Dos

Tara

I

La primera noche fue benévola con ellos. Tras preparar la huida a toda prisa, tomaron dos corceles fuertes y veloces y dos buenos caballos de carga. Conall no se llevó la espada ni la lanza, solo el cuchillo de caza, aunque también cogió un pequeño lingote de plata y se lo escondió en el cinturón. Cuando salieron del campamento, era noche cerrada y todo el mundo dormía. Probablemente, nadie notaría su ausencia hasta bastante después del amanecer. Y aunque sus perseguidores saliesen enseguida, no sabrían qué camino habrían tomado.

¿Hacia dónde debían ir? ¿A los páramos del Connacht? ¿Dejarlos atrás y llegar hasta el Ulster, donde podrían encontrar un barco que les permitiera cruzar hasta Alba? No, decidió Conall. Aquello sería lo primero que se le ocurriría al Rey y, al cabo de unos días, tendría espías vigilando en todos los puertos. Si querían escapar por mar, sería mejor que esperasen. Entonces, ¿adónde podían ir, mientras, para huir del largo brazo del Rey Supremo?

—Nuestra mejor esperanza está en el sur —le dijo a Deirdre—. En el Munster.

La inmensa y hermosa costa del sudoeste, con sus innumerables cerros, caletas e islas, les brindaba numerosas oportunidades para esconderse; además, el control que el monarca tenía de la zona era menor que en el resto de la isla.

La primera noche viajaron hacia el sur. El terreno era llano y los pastizales interrumpían el bosque con frecuencia. Cuando rompió el alba, advirtieron que estaban en una marisma desolada y procedieron con cautela un buen rato, vadeando un pequeño río hasta que llegaron a terreno seco, donde descansaron. Deirdre despertó pasado el mediodía y se encontró con Conall, de pie a su lado.

—He reconocido el terreno que tenemos por delante —le dijo—. Será mejor que nos pongamos en camino.

Cabalgaron con precaución toda la tarde. Las principales vías de la isla solían estar transitables. En algunos sitios, la maleza que las orillaba era tan densa que solo habría sido cuestión de instantes encontrar algún escondite, pero eso significaba que los caminos eran el único medio de avanzar. Incluso en las zonas menos pobladas, siempre se corría el riesgo de toparse con alguien. En una ocasión, llegaron a un ondulado páramo, donde encontraron una cabaña de pastor vacía. Más tarde, al divisar tierras cultivadas ante ellos, dieron un gran rodeo para evitar que los vieran, pero las ramas que les golpeaban la cara hacían que el avance fuera tan lento que perdieron un tiempo valioso. Cuando llegaron a la cresta de un cerro era ya media tarde y Conall se detuvo.

—Allí —dijo señalando hacia el sur. Deirdre vio una larga y compacta cadena de montañas que surgía en la planicie—. Son los montes de Slieve Bloom —explicó—. Si podemos llegar a ellos mañana sin que nadie nos vea, será difícil que nos encuentren.

Cuando cayó la noche y se envolvieron en las capas y se tumbaron bajo las estrellas, estaban ya cerca. Deirdre, sin embargo, tardó un rato en conciliar el sueño y cuando lo hizo, durmió de manera intermitente. En algún momento de la noche, le pareció oír los aullidos de los lobos en la distancia.

Deirdre se despertó con la primera luz grisácea del amanecer y se estremeció. Se había levantado una fría y húmeda brisa. Conall ya estaba despierto y le dijo:

—Pronto lloverá. Eso es bueno porque tenemos que cruzar terreno abierto.

La lluvia no fue abundante, pero persistió toda la mañana, protegiéndolos tras una cortina mientras recorrían un camino que llevaba por unos pastizales abiertos y un páramo. Luego, a mediodía, empezó a empinarse por una larga vertiente. Aparecieron árboles a cada lado, el sendero comenzó a serpentear y Deirdre advirtió con alivio que habían llegado a la seguridad que brindaban las montañas. Poco después, la lluvia comenzó a amainar y desde los ocasionales salientes de roca divisó las magníficas panorámicas de la campiña que se extendía a sus pies. Hicieron una pausa y descubrió que tenía hambre. Antes de salir, se había provisto de pan y de carne. Todavía les quedaba algo y, sentados junto a un pequeño arroyo de montaña, comieron la última carne y bebieron agua de la corriente, que sabía dulce.

—Desde aquí —dijo Conall— podemos seguir los senderos del bosque que se adentran en el Munster.

—¿Y qué comeremos, si puedo preguntar? —inquirió ella.

—He visto una liebre. —Conall sonrió apesadumbrado—. Y las nueces nos darán energía. Hay peces en los ríos y ciervos en los bosques. También puedo bajar a una de las granjas, decir que soy un viajero pobre y pedir un poco de pan.

—Entonces será mejor que te quites la capa —le dijo ella riéndose—. O que nadie te vea con ella —añadió más seria—. Es una capa principesca.

Conall miró la prenda. Era de un espléndido tejido, con los bordes de piel; Deirdre tenía razón.

—Qué estúpido soy —dijo—, recorriendo el país con una capa como esta.

Sacudió la cabeza, se acercó a uno de los animales de carga y sacó un hacha pequeña. Entonces, apartó unas hojas del suelo junto a un árbol y empezó a cavar un hoyo superficial. Al cabo de poco, fue lo bastante hondo para contener la capa, lo cubrió de nuevo con tierra y esparció las hojas otra vez sobre el lugar. Satisfecho con su trabajo, regresó, guardó el hacha y le dedicó una sonrisa.

—Así que has enterrado tu ropa elegante, ¿no? —le dijo, devolviéndole la sonrisa.

—Sí.

De repente, la sonrisa abandonó su rostro y adquirió un aspecto pensativo.

—¿Qué ocurre? —preguntó ella.

—Nada —respondió él—. Nada importante. ¿Seguimos cabalgando?

Pero entonces ella recordó las geissi de las que le había hablado su padre.

Conall no moriría hasta que:

Hubiera enterrado sus prendas de vestir.

Hubiera cruzado el mar al amanecer.

Hubiera llegado a Tara a través de una bruma negra.

Acababa de cumplirse la primera.

Insegura, Deirdre comenzó a decir algo, pero él ya cabalgaba delante de ella.

Solo una cosa asombraba a Deirdre. Hasta entonces él no le había hecho ningún requerimiento físico. Habían estado viajando, desde luego, y las circunstancias distaban mucho de ser cómodas, pero no la había ni rozado. Supuso que lo haría a su propio ritmo. Y mientras tanto, no sabía si hacer algo para animarlo o no.

Lo intentó tomándolo del brazo o plantándose de espaldas a él a la espera de que la abrazase. También lo había probado de cara a él, con la confianza de que la besara, pero lo único que había conseguido era una sonrisa.

Recordó que su madre una vez le había dicho: «Con un hombre solo se necesita un poco de tiempo y buena comida». Por eso se sintió doblemente esperanzada cuando, mientras viajaban por los altos senderos de los montes de Slieve Bloom, Conall le dijo:

—Mañana saldré a buscar comida.

A la mañana siguiente, tras dejarla con el último pan que quedaba, se puso en marcha temprano, prometiendo que regresaría al atardecer. El día transcurrió apaciblemente. El tiempo era bueno y desde un claro entre los árboles se divisaba una panorámica extraordinaria. Aparte de los gorjeos de los pájaros, reinaba el silencio, pues cerca no había ni un alma. Cuando Conall apareció, el sol ya se hundía en el horizonte. Llevaba una bolsa que contenía pan, tortas de trigo y otras provisiones. Parecía satisfecho de sí mismo.

—Me han dado esta comida en una granja —explicó—. Les he dicho que era un mensajero que iba al encuentro del rey del Leinster.

Aquella noche comieron bien. Conall encendió un pequeño fuego. Después, ella se tumbó contenta junto a la hoguera. Deirdre sabía que la luz de las llamas jugaba con su rostro y le sonrió, pero Conall solo le devolvió la sonrisa, bostezó, comentó que había sido un día muy largo y, tras envolverse en la manta de lana, se volvió de costado y se durmió.

No le había contado nada del mensaje que había enviado.

Había sido una suerte encontrar al viajero en el camino. En la isla había viajeros, por supuesto, como en otros lugares del mundo: mercaderes, mensajeros, magos, artistas ambulantes… En el mundo celta, estos últimos siempre iban de un lado a otro. Músicos, bailarines, bardos… Supuso que era consustancial a ellos. En ocasiones, se detenían en una granja para pasar la noche y entretenían a la familia de la casa a cambio de comida y alojamiento. En cambio, en la corte de un jefe importante, eran bien gratificados.

Conall vio al hombre en la distancia. Iba a pie, caminando por el sendero de montaña con paso fácil y tranquilo. Escondió el caballo entre los árboles y se le acercó.

El viajero era un bardo. Entablaron conversación con facilidad y Conall pudo exhibir tal conocimiento de poesía que el desconocido lo tomó por otro bardo. Conall advirtió que el hombre era un buen practicante de aquel arte, pero no tardó en saber que el bardo huía del Munster escapando de algún problema. Por eso, cuando Conall le sugirió que podía ayudarle a encontrar empleo en la corte del Rey Supremo, no le sorprendió ver que los ojos del artista se iluminaban.

—Debes ir a Uisnech mientras el Rey todavía esté allí —le dijo—. Tengo un amigo, un druida llamado Larine. Si lo abordas y le dices que te envío yo, acaso pueda ayudarte. Pero allí también tengo enemigos, por lo que no debes decir quién te envía. Ve directamente a hablar con Larine.

—Pero ¿cómo sabrá quién me envía? —preguntó el bardo.

—Te daré una prenda —respondió Conall, que tras romper una pequeña rama de un árbol cercano, le quitó la corteza con un cuchillo e hizo unas marcas en alfabeto ogham. Luego se lo tendió al bardo—. Muéstrale esto y cuéntale que yo te he dicho que él te ayudará.

—Lo haré, desde luego —prometió el hombre y siguió su camino.

Lo que Conall había escrito en la rama era una petición. Acababa de pedirle a Larine que se reuniera con él. Tenía que transmitirle un mensaje para el Rey.

En los días que siguieron, ora se dirigieron hacia el sur, ora hacia el oeste, a un paso más reposado. Bajaron hasta unas granjas dispersas y avanzaron con cautela antes de encontrar de nuevo bosques y terrenos más elevados. También se adaptaron a una nueva manera de viajar.

Lo que le había dado a Conall la idea había sido el encuentro con el bardo. Cada día reconocería el camino que tenían por delante y luego llevaría a Deirdre hasta un lugar que considerase seguro. Moviéndose solo, podría viajar hasta que viera una granja. Ahora ya lucía barba de varios días y la camisa que llevaba no estaba demasiado limpia. Si caminaba con una leve cojera, parecería más viejo. Tomaba siempre la precaución de llegar a pie y no le costaba hacerse pasar por un bardo y obtener comida y refugio para la noche. Por la mañana, pedía más comida para el viaje y se la llevaba a Deirdre. Con ello no solo solucionaba el problema de alimentarla, sino que también se mantenía informado de las noticias que se producían en la región. De momento, no había oído hablar de su huida ni había encontrado rastro del grupo perseguidor. Para Conall, aquella manera de viajar tenía asimismo otra ventaja: a menudo pasaba las noches lejos de Deirdre.

Cuando un hombre ha de contenerse con una mujer, o una mujer con un hombre, la mejor manera de evitarse reside en el manejo de las circunstancias. El método seguro de viajar que Conall había elegido era tan absolutamente lógico que Deirdre no podía cuestionárselo. Algunas noches, Conall se quedaba con ella, pero, cuando lo hacía, estaba cansado; de ese modo, aunque a ella todavía le sorprendía su control, pensaba que él quería posponer la consumación de su amor hasta que llegaran a un lugar donde pudieran quedarse y estar a salvo, y lo único que tenía que hacer ella era ser paciente.

Conall le había dicho a Larine que se reuniera con él al cabo de quince días. El bardo tardaría unos tres días, tal vez cinco, en encontrar al druida, y Larine necesitaría otros tres para llegar al lugar de la cita. Permitir un margen de tiempo tan amplio como quince días le pareció lo más sensato. Eligió el lugar cuidadosamente. Éste se encontraba en un campo abierto, donde podría ver si alguien se acercaba. Para llegar desde el norte, el druida tendría que tomar un camino serpenteante que cruzaba una marisma. Le había dicho que acudiera solo, pero aun cuando siguieran a su amigo, Conall podría escapar antes de que los perseguidores consiguieran acercarse. El único problema que aún no había resuelto era qué hacer con Deirdre mientras iba a encontrarse con Larine. Tal vez daría con una granja donde ella pudiera esperar, pero aquello era arriesgado. Sería mejor que la dejara con provisiones para unos días en un lugar seguro. Hasta entonces, no quería alejarse demasiado del sitio de la cita. Por eso su viaje trazaba una amplia curva hacia el oeste, en vez de dirigirse directamente hacia el sur, camino del Munster.

Había escogido a Larine de una forma natural. Si había alguien en quien confiar y a quien el Rey escucharía, ese era sin duda el druida. Sería Larine el que transmitiera los mensajes más importantes: primero, habían huido por culpa de la amenaza de la Reina; y segundo, no había tocado a la muchacha.

Había sido ese primer día, mientras contemplaban los montes de Slieve Bloom, cuando había comprendido lo importante que era su penitencia.

