas de Dyflin, pero los miembros del pequeño clan de los Ui Fergusa todavía eran reconocidos como jefes de la zona y poseían una heredad en las proximidades.
Mientras contemplaba el otro lado de la laguna negra y el asentamiento amurallado de los vikingos, Osgar sintió que una reconfortante calidez le recorría todo el cuerpo. Estaba en casa.
Cuando llegaron los vikingos de Noruega por primera vez, su antepasado, el jefe de los Ui Fergusa en aquel momento, había decidido, prudentemente, no presentar una inútil resistencia. También fue una suerte que, como Fergus mucho antes que él, este señor del rath fuese un ganadero extraordinario. No bien llegaron por el Liffey, los vikingos comenzaron a buscar suministros. Tras haber dispersado sus reses por lugares en los que resultaría difícil encontrarlas, el jefe se ofreció a ellos para todo lo que necesitasen y les dio grano, carne y ganado a un precio justo. Los vikingos podían ser piratas, pero también eran comerciantes y el jefe les inspiró respeto. Pese a su religión cristiana, este descendiente de Fergus conservaba orgullosamente la antigua calavera de beber de la familia. Los vikingos no se extrañaron de ello. Pronto aprendió su lengua lo suficiente para poder comerciar con ellos y se aseguró de que ninguno de los suyos les causaran problemas, convirtiéndose en una figura muy popular. Como se trataba de una amplia zona de terrenos abiertos, no había ninguna necesidad de echar al viejo rey de su territorio. Y si quería conservar aquel pequeño monasterio, cuyo único objeto de valor ya se habían llevado, los vikingos no pondrían ninguna objeción. El monasterio les pagaba una pequeña renta y los monjes solían tener buenos conocimientos de medicina, por lo que los vikingos del asentamiento se acercaban al lugar de vez en cuando en busca de remedios. Y así fue cómo la familia de Osgar se quedó a vivir junto al viejo Ath Cliath durante siglos.
Cuando Caoilinn anunció sus intenciones, los dos niños estaban ya cerca de la puerta del monasterio, de la que salía un monje anciano.
—Creo —dijo la pequeña— que me gustaría casarme hoy en la iglesia. —Y acercándose al viejo monje, le preguntó con cortesía—: ¿Está el abad, hermano Brendan?
—No, no está —respondió él con voz ronca—. Ha salido a pescar con sus hijos.
—Entonces no podemos utilizar la capilla —le dijo Osgar a Caoilinn con firmeza— o tendremos problemas con mi tío.
El abad era muy estricto para aquellas cosas. Permitía a los niños entrar en la capilla cuando no había ceremonias, eso estaba bien, pero si se colaban en ella sin permiso, sabían que sentirían su cinturón en la espalda.
Que el tío de Osgar, el abad, fuera un hombre casado y con hijos no era indicativo de la lasitud moral del monasterio. Unos dos siglos después de la visita del obispo Patricio, los Ui Fergusa habían permitido establecerse cerca del rath a un grupo de monjes de una gran comunidad religiosa del sur y la familia había quedado vinculada al monasterio. De vez en cuando, con el paso de las generaciones, si algún miembro de la familia anhelaba dedicarse a la vida contemplativa, ¿qué sería más natural para él que ingresar en su propio convento? En realidad, aquello no hacía más que contribuir a su prestigio porque del mismo modo que, en ocasiones, sus antepasados se habían hecho druidas, entre la casta sacerdotal había a menudo miembros de las grandes familias de la isla. Y era también natural que los Ui Fergusa se considerasen los guardianes de los monjes.
En realidad, el pequeño monasterio no necesitaba mucha protección. Algunos de los grandes monasterios de la isla se habían enriquecido tanto que los jefes de la región, para los que las incursiones de robo de ganado eran una tradición antigua y honorable, sucumbían a la tentación de saquear los conventos de vez en cuando. En los dos últimos siglos, los vikingos habían desvalijado los monasterios que encontraban a su paso cerca de las costas de la isla y de sus ríos navegables. En algunas ocasiones memorables, había habido incluso batallas campales entre monjes de monasterios rivales sobre las posesiones, la procedencia y otros asuntos. Pero el diminuto convento que dominaba la laguna negra había sufrido muy pocos de estos ataques por la sencilla razón de que era demasiado pequeño y no poseía grandes tesoros.
Sin embargo, ser los guardianes del monasterio era un orgullo para la familia y, en las generaciones recientes, el jefe o uno de sus hermanos había asumido el cargo de abad laico, lo cual permitía a la familia gozar del beneficio del modesto salario asignado por el lugar y brindarle protección. Aquellas componendas eran bastante frecuentes, tanto en la isla como en otras muchas partes de la cristiandad.
—Bien —dijo Caoilinn, contrariada—, si no puede ser en la capilla, tendremos que encontrar otro lugar. —Se quedó unos instantes pensativa—. Iremos al túmulo —anunció—. ¿Tienes el anillo?
—Tengo el anillo —respondió él, paciente, y tras hurgar en la bolsita de cuero que le colgaba del cinturón, sacó el anillito, hecho de asta de ciervo y con el que la había tomado por esposa otra decena de veces.
—Entonces vamos —dijo ella.
El juego de contraer matrimonio hacía más o menos un año que duraba. Ella nunca parecía cansarse y Osgar todavía no sabía si aquello era un juego de niñas, infantil y sin sentido, o si tras él se ocultaba alguna intención seria. La pequeña siempre lo elegía como novio. ¿Lo hacía porque era su primo y él le seguía la corriente y porque temía que otros muchachos se rieran de ella? Posiblemente. ¿Sentía él vergüenza? No. No le daba importancia. Al fin y al cabo, ella no era más que su primita. En cualquier caso, Osgar podía ser delgado, pero era más alto que casi todos los chicos de su edad, además de fuerte. Los otros muchachos lo trataban con cautela y respeto y siempre condescendía con su prima. Una vez que estaba ocupado, se había negado a jugar y la había visto entristecerse y callar. Pero luego, con un desafiante ademán de la cabeza, había vuelto frente a él diciéndole:
—Bien, si tú no te casas conmigo, tendré que buscarme a otro.
—No, no. Me casaré contigo —había cedido el chico; a fin de cuentas, mejor él que otro.
El túmulo no estaba demasiado lejos. Se alzaba en una plataforma de hierba, junto a las tierras bajas inundadas por la marea que se hallaban corriente abajo de la entrada de la laguna negra. Cuando los vikingos vieron por primera vez el lugar, lo llamaron «Hoggen Green», que significaba «cementerio»; y como hacían siempre los nórdicos cuando encontraban un enclave sagrado cerca de un asentamiento, utilizaron Hoggen Green para sus asambleas, donde los hombres libres de la población se reunían a celebrar un consejo y a elegir a sus líderes. Las tumbas de los descendientes de Osgar, entre los que se contaban Deirdre, Morna y sus hijos, se hundieron gradualmente hasta quedar al nivel del resto de la hierba, pero el túmulo que fuera el lugar de reposo del viejo Fergus fue reconstruido para que sirviera de plataforma donde los jefes vikingos celebrasen sus asambleas. La antigua tumba de Fergus, por tanto, había adquirido un nuevo nombre: se llamaba Thingmount o túmulo de la Asamblea.
Los niños se apostaron delante del túmulo y se prepararon para contraer matrimonio. La boda, ambos lo sabían, resultaría adecuada. Eran hijos de primos carnales: el abuelo de Caoilinn se había hecho artesano y se había trasladado a Dyflin, mientras que el de Osgar había permanecido en la finca de la familia junto al monasterio.
A orillas del río tranquilo, el majestuoso y antiguo túmulo de la Asamblea también era un lugar adecuado, puesto que los dos sabían que de debajo de él había emergido su ancestro Fergus para que lo bautizara el mismísimo san Patricio. Y Osgar y hasta la pequeña Caoilinn, con sus nueve años, recitaban con una serenidad similar las veinticinco generaciones que los unían al anciano.
Como ocurría siempre, Osgar tenía que interpretar al novio y al sacerdote a la vez, y le salía muy bien. Su padre había muerto cuatro años antes y su tío el abad se había hecho cargo de su educación. Para gran alegría de su madre, que cada día se arrodillaba a rezar cuatro o cinco veces, no solo se sabía de memoria el catecismo y muchos salmos, sino también partes extensas de las celebraciones religiosas. «Estás dotado para la vida espiritual», le había indicado su tío. También leía y escribía, vacilante, en latín. En realidad, el tío le había dicho a su orgullosa madre que Osgar tenía más habilidad para aquellas disciplinas que sus propios hijos.
En pie al lado de Caoilinn, pero también delante de ella, entonó convincentemente las palabras del sacerdote y respondió como novio. Después de ponerle el anillo y besarla castamente en la mejilla, Caoilinn lo tomó del brazo y con la alianza en el dedo salieron del recinto. La niña no se la quitaba hasta el final de sus juegos. Entonces, antes de separarse, se la devolvía y él la ponía a buen recaudo en su bolsita, hasta la próxima ocasión.
¿Qué significaba todo aquello? Ella quizá no lo supiera, pero Osgar suponía que un día celebrarían una boda auténtica.
Eran primos y guardaban un parecido prodigioso. Tenían el mismo cabello moreno y las buenas maneras características de su estirpe; sin embargo, mientras que los ojos de Osgar eran azul oscuro, los de ella eran de un asombroso verde. Él sabía que los ojos verdes eran un rasgo de la familia, pero, de todos sus primos, Caoilinn era la única que los poseía, por ello, siempre, incluso de bebé, a Osgar se le había antojado especial. Su ascendencia compartida parecía crear un extraño vínculo entre ellos, familiar y, sin embargo, mágico. Él no podía explicarlo, pero sentía como si estuvieran destinados a unirse en un mundo del que las otras familias quedaban, en cierto modo, excluidas. No obstante, aunque no hubiesen sido primos, él se habría sentido igualmente fascinado por el espíritu libre y desenfadado de la niña. Los mayores, los tíos y las tías, siempre lo habían considerado el más responsable de todos los niños de aquella extensa familia, el que casi siempre dirigía a los demás. El muchacho no sabía por qué, pero siempre había sido de ese modo, antes incluso de la muerte de su padre. Precisamente por eso, tal vez sentía que debía proteger de una manera especial a su primita Caoilinn, que siempre hacía lo que le venía en gana, se subía a los árboles más altos e insistía en que se casara con ella. En el fondo de su corazón, Osgar sabía que no podía pensar en casarse con nadie más. Hacía tiempo que aquel pequeño espíritu radiante de ojos verdes lo había hechizado.
Se quedaron un rato por allí, jugando junto al túmulo de la Asamblea y por la orilla del pequeño manantial que cruzaba la hierba contigua, pero llegó la hora de regresar. Y cuando Caoilinn acababa de quitarse la alianza y tendérsela a Osgar, divisaron dos siluetas que avanzaban en su dirección. Una era la de un hombre alto y pelirrojo, que iba montado en un espléndido caballo; la otra, de un muchacho pelirrojo en un pony. Cabalgaban despacio por el lado del río de Hoggen Green.
—¿Quiénes son? —le preguntó Osgar a su prima, pues la niña siempre conocía a todo el mundo.
—Hombres del norte, noruegos. Llevan aquí mucho tiempo —respondió—. Viven en Fingal, pero vienen a Dyflin de vez en cuando. Son granjeros ricos.
—Oh. —Osgar creía que conocía la granja y miró a los dos jinetes con curiosidad. Probablemente iban a visitar el túmulo de la Asamblea; sin embargo, para su sorpresa y aunque le echaron un vistazo, las dos figuras se volvieron de repente hacia el estuario cruzando la ciénaga—. Entonces deben de ir a la piedra —comentó en voz alta.
Era una visión extraña. En los terrenos anegados, un solo menhir se alzaba como un centinela solitario, con los gritos de las aves marinas por toda compañía. Detrás, barro y marismas; delante, las aguas del estuario, rizadas por la brisa. La Piedra Larga, como la llamaban, había sido colocada allí por los vikingos para marcar el lugar donde, un siglo y medio atrás, su drakar principal había encallado por primera vez en la orilla del Liffey. La Piedra Larga al borde del mar, pensó Osgar, debía evocar a los dos noruegos los mismos ecos ancestrales que a él la tumba de Fergus.
Con su cabello rojo, el escandinavo resultaba apuesto, pensó el chico. Y como si el viento le hubiera llevado su pensamiento a Caoilinn, oyó que esta, a su lado, comentaba:
—El muchacho se llama Harold. Es guapo.
¿Por qué aquello había pulsado una nota discordante? Era indudable que ella lo había visto en Dyflin. ¿Por qué no iba a ser guapo el joven noruego?
—¿Son cristianos o paganos? —preguntó Osgar con indiferencia.
