VIII

 última hora de la tarde, Cenredo envió a su mayordomo para preguntar a los dos monjes benedictinos si deseaban cenar con la familia en la sala o si el padre Aluino prefería seguir descansando y recibir la cena en su cámara. Aluino, inmerso en sus profundas meditaciones, hubiera preferido mantenerse apartado, pero le pareció una descortesía rechazar la invitación e hizo un esfuerzo por emerger de su inquieto silencio y sentarse a la mesa principal con sus anfitriones. Le ofrecieron un lugar cerca de los novios, por tratarse del sacerdote que los iba a casar. Cadfael, un poco apartado, los podía ver a todos a la perfección. Abajo en la sala, todos los de la casa se hallaban agrupados según los distintos rangos bajo el resplandor de las antorchas.

Mientras contemplaba el severo rostro de Aluino, a Cadfael se le ocurrió pensar que era la primera vez que su compañero era llamado para servir de intermediario de Dios. Cierto que a los jóvenes monjes se les animaba a recibir el orden sagrado en mucha mayor medida que en el pasado, pero muchos de ellos serían, como Aluino, sacerdotes sin deberes pastorales que, a lo largo de su vida, no bautizarían ni casarían ni enterrarían jamás a nadie, como tampoco alentarían a otros a recibir las órdenes sagradas para que siguieran su mismo y recóndito camino. Es una terrible responsabilidad, pensó Cadfael, que jamás había aspirado al sacerdocio, confiar la gracia de Dios a las manos de un hombre, tener el privilegio y la carga de intervenir en las vidas de los demás, prometerles la salvación en el bautismo, unir sus vidas en matrimonio y sostener la llave del purgatorio en su partida. Si yo me he entrometido, pensó devotamente, y bien sabe Dios que lo he hecho cuando era necesario y no había nadie mejor que yo para hacerlo, por lo menos me he entrometido como un pescador que recorre el mismo camino, no como un vizconde del cielo que se inclina para ayudar a otros a levantarse. Ahora Aluino se enfrenta con esta exigencia y no me extraña que esté asustado.

Contempló la hilera de rostros que Aluino, por estar tan cerca de ellos, sólo podía ver como perfiles superpuestos y fugazmente entrevistos cuando los escarceos del movimiento recorrían la mesa principal bajo la engañosa iluminación del oblicuo resplandor de las antorchas. El ancho y sereno rostro de Cenredo estaba ligeramente tirante a causa de la tensión, aunque decididamente jovial, mientras que su esposa presidía la mesa con resuelta amabilidad y una sonrisa un tanto forzada, y De Perronet, en su dichosa inocencia, resplandecía de gozo por el hecho de tener a Elisenda sentada a su lado como si ya fuera suya. La muchacha, pálida y apagada, pero decididamente cortés, trataba por todos los medios de corresponder a su entusiasmo pues él no tenía la culpa de su pesar y ella misma había reconocido que se merecía lo mejor. Al verlos juntos de tal guisa, Cadfael pensó que no cabía la menor duda de que el muchacho se sentía atraído por la joven. Si echó de ver en ella una cierta ausencia de entusiasmo, tal vez lo aceptó como el terreno común en el que se inician muchos matrimonios, dispuesto a ser paciente hasta que el capullo se convirtiera en flor.

Era la primera vez que Aluino veía a la muchacha desde que su repentina aparición en la sala le hiciera caer al suelo desvanecido cuando todavía se encontraba medio aturdido por el cortante viento y la cegadora nieve. Aquella envarada y joven figura, vestida con sus mejores galas e iluminada por la dorada luz de las antorchas, hubiera podido ser una desconocida jamás vista anteriormente. En un momento en que pudo contemplar claramente su perfil, la miró con asombro y perplejidad, agobiado por el peso de una responsabilidad muy dura de soportar.

Más tarde, las mujeres abandonaron la mesa principal y los hombres se quedaron para seguir saboreando un poco más de vino, aunque ellos tampoco permanecerían en la sala mucho rato. Aluino miró a su alrededor, buscando los ojos de Cadfael, y las miradas de ambos se cruzaron, decidiendo que ya era hora de retirarse y dejar solos al anfitrión y su huésped. Aluino ya estaba a punto de recoger las muletas y de prepararse para levantarse cuando Emma regresó apresuradamente de la solana con rostro alterado, seguida de una joven criada.

—¡Cenredo, algo extraño ha ocurrido! Edgytha se ha ido y no ha regresado, y ahora está empezando a nevar otra vez. ¿Adónde puede haber ido de noche y con este tiempo? La mandé llamar para que me ayudara a prepararme para dormir, como de costumbre, y no la encuentran por ninguna parte; ahora Madlyn me dice que salió hace varias horas en cuanto empezó a oscurecer.