Aquella noche negra en que se habían puesto en camino ya había sabido que tan pronto como Deirdre estuviera fuera de peligro, tendría que enviar a su tío un mensaje a modo de explicación. Tendría que contarle la amenaza de la Reina. Confiaba en que su tío creyese que decía la verdad. Se había llevado a Deirdre solo para salvarle la vida, porque si la Reina había decidido matarla, tarde o temprano encontraría el modo de hacerlo; además, seguro que su tío no querría que eso sucediera. Con la mediación de Larine, tal vez llegarían a un acuerdo. Después de fingir que lo había perseguido, su tío muy bien podía dejarlo escapar discretamente al otro lado del mar y olvidar el asunto.

Durante la mañana se planteó otras posibilidades más complejas. ¿Y si su tío enviaba lejos a la muchacha para ponerla a salvo, pero exigía que él regresara? O podía divorciarse de la Reina y mandar llamar a Deirdre. Ambas cosas eran poco probables, pero no imposibles. Y desde luego, se recordó, no toleraría ninguna de las dos porque, al fin y al cabo, amaba a Deirdre y sabía que ella no soportaría casarse con el Rey.

Pero al mismo tiempo, mientras estaba al lado de la muchacha, mirando las montañas, comprendió el alcance de todo ello. Para que la negociación tuviera alguna esperanza de éxito, no debía tocarla. Hasta entonces, Deirdre era todavía la mujer del Rey, y había huido con ella solo para protegerla. A menos que pudiera prometerle a Larine con un solemnísimo juramento druídico que no había tocado a la chica, todas las explicaciones de su conducta se vendrían abajo.

Fue por eso por lo que, al menos de momento, evitó tener cualquier contacto con la mujer que amaba, cosa que creyó no poder explicarle a ella.

Larine leyó el mensaje en el bastón. Era sucinto: un nombre, un lugar, una fecha y la palabra «solo». Entonces se volvió hacia el mensajero. No sería difícil encontrarle un empleo a aquel individuo. En Uisnech todavía quedaban tres o cuatro jefes que, si Larine se lo pedía, harían una prueba al bardo y le pagarían algo. Si era bueno, la noticia correría enseguida.

—Puedo ayudarte —le dijo.

El mensaje de Conall, sin embargo, era mucho más complicado. Las celebraciones habían proseguido, como estaba previsto que ocurriera, pero el ambiente era tenso. El Rey Supremo parecía calmado por fuera, pero los que lo conocían, como Larine, nunca lo habían visto tan enfadado; en aquel momento, era peligroso.

Aunque el hecho de ser un druida lo protegía, ¿le apetecía acudir a la cita con el fugitivo? Si Conall quería verlo, tal vez fuese para pedirle consejo, pero también podía ser que deseara transmitirle un mensaje. ¿Querría él volver y contarle al Rey que había ido a ver a Conall a hurtadillas? ¿Tanto valía la amistad que tenía con Conall?

Aquel día, pasó mucho rato pensando antes de decidir que iría. Era un alma valiente.

Habían descansado tres días junto al estanque. Era un lugar tranquilo, un pequeño lago en el desnivel de una montaña, alimentado por una corriente de la cual asomaba, bajo un fresno en el otro extremo, una lengua de agua clara por encima de un labio de piedra que descendía por una hondonada de aulaga hasta una cañada serpenteante. Las laderas estaban todas cubiertas de espesos bosques y nadie se acercaba por allí. Conall había construido un pequeño refugio y se habían metido en el estanque, donde habían encontrado truchas, pequeñas pero muy sabrosas.

El primer día que habían descansado allí, Conall había salido y había regresado a la mañana siguiente con abundantes provisiones y leña, que había cortado para encender una hoguera. Mientras, Deirdre había lavado toda la ropa en el arroyo.

Desde hacía unos días, el tiempo era cada vez más cálido, y el cielo, de un azul transparente. La ligera brisa de la mañana se debilitaba gradualmente. Conall estaba tallando un bastón con el que hacer un arpón para pescar cuando ella le preguntó si aquella noche bajaría al valle.

—No —se apresuró a responder él—. Tenemos comida de sobra. Pero mañana —añadió— me marcharé para estar varios días fuera.

Poco después, se había metido en el lago y se había apostado con el arpón a punto, esperando divisar algún pez.

Entonces Deirdre supo lo que tenía que hacer. Ignoraba por qué, pero estaba segura de que tenía que hacerlo aquel día.

Cuando comieron, era primera hora de la tarde. Deirdre asó en las brasas los dos pescados que Conall había capturado y el aire quieto se llenó de diminutas volutas de humo azul grisáceo. Además del pescado, preparó alubias y lentejas. El día anterior, él había traído consigo una jarra de cerveza y bebieron de ella. A continuación, comieron tartas de avena con miel que Deirdre había hecho y cuando él se tumbó satisfecho después de aquel almuerzo, ella comentó con dulzura:

—Es una suerte que hayamos escapado, Conall. Me has salvado la vida.

—Probablemente sea cierto —dijo él, mirando el cielo—. La Reina es una mujer temible.

—Aunque no fuese por ella, no me gustaría tener que volver con el Rey. Es a ti a quien quiero.

—Y sin embargo —Conall inclinó la cabeza hacia delante para mirarla—, si alguna vez nos capturan los hombres del Rey, es posible que me maten. Y entonces, tú tendrás que regresar, ¿sabes? —Esbozó una sonrisa—. Tal vez el Rey se divorcie de la Reina y la mande de vuelta con su familia. Entonces no correrás ningún peligro.

Pero ella sacudió la cabeza.

—El Rey nunca me poseerá, Conall. Antes me quitaría la vida.

Lo había dicho de una forma tan llana que él pensó que debía ser verdad.

—¡Oh! —exclamó, volviendo a echar la cabeza hacia atrás y a clavar los ojos en el cielo.

Después, permanecieron callados, tumbados bajo el sol. El aire estaba absolutamente quieto. La columna de humo de la hoguera no se había dispersado, sino que ascendía en vertical hasta confundirse con el azul del firmamento. En toda la zona del lago reinaba el silencio. Deirdre vio un pájaro en la distancia, posado en una rama alta. Su plumaje relucía como el oro bajo el sol, pero si trinó alguna melodía, aquel sonido también cesó, como si el mismísimo paso del tiempo se hubiera detenido en el silencio absoluto de la tarde.

Entonces, sabiendo lo que tenía que hacer, se levantó en silencio. Él no se movió y siguió mirando el cielo. Deirdre se acercó a la orilla y, tras quitarse el vestido y la ropa interior, se metió deprisa en el agua fría y, con un estremecimiento, comenzó a nadar hacia el centro, donde podría sostenerse mientras braceara.

Al oír el sonido, pero sin saber que estaba desnuda, Conall miró hacia el lago y, al cabo de un momento, se sentó para contemplarla. Ella se quedó donde estaba, sin insinuarle que debía acompañarla, pero le sonreía en silencio, mientras él continuaba mirándola y la luz dorada jugaba en las pequeñas ondas del agua que se habían formado a su alrededor. Permanecieron así un rato.

Ella nadó unas cuantas brazadas hasta casi la orilla y se incorporó despacio. El agua le goteaba del cabello y de los pechos y caminó hacia él.

Y entonces, Conall, conteniendo una pequeña exclamación, se puso en pie y la tomó en sus brazos.

Larine esperó en el punto de encuentro durante tres días, pero por toda compañía solo tuvo los pájaros, que revoloteaban, vigilantes en lo alto. Conall no apareció. Y tras esperar dos días más para asegurarse de que no acudía, el druida regresó lleno de pesar.

Pese a la tristeza que lo embargaba por la desaparición de su amigo, Finbarr no pudo por menos que sentir alegría cuando se acercó a la colina de Uisnech con Cuchulainn correteando a su lado.

Ya tenía el toro negro. Se trataba, ciertamente, de una bestia magnífica. Mientras que muy pocas de las desgreñadas reses de la isla llegaban a la altura del pecho de un hombre, el lomo del toro negro le llegaba a los hombros y con las dos manos extendidas solo podía tocar las puntas de su inmensa cornamenta. Su pelaje era negro azabache, y la poderosa mata de pelo sobre la frente era tan tupida como una melena humana.

La incursión se había realizado con destreza. Sus hombres y él se habían escondido y habían vigilado durante dos días hasta que estuvieron seguros de que uno de los vaqueros que desaparecía regularmente en el bosque era el cuidador del toro. Al tercer día lo siguieron y encontraron al inmenso animal, hábilmente escondido en un pequeño cercado en el que el individuo llenaba un pesebre para alimentarlo.

—Te necesitaremos para que guíes el toro —le dijo Finbarr.

—¿Y si me niego? —inquirió el hombre.

—Te cortaré la cabeza —respondió Finbarr, en tono cordial.

Así, el hombre los había seguido.

Sacaron el toro del Connacht sin más incidencias por una ruta indirecta y, cuando se acercaban a Uisnech, Finbarr envió a uno de sus hombres al propietario del animal con el siguiente mensaje:

«El Rey Supremo lamenta que no estuvieras en casa cuando pasó a recoger el tributo, pero te agradece el espléndido toro que le has enviado en su lugar».

La llegada no pudo ser más alentadora. En Uisnech todavía quedaban unos cuantos jefes con el Rey y su séquito. Mientras se aproximaban a los aposentos del monarca, toda una multitud, incluidos muchos druidas, orillaba el camino, pero fue la Reina quien salió primero a recibirlos, su rostro se torcía en una sonrisa.

—¡Éste es mi toro! —gritó. Y acercándose a la bestia y en voz más baja, repitió—: Éste es mi toro. —Su tono denotaba una honda satisfacción.

El recibimiento que les brindó el Rey, sin embargo, fue menos caluroso. Acogió a Finbarr con un asentimiento y un gruñido que parecían indicar que reconocía el éxito de la misión, pero era evidente que en la cabeza del Rey había asuntos mucho más importantes.

—Alguien ha visto a Conall y a Deirdre —le dijo Larine.

El druida no había contado nada de su frustrada cita y nadie se había enterado. Le había intrigado lo ocurrido y se había sentido herido en secreto cuando, a su regreso, había sabido que, al mismo tiempo que él esperaba en el lugar de encuentro, Conall viajaba hacia el sur, en dirección al Munster, con la muchacha. Los grupos que los buscaban seguían haciéndolo, le contó a Finbarr: «Pero de momento, no hemos vuelto a saber de ellos».

Cuando el Rey mandó llamar a Finbarr, faltaba poco para la puesta de sol. Lo encontró sentado en un banco, cubierto con una colcha, debajo de un árbol. El monarca lo miró con aire pensativo, frunciendo levemente sus cejas pobladas.

—Has hecho muy bien el trabajo que te había encomendado. —Esperó a que Finbarr inclinara respetuosamente la cabeza y añadió—: Y ahora te asignaré otro. Primero, sin embargo, dime una cosa: ¿sabes dónde está Conall?

—No, no lo sé.

—Pues encuéntralo y tráelo de vuelta. —Hizo una pausa y luego, con un estallido repentino de rabia, dijo—: Era el hijo de mi hermana, Finbarr. Siempre lo he tratado con bondad. ¿Crees que tiene derecho a portarse así conmigo? —Finbarr solo pudo inclinar la cabeza de nuevo, porque el Rey no había dicho más que la verdad—. Debe volver, Finbarr, y entonces tal vez me diga por qué ha hecho esto. Pero si no viene, tú volverás con su cabeza o será mejor que no regreses. Dos jefes irán contigo. Ya han recibido mis órdenes.

«Para que me vigilen», pensó Finbarr, que dijo en voz alta:

—¿Y Deirdre?

—No sufrirá ningún daño. —El monarca suspiró—. Casarme con ella ahora sería un escarnio. La enviaré de regreso a Dubh Linn. Puedes decírselo.

—Puede que no los encontremos.

—Tus padres y tus hermanos y hermanas son pobres, Finbarr. Si haces lo que te pido, te prometo que ya no serán pobres nunca más. Si fracasas, serán más pobres aún.

—Entonces, no me queda otra opción —dijo Finbarr con amargura antes de marcharse.

El Rey lo observó, aunque sin ira. Él en su lugar habría sentido lo mismo. Los monarcas, sin embargo, no siempre podían permitirse ser benévolos, como tampoco podían permitirse ser del todo sinceros.

Si Conall volvía con Finbarr, los dos jefes matarían a Conall en el camino. En cuanto a la chica, la enviarían de regreso a Dubh Linn, pero antes de que llegase allí, sería entregada a un nuevo amo, porque el Rey ya la había vendido, como concubina, a Goibniu, el Herrero.

Si uno se detenía a pensar en ello, no podía ser de otra manera.

Volvían a viajar despacio y con precaución y ahora no se aventuraban nunca por terreno abierto a plena luz del sol.

El día que los habían descubierto, habían escapado por poco. Acababan de cruzar una zona de brezal donde dos de los caballeros del Rey, que aparecieron a su espalda, los vieron y comenzaron a darles caza. No podían hacer otra cosa que correr. Abandonaron el camino y se lanzaron hacia el bosque, consiguiendo eludir a los hombres del monarca, pero la experiencia los conmocionó a ambos. Ahora el Rey Supremo sabría que se escondían en el Munster. Con sus innumerables montes, islas y cañadas, resultaría difícil dar con ellos, pero el monarca se mostraría implacable.

Fue Deirdre quien tuvo la idea.

Desde los montes del Munster, en dirección al este, había caminos de bosque y senderos de montaña en casi todo el recorrido hasta llegar a las cadenas de montañas que surcaban la costa oriental de la isla y que culminaban en los majestuosos montes de Wicklow.