Casi todos los vikingos que vivían en Dyflin seguían siendo paganos, pero la situación era tranquila. Los irlandeses que habitaban intramuros, como Caoilinn y su familia, todos eran, por supuesto, cristianos. Allende los mares, en Inglaterra, Normandía y en las tierras donde se habían asentado junto a otros gobernantes cristianos, los jefes vikingos y sus seguidores habían aprovechado el prestigio y el reconocimiento que conllevaba ser miembro de la Iglesia universal, pero en Irlanda uno todavía tenía que preguntar. Los que vivían y comerciaban por los mares del mundo aprendían a respetar a los distintos dioses de las diversas tierras. Los antiguos dioses vikingos, como Thor y Woden, seguían vivos. Y si un mercader en Dyflin llevaba una suerte de cruz colgada del cuello, uno no podía saber si era un crucifijo o el martillo de Thor.
Una cosa, sin embargo, era cierta. La devoción cristiana de la familia de Caoilinn era tan ferviente como la de la suya. A Caoilinn nunca se le permitiría casarse con un pagano, por rico y apuesto que fuera.
—No lo sé —dijo ella, y reinó un breve silencio—. El chico es tullido —añadió ella como quien no quiere la cosa.
—Ah, pobre muchacho —dijo Osgar.
II
991
—Será mejor que vayas a buscarlo, Morann. Ya sabes cómo es.
Morann Mac Goibnenn miró a su esposa, Freya, y asintió con una sonrisa.
Era el final de un tranquilo y cálido verano. Aquel año parecía que todo el mundo estaba en paz. Siete años atrás, Brian Boru, señor feudal del Munster, junto con unos cuantos vikingos de Waterford, había intentado saquear el puerto. Dos años atrás, el Rey Supremo había hecho otra breve y terrorífica visita al lugar. Pero el año anterior y este, todo había permanecido tranquilo. Ningún barco de guerra, ningún ruido atronador de cascos de caballos, nada de fuegos amenazadores ni de armas entrechocando; con el reinado del nuevo monarca Sitric, el puerto de Dyflin se había dedicado apaciblemente a sus quehaceres. Era tiempo para pensar en pasatiempos familiares y en el amor. Y como Morann ya tenía esas cosas para sí, había llegado la hora de pensar en ellas para su amigo Harold.
¿Qué le ocurría? ¿Se trataba de que era olvidadizo, como él fingía, o era timidez lo que le impedía presentarse a las citas con muchachas bonitas? «Siempre que no sea para conocer a una mujer», le decía a Morann cuando este lo invitaba. Un año atrás, intentaron presentarle a una joven y él permaneció callado toda la velada. «No quería que ella se hiciera una idea de mí», explicó después, mientras Morann sacudía la cabeza y su esposa, detrás de Harold, alzaba los ojos al cielo. Había llegado la hora de intentarlo de nuevo. Freya había seleccionado a una muchacha llamada Astrid, que era pariente suya. Pasó una mañana hablándole de Harold y se lo contó todo sobre él, lo bueno y lo malo. Aunque el noruego no sabía nada de ello, la joven ya había estado donde trabajaba y lo había observado varias veces. Para que Harold superase su problema de timidez, acordaron decirle que la chica iba de camino a Waterford, donde contraería nupcias.
Morann se habría alegrado de ver a su amigo casado con una buena mujer. La miró con afecto. En Irlanda podía haber dos comunidades, la celta y la escandinava, y al narrar sus batallas, a los bardos acaso les gustase describirlos como enemigos acérrimos —celtas contra vikingos, galos contra extranjeros, «gaëls y galls», en la frase poética—, pero, en realidad, la división nunca había sido tan sencilla. Aunque los puertos vikingos eran enclaves nórdicos, los noruegos se habían casado con mujeres de la isla desde su llegada y los irlandeses lo habían hecho con mujeres nórdicas.
Freya vestía como una buena esposa escandinava, con medias de lana lisas, zapatos de cuero y un vestido hasta los pies ceñido con cinturón sobre una camisa de lino. Del broche de carey de su hombro colgaban dos llaves en una cadena de plata, un pequeño alfiletero de bronce y un par de tijeritas. Con una amplia frente, llevaba el cabello peinado hacia atrás y sujeto con una redecilla. Solo Morann conocía los fuegos que ardían bajo aquella recatada apariencia. Su esposa podía ser tan desenfrenada como una meretriz, pensó complacido. Su amigo necesitaba una mujer como aquélla.
Astrid, la muchacha, también era pagana. Aunque casi todos sus vecinos de Fingal eran cristianos, la familia de Harold, en secreto, se había mantenido fiel a los viejos dioses. La mujer de Morann también había sido pagana, pero se convirtió al cristianismo cuando se casó con él. Morann insistió en que lo hiciera porque creía que era una demostración de respeto hacia su familia. De hecho, cuando ella le preguntó qué significaría hacerse cristiana, le dio una respuesta digna de su ancestro tuerto de hacía seis siglos: «Significa que harás lo que yo diga». Cuando pensaba en ello, sonreía. Cinco años de matrimonio feliz y dos niños le habían demostrado lo equivocado que estaba.
Freya había preparado una comida espléndida. Vivían al estilo vikingo: un modesto desayuno por la mañana y luego no comían nada más hasta la pitanza principal del día, al anochecer. Para empezar, arenques en escabeche y pescado fresco del estuario, dos tipos de pan recién hecho, el plato principal a base de estofado de ternera servido con puerros y cebollas, requesón y avellanas de postre y todo regado con hidromiel y un buen vino procedente de Francia. El estofado estaba en su cacerola, colgada sobre el hogar central de la sala principal. Morann lo olía desde el taller.
—¿Quieres que vaya ahora? —le preguntó a Freya.
La mujer asintió y él comenzó a recoger los objetos de la mesa que tenía delante.
Eran las diversas herramientas de su oficio —las barrenas, las tenacillas, los martillos— las que proclamaban que era un metalero. Más interesante era la pequeña pieza plana de hueso, la pieza de prueba, en la que había grabado toscos dibujos para futuras obras en metal. Su talento era obvio. Con sus formas complejas y entrelazadas, incluso en aquel rudimentario esbozo se apreciaba la diestra fusión de las espirales abstractas del antiguo arte de la isla con las representaciones animales del estilo de las serpientes, tan populares entre los escandinavos. Bajo sus manos hábiles, las burdas serpientes marinas de los vikingos quedaban atrapadas en los dibujos cósmicos célticos que fascinaban a hombres y mujeres por igual.
En el cofre que tenía junto a la mesa, dividido en pulcros compartimentos, había toda suerte de curiosidades. Había piezas de piedra oscura conocida como azabache importada de York, la ciudad británica de los vikingos. Otro compartimento contenía trozos de cristal romano de colores, desenterrado en Londres y utilizado por los joyeros vikingos como elemento de decoración. Había cuentas de color azul oscuro, blanco y amarillo para hacer brazaletes porque Morann sabía hacer de todo: hebillas de cobre, empuñaduras de plata para las espadas, pulseras de oro… Decoraba los objetos con filigrana de oro y motivos de plata y confeccionaba joyas y ornamentos de todo tipo.
En el cofre también había unos montones pequeños de monedas. Además de utilizar las antiguas monedas celtas, los comerciantes vikingos de Dyflin estaban acostumbrados a negociar con monedas de toda Europa, aunque decían que iban a acuñar una propia allí en Dyflin, como los ingleses hacían en sus ciudades. Morann poseía un par de monedas antiguas de las cecas de Alfredo el Grande en Inglaterra, y otra, de la que se sentía especialmente orgulloso, de dos siglos de antigüedad, del mismísimo emperador Carlomagno.
Introdujo el contenido de su mesa de trabajo en el cofre de hierro con cuidado, lo cerró con llave y se lo dio a su esposa para que lo guardara en un lugar seguro dentro de la casa.
La jornada laboral estaba a punto de concluir. Salió a la calle y se abrió camino entre las mesas y los talleres de los carpinteros y los fabricantes de peines, de los que hacían arneses y de los vendedores de piedras preciosas. La prosperidad de la ciudad vikinga era visible por doquier. Pasó ante la fragua al rojo de un herrero y sonrió. Era el oficio de sus ancestros. Había que reconocer, sin embargo, que aquellos invasores escandinavos eran mejores artesanos con el hierro y el acero para armas de lo que lo fueran incluso los guerreros de la isla. Mientras caminaba por la calle conocida como las Casetas de pescado,* donde el mercado ya había cerrado, vio a un mercader que lo saludó respetuosamente con la cabeza. El hombre negociaba con uno de los bienes más preciados: ámbar dorado que había llegado de la lejana Rusia en un drakar que comerciaba en el Báltico. Solo unos pocos artesanos de Dyflin podían permitirse adquirir ámbar y Morann era uno de ellos.
Morann Mac Goibnenn. En irlandés se pronunciaba «Mocgovnan», hijo del herrero, porque tanto su padre como su abuelo habían llevado el nombre de Goibniu. Esta forma de apellido individual no había comenzado a usarse hasta un par de generaciones antes. Un hombre podía llamarse Fergus, hijo de Fergus, y pertenecer a una gran tribu real, como los O’Neill; pero la denominación de la tribu no era, todavía, un apellido. Sin embargo, Morann y sus hijos eran ahora la familia Mac Goibnenn.
Y así los llamaban con respeto tanto los irlandeses como los vikingos de la ciudad. Por joven que fuera todavía el joyero, había demostrado ya ser un maestro en su oficio. También era conocido por ser cauteloso y prudente, un hombre cuyos consejos todos escuchaban en el puerto vikingo. Su padre había muerto dos años después de llegar a Dyflin y Morann había sentido un gran dolor, pero le complacía pensar en lo orgulloso que estaría si pudiera verlo ahora. Como si quisiera conservar vivo su recuerdo, de un modo casi inconsciente, desde la muerte del anciano había comenzado a imitar su costumbre de mirar a las personas con un solo ojo cuando comerciaba con ellas o las estudiaba por alguna razón especial. Una vez su mujer se quejó de ello y él se limitó a reírse; por supuesto, no dejó de hacerlo.
Después de recorrer las Casetas de pescado, salió al gran embarcadero de madera. Todavía quedaba mucha gente en él. De un barco sacaban a un grupo de esclavos con grilletes de hierro en el cuello y encadenados entre sí. Los miró deprisa, pero con el ojo crítico. Se les veía sanos y fuertes. Dyflin era el principal mercado de esclavos de la isla. Llegaban regularmente barcos llenos procedentes del gran puerto británico de Bristol. En su opinión, los ingleses, como eran un tanto lentos y dóciles, podían ser buenos esclavos. Morann se abrió paso deprisa por el muelle hasta el final, donde sabía que encontraría a su amigo. Y allí estaba. Lo saludó y Harold lo vio y sonrió.
Bien. No sospechaba nada.
Tardó un rato en llevarse a Harold del puerto, pero parecía muy feliz de haber llegado y eso era lo único que importaba. No obstante, su preocupación principal era que Morann admirase el gran proyecto en el que estaba trabajando y del que se sentía tan orgulloso. A Morann no le costó nada hacerlo.
—Es magnífico —asintió. En realidad, era pasmoso.
Se trataba de un drakar. Ahora, el puerto de Dyflin era famoso por sus astilleros en todo el mundo vikingo. En las costas de Escandinavia y Gran Bretaña había muchas atarazanas, pero si uno quería las mejores se dirigía a Dyflin.
Como todos los habitantes de la ciudad, Morann sabía que el último barco era especial, pero hoy habían desmontado parte de los andamiajes de que estaba rodeado y ya se apreciaba su línea esbelta y estilizada. Era impresionante.
—Un metro más largo que cualquier otro que se haya construido en Londres o en York —dijo Harold, orgulloso—. Ven, tienes que verlo por dentro —dijo, antes de abrirse camino hacia la escalera y de que Morann lo siguiera.
A Morann siempre le había asombrado que, a pesar de su cojera, Harold se moviera tan rápido, más deprisa que otros hombres. Al verlo subir por la escalera y saltar, cojeando y riendo, por encima de la borda del barco, no pudo por menos que maravillarse de su agilidad. Como solo lo conocía desde que el joven noruego llegara al puerto, ignoraba los años de dolorosa instrucción y trabajo duro a los que se había sometido para lograr aquellos resultados.
Desde el encuentro con Sigurd, no había cejado en su empeño. Se levantaba temprano por la mañana para ayudar a su padre con la granja, pero, hacia mediodía, quedaba libre y entonces comenzaba el entrenamiento. Primero se entregaba a los ejercicios físicos y, haciendo caso omiso del dolor y la humillación de sus traspiés y caídas, el pequeño granjero se obligaba a caminar lo más deprisa que podía, arrastrando la pierna tullida para instarla a funcionar. Con el paso del tiempo, comenzó a correr con unos movimientos un tanto erráticos e incluso aprendió a saltar, brincando con la pierna buena y doblando la deforme bajo su cuerpo para atravesar el obstáculo. Por las tardes, su padre solía unirse a él y entonces comenzaba la verdadera diversión.
