Siete

Dalkey

1370

El halcón batió las alas y trató de alzar el vuelo, pero la mano enguantada de Walsh lo sujetó con fuerza. El ave le atacó la mano con su gran pico curvado, pero John Walsh se limitó a reír. Le gustaba el espíritu libre y fiero del pájaro. Un compañero ideal para un lord francés o inglés. Sus ojos también eran una maravilla puesto que veían un ratón a mil pasos de distancia.

Walsh oteó desde la muralla de su castillo. Como casi todos los hombres de su familia, tenía un rostro fuerte, soldadesco. Con sus ojos azules, poseía un sentido de la vista muy desarrollado. Allí, en las tierras fronterizas, convenía que así fuera. Y ahora los fijaba en algo y los entrecerraba. Era un pequeño objeto en movimiento que no tenía ninguna importancia. Muy ordinario. Demasiado ordinario. Aquello le resultó extraño. En las tierras fronterizas nunca nada era ordinario.

El castillo de Carrickmines. Carrickmines significaba «pequeña llanura de rocas». Y ciertamente había rocas en abundancia, esparcidas por el terreno, pero el auténtico carácter del lugar residía en las majestuosas laderas de los montes de Wicklow, que se alzaban justo delante del pequeño castillo de piedra; detrás estaban las seis leguas de carretera que llevaban hacia el norte cruzando la rica franja costera que se extendía hasta Dublín.

El objeto en movimiento era una muchacha joven. La última vez que la había visto, poco después, unas cabezas de ganado habían desaparecido.

El castillo estaba construido en piedra y ya había sido reforzado en diversas ocasiones. Gran parte de los montículos arbolados y de las murallas de los colonos originales se habían convertido ahora en unas robustas plazas fuertes, diseminadas a lo ancho de las inmensas extensiones de la isla. En los extremos norte y sur de la amplia bahía se alzaban los tres mejores exponentes de la región de Dublín: había uno en la península septentrional de Howth y, un poco por encima, se hallaba el sólido castillo de Malahide; y allí, en Carrickmines, justo debajo del alto promontorio que constituía el extremo meridional de la bahía, la familia Walsh vigilaba sus tierras de cultivo y los accesos al gran centro verde del poder inglés.

El territorio que rodeaba Dublín era un enorme mosaico de fincas. El terrateniente principal era, con diferencia, la Iglesia, pues el arzobispado de Dublín poseía abundantes terrenos. Su gran señorío de Shankill se encontraba justo al sur del castillo de Walsh: más abajo de la ciudad, había un feudo aún mayor llamado «El Santo Sepulcro», que abarcaba las tierras que antes pertenecieran a Rathmines. Pero casi todos los conventos de Dublín —y ahora había muchos de ellos— tenían fértiles fincas en la región: los monjes de la iglesia de Cristo, las monjas de Santa María, los caballeros de San Juan. El hospital de Ailred, el Peregrino, poseía dos hermosas heredades; hasta el pequeño lazareto de San Esteban contaba con unas fructíferas tierras de labranza a poca distancia de los Walsh, conocidas como Leopardstown. Algunos de los terrenos de estas fincas eclesiásticas eran cultivados directamente por los mismos religiosos, pero, por lo general, se arrendaban a granjeros. El resto del territorio estaba en manos de hombres como Walsh. «Y qué gran tranquilidad da saber que los campos de los alrededores están seguros en manos de ingleses leales», le había comentado un mercader de Dublín en una ocasión.

Walsh se preguntó si eso era cierto. Arriba, en Fingal, probablemente sí. En la región quedaban todavía algunos elementos residuales de la antigua aristocracia celta, aunque el único ejemplo que le venía a la mente era una pequeña familia llamada O’Casey. Las antiguas familias vikingas habían sido prácticamente expulsadas de Fingal. En su lugar había nombres normandos e ingleses: Plunkett y Field, Bisset y Cruise, Barnewall y los lores Talbot de Malahide. Todos eran ingleses recios; se casaban entre sí o con otras familias inglesas. Pero en todos los demás lugares, las cosas eran menos inequívocas. Si los noruegos ya no estaban en Fingal, ¿qué ocurría con el antiguo arrabal de la ribera septentrional del Liffey? La gente ahora lo llamaba Oxmantown, pero el origen del nombre, Ostmanby, el pueblo de los hombres del este, no se había olvidado.

En la zona había muchas personas de ascendencia escandinava. Y en la gran curva que describía el río al oeste y al sur de la ciudad uno encontraba lores locales con nombres que eran cualquier cosa menos ingleses. Estaban los Harold, descendientes del hijo de Ailred, el Peregrino, que eran nórdicos, lo mismo que los poderosos Archbold.

En cuanto a la familia, descendía de un antiguo rey nórdico de la ciudad, leal al justicia, sin duda, pero a cuyos miembros no podía considerarse ingleses. Y finalmente, había familias como la suya. Había un grupo de ellas en el territorio que se extendía al sur de la ciudad y que vivían en fértiles granjas fortificadas. Howell, Lawless, y las distintas ramas de la familia Walsh: sus nombres podían o no evidenciarlo, pero todas procedían de Gales. ¿Eran también ellos leales a Inglaterra? Pues claro que sí. Tenían que serlo.

A pesar de todo, en las heredades meridionales se vivía de forma muy distinta que en las que quedaban al norte de Dublín. Debido a los agrestes montes de Wicklow, que se alzaban a poca distancia y que aún estaban en manos de los antiguos clanes irlandeses, la zona era más bien una frontera. La madre de John procedía del asentamiento de Fingal y le había preocupado que a su hijo se le permitiera corretear con los niños irlandeses locales, pero su padre era de otra opinión: «Si ha de vivir junto a esas gentes, mejor que las conozca», decía de buena gana. Y conocerlas fue lo que hizo. Incluso a la heredad de los Walsh llegaban a veces arpistas o bardos que se brindaban a entretener a su padre en la sala, una oferta que este nunca rechazaba y que siempre pagaba con generosidad. En cuanto al joven John, no pasaba nunca más de un mes sin salir con los pescadores de Dalkey, el pueblo costero cercano, o sin subir a los montes de Wicklow y correr con los O’Toole y los O’Byrne. Todos sabían quién era, por supuesto; era un galés, uno de los colonizadores que les habían arrebatado las mejores tierras, pero los niños tienen licencia para ir a lugares que a los adultos les están vedados y, durante un buen número de años, el muchacho apenas fue consciente de la barrera que había entre él y sus compañeros de juego. Hablaba su lengua, vestía y montaba a pelo como ellos. En una ocasión descubrió un vínculo incluso más cercano.

Un grupo de muchachos, montados en ponis, había subido a los montes para ir hasta los lagos de Glendalough. El viejo monasterio era una sombra de lo que antaño fuera, pues el obispado se había trasladado hacía mucho a Dublín y ahora solo quedaba un puñado de monjes, pero a John le impresionó la serena belleza del lugar. Se habían detenido junto al pequeño asentamiento cercano cuando advirtió que una muchacha de cabello moreno lo estaba observando. Tendría más o menos su edad, era delgada y se le antojó muy hermosa. Estaba sentada en la hierba, comiendo una manzana, y lo estudiaba en silencio con un par de brillantes ojos verdes. Sintiéndose algo incómodo por aquella mirada fija, se acercó a ella.

—¿Qué miras? —quiso saber, aunque lo dijo en un tono completamente amistoso.

—Te miro a ti —dijo la muchacha, que dio otro mordisco a la manzana.

—¿Te conozco?

—Sé quién eres —respondió ella tras masticar unos segundos.

—¿Y quién soy?

—Eres mi primo. —Estudió con interés su cara de asombro—. Eres el galés, ¿verdad?

Él asintió.

—Yo también podría ser galesa, si quisiera —prosiguió la chica—, pero no quiero —añadió con firmeza antes de dar otro mordisco a la manzana.

A continuación, se puso en pie de repente y se marchó corriendo.

Aquella noche, cuando su padre volvió a casa, John le preguntó si aquella muchacha podía estar emparentada con ellos.

—Oh, debe de ser tu prima —su padre parecía divertido—, aunque yo nunca la he visto. Tu tío Henry era muy mujeriego y en el Leinster tienes más primos de los que imaginas. Aquí en las montañas hubo una vez una muchacha muy bonita. La chica que viste hoy debe de ser hija suya, no me cabe ninguna duda. Fue una lástima que tu tío muriera cuando lo hizo, pero lo cierto es que, a su fallecimiento, dejó un buen historial. —El hombre suspiró con afecto—. ¿Es bonita?

—Sí, lo es —respondió John, ruborizándose.

—Bien, pues es tu prima —le había confirmado su padre—. Y te diré algo más: casi todo el territorio de los alrededores, y hacia el norte hasta Dublín, pertenecía a la familia de la madre de la chica. Los llamaban los Ui Fergusa. Nosotros llevamos aquí desde los tiempos de Strongbow, cuando se nos otorgó la finca, pero tienen mucha memoria. Para los descendientes de Ui Fergusa, nosotros somos los ocupantes de sus tierras.

El recuerdo de la muchacha lo había fascinado un buen tiempo. En una ocasión había ido a Glendalough para preguntar por ella, pero le dijeron que se había trasladado a otro sitio y nunca más volvió a verla.

De hecho, al año siguiente, llegó a preguntarse si no habría muerto, porque, por aquella época, se declaró la terrible peste.

La Muerte Negra había llegado finalmente a Irlanda, lo mismo que a toda Europa. De 1347 en adelante, la peste, transmitida por las pulgas y las ratas con las que, sabiéndolo o no, los humanos siempre convivían, había asolado todo el continente. En su forma bubónica, causaba unas llagas terribles a las víctimas, y en su forma neumónica, que era todavía más mortal, atacaba los pulmones y se contagiaba de una persona a otra a través del aliento con una rapidez tremenda. Murió tal vez un tercio de la población europea y llegó a la costa oriental de Irlanda en agosto de 1348.

Los Walsh habían sido afortunados. El padre se encontraba en Dublín el día en que llegaron las noticias de que la epidemia ya estaba en la isla. Las noticias de la Gran Mortandad, como la denominaban, habían llegado un poco antes con los barcos mercantes que atracaban en el puerto, por lo que Walsh, en cuanto se enteró de que en la ciudad había ya personas afectadas de una repentina enfermedad, regresó a casa. Durante más de un mes, la familia permaneció en la granja y, al parecer, Dios debía de haber ordenado que sobrevivieran, ya que, si bien otras granjas sufrieron el azote de la peste, igual que el cercano pueblo de pescadores de Dalkey —llegaron incluso a haber muertes arriba, en Glendalough—, a ellos no los atacó.

Sin embargo, el efecto en la región de Dublín fue devastador. En la ciudad y sus arrabales quedaron calles vacías casi por completo y las fincas de la Iglesia perdieron numerosos arrendatarios. Reinaba la desolación y el desorden, como si el territorio hubiese vivido una guerra. Por eso, a la familia Walsh no le extrañó que los O’Toole y los O’Byrne de los montes de Wicklow, sabedores de la debilidad de las llanuras de abajo, empezaran a descender a fin de aprovecharse de la situación. Había ganado y pocos hombres para vigilarlo. Nadie que estuviera familiarizado con la forma de vida tradicional de los clanes se sorprendería si se producían incursiones de robo de reses.

—Llevan robándose ganado los unos a los otros desde antes de los tiempos de san Patricio, por lo que no debe asombrarnos que nos hagan extensivo ese cumplido —comentaba tranquilamente el padre de John.

Para el joven John, y suponía que también para su padre, había cierta emoción en la perspectiva de una incursión tal, así como en la persecución y la posibilidad de una pequeña escaramuza con gentes que, con toda probabilidad, ya conocía. Eso formaba parte de la vida fronteriza; sin embargo, el justicia real de Dublín veía las cosas de una forma más pesimista. Para él, y para los ciudadanos de Dublín, había que deplorar aquellas muestras de desorden y debían afrontarlas con firmeza. Se necesitaban fortificaciones. Por este motivo, el castillo de Carrickmines —que había estado abandonado durante muchos años— fue reparado y reforzado; de hecho, al padre de John Walsh se le pidió que dejara su heredad y que ocupara el castillo como señor del lugar. «Necesitamos a un hombre bueno y digno de confianza», le había dicho el justicia. El joven John apenas se había dado cuenta de que aquel cambio también representaba un ascenso social para su padre. A los ojos de los representantes reales de Dublín, él era ahora uno de los oficiales del Rey, un caballero más que un granjero, más próximo al estatus de su antepasado, Peter FitzDavid, al que antaño se le concediera la tierra.

Y fue un pequeño incidente de aquella época lo que le enseñó lo que significaba todo eso para su propia identidad.

La familia solo llevaba unos meses instalada en el castillo cuando se presentó un oficial de Dublín a lomos de un caballo. Era una hermosa mañana y el joven John había decidido acercarse a visitar a uno de sus primos Walsh en una granja vecina. Como era habitual cuando se movía por la zona, vestía solo una camisa y una túnica, llevaba las piernas desnudas y montaba su caballito a pelo, de modo que podría haber pasado por uno de los jóvenes O’Byrne.

El hombre procedente de Dublín iba tan elegantemente ataviado como cualquier caballero inglés y John lo observó, no sin admiración. Cuando el hombre se acercó a la puerta del castillo, miró a John y le preguntó lacónicamente si Walsh estaba dentro.

—¿Quién debo decirle que lo busca? —inquirió el muchacho.

El caballero frunció el entrecejo. No sabía si aquel joven que tenía delante pertenecía al castillo o no. Y con la intención de serle de ayuda, explicó:

—Soy John Walsh, su hijo.

No había esperado ninguna respuesta concreta a aquella afirmación, por lo que le sorprendió en grado sumo lo que sucedió a continuación. En vez de limitarse a asentir, el caballero lo miró boquiabierto.

—¿Eres hijo de Walsh? ¿De Walsh, el guardián de este castillo? —Una expresión de repugnancia cruzó su rostro—. ¿Y tu padre te deja salir a cabalgar así?

John se miró las piernas desnudas y el lomo sin silla del caballo. Ya le había quedado claro que aquel joven caballero debía de ser un recién llegado, miembro de una compañía que había venido de Inglaterra hacía poco a fin de ayudar al justicia de Dublín. A pesar de todo, bajo la desdeñosa mirada del noble, John se sintió algo avergonzado.

—Solo iba a una granja vecina —dijo, poniéndose a la defensiva.

—¡Dios mío, hombre! —gritó el caballero—. ¡No tendrías que vestir como un nativo! —Al ver que el muchacho parecía confundido, le dijo en tono cortante—: Aséate.

Acto seguido, siguió cabalgando para cruzar la puerta del castillo.

Al principio, John había tenido la intención de continuar viaje, pero solo había recorrido cincuenta pasos cuando se detuvo y regresó. El caballero se había comportado de una forma muy ruda —era evidente que sabía muy poco de Irlanda—, pero a John no le gustaba que se mofara de él un hombre que, al fin y al cabo, era de los suyos. Por tanto, al cabo de poco se presentó en los aposentos de su madre donde le cepillaron vigorosamente el cabello, se puso una camisa limpia de color blanco y se calzó unas botas de cuero. Cuando el caballero se disponía a marcharse, se encontró en el patio con un joven que podía haber sido el apuesto escudero de cualquier castillo inglés.

—Mucho mejor —comentó con concisión al pasar junto a él y, tras haber montado, le indicó con una seña que lo acompañara al otro lado de la puerta.

Cuando salieron, detuvo el caballo y señaló los fértiles pastizales que se extendían ante ellos:

—Dime una cosa, joven Walsh —murmuró en un tono más amistoso—. ¿Quieres conservar la posesión de esta tierra?

—Sí —respondió John.

—Entonces, será mejor que aprendas que la única manera de hacerlo es recordar siempre que eres inglés. —Y con ese breve consejo, se alejó.