—Mientras ellos nos buscan en todos los montes y los valles del sudoeste, nosotros podríamos ponernos de camino hacia ahí arriba —señaló. Regresar a las regiones costeras de las que acababan de huir era un engaño astuto y sería poco probable que a alguien se le ocurriera buscarlos allí. Deirdre también sugirió otra cosa que lo sorprendió—. Debemos dejar los caballos aquí y seguir a pie —dijo.

Enseguida Conall vislumbró la sensatez de lo que acababa de decir. Nadie buscaría al príncipe Conall a pie. Luego ella hizo otras dos sugerencias que todavía lo asombraron más.

A mediados de junio un druida solitario, que caminaba despacio apoyándose en un bastón y que iba acompañado, unos cuantos pasos detrás, por un joven criado, se puso en marcha al anochecer desde las montañas de Wicklow y tomó el sendero que bajaba hasta el cruce de Ath Cliath en Dubh Linn. Fergus y sus hijos estaban en los remotos pastos con el ganado, como Deirdre le había dicho que estarían. Pero, en cualquier caso, era noche cerrada cuando, alejándose un poco del rath, por si había algún perro en las proximidades, cruzaron la calzada de madera sobre los bajíos del Liffey. Mientras lo hacían, Deirdre notó que las tablas podridas todavía no se habían cambiado. Al otro lado se extendía la amplia llanura de las Bandadas de Pájaros.

Hasta ahora, el plan de la muchacha había funcionado. Cuando, siguiendo su sugerencia, Conall se había hecho la tonsura de los druidas en la cabeza, ella sonrió para sí porque, a su juicio, parecía más que nunca él mismo.

Cuando ella se afeitó la cabeza como una esclava, él estalló en carcajadas. Deirdre se había preguntado si la pérdida de su espléndido cabello la haría menos atractiva a ojos de él e interferiría en sus actos amorosos que, desde la tarde del lago, habían sido frecuentes. Al cabo de unos momentos de concluir la operación, se dio cuenta de que no era así.

Pero ¿por qué había sugerido ella que buscaran un lugar donde esconderse tan cerca de su casa? ¿Era porque, en aquel momento de crisis, anhelaba la seguridad de la infancia y de la familia? Quizá. Mientras pasaban junto a la fortificación de su padre en la oscuridad, Deirdre sintió de repente un pinchazo de emoción. Deseó entrar, oler el aroma familiar del hogar, ver la forma pálida de la calavera de beber de su padre en su mesa. Cómo le habría gustado que el locuaz viejo se hubiera encontrado allí y hubiesen podido abrazarse… Pero él no estaba y ella no podía entrar, de modo que solo vio la tenue silueta de la torre del rath en la negrura. De todos modos, el lugar que había elegido como escondite también era apropiado, ya que allí no iba nunca nadie.

El primer día, Conall la dejó a cobijo del dolmen, en lo alto del promontorio. Siguió la costa, pero no tuvo suerte. El segundo día regresó sonriente. Había encontrado a una mujer vieja, una viuda, que vivía sola en una cabaña a orillas del mar. Al decirle que era un druida soltero que buscaba una soledad aún mayor, le había contado sus necesidades y la mujer se había alegrado mucho de poderlas satisfacer: un poco de comida cuando fuera a pedírsela y poder utilizar el pequeño curragh que había pertenecido a su marido, que era pescador.

Aquella noche, más tarde, sin que nadie los viera, Conall y Deirdre bajaron a la orilla y salieron en el curragh por un mar en calma y bajo un cielo estrellado en dirección a la islita con la roca partida que se encontraba bajo el promontorio que a ella tanto le gustaba. Esperaba que allí nadie diera con ellos.

II

La búsqueda se prolongó un año. Los espías del Rey Supremo vigilaban los puertos. En diversas ocasiones también habían vigilado en secreto a Fergus y su rath por si estaba ocultando a su hija, pero cada vez que volvieron a informar, dijeron que no había ni rastro de la muchacha.

Y Finbarr viajó durante un año.

Día a día, la situación no cambiaba: Finbarr, con Cuchulainn correteando a su lado, cabalgaba primero, seguido de los dos jefes. A veces tomaban caminos serpenteantes, otras, viajaban por una de las grandes carreteras de la isla. Podía tratarse de un amplio paso de ganado por los pastos de las tierras altas, un sendero cortado en el bosque o una robusta pista de madera por encima de una marisma; fuera cual fuese el terreno, los tres jinetes avanzaban implacablemente. Interrogaron a los barqueros de todos los ríos, preguntaron en cada granja y hasta en los grandes terrenos baldíos del interior, porque a la gente le resultaba difícil moverse por territorios tribales sin encontrarse a nadie. Alguien tenía que haberlos visto, pero después de que los hombres del Rey los hubieran avistado en el Munster, la pareja parecía haberse esfumado por completo.

Eran unos tiempos tristes. La pérdida de la cosecha del año anterior constituía un asunto serio. De momento, no había traído hambruna a la tierra, y los jefes de cada territorio velaban para que eso no ocurriera. Aún había leche y carne, verduras y bayas. Mientras llevaban a su gente a los pastos comunales sabían que, pese al fracaso de la cosecha en las granjas, todavía podían vivir como sus ancestros lejanos, antes de que la agricultura hubiese llegado a convertirse en un complemento a los recursos de la tribu. Pero había penuria. Con la destrucción de la cebada, escaseaban las gachas, el pan y también la cerveza. En las granjas, advirtió Finbarr, la mayor parte de las veces, los jefes habían sido descuidados a la hora de guardar grano para la siembra. Era una suerte que la tierra de la isla fuera rica, pensó, y que los jefes tuvieran una buena autoridad; sin embargo, si los habitantes dependían de sus jefes y los jefes de sus reyes, todas las esperanzas debían estar ahora, más que nunca, depositadas en el Rey Supremo y en si gozaba del favor de los dioses.

Justo después de Lughnasa, comenzó a llover. No fue la lluvia habitual que cabía esperar en las templadas y húmedas regiones costeras del Munster, a orillas del océano, sino unas poderosas tormentas acompañadas de vientos aullantes, día tras día, sin tregua. Era evidente que aquel año la cosecha también se perdería. Y por más que Finbarr amase a su amigo, al ver aquella terrible muestra del descontento de los dioses, no pudo menos que pensar en si la causa de todo no sería la humillación que Conall había infligido al Rey Supremo.

Con buen o mal tiempo, reconocieron las costas y las montañas del Munster; recorrieron el Leinster y subieron hasta el Ulster. A veces paraban en una granja, otras, dormían al raso, oyendo los aullidos de los lobos. Cruzaron los exuberantes pastizales en los que las paredes de tierra y las zanjas señalaban las divisiones entre las tierras de una tribu y otra y se aventuraron en las oscuras marismas donde la gente vivía en asentamientos brannog, construidos en el agua sobre plataformas de madera. En todas partes donde preguntaron, la respuesta fue la misma: «Por aquí no los hemos visto».

Una vez, solo una, Finbarr tuvo el presentimiento de que podían andar cerca. Fue en la costa oriental, justo encima de la bahía del Liffey. Allí, junto a un tramo deshabitado de playa, había conocido a una vieja y le había preguntado si había visto a algún desconocido.

—Solo al druida —había dicho ella—, que vive en la isla.

—¿No tiene acompañantes? —había preguntado Finbarr.

—No, ninguno. Vive solo.

Una intuición le decía que se acercara hasta el lugar, pero sus compañeros opinaron lo contrario.

—Vamos, Finbarr. Ahí no está.

Finalmente, decidieron marcharse.

Por fin llegaron a Connacht, con sus montañas, sus lagos y su escarpada costa. Hacían bien, pensó, en llamarla la tierra de los druidas. Al recordar el espíritu solitario de su amigo, creyó posible que estuviera allí. Buscaron durante meses y meses, pero no encontraron ni rastro de él. Un día, mientras se hallaban en los grandes y macizos acantilados de Moher, contemplando el océano furioso, en algún sitio del cual, decía la gente, estaban las islas de los Benditos, donde encontraban reposo eterno los espíritus de los grandes guerreros, Finbarr se preguntó si su amigo no habría muerto y su espíritu se encontraría allí. Justo entonces, uno de sus compañeros dijo:

—Es hora de volver, Finbarr.

—No puedo —replicó—. No lo he encontrado.

—Ven con nosotros —dijo el otro—. No puedes hacer nada más.

Fue entonces cuando Finbarr cayó en la cuenta de que había transcurrido un año desde que habían iniciado aquella búsqueda.

En ocasiones, Conall pensaba que nunca había sido tan feliz. Su vida con Deirdre se había convertido en una revelación para los dos. En sus sesiones amorosas, ella no había tardado en ser más osada incluso que él. Tomaba la iniciativa a menudo, controlándolo, o haciéndole permanecer quieto y tumbado mientras ella exploraba nuevas maneras de darle placer o excitarlo otra vez. Cuando el cuerpo esbelto de la chica se entrelazaba con el suyo, era natural que Conall, mortificado tanto tiempo por las dudas y las tensiones internas, experimentase lo que era ser feliz de veras.

La vida que llevaban en la isla transcurría con una placidez asombrosa. Las lluvias de final de verano no los habían molestado. La grieta en el farallón los protegía y los ocultaba; allí, encima de la diminuta cala y la playa, Conall utilizó ramas de la pequeña provisión de árboles de la isla para construir una cabaña de barro y mimbre que les serviría de abrigo durante el templado invierno. La viuda estaba encantada de proporcionar a Conall la sencilla comida que él complementaba con periódicas incursiones tierra adentro donde, como druida errante, podía comprar provisiones sin dificultad. En la isla pescaba; además, plantó guisantes y judías. Las otras necesidades las cubrieron de diferentes modos: para recoger agua de beber, encontró diversos lugares en los que el agua de lluvia caía desde la pared de la roca y cavó tres hoyos de buen tamaño. Para hervir la carne o las verduras que a veces conseguía, cavó otro mucho más pequeño. Si se llenaba de agua, podía entonces llevar piedras, calentadas al rojo en la hoguera, hasta el hoyo, lo cual haría hervir el agua y la mantendría a esa temperatura un rato. Estos fosos de hervir, tan sencillos como efectivos, eran una especialidad de los isleños.

Nadie se acercó a ellos. No había ninguna razón para que alguien lo hiciera. El promontorio cercano estaba abandonado. En la orilla principal, que tenían enfrente, no había nadie salvo la viuda. Un poco más adelante, en la costa, había una isla mucho más grande frente a una cala. En la isla no vivía nadie y los pocos pescadores de la cala no se acercaban nunca a ella.

Conall le había insistido a la vieja en que quería estar solo, así pues, en el caso de que alguien decidiera aventurarse en aquella dirección, seguro que no habría problemas, ya que la mujer con total seguridad había transmitido aquella información a los pescadores de la cala. No era extraño encontrarse con los druidas que vivían como ermitaños, y uno debía ser realmente muy estúpido para arriesgarse a que un druida le echara una maldición por molestarlo cuando quería estar solo.

Por el momento, lo único que preocupaba a Conall era que la isla fuese tan pequeña. Había una playa por la que pasear, un promontorio cubierto de hierba al que subir y unos pocos árboles, pero eso, junto con unas cuantas charcas de la marea entre las rocas, era todo. Probablemente, Deirdre se sentiría cada día más inquieta; sin embargo, por sorprendente que le pareciera, no era así. La notaba contenta. En diversas ocasiones, sin embargo, en las noches de luna, él la había llevado en el curragh hasta el promontorio y se habían encaramado a lo alto y desde allí habían mirado juntos no solo hacia el norte, a su pequeño refugio, sino también hacia el sur, al otro lado de la enorme bahía más allá de Dubh Linn y del estuario del Liffey, hacia el cabo meridional y las siluetas silenciosas y volcánicas de los montes de Wicklow que se extendían paralelas a la costa, bañada en el plateado claro de luna.

—Es una pena que no puedas visitarlo —había comentado él la primera vez, señalando el rath familiar, apenas visible encima del estuario.

—No importa —dijo ella—. Te tengo a ti.

Y él confió en que fuera cierto.

A medida que transcurrían los meses, sin embargo, además de su felicidad con Deirdre, a Conall le sorprendió descubrir otra satisfacción profunda, porque siempre había pensado que la compañía de una mujer interferiría en los pensamientos contemplativos con que ocupaba la mente. Hasta aquel momento, no se había demostrado que eso fuera verdad, más bien sucedía todo lo contrario. En parte se debía al silencio del lugar y también al hecho de que Deirdre hubiera comprendido instintivamente que él necesitaba estar a solas con sus pensamientos. Y tal vez, más de lo que él mismo advertía, al hecho de que ahora se sentía liberado de su vieja identidad. Pero, cualesquiera que fuesen las causas, en el ritmo de su vida en común encontró una sensación de paz, frescura y renovación. Su disfraz se había tornado de veras una nueva realidad porque lo había convertido en un druida auténtico. En su mente, cada día, volvía hasta aquel vasto pozo de conocimiento que ya poseía y cada mañana y cada noche contemplaba el mar y escuchaba las olas. Y a veces, perdía por completo el sentido de la identidad personal y entraba en trance como el poeta Amairgen. Entonces recitaba: «Soy el viento en el mar, soy la ola del océano».

Así, un invierno templado siguió al otoño y después llegó la primavera. Cuando faltaba poco para el verano, Deirdre le dijo que estaba embarazada.