Primero, su padre le había hecho armas pequeñas de madera: un hacha, una espada, una daga y un escudo. Durante dos años, y como si fuera un juego, se dedicó a enseñarle a atacar, parar golpes, lanzar estocadas y esquivar. «Aléjate. No pierdas terreno. ¡Ahora ataca!», le gritaba. Y ondulando, apartando o haciendo girar la espada de juguete, el muchacho realizaba todos los ejercicios en los que su padre lo instruía. A los doce años, su habilidad era remarcable y su padre se reía diciendo: «No puedo alcanzarlo». A los trece, Harold recibió sus primeras armas auténticas, que eran ligeras, pero, al cabo de un año, su padre le dio unas más pesadas. A los quince, el padre reconoció que ya no podía enseñarle nada más y lo mandó a casa de un amigo, que vivía en la costa, del que sabía que poseía un gran talento. Fue allí donde Harold no solo adquirió una mayor agilidad, sino que también aprendió a aprovechar sus peculiaridades físicas para asestar unos golpes no convencionales que sorprendían a cualquier oponente. A los dieciséis años, se había convertido en una máquina de matar.
—Por extraño que resulte —le comentó una vez su padre—, ese danés, cuando te amenazó, acaso te hizo un favor. Piensa en lo que eras entonces y en lo que eres ahora.
Y Harold besó a su padre con afecto y calló porque sabía que, aunque hubiera desarrollado unas habilidades extraordinarias, seguía siendo un lisiado.
—Las líneas son buenas —le gritó Harold a Morann, mientras el artesano se encaramaba por la escalera.
Y ciertamente lo eran. Las largas líneas de tingladillo del barco se convertían en la enorme proa de una manera tan fácil y con tanto poder que, cuando uno lo imaginaba en el mar, aquel rápido pasaje no solo parecía natural, sino también inevitable, tan inevitable como el destino, en las manos de los propios dioses paganos de los nórdicos.
—El espacio para la carga —decía Harold, señalando el inmenso centro vacío de la nave— es casi una tercera parte más grande que el de cualquier otra cosa que navegue. —Señaló el fondo del barco, por el que discurría, como una cuchilla, la poderosa columna vertebral de la quilla—. Y sin embargo, el calado es mucho menor, lo cual le permite navegar por los ríos principales de la isla.
El Liffey, el gran río Shannon en el oeste y todos los ríos importantes de Irlanda habían visto a los remeros vikingos surcar sus aguas someras hacia el interior.
—Pero ¿conoces el verdadero secreto de un barco como este, Morann? ¿El secreto de su manejo a vela en alta mar?
Eran naves fuertes. Nunca volcaban. El artesano era consciente de ello, pero con una sonrisa el noruego prosiguió:
—Se doblan, Morann. —Harold hizo un gesto ondulante con el brazo—. Cuando sientes la fuerza del viento en la vela, que discurre mástil abajo, y sientes la fuerza del agua contra los costados, notas algo más. La mismísima quilla se dobla, siguiendo la curva de las olas. Todo el barco, fortalecido contra el viento, se vuelve uno con el mar. No es un barco, Morann, es una serpiente. —Se rió, complacido—. ¡Una gran serpiente marina!
Qué hermoso era Harold, pensó el artesano, con el cabello largo y rojo, como el de su padre, y los ojos azul brillante, tan feliz en su barco…
En una ocasión, Freya le había preguntado a Morann:
—¿Nunca has querido averiguar por qué Harold dejó la heredad familiar y vino a trabajar a Dyflin?
—Porque le fascina construir barcos —respondió—. Lo lleva en la sangre —añadió.
Aquello a todo el mundo le resultaba obvio.
Y en realidad, si en el asunto había algo más de lo que Morann Mac Goibnenn imaginaba, su joven amigo nunca se lo comentó.
El verano en que le presentaron a una muchacha, Harold tenía diecisiete años. Venía del otro lado del mar, de una de las islas septentrionales y era una chica de buen linaje, le dijeron, cuyos padres habían muerto, tras lo cual había quedado al cuidado de un tío.
—Es un buen hombre —le había dicho su padre— y me la ha enviado. Será nuestra invitada durante un mes y tú cuidarás de ella. Su nombre es Helga.
Era una joven de piel muy clara, los ojos azules y un año mayor que él. De padre noruego y madre sueca, su cabello dorado le enmarcaba las mejillas y las juntaba como si un par de manos tomaran la cara entre sí antes de besarle los labios. No sonreía demasiado y sus ojos tenían un aire algo distante, como si la mitad de su mente se hallara en otro lugar. En sus labios, sin embargo, había un atisbo de sensualidad que a Harold se le antojaba misterioso y excitante.
En la casa se la veía plácida y satisfecha. Por aquel entonces, dos hermanas de Harold ya se habían casado y no vivían con la familia, pero las restantes se llevaban muy bien con ella. Nadie tenía ninguna queja. Las obligaciones de Harold, aparte de apuntarse a los entretenimientos que las muchachas ideasen para la velada, consistían en salir con ella a caballo de vez en cuando. En una ocasión le había mostrado los alrededores de Dyflin. A menudo cabalgaban o paseaban por las playas arenosas. En esas excursiones, ella le hablaba de la granja a su manera extraña y distante aunque agradable, del queso que hacían en ella, del chal que su madre y ella habían tejido para su tía. Le preguntaba lo que le gustaba y lo que no le gustaba, y asentía con calma y decía «sí, sí» mientras asimilaba cada pedacito de información, de modo que él comenzó a pensar que, si le hubiese dicho que su pasatiempo favorito consistía en cortar cabezas, ella también habría asentido y dicho «sí, sí», pero la conversación resultaba, de todos modos, muy entretenida.
Cuando Harold quiso saber de la vida de Helga, esta le habló de la heredad de su tío y de su vida cotidiana, allá en el norte. Él quiso saber lo que echaba de menos.
—La nieve y el hielo —le dijo, con un indicio de entusiasmo verdadero en los ojos, más intenso del que él nunca le había visto—. La nieve y el hielo son muy buenos. Me gusta pescar a través del hielo —asintió ella—, y me gusta mucho salir en bote al mar.
En una ocasión, para llevarla en bote un día soleado, él había remado desde la playa a la islita de la roca agrietada, frente al promontorio. A ella le había encantado y se habían sentado juntos en la playa. Y entonces, para sorpresa de Harold, ella, con voz calmada, había comentado:
—Ahora me gustaría nadar, ¿a ti no?
Y como si fuera lo más natural del mundo, se despojó de todas las prendas de ropa y caminó hacia el mar. Él no la siguió. Quizá fuera timidez o acaso se avergonzaba de su propio cuerpo, pero contempló su esbelta figura y sus pequeños pechos inhiestos y pensó que sería muy agradable poseerlos.
Al cabo de pocos días, su padre y su madre lo llamaron a la casa mientras las chicas estaban ocupadas fuera, y el padre, con una sonrisa, le preguntó:
—¿Qué te parecería, Harold, si Helga se convirtiera en tu esposa? —Y antes de que el joven pudiera responder, prosiguió—: Tu madre y yo opinamos que sería un enlace excelente.
Los miró sin saber qué decir. En realidad, la idea se le antojaba de lo más excitante y pensó en su cuerpo tal como lo había visto saliendo del mar con el agua que le corría por los pechos bajo el sol.
—Pe…, pero —farfulló al cabo—, ¿me querrá ella?
Sus padres intercambiaron una mirada cómplice y cariñosa.
—Pues claro que sí —respondió la madre—. Ha hablado conmigo.
—Supongo que… —Harold pensó en su pierna, pero su padre lo interrumpió.
—Le gustas, Harold. Y lo sabemos porque lo ha dicho ella. Cuando su tío me pidió que la acogiera aquí por un tiempo, pensé que tal vez deseaba establecer vínculos con nuestra familia mediante el matrimonio, pero tú eres joven y yo creía que todavía no había llegado el momento de pensar en eso. Sin embargo, esta chica nos complace, nos complace mucho. Y cuando fue a hablar con tu madre… —Sonrió de nuevo—. Pero eres tú quien debe decidir, Harold. Eres mi único hijo y esta finca un día será tuya. Puedes elegir entre muchas chicas y, por supuesto, no debes casarte con una que no te guste, pero esta, tengo que reconocer, no está mal.
Harold miró a sus felices padres y sintió que lo invadía una gran calidez. ¿Podía ser que aquella muchacha lo hubiese elegido a él? Sabía que tenía un cuerpo fuerte, pero al descubrir que agradaba a la muchacha, experimentó una nueva y emocionante sensación de fuerza y excitación, distinta de todo lo que había sentido hasta entonces.
—¿Ha dicho que quiere casarse conmigo?
Sus padres asintieron. ¿Así que su defecto carecía de importancia? Eso parecía.
—¿Y creéis que debo hacerlo? —Se preguntó qué significaba estar casado. No lo sabía seguro—. Creo…, creo que me gustará —concluyó.
—¡Espléndido! —exclamó su padre, y estuvo a punto de levantarse y abrazar a su hijo, pero su esposa le puso la mano en el brazo como para recordarle algo.
—Harold, debe esperar unos cuantos días —dijo—. Lo hemos acordado así.
—Oh. —El padre parecía un poco decepcionado, pero dedicó una sonrisa a su esposa—. Tienes razón, por supuesto. —Entonces, volviéndose a Harold, añadió—: Acabas de enterarte de esto, hijo mío. Es todo muy nuevo para ti. Tómate unos días para pensarlo. No hay prisa. Has de hacerlo por honradez hacia ti mismo.
—Y también hacia con la muchacha —le recordó su esposa con dulzura.
—Sí, claro, también. —Su padre se puso en pie y abrazó a su hijo. Harold sintió la calidez de su amorosa presencia—. Bien hecho, hijo mío —murmuró—. Estoy tan orgulloso de ti…
Y si no hubiera sido por una casualidad, pensó Harold, se habría casado aquel mismo invierno.
Había ocurrido al cabo de dos días. Acababa de dejar a su padre en el campo y regresaba a casa algo más temprano de lo habitual. Hacía un rato que había visto desaparecer a sus hermanas en el gran establo de madera y, aparte de la esclava que hacía un cesto junto al cobertizo de la leña, cuando caminó hacia la alta casa de techo de bálago no se encontró con nadie más. Y estaba a punto de agacharse para cruzar el umbral y entrar al espacio en penumbra del interior cuando oyó la voz de su madre.
—Pero, Helga, ¿estás segura de que serás feliz?
—Sí, sí. Me gusta esta granja.
—Me alegro de que así sea, Helga, pero que te guste esta granja tal vez no baste. ¿Te gusta mi hijo?
—Sí, sí, me gusta.
—Es mi único hijo, Helga, y quiero verlo feliz.
—Sí, sí. Yo lo haré feliz.
—Pero ¿cómo estás tan segura de ello, Helga? El matrimonio se compone de muchas cosas, el compañerismo, el amor…
¿Había un deje de impaciencia, de dureza, en la voz de la muchacha que él no había oído antes?
—Fue tu esposo quien fue a ver a mi tío, ¿no es así? Cuando se enteró de que mi tío tenía una sobrina a la que quería sacar de casa para que sus cuatro hijas tuvieran más sitio. Y le pagó a mi tío a cambio de traerme aquí, ¿no es cierto? Porque tu esposo quiere casar a su hijo, que está lisiado, ¿verdad que sí?
—Bueno, puede que sí, pero…
—Y yo he venido y he hecho todo lo que me has pedido; entonces, hace tres días, tu esposo me preguntó si quería casarme con él y yo le dije: «sí, sí», porque quiere nietos de su único hijo y teme que nadie quiera casarse con él porque es un tullido.
Se hizo el silencio. Harold esperaba que su madre desmintiera todo aquello, pero no lo hizo.
—¿Crees que mi hijo…?
—¿Sus piernas? —Fue como si Harold la oyera encogerse de hombros—. Pensé que me casaría con un chico que tuviera las piernas rectas, pero es fuerte.
—Cuando dos personas contraen matrimonio —decía ahora su madre con voz nerviosa, casi suplicante—, entre ellos debe reinar la verdad.
—¿Sí? Tu esposo y tú calláis. Mi tío calla, pero yo he oído a mí tío decirle a mi tía que tu esposo tiene miedo de que llegue alguien que mate a su hijo antes de que le dé nietos y por eso quiere comprarme deprisa. ¿Es eso verdad? Hablabas de la verdad, ¿no?
—Mi hijo puede defenderse solo.
Harold se alejó del umbral. Ya había oído bastante.
Al día siguiente fue a Dyflin. Debido a su trabajo en la granja era un carpintero aceptablemente bueno y encontró empleo en los astilleros. A última hora de la tarde, halló alojamiento temporal en la casa de un artesano.