Cenredo tardó un poco en apartar su mente de sus deberes de hospitalidad para con su huésped y centrarla en un pequeño asunto doméstico sin aparente importancia, cuya resolución más correspondía a las mujeres que a él.

—Edgytha sale siempre cuando se le antoja —dijo de muy buen humor— y regresará también cuando se le antoje. Es una mujer libre y responsable y sabemos que siempre cumple con su deber. No hay que inquietarse por una vez que falta cuando se le llame. ¿Por qué te preocupas?

—Pero ¿cuándo ha hecho tal cosa sin avisar? ¡Nunca! Ahora está nevando y hace horas que se fue, si Madlyn no miente. ¿Y si le hubiera ocurrido algo? Por su propia voluntad, no se hubiera ausentado tanto rato. Tú sabes cuánto la aprecio. No quisiera por nada del mundo que le hubiera ocurrido nada malo.

—Ni yo —dijo Cenredo— ni nadie de mi casa. Si se ha perdido, la buscaremos. Pero no tenemos por qué inquietarnos antes de saber si ha ocurrido alguna desgracia. Tú, muchacha, ¿qué sabes sobre esta cuestión? ¿Dices que se fue hace varias horas?

—¡Sí, mi señor! —Madlyn se adelantó con los ojos muy abiertos a causa de la emoción—. Fue cuando ya lo teníamos todo a punto. Yo regresaba de la vaquería y la vi salir de la cocina envuelta en su capa. Le dije que iba a ser una noche muy ajetreada y que la íbamos a echar de menos. Entonces ella me contestó que volvería antes de que la echaran en falta. Estaba empezando a oscurecer. Nunca pensé que fuera a tardar tanto.

—¿Y no le preguntaste adónde iba? —inquirió Cenredo.

—Sí —contestó la moza—, aunque ella raras veces habla de sus asuntos y yo hubiera tenido que comprender que me contestaría con muy malos modos, eso si me contestaba. Pero es que esto no hay quién lo entienda —prosiguió Madlyn con desconcertada inocencia—, dijo que iba en busca de un gato para ponerlo entre las palomas.

Si la frase no significaba nada para la criada, sí tenía un significado para Cenredo y su esposa, los cuales no era la primera vez que la oían. Emma miró trastornada a su marido mientras éste se levantaba bruscamente. Cadfael interpretó la mirada que ambos se intercambiaron con la misma claridad que si las palabras hubieran sonado en sus oídos. Disponía de claves suficientes como para que la lectura le resultara muy fácil. Edgytha ha sido la niñera de ambos jóvenes, los ha mimado y querido como si fueran sus propios hijos y ahora lamenta esta separación, por mucho que digan la Iglesia y los vínculos de sangre, y más todavía esta boda que sanciona definitivamente la separación. Se ha ido a buscar ayuda para impedir lo que tanto deplora, aunque ya se haya llegado al último momento. Se ha ido a decir a Roscelin lo que están haciendo a espaldas suyas. Se ha ido a Elford.

Nada de todo aquello se podía manifestar en voz alta en presencia de Juan de Perronet, el cual permaneció de pie al lado de Cenredo, contemplando los rostros que le rodeaban con expresión de desconcierto ante aquel trastorno doméstico que no era asunto de su incumbencia. Una fiel criada que se había perdido en una noche de nieve merecía por lo menos que se iniciara una búsqueda simbólica. Hizo ingenuamente una sugerencia, rompiendo un silencio que en cualquier momento hubiera podido inducirle a examinar con más detenimiento lo que estaba ocurriendo.

—¿No deberíamos salir en su busca si hace tanto tiempo que se fue? Los caminos no siempre son seguros por la noche y, para una mujer sola…

La distracción fue muy oportuna y Cenredo la aprovechó con alivio.

—Eso vamos a hacer. Enviaré a un grupo para que siga el camino más probable. A lo mejor la ha detenido la nieve si pensaba visitar a alguien en la aldea. Pero vos no debéis inquietaros por eso, Juan. No quisiera que eso empañara vuestra estancia entre nosotros. Dejad este asunto en manos de mis hombres, los hay en abundancia en esta casa. Tened por cierto que no puede andar lejos y pronto la encontraremos y la conduciremos sana y salva a casa.

—Os acompañaré con mucho gusto —dijo amablemente De Perronet.