A mediados de verano, después del regreso de Finbarr, parecía que la cosecha iba a ser buena. En los pequeños campos de las granjas de toda la isla, el grano maduraba y el tiempo era espléndido. Llegó Lughnasa e, inmediatamente después, el Rey Supremo empezó un viaje por el Leinster. Estaba acampado cerca de los montes de Slieve Bloom cuando cayó la gran oscuridad.

Larine siempre recordaría cómo comenzó. Al atardecer, se había fijado en los grandes bancos de nubes sobre el horizonte, pero no fue hasta que despertó a medianoche cuando notó que las estrellas se habían apagado. Luego la noche terminó, pero seguía estando oscuro. «El amanecer que no había sido amanecer», dijeron después los hombres. El cielo permaneció negro, no gris, toda la mañana; a continuación, se tornó marrón y comenzó a llover.

No fue una tormenta, sino más bien un aguacero, pero a diferencia de los aguaceros que había visto hasta entonces, este duró siete días. Todos los arroyos se convirtieron en torrentes y los estanques en lagos. Los cisnes flotaban en los prados y en los campos, convertidos ahora en cenagales fangosos de donde sobresalían los tallos aplastados y empapados de una cosecha echada a perder. El Rey Supremo se dirigió al Ulster.

Era principios de septiembre cuando mandó llamar a Larine. El druida lo encontró alicaído.

—Tres cosechas perdidas, Larine. —El monarca sacudió la cabeza—. Me echan a mí la culpa —añadió, antes de hundirse de nuevo en el silencio.

—¿Y qué deseas?

—Cuando Conall me avergonzó… —comenzó a decir el Rey con dificultad y luego suspiró—. El Dagda, dicen, castiga a los reyes humillados. ¿Es eso cierto?

—No lo sé.

—Debo encontrarlo, Larine, pero no es fácil. Mis hombres no lo han logrado. Finbarr ha fracasado. Ninguno de los druidas o de los filidh puede decirme dónde está.

Para el druida había supuesto un gran alivio saber que el Rey Supremo no había matado a Finbarr por su fracaso, tal como había amenazado con hacer. Larine había tenido la oportunidad de interrogar minuciosamente a los expedicionarios, sobre todo a Finbarr, después de su regreso, acerca de los caminos que habían recorrido en sus viajes y los lugares que habían inspeccionado, pero aunque lo había meditado todo a conciencia, todavía no había captado ninguna sensación certera acerca de dónde podía estar su amigo.

El Rey Supremo lo miró con aire sombrío desde debajo de sus abundantes cejas y preguntó:

—¿Puedes decírmelo, Larine?

—Lo intentaré —prometió el druida, que inmediatamente se marchó a prepararse para el viaje.

En el calendario druida, las jornadas estaban claramente marcadas como afortunadas o desafortunadas para rituales de este tipo y tuvo que esperar un par de días, pero, tan pronto el momento fue propicio, se puso en marcha.

Los hombres santos del mundo celta utilizaban distintos métodos para ver el futuro. Los llamaban «imbas», que significa «adivinación». El salmón, se decía, podía aportar sabiduría y videncia. Si uno sabía qué conjuros utilizar y cómo aguzar el oído, los cuervos le hablaban y hasta los hombres ordinarios a veces oían voces procedentes del mar; no obstante, el método preferido de la clase iniciada se servía de la masticación. Algunos druidas alcanzaban poderes de adivinación solo con morderse el pulgar, pero aquello no era sino un rápido sustitutivo del método auténtico, una de las ceremonias más antiguas conocidas por el hombre: la ingesta de una comida sagrada.

Cuando llegó el día, Larine se levantó, se lavó de manera meticulosa y se puso su capa de plumas de druida. Luego, se dedicó un rato a la plegaria, intentando vaciar la mente de cualquier cosa que pudiera interferir en cualquier mensaje que los dioses tuvieran a bien enviarle. Después se dirigió a una pequeña cabaña donde, la noche anterior, lo había dejado todo preparado. Dos druidas custodiaban la puerta para asegurarse de que nadie alteraría aquel rito sagrado.

El interior de la cabaña estaba vacío a excepción de una mesa y tres pedestales. En uno de ellos había una pequeña estatua del dios sol, el Dagda; en otro, la diosa Maeve, patrona de la real Tara; y en el tercero, Nuada, el de la Mano de Plata. En la mesa, en una bandeja de plata había tres tiras de carne. Podía ser carne de cerdo, de perro o de otro animal y Larine había elegido de perro. A una señal con la cabeza, los dos druidas de fuera cerraron la puerta y, tras seguir rezando en pie un rato más, Larine se acercó a la bandeja. Tomó una de las tiras de carne, la masticó concienzudamente, la mostró a uno de los dioses y la colocó detrás de la puerta. El proceso se repitió dos veces más, antes de hacer una cortés reverencia ante cada una de las divinidades y rezar otra plegaria. Luego se tumbó en el suelo, se puso las manos en las mejillas y, cerrando los ojos, se preparó para recibir el mensaje de los dioses.

Había muchas técnicas, pero el objetivo de todos los hombres santos, desde los druidas del oeste a los chamanes de Siberia, era siempre el mismo: entrar en un estado de trance en el que pudieran comunicarse con los dioses. Larine permaneció tumbado un rato. Reinaba el silencio y vació la mente. Y entonces —no pudo saber cuánto tiempo había pasado—, le pareció que su cuerpo comenzaba a flotar. Ignoraba si realmente se había despegado del suelo, pero aquello era irrelevante. Su cuerpo ya no importaba. Era humo de una hoguera, una nube. Flotaba.

Cuando salió del trance, se dirigió a la puerta y llamó tres veces. Los druidas abrieron y salió. A continuación, fue a ver al Rey.

—He visto el lugar —explicó—. Están allí. —Describió la islita y la roca con la grieta—. Lo que no he visto es si está en la costa septentrional o en la meridional, en la oriental o en la occidental.

—¿Y no hay nada más que puedas decirme?

—Vi a Fergus llevado por Nuada, el de la Mano de Plata, cruzando el mar a la luz de la luna para hablar con Deirdre mientras ella dormía.

—Entonces, ¿Fergus sabe dónde está?

—Eso lo ignoro. Quizá.

—Mandaré a Finbarr a que hable con él —dijo el Rey Supremo.

Cuando Finbarr llegó a Dubh Linn, comenzaba a anochecer. Había ido acompañado de su perro y su cochero.

Se sentía triste, pero lo movía una poderosa determinación. El Rey Supremo había dejado brutalmente clara su postura.

—Ya fracasaste una vez, Finbarr, y no hubo castigo. En esta ocasión, lo habrá.

Los dos sabían por qué. Cuando había regresado de su larga búsqueda con los dos jefes, habían hecho tanto hincapié en los esfuerzos realizados por Finbarr para encontrar a Conall que castigarlo habría sido una muestra de debilidad y petulancia. Ahora, sin embargo, se trataba de un caso muy distinto. Lo mandaban solo a localizar a su amigo. Un respetado druida había descrito el lugar en el que Conall se encontraba. El Rey Supremo, tras tres cosechas perdidas, no podía permitirse otro fracaso.

Y a decir verdad, después de tantos meses de búsqueda y problemas, Finbarr empezaba a sentir cierto resentimiento hacia su amigo.

Fergus se hallaba en su rath y lo recibió con cordialidad. Lo hizo pasar y antes incluso de que lo agasajara con un refrigerio, con voz tranquila pero firme, Finbarr le dijo al viejo:

—Fergus, nos hemos enterado de que sabes dónde está tu hija.

—Ojalá lo supiera —replicó Fergus.

Finbarr, que lo observaba atentamente, habría jurado que la expresión de tristeza del jefe y sus palabras eran sinceras. Le habló de la visión del druida y describió la isla que Larine había visto. Fergus reconoció el lugar.

—No conozco ese sitio —mintió.

—Pues me quedaré hasta que des con él —replicó Finbarr.

Fergus dudó y pensó en las alternativas que tenía.

—En cualquier lugar de la costa puede haber una isla como esa —dijo finalmente—. Mañana podemos buscarla.

El anfitrión ordenó traer comida y vino. Finbarr estaba cansado del viaje, cuando cayó la noche, se durmió enseguida.

Mientras los demás habitantes del rath dormían, Fergus se levantó sin hacer ruido y salió. Agarró un pequeño curragh de pieles y se lo cargó a la espalda. Como no quería despertar a sus visitantes, no se llevó el caballo, sino que bajó hasta los zarzos a pie. Después cruzó el Liffey y se encaminó hacia el promontorio que a Deirdre tanto le gustaba. Con sus largas piernas, cubriría enseguida la distancia, pero siempre que el terreno se lo permitió, el viejo corrió con el curragh al hombro.

Cuando Fergus llegó a la orilla, era de madrugada. La luna, en cuarto menguante, brillaba alta en el cielo y el mar estaba en calma. Puso el curragh en el agua, se dirigió a la isla y allí encontró a Deirdre y a Conall dormidos uno en brazos del otro. Fergus los despertó. Cuando Deirdre lo vio, se le echó al cuello. Al ver en qué condiciones estaban y que su hija iba a tener un niño, Fergus lloró.

El jefe, sin embargo, no tardó mucho en contarles lo que había ocurrido.

—Solo tenéis hasta la mañana. Luego os encontrará —les advirtió. Pero ¿qué iban a hacer?—. Tendréis que marcharos esta noche. —Miró a su hija y añadió—. ¿Cuánto tiempo más podrás huir, Deirdre?

Aquél era precisamente el problema que había preocupado a Conall todo el verano. Deirdre daría a luz para el solsticio de invierno, aunque se la veía fuerte y sana. Conall había esperado que ahora ya les fuera posible cruzar el mar, pero sus viajes secretos siguiendo la costa no habían resultado demasiado alentadores. Más de una vez se había preguntado si Deirdre no debería acudir junto a su padre. Aun en el caso de que la descubrieran, seguramente el Rey no castigaría a una pobre madre y a su hijo; pero, de todos modos, Deirdre se había opuesto y había sido ella la que había dado con una ingeniosa solución.

—Cuando el parto se acerque, llévame a la playa. Le diré a la viuda que soy una mujer abandonada. Ella me ayudará. —Deirdre había sonreído—. Luego, tal vez el druida de la isla pasará por allí y me verá.

—¿Y entonces?

—Encontrarás la manera de que huyamos a tiempo.

Conall había pensado que aquel plan podía resultar, pero no estaba del todo seguro y a cada día que pasaba, su desconfianza crecía. Por eso, casi antes de pensar en ello, se descubrió diciendo:

—Si yo pudiera llevarme a Finbarr, Deirdre podría quedarse contigo.

Al principio, Fergus no dijo nada. Aunque veía la cara pálida y nerviosa de su hija, estaba perdido en sus propios pensamientos. ¿Cuáles serían las consecuencias para él, y para sus dos hijos, si se descubría que ocultaba a Deirdre? ¿Quería tener en casa de nuevo a la hija que amaba? Y al pensar en lo poco que había hecho por ella, sintió vergüenza.

—Dubh Linn es su casa —dijo— y lo será siempre. —Entonces, tomó a Conall del brazo y añadió—: Has de sacarla de la isla antes del amanecer, porque, por la mañana, tendré que venir con Finbarr a explorar la costa. Cuando Finbarr se marche, que Deirdre venga por la noche al rath; encontraré una manera de esconderla.

Ansioso por volver al rath antes de que lo echaran de menos, se dispuso a cruzar de nuevo el agua.

Cuando comenzó a caminar otra vez por la orilla, la luna estaba todavía a una buena distancia del horizonte. A su izquierda, la alta joroba del promontorio se alzaba oscura. Avanzó lo más deprisa que pudo y al cabo de poco llegó al pie de la colina desde cuya cima divisaría la amplia extensión de la bahía de Dubh Linn. Se detuvo para recuperar el aliento y contempló la panorámica. El camino era fácil y vio la silueta de la colina que tenía delante recortada en el firmamento estrellado. En el camino había unos cuantos grupos de árboles y matorrales.

Ya se acercaba a la cumbre cuando oyó el tintineo de un arnés y el resoplido de un caballo. Se detuvo y miró la maleza de la que procedía el sonido. Una gran figura emergió de la oscuridad. Era un carro, que avanzaba sendero abajo a su encuentro:

—Gracias por enseñarme el camino, Fergus —gritó Finbarr desde el vehículo.

Al fin Deirdre estuvo preparada. Ya no podían esperar más. El cielo estaba lleno de estrellas, pero al otro lado del mar ya se adivinaba una palidez en el horizonte oriental.

Se había demorado todo lo que había podido. La isla era su santuario y sintió que una vez lo dejara, no volvería a estar a salvo nunca más. Conall le había dicho que quizá podrían volver. ¿Sería posible? Miró a Conall, que llevaba un buen rato de espaldas a ella observando la costa en silencio.

El plan que habían urdido era de lo más simple. Irían a la playa, caminarían tierra adentro y se esconderían en el bosque. Si Finbarr se acercaba a inspeccionar la isla, lo único que encontraría sería la pequeña cabaña. La vieja de la playa le diría que allí nunca había visto a nadie excepto al druida errante. A su debido tiempo, se daría por vencido y se marcharía. ¿Y entonces? Entonces acaso pudieran regresar a la isla. O Deirdre podía ir a casa de su padre. O quizás escaparían juntos cruzando el mar. ¿Quién lo sabía?

Deirdre se puso en pie y se acercó a Conall, que no se movió. Se situó a su lado y le tocó el brazo.

—Ya estoy lista —susurró, pero Conall se limitó a sacudir la cabeza.

—Demasiado tarde —dijo, señalando al otro lado del mar.