—Me marcho —había dicho aquella noche a sus asombrados padres cuando regresó a la heredad.
—Pero ¿y esa muchacha? ¿Y las nupcias? —había inquirido su padre.
—He cambiado de idea. No la quiero.
—Por todos los dioses, ¿por qué? —bramó el padre.
Hay muchas cosas que los hijos no pueden decir a los padres. ¿Podía decirle a su padre que sabía la verdad, que la confianza entre ellos se había roto y que se sentía humillado? Si alguna vez se casaba, y ahora dudaba de que lo hiciera, ya se buscaría él mismo la esposa, eso seguro.
—No quiero casarme con ella, eso es todo —respondió—. Soy yo el que ha de decidirlo, o eso me dijiste.
—No sabes lo que te conviene —le espetó el padre.
Su frustración era tan patente que el hijo incluso lo lamentó por él, pero eso no servía de nada.
—No tienes por qué marcharte —intervino la madre.
Pero Harold se marchó, aunque ni en aquel momento ni nunca explicó por qué.
Y así había llegado a Dyflin. Había residido durante un año en casa de Morann Mac Goibnenn. Se había convertido en un trabajador tan imprescindible en los astilleros que ahora ya era capataz.
La gente sabía que era el heredero de una inmensa heredad en Fingal, pero rara vez iba a su lugar natal y se decía que entre su padre y él las relaciones no eran buenas. Trabajaba con ahínco, era un buen compañero y, aunque parecía estar a gusto con las mujeres, nunca se le veía pasear con ninguna.
El atardecer ya teñía el agua de un resplandor rojo cuando Harold y Morann abandonaron la gran nave vikinga y comenzaron a pasear por el muelle de madera donde había otros drakares amarrados. Uno de ellos, el barco que había traído esclavos de Bristol, acababa de terminar de cargar unas inmensas balas de lana y cuero. La entrada a las Casetas de pescado estaba justo delante.
—¿Te acuerdas de mí?
Morann miró al joven de cabello negro que se apoyaba con aire indiferente en unas balas que casi cerraban el paso. Llevaba una chaqueta de piel oscura que le llegaba hasta las rodillas y el cinto que la ceñía era tan ajustado que revelaba que la prenda envolvía un cuerpo magro y musculoso. Lucía una barba oscura acabada en punta sobre el pecho y el artesano se preguntó quién sería.
—Sigo viendo a un tullido —dijo.
Harold se detuvo y Morann hizo lo propio.
—Estoy en Dyflin por casualidad.
No se movió. Permaneció allí, apoyado en las cajas, al parecer no vigiladas, como si el hombre al que estaba insultando no fuera más peligroso para él que una mosca volando.
—Buenas noches, Sigurd —dijo Harold, con una calma que sorprendió al artesano—. ¿Has venido por el asunto que tenemos pendiente?
—He pensado en ello —dijo el desconocido con frialdad—, pero creo que esperaré.
—Tan pronto te vi frente a mí, supe que no corría peligro —comentó Harold—. Me han dicho que los hombres de tu estirpe solo atacan por la espalda.
A Morann le pareció que el desconocido respingaba un instante. Se llevó inconscientemente las manos a la daga del cinturón y, aunque la agarró un momento con sus largos dedos, la soltó despacio y volvió a apoyar la mano en la pierna.
—He hecho averiguaciones sobre ti —comentó—, y he quedado muy decepcionado. Parece que no tienes mujer. ¿Dirías que se debe al hecho de que estás lisiado?
Morann ya tenía bastante.
—Y a ti no creo que te mire ninguna mujer, como no sea una prostituta. Eres una criatura negra y sucia —gruñó el artesano.
—Oh, el joyero. —El extraño inclinó levemente la cabeza—. Un hombre respetable. No tengo queja contra ti, Morann Mac Goibnenn. ¿Sabe quién soy? —le preguntó.
Harold negó con la cabeza.
—Ya me lo suponía.
—Podría enfrentarme a ti ahora mismo —dijo Harold con tranquilidad—. No serviría de nada decir que lucharemos por la mañana. La última vez que lo acordamos, tu abuelo huyó.
—Y sin embargo —balbució el moreno en tono meditabundo, como si no hubiera oído el último comentario—, me parece que me haría más feliz matarte cuando tengas una familia que te llore, unos niños a los que contar que a su padre lo derrotaron y lo mataron. Y con el tiempo, tal vez también los matemos a ellos. —Sigurd asintió, pensativo, y luego, en un tono más alegre, preguntó—: ¿Crees que hay alguna posibilidad de que te cases?
Harold portaba un cuchillo en el cinturón. Lo sacó, se lo cambió de mano deprisa y con una seña le indicó a Morann que se hiciera a un lado.
—Te mataré ahora, Sigurd —dijo.
—Ah —exclamó el moreno, que se irguió; sin embargo, en vez de avanzar, dio un paso hacia el costado—. La verdad es que preferiría que tuvieras tiempo para pensarlo. Tal vez el día de tu boda. —Retrocedió un paso, con las cajas a un lado y, como en ningún momento miró hacia atrás, Morann supuso que ya sabía adónde se dirigía. Enseguida comprobó que estaba en lo cierto, porque al cabo de un momento dijo—: Adiós, por ahora.
Y rápido como una centella, se marchó por detrás de los embalajes, hacia el lado del muelle, y con un hábil salto, embarcó en un pequeño bote que, hasta entonces, el artesano no había visto.
—Remad, muchachos —gritó a los dos individuos que ya estaban en la embarcación.
Mientras Harold y Morann lo observaban desde el embarcadero, la chalupa se dirigió a toda velocidad hacia el mar abierto. El hombre moreno soltó una desdeñosa carcajada; entonces, al tiempo que el bote desaparecía río abajo, en las aguas enrojecidas, les llegó de nuevo su voz.
—¡Trataré de asistir a tu boda! —bramó.
Los dos amigos se quedaron inmóviles unos instantes.
—¿De qué iba todo eso? —preguntó Morann finalmente.
—Una antigua disputa familiar.
—¿De veras crees que quiere matarte?
—Probablemente, pero lo mataré yo a él. —Harold se volvió—. Bien, ¿vamos a tu casa a cenar?
—Sí, claro que sí —respondió Morann, obligándose a sonreír.
Pero mientras caminaban por la calle de las Casetas de pescado bajo las sombras cada vez más alargadas, se preguntó qué le diría a su mujer. Y a la muchacha. Si el moreno se presentaba en la boda, decidió, sería mejor que lo matase él mismo.
A la mañana siguiente, temprano, Osgar recibió la visita del padre de Caoilinn. Fingió que se trataba de un encuentro casual, pero Osgar sospechó que el artesano había esperado un rato cerca del muro del monasterio antes de acercarse. Aunque su pariente de Dyflin tenía unos rasgos aguileños similares a los suyos, era más bajo y fornido que él y empezaba a quedarse calvo, algo inusual en la familia. Allí plantado ante el joven aristócrata, a Osgar le pareció detectar un asomo de incomodidad en su porte.
Pero no era el único, pensó Osgar, pues también él se sentía incómodo. Sin embargo, no podía hacer nada al respecto. Tenía que esperar a que el hombre hablara. Se intercambiaron todas las cortesías habituales que preceden a los asuntos importantes y luego, como sabía que ocurriría, salió a relucir la cuestión.
—Pronto tendré que pensar en buscar un marido para Caoilinn.
Allí estaba. Sabía que no podía evitarlo y miró al anciano sin que se le ocurriera qué decir.
—Tendrá una buena dote —prosiguió su pariente.
Habían pasado más de dos siglos desde que un padre de la isla recibiera por última vez las antiguas arras. Ahora, los padres tenían que aportar dotes para sus hijas, lo cual representaba a menudo una pesada carga, aunque un yerno importante era siempre un valor inestimable.
Osgar era un buen partido, de eso no había ninguna duda. Con veintiún años, era un joven extraordinariamente guapo. De constitución delgada pero atlética, con una cara de hermoso perfil y elegancia natural, Osgar también poseía una dignidad serena, una suerte de prudencia que impresionaba a la gente. Muchos pensaban que sería el futuro jefe de Ui Fergusa. Se había convertido en una figura respetable, no solo para los de su clan, sino también para los monjes del monasterio.
Osgar sentía un gran aprecio por el pequeño monasterio de la familia y estaba casi tan orgulloso de él como su tío. «No olvidemos que aquí estuvo el mismísimo san Patricio», solía decirle este.
En los últimos siglos, la leyenda de san Patricio había crecido de manera notable. Debido, sobre todo, a que la diócesis del norte —Armagh—, donde se había establecido, quería ser el obispado más antiguo e importante de Irlanda, se había lanzado una gran campaña medieval de propaganda, a través de crónicas, documentos y archivos, para apoyar la tesis de Armagh. Los obispos anteriores y sus comunidades fueron literalmente borrados de la historia; los obispos coetáneos de Patricio pasaron a ser discípulos suyos y ahora se afirmaba que la misión septentrional había ocupado toda la isla. Hasta las serpientes, que allí nunca habían existido, habían desaparecido, se decía, gracias al santo. En Dubh Linn, uno de los tres pozos antiguos tomó su nombre y se había construido una capilla en el lugar.
—Y tampoco olvidemos —recordaba el tío de Osgar— que nuestro antepasado Fergus fue bautizado ni más ni menos que por san Patricio.
—Pero para entonces ya estaba muerto —había comentado con rudeza su hijo mayor en una ocasión.
—¡Resucitó de entre los muertos! —había bramado el abad—. Un milagro aún mayor si cabe. Y recordad también —les advertía— que no había cristianos más devotos ni eruditos más excelsos que los de esta isla, porque fuimos nosotros quienes mantuvimos encendida la llama de la fe mientras el resto del mundo cristiano estaba sumido en la oscuridad, quienes convertimos a los sajones paganos de Inglaterra y quienes construimos monasterios con bibliotecas, cuando el resto de la cristiandad apenas sabía leer y escribir.
Si estas proclamas tenían como finalidad que sus hijos se iniciaran en el camino de la piedad y del aprendizaje, no lograron el efecto deseado. Los hijos de su tío no sentían ningún interés por la vida monástica. Siempre encontraban pretextos para saltarse las clases. Y mientras Osgar disfrutaba memorizando los ciento cincuenta salmos en latín —una proeza que cualquier novicio analfabeto tenía que lograr—, en las ocasiones en que participaban en las plegarias de los monjes, los hijos de su tío solo podían fingir que pronunciaban las palabras.
De todos modos, una cosa estaba clara: el monasterio y sus protectores de Ui Fergusa medraron con el alba sagrada del cristianismo irlandés. Era una tradición que la familia tenía la obligación de mantener. Y aquello era lo que Osgar hacía. Su madre había muerto cuando él tenía doce años y después había ido a vivir al pequeño monasterio con su tío. Había sido Osgar quien había organizado a los monjes para que restauraran el interior de la capilla y quien había convencido a unos mercaderes de Dyflin de que donaran una cruz nueva para el altar. Había sido Osgar quien siempre sabía lo que se debía exactamente a los ocupantes del monasterio, quien vendía ganado o compraba los suministros que necesitaban, quien sabía cuántas velas quedaban y qué salmos cantar en un día determinado. En estos asuntos, como en todo lo demás, era muy eficiente y metódico. Hasta su tío, en secreto, temía olvidar algo delante de él. Un año antes, su tío se lo había llevado en un aparte y le había dicho:
—Creo que has de ser tú quien un día ocupe mi lugar en el monasterio. —Y como si se le hubiera ocurrido después, había añadido—: Y también podrás casarte.
No solo podría casarse, además, con la perspectiva de desempeñar un cargo que inspiraba tanto respeto, también sería un buen partido para la hija de su pariente de Dyflin.
Podría casarse con Caoilinn. Qué maravilloso se le antojaba… Pasó varios días en un estado de felicidad tal que le parecía que una luz divina bañaba todo Dyflin y la bahía.
Habían crecido juntos. Incluso durante los años extraños de la adolescencia, no se habían enemistado ni un solo día. En ocasiones se habían visto menos, pero ella nunca se había alejado. Si él estaba en Dyflin, resultaba natural que fuera de visita a la casa de su padre, donde era uno más de la familia. La alegre niña que conoció de pequeña se había desvanecido por completo. Si paseaban juntos, Caoilinn señalaba las nubes y en ellas veía las formas más cómicas y peculiares. En una ocasión, fueron al promontorio meridional de la bahía y ella insistió en que acababa de ver al viejo dios del mar, Manannan Mac Lir, saliendo de las olas. Se pasó media tarde gritando: «¡Oh, ahí está!». Lo hacía cada poco y él caía en el engaño una y otra vez y miraba donde Caoilinn señalaba mientras ella se tronchaba de risa.