Ahora, veinte años después, en la muralla del castillo, Walsh no habría discrepado de la valoración que había hecho el caballero. De una forma u otra, el dominio del rey de Inglaterra se extendía por diversas partes de Irlanda, pero, desde los primeros días de la expansión colonial del tiempo de Enrique II y de su hijo, se había producido una retirada gradual. La isla estaba ahora dividida entre los nativos irlandeses y los colonizadores en un vasto mosaico de territorios que se componían de una serie de viviendas y establos. Las autoridades inglesas estaban a la defensiva, no solo contra los clanes gobernantes irlandeses, sino también contra algunos de los colonos que, después de cinco o seis generaciones en las tierras fronterizas, se habían vuelto como los jefes irlandeses y eran casi tan difíciles de controlar como ellos. Cuando los administradores ingleses de Dublín observaban el mundo lleno de incertidumbres que los rodeaba, solo podían sacar una conclusión: «Tenemos que endurecer la columna vertebral de los nuestros, poner un poco de orden inglés o este lugar degenerará en un caos. Hemos de recordar a nuestros colonos que son ingleses».

¿Qué significaba ser inglés? Estaba la cuestión de la indumentaria, por supuesto. Uno no salía por ahí con las piernas al aire o montaba a pelo. Uno no permitía que su esposa llevara un chal de brillante color azafrán como las irlandesas. Uno no hablaba irlandés como no fuera con los nativos. Se debía hablar inglés. Walsh recordó que, en tiempos de su abuelo, un caballero hablaba francés normando y era la lengua que todavía se usaba en los procedimientos judiciales más formales, pero, si ahora uno bajaba a Dublín, los mercaderes y los oficiales reales hablaban el inglés afrancesado habitual de lugares como Bristol o Londres. Y, por encima de todo, uno no debía casarse con una mujer irlandesa. «Solo casarte con ellas y comienzan los problemas», le había dicho un pariente de Fingal.

De hecho, el Gobierno inglés se había obsesionado tanto con aquella cuestión, que cuatro años antes, en una sesión parlamentaria celebrada en la ciudad de Kilkenny, se había promulgado una serie de estatutos que declaraban ilegales aquellos matrimonios entre miembros de comunidades distintas.

En el ámbito privado, a Walsh el estatuto de Kilkenny no lo había sorprendido. Los colonos llevaban casándose con las irlandesas desde que Strongbow obtuviera por primera vez el Leinster mediante su matrimonio con la hija del rey Dermot, igual que en otros tiempos los irlandeses y los escandinavos se habían casado entre sí. Aquel intento de segregar a las comunidades en mundos separados podía resultar factible, pero Walsh creía que denotaba pánico. Las leyes que no podían ponerse en práctica no eran buenas leyes.

Pero aun cuando no pensara demasiado en el asunto a una escala más general, Walsh comprendió perfectamente lo que significaba ser inglés allí, en aquella ubicación. Significaba proteger de los O’Byrne sus tierras de cultivo y las de sus vecinos.

La situación era tranquila casi siempre, todo hay que decirlo, pero de vez en cuando las cosas se ponían interesantes. Diez años atrás, el jefe de los O’Byrne de ese momento, un hombre más que ambicioso, había descendido con un gran ejército y había rodeado el castillo. «¿Creéis que podréis mantener la heredad, si me la arrebatáis?», les había gritado desde la muralla, pero solo había recibido una lluvia de proyectiles como respuesta. El asedio se prolongó varios días, hasta que el justicia —el conde de Ormond— había salido de Dublín con un gran grupo de caballeros y había ahuyentado a los invasores. «Personalmente, creo que lo único que hace O’Byrne es jugar. Intentará convertirse en una molestia, a ver lo que puede sacar del justicia», le dijo Walsh a su esposa. Y cuando unos meses más tarde, O’Byrne llegó a un acuerdo con Ormond y corrieron aquellas noticias tan extraordinarias: «A ese hombre asilvestrado de las montañas se le ha concedido el título de caballero», Walsh se rió hasta que se le saltaron las lágrimas. Pese a ello, las murallas fueron reforzadas de nuevo y de vez en cuando se habían estacionado allí tropas de caballería. Después, el ambiente se había mantenido tranquilo durante diez años, pero la verdad subyacente a la situación seguía siendo la misma: las heredades al sur de Dublín eran seguras porque el castillo las protegía, y el castillo estaba allí porque los ingleses gobernaban Dublín.

Como le había indicado hacía poco a uno de sus primos: «El rey inglés nos dio las tierras y el estatus. También puede quitárnoslo». Sí, pensó John Walsh, eso era, en definitiva, lo que significaba ser inglés.

¿Qué demonios hacía aquella muchacha? En el lado oriental de la pequeña planicie donde se asentaba el castillo se alzaba la alta joroba del promontorio meridional que ocultaba de su vista el pueblo pescador de Dalkey.

Aproximadamente, a un kilómetro de distancia, con el promontorio como magnífico telón de fondo, Walsh había montado una gran conejera. Aquélla era otra de las útiles costumbres que los colonos habían traído consigo. La conejera le proporcionaba un suministro continuado de carne y pieles. Y era junto a la conejera desde donde acechaba la muchacha. ¿Tenía la intención de robar unos conejos?

Sabía quién era, por supuesto. Se trataba de la hija de aquella hermosa prima de cabello moreno que vivía en las montañas. Su prima se había casado con uno de los O’Byrne, según había oído decir unos años atrás. Aquella niñita guardaba un extraordinario parecido con ella. Los mismos ojos verdes y brillantes. Walsh esbozó una sonrisa. Si hurtaba un conejo, fingiría que no lo había visto. En otra ocasión, meses atrás, la había encontrado una vez acechando en sus tierras, y poco después había perdido unas cabezas de ganado. Aquél era un asunto más serio.

Entonces, le vino a la mente otro pensamiento y frunció el entrecejo. Hacía poco habían surgido conflictos en el Munster, y las autoridades de Dublín, preocupadas, habían llegado a enviar tropas. Ahora había un nuevo jefe O’Byrne, y al ver que las fuerzas inglesas estaban ocupadas en otro lugar, había aprovechado la oportunidad para intentar apoderarse de algunos pequeños fuertes a lo largo de la costa. Era arriesgado, pero Walsh imaginó que el jefe irlandés probablemente lo conseguiría, al menos de momento. ¿Era aquello el preludio de un nuevo ataque a Carrickmines? En opinión de Walsh, el asalto sería una acción imprudente. Los habitantes de Dublín ya se habían puesto nerviosos. Hacía un par de semanas, habían enviado un escuadrón de caballería para que acampara en Dalkey, en caso de que trataran de escabullirse siguiendo la costa hacia el norte. A la primera señal de problemas, desde las montañas, más escuadrones se pondrían de camino a Carrickmines, y eso sin tener en cuenta el hecho de que el lugar era ahora demasiado sólido para que O’Byrne pudiera entrar en él. Con todo, uno nunca podía estar completamente seguro de ello. ¿Era posible que su primita acechara junto a la conejera por un motivo más siniestro? ¿Vigilaba para saber si había tropas? ¿Inspeccionaba el estado de las murallas y de la puerta del castillo? De ser así, no se había ocultado demasiado bien. Walsh lamentaría que aquella joven allegada fuese descuidada en aquel aspecto.

¿O tal vez ocurría otra cosa? Estudió las pendientes de los montes. ¿Estaban ya allí arriba, esperando para bajar cuando la niña corriera de regreso o les hiciera una señal? Inspeccionó las montañas. No le pareció que fuera así. La chica comenzaba a moverse. ¿Qué dirección tomaría?

El halcón que estaba posado en su muñeca empezaba a inquietarse de nuevo. Con un único movimiento de la mano, lo soltó y contempló cómo se elevaba, magnífico y vigilante, en el cielo de aquella mañana estival.

Tom iba camino de la iglesia cuando se cruzó con ella. Normalmente acudía allí cada tarde, pero aquel día lo hacía con una hora de retraso, pues uno de los pescadores había insistido en hablar con él hasta mucho después de que, valle abajo, sonara el ángelus.

Era una cosita pequeña y bonita, con una larga melena negra. No la había visto hasta entonces. La muchacha estaba holgazaneando a la vera del camino que cruzaba los pastos comunales desde la orilla. Cuando pasó junto a ella, la chica lo miró con unos extrañísimos ojos verdes.

Tom Tidy era un hombre menudo. El bigote rubio y la barba puntiaguda formaban un pequeño triangulo con la inclinación de sus hombros echados hacia delante. Destilaba una serena determinación, aunque también una pizca de melancolía, como si Dios le hubiera impuesto la tarea de labrar un surco que, al parecer, no tenía fin. Quizá Tom Tidy no fuera un individuo impresionante, pero uno siempre podía confiar en él. Todo el mundo lo decía. Precisamente el otro día, mientras pagaba el arrendamiento en la oficina diocesana, el propio arzobispo había entrado y había dicho: «Si hay un hombre en el que puedo confiar, maese Tidy, ese sois vos». Lo había llamado «maese Tidy», un título de respeto que lo hizo sonrojar de orgullo.

Cuando vivía en el suburbio meridional de Dublín, Tom Tidy iba cada día a la iglesia. Después de que sus hijos se casaran y de la muerte de su esposa, con la que había convivido treinta años, le apeteció un cambio; entonces, el administrador del arzobispo, que buscaba inquilinos dignos de confianza, le había ofrecido unas condiciones muy buenas para que se mudara al pueblo pescador de Dalkey.

Dalkey era un lugar agradable. Situado en un resalte llano de terreno baldío, entre la alta joroba del promontorio meridional de la bahía y el mar, consistía en una sola calle con una pequeña iglesia y parcelas de terreno con viviendas y huertas. Aquellas casas eran denominadas domicilios. La parcela de Tom Tidy era de un tamaño medio, treinta metros por cuarenta, pero también tenía derecho a varios espacios en el campo comunal de detrás de las parcelas y a llevar sus reses a los pastos comunes que estaban en el lado de mar. Las parcelas que componían la población eran conocidas como burgos, y los dueños de tales propiedades en los núcleos habitados —a diferencia de los campesinos y de los siervos que moraban en cabañas más pequeñas— eran ciudadanos libres conocidos como burgueses.

Dalkey era una población diminuta, no tenía carta de privilegios propia y formaba parte de una de las grandes fincas del arzobispo. Éste era el señor feudal y su administrador recaudaba las rentas de las tierras, la tasa sobre las capturas de los pescadores y otros tributos. Para casi todos los delitos, los habitantes tenían que comparecer ante el tribunal del obispo, para el que su administrador elegía a los jurados. En resumidas cuentas, el asentamiento irlandés de Dalkey estaba organizado a la manera típicamente inglesa.

Tom Tidy pagaba tres chelines al año por el alquiler de su tierra, que ocupaba poco más de media fanega. Desde esta base, gestionaba un pequeño negocio de transporte, llevando suministros del pequeño puerto a las granjas locales o a Dublín. Su domicilio era uno de los más grandes. La vivienda, con techumbre de bálago, era modesta, pero detrás de ella había un patio de considerable tamaño que albergaba un largo establo en el que guardaba varios vehículos: la carreta del pescado, un carro grande para los toneles de vino y los barriles de sal y otro para balas de tela y pieles. También elaboraba cerveza que vendía en la localidad y por la que tenía que pagar un impuesto al administrador por cada calderada que fabricaba. Los negocios eran ocasionales. Algunos días trabajaba; otros, no. Al viudo Tom, el ritmo pausado de Dalkey le sentaba de maravilla.

En Dalkey había treinta y nueve burgos, aunque, como algunos de ellos se habían unido, el número de burgueses era menor. La mayor parte de burgueses, sin embargo, no vivía en Dalkey. Los propietarios y mercaderes de Dublín alquilaban los burgos y luego los subarrendaban, divididos a menudo en parcelas menores, a individuos de menor rango. Tom Tidy, por tanto, era una de las personas más importantes del lugar. De hecho, como el cargo de magistrado estaba vacante en aquel momento, el administrador le dijo: «Aunque no llevas en Dalkey demasiado tiempo, estamos pensando nombrarte para el puesto».

Lo que había dado a Dalkey el nombre era la costa. A cierta distancia de la playa, una pequeña isla y una línea de rocas habían sugerido el nombre celta de Deilginis —que significaba la isla de la Espina o de la Daga—, que más tarde los colonos vikingos habían convertido en Dalkey. Allí no llegaba ningún gran río procedente del interior, por lo que la mayor parte de su existencia había sido una aldea de pescadores; sin embargo, en tiempos más recientes, Dalkey había adquirido una importancia nueva.

Los bancos de arena y las llanuras mareales del estuario del Liffey siempre habían sido peligrosos para los barcos, pero, desde los tiempos de los vikingos, las actividades del puerto habían contribuido a la acumulación de cieno en el río. Con sus amplios baos y su mayor calado, a los achaparrados cogs medievales les resultaba ahora más difícil navegar por los bajíos de Dublín, aunque con mucha frecuencia alquilaban pilotos de la ciudad para que los guiaran. Cerca había otras abras de aguas más profundas. El pequeño puerto de Howth, en la península septentrional de la bahía, era una de ellas; la otra era Dalkey, más abajo del extremo meridional de la rada. La isla actuaba de rompeolas natural que protegía a los barcos que entraban, y el lugar tenía unas excelentes aguas profundas, de unas ocho brazas, incluso con la marea baja. Los barcos mercantes de gran calado descargaban allí, a veces toda la carga, a veces justo la necesaria para aligerar el barco y poder salvar los bajíos de Dublín. En cualquier caso, el puerto implicaba trabajo para los habitantes del asentamiento, entre ellos Tom Tidy.

Después de dejar atrás a la muchacha, Tom Tidy siguió caminando unos pasos y se detuvo. En aquel momento, no había ningún barco en el pequeño puerto. Los botes de pesca habían salido todos. Entonces, ¿por qué la joven venía del agua? Allí abajo no había nada que ver. ¿Qué se traería entre manos? Se volvió para mirarla otra vez, pero se había esfumado.

La pequeña iglesia de piedra de San Begnet se alzaba en el extremo septentrional de la calle. Junto a ella había un camposanto y la vivienda del párroco. El último párroco había muerto aquella primavera y se había nombrado cura temporal al sacerdote de otra parroquia, que acudía los domingos a oficiar la misa. Por otra parte, a Tom le habían confiado las llaves, tanto de la iglesia, que cerraba cada noche, como de la casa parroquial, que, en aquel momento, estaba siendo utilizada por el oficial del escuadrón visitante, cuyos hombres habían acampado en el jardín trasero. Dos de estos hombres estaban siempre apostados en la orilla, vigilando la llegada de los O’Byrne o de cualquier barco que pudiera trasladarlos.

Tom entró en la iglesia y, tras una genuflexión, se abrió paso hasta el altar, cruzó al otro lado de una celosía de madera y se arrodilló a rezar en un reclinatorio situado en aquel lugar íntimo y recogido. Pasó varios minutos perdido en el mundo de la plegaria y apenas oyó que se abría la puerta de la iglesia. Tampoco alzó la cabeza. Si había entrado alguien que acudía a orar en el silencio de aquella pequeña nave, no deseaba molestarlo y se quedó donde estaba. Al cabo de pocos minutos, oyó el leve roce de unos zapatos de cuero en el suelo, pero debido a la celosía no podía ver quién era y presumiblemente tampoco lo veían a él. Entonces oyó una voz.

—He intentado encontrarte en el muelle.

—¿Viste a los centinelas?

—Claro.

La primera voz parecía la de una muchacha y la otra pertenecía a un hombre. Hablaban en irlandés, pero él los comprendía bien.

—¿Tienes un mensaje de O’Byrne para mí?

—Sí. No vendrá a Dalkey —dijo la muchacha.

—Comprendo. Y si no viene a Dalkey, ¿adónde irá?

—A Carrickmines.

—¿Cuándo?

—Dentro de una semana, cuando no haya luna. Será entonces. Con la oscuridad. Hacia medianoche.

—Estaremos preparados. Díselo.

De nuevo sonaron pasos en el suelo y se abrió la puerta para volver a cerrarse enseguida.

Tom se quedó muy quieto. Tan pronto oyó el nombre O’Byrne sintió una punzada de pánico frío. Uno nunca sabía qué podía estar tramando esa gente y, según cómo, mejor no saberlo. Los que se enteraban de demasiadas cosas, los que podían convertirse en informadores, tenían una manera de desaparecer muy extraña. Diez años atrás, recordó, un individuo de Dalkey se había enterado de que se estaba cociendo algo y había informado a las autoridades. Como resultado, uno de los O’Byrne había muerto y, una semana después, habían sacado del mar el cadáver del informante. Lo habían decapitado.