Deirdre vio la sombra del carro de Finbarr esperando en la orilla y, sin poder contenerse, gritó:

—¡Oh, Conall! No puedo volver. Me moriría.

Se quedaron contemplando la playa. La luz se intensificaba y se volvía gris y el carro se había tornado una forma oscura y compacta en la arena.

—Debo ir a verlo ahora —dijo Conall.

Deirdre consiguió retenerlo unos instantes, pero aunque seguía agarrándolo, cuando la luz se intensificó en el horizonte, el hombre se soltó, montó en el curragh y cruzó al otro lado.

Conall ya se hallaba en medio del brazo de mar cuando Deirdre vio el fiero borde del sol asomando por el horizonte y advirtió que Conall cruzaba el mar mientras el astro nacía a su espalda y se cumplía así la segunda geissi.

—¡Conall! —gritó—. ¡El sol!

Pero si Conall la oyó, no regresó.

Finbarr no se movió. Había permanecido de pie en su carro, quieto como una estatua, desde mucho antes del amanecer. Durante ese rato, se preguntó si sentiría por su amigo el mismo amor que antes. ¿Sentiría lástima o frustración? Lo ignoraba. Pero sabía lo que había que hacer, por ese motivo, temeroso de sus propios sentimientos, había endurecido el corazón. Ahora, sin embargo, mientras Conall cruzaba el agua y se aproximaba, la emoción que lo embargaba no tenía nada que ver con eso. Estaba sorprendido. Y también maravillado.

Tendría que haberse dado cuenta, recordó, después de lo que le había dicho la vieja cuando recorrió antes aquel camino, que la figura que vendría de la isla tendría aspecto de druida, pero era algo más que eso. Cuando Conall alcanzó la playa y comenzó a caminar hacia él, Finbarr experimentó la más extraña de las sensaciones. Al verlo salir del agua, con la cabeza afeitada como un druida y vestido con la sencillez de un ermitaño, fue como si no estuviera viendo a Conall, sino a su fantasma. Porque si Conall había muerto y regresado a la isla de los Benditos, esa sería seguramente su apariencia. Era el espíritu interior, la misma esencia del hombre al que había amado, el que ahora se acercaba a él como una sombra acongojada. A unos pasos de distancia, Conall se detuvo y asintió con aire sereno.

—Ya sabes, Conall, por qué estoy aquí. —Finbarr descubrió que la voz le había salido rasposa.

—Es una lástima que hayas venido, Finbarr. No puede hacerte ningún bien.

¿Era eso todo lo que su amigo tenía que decirle?

—Llevo buscándote más de un año —le espetó.

—¿Cuáles son las órdenes que tienes del Rey Supremo? —inquirió Conall.

—Llevaros de vuelta a los dos, sanos y salvos.

—Deirdre no irá y yo no la abandonaré.

—¿Esto es todo lo que importa? ¿Deirdre y tú?

—Eso parece.

—¿No te importa, Conall, que haya habido tres años de malas cosechas, que la pobre gente no muera de hambre gracias a lo que los jefes le dan y que todo el mundo te eche la culpa de lo que ocurre por la manera en que avergonzaste a tu tío, el Rey Supremo? —preguntó sin poder evitar la amargura en la voz.

—¿Quién dice eso? —Conall parecía un poco alterado.

—Los druidas, Conall, y los filidh y los bardos. —Respiró hondo—. Y yo también lo digo.

Pensativo, Conall calló unos instantes antes de responder; cuando lo hizo, su voz sonó triste.

—No puedo ir contigo, Finbarr.

—No hay otra opción, Conall. —Finbarr señaló el carro—. Como ves, voy armado.

—Entonces, tendrás que matarme.

No era un reto. Conall se había quedado muy quieto, mirando al frente, como si esperase que le cayera el golpe mortal.

Finbarr observó a su amigo un largo instante. Después, alargando la mano, tomó tres objetos y se los lanzó a los pies. Eran la lanza de Conall, su escudo y su reluciente espada.

—Defiéndete —le dijo.

—No puedo —replicó Conall sin recoger sus armas.

Y entonces Finbarr perdió por completo la paciencia.

—¿Es que te da miedo luchar? —le gritó—. Entonces, te diré lo que vamos a hacer. Yo esperaré en el vado de los Zarzos, Conall. Puedes venir y enfrentarte a mí como un hombre y, si ganas, podrás marcharte. O puedes huir con tu mujer y yo regresaré con tu tío y le diré que he dejado escapar a un cobarde. Como prefieras.

Acto seguido, Finbarr hizo girar el carro y se marchó.

Después de una larga pausa, y como no le quedaba otra alternativa, Conall recogió sus armas y lo siguió lastimosamente.

En un terreno cubierto de hierba, con el vado del Liffey a su espalda, Conall y Finbarr se prepararon para luchar.

Antes del combate, un guerrero celta tenía que seguir un ritual. Primero, debía estar desnudo, aunque podía pintarse la cara y el cuerpo con el tinte azulado llamado glasto; sin embargo, más importante que cualquier decoración exterior era la preparación interior, porque los hombres no iban en frío a la liza. Los ejércitos se animaban con temibles cánticos de guerra y terroríficos gritos de batalla. Los druidas vociferaban al enemigo y le decían que estaba condenado. Mientras los druidas pronunciaban conjuros y los guerreros lanzaban insultos, los hombres del campo a veces arrojaban barro o incluso excrementos humanos al rostro de sus oponentes con el fin de desanimarlos.

De todos modos, por encima de todo, cada guerrero tenía que introducirse en aquel ánimo exaltado en el que la fuerza y la destreza se convertían en algo más que meros huesos y músculos, del que se extraía también la fuerza de los ancestros e incluso la de los dioses. Aquélla era la aspiración máxima del guerrero, su rabia belicosa, su «mueca bélica», como lo llamaban los poetas celtas.

Para alcanzar aquel estado de exaltación, un guerrero celta realizaba movimientos rituales, sosteniéndose sobre una pierna y torciendo el cuerpo o contrayendo la cara hasta que parecía haberse transformado en una máscara de guerra viva.

Finbarr se preparó a la manera clásica. Primero levantó la rodilla izquierda y flexionó despacio el cuerpo como si fuera un arco. Cerrando el ojo izquierdo, medio inclinó la cara de modo que su ojo derecho, grande y fiero, parecía clavarse en su oponente con una penetrante bizquera. Conall, mientras, permaneció muy quieto, pero Finbarr creyó que se estaba comunicando con los dioses.

—Lo peor que puede ocurrirte, Conall —gritó—, será que vengas aquí. Soy un jabalí que te destripará, Conall, un jabalí.

Pero Conall no dijo nada.

Entonces agarraron las lanzas y los escudos y Finbarr arrojó la lanza directa a Conall con una fuerza inmensa. Fue un lanzamiento perfecto. Antes, con un lanzamiento como aquél, su proyectil habría atravesado limpiamente el escudo de su oponente y habría clavado al hombre en el suelo por el pecho, pero Conall, que se echó a un lado tan deprisa que Finbarr apenas lo vio moverse, desvió la lanza con el escudo. Con solo un instante de pausa, Conall respondió lanzando la suya, que voló de su mano en dirección al corazón de Finbarr. Y si algún otro guerrero la hubiese lanzado, Finbarr habría pensado que era un buen lanzamiento, pero conocía la fuerza increíble de Conall cuando realmente quería y, dejando que la lanza se estrellara contra el escudo, maldijo para sus adentros. Entonces, agarrando la espada, corrió hacia Conall.

Pocos podían igualar a Finbarr con la espada. Era valiente, era rápido y era fuerte; sin embargo, mientras obligaba a Conall a retroceder, le resultó difícil saber si su amigo cedía terreno deliberadamente o andaba falto de práctica. El acero chocaba contra el acero y saltaban chispas. Llegaron al borde de los bajíos. Conall seguía cediendo terreno, pero aunque enseguida estuvo con el agua hasta los tobillos, Finbarr advirtió que ninguno de los dos había hecho sangrar al otro.

Cuanto más golpeaba, más misteriosamente Conall parecía eludirle. Profirió un grito de guerra, corrió levantando salpicaduras de agua y acometió y utilizó todos los movimientos que conocía; sin embargo, por extraño que resultase, su espada golpeaba inútilmente contra el acero o el escudo de Conall o fallaba por completo el ataque. En una ocasión, mientras Conall tenía el escudo bajo y la espalda colgando, Finbarr lanzó una acometida rápida como un relámpago y no encontró nada en absoluto. Era como si por un instante, Conall se hubiese tornado niebla. «No estoy peleando contra un guerrero, sino contra un druida», pensó Finbarr.

Aquel extraño enfrentamiento se prolongó un buen rato y nadie sabía cómo hubiese acabado si por un golpe del destino Conall no hubiera tropezado con una piedra al retroceder. Veloz como una centella, Finbarr atacó, alcanzándole el brazo. Mientras Conall caía hacia atrás alzando el escudo, Finbarr lo acometió en la pierna, abriéndole una herida. Al cabo de un momento, Conall volvía a estar en pie, al quite de los golpes siguientes, pero cojeaba. A sus pies, el agua estaba teñida de sangre. Cedió más terreno, pero, en esta ocasión, Finbarr supo que era porque se hallaba en dificultades. Con una rápida finta, lo alcanzó de nuevo, esta vez en el hombro. Y así siguieron, golpe a golpe, pero por más destreza que Conall tuviera, Finbarr notó que se debilitaba.

Supo que ya era suyo. El final solo sería una cuestión de tiempo. Transcurrieron unos largos momentos y recorrieron otros veinte pasos, y Finbarr avanzó por los bajíos rojos de la sangre de su adversario mientras Conall resbalaba y parecía estar a punto de caer.

Y entonces, cuando gritó ya cerca del triunfo, aunque apenas era consciente de ello, los muchos años de celos y toda la frustración del año anterior hablaron por sí mismos.

—No creas que voy a matarte, Conall. No lo haré. Te ataremos al carro. Después, caminando, Deirdre y tú, en el día de hoy, me acompañaréis a ver al Rey.

Y blandiendo la espada en alto, Finbarr saltó hacia delante.

No llegó a ver la hoja. Ésta se movió tan deprisa que, durante unos momentos, en la furia de la batalla ni siquiera la notó, pero lo alcanzó en el pecho y le cortó todos los tejidos por encima del corazón. Finbarr frunció el ceño, primero asombrado, hasta que advirtió que algo se había detenido. Entonces sintió una pena roja, inmensa y dolorosa y descubrió que se estaba atragantando, que tenía la garganta y la boca llenas de sangre y que todo se alejaba de él como un río, al tiempo que caía en las aguas someras. Sintió que le daban la vuelta y se encontró con el rostro de Conall, que lo miraba terriblemente desconsolado. ¿Por qué aquel desconsuelo? La cara se había vuelto borrosa.

—Oh, Finbarr, no quería matarte.

¿Por qué Conall decía aquello? ¿Lo había matado? Finbarr intentó decir algo a aquella cara borrosa.

—Conall…

Y entonces, mientras abría desmesuradamente los ojos, la luz se intensificó.

Conall y el cochero llevaron su cuerpo al carro, para que fuese conducido ante el Rey. Solo entonces Conall advirtió que Cuchulainn, el lebrel de su amigo, estaba atado al vehículo, esperando a su amo. Tras una última mirada a las anchurosas aguas del Liffey, Conall regresó cojeando a la isla, junto a Deirdre.

Goibniu los estudiaba a todos con su único ojo: al Rey, a la Reina, a los jefes, a los druidas. Escuchó, pero no dijo nada.

Aquella misma tarde, tras dos días de duro trayecto, el exhausto cochero había llegado al campamento del Rey Supremo con el cadáver de Finbarr. Las mujeres lo estaban preparando para enterrarlo. Y ellos se habían reunido a hablar en el gran salón de paredes de mimbre.

Había, por lo menos, una veintena de hombres que querían ir a dar caza a Conall. Lo harían, desde luego. Matar al héroe que había asesinado al noble Finbarr, qué excelente oportunidad para los jóvenes anhelantes de gloria… Visto en conjunto, los druidas creían que aquél era el mejor plan. Larine, el amigo de Conall, estaba presente. Se le veía triste, pero no decía nada. La Reina, en cambio, no callaba. A Goibniu le pareció que aquella mujer nunca se había tomado demasiado interés en la persecución de Conall, pero ahora se mostraba inflexible. Conall y Deirdre tenían que morir.

—Que su padre la entierre en Dubh Linn —gritaba—. Y traedme la cabeza de Conall. —Miró a los jefes y a los jóvenes aspirantes a héroes—. El hombre que me traiga la cabeza de Conall recibirá veinte docenas de vacas.

Una cosa quedaba clara: la Reina no quería verlos vivos, pero lo que le interesaba más a Goibniu era la actitud del Rey, que, con aire deprimido, se hallaba sentado en su amplio banco cubierto con una colcha y aún no había hablado. ¿Pensaba el monarca lo mismo que él? ¿Buscaba causas más profundas?

Cuando Goibniu escuchaba hablar a ciertos hombres, muy a menudo le sucedía que sus palabras se le antojaban vacías, carentes de significado, porque, en definitiva, ¿cuál era el verdadero problema del Rey? ¿La pérdida de las cosechas? ¿Y qué causaba las malas cosechas? ¿Eran realmente culpa del Rey Supremo? ¿Podría solucionarse el problema con la muerte de Conall? Goibniu lo ignoraba, pero dudaba de que esa fuera la solución. Y sabía que nadie podía saberlo, pero ellos tenían fe. Aquello era lo realmente importante: ellos creían. Matar a Conall sería la venganza por haber humillado al Rey, pero ¿y si después de eso, la cosecha siguiente volvía a perderse? ¿Los druidas no culparían de ello al Rey Supremo? Sí, lo harían, sin duda alguna.