Sin embargo, en una ocasión la muchacha fue demasiado lejos. Habían estado paseando por la playa septentrional del estuario y se habían adentrado en la arena que, con la marea baja, se extendía cientos de pasos hacia la bahía. Cuando la marea comenzó a subir, él le había dicho que debían regresar, pero ella se había negado. Impaciente, Osgar empezó a volver, y ella, con la misma obstinación, se quedó donde estaba, pero ni siquiera él había previsto la rapidez y la intensidad de la marea aquel día. El mar había entrado con la velocidad de un caballo al galope. Desde la orilla, la vio apostada, con aire desafiante, en un banco de arena, riendo primero al ver que el mar comenzaba a arremolinarse a su alrededor y tratando luego de regresar vadeando al descubrir que el agua ya estaba más alta de lo que pensaba. Él también advirtió, de repente, que la marea se movía con un impulso poderoso y que la superficie se picaba con pequeñas olas cambiantes. Osgar vio que Caoilinn perdía el equilibro y que alzaba los brazos y corrió hacia ella por los bajíos y se sumergió en la desenfrenada corriente. Fue una suerte que nadara tan bien. La corriente estuvo a punto de arrastrarlo, pero consiguió llegar hasta Caoilinn y, nadando por los dos, con el cuerpo esbelto de la muchacha apretado contra el suyo, la llevó a la orilla, desfigurada y muy pálida. Se sentó allí, tosiendo y temblando, y él la abrazó para darle calor y la ayudó a secarse. Al final, se puso en pie y para su asombro, dijo «Me has salvado» y se echó a reír. Cuando llegaron a la casa, le anunció a todo el mundo: «Osgar me ha salvado la vida». Se la veía muy feliz. Era una muchacha extraña, pero, a partir de aquel día, el chico siempre experimentó un cariñoso sentimiento de protección hacia ella que lo complacía.
Aparte de pequeñas aventuras como aquélla, no podía decir que su vida, durante los años que iban de la infancia a la edad adulta, hubiera sido rica en acontecimientos. En una ocasión, el rey irlandés se había presentado a pedir tributo a los noruegos de Dyflin y había acampado con sus hombres fuera de las murallas hasta que lo obtuvo, pero, aunque hubo una pequeña escaramuza, le resultó más emocionante que pavorosa. La vida de Osgar no había sido tan distinta de la de los otros chicos que conocía, pero había cultivado una afición que desarrolló en la infancia. Cuando regresaba de sus paseos por la playa, deleitaba a los adultos con las bolsas de conchas que recogía. Al principio, aquello no era más que un juego infantil y se agenciaba las que tenían formas extrañas o aquellas cuyos colores le llamaban la atención. Luego comenzó a clasificarlas a modo de colección, hasta que tuvo un ejemplar de cada una de las diferentes criaturas marinas cuyas conchas poblaban la zona. Si en la playa aparecía alguna caracola rara o inusual, la reconocía enseguida. Con el paso del tiempo, al contemplar aquellos tesoros de la infancia, empezó a sentir fascinación por la forma y la estructura de cada pieza. Examinaba minuciosamente sus líneas, fijándose en la simplicidad y en la pureza de sus formas básicas, admirando la elegancia y la complejidad con que cada concha lograba ser un todo armonioso y necesario. Sus colores también lo fascinaban. A veces, contemplaba su colección completamente absorto durante horas, ajeno al paso del tiempo. Poco a poco fue añadiendo objetos de otro tipo: hojas prensadas, piedras curiosas, ramas de nudos complejos caídas de los árboles… Lo llevaba todo a casa y lo estudiaba. Era una actividad solitaria, ya que nunca había encontrado a nadie que compartiera su entusiasmo, aunque a su tío siempre le divertía ver las cosas extrañas que encontraba. Hasta Caoilinn, a quien de vez en cuando mostraba la colección, lo miraba todo con curiosidad y asentía, pero se aburría enseguida. De vez en cuando, Osgar visitaba alguna de las iglesias de Dyflin. En una de ellas había un salterio, no especialmente hermoso, pero que contenía unas bonitas iluminaciones; y los sacerdotes, que sabían que era el sobrino del abad del pequeño monasterio del cerro, le dejaban hojearlo y contemplarlo durante horas. Esperó mucho tiempo antes de llevar a Caoilinn a ver el salterio, porque pensaba que quizá sería demasiado joven para apreciar una obra tal, pero, al fin, cuando cumplió dieciséis años, fueron juntos y le pasó las páginas con reverencia para que las observase. Había una, en tonos verdes y oro que, en su opinión, era muy hermosa.
—¿Ves cómo brilla? —le preguntó—. Es como si uno pudiera entrar en la página y una vez allí encontrara… —buscó las palabras idóneas durante unos momentos— un gran silencio.
La observó, esperando que sintiera lo mismo que él, pero aunque Caoilinn sonrió un breve instante, también captó en ella un atisbo de impaciencia.
Después de lo que la muchacha consideró una pausa adecuada, dijo:
—Vamos, salgamos fuera.
La transformación que se había obrado en Caoilinn era extraordinaria. La niñita delgada que había conocido y amado se había esfumado por completo y en su lugar aparecía ahora una joven de cabello moreno y figura curvilínea. También habían ocurrido cambios más sutiles y era de esperar que sus intereses fueran distintos. Ahora hablaba de cuestiones domésticas o mostraba satisfacción ante una hermosa tela en la tienda de un mercader, cosas que a él no le interesaban especialmente, aunque sabía que eran los asuntos de los que las mujeres gustaban de hablar. Pero en ella ahora había algo más, en sus ojos, en toda su persona, que la hacía diferente y que a Osgar se le antojaba excitante y hasta misterioso. Había sido el año anterior, por Lughnasa, cuando había reconocido lo que era.
La víspera del antiguo festival habían danzado. Casi todos los jóvenes de Dyflin, fueran o no irlandeses, habían participado en la fiesta. Osgar bailaba muy bien. Había contemplado con placer a las mujeres mayores que danzaban con un estilo majestuoso, pero cuando Caoilinn se puso en pie para unirse a los demás, se quedó atónito. Sabía que ella se mostraría vivaz y garbosa, pero se encontró frente a una Caoilinn nueva, una joven perspicaz que movía el cuerpo a un lado y a otro, con un encanto efusivo y confiado. Tenía el rostro algo ruborizado, los ojos brillantes y la boca abierta en una alegre sonrisa en la que creyó detectar un amago de intensa sensualidad. Danzaba entre los muchachos y no daba más pasos que ellos; sin embargo, mientras Osgar observaba las caras de estos, le pareció que Caoilinn los había tocado a todos, contagiándoles una parte de su calidez. El chico se mantuvo distante de la danza un rato porque casi sentía timidez. ¿No se comportaba su prima de una manera demasiado exuberante, demasiado terrenal para sus gustos?
Pero luego Caoilinn lo llamó con una seña y Osgar se unió al baile. De repente, se encontró ante ella, consciente de la cercanía de su cuerpo. La calidez y el aroma de sus carnes resultaban embriagadores. Al ver que bailaba tan bien, la joven sonrió. Al final, él se inclinó para besarla en la mejilla. Ella, en cambio, lo besó casta pero dulcemente en la boca y, por un instante, lo miró a la cara y Osgar vio a la Caoilinn de ojos verdes a quien había amado toda la vida. Entonces ella se echó a reír y se alejó.
Al día siguiente, salió solo a dar un largo paseo por la playa.
Caoilinn fue la que sacó a relucir el asunto de su boda. Era un domingo de primavera y Osgar había salido a pasear con toda la familia de ella. Habían ido a Hoggen Green, junto al antiguo túmulo de la Asamblea y Caoilinn y él se hallaban un poco alejados de los demás cuando la joven le dijo:
—¿Te acuerdas de cuando nos casábamos allí abajo?
—Sí.
—¿Todavía conservas el anillo? —preguntó, refiriéndose a la pequeña alianza de asta de ciervo.
—Sí.
Caoilinn calló unos instantes.
—Ahora me quedaría pequeño —añadió con una leve risa—, pero cuando me case, me case con quien me case, me gustaría ponérmelo en el meñique. —Le dedicó una sonrisa—. ¿Prometes que me lo darás para la boda?
—Sí, lo prometo —respondió, mirándola con afecto.
Osgar comprendió. Por segura de sí misma que estuviera, le costaba mantener la dignidad y había dejado caer una insinuación. A partir de entonces, sería él quien tuviese que dar el siguiente paso.
Además, ahora era el padre de ella quien lo miraba expectante.
—Tendremos que buscarle un esposo —repitió.
—Ah —dijo Osgar y reinó el silencio.
—Podía haberle encontrado un esposo hace ya tiempo —prosiguió el padre—, ofertas no me habrían faltado. —Aquello, indudablemente, era cierto—. Sin embargo, tuve una idea. Pensé que ella tal vez te esperaba. —El hombre hizo una pausa y miró a Osgar, nervioso.
—Desde niños, nos hemos casado un montón de veces —explicó Osgar con una sonrisa.
—¿Ah, sí? Claro que sí —dijo el padre y esperó a que Osgar continuara, pero al ver que no lo hacía, añadió en tono paciente—: A veces, a los jóvenes les cuesta asumir compromisos como el matrimonio. Tienen miedo y creen que es una trampa. Y esto es perfectamente comprensible, pero existen compensaciones. Y con Caoilinn… —Se interrumpió para permitir que el joven se imaginara los placeres de que gozaría si se casaba con su hija.
—Oh, sí, por supuesto.
—Pero si no hacen la oferta en el momento adecuado —lanzó una mirada de advertencia al joven—, tal vez pierdan a la muchacha que aman y se la lleve otro.
¿Perder a Caoilinn y que se la llevara otro? Aquélla era una terrible perspectiva.
—Pronto vendré —prometió Osgar— y hablaré con Caoilinn.
Cuando el padre de la joven se hubo marchado, se preguntó por qué había dudado. ¿No era eso lo que siempre había deseado? ¿Qué habría mejor que vivir con Caoilinn en el pequeño monasterio de la familia, disfrutando de los placeres del espíritu y de la carne el resto de su vida? Era una perspectiva de lo más apetecible.
Entonces, ¿qué echaba en falta? ¿Qué no le satisfacía de la idea? Apenas se conocía a sí mismo. Lo único que sabía era que, desde el incidente, en los últimos meses, había sentido una extraña inquietud.
El inquietante incidente había sucedido a principios de año, mientras cabalgaba por la llanura de las Bandadas de Pájaros, después de llevar un mensaje de su tío a un pequeño convento de la zona. Como hacía buen tiempo, uno de los hijos de su tío había decidido unirse a él, acompañado de un esclavo. En aquella parte de Fingal, con sus terrenos abiertos, había varias granjas vikingas. Después de cruzar uno de sus campos y adentrarse en un bosque, un grupo de hombres apareció de repente en el camino.
Osgar solo tuvo tiempo de pensar que, en aquella región, los asaltos no eran raros y los viajeros solían ir armados. Su primo llevaba una espada, pero Osgar no tenía más que su cuchillo de caza. Los ladrones les quitarían los objetos de valor, si los llevaban, y después se marcharían con los caballos. No sabía si antes pensaban matarlos, pero no merecía la pena esperar para averiguarlo. Vio que su primo atacaba a dos de los hombres con la espada y que los hería. Otros dos se abalanzaban sobre él y habían tirado al suelo al esclavo. Uno de los bandidos se plantó a su lado con un bastón y lo blandió.
Osgar no supo lo que ocurrió. Le pareció que volaba por los aires y se encontró con el cuchillo desenfundado en la mano. Cayó encima del hombre del bastón y los dos rodaron por el suelo, pugnaron; al cabo de un momento, Osgar había atravesado las costillas del ladrón con el cuchillo y el individuo tosía sangre. Mientras, los otros asaltantes habían decidido no arriesgarse más y huían corriendo entre los árboles. Osgar se volvió hacia el hombre al que acababa de apuñalar. Se había puesto gris. Transcurridos unos instantes, comenzó a temblar, sufrió un espasmo y se quedó inmóvil. Había muerto. Osgar lo miró fijamente.
Regresaron a la heredad por la que acababan de pasar, donde el corpulento y pelirrojo propietario llamó a sus hombres para que salieran de inmediato en busca de los asaltantes.
—Es una lástima que mi hijo Harold no esté aquí —dijo el hombre.
Osgar pensó que debía tratarse del gran noruego que había visto una vez, hacía años, en el túmulo de la Asamblea. Cuando Osgar explicó quién era, el fornido vikingo quedó encantado.
—Me honra conocer a uno de los Ui Fergusa —dijo, contento—. Hoy lo has hecho muy bien, puedes estar orgulloso.
Aquella noche, cuando volvieron al monasterio y narraron lo que les había sucedido, su tío también lo felicitó. A la mañana siguiente, la historia había corrido por todo Dyflin y, al encontrarse con Caoilinn, esta se acercó a él y le estrujó la mano.
—Eres nuestro héroe —dijo con una sonrisa de vanidad.