Mientras le llegaba el resto de la conversación, deseó poder meterse bajo tierra. Si ellos —quienesquiera que fuesen— se adentraban más en la iglesia y lo descubrían, ¿qué harían? Era presa del pánico y tenía la frente bañada de sudor. Incluso después de que la puerta se cerrara y la iglesia recuperase el silencio, seguía temblando. Permaneció allí muy quieto, aún arrodillado, escuchando.

Al cabo de un rato, sin embargo, asomó la cabeza con cautela al otro lado de la celosía. El recinto estaba vacío. Se puso en pie, se dirigió a la puerta y la abrió despacio. No había nadie a la vista. Salió y buscó alguna indicación de la pareja que había hablado en el santuario. Parecían haberse esfumado. No estaban en el patio ni los vio en la calle cuando llegó a ella. Volvió atrás para cerrar la puerta de la iglesia y se encaminó hacia casa. Siguió sin verlos.

Estaba en mitad de la calle cuando, mirando el sendero que cruzaba las tierras comunales en dirección al sur, divisó a la muchacha. Corría como un cervatillo y la larga melena ondeaba a su espalda. Era ella, seguro, la mensajera, corriendo hacia O’Byrne. Sintió el repentino y estúpido impulso de correr tras la joven, pero advirtió que era inútil. Miró alrededor en busca de su acompañante, pero no lo vio. Debía de ser un habitante de Dalkey, pero ¿quién? ¿Estaba el hombre allí, observándolo en aquel mismo momento, desde alguna de las viviendas?

Tom Tidy siguió caminando despacio y con cautela. Cuando llegó a casa, se ocupó de su carro de seis caballos. Después de haber alimentado a los animales y haberlos encerrado en el establo para la noche, entró en la casa, sacó un pastel de carne de la despensa, cortó una gran porción y lo sirvió en un plato de madera que depositó en la mesa. Vertió cerveza de la jarra en un vaso de loza y se sentó a comer. Y a pensar. Aquella noche, no salió de su domicilio.

A la mañana siguiente, Tom Tidy se levantó con el alba y se puso a trabajar en el patio, al lado del granero. Era un carpintero pasable y había decidido hacer una puerta de cola nueva para su carro de pescado. Eligió la madera y trabajó en silencio durante más de dos horas hasta que la tuvo cortada a su satisfacción. Nadie fue a molestarlo.

La noche anterior había cavilado intensamente sobre el asunto que lo inquietaba y ahora lo revisó con calma. Tom Tidy era una persona leal que sabía cuál era su deber, pero no era un estúpido. Tenía que transmitir la peligrosa información que había llegado a sus oídos, pero si descubrían que lo había hecho él su vida correría peligro. ¿Cómo iba, pues, a transmitirla? ¿Y a quién? Lo más natural sería informar de ello al oficial que estaba al mando del escuadrón, pero se hallaba demasiado cerca de casa. El pueblo notaría enseguida si los soldados daban muestras de estar enterados de los hechos y, quienquiera que hubiese estado en la iglesia con la muchacha, probablemente adivinaría que había sido Tom el que los había delatado. También estaba el administrador de la finca del arzobispo, pero siempre se le había antojado un hombre indiscreto. Si se lo decía a él, al cabo de poco lo sabría toda la región. Lo más prudente, decidió, sería hablar con alguien de Dublín, pero aquello requeriría una cuidadosa planificación. ¿Quién era poderoso a la par que discreto? ¿Quién lo protegería? ¿En quién podía confiar? No lo sabía.

Cuando terminó la puerta del carro, Tom Tidy guardó las herramientas, salió de la casa y recorrió la calle, mirando las viviendas de la derecha y de la izquierda. La brisa que soplaba del puerto traía consigo un aroma intenso y salado que resultaba agradable y vigorizante. Había llegado la hora de pedir consejo.

Mientras que los burgueses que habían arrendado las tierras de Dalkey eran de la alta nobleza o procedían de familias de Dublín como los Dawe y los Stackpool, los inquilinos que realmente las ocupaban eran de lo más variopinto. En algunas de las familias de pescadores había individuos pelirrojos y corpulentos de origen irlandés y vikingo a la vez. Otros eran burgueses y pequeños propietarios ingleses que habían llegado a Irlanda en las décadas que siguieron a la invasión de Strongbow, hombres con apellidos como Fox y Whote, Kendal y Crump. Casi todos llevaban allí un par de generaciones y ya no se les distinguía de sus convecinos irlandeses y nórdicos. Fuese como fuere, a la hora de buscar consejo, Tom prescindió de todos ellos.

La casa a la que finalmente acudió era distinta de todas las demás. En realidad, parecía un pequeño castillo. La casa principal, aunque no mucho más grande que las de techumbre de bálago a dos aguas de los vecinos, tenía tres plantas de altura, era de planta cuadrada y estaba construida en piedra. Aquella vivienda fortificada pertenecía a Doyle, un destacado mercader de Dublín, que la utilizaba como almacén de mercancías. Y era el hombre que vivía en la casa y trabajaba para Doyle a quien Tom iba a ver. Era buen amigo suyo y la única persona de Dalkey en quien podía confiar.

Nadie se sorprendería de verlo entrar allí. Tom y Michael MacGowan eran amigos desde que el primero llegara a la población. Pese a la diferencia de edad, tenían mucho en común. Ambos eran naturales de Dublín. El hermano de MacGowan era un reputado artesano de la ciudad. A él, Doyle lo había contratado como aprendiz, y ahora, con veinticuatro años, llevaba más de cinco cuidando del almacén de su patrón. La muchacha a la que cortejaba en Dublín estaría muy contenta de mudarse a Dalkey si se casaban, por lo que probablemente se quedaría mucho tiempo en la población. Tom Tidy lo consideraba un joven formal y con la cabeza sobre los hombros. Podía confiar en su discreción.

Encontró a MacGowan en el patio. Se trataba de un hombre menudo, moreno, con una buena mata de pelo negro y una cara que parecía observar el mundo con cierta ironía. Saludó a Tom y, cuando este le indicó que quería hablarle, lo llevó a un par de bancos situados bajo un manzano. Tom le explicó lo ocurrido y el problema en que se encontraba. Su amigo lo escuchó atentamente.

Cuando pensaba, Michael MacGowan hacía un gesto muy peculiar. Echaba la cabeza hacia atrás, cerraba un ojo y abría el otro por completo bajo una ceja enarcada. En esta ocasión, mirando hacia el cielo, a Tom le pareció que el ojo abierto de MacGowan se había hecho casi tan grande como una de las manzanas maduras del árbol. Cuando Tom terminó, su amigo permaneció en silencio, pero no por mucho rato.

—¿Me pides consejo acerca de lo que debes hacer?

—Sí.

—Pues creo que no deberías hacer nada. No se lo digas a nadie, olvídate de lo que has oído. —MacGowan volvió el ojo abierto hacia su amigo y le dirigió una desconcertante mirada—. En ello hay peligro, Tom Tidy.

—He pensado que tal vez Doyle… Creía que dirías que se lo contáramos a él.

El gran mercader que poseía aquella casa fortificada no solo era uno de los fundadores de la población, sino que también tenía una reputación pasmosa y era amigo personal del justicia.

Una de las razones de la popularidad de Dalkey como puerto de desembarque se debía a que allí se ahorraban las tasas de aduanas que pagaban todos los productos que entraban en el muelle de Dublín. Se trataba de unos impuestos considerables. El mercader que los evitase aumentaba sus beneficios en una tercera parte. Para evadir a los inspectores de aduanas sin demasiada dificultad, llevaban la mercancía desde Dalkey en una barcaza, siguiendo la costa, o por tierra en una carreta. El problema había causado cierta irritación en el Gobierno.

Cuando se sugirió a los oficiales reales de Dublín que nombrasen administrador marítimo de Dalkey a Doyle, les pareció una buena solución al problema. Y de hecho, desde que ocupaba el cargo, de aquel pequeño puerto procedía un goteo constante de ingresos. Allí abajo nadie se atrevería a hacer nada a espaldas de Doyle. Su influencia era mucha, por lo que no resultaba extraño que Tom Tidy hubiera pensado en el poderoso mercader como posible solución a su problema.

—Dicen que guarda los secretos y que es audaz y poderoso a la vez —se aventuró a decir.

—Tú no lo conoces, Tom. —MacGowan sacudió la cabeza—. Doyle es un hombre riguroso. Si se lo decimos, ¿sabes qué ocurrirá? Pues que se asegurará de que O’Byrne y sus amigos caigan en la trampa que les tenderá para matarlos a todos. Y se enorgullecerá de ello. Le dirá a todo el mundo en Dublín que lo ha hecho él. ¿Y en qué situación crees que me dejará esto a mí, aquí en Dalkey? Los O’Byrne son un clan muy numeroso, Tom. Vendrán a por mí. Y no bien descubran cómo ha sucedido todo, te matarán a ti también, puedes estar seguro de eso. Ni Doyle podría evitarlo aunque lo intentara, algo que seguramente no haría —añadió en tono sombrío.

—¿Quieres decir que no debo hacer nada para salvar a los Walsh y a su gente de Carrickmines?

—Que los protejan sus murallas.

Tom asintió con tristeza. Lo que había dicho MacGowan era muy cruel, pero lo comprendió. Se puso en pie para marcharse.

—Tom.

La voz de MacGowan denotaba ansiedad. Miraba a su amigo con un solo ojo, el ojo de una criatura que hubiera caído en una trampa y sufriese.

—¿Sí?

—Tom, hagas lo que hagas, no se lo digas a Doyle. ¿Me lo prometes?

Tidy asintió y se marchó, pero mientras MacGowan lo veía caminar hacia la puerta, pensó: «Te conozco, Tom Tidy, y conozco tu sentido del deber. Vas a buscar a alguien a quien contárselo».

No había ninguna duda acerca de las buenas intenciones del individuo. Cuando Tom Tidy se presentó en casa de Harold con un carro lleno de mercancías y pidió entrevistarse con él, Harold lo miró con cierta admiración. Era una treta inteligente para evitar sospechas y él había comprado de buen grado unas cuantas provisiones útiles para brindarle a Tidy la coartada que necesitaba.

—Has hecho lo correcto —le dijo al transportista, cuando se enteró de la razón de su visita— y has acudido a la persona adecuada.

Tidy estaba en lo cierto al pensar que Harold era un hombre digno de confianza, a la par que discreto. No había en Irlanda ningún defensor más acérrimo del dominio inglés que Robert Harold. Habían transcurrido dos siglos desde que su antepasado Harold regresara junto a su padre, Ailred, el Peregrino. En esa época, la familia llegó a ser conocida como los Harold, y como los Harold prosperaron. Habían adquirido una gran extensión de tierra que comenzaba al sur de Dublín, en un lugar llamado la Cruz de Harold y que se extendía hacia el sudoeste a lo largo de la frontera del territorio de la ciudad, a través de la Marca, como los ingleses la llamaban, más allá de la cual, el gobierno de la Corona era, en aquellos tiempos, inestable. Las familias de la Marca, como los Harold, con sus fanegas, sus casas fortificadas y sus hombres armados, eran importantes a la hora de mantener el orden inglés establecido en aquella parte de la isla.

Habían pasado diez años desde que lo nombraran jefe de su familia. Algunas de las familias de la Marca, como los clanes célticos, habían decidido elegir al jefe de la familia mediante una votación. En ocasiones, invitaban incluso a otras familias o a una figura de importancia, como el arzobispo, para que las ayudaran a elegir. Que los Harold hubieran hecho aquello era una prueba más de su determinación de contar con un liderazgo potente en momentos difíciles.

Robert Harold no era alto, sino de mediana estatura. Sus cabellos habían encanecido cuando todavía era muy joven. Sus ojos, que eran de un sorprendente azul nórdico, solían tener una expresión dulce, pero podían endurecer de repente y, cuando lo hacían, quien lo hubiera contrariado descubría su crueldad. Harold había demostrado ser un líder eficaz, cauteloso pero fuerte.

Mientras Tidy se lo contaba todo —su encuentro con la muchacha y la conversación de esta con un hombre al que no había visto en la iglesia—, Harold lo estudió con atención. Era obvio que el individuo estaba de lo más nervioso. Una y otra vez, Tom insistió en que había recurrido a él y no al administrador del arzobispo o a los hombres del justicia para que nadie de Dublín lo relacionara con aquel asunto. «No reveles de dónde has sacado esta información», le suplicó. Harold lo tranquilizó hasta cierto punto. No veía razón para que hubiese que mencionar a Tidy por su nombre.

A veces, Harold pensaba que él era prácticamente la única persona que sabía lo que sucedía en Irlanda. Si había otra, tenía que ser el justicia. Tal vez también tuvieran algún conocimiento los contables de la Real Hacienda, pero algunos de los nobles de su clase, como Walsh de Carrickmines, no eran capaces de comprender lo serio que era el caso. En privado, los consideraba débiles.

La crisis había comenzado cuando su padre era niño. En el transcurso de los acontecimientos, dos factores habían señalado el declive. Había habido varios años de malas cosechas y hambrunas. Aquello no había contribuido a mejorar la situación. Además, no cabía olvidar la guerra entre los ingleses y los escoceses. El rey Eduardo I, conocido popularmente como el Zancudo, por sus largas piernas, o como el Martillo de los escoceses, tal vez hubiese vencido a Wallace, el héroe escocés, pero después, los escoceses habían atacado de nuevo. Roberto Bruce y su hermano Eduardo habían derrotado a la armada inglesa en Bannockburn y aquello había dado un vigor nuevo a los escoceses. No era de extrañar, pues, que los grandes clanes irlandeses hubiesen empezado a preguntarse si no podrían ellos también librarse del yugo inglés. Finalmente, llegaron a un acuerdo: los O’Connor y los O’Neill se aliaron con Eduardo Bruce, que había llevado a Irlanda un gran ejército de escoceses. «De ese modo, presentaremos batalla a los ingleses en dos frentes, y tal vez consigamos expulsarlos de Irlanda y de Escocia a la vez», decidieron. Si lo lograban, los jefes irlandeses habían prometido a Eduardo Bruce el trono de rey supremo.

¿Podrían haberlo logrado? Posiblemente. Bruce y sus aliados habían hecho una gran exhibición en el norte y luego habían avanzado casi hasta las murallas de Dublín, pero los dublineses los habían dejado fuera y el resto de Irlanda no había conseguido sublevarse con ellos. Era el viejo problema irlandés: en la isla no había unidad. Los antiguos y poderosos O’Neill descubrieron que solo contaban con el apoyo de sus amigos. Bruce no tardó mucho en morir asesinado y el renacimiento militar céltico se debilitó.

Y sin embargo, algo había cambiado. Para empezar, Irlanda era más pobre. Los colonos ingleses iban menos a la isla, algunos incluso comenzaban a marcharse de ella, y el Gobierno inglés invertía menos. La Peste Negra solo había hecho que empeorara una tendencia ya existente. Cuando Robert Harold llegó a la edad adulta, Inglaterra y Francia estaban enzarzadas en aquel conflicto interminable conocido como la guerra de los Cien Años y el monarca inglés tenía pocos proyectos para Irlanda, excepto obtener todo el dinero que pudiera darle y que, con cada década que pasaba, era menor en la cuantía. Por lo que Harold sabía, el rey de Inglaterra ahora solo recibía unas dos mil libras anuales de Irlanda, cuando en tiempos del Zancudo era el triple de esa cantidad. El Rey mandó a sus justicias, a sus sirvientes reales y, en una ocasión, incluso a su hijo, pero el interés real por la isla se había enfriado bastante.

Hacía unos años, los oficiales de la Real Hacienda habían levantado el campamento y en un ataque de pánico se habían retirado a una plaza fuerte de Carlow, ya que habían supuesto, erróneamente, que Dublín no era seguro. Era la suerte de cobardía y debilidad mental que Harold más despreciaba. No tenía demasiada confianza en los hombres del Rey.