El herrero advirtió que el monarca lo miraba.

—Bien, Goibniu, ¿y tú qué tienes que decir? —inquirió el Rey.

Antes de responder, Goibniu, el Herrero, hizo una pausa para elegir bien las palabras.

—A mí me parece que hay otra alternativa —respondió con voz serena—. ¿Podríamos hablar a solas?

Durante aquellos días, Deirdre había incluso soñado dos o tres de veces en que se verían libres.

Nada, pensaba, podía ser peor que aquella primera mañana en la isla, esperando a ver si era el carro de Finbarr o la hermosa estampa de Conall la que cruzaba el mar para ir a buscarla. Y su espera no había terminado ni con lo uno ni con lo otro, sino con la figura ensangrentada de Conall, cojeando como un animal agonizante por la arena, de tal modo que al principio casi no lo reconoció.

Cuando por fin cayó del curragh a los guijarros ante ella, lo único que pudo hacer fue disimular la repulsión que sentía por las heridas.

Lo cuidó lo mejor que pudo. Conall estaba débil y se desmayó un par de veces, pero le contó lo sucedido y cómo había matado a su amigo. Ella apenas se atrevía a preguntarle lo que debían hacer a continuación. Aquella noche, más tarde, llegó su padre.

—Vendrán a buscarlo. El cochero de Finbarr les enseñará dónde está; aun así, tardarán unos días, Deirdre. Aquí está tan bien como en cualquier otro lugar.

Por la noche, Fergus se marchó. Durante aquella misma noche Conall tuvo fiebre, pero por la mañana parecía sentirse mejor. Deirdre le dio un poco de caldo e hidromiel que había traído su padre.

A mediodía, Fergus apareció otra vez. Después de reconocer a Conall y asegurar que sobreviviría, se dirigió a ellos seriamente.

—Es imposible que os quedéis aquí más tiempo. Tenéis que cruzar el mar, cualesquiera que sean los riesgos. —Miró hacia el agua—. Al menos podéis agradecer a los dioses que el tiempo es bueno —añadió, dedicando una sonrisa a Conall—. Dentro de dos días, volveré con un bote.

—Pero, padre —suplicó Deirdre—, aun en el caso de que encuentres uno, ¿cómo vamos a manejarlo, yo con mi estado, o Conall, que apenas tiene fuerzas para sostener un remo…?

—Habrá una tripulación —dijo el padre, antes de marcharse.

Para Deirdre, el día siguiente estuvo plagado de ansiedad. Al principio, se sintió agradecida. Aunque cada ola la hacía mirar a la orilla, donde esperaba ver a los hombres del Rey, no apareció nadie. Conall estaba físicamente recuperado. Incluso dio un paseo por la islita. Deirdre se sintió aliviada al comprobar que sus heridas no se habían vuelto a abrir, pero su ánimo era algo bien distinto. Estaba acostumbrada a sus estados de ánimo cambiantes, por lo que, cuando a última hora de la tarde fue a sentarse solo en la playa de guijarros y clavó los ojos en el mar, no le dio mayor importancia, pero al cabo de un rato, lo vio tan insólitamente triste que corrió a su lado.

—¿En qué piensas? —le preguntó.

Él tardó unos instantes en responder.

—Pensaba en Finbarr —dijo al cabo—. Era mi amigo.

Deirdre quiso abrazarlo, pero él parecía distante y no se atrevió. Le puso la mano en el hombro y enseguida la retiró.

—Él ya sabía los riesgos que corría —dijo ella con ternura—. No es culpa tuya.

Conall no respondió y se hundieron en el silencio.

—Me contó —susurró Conall— que los druidas dicen que las malas cosechas son culpa mía… Porque he humillado al Rey Supremo.

—Entonces también sería culpa mía, Conall.

—No, no lo sería. —Conall frunció el ceño—. Es solo mía.

—Eso es una estupidez.

—Quizá.

Calló de nuevo y Deirdre lo observó con ansiedad.

—No debes pensar en ello, Conall —le dijo y él le acarició la mano.

—Ojalá pudiera —murmuró, sin mirarla.

Al cabo de un rato, Deirdre se retiró, sin saber qué hacer, y Conall se quedó allí, sentado en los guijarros, mirando el agua hasta después de la puesta de sol.

A la mañana siguiente llegó su padre. Cuando el bote dobló el promontorio aún había bruma sobre el mar. Era un barco pequeño, con los costados de cuero y una sola vela de cruz, que, de una manera un tanto torpe, podía navegar con el viento, a diferencia de los curraghs con los que sus antepasados lejanos habían llegado por primera vez a la isla occidental. Lo comandaba él mismo, acompañado de sus dos hijos. Los tres desembarcaron satisfechos de sí mismos.

—Aquí está vuestra barca —dijo el padre—. Sopla viento de poniente, pero es ligero y el mar está en calma. La travesía será segura.

—Pero ¿y la tripulación que prometiste? —quiso saber ella.

—Pues tu padre y tus dos hermanos, Deirdre, caramba —dijo, como si se tratara de la cosa más obvia del mundo—. Deposita tu confianza en tu padre y yo depositaré la mía en Manannan Mac Lir. El dios del mar te protegerá. ¿No te basta con eso?

—Tal vez si vinieras tú solo —sugirió ella, mirando dudosa a sus hermanos—. El barco es pequeño.

—¿Y qué quieres que haga? ¿Que los deje solos en el mundo? —le preguntó risueño.

—¿Quieres decir que no regresarás? —Deirdre comenzaba a comprender.

—¿Para tener que vérmelas con el Rey después de haberte ayudado a escapar? No, Deirdre, iremos juntos. Siempre había tenido ganas de emprender un viaje, pero continuamente lo dejaba para más adelante.

—Pero ¿y el rath, y las tierras y el ganado…?

—¿Y vivir siempre en Dubh Linn? —Fergus se encogió de hombros—. Me atrevería a decir que, como lugar, no es nada del otro mundo. Demasiadas ciénagas. No, Deirdre, creo que ha llegado el momento de seguir adelante.

Al mirar el barquito, la muchacha vio que lo habían aprovisionado de víveres, un pequeño saco con la plata y la calavera de beber de su padre. La chica le dio un beso a su padre y no dijo una palabra más.

Solo había un problema: Conall no quería ir.

El desánimo que había mostrado la tarde anterior parecía haber dado paso a algo más grave. Se le veía triste, un poco ausente tal vez, aunque calmado. Y también inflexible. No iría con ellos.

—Pero hombre, por todos los dioses —gritó Fergus—. ¿Qué te ocurre? ¿No ves lo que estamos haciendo por ti? —Y al advertir que el joven no reaccionaba, añadió—: ¿Tenemos que llevarte al barco a rastras?

La expresión del príncipe le indicó que aquello no sería una buena idea, ni siquiera en su estado de debilidad.

—¿Nos dirás al menos por qué? —preguntó Fergus, desesperado.

Durante unos instantes no estuvo claro si Conall iba a responder, pero al cabo de unos momentos, dijo en voz baja:

—No es la voluntad de los dioses que vaya.

—¿Cómo lo sabes? —inquirió Fergus en tono irritado.

—Si cruzo el mar con vosotros, no os traeré suerte.

Mientras el padre imprecaba por lo bajo, Deirdre y sus hermanos intercambiaron miradas nerviosas. ¿Habían maldecido los dioses al hombre de su hermana? Como Conall tenía aspecto de druida, les pareció que él debía de saberlo.

—No tiene ningún sentido que nos ahoguemos, padre —dijo uno de ellos.

—¿Y vamos a llevarnos a Deirdre y tú te quedarás? —preguntó Fergus casi gritando.

Conall no respondió, pero Deirdre tomó a su padre por el brazo.

—No puedo dejarlo, padre —murmuró.

Fergus alzó la vista al cielo con gesto de impaciencia; ella lo llevó aparte y prosiguió.

—Esperemos un día más. Quizá mañana piense de otro modo.

No parecía haber otra alternativa, por lo que Fergus se limitó a encogerse de hombros y suspiró. Antes de marcharse, sin embargo, advirtió:

—No os queda mucho tiempo. También has de pensar en ti, Deirdre, y en el niño.

Después de que su padre y sus hermanos se marcharan, Deirdre permaneció callada mucho rato. En la playa de guijarros había una bandada de gaviotas que alzaba el vuelo una y otra vez, chillando en el cielo azul de septiembre, mientras Conall, sentado, las contemplaba como si estuviera en trance. Las gaviotas se marcharon por fin y Deirdre le dijo:

—¿Qué será de nosotros, Conall?

—No lo sé.

—¿Por qué no has querido marcharte?

Él no respondió.

—¿Ha sido por un sueño que tuviste anoche? —Conall no dijo nada, pero ella intuyó que así era—. ¿Has hablado con los dioses? Dime la verdad, Conall. ¿Qué sabes?

—Que debo esperar aquí, Deirdre. Eso es todo.

La muchacha miró su pálido y hermoso rostro.

—Entonces me quedaré contigo —dijo.

Él le tomó la mano para demostrarle que la amaba y ella se preguntó si cambiaría de opinión antes de la mañana.

Cuando Deirdre despertó, el cielo estaba claro, pero había una delgada capa de bruma a nivel del suelo. Al mirar a la orilla de enfrente, le pareció que todo estaba tranquilo. En cualquier caso, era demasiado pronto para que llegara alguien enviado por el Rey Supremo. Entonces, vio algo.

Al principio, en la distancia, la forma pequeña que avanzaba por la brumosa planicie parecía un pájaro batiendo las alas. La niebla colgaba como velos desgarrados o flotaba en haces como fantasmas en toda la amplia llanura de las Bandadas de Pájaros; su blancura se derramaba sobre el mar y la orilla, por lo que a Deirdre le costaba distinguir si era tierra o agua lo que había más allá. Y en cuanto al pájaro, llegó a la conclusión de que podía tratarse de un hombre con una capa arremolinándose al viento, montado en un veloz carro… A menos que fuera uno de los dioses o de sus mensajeros, que había adquirido la forma de cuervo o de cisne o de cualquier otro animal volante para ir a visitarlos.

La presencia espectral se detuvo en donde debía de hallarse la orilla. Deirdre habría jurado que era un grácil ciervo, pero, al cabo de un momento, se desvaneció en la niebla para aparecer de nuevo y, como si pudiera cambiar de forma a voluntad, flotó muy despacio, inmóvil y gris, como una piedra alzada, hacia la islita.

Deirdre miró a su alrededor, con la esperanza de ver el bote de su padre doblando el promontorio. En cambio, vio a Conall, en pie, a su lado, con un aire muy serio.

—Es Larine —dijo.

—Me ha parecido que cambiaba de forma mientras venía.

—Es un druida —comentó él—. Si quisiera, creo que incluso podría desaparecer.

Deirdre vio que, efectivamente, se trataba de Larine, en un pequeño curragh, a cuyos remos iba su cochero.

—Ven, Conall —dijo en voz baja, al tiempo que desembarcaba—. Tenemos que hablar.

Deirdre se volvió, nerviosa, hacia Conall, y se sorprendió de ver que parecía aliviado.

Estuvieron un buen rato juntos, a cierta distancia de ella, como dos sombras suspendidas en las serpenteantes guirnaldas de niebla que se arremolinaban en la orilla del agua. Cuando regresaron junto a ella, el sol ya había aparecido por encima del horizonte. Deirdre vio que el rostro de Conall se había transformado. Toda su congoja había desaparecido. La tomó de la mano con una tierna sonrisa.

—Todo va bien. Mi tío y yo nos hemos reconciliado.

III

Samhain, el antiguo Hallowe’en, cuando los espíritus de los difuntos pasaban la noche entre los vivos. Samhain, el momento crucial, la entrada de la mitad oscura del año. Samhain, cuando se mataba a las bestias. Samhain, el siniestro.

Sin embargo, en la isla occidental, con su clima templado, el mes que llevaba a Samhain solía traer un tiempo agradable; a Deirdre siempre se lo había parecido. En ocasiones, los días eran suaves y brumosos, en otras, el cielo azul y diáfano parecía tan duro que casi podía tocarse. Le gustaban los bosques otoñales y las hojas de los robles, rojizas en las ramas o crujientes bajo los pies. Y cuando el aire era frío, sentía un cosquilleo en la sangre.

Larine se quedó en la isla con ellos durante tres días. Había traído consigo hierbas para curar a Conall. Los dos hombres pasaban mucho tiempo juntos conversando o rezando y, aun cuando Deirdre se sintiera algo excluida, sabía que Larine estaba curando a Conall de cuerpo y de espíritu. Después, Larine se marchó, pero antes de hacerlo, le explicó con amabilidad:

—Pasará algo de tiempo, Deirdre, hasta que Conall esté bien del todo. Descansad aquí o en casa de tu padre. Nadie te molestará. El Rey Supremo quiere que la reconciliación tenga lugar durante el festival de Samhain; entonces irás a verlo. —Y, adivinando sus pensamientos, añadió con una sonrisa—: No temas por la Reina, Deirdre. Ahora ya no te hará daño.

Al día siguiente, su padre fue a buscarlos para llevarlos a casa.