Solo había un problema: él no se sentía un héroe en absoluto. En realidad, no se había sentido tan mal en toda su vida y tampoco se sintió mejor con el paso de los días.
Había matado a un hombre. No era culpable de ningún delito y había hecho lo que tenía que hacer. Y sin embargo, no sabía por qué razón, el rostro del muerto, con sus ojos muy abiertos, parecía rondarlo como un fantasma. Se le aparecía en sueños, pero también cuando estaba despierto, pálido, horrible y extrañamente insistente. Supuso que aquella presencia se desvanecería al cabo de un tiempo, pero no había sido así y pronto se descubrió imaginándose también el cuerpo en descomposición. Pero lo peor no era tanto el recuerdo como los pensamientos inquietantes que lo acompañaban. Era repulsión. Por absurdo que fuese, experimentaba todo el asco y el horror que habría sentido si hubiera cometido un asesinato. No quería volver a hacerlo nunca más. Se prometió que no lo haría, pero en aquel mundo tan violento, ¿cómo podía estar seguro de que sería capaz de cumplir la promesa? Y con la repulsión llegaba otro pensamiento inquietante.
Había estado a punto de morir. ¿Y si en vez de haber tenido suerte, hubiese muerto? ¿Qué habría significado entonces su vida? Unos pocos años inútiles a los que una pelea estúpida y sin sentido habría puesto fin. Por primera vez le embargó la experiencia apremiante y terrible de la propia mortalidad. Su vida debía de tener algún propósito, debía de servir a alguna causa. Cuando pensó en la pasión que había sentido en esos momentos en que estudiaba las formas naturales o las ilustraciones que tanto le gustaban, le pareció que la vida diaria y monótona que llevaba en Dyflin carecía de algún ingrediente esencial. Anhelaba algo más, algo duradero, algo que no le pudiera ser arrebatado de un modo tan inútil. No sabía bien lo que era, pero su sensación de intranquilidad había seguido aumentando, como si en su interior, una voz le susurrara: «Ésta no es tu verdadera vida, este no es tu destino. Tú no perteneces a este lugar». Oyó la voz una y otra vez, pero siguió sin saber qué hacer.
Y ahora, de repente, aquel asunto con Caoilinn parecía llevar las cosas a un punto culminante. No sabía por qué, pero la intuición le decía que su decisión acerca de la boda iba a resolver también todo lo demás. Si se casaba, se establecería con ella en Dyflin, tendrían hijos y vivirían allí el resto de sus días. Una vida honorable de felicidad doméstica. Era una opción atractiva, era lo que siempre había deseado, ¿no?
Los dos monjes se presentaron en el pequeño monasterio una semana después de su entrevista con el padre de Caoilinn. Habían estado unos días en Dyflin y volvían al sur, a su monasterio de Glendalough.
Osgar solo había estado una vez en el gran monasterio de los montes de Wicklow, que se hallaba situado a orillas de un lago. El abad del lugar tenía derecho a visitar e inspeccionar el pequeño monasterio familiar y cuando contaba ocho años, su tío lo había llevado allí, pero había llovido todo el tiempo, Osgar se había aburrido y, debido quizás a aquel deprimente recuerdo, no había vuelto a desplazarse hasta el lugar. Ahora, sin embargo, pensando que necesitaba un cambio de aires mientras tomaba la decisión de casarse o no con Caoilinn, les preguntó si podía acompañarlos para visitar el convento y ellos accedieron enseguida. Así, tras decirle a su tío que regresaría al cabo de unos días, partió en compañía de los religiosos.
El viaje fue placentero en grado sumo. Eligieron la carretera inferior, más abajo del estuario del Liffey, que llevaba hacia el sur por las laderas de los grandes montes volcánicos, con unas hermosas panorámicas hacia el este, sobre la llanura costera. Recorrieron unos treinta kilómetros antes de descansar por la noche y luego prosiguieron el ascenso que los llevaría a las tierras altas. Era media mañana cuando, al hacer una pausa en un recodo del sendero de la montaña, uno de los monjes lo llamó y señaló el paisaje que tenían delante.
Aún había niebla matutina sobre el lecho de un estrecho valle y las laderas que se alzaban empinadas a ambos lados de las aguas parecían flotar entre las nubes. Los dos pequeños lagos no se veían debido a la bruma, pero las copas de los árboles que los rodeaban, empapados de rocío, despuntaban en el aire de la mañana. Desde donde se encontraba, Osgar también veía los tejados de varios edificios de piedra: la capilla principal, llamada abadía, con su torrecilla, algunas iglesias más pequeñas, la alta arcada de la entrada y unas cuantas capillas menores. Y dominándolo todo, elevándose unos treinta metros en el aire, estaba el torreón, el guardián solitario del valle.
Así que aquello era Glendalough, el valle de los dos lagos, el monasterio más hermoso de toda Irlanda.
El aislamiento de Glendalough no era inusual. Los monasterios irlandeses se fundaban a menudo sobre antiguos lugares sagrados paganos, pero, como en otras partes de la cristiandad, a veces se construían en tierras que hasta entonces no se habían utilizado mucho, como los cenagales a orillas de los ríos o las apartadas aldeas de montaña. El del Glendalough lo había fundado un ermitaño, un siglo después de la misión evangelizadora de san Patricio.
Desde los tiempos del santo, el talante de la Iglesia en Irlanda había sido amable y apacible. Había tenido santos y eruditos tan numerosos que sería imposible mencionarlos a todos, pero los mártires, si es que había habido alguno, eran muy escasos. También había tenido eremitas, que abundaban en la Iglesia celta. Esta práctica había llegado a la isla, a través de la Galia, procedente de los primeros cristianos anacoretas, como se llamaba a aquellos moradores solitarios del desierto de Egipto. Y como en Irlanda nunca había habido necesidad de mártires cristianos, era quizá natural que la relevancia de una montaña o de un cenobio en el bosque hubiera atraído a los hombres, herederos de los druidas de tiempos antiguos, que querían comprometerse de una manera radical con su fe religiosa.
Como muchos hombres santos, Kevin, el monje ermitaño, había atraído seguidores y por eso había dividido su refugio de montaña en dos zonas. Junto al lago superior, que se hallaba en lo más hondo del valle angosto, estaba la celda del eremita y, encima de ella, había una diminuta cueva en la escarpada ladera conocida como la cama de Kevin. A poca distancia, valle abajo, después del lago inferior y donde el río que se originaba en los lagos confluía con otra corriente, se hallaba la comunidad monástica principal, compuesta por diversos edificios recios, construidos en piedra no hacía mucho.
Cuando llegaron a la entrada, Osgar se llevó la primera sorpresa. El monasterio podía estar aislado, pero pequeño no era. Un portal grande e impresionante proclamaba su poder.
—No olvides —le recordaron sus compañeros— que el obispo también tiene una casa aquí arriba, lo mismo que el abad.
Osgar sabía que el obispo supervisaba casi todas las iglesias del valle del Liffey.
Y sin embargo, tan pronto como cruzaron el espléndido portal para acceder al gran recinto cerrado, Osgar sintió que había entrado en otro mundo. Asentados en la verde pradera que se abría entre los dos ríos que se unían más abajo del lago inferior, los terrenos del monasterio parecían una isla encantada. Cuando se presentaron al prior, este designó a un novicio para que le enseñara el lugar.
Como muestra de la importancia y la raigambre de Glendalough, había unas cuantas iglesias y capillas. Casi todas ellas eran sólidas, construidas de piedra bien tallada. Además de la gran iglesia principal con su hermosa puerta, también había una dedicada a san Kevin, así como una capilla consagrada a otro santo celta. Recorrieron el dormitorio donde vivían muchos de los monjes, aunque, siguiendo las costumbres tradicionales celtas, algunos de los más ancianos habitaban solos en pequeñas y aisladas celdas de madera y junco.
El edificio más impresionante de la parte inferior del monasterio era la inmensa torre. Los dos jóvenes la miraron con admiración. Era una torre circular y muy alta. Con unos cinco metros de diámetro en su base, se alzaba hasta terminar en una punta cónica de treinta metros de alto; por su parte, el gran cilindro de piedra empequeñecía todo lo demás.
—La llamamos la torre de la campana —explicó el novicio. Con ironía, Osgar se acordó de la modesta campana de mano que llamaba a los monjes a la plegaria en el monasterio de su familia—. Pero también es una atalaya de vigilancia. En lo alto, debajo del cono, hay cuatro ventanas y desde ellas se ve si viene alguien desde cualquier dirección.
Durante las últimas generaciones, las torres circulares de Irlanda se habían convertido en un rasgo característico del paisaje, y la de Glendalough era de las más hermosas. Las torres, con sus conos construidos en voladizo, las habían inventado los monjes escoceses. Solían tener treinta metros de alto; la circunferencia de la base era exactamente la mitad de su altura. Siempre que los cimientos fueran buenos, estas proporciones brindaban una estructura muy estable. Las paredes eran robustas y las de Glendalough tenían algo más de un metro de grosor.
—Si nos atacan, guardamos los objetos valiosos en el interior —le explicó el guía—. Y nosotros también cabemos, pues tiene seis plantas. —El novicio señaló la puerta, que se hallaba a unos tres metros y medio del suelo y a la que se llegaba por una estrecha escalera de madera—. Una vez se cierra la puerta, es casi imposible entrar por la fuerza.
—¿Sufre Glendalough muchos ataques? —quiso averiguar Osgar.
—¿De los vikingos? Solo una vez en los últimos cien años, creo, pero ha habido otros problemas. Algunos reyes menores se han disputado las tierras de la zona. Vinieron hace unos años y destrozaron los molinos del valle, pero hoy ya no queda ni rastro de eso. Aquí arriba, casi siempre vivimos tranquilos. —El novicio sonrió—. No nos atrae la idea de morir como mártires. Ven, te enseñaré el scriptorium.
Se trataba de un edificio largo y bajo en el que media docena de monjes trabajaba copiando textos. Algunos, advirtió Osgar, estaban escritos en latín y otros en irlandés. Su tío poseía varios libros, por supuesto, pero si bien Osgar y uno de los monjes más viejos sabían escribir muy bien, no hacían libros nuevos. Observó con admiración la experta caligrafía, pero quien le llamó la atención fue un monje que estaba solo, sentado a una mesa de un rincón. Delante tenía la ilustración en la que estaba trabajando. El contorno del dibujo ya estaba terminado y empezaba a llenar una esquina con tintas de colores. La amplia cenefa abstracta fascinó a Osgar. Sus líneas parecían geométricas, pero su ojo experto vio por doquier unas brillantes indicaciones visuales de formas naturales, desde la suave geometría de una concha de peregrino hasta las poderosas líneas de tensión de un nudo en un roble retorcido. Qué complejo era aquello y, sin embargo, qué puro… Lo miró, extasiado, y pensó en lo maravilloso que sería dedicar la vida a aquel quehacer. Llevaban allí un rato cuando el monje levantó la cabeza y frunció el ceño. Comprendieron que lo habían molestado y se alejaron de puntillas.
—Ven —dijo el novicio cuando salieron—. Todavía no has visto lo mejor.
Condujo a Osgar hacia el pequeño puente que cruzaba el río y dobló a la derecha, por un camino que llevaba valle arriba.
—Lo llamamos el Sendero Verde —explicó.
Después de pasar junto al lago inferior, el valle se volvía más estrecho. A su izquierda, la empinada cuesta cubierta de bosque era casi un precipicio y Osgar oyó el ruido de una cascada. A su derecha vio un círculo de tierra cubierto de hierba, como un pequeño rath. Y entonces, mientras caminaban entre los árboles, el novicio dijo de repente:
—Entra en el Paraíso.
Osgar contuvo el aliento unos instantes. El lago superior era grande, de algo menos de dos kilómetros de largo. Mientras sus aguas tranquilas se extendían ante él entre las altas y rocosas vertientes que se alzaban detrás los árboles, le pareció que habían emergido de una entrada a la mismísima montaña.
—Esa es la celda de Kevin. —El novicio señaló una construcción de piedra algo alejada de la orilla del lago—. Y allí está la cama del santo —añadió, señalando un punto en el que, bajo un saliente de roca, Osgar solo vio la entrada a una pequeña cueva que dominaba el lago. Parecía un lugar de difícil acceso, pues la pendiente rocosa en la que se hallaba era más bien un despeñadero. Advirtió que había plantas de acedera que crecían abajo y, junto a ellas, una mata de ortigas urticantes. El novicio siguió su mirada y sonrió—. Hay quienes dicen que ahí es donde el santo se lanzó a las ortigas.
Todo el mundo conocía la historia de la juventud de san Kevin. Tentado por una moza que quería seducirlo, el joven cenobita la había ahuyentado y, desnudándose, se había revolcado en una mata de ortigas para aplacar su lascivia.