«Si los ingleses quieren mantener el orden en Irlanda, han de hacerlo ellos mismos», solía decir Harold. Tenían sus propios parlamentos, los cuales gozaban de un considerable poder, y que a menudo se reunían en Dublín. «Pero carecemos de líderes. Ese es el problema», añadía.

Y no solo fue la Corona la que sufrió. Muchos grandes señores con fincas tanto en Inglaterra como en Irlanda habían decidido que la isla occidental, con su desafecta población nativa, no merecía que malgastaran esfuerzos y dejaron las heredades irlandesas en manos de sus administradores, instalándose al otro lado del mar. E igual de perjudicial fue que las grandes fincas feudales, como la inmensa propiedad del mismísimo Strongbow, se dividiera entre los herederos y, en generaciones posteriores, se dividiese otra vez. Así, los grandes señores que habían formado un baluarte contra las fuerzas del desorden habían, en gran parte, desaparecido. Al reconocer esta debilidad, el rey inglés había tomado una importante medida: había creado tres grandes condados que solo podían legarse, sin subdivisiones, por la línea masculina. El condado de Ormond se lo dio a la poderosa familia Butler y los condados de Kildare y de Desmond fueron a parar a las dos ramas de los Fitzgerald, que habían llegado con Strongbow. Estos condados dominaban regiones que se hallaban más allá de los territorios que controlaba el rey de Dublín, pero, aunque tenían poder suficiente para imponer el orden inglés en grandes zonas del interior de la isla, eran más como reyes celtas que como nobles ingleses, y los jefes irlandeses los trataban como tales. Tenían intereses en toda la isla. Harold sospechaba que si el dominio inglés se desmoronaba alguna vez en Irlanda, los grandes condes seguirían allí, junto a los monarcas irlandeses.

No, mantener el orden inglés, si no en toda Irlanda al menos en el amplio arco de territorios costeros de los aledaños de Dublín, era asunto de la nobleza, de hombres como él. La casa solariega, la iglesia parroquial y el pueblo, las poblaciones con mercado y sus pequeños consejos municipales; las comarcas inglesas con sus tribunales y sus justicias reales. Aquél era el orden establecido que Harold quería preservar, para sí mismo y para la gente modesta como Thomas Tidy. Y solo podría preservarse si los ingleses de Irlanda se mantenían firmes.

Pero ¿lo harían? No hacía mucho, en el sur, un descendiente del viejo y malvado rey Dermot se había autoproclamado monarca del Leinster. Kavanagh, lo llamaban. Había sido un gesto vacío, un brindis al sol inútil de un jefe nativo, pero, aun así, era un recordatorio. Si ahora mostraban debilidad, habría otros Kavanagh. Los O’Connor y los O’Neill siempre podían volver a sublevarse. La incursión planeada en Carrickmines podía o no ser un asunto serio, pero la incapacidad de hacerle frente se interpretaría como una señal de debilidad del poder inglés y toda Irlanda lo notaría. Había que afrontarla y con la mayor firmeza.

Tidy casi había terminado.

—Lo esencial —comentó— es que no demos a entender a los O’Byrne o a sus amigos que los esperamos. Si las tropas acuden desde Dublín, tendrá que ser en el último instante, al amparo de la noche.

—De acuerdo —asintió Harold.

—Y el escuadrón de Dalkey —prosiguió Tidy nervioso—, tendrá que quedarse donde está, para no ponernos en evidencia —explicó.

«Y para no despertar sospechas», pensó Harold, sombrío.

—No te preocupes, Thomas Tidy —dijo en voz alta—. Hemos de ser cuidadosos. —Harold le dedicó una sonrisa tranquilizadora.

¿Creía aquel pobre individuo que podían permitirse el lujo de dejar un escuadrón entero en Dalkey mientras Carrickmines era atacado? Bueno, en cualquier caso, aquello era asunto del justicia, pero sería mejor que Tidy se diese cuenta de una cosa: si quería vivir en una Irlanda segura, tendría que correr algunos riesgos, como todos los demás. Harold no deseaba sacrificar a Tom Tidy, pero, si era necesario, lo haría.

La reunión estaba fijada para el mediodía. Doyle observaba el muelle con sus ojos oscuros. Parecía satisfecho. Hasta aquel momento, las cosas estaban saliendo muy bien.

Si Irlanda había sufrido durante el último siglo, quien viese el puerto de Dublín nunca lo habría dicho. Para empezar, desde los tiempos de Strongbow, se había llevado a cabo un proceso de recuperación de tierra en las dos orillas que había alterado la forma del río Liffey de tal modo que, a su paso por la ciudad, era la mitad de ancho que antes. Un nuevo rompeolas de piedra discurría ahora a lo largo de la fachada fluvial, unos ciento cuarenta metros delante de la vieja muralla, desde el muelle de madera hasta el puente. Fuera de las murallas de la ciudad, se habían formado arrabales dispersos, sobre todo siguiendo la carretera que llevaba hacia el sur, de modo que si uno contaba Oxmantown, situado al otro lado del río, había casi tres personas viviendo extramuros por cada una que habitaba dentro de las murallas. Iglesias parroquiales y edificios monásticos embellecían estos arrabales. Y para asegurar el suministro de agua adecuado, uno de los ríos meridionales había sido desviado de curso y se distribuía, con un flujo regular, mediante canales y acueductos por una ciudad cada vez más grande.

Y en el nuevo Dublín a pocos les había ido mejor que a Doyle. Hasta la Peste Negra lo había beneficiado, ya que cuando el comercio de la ciudad sufrió el impacto de la epidemia, dos de los comerciantes rivales habían muerto y él se había quedado con sus respectivos negocios y había comprado sus propiedades a precios muy razonables. Veinte años después de la terrible peste, buena parte del comercio de Dublín se había recuperado. Las guerras ya no proporcionaban barcos de carga llenos de cautivos y las incursiones costeras eran cosas del pasado, por lo que el antiguo mercado de esclavos de la ciudad había dejado de existir, aunque Irlanda tenía abundantes productos para exportar a Inglaterra, Francia y España.

Durante muchas generaciones, la principal exportación del ámbito inglés había sido la lana. El comercio se regulaba a través de un limitado número de puertos, conocidos como «puertos habilitados» donde se imponían los arbitrios aduaneros. Dublín era uno de ellos. «Nunca hemos criado ovejas con el más fino de los vellones, como el mejor de los rebaños ingleses, pero también hay mercado para la lana burda», admitía Doyle. Del puerto de Dublín salía gran cantidad de cuero de los grandes rebaños isleños y pieles de los animales salvajes de sus bosques. En el mar de Irlanda, las capturas de pescado eran enormes y el pescado, fresco o salado, se llevaba constantemente al otro lado del mar. Asimismo se suministraba madera a Inglaterra procedente de los interminables terrenos boscosos de Irlanda. Los artesonados de algunas de las catedrales inglesas más monumentales, como la de Salisbury, eran de roble irlandés.

Doyle tenía influencia en todos aquellos cargamentos, pero descubrió que le interesaba más el comercio de importación. Los robustos cogs, con su único mástil y sus hondas bodegas, traían productos de todo tipo: hierro de España, sal de Francia, alfarería de Bristol, tejidos de calidad de Flandes… Los mercaderes italianos llegaban con cargamentos de especias orientales para las grandes ferias estivales que tenían lugar fuera de la puerta occidental; no obstante, el producto que más le gustaba era el vino procedente del suroeste de Francia, toneles de vino rojo rubí de Burdeos. Le gustaba su aspecto, su textura, el aroma de los grandes barriles de quince arrobas mientras los descargaban del barco. Las cargas eran tan inmensas que a menudo se calculaban por medio de los llamados tun, unos toneles de sesenta arrobas cada uno. Era el comercio del vino, con todos sus barcos, lo que había hecho de Doyle un hombre tan rico.

El día anterior, el justicia había convocado a Doyle en el castillo, poco después de la visita de Harold. En realidad, el representante del Rey había llamado al mercader antes incluso de informar al alcalde de la ciudad. Como casi todas las grandes ciudades inglesas, Dublín tenía un consejo de cuarenta y ocho miembros que gobernaba sobre sus aproximadamente siete mil habitantes. El consejo interno, para el que cada año se elegía al alcalde, estaba formado por los veinticuatro hombres más poderosos de la ciudad, y Doyle era uno de ellos. El justicia estaba tan impresionado con él que le dejaba recaudar los valiosos impuestos sobre las importaciones y sabía además que el mercader estaba muy bien informado. «Doyle tiene ojos y oídos en todas partes. Es poderoso, pero también sutil. Si desea que ocurra algo, intervendrá para que suceda», solía decir. El justicia le hizo un relato pormenorizado de las noticias que acababa de recibir de Robert Harold y Doyle lo escuchó con atención.

—Así, si esta información es correcta —resumió el justicia—, atacarán Carrickmines dentro de pocos días. La pregunta es: ¿qué debemos hacer?

Si Doyle no se había sorprendido del todo, no lo dio a entender y consideró la cuestión cuidadosamente.

—Aun en el caso de que estas noticias sean erróneas —dijo Doyle con cautela—, pienso que no debemos pasarlas por alto. Creo que tendríais que llamar a Walsh y a Harold y algunos otros en los que confiéis y reuniros lo antes posible en una asamblea de guerra.

—Mañana, a mediodía —dijo el justicia con decisión—. Y, desde luego, también quiero que vengáis vos —añadió.

Mientras caminaba por el muelle en dirección a la asamblea, Doyle miró complacido la escena que se desarrollaba a su alrededor. De las varias calles que llevaban al nuevo muro del río, la mejor, que discurría al oeste de las viejas casetas de pescado y paralela a ella, era Winetavern Street, o calle de las Tabernas, donde los principales comerciantes de vino, entre ellos Doyle, tenían sus casas. Algunas de ellas eran realmente espléndidas.

El cambio más impresionante acaecido en Dublín en los últimos dos siglos no se debía tanto a lo que había crecido como a su arquitectura. En toda Europa ocurría lo mismo. En vez de viviendas de techumbre de bálago y mimbre situadas detrás de cercas de madera, las calles de Dublín estaban orilladas ahora de casas de robustas vigas de madera, de dos o tres plantas y con tejados a dos aguas y pisos superiores en voladizo sobre la calle. Algunos de los tejados eran de bálago, pero muchos estaban cubiertos de pizarra o tejas. Las ventanas estaban protegidas con postigos, aunque las de las familias ricas además tenían cristales. Mientras Doyle recorría, satisfecho, la calle de las Tabernas, ataviado con su magnífica casaca roja y luciendo un sombrero azul pastel, por el aspecto se sabía exactamente lo que era: un rico prohombre en una próspera ciudad medieval. Al llegar al final de la calle, se detuvo ante un puesto y compró un poco de mostaza. Le gustaba el sabor picante de la mostaza con la carne. Y aunque se le veía complacido, su largo y taciturno rostro parecía aportar algo de oscuridad a aquella clara y soleada mañana.

Cruzó una puerta de la antigua muralla y entró en los terrenos de la iglesia de Cristo. No había acudido allí a rezar una plegaria, sino que dejó atrás el gran edificio sagrado para salir al cruce de encima de las Casetas de pescado, donde se encontraba la picota. A poca distancia a su derecha se alzaba la Cruz Alta, de seis metros de altura, en medio de la calle que desembocaba ante el Thosel, o gran ayuntamiento, con sus diversos tejados a dos aguas, donde los notables de la ciudad se reunían cuatro veces al año en una asamblea gremial. Símbolos de orden, símbolos de estabilidad. Doyle defendía aquellos conceptos.

¿Y el asunto de Carrickmines amenazaba de algún modo aquel orden? Sabía que Harold creía que sí, y que el justicia, también. Hombres benévolos, los dos. Y en última instancia, probablemente ambos tuvieran razón, pero mientras Doyle contemplaba aquella ciudad medieval de altos tejados a dos aguas, supo que solo él tenía una información secreta adicional. Solo él comprendía la verdadera naturaleza del peligro que corrían Walsh y Harold, Tom Tidy y MacGowan en Dalkey, e incluso él mismo. Cualquiera que fuese la acción que se decidiera en la asamblea de aquel día, habría riesgos escondidos.

Estaba decidido a correrlos. A Doyle le gustaban los riesgos. Dobló a la izquierda y continuó caminando hacia el castillo.

Mientras Doyle subía desde el muelle, John Walsh entraba en los arrabales de la ciudad. La noche anterior le había llegado la convocatoria del justicia, pero en ella no le daba ninguna explicación. Pulcro y acicalado, y ataviado con su mejor casaca, Walsh salió temprano de Carrickmines para estar seguro de que llegaría a tiempo. Dejó atrás la alta silueta gótica de la catedral de San Patricio y poco después entró en la ciudad por una de sus puertas meridionales.

El castillo estaba situado en el extremo sudoriental de la urbe. Donde antaño estuviera el antiguo palacio real, ahora había un amplio patio separado del resto de la ciudad por un muro alto y un foso. La entrada, a través de un puente levadizo, consistía en un gran portal con dos torres redondas. Dentro estaba el gran salón de plenos, la ceca donde se acuñaban las monedas y las numerosas oficinas y residencias de los oficiales del Rey. También había una capilla, consagrada a Eduardo el Confesor, anterior monarca inglés y también santo.

A su llegada, condujeron a Walsh a una amplia estancia de elegante mobiliario, donde, ante una gran chimenea había media docena de hombres conocidos, entre ellos Doyle y Harold. El justicia abrió la sesión.

—Nada de lo que aquí se diga habrá de repetirse fuera —les advirtió—. De otro modo, perderíamos el factor sorpresa decisivo. —Hizo una pausa—. Hoy, caballeros, afrontamos una grave amenaza. —El justicia explicó el ataque previsto a Carrickmines—. Tenemos una semana para prepararnos. Eso es todo. —Se volvió hacia Walsh—. ¿Habéis tenido algún indicio de ello?

Walsh iba a decir que no cuando se acordó de la pequeña O’Byrne de cabello moreno y describió la manera en que la había encontrado acechando en las proximidades de Carrickmines.

—No creí que fuera importante —confesó.

—Pues lo era —lo interrumpió Harold. Los otros lo miraron—. Preferiría no decir cómo lo he descubierto, pero esta muchacha es la emisaria. Lo sé seguro.

—¿Tenemos una idea de la envergadura del supuesto ataque? —preguntó Walsh—. No estoy muy seguro de que los O’Byrne cuenten con fuerzas suficientes para tomar Carrickmines.

Oyó que Harold gruñía de impaciencia.

—Debemos tomarnos en serio esta amenaza, Walsh —le recriminó el justicia—. Es nuestra responsabilidad. Y la vuestra —añadió con una mirada inflexible.

—Yo puedo aportar diez hombres a caballo y completamente armados —ofreció Harold—. Sin duda alguna, Walsh puede hacer lo mismo.

Dos de los otros caballeros indicaron que podían enviar pequeños contingentes. El justicia les dijo que esperaba noticias de las fuerzas que la ciudad podía reunir.

—Pero lo más importante —señaló— es que reunamos nuestros contingentes sin que nos vean. No quiero que los O’Byrne sepan que los esperamos. Eso, desde luego —añadió—, limitará el número de hombres que podamos congregar.

—¿Y qué hay del escuadrón que está en Dalkey? —inquirió Walsh—. Es una valiosa fuerza de hombres perfectamente adiestrados.

Pero, para su sorpresa, el justicia pareció dubitativo y Harold también frunció los labios.

—No podemos estar seguros de que O’Byrne no ataque también Dalkey —señaló Harold—. Tenemos que pensar asimismo que si llevamos el escuadrón de Dalkey a Carrickmines antes del ataque —dijo mirando al justicia—, O’Byrne se enterará. Y no queremos ahuyentarlo.

Se produjo un silencio incómodo. Aunque la hipótesis de Harold parecía del todo razonable, Walsh tuvo la sensación de que había algo que no le estaban contando sobre el escuadrón de Dalkey. También notó que hasta entonces Doyle había escuchado, pero no había dicho nada. Llegado este punto, sin embargo, el mercader habló.