El mes que pasaron en Dubh Linn fue un tiempo feliz. A Deirdre le había preocupado que Conall no soportara a su familia, pero enseguida comprobó que no era así. Cada noche escuchaba los relatos sobre la ascendencia de su padre sin la menor señal de aburrimiento, jugaba a hurling con los hermanos e incluso se avenía a fingir que peleaba con ellos con la espada. Hasta llegó a convencer a Fergus de que cambiara las planchas rotas del vado de los Zarzos y lo ayudó a hacerlo. Deirdre notó que sus heridas no solo se habían curado, sino que además no quedaba apenas rastro de ellas. Por la noche, cuando se tumbaba a su lado, le parecía que su cuerpo desnudo, con su pálida piel, volvía a ser tan perfecto como antes. En cuanto a ella, sentía crecer al bebé en sus entrañas. Y crecía con fuerza.

—El niño nacerá para el solsticio de invierno —dijo, feliz—, como la promesa de la primavera.

—¿Niño, dices? —preguntó Conall.

—Sí, será un chico —respondió ella—. Lo noto.

Paseaban juntos a orillas del Liffey, donde las ramas de los sauces caían hasta el suelo, y en los bosques de robles y hayas. Cada día visitaban también una de las tres fuentecitas sagradas; allí, Conall mojaba su gran barriga con agua, pasando la mano por su redondez. Había días de sol y días de niebla, pero aquel mes las brisas fueron muy ligeras, por lo que solo un puñado de hojas había caído de los árboles, todavía frondosos y relucientes con los hermosos tonos dorados y bronce del otoño suave. Solo la reunión de las aves migratorias indicaba que la inevitable llegada del invierno estaba cerca.

Dos días antes de Samhain, mientras unas enormes bandadas de estorninos revoloteaban alrededor de los árboles de Dubh Linn, llegaron los tres carros.

Deirdre notaba que su padre estaba satisfecho. Nunca hasta entonces había viajado de aquel modo. Los tres carros, cada uno con su carretero, eran realmente espléndidos. Él y los hijos iban en uno, Deirdre en el segundo, y el tercer carro, el más magnífico de todos, era el de Conall, con sus dos rápidos caballos enganchados a la lanza.

El día era bueno y, mientras cruzaban el vado, el sol brillaba en los amplios bajíos del Liffey. Iban hacia el noroeste. Toda la tarde avanzaron deprisa y sin dificultades por ondulados pastizales y colinas boscosas. Poco antes del atardecer, encontraron un agradable lugar donde acampar en un robledal. A la mañana siguiente, el tiempo había cambiado. El ambiente era seco, pero el cielo estaba cubierto. La luz era gris y plomiza; a Deirdre, los rayos oblicuos del sol, que a veces quebraban las nubes, le parecieron un tanto siniestros y amenazantes; sin embargo, el resto del grupo permanecía de buen humor. Se dirigieron hacia el valle del río Boyne.

—Por la tarde estaremos allí —comentó el carretero—. Llegaremos a la real Tara.

—¿Te acuerdas, Deirdre? —gritó su padre, contento—. ¿Te acuerdas de Tara?

Por supuesto que se acordaba. ¿Cómo iba a olvidarlo? Hacía muchos años, cuando su hermano pequeño tenía ocho, que un día de verano Fergus los había llevado a Tara. Fue una ocasión feliz. El gran centro de ceremonias estaba situado en un enclave magnífico: una colina con suaves laderas que se alzaba sobre el valle del Boyne a medio día de viaje río arriba de la antigua tumba, con su paso del solsticio, donde vivía el Dagda.

A excepción del guardián, el lugar había sido abandonado durante el verano porque, aparte de su inauguración, el Rey Supremo solo acudía a Tara para el festival de Samhain. Fergus había llevado orgullosamente a su pequeña familia como si fuera el dueño del lugar y les había mostrado sus principales características: los grandes círculos de tierra en los que se levantarían los santuarios y la sala de banquetes para el festival. También les había enseñado algo del aspecto mágico del emplazamiento.

—Aquí era donde los druidas elegían al nuevo rey supremo —explicó ante una pequeña construcción de tierra—. Uno de ellos bebe sangre de toro y los dioses le envían una visión. —Mostrándoles dos piedras situadas juntas, añadió—: El nuevo rey tiene que pasar entre ellas con su carro. Si se queda enganchado, entonces no es el rey legítimo.

De todos modos, lo que más impresionó a Deirdre fue la antigua piedra alzada situada en lo alto de la colina: la piedra de Fal.

—Cuando llega el carro del rey verdadero y toca la piedra de Fal —explicó con toda solemnidad—, los druidas la oyen llorar.

—Y después de eso, ¿no tiene que aparearse con una yegua blanca? —quiso saber uno de los muchachos.

—Pues sí —respondió Fergus con orgullo.

Pero si los detalles de la coronación del rey habían fascinado a sus hermanos, para Deirdre, la magia de Tara residía en su ubicación. No eran solo las vistas magníficas que se contemplaban durante el día en cualquier dirección, sino que al amanecer y al atardecer, cuando las brumas caían sobre los valles del entorno, la colina de Tara parecía una isla flotante, suspendida en el mundo de los dioses.

Por ello, mientras se acercaban al lugar, Deirdre se había sentido de lo más feliz.

A primera hora de la tarde, divisaron Tara. Mientras los tres carros corrían por el ancho camino, los cocheros adoptaron una formación triangular, con Conall en cabeza, el carro de Deirdre detrás de su rueda izquierda y el de su padre detrás de su rueda derecha. Aunque el cielo estaba todavía cubierto de unas nubes de un gris metálico, rotas por los ocasionales destellos plateados de la luz del sol, el día no era frío. Delante de ellos, orillando el camino, vislumbró grupos dispersos de personas, muchas de ellas con cestos. Al verlos, Conall se quitó de repente la capa, de modo que ahora, con su pálido cuerpo desnudo, se asemejaba a un guerrero a punto de entrar en combate. Los tres carros, en su formación de punta de lanza, avanzaron a toda velocidad y, conforme iban adelantando a los grupos, la gente metió la mano en sus cestos de flores otoñales silvestres y las lanzaron a puñados al carro de Conall. Y aunque este era el sobrino del Rey Supremo, a Deirdre le sorprendió que fuera recibido como un héroe.

Por fin llegaron al pie de la colina. Una multitud se apiñaba en el largo muro de tierra que rodeaba la cima. En el centro de la pared había una hilera de sacerdotes, provistos de largas trompetas de bronce y grandes cuernos de toro, que eran los símbolos de la realeza. Detrás se hallaban las estructuras de pared de mimbre que habían sido construidas para el festival. Aquí y allá se veían fuegos cuyos haces de humo se alzaban en el aire. En la base de la colina encontraron un sendero de terreno plano y herboso, tachonado de árboles, que terminaba en el largo camino cuesta arriba que llevaba a la cima. Los sacerdotes alzaron las trompetas y de ellas surgió un enorme bramido gutural que vibró siniestramente hasta convertirse en un rugido aterrador.

Y entonces se levantó la bruma negra.

Fue tan repentina y violenta que Deirdre gritó. Los estorninos alzaron el vuelo ante ellos y el aleteo produjo un zumbido tan inmenso que fue casi un rugido. Los estorninos, miles de ellos, rodearon los carros en una nube negra arremolinada, de forma que tanto los pájaros como los viajeros parecían atrapados en un extraño y oscuro torbellino, una negra vorágine. En los círculos frenéticos que describían, los aleteos sonaban con tanta fuerza que Deirdre no oía sus propios gritos. Delante de ellos, alrededor, por detrás, la nube oscura se alzó, descendió, volvió a alzarse y, entonces, igual de repentinamente que había llegado, se alejó con gran apremio para lanzarse en picado sobre los árboles próximos.

Deirdre contempló la escena. Su padre y sus hermanos reían. No pudo ver el rostro de Conall, pero al observar a la multitud junto a los muros de tierra de arriba, comprendió con un nuevo horror lleno de presagios lo que acababan de presenciar.

Conall había llegado a Tara con la bruma negra.

Las geissi ya estaban completas.

En aquel momento, mientras corrían ladera arriba y entraban en el inmenso recinto de Tara, no tuvo tiempo para pensar en ello. El camino que llevaba a la cresta de la colina estaba orillado de antorchas encendidas. Cuando llegaron al trecho final, dos de los carros se detuvieron, dejando que Conall prosiguiera solo por la corta avenida ceremonial con sus paredes de tierra al final de las cuales se hallaba el Rey Supremo, flanqueado por sus jefes.

Deirdre vio que Conall se apeaba de su vehículo y se dirigía hacia el monarca, que este se desnudaba el pecho para que su sobrino se lo besara y luego le devolvía el gesto de reconciliación. A continuación, Conall se arrodilló ante su tío, que depositó las manos en la cabeza del joven a modo de bendición. Aunque tenía que haberse alegrado de aquellos signos de amor y de perdón, todavía estaba demasiado alterada por la nube de pájaros y se sentía intranquila. Todo le parecía tan maravilloso que le costaba creer que fuera real. ¿Y por qué, cuando hubieron concluido los saludos, el Rey Supremo y su séquito se hicieron a un lado, como si rindieran honores a Conall, mientras este caminaba entre ellos hacia un grupo de druidas que estaban esperando detrás del Rey? ¿Por qué Conall, el príncipe huido, se había convertido ahora en un héroe?

—Ahora tienes que venir conmigo. —Larine se había detenido junto al carro de Deirdre y la miraba sonriendo—. Han preparado un lugar para que descanses. Estarás en buenas manos. —Al ver que la joven lo miraba insegura, añadió—: Llevas en las entrañas un hijo de Conall y se te rendirán grandes honores. Ven conmigo.

Entonces, abriendo el camino, la llevó a un pequeño alojamiento. Antes de llegar a él, Deirdre reparó en la presencia de Goibniu, el Herrero. Estaba solo, mirándola. Ella no lo saludó y él tampoco lo intentó: se limitó a observarla. Deirdre se preguntó por qué lo haría. Cuando llegaron al alojamiento, preguntó:

—¿Dónde está Conall?

—Te lo traeré dentro de poco —le prometió Larine.

En el habitáculo había una esclava joven que le sirvió un refrigerio. Supuso que a su padre y a sus hermanos les darían alojamiento en otro lugar. En aquel gran espacio de acampada había muchísima gente, pero nadie se acercó a ella cuando se detuvo en el umbral y tuvo la sensación de que la evitaban con cortesía. Era como si la hubieran apartado de los demás.

Conall apareció por fin. Iba acompañado de Larine, que lo seguía a unos pasos de distancia.

Qué sereno estaba Conall… Serio pero sereno. Deirdre supuso que se debía al hecho de haberse reconciliado con su tío. Con cuánta ternura y afecto la miraba…

—He estado con los druidas, Deirdre —dijo en voz baja—. Había cosas que hacer. —Calló unos instantes—. Me están rindiendo un gran honor.

—Eso es bueno, Conall —dijo ella sin comprender.

—Tengo que emprender un viaje, Deirdre, un viaje que solo un príncipe puede emprender. Y si complace a los dioses, traerá mejores cosechas. —Hizo una pausa y la miró con aire pensativo—. Si fuera necesario que cruzara el mar rumbo a las islas Benditas a fin de hablar con los dioses, ¿intentarías evitar mi partida?

—Esperaría tu retorno, pero las islas Benditas —añadió nerviosa— están muy lejos, Conall, en el mar occidental.

—Cierto. Y si naufragara, me llorarías, pero también te sentirías orgullosa, ¿verdad? ¿Le dirás a mi hijo que esté orgulloso de su padre?

—¿Y cómo no iba a estar orgulloso de su padre?

—Mi padre murió en una batalla con honor, así que mi madre y yo no lloramos por él porque sabíamos que estaba con los dioses.

—¿Por qué todo esto, Conall? —preguntó ella, confusa.

Conall hizo una seña a Larine para que se acercara.

—Deirdre —dijo—, sabes que solo tú eres el amor de mi vida y que darás a luz a un hijo mío. Si me amas como yo te amo a ti, no te entristezcas cuando parta de viaje. Y si me amas, recuerda esto: Finbarr, a quien maté, era mi amigo más querido. Pero Larine es un amigo incluso mejor. Ahora debo dejarte porque es la voluntad de los dioses, pero permite que Larine sea siempre tu amigo y consejero y nunca sufrirás ningún daño.

Acto seguido, la besó tiernamente, se volvió sobre sus talones y se alejó, dejándola con el druida.

Entonces, Larine le contó lo que iba a ocurrir.

El amanecer se aproximaba. ¿Tenía miedo? Creía que no.

Cuando Conall era niño, la víspera de Samhain le había parecido una noche mágica pero peligrosa. La gente dejaba comida para los espíritus visitantes, pero apagaba las hogueras para asegurarse de que aquellos peculiares invitados no se quedaran en la casa. De pequeño, su madre lo hacía dormir junto a ella. Tras la larga noche, venía la selección de animales: las reses, las ovejas y los cerdos elegidos para la matanza de invierno. Para Conall, en el recorrido del ganado hasta el corral donde esperaban los matarifes con los cuchillos, había algo melancólico. A los otros chicos siempre les parecía divertido ver cómo agarraban a los cerdos y les ataban unas cuerdas alrededor de las patas mientras los animales chillaban. Después de que los hombres los levantaran por las patas traseras y los colgaran de las ramas de los árboles, les cortaban el cuello entre más gritos y sangre roja que lo salpicaba y lo inundaba todo. A Conall nunca le había gustado aquella carnicería, por necesaria que fuera, y se consolaba pensando que un druida bendecía la escena.