—No, no, no pienso consentirlo. Dejemos que las cosas sigan el curso previsto para que nada empañe la ocasión. Utilizad mi casa como si fuera la vuestra y descansad tranquilo, porque mañana este pequeño alboroto ya habrá terminado.

No fue difícil convencer al servicial huésped de que abandonara su generoso propósito, tal vez manifestado únicamente como un simple gesto de cortesía. Los asuntos domésticos de un hombre son cosa suya y es mejor que los resuelva él. Es de buena educación ofrecer ayuda, pero la prudencia aconseja no insistir. Cenredo sabía muy bien adonde se había dirigido Edgytha y no tenía la menor duda en cuanto al camino que deberían tomar para darle alcance. Además, había un sincero motivo de preocupación pues, en cuatro horas, la criada hubiera podido ir y venir a pesar de la nieve. Cenredo abandonó la mesa con decisión y ordenó que sus hombres se reunieran junto a la entrada de la sala. Después, deseó buenas noches a De Perronet, el cual aceptó de buen grado que lo excluyeran de aquel revuelo doméstico y mandó que seis de sus criados más jóvenes y vigorosos se incorporaran al grupo junto con su mayordomo.

—¿Qué vamos a hacer? —preguntó fray Aluino medio en voz alta, apartándose un poco con Cadfael.

—Tú te irás juiciosamente a la cama y procurarás dormir —contestó Cadfael—, un par de oraciones no estarán de más. Yo voy con ellos.

—Por el camino más directo a Elford —dijo Aluino con aire abatido.

—A buscar un gato para colocarlo entre las palomas. Sí, ¿adónde si no? Pero tú quédate aquí. Si hay que hablar, no podrías hacer o decir nada que yo no pueda.

Se abrió la puerta de la sala, el grupo de rescate bajó por los peldaños hasta el patio y dos hombres tomaron sendas antorchas. Cadfael, que se incorporó al grupo en último lugar, contempló la gélida y rutilante noche. El suelo estaba cubierto por unos pequeños y finos copos de nieve caídos desde un cielo casi despejado y cuajado de estrellas en medio de una atmósfera demasiado fría como para que cayera una fuerte nevada. Se volvió a mirar y vio a las mujeres de la casa, tanto señoras como criadas, reunidas en un inquieto grupo al fondo de la sala, contemplando con angustia la partida de los hombres. Las criadas hablaban en susurros entre sí y Emma mostraba el terso rostro contraído en una mueca de preocupación mientras se retorcía nerviosamente las manos. Elisenda, un poco apartada, era la única que no parecía buscar consuelo. Se encontraba demasiado lejos de una de las antorchas como para que la luz cayera de lleno sobre su rostro. Sin duda Elisenda ya sabría todo lo que Emma le había comunicado a su esposo y todo lo que Madlyn había dicho. Sabía adonde había ido Edgytha y con qué propósito y estaba contemplando con los ojos muy abiertos un futuro que ya no podía prever y en el cual las consecuencias de aquella noche se ocultaban en la consternación, el desconcierto y la posible catástrofe. Se había preparado voluntariamente para el sacrificio, pero no estaba en modo alguno preparada para lo que ahora se avecinaba. Su semblante se mostraba tan sereno y apacible como siempre, pero había perdido la calma y la certidumbre, su determinación se había convertido en impotencia y su resignación se había trocado en desesperación. Había llegado a un territorio fortificado que pensaba poder defender por muy alto que fuera el precio, y ahora aquel territorio se estremecía y se abría bajo sus pies; ella ya no se sentía dueña de su propio destino. La imagen de su destrozada gallardía, desarmada y vulnerable, fue la última visión que Cadfael llevó consigo en medio del frío y la oscuridad.

Cenredo se arrebujó en la capa para protegerse del viento y abandonó la entrada de la mansión, tomando un sendero desconocido para Cadfael, el cual se había apartado con Aluino del distante camino real, encaminándose directamente hacia el resplandor de las antorchas de la mansión; en cambio, aquel sendero se desviaba y se cruzaba con el camino real en un punto mucho más próximo a Elford, ahorrando por lo menos un octavo de legua de distancia. La noche poseía un suave brillo propio, debido en parte a la luz de las estrellas y en parte a la fina capa de nieve que cubría el suelo, de tal modo que pudieron avanzar con rapidez y desplegarse en una línea centrada en el sendero. La campiña carecía al principio de árboles, pero después cedía el lugar a un terreno cubierto de bosques y matorrales. No se oían más que sus propias pisadas, el susurro de su respiración y el suave gemido del viento entre los arbustos. Dos veces Cenredo mandó detenerse a sus hombres para que se hiciera el silencio y llamó repetidamente en la noche, pero no obtuvo respuesta.