—Siempre me ha parecido improbable —observó en voz baja— que O’Byrne fuera a atacar Dalkey. Si quiere saquear las tierras de la zona de Dublín, primero ha de tomar Carrickmines, porque no puede permitirse saber que detrás de él, el fuerte está activo. En cuanto a Dalkey, la única cosa de valor que hay allí es mi casa, donde da la casualidad de que ahora tengo almacenada muy poca mercancía, pero, en cualquier caso, sacrificaría de buen grado mi casa y un cargamento de un barco por una buena causa. —Los miró a todos con aire sombrío—. El justicia ha dicho que nos enfrentamos a un grave peligro. Permitidme que discrepe. Si esta información es correcta, entonces no es tanto un peligro como una gran oportunidad. Si O’Byrne ataca Carrickmines, nos brindará la provocación que necesitamos. Dejémosle venir. Lo esperaremos y le tenderemos una trampa terrible. Luego lo aplastaremos. —Se golpeó la palma de la mano con el puño cerrado de la otra—. Lo destruiremos por completo. Lo mataremos. Y toda Irlanda lo sabrá.

Hasta Harold estaba algo nervioso. El propio Walsh había palidecido ante la siniestra crueldad del dublinés, pero Doyle todavía no había terminado.

—La noche anterior, llenaremos de hombres Carrickmines. Se moverán en la oscuridad. Concentraremos nuestras fuerzas. Al escuadrón de Dalkey se le ordenará que regrese a Dublín de inmediato, ese mismo día, y nadie sospechará nada. En cualquier caso, lo único que han estado haciendo allí abajo es parrandear. Entonces los esconderemos en Carrickmines con los demás.

—Pero si llevamos todas las tropas a Carrickmines, corremos el riesgo de que O’Byrne las localice —señaló Harold.

—Escondedlas donde queráis —dijo Doyle, impaciente, encogiéndose de hombros—. Escondedlas en la catedral de San Patricio, si queréis, a mí no me importa, pero habréis de tenerlas a punto para llevarlas allá arriba de una manera decisiva antes de que llegue O’Byrne. Eso sí que importa.

—Estoy de acuerdo —dijo el justicia—. Tenemos la oportunidad de vencer a esa gente de una vez por todas.

Y pese a su lealtad a la Corona inglesa, Walsh no pudo por menos que sentir lástima por los O’Byrne y toda su gente.

Al día siguiente, el escuadrón partió de Dalkey. Nervioso, Tidy había preguntado a los soldados adónde iban, pero estos le aseguraron que les habían dicho que ya no había ninguna necesidad de permanecer allí y que iban a regresar a Dublín. Como no había habido señales de los O’Byrne desde su llegada, aquellas órdenes no los sorprendieron. Michael MacGowan y un Tom Tidy mucho más tranquilo los vieron partir.

Tom no le había hablado a MacGowan de su encuentro con Harold; ni tampoco MacGowan le había preguntado si había divulgado su secreto. Sin embargo, Tom imaginó que debía de sentir curiosidad al respecto. Cuando las tropas se marcharon, ninguno de los dos dijo nada, pero una vez dejaron la población, mientras caminaban por la calle, MacGowan preguntó:

—¿Crees que van a Carrickmines?

—Dicen que van a Dublín.

MacGowan no preguntó nada más.

El día siguiente fue tranquilo. Por la mañana, Tom se acercó al alto promontorio que coronaba la aldea y oteó el horizonte. La gran bahía de Dublín era de un azul sereno. Hacia el este, el sol se fundía con el mar. Al contemplar la costa hacia el sur, donde allende la alfombra verde de la llanura costera los suaves conos de las montañas se alzaban en una brumosa tranquilidad, resultaba difícil creer que, en algún lugar detrás de aquellos montes, los O’Byrne estaban preparando un ataque terrible contra el castillo de Walsh.

Aquella tarde, llegó un pequeño barco que fondeó detrás de la isla. Era una embarcación pintada de colores y de anchos baos; justo debajo del extremo superior de su único mástil había un cesto de madera en el que podía apostarse el vigía. Muchos de los cogs tenían esa suerte de nido de cuervos. Sobre el nido, un gallardete rojo y azul ondeaba, garboso, en la brisa. Los habitantes de Dalkey salieron en sus botes y descargaron cinco barriles de clavos, cinco de sal y diez toneles de vino. Así, aligerado, el barco prosiguió su camino. Mientras, la mercancía se trasladó a la casa fortificada de Doyle, donde MacGowan procedió a inventariarla. Por la noche, le preguntó a Tom si a la mañana siguiente llevaría un carro de sal a Dublín.

Cuando Tom se presentó al amanecer para cargar la mercancía, MacGowan anunció que lo acompañaría.

—Tengo que darle el inventario a Doyle —explicó— y luego iré a ver a mi prometida.

La mañana era buena y el viaje transcurrió sin incidentes. Cuando llegaron a la Cruz Alta y se encaminaron hacia la calle de las Tabernas, los vendedores comenzaban a abrir sus comercios.

Tom pasó un día de lo más agradable en Dublín. El tiempo era templado. Visitó el viejo hospital de San Juan, de Ailred, el Peregrino, cruzó el puente para acercarse hasta Oxmantown y después salió por la puerta oriental, pasó ante San Esteban y siguió el riachuelo que bajaba hasta la vieja piedra larga de los vikingos que todavía se alzaba junto al estuario, detrás del túmulo de la Asamblea. A última hora de la tarde, cuando recogió a MacGowan para llevarlo a casa, Tom se sentía bastante animado.

Mientras el carro pasaba por delante de San Patricio, MacGowan también parecía contento, aunque quizás algo pensativo.

La zona de San Patricio tenía un sabor especial. Varios conventos de religiosos tenían allí casas solariegas cuyos privilegios las hacían casi independientes de los tribunales y administradores reales. Aquellas propiedades feudales independientes eran conocidas como «libertades», y los dublineses llegaron a referirse a toda la zona con ese nombre. Habían dejado atrás las libertades y habían tomado el sendero hacia el este camino del mar cuando MacGowan se dirigió a Tom diciendo:

—Alguien estuvo haciendo averiguaciones sobre ti.

—Oh, ¿y quién era? ¿Fue en Dublín?

—No —respondió MacGowan, dubitativo—. En Dalkey. —Se detuvo antes de continuar—. Un pescador, qué más da quién. En cualquier caso, no importa. Ayer acudió a verme y me preguntó: «La otra noche vi a Tom Tidy saliendo de la iglesia. ¿Alguna idea de por qué estaba allí a esas horas?». Yo le dije que no lo sabía, que suponía que se te había hecho tarde. Entonces me dijo: «Y, ¿no te comentó nada? ¿Nada inusual?». Así que yo lo miré un poco intrigado y dije: «Nada en absoluto. ¿Qué iba a comentarme?». Y él asintió y dijo: «Olvídalo, tienes razón». —MacGowan miró al frente, queriendo evitar, al parecer, los ojos de Tom—. Ayer no sabía si decírtelo, pero esto solo puede significar una cosa, Tom. Se preguntan si no habrás oído algo. No sé si le has contado a alguien lo que me dijiste a mí, pero si en Carrickmines las cosas salen mal, será a ti a quien busquen. He pensado que debía decírtelo.

El carro avanzó un rato en silencio. Tom no dijo nada. MacGowan supuso que ya hablaría cuando hubiera terminado de digerir aquella información, pero no lo hizo. El vehículo tomó el sendero que llevaba hacia el sur a través de un pueblo llamado Donnybrook.

—Tom —dijo MacGowan al cabo—, será mejor que vuelvas a Dublín por un tiempo. Puedes alojarte en casa de mi hermano, que te acogerá encantado. Hoy ya le he dicho que quizá necesitarías quedarte con él una temporada, aunque, como es natural, no le he explicado por qué. Vive intramuros y allí no te molestará nadie. Y en Dalkey yo te vigilaré la casa. Tal vez puedas regresar dentro de un mes. Intentaré averiguarlo, pero no corras el peligro de quedarte, Tom. No hay ninguna necesidad.

Tom no respondió. Poco después tomaron el largo camino que llevaba a la gran playa de la bahía, pero incluso entonces, mientras doblaban el familiar promontorio del extremo meridional y divisaban por primera vez la isla de Dalkey, Tom Tidy siguió sin pronunciar palabra.

Si Doyle se ponía una moneda de plata entre dos dedos, podía hacerla pasar por encima de los nudillos de un dedo al otro con una rapidez y una facilidad asombrosas. Este acto de prestidigitación lo entretenía y lo relajaba y, mientras pensaba, a menudo lo ejecutaba. Y ahora, sentado en su contaduría, jugaba con la moneda y pensaba en la situación de Dalkey.

La casa de Doyle, en la calle de las Tabernas, constaba de tres pisos y una bodega subterránea. En la planta baja estaban el salón principal y la cocina. En el primer piso, que se suspendía sobre la calle en voladizo, había tres estancias, una de las cuales la utilizaba como contaduría. En ella se abría una ventana acristalada que daba a la calle de las Tabernas. Junto a la ventana había una mesa de roble con varios montones de peniques de plata. También dispersas sobre la mesa había varias monedas cortadas por la mitad o en cuatro partes, a fin de ser utilizadas como medios peniques y cuartos para las transacciones pequeñas.

Si el penique había recorrido los nudillos de Doyle adelante y atrás una docena de veces se debía a que la cuestión que ocupaba su mente no era en absoluto sencilla.

Los planes para defender Carrickmines y para enfrentarse a los O’Byrne se habían trazado cuidadosamente y todo estaba saliendo a pedir de boca. Los preparativos habían sido tan minuciosos que, de haberlos ordenado él mismo, pensó, no habría podido mejorarlos en absoluto. Solo quedaban dos días de espera.

El único problema que había se llamaba Tom Tidy. Sabía que mucha gente lo consideraba un hombre arisco, pero su entrevista secreta con MacGowan había disipado todas las dudas. Tidy no tenía que quedarse en Dalkey. Ya había cumplido su función y lo había hecho muy bien, pero si Tidy permanecía ahora en el pueblo, a Doyle le parecía inevitable que mataran al transportista. No veía otra salida. Si bien Doyle estaba dispuesto a correr grandes riesgos —y a mostrarse implacable cuando fuese necesario—, no deseaba ver a Tom Tidy sacrificado. Después de que MacGowan le diese aquella desalentadora información, con un poco de suerte, Tidy regresaría a Dublín por voluntad propia. Eso era, al menos, lo que Doyle esperaba.

Dos noches más. Cuando Tom Tidy se separó de Michael MacGowan, consiguió controlar el nerviosismo, al menos exteriormente. Todavía no había mencionado el peligro en el que podía hallarse y, al dar las buenas noches a MacGowan, le alegró constatar que lo hacía de la manera más tranquila posible. Entonces, y como era su costumbre, se ocupó de los caballos con la misma determinación que siempre. Después entró en la casa, cortó dos rebanadas de pan de la hogaza del día anterior, dos trozos generosos de queso y se sirvió una jarra de cerveza. Todo como siempre. Acto seguido, se sentó, muy sereno, y empezó a dar buena cuenta de ello, mirando al frente mientras lo hacía. Después, aunque era verano y todavía quedaban algunas horas de luz, decidió acostarse.

Sin embargo, no pudo conciliar el sueño. Por más que lo intentó, su cansado cerebro no quería librarse a la inconsciencia.

¿Qué iba a hacer? ¿Tenía razón MacGowan? ¿Debía regresar a Dublín? La pregunta, en sus diversas formas, seguía cobrando fuerza, como una voz en su cabeza que no quisiera callar. Al cabo de un rato, se levantó y salió al patio.

El sol se hundía detrás del cerro. A esa hora, el campo comunal tachonado de rocas que se extendía entre el pueblo y la costa se iluminaba con unas grandes franjas naranja y oro, y la lana de las ovejas dispersas adquiría un brillo cálido. Aquella noche, sin embargo, se había formado una barrera de nubes en el horizonte occidental que ocultaba el atardecer. Al otro lado del patio de Tom Tidy, bajo la luz que se desvanecía desapaciblemente, los campos con la cosecha ya casi madura parecían haberse tornado de un bronce mortecino; más allá, el terreno comunal se veía desolado y extraño. El aire era cálido. Tom se quedó donde estaba, contemplando en silencio el cambio que se había obrado en el campo, que pasó de verde intenso a gris.

El cielo estaba ya muy oscuro cuando divisó la primera sombra que se movía. Enseguida supo de qué se trataba, por supuesto. Llevaba tanto tiempo mirando una pequeña piedra que ahora le parecía que se movía. La imaginación le jugaba una mala pasada, nada más. Y enseguida comenzó a ver otras piedras que se movían en la luz crepuscular. Pero ¿de veras eran piedras? ¿O eran ovejas? ¿No serían fantasmas o incluso personas los que andaban acechando allí fuera? ¿Lo estaban vigilando? ¿Esperaban para entrar en la casa? ¿Llamarían a la puerta en mitad de la noche o entrarían por la fuerza? ¿Y entonces? Sintió que el corazón se le desbocaba en el pecho. Respiró hondo y se dijo que no debía comportarse como un estúpido.

Cada vez era más de noche, pero él no se movió. Sobre su cabeza y hacia el este, encima del mar, el centelleante cielo nocturno estaba despejado. Pronto, la última astilla de luna menguante aparecería suspendida como un suspiro de plata entre las estrellas. Una noche más y… Negrura. La noche del ataque. La noche de cualquier trampa terrible que Harold y el justicia hubiesen preparado. Y Doyle también, sin duda alguna. Ahora, la oscuridad estaba en todas partes. Las sombras del campo comunal habían desaparecido. Allí podría haber cien hombres, caminando hacia él, y no los vería.

Oscuridad. La hora de dormir. No dormiría. Una oleada de fatiga oprimiría su cerebro, pero entonces el miedo, como una pálida daga, se le clavaría en el corazón. Antes, Dalkey había sido un sitio tan agradable… El alto promontorio con vistas a la bahía le había hecho compañía, pero ya no. La forma oscura de la colina parecía un montículo inmenso y amenazador desde el cual, en cualquier momento, las fuerzas fantasmales de la venganza podían lanzarse contra él. Los O’Byrne no se encontraban lejos. En Dalkey, había pescadores que se habían confabulado con ellos, seguro. ¿En cuáles de sus vecinos podía confiar? Lo ignoraba. Sus caras se le aparecieron una a una, caras familiares que, de repente, se transformaban en máscaras de rabia y de odio, hasta que al final, incluso su amigo MacGowan parecía estar entre ellas, con un ojo cerrado y el ojo abierto que crecía cada vez más y se tornaba terrible, frío y malévolo.

¿Por qué estaba allí? ¿A qué esperaba? ¿A que quemaran su casa y sus carretas, si querían, y que lo redujeran a la pobreza? ¿Por qué había de esperar su propia destrucción?

Al final, sin embargo, la fatiga venció incluso al miedo. Cansado, Tom Tidy entró en la casa y se durmió; sin embargo, antes de acostarse, hizo algo que nunca había hecho: atrancó la puerta.

A la mañana siguiente, Tom fue directo a casa de MacGowan y le dijo que se marchaba a Dublín.

—No te preocupes por nada —le dijo MacGowan—. Cada día haré la ronda de tu casa y la vigilaré. —Prometió que llevaría los caballos que quedasen a su propia casa—. Estás haciendo lo correcto, Tom —lo tranquilizó.

Tom notó que su amigo estaba muy aliviado. De regreso a su casa, enjaezó sus dos mejores caballos al carro grande y se llevó otro atado a un cabestro en la parte de atrás. A continuación, emprendió la marcha hacia Dublín.

El transportista no pudo por menos que experimentar una agradable sensación de alivio al recorrer la larga y recta calle de San Francisco, en la que se apiñaban casas de altos tejados a dos aguas. Tras llegar a la encrucijada, tomó el camino de la derecha para entrar en la ciudad. Unos cien metros a su espalda se alzaba el antiguo hospital de Ailred, el Peregrino; a su derecha, el césped donde tenían lugar las grandes ferias de verano, y delante, la gran puerta occidental, la puerta Nueva la llamaban desde que había sido reconstruida con sus dos macizas torres y una pequeña prisión. Por la puerta Nueva entró, por tanto, con algo más de confianza que cuando había salido de Dalkey y enseguida estuvo en la casa del hermano de MacGowan.