—Solía entrar en el lago y rezar desde sus aguas someras —explicó el joven monje—. A veces se pasaba allí todo el día.
No era difícil, pensó Osgar, imaginar tal cosa. En la paz perfecta del lago, él también haría lo mismo.
Uno al lado del otro, los dos jóvenes absorbieron la escena y a Osgar le pareció que nunca había experimentado una sensación de paz tan perfecta en su vida. De hecho, apenas oyó el sonido de la campana del fondo del valle hasta que su compañero le tocó el brazo con delicadeza y le dijo que era la hora de comer.
Su entrevista con el abad tuvo lugar al día siguiente. Era un hombre alto y apuesto, con el cabello gris y rizado y unas maneras dulces pero augustas. El abad era hijo de una importante familia. Conocía al tío de Osgar y recibió al joven con afecto, preguntándole por el monasterio de la familia.
—¿Y qué te ha traído a Glendalough? —quiso saber.
Osgar le explicó su situación al abad lo mejor que pudo, le habló de sus dudas ante el matrimonio y de la sensación de inquietud e incertidumbre que lo embargaba. Le alivió ver que el viejo lo escuchaba de una manera que indicaba que sus preocupaciones no eran ninguna estupidez. Cuando terminó, el abad asintió.
—¿Sientes la llamada de la vida religiosa?
¿La sentía? Pensó en su vida en el pequeño monasterio familiar junto a Dyflin y en el posible futuro que allí lo aguardaba. ¿A eso se refería el abad cuando hablaba de vida religiosa? Probablemente no.
—Creo que sí, padre abad.
—¿Y piensas que si contraes matrimonio… —el abad se quedó pensativo unos instantes— eso te alejará de la conversación que deseas tener con Dios?
Osgar lo miró maravillado. Aunque él nunca se había formulado la idea de aquella manera, era exactamente lo que sentía.
—Siento…, siento una necesidad… —Se interrumpió.
—Y te parece que tu tío no se está acercando mucho a Dios, ¿verdad?
¿Qué podía decirle? Pensó en la plácida vida familiar de su tío, en las largas expediciones de pesca, sus frecuentes cabezadas durante las ceremonias religiosas…
—No demasiado —respondió Osgar, incómodo.
Si el abad contuvo una sonrisa, el muchacho no lo vio.
—Esta joven —quiso saber el abad—, esta Caoilinn con la que crees que tienes el deber de casarte, ¿la has conocido…? —Miró a Osgar y vio que no había comprendido—. ¿La has conocido carnalmente, hijo mío?
—No, padre. Nunca.
—Comprendo. ¿Y nunca la has besado?
—Solo una vez, padre.
—¿Y la deseas, quizá? —le sondeó el religioso; entonces, perdiendo al parecer la paciencia con aquella línea de interrogatorio, añadió—. Bueno, seguro que la deseas. —Hizo una pausa durante la cual miró atentamente al joven—. ¿Crees que te gustaría vivir aquí?
¿En aquel paraíso terrenal? ¿En aquel retiro de montaña a mitad de camino del Cielo?
—Sí —respondió despacio—. Creo que sí.
—¿Y no te aburrirías, quizás, en lo alto de estas montañas?
—¿Aburrirme? —Osgar lo miró atónito. Pensó en las iglesias, en el scriptorium, en el prodigioso silencio del gran lago. ¿Aburrirse? No, ni aunque pasara allí cien vidas—. No, padre abad.
—El camino del espíritu no es fácil, ¿sabes? —La mirada del abad era un tanto severa—. No se trata solo de encontrar una vida con la que uno se sienta a gusto. Tarde o temprano, ha de haber renuncia. Aquí en Glendalough —prosiguió—, nuestra regla es estricta. Vivimos, podríamos decir, como una comunidad de ermitaños. Porque estrecha es la puerta y angosto el camino. Y no te librarás —afirmó despacio— de las tentaciones de la carne, nadie lo hace. El diablo —dijo con una sonrisa irónica— no se rinde fácilmente. Pone las tentaciones en nuestro camino. A veces son obvias; otras, insidiosas. Vigila. Tendrás que vencerlas. —Hizo una pausa—. Yo no puedo decirte lo que debes hacer, eso es cosa de Dios, pero rezaré por ti, y tú también debes rezar.
Aquel día, y el siguiente, participó con los monjes en todos los oficios cantados que tuvieron lugar en la iglesia grande. El resto del tiempo lo dedicó a la plegaria.
Trató de seguir los consejos del abad y rezó como nunca había rezado hasta entonces. Conocía la técnica adecuada. Intentó vaciar la mente de todos los demás pensamientos y escuchar solo el impulso silencioso de Dios. Oró para que le enseñara cuáles eran sus deberes. ¿Qué exigía Dios?
¿Le hablaría Dios? Se hizo aquella pregunta durante dos días, pero no le llegó palabra alguna.
Y sin embargo, de qué extraña manera decidió Dios mostrarle su voluntad… El segundo día, mientras el sol comenzaba a hundirse tras las montañas, Osgar se hallaba en pie junto al lago superior. Aquel rato no había estado rezando, sino que se había quedado absorto en la contemplación de la belleza del lugar. De repente, sintió unos golpecitos en el hombro y se volvió para ver la cara feliz de uno de los monjes que lo habían llevado hasta allí.
—¿Has descubierto ya lo que quieres? —le preguntó el viejo.
Osgar se encogió de hombros.
—Lo que quiero es quedarme aquí, por supuesto —dijo, como si aquello no fuera lo que realmente importase.
De repente, lo comprendió. La cuestión era tan simple que le había pasado del todo por alto. Quería estar en Glendalough y en ningún otro sitio. Nunca en su vida se había sentido tan a gusto. Era allí donde tenía que estar. ¿Y Caoilinn? Por más que la amase, no quería casarse con ella y ahora lo sabía con una certeza absoluta. Y en esto estaba —y lo vio como en una maravillosa suerte de iluminación— lo prodigioso del asunto: Dios, en su bondad, no solo le había enviado un sentido de pertenencia a un lugar, sino que también se había llevado el deseo por la muchacha que amaba. Para ayudarlo en su camino, ese viejo deseo había sido sustituido por uno nuevo, el deseo apasionado de quedarse en Glendalough. Lo sabía seguro. Seguía amando a Caoilinn tanto como hasta entonces, pero aquel amor tenía que ser un amor fraternal. Debía ser así. Sabía que iba a causarle dolor, pero mucho más cruel habría sido casarse con ella sin poder darle todo su corazón. Se quedó allí un buen rato, contemplando el agua, colmado de una nueva y extraña sensación de paz y conocimiento. Aquella noche informó al abad de su decisión y el hombre asintió y no hizo comentario alguno.
A la mañana siguiente se marchó.
Decidió regresar por el camino más directo, que cruzaba las tierras altas. A mediodía cruzó el gran paso central de los montes de Wicklow donde, no lejos del camino, se hallaba el manantial que daba origen al río Liffey. La panorámica era magnífica. La corriente se precipitaba montaña abajo, donde se le unían otros torrentes, y vio que el río cada vez más grande serpenteaba otros treinta metros más abajo hasta la amplia llanura del Liffey, que se extendía más de treinta kilómetros en la distancia.
El tiempo era bueno y, mientras recorría el sendero que cruzaba la alta meseta, experimentó una profunda sensación de paz. De hecho, lo único que le preocupaba era que tal vez se sentía demasiado feliz. ¿Qué había dicho el abad de Glendalough acerca de la vida religiosa? Que en ella había de existir la renuncia. Lo que sentía en ese instante no parecía renuncia. ¿Era posible que el diablo, que tendía unas trampas tan sutiles, le estuviera preparando una? ¿Estaba siguiendo los deseos de su voluntad y de su corazón? Creía que no, pero también decidió permanecer alerta y fue con el ánimo ligero con lo que siguió caminando hacia el norte.
La tarde estaba ya avanzada cuando, al descender el camino de la vertiente septentrional de las montañas, se detuvo junto a un claro en los árboles y divisó las pendientes que bajaban decenas y decenas de metros hasta el inmenso paisaje abierto del verde estuario del Liffey y su ancha bahía.
Osgar contempló la panorámica. Al oeste, el sol declinaba e iluminaba las aguas del Liffey. Distinguió el banco de arena en la bahía, pasada la desembocadura del río, y el promontorio curvado más allá. Divisaba incluso —¿o se estaba engañando?— las paredes del pequeño monasterio de la familia. Por unos momentos, olvidó todo lo demás y lo embargó una inmensa alegría. Llevaba varios minutos contemplando la casa de su infancia cuando advirtió que, una vez estuviera en Glendalough, quedaría separado de todo aquello. Separado para siempre. Separado de la ancha bahía, separado de su familia, separado de Caoilinn. Y al pensar en Caoilinn, los recuerdos de la niñita a la que conocía desde siempre volvieron a él con tanta viveza como si fueran reales: los juegos con los que se entretenían juntos, cómo se había casado con ella en la tumba del viejo Fergus, cómo la había rescatado del mar. Y ahora ya no la vería más… La pequeña Caoilinn, que tenía que haber sido su esposa.
Que todavía podía ser su esposa.
Entonces lo comprendió todo con una claridad diáfana. Aquello era una prueba. Al fin y al cabo, Dios no le había puesto las cosas fáciles. Tendría que renunciar a Caoilinn; Caoilinn, a la que tanto amaba y con la que, si no hubiese sido por su vocación, y Dios lo sabía, se habría casado y habría sido feliz. «Sí —pensó—. Es esto. Ésta es mi renuncia».
Y con una nueva sensación de entrega, en la que el deseo se templaba con el dolor y la alegría con la tristeza, Osgar continuó descendiendo hacia Dyflin.
Al día siguiente, su encuentro con Caoilinn no fue como él había esperado. Llegó a la casa de su padre bastante temprano. Sus padres y toda la familia estaban allí, por lo que pidió a la muchacha que salieran a pasear y notó ansiedad en el rostro del padre de esta. Caoilinn y Osgar se dirigieron al túmulo de la Asamblea. Y allí, en la tumba del viejo Fergus junto a las aguas rumorosas del Liffey, se lo contó todo.
Aunque parecía un poco sorprendida, escuchó atentamente todo lo que él le explicó. Osgar no se calló nada: lo mucho que la amaba, la sensación de incertidumbre que lo desasosegaba y su vocación para la vida monástica. Le explicó, con toda la dulzura que pudo, su necesidad de ir a Glendalough y la imposibilidad de casarse con ella. Cuando terminó, la muchacha permaneció callada unos instantes, con la vista clavada en el suelo.
—Has de hacer lo que creas correcto, Osgar —murmuró al cabo. Entonces alzó la mirada y lo observó con sus ojos verdes y una expresión un tanto extraña—. Entonces, si no fuera porque quieres ir a Glendalough, ¿te casarías conmigo?
—De todo corazón.
—Comprendo. —Caoilinn hizo una pausa—. ¿Y qué te hace pensar que yo diría que sí?
La miró unos instantes, sorprendido, pero enseguida creyó entender. Lo que la muchacha estaba haciendo era mantener el orgullo.
—Tal vez dirías que no.
—Dime, Osgar —la muchacha parecía curiosa—, ¿deseas salvar el alma?
—Sí —admitió.
—¿Y dirías que yo tengo posibilidades de ir al Cielo?
—No… —dudó—, no lo sé. —Osgar nunca había pensado en ello.
—Porque no creo que me haga monja.
—No es necesario —la tranquilizó, y comenzó a explicarle que un buen cristiano podía alcanzar el Cielo siguiendo su propia vocación, pero no sabía seguro si Caoilinn lo escuchaba de veras—. Te recordaré siempre —añadió—. Me acordaré de ti en mis plegarias.
—Gracias —dijo ella.
—¿Quieres que te acompañe a casa?
Mientras caminaban juntos de regreso, se preguntó por qué el encuentro se le antojaba tan insatisfactorio. ¿Qué esperaba? ¿Lágrimas? ¿Una declaración de amor? No lo sabía. Era como si la mente de Caoilinn derivase hacia otro lugar, lejos de él, aunque ignoraba adónde. Cuando llegaron a la puerta de la casa, ella se detuvo.
—Lamento —dijo con una cierta tristeza— que prefieras Glendalough a mí. —Esbozó una cariñosa sonrisa—. Te echaré de menos, Osgar. ¿Vendrás a vernos alguna vez?
—Claro que sí.
La muchacha asintió, bajó la mirada y, para sorpresa de Osgar, volvió a alzarla con lo que, si la ocasión no hubiese sido tan solemne, habría sido tal vez una muestra del humor travieso de cuando niña.
—¿Sientes alguna vez el apetito de la carne, Osgar?
El joven se quedó tan asombrado que, por unos momentos, no supo qué responder.
—El diablo nos pone a prueba a todos, Caoilinn —replicó algo incómodo y luego, besándola recatadamente en la mejilla por última vez, se marchó de la casa.