Para alguien que conociera bien el camino, calculó Cadfael, la distancia hasta Elford debía de ser aproximadamente media legua. Edgytha hubiera podido regresar a Vivers hacía mucho rato y, a juzgar por lo que le había dicho a la criada Madlyn, tenía intención de regresar con tiempo suficiente como para estar a la disposición de la señora después de cenar. Tampoco podía haberse extraviado en una noche tan clara, en la que sólo habían caído unos copos dispersos de nieve. Cadfael estaba empezando a pensar que algo le había ocurrido, impidiéndole cumplir su propósito o regresar sana y salva tras haberlo cumplido. En noches como aquélla, no era probable que las criaturas que asaltaban a los caminantes, caso de que las hubiera en unos parajes tan abiertos, salieran a realizar su labor, pues no era fácil que sus presas se aventuraran a salir con un tiempo tan frío. No, si algún hombre había intervenido para impedir que Edgytha cumpliera su objetivo, lo había hecho con un propósito definido. Cabía otra posibilidad mejor: la de que, tras haber llegado junto a Roscelin para comunicarle la noticia, éste la hubiera convencido de que no regresara, sino que permaneciera tranquilamente en Elford y dejara el asunto en sus manos. Pero Cadfael no estaba demasiado seguro de que hubiera sido así. En caso de que hubiera ocurrido tal cosa, Roscelin hubiera irrumpido como una furia en la sala de Vivers mucho antes de que echaran en falta a Edgytha.

Cadfael se acercó a Cenredo en el centro del grupo; éste le miró de soslayo y le reconoció, sin sorprenderse demasiado.

—No era necesario que os molestarais, hermano —dijo Cenredo—. Somos suficientes para la tarea.

—Uno más nunca viene mal —dijo Cadfael.

No viene mal, pero mejor que no hubiera venido. Convenía que aquel asunto quedara firmemente encerrado dentro del ámbito de la familia Vivers. Pese a ello, no pareció que Cenredo se inquietara demasiado por la presencia de un monje benedictino en su grupo de rescate. Quería encontrar a Edgytha, a ser posible antes de que llegara a Elford o, si no pudiera conseguir su intento, contrarrestar el daño que hubiera tramado. A lo mejor, esperaba cruzarse con su hijo por el camino, dispuesto a impedir aquella boda que destruiría sus últimas y vanas esperanzas. Pero ya habían, cubierto más de un cuarto de legua y todo estaba desierto a su alrededor.

Avanzaban por un terreno boscoso donde la helada nieve era demasiado escasa como para haber aplanado la hierba sobre la tierra; hubieran podido pasar sin ver un pequeño montículo a la derecha del camino de no haber sido por la mancha oscura que destacaba entre la fina capa de nieve y cuyo tono era más pronunciado que el color parduzco de la hierba invernal. Cenredo pasó por su lado, pero se detuvo en seco al ver que Cadfael se detenía y miró al ver que éste miraba:

—¡Enseguida, acercad una antorcha!

La amarillenta luz mostró claramente la forma de un cuerpo humano tendido en el sucio con la cabeza apartada del camino y ligeramente cubierta por una capa de nieve. Cadfael se agachó y retiró con la mano el cristalino velo que empañaba un rostro cuyos ojos abiertos mostraban una expresión de sorprendido terror y un cabello gris del cual la capucha había resbalado hacia atrás durante la caída. Yacía boca arriba, pero inclinada hacia la derecha y con los brazos levantados como para protegerse de un golpe. La negra capa se distinguía claramente a través de la blanca filigrana de nieve. Sobre su pecho una pequeña mancha indicaba el lugar en el que un hilillo de sangre había derretido los copos de nieve al caer. No se pudo establecer inmediatamente si iba o venía cuando la atacaron aunque a Cadfael le pareció que, en el último momento, la mujer había oído a alguien acercándose sigilosamente por detrás y se había vuelto bruscamente, levantando las manos para protegerse la cabeza. La daga que su atacante pensaba hundirle entre las costillas por detrás se desvió y se clavó en su pecho. Estaba muerta y fría; el hielo confundía todas las conjeturas a propósito de la hora en que debió morir.

—¡Dios misericordioso! —exclamó Cenredo en un susurro—. ¡Nunca imaginé tener que ver eso! No sé qué se proponía, pero ¿por qué lo habrán hecho?

—Los lobos acechan incluso entre la nieve —dijo su mayordomo en tono apesadumbrado—. ¡Pero sólo el cielo sabe qué cuantioso botín podrían encontrar aquí! Ved que no le han quitado nada, ni siquiera la capa. Unos forajidos se la hubieran robado.