—¿Cuánto tiempo te quedarás? —le preguntó el hermano de MacGowan—. Michael me dijo que vendrías —añadió sin más comentario.

Era evidente que se alegraba de ver al amigo de su hermano, aunque no parecía excesivamente jubiloso.

—Una par de semanas, tal vez —dijo Tom, sintiendo de repente que se estaba aprovechando del buen carácter del hombre.

La casa del artesano era bastante espaciosa y contaba con un gran patio. La esposa y los hijos se sorprendieron un poco de ver a Tom, pero le dieron la bienvenida e insistieron en que durmiera en la casa, junto a la cocina, en vez de hacerlo en el altillo de encima del establo, como él se había prestado a hacer. Un buen irlandés sabría cómo hundirse confortablemente en un asiento y pasarse allí unas cuantas horas del día sin preocuparse de nada, pero, aunque Tom Tidy había vivido en Irlanda toda su vida, su carácter inglés no le permitía relajarse con facilidad. Sí, podía sentarse una hora y aquélla era su máxima cordialidad, pero después sentía que se estaba entremetiendo en la vida de sus anfitriones y, tras presentar cualquier excusa, salía a pasear.

La casa estaba a poca distancia de la antigua y hermosa iglesia de San Audoen, que se encontraba dentro de las otrora murallas de la orilla. Debajo de estas, el terreno descendía en una pendiente pronunciada hasta la zona llana ganada al río. Desde la antigua muralla que se alzaba junto a la iglesia había magníficas panorámicas del Liffey y probablemente era tenido por un lugar agradable, pero a Tom Tidy, con su estado de ánimo actual, sus piedras grises y los escalones caídos en desuso del río le parecieron lúgubres y sombríos. Hasta la esbelta silueta de San Audoen se le antojaba opresiva. Después de pasear un rato por allí, se sintió cada vez más intranquilo y, como no quería regresar aún a casa, se dedicó a vagar sin ningún objetivo concreto en dirección a la cresta de la colina de la ciudad y a los terrenos de la iglesia de Cristo.

Tal vez se debió a que allí el ambiente era más soleado que abajo, pero una vez en el recinto, Tom se sintió mejor. La gruesa mole de la iglesia de Cristo se veía sólida y reconfortante y decidió entrar.

No cabía ninguna duda de que la iglesia de Cristo constituía el corazón cristiano de Dublín. San Patricio, con sus encumbradas bóvedas góticas, era alta y magnífica y parecía que tenía toda la intención de mirar desde lo alto a la vieja iglesia de Cristo o a cualquier otro santuario que se atreviera a levantar la cabeza. De hecho, durante mucho tiempo, los cánones de San Patricio y los monjes de la iglesia de Cristo habían andado a la greña, pero aquella rivalidad había decaído y entre las dos catedrales reinaba ahora la amistad.

No obstante, era en la quietud de la iglesia de Cristo donde uno sentía la presencia de la antigua tradición celta de Patricio y de Colum Cille. A Tom, las columnas y los arcos se le antojaban tan protectores como un castillo. Las ventanas de cristal emplomado, como páginas de un antiguo manuscrito de los Evangelios, brillaban tenuemente con una luz misteriosa. De vez en cuando, un monje caminaba entre las sombras.

Tom recorrió el santuario satisfecho. Contempló un fragmento de la Vera Cruz y otras reliquias sagradas. Caminó entre las tumbas. La más impresionante era la gran losa elevada de Strongbow con su efigie tallada. Era típico de los Plantagenet haberse asegurado de que su vasallo fuera enterrado y se le erigiera un monumento en uno de los lugares más sagrados de la isla. La tumba de Strongbow era el símbolo de su soberanía sobre Irlanda, pero el mayor tesoro de la iglesia de Cristo, más venerado incluso que la Vera Cruz, era el báculo del propio san Patricio.

Habían pasado casi dos siglos desde que los monjes de la iglesia de Cristo, bajo la autoridad del arzobispo O’Toole, consiguieran aquel gran tesoro que hasta entonces había estado en un santuario del Ulster. Había sido un triunfo para su propio prestigio, desde luego, pero la presencia del báculo en Dublín tenía también un significado más sutil.

Si los ingleses habían fracasado a la hora de imponer orden en toda Irlanda, la Iglesia también sufría un cisma similar. Por lo que al Papa se refería, el rey de Inglaterra era el patrono de la Iglesia de Irlanda y los obispos de la isla le debían la lealtad propia de un monarca feudal. El rey inglés había insistido cada vez más en nombrar obispos ingleses para su territorio irlandés y, en ocasiones, el Papa ponía reparos, pero la mayor parte de las veces terminaba accediendo. En la práctica, sin embargo, el dominio inglés solo era verdaderamente efectivo si estaba bajo control real. Casi todos los sacerdotes del norte y del oeste eran irlandeses que predicaban para la población de habla irlandesa. De hecho, las discrepancias eran tan grandes que el arzobispo inglés del trono de san Patricio, en Armagh, del Ulster, ni siquiera residía en Armagh, donde no era bienvenido, sino en una zona de habla inglesa más al sur. Por tanto, resultaba en cierto modo irónico que el báculo del santo patrón irlandés estuviera en el corazón de Dublín, administrado por los ingleses.

El báculo era magnífico. La gran vitrina de oro que lo contenía estaba adornada con piedras preciosas. Se decía que el santo lo había recibido de manos del mismísimo Jesucristo y a menudo se le llamaba el «báculo de Cristo», el Bachall Iosa. Tom lo contempló con un temor reverente.

—El báculo de un héroe —dijo un sacerdote que se había acercado a él.

Era un joven de piel clara, con una cara cándida y sincera; se había dirigido a Tom en el dialecto inglés local, lo cual indicaba que debía de haber llegado a Irlanda hacía poco.

—Desde luego —dijo Tom, cortés.

—Nada lo aterrorizaba —comentó el joven sacerdote—. Ni cualquier rey supremo, ni los druidas. Era muy valiente.

En los siglos transcurridos desde los orígenes de la Iglesia de Irlanda, las leyendas sobre sus fundadores no habían hecho más que crecer. Tom las conocía y, como todo el mundo, creía en ellas. Sabía que san Patricio, como si de un profeta del Antiguo Testamento se tratase, había desafiado al Rey Supremo y a sus druidas a ver qué dios podía encender un fuego inextinguible; sabía que san Patricio había realizado muchos milagros e incluso había desterrado a las serpientes, una leyenda que habría sorprendido al propio santo.

—Sí —convino—. Era muy valiente.

—Porque confiaba en Dios —dijo el joven clérigo, y Tom inclinó la cabeza en señal de reconocimiento. El sacerdote, sin embargo, no había terminado sus reflexiones y esbozó una cautivadora sonrisa—. Para nosotros es una buena cosa que la tumba de Strongbow y el báculo de san Patricio estén aquí, en esta catedral —comentó.

—Pues sí —dijo Tom que, con cierta curiosidad, añadió—: ¿Y por qué?

—Porque los dos eran ingleses —dijo el joven en tono triunfante—. Como nosotros —añadió—. Valientes de corazón.

Después de expresar aquella gran verdad, saludó cordialmente a Tom con la cabeza y siguió su camino.

Tom Tidy sabía historia suficiente para que no se le escapase la ironía de la cuestión. San Patricio era británico, sin duda, pero ¿podía uno llamarlo inglés? En cuanto a Strongbow, ¿consideraba que aquel gran señor anglonormando era inglés como él o como aquel simple sacerdote? No lo sabía. Pero una de las cosas que había dicho el clérigo no tenía nada de irónica: «Valientes de corazón». Strongbow y san Patricio, cada uno a su manera, lo habían sido. Miró el reluciente Bachall Iosa. ¿Era él valiente de corazón? En aquella situación, huyendo presa del pánico de Dalkey a Dublín, imponiéndose como huésped a una familia que apenas conocía y todo por causa de una amenaza que quizá ni siquiera fuese cierta… No, no era valiente de corazón en absoluto. Sacudió la cabeza con tristeza. Aquel día no podía enorgullecerse demasiado; por el contrario, comenzó a pensar que su conducta era harto despreciable.

Al cabo de media hora, los MacGowan de Dublín se sorprendieron cuando Tom Tidy regresó y les informó de que, finalmente, no se alojaría allí y, a última hora de la tarde, su carro pasó de regreso ante la Cruz de Harold. Y todavía quedaban algunas horas de luz cuando, para su horror, Michael MacGowan vio a Tom Tidy aparecer calle arriba y, corriendo hacia él, le dio la noticia con cara de felicidad.

—He cambiado de idea. Voy a quedarme aquí.

—No puedes —farfulló MacGowan, pero Tom ya había pasado de largo.

Aquella noche, mientras oscurecía, Michael MacGowan hizo cuanto pudo para convencer a su amigo de que se marchara de nuevo.

—¿Qué necesidad tienes —le dijo— de correr peligro sin motivo?

Pero Tom se mostró inflexible y su amigo no logró persuadirlo. A consecuencia de ello, MacGowan no consiguió conciliar el sueño en toda la noche. Antes de que rompiera el alba, salió al patio, montó en su caballo y se marchó de Dalkey. Mientras cabalgaba bajo la luz grisácea que precede al amanecer, las palabras de una conversación secreta que había mantenido recientemente resonaron frías en sus oídos.

—Tiene que marcharse porque si no…

—Lo comprendo —había respondido él—, pero yo no voy a matarlo, eso ya lo sabes.

—No se te pedirá que lo hagas, aunque los O’Byrne podrían demandártelo —había replicado el otro en tono calmado—. Que se marche.

Se presentaron en Carrickmines durante la noche. Lo hicieron con inteligencia. No llegaron en grupo, sino uno a uno, llevando los caballos por la oscuridad con los cascos envueltos en sacos para que no los oyeran ni los vieran. Y así fue, pues hasta las estrellas estaban ocultas detrás de un manto de nubes. De ese modo, en lo más oscuro de la noche, el escuadrón de Dalkey, los hombres de Harold y todos los demás —sesenta jinetes y otros tantos soldados de infantería— cruzaron las puertas de Carrickmines y desaparecieron en su interior como otros tantos guerreros fantasmales dentro de una montaña mágica.

Cuando rompió el alba, Carrickmines tenía el mismo aspecto que antes. La puerta estaba cerrada, pero eso no era inusual. Encerrados dentro, los caballos hacían a veces un poco de ruido, pero los gruesos muros de piedra atrapaban los sonidos en el interior. A media mañana, Walsh apareció en las murallas con su halcón y lo soltó hacia el cielo, donde voló un rato antes de regresar. Ese fue el único movimiento que se vio aquella mañana en el castillo de Carrickmines.

Por la tarde, cuando subió solo a la muralla, a Walsh le pareció ver a la muchacha escondida detrás de unas rocas, a poca distancia, hacia el sur. A menos que se encontrase allí desde la noche anterior, no debía saber que Carrickmines estaba lleno de soldados. Al cabo de poco, bajó otra vez. Para que todo pareciese normal, abrió la puerta y permitió que una carreta, conducida por uno de sus hombres, saliera del castillo y, chirriando, se acercara a una granja vecina, de la que regresó más tarde con provisiones. Mientras, la puerta permaneció abierta y dos de sus hijos salieron a jugar. Los chicos practicaron hurling hasta que el carro volvió. Entonces montaron en él de un salto y cruzaron la puerta, que siguió entornada incluso después de que hubiesen entrado. Sabía que la muchacha morena debía de haber observado todo aquello, porque cuando subió a la muralla mientras los niños entraban, la había visto vigilando atentamente desde otro lugar elevado ladera arriba.

Al atardecer, sin embargo, subió de nuevo y ya no la vio, por lo que llegó a la conclusión de que se había marchado.

—Estoy seguro de que atacarán esta noche —le dijo a Harold cuando descendió.

Aquel día en Dalkey había algo extraño. Tom lo notó en cuanto salió a la calle. ¿Era solo su imaginación? ¿Un problema de nervios? Tuvo en cuenta aquellas posibilidades, pero no creía que se tratara de eso. Y sin embargo, había sido una mañana perfecta. La niebla del amanecer había dado paso a una bruma leve y salada. Mientras el cielo clareaba hasta volverse de un pálido azul, llegaron unas nubecitas, blancas como espuma del mar y, cuando salió de su casa y comenzó a caminar calle abajo, Tom incluso experimentó una sensación de jovialidad. Al ver a uno de sus vecinos, le deseó buenos días, como hubiera hecho cualquier otra jornada. Y aunque el hombre le respondió algo, Tom captó cierta incomodidad en su expresión. Al cabo de unos minutos vio que uno de los pescadores, que estaba sentado remendando redes ante su cabaña, le dirigía una extraña mirada y, cuando siguió caminando, tuvo la clara impresión de que lo vigilaban desde ambos lados de la calle. Era una sensación muy rara, como si de repente se hubiera convertido en un espectro mal acogido en su propio pueblo.

Luego había ido a casa de MacGowan, donde descubrió que su amigo había desaparecido. Había paseado por Dalkey y preguntado a varias personas, pero nadie tenía ni idea de adónde había ido. Era de lo más extraño. Al cabo de un rato, Tom había vuelto a su casa y se había quedado allí el resto de la mañana. A mediodía se dirigió de nuevo a casa de MacGowan, pero seguía sin haber ni rastro de él. En esta ocasión, mientras regresaba a su casa, se encontró con un par de hombres y una mujer. Aunque correspondieron a su saludo, volvió a notar la misma incomodidad. Uno de los hombres intentó evitar su mirada y la mujer dijo: «Creía que estabas en Dublín», como dando a entender que no pertenecía a aquel lugar sino a Dublín. Cuando llegó de nuevo a su casa, su estado de ánimo era sombrío.

Solo faltaban unas horas: una tarde cálida, un largo y lento atardecer estival y luego, por fin, la oscuridad. Y en medio de la negrura, la terrible trampa de Carrickmines. Solo de pensarlo, era presa de una suerte de opresión; deseó poder apartar la idea de la mente. Más de una vez, sentado solo en su casa, Tom se preguntó qué habría hecho mal. MacGowan se había esfumado. ¿Se había marchado porque tenía miedo? Sus vecinos parecía que ya no eran sus amigos. ¿Sabían algo que él ignoraba? ¿Debía volver a Dublín? Dos cosas se lo impidieron. La primera era la vergüenza. Si se presentaba de nuevo en casa del hermano de MacGowan, lo tomarían por un idiota. La segunda podía haber sido el valor, o quizá la obstinación porque, ¿no había tomado la decisión de quedarse en Dalkey y afrontar el peligro? Sí, eso sería lo que hiciese y no iba a volver a Dublín.

La tarde transcurrió despacio. Tom intentó distraerse con lo que fuera. Lavó los caballos y encontró tareas que hacer dentro de la casa. Nadie se acercó por allí. Deambuló nervioso por el patio, de un lado a otro. A media tarde le apeteció ir a la iglesia pequeña a rezar, pero se obligó a esperar un rato. Iría a la hora de siempre, antes no. Entró en el establo y limpió todas las carretas, no porque lo necesitasen, sino para ocupar el tiempo hasta que, por fin, sintió que se aproximaba la hora. Y mientras estaba en el patio, calculando la luz que quedaba y a punto de salir, al mirar hacia el campo comunal, divisó algo junto a una de las rocas. Resultaba difícil saber qué era. Una oveja oscura, quizá. Muchas de las ovejas de Dalkey tenían la lana negra. ¿Una jugarreta de la luz?

O tal vez otra cosa. ¿Un cabello oscuro de muchacha?

La muchacha del cabello moreno. ¿Por qué le venía a la mente? Qué absurdo… La imaginación le estaba jugando una mala pasada y lo sabía. Sacudió la cabeza, impaciente.