De mayor, la víspera de Samhain salía de su casa a hurtadillas y se sentaba fuera. Pasaba la noche atento a las vagas sombras y aguzaba el oído para captar los silenciosos pasos de los espíritus que venían de visita y se colaban en las cabañas de mimbre o pasaban rozando los árboles otoñales. Esperaba a un espíritu concreto. De pequeño, había pensado que su padre, un héroe, acudiría a visitarlo. Una y otra vez, evocaba imágenes de su padre: esa alta figura de la que le había hablado su madre, con unos brillantes ojos azules y unos bigotes de largas guías caídas. ¿Iría su padre a visitarlo? Nunca lo hizo. En una ocasión, la víspera de Samhain de sus catorce años, había experimentado algo: una extraña sensación de calidez, una presencia cerca de él. Y como anhelaba de veras que fuese su padre y lo deseaba tanto, creyó que se trataba de él.

Esa última noche, sin embargo, había sido diferente y le había alegrado contar con la compañía de Larine. Había pedido que Larine lo acompañase durante la ordalía y se lo habían concedido. Se habían sentado uno al lado del otro, habían hablado, rezado y recitado las plegarias sagradas. Luego, hacia medianoche, Larine lo había dejado solo durante un rato.

Tan concentrado había estado en la ordalía que lo aguardaba que se había olvidado de que aquella noche los espíritus rondaban por doquier. Solo, sentado en la oscuridad de la casa del druida, no estaba seguro de si se había dormido o estaba despierto, pero fue en algún momento de lo más negro de la noche cuando vio entrar una silueta. Era absolutamente visible, como Larine, lo cual resultaba extraño porque no había luz, y de repente supo de quién se trataba: plantado ante él estaba su padre, con una seria pero afectuosa sonrisa.

—Llevo tanto tiempo esperándote, padre —dijo Conall.

—Pronto estaremos juntos, Conall —replicó el padre—. Estaremos siempre juntos, en las tierras de la mañana reluciente. Tengo muchas cosas que enseñarte.

Entonces se marchó de nuevo y Conall experimentó una profunda sensación de paz, sabedor de que iba al encuentro de su padre con el beneplácito de los dioses.

Había transcurrido mucho tiempo desde que sacrificaran a un hombre en Tara por última vez. Al menos habían pasado tres generaciones. Eso revestía la ceremonia de una mayor solemnidad e importancia. Si algo podía desactivar la maldición que aparentemente había caído sobre el Rey Supremo y todas las tierras, debía ser aquello. Si Conall esperaba purgar su propia sensación de dolor y culpa después de su fuga con Deirdre y la muerte de Finbarr, aquel sacrificio supondría la expiación. El sentimiento que lo embargaba mientras se disponía a cruzar los portales del otro mundo, sin embargo, no era de sacrificio personal. Ni siquiera era de pena o de alegría. La pena era innecesaria; la alegría, insuficiente. Lo que Conall sintió en aquel momento fue el destino. No se trataba solo de que las tres geissi y la profecía sobre Finbarr se hubieran cumplido, sino de que en este acto también encontraba perfecta expresión todo lo que él era: príncipe, guerrero y druida. Era la muerte más noble, la mejor. Había nacido para ello, para ser uno con los dioses. Sería su regreso a casa. Y permaneció en paz hasta que el primer asomo de la aurora se dibujó en oriente y Larine volvió.

Le dieron de comer pastel un poco quemado y avellanas aplastadas, porque el avellano era un árbol sagrado. Bebió tres sorbos de agua; cuando terminó, se desnudó. Luego, después de lavarse minuciosamente, le pintaron el cuerpo con un tinte rojo, que tardó un rato en secarse. Cuando lo hubo hecho, le ataron un brazalete de piel de zorro alrededor del brazo izquierdo. A continuación, Conall tuvo que esperar, pero por poco tiempo, porque fuera, la luz del amanecer se había intensificado. Y muy pronto, con una sonrisa en los labios, Larine le dijo:

—Ven.

Debía de haber unas mil personas mirando. El círculo de druidas se había situado en el túmulo, para que todo el mundo los viera. En el otro túmulo, se hallaba el Rey Supremo. Entre la multitud acababa de hacerse el silencio. Traían a Conall.

El Rey miró al gentío con aire meditabundo. Había que hacerlo. No sabía si le gustaba, pero había que hacerlo. Divisó a Goibniu. Sin duda alguna, el herrero era listo. El regreso del príncipe arrepentido y su aceptación del sacrifico habían sido un golpe maestro. No solo había recuperado el prestigio de la monarquía —la casa real entregaba uno de los suyos a los dioses—, sino que también había dejado a los druidas en una posición difícil. Aquél era asimismo su sacrificio, el más importante que los hombres santos pudieran hacer. Si la isla sufría otra mala cosecha, sería complicado que pudieran echarle las culpas al Rey de ello. El monarca lo sabía, y ellos, también. Estaría en juego su credibilidad.

A su lado estaba la Reina. A ella también la habían silenciado. Desde que Larine volviera de encontrarse con Conall en la islita, el Rey había sabido de las amenazas de su esposa contra la pobre Deirdre. Se lo había imaginado desde el principio. No habían hablado del asunto, pero ella supo que él se había enterado. No volvería a causar problemas durante un tiempo. Y en lo que respectaba a la chica, sinceramente, lo sentía por ella. Se le permitiría regresar a casa de su padre y tener el hijo de Conall. Hasta Goibniu había estado de acuerdo en eso. Algún día haría algo por el niño. Uno nunca sabía cuándo podía resultar útil un niño de una rama lateral de la familia.

La multitud se había partido en dos. Conall, Larine y otros dos sacerdotes caminaban por el centro. Se preguntó si Conall lo miraría, pero el chico tenía la mirada clavada al frente y una expresión de arrobamiento. Había que dar gracias a los dioses por ello. Llegaron al túmulo de los druidas y comenzaron a subir. Con sus trajes de plumas, los druidas se hallaban en un extremo del túmulo, mientras que la figura desnuda y pintada de rojo de Conall permaneció un rato separada de los demás para que todo el mundo la viera. El Rey Supremo miró hacia el este. El cielo del horizonte oriental estaba despejado. Eso era bueno, ya que verían el sol cuando saliera. El horizonte comenzaba a resplandecer. Faltaba poco.

Tres druidas se acercaron a Conall. Uno era Larine. Siguiendo la orden de uno de los druidas más viejos, Conall se arrodilló. Desde atrás, el anciano le colocó un garrote alrededor del cuello, pero lo dejó flojo. El segundo alzó un cuchillo curvado de bronce. Larine levantó un bastón.

En los sacrificios celtas tenía que haber tres muertes: una para la tierra, otra para el aire y otra para el cielo, los tres mundos. De igual modo, algunas ofrendas se quemaban, otras se enterraban y otras eran lanzadas al río. Por ello, Conall se sometería a tres muertes rituales, pero el proceso era clemente: Larine le daría un golpe que lo dejaría aturdido y, mientras estuviera inconsciente, el druida más anciano le aplicaría el garrote que lo mataría. Luego, el cuchillo curvado le cortaría la garganta para que su sangre se esparciera.

El Rey contempló el horizonte. El sol estaba a punto de salir. Lo haría en cualquier instante. En el túmulo de los druidas hubo movimiento y los otros se acercaron y formaron un círculo en torno a la víctima. Ahora los asistentes solo veían las espaldas de los druidas, cubiertas de plumas coloridas, y en el centro, el bastón que Larine sostenía en alto.

Entonces, el Rey distinguió el sol destellando brillante hacia Tara y se volvió justo a tiempo de ver el bastón que descendía y desaparecía con un estallido seco que resonó en todo el recinto, seguido de un largo silencio interrumpido solo por el susurro de las plumas procedente del círculo de los druidas.

Pensó en el chico y el joven que había conocido, en la madre de Conall, su hermana. Era duro, admitió, y deseó que pudiera ser de otro modo. No obstante, Goibniu tenía razón. Aquello era lo que había que hacer. En la vida siempre había sacrificios.

Había concluido. Todos los druidas se retiraron, a excepción de los tres primeros. Larine tenía un gran cuenco de plata en las manos. El cuerpo rojo de Conall, con la cabeza caída hacia delante en un extraño ángulo, yacía inerte. Cuando el druida más anciano echó la cabeza hacia atrás para dejar la nuca al descubierto, el druida con el cuchillo actuó deprisa y le cortó la garganta, mientras Larine, que sostenía el cuenco de plata delante del pecho de Conall, lo llenó con la sangre de su amigo.

El Rey contempló la escena. Todos albergaban la esperanza de que cuando la sangre fuera diseminada en la tierra, vendría una mejor cosecha. Al observar a la multitud, la vio satisfecha. Aquello era bueno. Y por casualidad se fijó en la muchacha, Deirdre, en pie junto a su padre.

Era ya por la tarde cuando Deirdre anunció que, en vez de quedarse al resto del banquete del monarca, quería regresar a casa, a Dubh Linn.

Para su sorpresa, nadie le puso ninguna objeción. Informado de su deseo a través de su padre, el Rey le envió sus bendiciones y un anillo de oro. Poco después, Larine acudió a decirle que pronto visitaría Dubh Linn y que había dos carros preparados a su disposición. Deirdre sabía que a sus hermanos les habría gustado quedarse a la fiesta, pero su padre los había hecho callar. Sabía que debía marcharse, no podía quedarse en Tara ni un instante más.

Y sin embargo, por extraño que resultase, durante el sacrificio de Conall no había sentido ni pena ni horror. Ya sabía cómo sería, pues toda su vida había visto la matanza de animales durante el festival de Samhain. No, la emoción que sentía era completamente distinta.

Era rabia.

Había comenzado a sentirla tan pronto como Larine la había dejado el día anterior. Estaba sola. Conall se había marchado y se quedaría con los druidas hasta la ceremonia. Comprendió la magnitud de la fuerza de estos, y la del Rey, y el terrible poder de los dioses, pero, con la mera intuición, supo algo más: lo explicara como lo explicase, él la había dejado. Y mientras cavilaba en ello durante la noche, una y otra vez, le venía a la mente un detalle: todo el tiempo que vivieron en la isla e incluso después de la visita de Larine, Conall podía haber escapado. Había dado su palabra, desde luego. El Rey y los dioses lo habían exigido. Pero podía haber escapado, podían haber huido juntos cruzando el mar. Él había tenido la oportunidad y no la había aprovechado. Había elegido a los dioses, pensó. Había preferido la muerte a ella. Eso era todo lo que sabía. Lo maldijo en sus pensamientos, y a los druidas y a los mismísimos dioses. Y así, había contemplado su muerte con rabia y amargura. Esos sentimientos la habían protegido por un tiempo del dolor.

Y fue justo antes de que partieran aquella tarde cuando tuvo un encuentro inesperado.

Se hallaba sola junto a uno de los carros y vio que la Reina avanzaba en su dirección. Decidiendo que sería mejor evitarla, buscó una vía de escape, pero la vieja lo advirtió y caminó directa hacia ella, por lo que Deirdre se quedó donde estaba, temiéndose lo peor; sin embargo, para su sorpresa, vio que la mujer la saludaba con la cabeza de una manera que no parecía hostil.

—Es un día triste para ti, Deirdre, hija de Fergus. Siento mucho que sufras.

La miró directamente a los ojos, sin malicia alguna. Deirdre no sabía qué responder. Al fin y al cabo, se trataba de la Reina y tenía que mostrarle respeto, pero no podía.

—No son buenos deseos lo que necesito —replicó con amargura.

No era manera de hablar a una reina, pero no le importó. ¿Qué otra cosa podía perder?

—Todavía estás enfadada conmigo —comentó la Reina, con voz tranquila.

A Deirdre le resultaba imposible.

—¿No me habías dicho que me matarías? —profirió Deirdre.

—Es cierto —convino ella—, pero eso fue hace mucho.

—Por todos los dioses —sollozó Deirdre—, eres una mujer extraña.

La anciana aceptó también aquellas palabras.

—Por lo menos, ha tenido una muerte noble —dijo—. Puedes estar orgullosa de él.

Con que Deirdre hubiera inclinado humildemente la cabeza y hubiese dicho algo cortés habría bastado, pero era presa de la ira y no pudo contenerse.

—¡Orgullosa de un muerto! —gritó—. ¡De mucho me servirá, cuando esté sola en Dubh Linn!

—No tenía otra opción, ya lo sabes.

—Pudo elegir —replicó, furiosa—. Y eligió. Pero no nos escogió a su hijo y a mí, ¿no es así?

Había llegado demasiado lejos y lo sabía. Había insultado a la monarquía, a los druidas y al mismísimo centro sagrado de Tara. Medio desafiante, medio temerosa, esperó a que la furia de la Reina se abatiera sobre ella. Pero aquella mujer permaneció unos instantes callada. Agachó la mirada y pareció sumirse en profundos pensamientos. Luego, sin alzar la cabeza, dijo:

—No conocías a los hombres, ¿verdad, Deirdre? Siempre nos decepcionan.

Acto seguido, se alejó.

IV

El día del solsticio de invierno, en el rath de su padre en Dubh Linn, encima del vado llamado Ath Cliath, Deirdre, tal como esperaba, dio luz a un hijo varón. Ya en el momento del nacimiento, vio que se parecía muchísimo a Conall y no supo si alegrarse de esa circunstancia o no.

Aquella primavera, y también durante el verano, el tiempo fue bueno. La cosecha, aunque no especialmente abundante, no se echó a perder. Y los hombres decían que había sido gracias a Conall, hijo de Morna, sobrino del Rey Supremo, que tenía influencia respecto a los dioses.