Transcurrió otra semana antes de que Osgar partiera hacia Glendalough. Su tío distaba mucho de estar contento, pero sugirió que, a su debido tiempo, podía regresar del monasterio de la montaña para ocupar su lugar y hacerse cargo de la heredad de la familia. El padre de Caoilinn, poniendo su mejor cara, le deseó felicidad, afirmando incluso que iría a despedirlo. Osgar quedó conmovido por su magnánima bondad. A Caoilinn no la vio, pero como ya se habían despedido, no había ninguna necesidad.
La mañana que emprendió el viaje decidió tomar el camino inferior, en vez de cruzar el paso. Con una bolsa de provisiones a la espalda, una carta de su tío para el abad —prometiéndole un pago generoso al monasterio de su parte— y las bendiciones de sus familiares y amigos, partió de Dyflin hacia el sur, cruzando los campos. Su tío le había ofrecido un caballo para que lo llevara hasta allí, a su debido tiempo podría devolverlo, pero a Osgar le pareció más adecuado ir caminando.
Hacía buen día. En el limpio aire de la mañana, el gran arco de los montes de Wicklow, hacia el sur, parecía tan cercano que uno casi podía tocarlo. Osgar anduvo por las vertientes del lado de mar con paso alegre y airoso. A su izquierda, las ciénagas daban paso a unos bosques dispersos. A su derecha, se extendían campos y arboledas. Atravesó una huerta y se aproximaba a un vado que cruzaba un río llamado Dodder cuando, para su sorpresa, Caoilinn apareció junto a un árbol del camino. Estaba apoyada en el tronco y se había envuelto en una larga capa. Osgar supuso que, si tenía frío, debía de llevar tiempo esperando. La muchacha sonreía.
—He venido a despedirme —le dijo—. He pensado que te gustaría verme antes de marcharte.
—Tu padre salió a despedirme.
—Lo sé.
—Muy amable por tu parte, Caoilinn —dijo.
—Tienes razón —dijo—. Lo es.
—¿Hace mucho que estás aquí? —le preguntó—. Debes de tener frío.
—Llevo un rato, sí. —Lo miraba atentamente, como si pensara en algo acerca de él—. ¿Guardaste el anillo?
—Sí, por supuesto.
Ella asintió. Se la veía complacida.
—¿Y ahora vas en camino de convertirte en un monje de las montañas?
—Pues sí —respondió Osgar con una sonrisa.
—¿Y los apetitos de la carne no te han tentado, Osgar?
—No, al menos recientemente —dijo con afecto.
—Eso es bueno, porque tienes que vencerlos, ¿sabes?
Y cuando estaba pensando en lo que iba a decir, para su asombro, ella abrió la capa y Osgar se encontró ante su cuerpo desnudo.
Su piel era pálida y cremosa; sus pechos, jóvenes y firmes, pero un poco más grandes de como los había imaginado y, cuando vio el intenso color oscuro de sus pezones, contuvo una exclamación. Estaba completamente desnuda y se descubrió mirándole el estómago, los muslos, todo…
—¿Me recordarás ahora, Osgar? —preguntó, antes de cerrar la capa de nuevo.
Se alejó de ella corriendo y gritando y al cabo de un momento se encontró chapoteando en el vado. Al llegar al otro lado, miró atrás, temiendo, en parte, que lo siguiera, pero no había ni rastro de ella. Se persignó. Dios santo, ¿por qué Caoilinn había hecho tal cosa?
Siguió caminando y advirtió que temblaba como si hubiese visto un fantasma. Apenas daba crédito a lo que había sucedido. ¿No lo habría imaginado? No. Caoilinn había sido absolutamente real. ¿Qué le habría sucedido? ¿Era de nuevo Caoilinn la niña que se permitía un último y desenfrenado juego? ¿O era la joven que, dolida por el rechazo, intentaba desconcertarlo y humillarlo? Tal vez las dos cosas. ¿Y estaba desconcertado? Sí, pero no por la visión de su cuerpo sino por su obscenidad. Osgar sacudió la cabeza. Caoilinn no tendría que haberlo hecho.
Mientras apretaba el paso hacia su destino, se le ocurrió pensar que había también otra explicación más profunda. Las tentaciones de la carne. Otra vez el diablo y sus trampas. El abad lo había advertido al respecto. Era eso lo que se ocultaba detrás de aquel encuentro. ¿Lo había tentado? Definitivamente, no. Y sin embargo, para su horror, la visión del cuerpo de Caoilinn se le presentaba una y otra vez. Sin saber si lo que lo afligía era la lascivia o el pavor, intentó ahuyentar la imagen, pero esta volvía de nuevo a su mente, más real que antes. Y lo que era aún peor, veía que ella comenzaba a realizar actos obscenos, cosas que no pensaba que Caoilinn supiera que existiesen, y cuanto más trataba de borrarlas de su mente, más crudas se volvían. Intentó incluso volver a la desnudez pura y simple con que había comenzado, pero todo fue en vano. Cuanto más pugnaba, más lasciva se ponía ella, y Osgar se descubrió mirando fascinado y repelido a la vez.
Aquélla no era Caoilinn. Ella no había hecho esas cosas. Era él y no ella, quien las imaginaba; él y no ella quien había caído presa del diablo. Lo invadió una cálida sensación de culpa y luego un pánico helado. Se detuvo.
El diablo lo había puesto a prueba mientras viajaba hacia Glendalough. ¿Cómo iba a hacerle frente? Divisó un montículo a la vera del camino en el que crecían matorrales y detrás de él, una extensión verde oscuro. Corrió hacia la elevación y vio que se trataba de lo que había imaginado: esa vegetación oscura la había puesto allí Dios, quien en su sabiduría y bondad, lo había previsto todo. Ortigas urticantes.
¿Qué había hecho san Kevin de Glendalough cuando una mujer lo había tentado? Había ahuyentado a la muchacha y se había mortificado la carne con ortigas. Debía de ser una señal.
Miró a su alrededor. No había nadie a la vista. Se despojó deprisa de sus prendas de ropa y se lanzó a las ortigas, rodando en ellas de un lado y del otro, una y otra vez, al tiempo que se encogía de dolor.
La boda de Harold y Astrid tuvo lugar en invierno. Fue una celebración muy feliz por diversas razones. La primera, y la más importante, era que a todos les quedó claro que los novios estaban hechos el uno para el otro. La segunda era que demostraron que estaban muy enamorados.
Aunque la primera vez que se vieron en casa de Morann y su esposa se produjo una chispa entre ellos, la futura esposa había advertido que le costaría tiempo y esfuerzo vencer la resistencia de Harold, por lo que había hecho acopio de paciencia antes de ponerse manos a la obra. Astrid había pedido que la llevara a ver el barco y cuando Harold lo hizo, le solicitó que le mostrase el trabajo salido de sus propias manos, después de lo cual dijo satisfecha:
—Eres muy bueno en tu oficio.
Una semana después, Astrid se había encontrado con él y le había ofrecido unos dulces envueltos en una servilleta.
—Creo que son de los que te gustan —había comentado, esperanzada.
Cuando él respondió con cierto asombro que sí, que eran sus favoritos, Astrid explicó:
—Eso dijiste cuando estábamos en casa de Morann. —Harold lo había olvidado—. He querido regalarte estos, precisamente —añadió con afecto, tocándole el brazo.
Astrid había esperado tres semanas antes de preguntarle, como quien no quiere la cosa, si le dolía la pierna.
—No, en realidad no —había contestado él, encogiéndose de hombros—. Me gustaría tenerla recta, pero qué le vamos a hacer… —dijo antes de sumirse en el silencio.
—A mí no me preocupa en absoluto —replicó ella con sinceridad—. Si he de decirte la verdad —y aquí Astrid se permitió una pausa para mirarlo a los ojos—, me gusta como eres.
De todos modos, quizá, su movimiento más sabio fue el que hizo durante el tercer mes de noviazgo. Se encontraban en el muelle de madera, junto al lugar donde había comenzado la construcción de otro barco más pequeño, y miraban hacia el río, en cuyas aguas estaba fondeada la nave que Harold había armado. Astrid le preguntó qué era lo que más le gustaría hacer en la vida, cuál era su sueño.
—Un día —confesó—, me gustaría navegar en ese barco —dijo, señalando la embarcación que pronto zarparía rumbo a Normandía.
—Pues deberías hacerlo —replicó ella, al tiempo que le pellizcaba cariñosamente el brazo—. Deberías hacerlo.
—Tal vez. —Harold calló unos instantes y casi la miró, pero apartó los ojos enseguida—. Los viajes son largos y los mares están plagados de peligros.
—Un hombre debe seguir la llamada de su espíritu —dijo ella en voz baja—. Navegarás mar adentro, al otro lado del horizonte, en una gran aventura, y cuando regreses, encontrarás a tu esposa esperándote en el muelle. Veo que lo harás.
—¿Lo ves?
—Si te casas conmigo, podrás hacerlo —declaró con franqueza.
Después de aquello, Harold no tardó demasiado en advertir que debía casarse con Astrid, ya que, de ese modo, las galanterías que recibía de ella tocarían a su fin. Había sido un noviazgo lleno de alegrías. Para él, el descubrimiento de que era amado y respetado había abierto las compuertas de su pasión. En ella, aunque no se lo dijo, el proceso de vencer las vacilaciones de Harold había obrado una transformación: al principio, él era el hombre al que había decidido amar, y al final, era el objeto de un intenso deseo.
El matrimonio tuvo también el feliz efecto de reunir a Harold con su familia. Decir que estuvieron encantados con la novia sería quedarse corto, y si por parte de Harold persistía aún cierto resentimiento, estaba tan radiante que no podía acordarse de eso. La boda se celebró en la heredad familiar a la antigua manera pagana y la pareja recibió la emocionada bendición del padre de Harold.
En la ceremonia solo había una persona que no sonreía. Morann Mac Goibnenn, Dios lo sabía, estaba contento por la felicidad de su amigo. Su regalo de bodas a la pareja había sido un cuenco de plata, taraceado y decorado por su propia mano. Su familia y él acudieron a comer y a bailar al banquete nupcial. Pero todo el tiempo, mientras los fuegos ardían altos en el exterior y los invitados entraban y salían de la sala vikinga, Morann permaneció solo, mirando. Observó a los últimos invitados que llegaron, oteó el camino y la llanura de las Bandadas de Pájaros en dirección a Dyflin; estudió el horizonte oriental hacia el mar. Palpó el largo cuchillo que llevaba oculto en la capa, bien a mano, para utilizarlo si se presentaba el danés de cabello moreno.
A Morann no le gustaba correr riesgos. Sin que Harold lo supiera, tan pronto como se decidió su enlace, el orfebre hizo pesquisas sobre el danés y se enteró de que se había visto implicado en una pelea en Waterford y que, poco después, había zarpado con una tripulación de individuos como él rumbo al norte. Los rumores decían que había ido a la isla de Man. ¿Estaría informado de las nupcias de Harold? Tal vez le había llegado la noticia. ¿Vendría a perturbarlas? Morann siguió vigilando hasta después del atardecer y luego, dentro de la sala, sus ojos continuaron moviéndose hacia la puerta hasta muy entrada la noche. No obstante, al final, cuando partieron por la mañana, seguía sin haber ni rastro de Sigurd.
Una semana después, en Dyflin tuvo lugar otra boda, la cual brindó una gran satisfacción a las familias de los novios. Hacía ya algún tiempo que el padre de Caoilinn estaba en tratos con la familia de un joven del vecino asentamiento de Rathmines. Su familia no solo era próspera, sino que era descendiente, por cuatro generaciones solamente, de los reyes del Leinster. «Sangre real», había proclamado orgulloso el padre de la muchacha, que se había apresurado a comunicar a la familia del novio que también Caoilinn, por su ascendencia distante de Conall, poseía sangre real. Los primos de Caoilinn, los que vivían en el viejo rath del monasterio, acudieron todos a la boda, Osgar incluido, que había llegado de Glendalough y a quien la novia saludó con un beso recatado y tranquilo en la mejilla. El tío de Osgar ofició la ceremonia y todo el mundo coincidió en que el novio y la novia formaban una hermosa pareja.
Sin embargo, el punto culminante del enlace, todos estuvieron de acuerdo en ello, fue cuando Osgar, el monje, ofreció un inesperado regalo de boda a la pareja. Venía en una caja de madera.
—Mi padre siempre conservó esto —explicó—, pero estoy seguro de que os pertenece más a ti y a tu marido que a mí —dijo con una sonrisa burlona.
Y sacó de la caja un extraño objeto, de color amarillo marfil y con el borde de plata. Era la calavera de beber del viejo Fergus.
Caoilinn estuvo encantada.
Y si la joven lo recordó, no mencionó el hecho de que, ya fuera por tacto o porque lo había olvidado, Osgar no había cumplido su promesa de darle el anillito de asta de ciervo.