Desde allí, la chica debía de tener una buena panorámica de su patio. Habría visto todos sus movimientos. ¿Había alguien allí vigilando el otro lado de su casa? En Dalkey cualquiera podría hacerlo. Miró la mancha oscura junto a la peña para ver si podía distinguir una cara. No pudo y la razón de que no pudiera, se dijo, era porque allí no había ninguna cara. Respiró hondo y se volvió, negándose a mirar de nuevo el lugar. Decidió marcharse del patio. En cualquier caso, ya había llegado la hora de ir a la iglesia. Cuando salió a la calle vacía, miró a su espalda y vio a la muchacha morena, que se incorporaba de repente y salía corriendo de su escondite hacia el otro extremo del pueblo.

La iglesia estaba tranquila. Los rayos de sol de la tarde se colaban por sus pequeñas ventanas y bañaban el interior en una leve y cálida luz. Dentro no había nadie más. Se dirigió a su lugar habitual detrás de la celosía y, temblando, se arrodilló a orar. Rezó un padrenuestro y varias avemarías. Luego, otro padrenuestro. Las palabras parecían envolverlo, calmantes, curativas; y él, agradecido, aceptó su poder protector.

Llevaba un tiempo rezando en silencio cuando oyó que se abría la puerta del santuario.

Eran dos. Los pasos de uno eran leves; los del otro sonaban más fuertes, como si calzara unas botas recias. No había ningún motivo para que dos personas no entraran en la iglesia, por supuesto, pero a su mente volvió todo lo que le había sucedido la semana anterior. No podía evitarlo. ¿Sería de nuevo la muchacha, acompañada de aquel hombre desconocido? Se quedó paralizado.

—¿Estás seguro de que ha entrado aquí? —preguntó una voz profunda.

—Sí, del todo —dijo suavemente una voz que le sonó conocida.

—¿Dónde está, entonces?

Si hubo respuesta, esta fue inaudible, pero eso no cambió las cosas. Los pasos avanzaban en su dirección.

Iban a encontrarlo y no podía hacer nada al respecto. Qué idiota había sido, pudiendo haberse quedado en Dublín; sin embargo, ahora era demasiado tarde. Ni siquiera tenía un arma con la que defenderse. Lo matarían, lo sabía seguro. ¿Lo matarían allí mismo, en la iglesia? No, aquello era Irlanda. No lo harían. Lo llevarían a un lugar tranquilo. Tal vez no tardaría mucho en yacer enterrado bajo el campo comunal de Dalkey. Dudaba entre seguir arrodillado o ponerse en pie y enfrentarse a ellos como un hombre. Los pasos estaban cada vez más cerca. Se detuvieron. Tom se volvió y alzó los ojos.

Se trataba de MacGowan y un hombre alto de aire taciturno al que reconoció. Era Doyle. Frunció el ceño. ¿Su amigo y el mercader de Dublín? ¿No serían aliados de O’Byrne? Ante la posibilidad de tamaña traición, en su mente se arremolinaron ideas disparatadas. Entonces Doyle habló.

—Debes marcharte, Tidy. Ahora tienes que venir con nosotros. —Tom lo miró sin comprender y la cara sombría del mercader se iluminó con una amable sonrisa—. MacGowan me lo ha contado todo. Eres un hombre valiente, Thomas Tidy, pero no podemos permitir que te quedes aquí. —Doyle extendió un largo brazo y agarró a Tom por el codo, con suavidad y firmeza a la vez—. Es hora de marcharnos.

—¿Quieres decir…? —Tom se levantó despacio y se encogió de hombros.

—Quiero decir que voy a llevarte a Dublín —respondió Doyle en voz baja—. Te quedarás en mi casa un tiempo, hasta que todo este asunto haya terminado.

—¿Crees que lo saben? Tal vez sospechan —señaló Tom—, pero quizá no lo sepan.

—Estoy seguro de que lo saben —replicó el mercader con determinación.

Tom se quedó pensativo unos momentos.

—Harold debe de haberse ido de la lengua —dijo con tristeza—. No hay nadie más. —Suspiró—. Pero aun así, no sé cómo han podido saberlo los O’Byrne —añadió.

Vio que MacGowan y Doyle intercambiaban una mirada. Ignoraba qué sabían, pero recordó que Doyle poseía informantes por doquier.

—En Irlanda no hay secretos, Tidy —dijo el mercader.

Lo hicieron salir a la calle y Tom ya no discutió más. Doyle tenía un carro que los esperaba con un criado que asía las riendas.

—MacGowan se ocupará de vigilar tu casa —dijo Doyle, mientras llevaba a Tom hacia el vehículo.

Fuera, una docena de personas se habían congregado a curiosear. Tom les dirigió una mirada y aunque lo miraban a él, era a Doyle a quien observaban. Cuando el mercader subió al carro detrás de Tom, los miró con el ceño fruncido y expresión sombría y todos agacharon la cabeza. Tom no pudo por menos que admirar a aquel hombre. Su poder era palpable. Mientras la carreta salía de Dalkey y tomaba el camino de Dublín, tuvo que admitir que experimentaba una secreta sensación de alivio.

Era casi medianoche. En lo alto del firmamento, unas nubes ocultaban las estrellas y la sombra negra de la luna se suspendía, invisible, en otro mundo.

Para Harold, en pie junto a Walsh en la muralla del castillo, la negrura que los rodeaba era tan silenciosa, tan íntima, que parecía que Carrickmines estaba encerrado dentro de la concha de una ostra gigantesca. Abajo, en el patio del castillo, los sesenta caballos estaban juntos y sus suaves relinchos y resoplidos y los roces ocasionales de sus pezuñas contra el suelo eran los únicos sonidos que se oían dentro de las murallas.

Harold miró la llanura llena de rocas. Aunque sus ojos estaban acostumbrados a la oscuridad y a veces podía distinguir formas vagas en la distancia, no detectó ninguna señal de movimiento. Aguzó el oído, pero no oyó nada. Aquel silencio oscuro y sofocante se le antojaba irreal y siguió esperando, muy tenso.

A pesar de la tensión, sin embargo, no pudo evitar que su mente divagara un par o tres de veces. De repente, se descubrió pensando en su familia. Al fin y al cabo, era por su familia por la que estaba haciendo aquello. Aunque esta noche me maten, pensó, el sacrificio habrá sido necesario, habría merecido la pena. Recordó las reuniones con el justicia y con Tom Tidy. A su manera, el individuo de Dalkey se había portado con valentía. Harold se alegraba de que el justicia no lo hubiera obligado a revelar quién era su fuente de información y así había podido proteger al hombre de Dalkey. Había sido muy discreto, no había hablado de Tidy ni siquiera con su esposa, por lo que, a menos que Tidy hubiera contado su secreto a alguien más, estaría a salvo.

Notó que alguien le daba un golpecito en el codo.

—Escucha —le dijo Walsh en voz muy baja.

Caballos, en algún lugar delante de la puerta. Harold los oyó. Un leve sonido de cascos, un relincho. ¿Cuántos? Imposible saberlo. No menos de una docena, pensó, pero podían ser cien. Así que O’Byrne ya estaba allí…

—Que los hombres monten sus caballos —le susurró Walsh—. Yo seguiré vigilando.

Harold se volvió y bajó de la muralla a toda prisa. Y mientras lo hacía, le pareció oír sonido de pasos en dirección a la puerta. ¿Habían venido con escaleras para escalar las murallas? Al cabo de un momento, corrió a dar la orden de montar mientras uno de sus hombres instaba a encender antorchas.

Estaban todos bien preparados. Nadie habló. Hasta los caballos parecían saber que no tenían que hacer ruido. Los hombres de la puerta ya habían recibido sus órdenes. Los soldados de infantería se habían congregado a esperar en el salón de Walsh. Cada uno llevaba dos antorchas que ahora debían de estar encendiendo en el brasero del interior. Cuando recibieran la orden, saldrían y darían una antorcha a cada jinete y luego subirían a defender las murallas o saldrían por la puerta detrás de la caballería. Aquella orden la daría Walsh.

El tiempo pasaba. Harold esperó. Iba en cabeza de la caballería y sería el primero en salir. Sentía que su caballo temblaba y le dio unas suaves palmadas en el lomo. Seguía escuchando con atención a fin de enterarse de lo que sucedía fuera, pero las murallas del castillo eran tan gruesas que no le llegaba ningún sonido. Alzó la mirada hacia donde se encontraba Walsh. Creyó distinguir su oscura silueta, pero no estaba seguro de si era él.

¡Bang! El golpe repentino contra la puerta pescó a todo el mundo por sorpresa. El caballo de Harold se encabritó y casi lo derribó.

—El ariete —dijo Walsh en voz baja pero clara desde la muralla—. Preparados.

—¡Traed antorchas! —ordenó Harold.

Al cabo de un momento, las luces aparecieron a su espalda y avanzaron en fila hacia los jinetes.

Un segundo golpe. La puerta tembló y le llegó el sonido de madera astillada.

—Uno más —dijo Walsh.

Harold señaló a los hombres de la puerta. Ahora todos los soldados de caballería portaban teas, él también.

—Las murallas están expeditas —gritó Walsh.

Se produjo una breve pausa. Y entonces sonó un tercer golpe atronador en la puerta.

—¡Ahora! —gritó Harold.

Las puertas se abrieron.

Los atacantes no poseían un ariete adecuado, suspendido en eslingas. No tenían más que un poste grueso y difícil de manejar con el que habían golpeado la puerta. Mientras retrocedían para hacer un cuarto intento, en vez de permanecer cerradas, las puertas se abrieron de repente y salió una hilera de soldados de caballería con antorchas ardiendo, que cargó contra ellos. Fue una visión terrible. Los atacantes soltaron el ariete y se dispersaron en la oscuridad.

Harold avanzó al galope. Había antorchas por doquier que trazaban arcos en el aire y se precipitaban de acá para allá en el suelo. Los asaltantes eran como sombras que huían entre destellos de luz. Las espadas tajaban y el metal chocaba contra el metal. De algún lugar, allá adelante, le llegó una voz que gritaba:

—¡Nos han destrozado!

Los habían cogido por sorpresa, sí, pero la situación no iba a resolverse fácilmente. El terreno era desigual y su caballo casi había tropezado. La antorcha que llevaba proporcionaba luz, pero también le ocupaba la mano que tenía libre. Harold se detuvo y miró alrededor. Oyó la voz de Walsh, que se le aproximaba por detrás, y vio los contornos de los soldados de infantería que corrían, pero ¿dónde estaban los de a caballo? Aunque la tea iluminaba todo lo que quedaba cerca, resultaba difícil ver algo más allá del brillo de su luz. Un poco por delante, sin embargo, creyó distinguir las formas vagas de unos hombres montados. Con un único movimiento del brazo, lanzó la antorcha al aire y esta describió un arco en dirección a las siluetas que veía delante.

El primer destello se había producido justo antes de medianoche. Una chispa diminuta, un reflejo al otro lado del agua, una candela dentro de una caja con la parte delantera de cristal, pequeña pero efectiva. La luz procedía del extremo de la isla Dalkey. Casi de inmediato, se encendió como respuesta una señal luminosa en el primero de los tres barcos. Luego destelló otra luz en el bote anclado justo después de las últimas rocas. Aquellas lámparas con la parte delantera de cristal eran útiles. En Dalkey nadie poseía un objeto así; las habían traído de Dublín. En los otros barcos centellearon dos señales más. La noche era tan oscura que, de no haber sido por aquellas pequeñas indicaciones procedentes del agua, sus silenciosas siluetas apenas se habrían distinguido en la negrura. Corría brisa suficiente para que los barcos llegaran a vela hasta el fondeadero. A medida que entraban, los botes de la orilla se situaban a sus costados. Después se lanzaron cuerdas y aparecieron más lámparas. Sonaron unas voces apagadas. En tierra esperaban unas carretas. Toda la población de Dalkey estaba despierta y atareada aquella noche, porque la oscuridad sería breve y había mucho que hacer.

Walsh cabalgaba al lado de Harold. Los jinetes formaban un grupo compacto. Las antorchas se habían apagado, pero el cielo se había serenado y las estrellas daban luz suficiente para ver el sendero.

En su primer avance rápido desde Carrickmines, O’Byrne había conseguido alejarse de ellos, pero no había incrementado la distancia. Mientras seguían el camino hacia los montes de Wicklow, en ocasiones lo perdían de vista, pero no por mucho tiempo. A veces, Walsh oía ruido de cascos por delante, y otras veces, no. Al principio había pensado que los irlandeses se dispersarían a fin de que les perdieran la pista, pero no habían dejado el sendero y enseguida quedó claro que pretendían utilizar los puentes de los dos ríos que tenían que cruzar antes de poder llegar a la seguridad de los terrenos elevados y bravíos del otro lado.

Y aquello fue lo que ocurrió. Había pasado una hora desde que cruzaron el segundo puente y allí estaban, cabalgando entre las crestas de los montes, bajo las relucientes estrellas, en la gran meseta que se extendía hasta Glendalough. Los luceros bañaron el oscuro brezal con una leve pátina mientras los dos grupos de jinetes pasaron por él. Avanzaron en silencio casi todo el tiempo, pero cuando llevaban un tiempo cabalgando por la meseta Walsh comentó:

—Más adelante hay bosques. Allí seguramente se dispersarán para que los perdamos.

—Los alcanzaremos primero —replicó Harold.

Walsh no estaba tan seguro. En Harold había una fuerza implacable que, en el fondo, admiraba, pero eso no significaba que fueran a dar alcance a aquel irlandés tan listo. Ya había notado que cada vez que apresuraban el paso, O’Byrne hacía lo mismo, y que cuando tenían que caminar para dar descanso a los caballos, el irlandés hacía lo propio. Aunque O’Byrne les permitiese verlo, nunca los dejaba acercarse demasiado. En Carrickmines lo habían pescado desprevenido, pero desde entonces había obrado de una manera fría y calculadora. De hecho, pensó Walsh incómodo, era como si O’Byrne estuviera jugando con ellos. Aquella idea llevaba un buen rato inquietándolo y no habló hasta haberla meditado minuciosamente.

—Creo que nos está llevando al huerto —comentó por fin.

—¿Qué quieres decir?

—O’Byrne quiere que lo sigamos.

Harold recibió aquella información en silencio. Cabalgaron otro medio kilómetro. Entonces gruñó:

—Lo atraparemos.

Siguieron avanzando como antes. O’Byrne mantuvo la distancia y sus perseguidores no consiguieron acortarla. Delante, se reveló la silueta oscura del bosque y poco a poco se volvió más definida. Se acercaron y los hombres de vanguardia se adentraron en él. Su negrura se los tragó al instante. Ellos también habían llegado casi al bosque y, al cabo de un instante, entrarían en él. Walsh seguía al lado de Harold y este avanzaba con confianza.

—¡Alto! —gritó Walsh.

No pudo evitarlo. Una intuición abrumadora, una certeza nacida de los muchos años que había vivido en la frontera lo instaron a hacerlo.

—Es una trampa —dijo, finalmente, deteniendo el caballo.

Los otros jinetes lo adelantaron y oyó que Harold soltaba una maldición; sin embargo, no se detuvieron y, al cabo de un momento, la negrura del bosque los engulló; a pesar de todo, siguieron avanzando.

Era una trampa. Estaba convencido de ello. En aquel bosque desierto de los terrenos elevados, a kilómetros de distancia de cualquier tipo de ayuda, serían el objetivo perfecto para una emboscada. O’Byrne conocía cada palmo de aquellas forestas y probablemente podría cruzarlas a caballo con los ojos cerrados. Para él sería fácil aguardarlos en la oscuridad y masacrarlos a todos. Estaban haciendo exactamente lo que él quería. Walsh aguzó el oído. Esperaba escuchar en cualquier momento los gritos de angustia de sus amigos mientras caían en la emboscada. No oyó nada, pero solo era una cuestión de tiempo.

Suspiró. ¿Y él qué hacía, esperando allí? ¿Iba a dar media vuelta y abandonar a los otros a su destino? Por supuesto que no. No podía hacer eso. Por estúpido que resultara y cualesquiera que fuesen las consecuencias, tenía que seguirlos. Desenfundó la espada, redujo el paso y penetró en la oscuridad del bosque.

El sendero era como un túnel. Las ramas más altas ocultaban las estrellas. A cada lado, los árboles eran presencias esbeltas que, más que verse, se adivinaban en la negrura. Se detuvo y aguzó el oído por si captaba sonidos de cascos o cualquier otro movimiento, pero no oyó nada, solo silencio. El sendero se curvaba. Todavía nada. El caballo casi tropezó, pero él lo paró. Se preguntó cuán adelante estarían los demás y si debía llamarlos.

A su derecha, hubo un movimiento tan repentino que no tuvo tiempo de pensar. Oyó un fuerte ruido en la maleza y vio que un caballo y un caballero se materializaban en el camino y casi chocaban con él. Instintivamente, tajó con la espada en la dirección en que creía que estaba el hombre, pero la hoja no alcanzó nada. Volvió grupas para atacar otra vez, pero ¿cómo iba a luchar a ciegas, en la oscuridad? Había que pelear con el instinto, se dijo, ya que no podía hacer nada más. Blandió la espada y golpeó de nuevo. Sintió un dolor como de hierro al rojo en la muñeca y se encogió. La espada que portaba en la mano le pareció de repente muy pesada, pero la alzó para atacar otra vez.

Un golpe. El porrazo le dio en la base de la hoja con tanta fuerza que la espada se le resbaló de la mano y contuvo un grito de dolor. Tenía la muñeca doblada en un ángulo extraño y no podía moverla. Oyó que la espada golpeaba contra el suelo. Solo tuvo tiempo de adivinar dónde estaba su atacante y de comprobar si veía algo en la oscuridad cuando, para su horror, notó que una mano le agarraba el pie y lo alzaba, derribándolo de la silla. Impactó contra el suelo con un gran estruendo. Cual daga cortante, el dolor de la muñeca medio torcida se expandía ahora brazo arriba. Walsh palpó el suelo con la otra mano en busca de su espada, que no debía de estar muy lejos, pero no la encontró. Entonces oyó una voz que decía:

—Estás derrotado, John Walsh. —Le hablaban en irlandés.

—Sabes mi nombre —dijo, alzando la mirada—, pero ¿quién eres?

—Mi nombre no te hará ningún bien.

Walsh no necesitó escuchar nada más. Era el mismísimo O’Byrne. Lo sabía por intuición y sin asomo de duda. Con la mano izquierda seguía buscando la espada.

—Estás acabado, John Walsh.

Era cierto. Walsh respiró hondo.

—Si vas a matarme —dijo—, hazlo cuanto antes.

Esperó el golpe, pero este no llegó. En cambio, creyó escuchar una queda carcajada.

—Me llevaré tu caballo. Es una buena montura. Puedes regresar a casa caminando. —Walsh oyó que su caballo se movía. O’Byrne había agarrado las riendas—. ¿Cómo se llama?

Finbarr.

—Un buen nombre irlandés. ¿Estás herido?

—Creo que me he roto la muñeca.

—Ah. —O’Byrne ya había comenzado a alejarse.

Dolorido, Walsh se puso en pie. Por la mañana estaría lleno de cardenales. Vislumbró las siluetas de los dos caballos que se marchaban camino abajo. Los siguió con la mirada y gritó:

—¿Qué juego es este?

No obstante, la única respuesta que creyó distinguir fue una leve carcajada.

El alba quebraría enseguida por encima del mar. El cielo estaba todavía oscuro, pero había un débil atisbo de luz en el horizonte oriental y la isla de Dalkey pronto dejaría de ser una sombra y cobraría forma.

Michael MacGowan miró hacia el agua. El último de los tres barcos ya estaba mar adentro. El asunto había terminado.

La organización había sido brillante, eso era indudable, y se sentía orgulloso de ello. Todo el pueblo de Dalkey había trabajado con ahínco aquella noche en lo que probablemente fuera la carga más grande que había llegado a aquel pequeño puerto. Toneles de vino, balas de finas telas, barriles de especias… Y no cayó al agua ni un solo bulto. Un milagro, verdaderamente.

Al amanecer ya estaba todo almacenado. Parte de la mercancía se hallaba en la casa fortificada de Doyle, pero MacGowan había preparado los escondites secretos. Para el traslado de los productos se utilizaron todos los carros y carretillas de mano de la población. Los vehículos de Tom Tidy les habían resultado muy prácticos; de hecho, su inesperado regreso de Dublín el día anterior había implicado que podían disponer de otro gran carro con el que MacGowan no había contado. En general, las cosas no podían haber salido mejor, pero, de todos modos, tratar con Tidy había resultado exasperante. Su presencia allí podía haberlo estropeado todo porque, aunque llevaba ya tiempo viviendo en Dalkey, no sabía nada del negocio de Doyle.

Cuando Doyle había maquinado para que lo nombraran administrador marítimo, a nadie le había quedado ninguna duda acerca de cuál sería la naturaleza de la componenda. En realidad, el mundo feudal se basaba muy a menudo en aquellos arreglos. Era cierto que las obligaciones que un rey feudal y sus oficiales podían imponer a los señores y a los terratenientes eran mucho más exactas que los pagos aproximados de tributo del viejo mundo celta, pero, sobre todo en las grandes libertades feudales en las que el señor era casi un reyezuelo, y en las tierras fronterizas de la Marca, donde la ley y el orden solo existían si lograba imponerlos el señor local, el terrateniente feudal pagaba esencialmente a la Corona una renta por la tierra, después de lo cual era libre de hacer lo que quisiera con el lugar. De igual modo, los recaudadores de los impuestos reales eran en la práctica, y a veces también nominalmente, ciudadanos privados. Los oficiales de la Corona en Dublín, con unos modestos efectivos y unos ingresos en declive, se alegraban de recolectar todas las tasas que podían. Así, si Doyle podía aportarles unos ingresos estables procedentes de los impuestos aduaneros de Dalkey, lo más probable sería que no lo molestaran acerca de los detalles de la contabilidad. Si existían ciertas irregularidades y discrepancias, si había cierto porcentaje de los cargamentos que no se contabilizaba bien, eso era el beneficio que sacaba el mercader por ocupar el cargo. Tal vez no fuese del todo legal, tal vez no fuese ético, pero dadas las circunstancias en la isla durante aquellos tiempos, era seguramente la manera más inteligente de proceder. El talento empresarial, tanto en el gobierno como en el comercio, prospera gracias a los beneficios.

Eso era lo que Doyle había hecho. Las cuentas que enviaba siempre eran meticulosas y parecían estar completas. Y casi lo estaban. Pero la contabilidad que MacGowan llevaba siempre difería de los registros oficiales de Doyle en un diez por ciento. La mercancía que salía de la fortaleza de Doyle llevaba toda un sello oficial que declaraba que se habían abonado las tasas de aduana, y así había sido, pero un chelín de cada diez había ido a parar a su bolsillo en vez de a la Real Hacienda. Una interesante variación del tema, y aún más difícil de detectar, era sellar los productos y mandarlos a precio de coste a Bristol, donde podían desembarcarse libres de impuestos. El procedimiento era un tanto engorroso, pero había recurrido a él dos o tres veces como favor a los familiares o amigos con los que tenía tratos comerciales en el puerto inglés.

Tal vez sería inevitable que un día sintiera la tentación de ir más lejos. Aquella idea se le había ocurrido en el pasado, desde luego, pero probablemente no lo habría intentado si MacGowan no hubiese resultado tan hábil a la hora de tratar con la gente de Dalkey. Cuando se presentó la oportunidad, una oportunidad verdaderamente espléndida, MacGowan ya lo había convencido de que podía aumentar los beneficios de una manera segura y con éxito. Y aun así, el poderoso mercader había dudado. Los riesgos eran muy grandes. Si lo pescaban en su apropiación de los impuestos aduaneros —y demostrarlo habría sido harto difícil—, se arriesgaba a poco más que a una reprimenda y al pago de una multa a las autoridades. Tal vez no llegaría a perder siquiera el cargo, pero aquel contrabando a gran escala era harina de otro costal. Para empezar, significaba implicar no solo a su empleado sino a todo Dalkey. El descubrimiento tendría serias consecuencias: pérdida del puesto, una elevada multa y quizás algo aún peor. El beneficio, las tasas de aduana de tres cargamentos enteros de mercancías valiosas, sería enorme, pero, en cualquier caso, ya era un hombre rico y no necesitaba dinero. Así pues, ¿por qué lo había hecho?

Se había formulado aquella pregunta muchas veces y creía que sabía la respuesta. Lo había hecho por el riesgo. Lo que realmente le atraía era la dificultad y el peligro que entrañaba. Sus lejanos antepasados vikingos habrían sentido lo mismo, sin duda alguna. Había pasado mucho tiempo desde que el poderoso y taciturno mercader y fundador de la ciudad hubiera experimentado emociones verdaderas. Aquélla era una aventura en alta mar.

La planificación y la logística habían sido formidables. Los tres barcos debían llegar de puertos distintos, reunirse en la costa meridional de Irlanda y seguir viaje juntos. La mercancía tendría que descargarse a una velocidad increíble, a oscuras; y luego tendrían que esconderla y después distribuirla para su venta en mercados distintos sin despertar sospechas. Había sido después de que se hubieran ocupado de todos aquellos problemas cuando había surgido la dificultad mayor, la aparición repentina del escuadrón en Dalkey para que vigilara la costa. Tan pronto como informó de ello, MacGowan pensó que los planes tendrían que abortarse.

—Supongo que se ha terminado —le había dicho a Doyle con tristeza.

—En absoluto —había respondido el mercader con toda la calma, dejándolo asombrado.

En realidad, Doyle había disfrutado con aquel riesgo añadido. ¿Cómo iba a convencer al escuadrón de que se marchara de Dalkey? Persuadiendo a los soldados de que el enemigo que andaban buscando se disponía a atacar en otro lugar. El castillo de Carrickmines había sido la opción más obvia, pero la genialidad del mercader residía en la forma en que lo había decidido todo. Había sido MacGowan quien le había hecho reparar en Tom Tidy, cuando le había avisado de que el transportista era la única persona de Dalkey que no participaría en el contrabando.

—Si llega a adivinar lo que ocurre siquiera, irá directo a las autoridades —le había advertido a Doyle—. He tenido que llevármelo de Dalkey por un tiempo.

—Entonces, utilicemos a Tidy para que nos haga el trabajo —le había dicho Doyle al atónito joven.

Había sido idea de Doyle que a Tidy lo siguieran cuando fuese a la iglesia a rezar, y que oyera a los conspiradores planificando el ataque a Carrickmines.

—Habrás de fingir que lo disuades de hablar con alguien, si acude a ti en busca de consejo, algo que es probable que haga —le había dicho Doyle a MacGowan—. De esa forma, nunca imaginará que lo has traicionado. Y si lo que me cuentas de ese sujeto es cierto, entonces nuestro amigo irá de todos modos a hablar con las autoridades.

Y así resultó ser. Tanto MacGowan como el propio Doyle, convocados por el justicia, habían interpretado sus respectivos papeles a la perfección. Todos se habían creído el plan de ataque contra Carrickmines, el escuadrón se había retirado y la costa había quedado despejada de nuevo para el desembarco. Pero Doyle no se había detenido allí. A fin de que el relato sonara convincente, le había explicado a MacGowan: «Necesitaremos una incursión en Carrickmines».

Solo un hombre con tanta influencia como Doyle podía haber organizado algo así —ni siquiera le dijo a MacGowan cómo lo haría— y le envió la noticia a O’Byrne, a fin de que llegaran a un acuerdo. El jefe irlandés dirigiría un ataque convincente contra el castillo durante la noche y se aseguraría de que sus hombres se llevaran a los defensores bien lejos de Dalkey. Al parecer, el plan había divertido a O’Byrne, que había recibido una generosa paga. En realidad, Doyle tendría que sacrificar una buena parte de los beneficios de la operación, pero ya estaba demasiado metido en ella como para echarse atrás. El irlandés había sido advertido del peligro que suponían Harold y el escuadrón, pero el riesgo de la operación solo había supuesto un mayor aliciente.

—En cualquier caso —había comentado—, mis muchachos se desvanecerán en la noche. —Había sido él quien había enviado a la chica morena a que rondara por el puerto y por el castillo—. Le he dicho —le prometió a Doyle— que se asegure de que la ven.

Y así lo habían planeado todo. A Doyle, por supuesto, no volverían a verlo. Desde Dublín, podía incluso negar que tuviera conocimiento del asunto, aunque, si las cosas salían mal, MacGowan sabía perfectamente bien que Doyle lo escondería en un lugar seguro; si era necesario, cruzaría el mar antes de que los hombres del justicia lo apresaran.

Solo había surgido un problema. No se había dado cuenta de lo difícil que sería sacar a Tom de Dalkey. Había hecho todo lo posible por asustarle y que se marchara a Dublín, tal como Doyle le había sugerido, con historias de peligro inventadas y la hostilidad simulada de los habitantes de la población, pero cuando Tom había aparecido de nuevo la noche anterior al desembarco, MacGowan se había desesperado. Al final, el propio Doyle había ido a llevárselo. Aquello al mercader no le había complacido.

Sin embargo, pensaba ahora MacGowan, mientras observaba cómo se completaba el trabajo de la noche, probablemente Doyle no tardaría mucho en perdonarle aquel único error de cálculo.

Tres semanas después, John Walsh cabalgaba por la falda de la montaña y se encontró con la muchacha.

La vida había transcurrido relativamente tranquila en el castillo de Carrickmines desde la noche del ataque. El plan de infligir una severa derrota a O’Byrne no había tenido éxito. Algunos de sus hombres habían resultado heridos, pero, sin saber cómo, cada uno de ellos había conseguido escapar en la oscuridad, aunque la búsqueda por el piedemonte se había prolongado hasta muy avanzado el día. En cuanto a Harold y su grupo, habían terminado vagando sin rumbo fijo al amanecer, con las manos vacías, por los bosques de encima de Glendalough. La persecución había resultado un fracaso, pero no pasó mucho tiempo —menos de una semana— antes de que lo considerasen un éxito.

«Les hemos dado un buen susto. Los hemos ahuyentado. Es una lección que tardarán en olvidar». Aquél fue el veredicto que pronto estuvo en boca de todos en Dublín. Así son las historias de las guerras.

Walsh no dijo nada. Sabía que todo había sido un engaño, una suerte de fraude, pero aún no había descubierto cuál. Era obvio que O’Byrne estaba al tanto de lo que iba a suceder. Si sabía que las tropas lo estarían esperando, entonces seguramente había sido porque quería que estuvieran allí. Sin embargo, tras seguir pensando en el asunto, le pareció que si O’Byrne o la persona para la que estuviera trabajando querían todas las fuerzas militares disponibles en Carrickmines, eso solo podía significar que no las querían en otro lugar. Entonces, ¿de dónde habían venido las tropas? De Dublín, de la Cruz de Harold y de Dalkey. Que él supiera, no había ocurrido nada en ninguno de aquellos lugares, pero cuanto más pensaba en ello, más se centraban en Dalkey sus sospechas. Acaso nunca lo sabría, pero lo recordaría y en el futuro observaría con interés. La vida en la frontera, decidió satisfecho, no era nunca monótona.

La chica estaba tumbada al sol encima de una roca. Debía de haberse quedado dormida. De otro modo, no habría podido acercase a ella. Su larga melena morena caía como una cascada por el costado de la piedra. Se puso en pie de un salto y le lanzó una mirada llena de enojo, a la que él respondió con una sonrisa. Le divirtió recordar que aquella evasiva figura era, en realidad, su prima. La muchacha se volvió para escapar, pero él la llamó.

—Tengo un mensaje para ti.

—No tienes nada que decirme —le gritó ella, desafiante.

—Llevarás un mensaje a O’Byrne —replicó él—. Dile —decidió deprisa— que la muñeca se me está curando, pero que no voy a sacar ningún beneficio de ello.

No había planeado transmitir aquel mensaje, sino que se le ocurrió de manera impensada, pero le gustó. Luego, antes de que la muchacha pudiera hacer ningún otro comentario, volvió grupas y se alejó.

Una semana más tarde, saliendo del castillo poco después del amanecer, encontró una docena de toneles de vino que alguien había dejado por la noche a la puerta.

Sonrió para sí. Conque aquél era el juego… Dalkey estaba cerca de Carrickmines, carretera abajo. Tal vez había llegado el momento, pensó, de que la familia Walsh empezara a tomarse más interés por aquel lugar.