Cenredo sacudió la cabeza.

—Juro que no los hay en estos parajes. No, eso es otra cosa. ¡No sé hacia dónde se dirigía cuando la atacaron mortalmente!

—Es posible que lo averigüemos cuando la movamos —dijo Cadfael—. Y ahora, ¿qué? No podemos hacer nada por ella. Quienquiera que blandiera el puñal sabía su oficio, pues no necesitó asestarle una segunda puñalada. El terreno está demasiado duro para que hayan quedado sus huellas incluso en los lugares donde la nieve no las ha cubierto.

—Tenemos que llevarla a casa —dijo Cenredo en tono abatido—. Mi esposa y mi hermana se van a llevar un disgusto. Apreciaban mucho a esta mujer, que siempre fue leal y digna de nuestra confianza durante todos los años transcurridos desde que mi joven madrastra la trajo a la casa. ¡Eso no puede quedar así! Mandaremos a alguien para averiguar si llegó a Elford, qué se sabe de ella allí y si han tenido noticias de la presencia de malhechores por estos parajes, tal vez huyendo de otras regiones. Aunque eso cuesta de creer. Audemar gobierna con mano firme estas tierras.

—¿Os parece que mandemos por unas parihuelas, mi señor? —preguntó el mayordomo—. Pesa muy poco y podríamos turnarnos transportándola con la ayuda de la capa.

—No, no es necesario hacer otro viaje. Pero tú, Edredo, acércate con Jehan hasta Elford y averigua qué se sabe de ella allí, si alguien la vio y habló con ella. Mejor dicho, llévate a dos hombres, no quiero que corráis ningún peligro por el camino si es que efectivamente unos malhechores andan sueltos por ahí.

El mayordomo se dispuso a cumplir la orden y tomó una antorcha para iluminar el camino. La pequeña llama resinosa se fue perdiendo por el sendero de Elford hasta desaparecer en la noche. Los demás hombres ladearon el cuerpo para desabrochar y extender sobre el suelo la capa que llevaba. En cuanto la levantaron, una cosa por lo menos quedó inmediatamente clara.

—No hay nieve debajo —dijo Cadfael. La encogida forma de la mujer estaba húmeda y oscura en los lugares donde el contacto había sido lo suficientemente directo como para que el calor de su cuerpo fundiera los copos, pero en el borde donde los pliegues de su capa sólo se habían posado ligeramente, quedaba una desigual cinta de blanco encaje—. Cayó cuando empezaba a nevar. Regresaba a casa.

No pesaba apenas nada. La frialdad de su cuerpo se debía a la gélida temperatura, no a la rigidez de la muerte. La envolvieron en la capa y la ataron con dos o tres cinturones y el ceñidor de cuerda de Cadfael para que los criados la pudieran transportar más fácilmente, y regresaron a Vivers, desandando el cuarto de legua escaso que habían recorrido.

En la casa estaban todos despiertos y sin poder descansar hasta que supieran qué había sucedido. Una de las criadas observó la lamentable entrada de la triste procesión y corrió entre gemidos para comunicárselo a Emma. Cuando llevaron el cuerpo de Edgytha a la sala, todo el alarmado palomar de las criadas se había vuelto a juntar en un grupo para darse mutuamente consuelo. Emma se hizo cargo de la situación con más energía de la que hubiera cabido esperar de su dulce y suave carácter: encomendó a las criadas distintas tareas que las distrajeran de las lágrimas que de otro modo hubieran derramado, ordenándoles que dispusieran una mesa de caballete en una de las pequeñas cámaras para instalar un catafalco, compusieran los desordenados miembros de la difunta, calentaran agua y sacaran perfumados lienzos de lino de las arcas de la sala para cubrir el cuerpo. Las ceremonias fúnebres son tan beneficiosas para los vivos como para los muertos, pues les ocupan las manos y la mente, consolándoles de las cosas que dejaron de hacer o que hicieron mal en vida. Muy pronto los murmullos de la cámara mortuoria pasaron de la aflicción y la consternación a un dulce canturreo casi tranquilizadoramente elegiaco.

Emma entró en la sala donde su esposo y los hombres se estaban calentando los entumecidos pies y frotándose las ateridas manos a la vera del fuego.

—Cenredo, ¿cómo ha sido posible? ¿Quién lo puede haber hecho?

Nadie intentó responder ni ella buscaba respuesta a su pregunta.

—¿Dónde la encontrasteis?

A eso su marido sí pudo contestar mientras se rascaba con aire cansado la fruncida frente.

—A más de medio camino de Elford, tendida al borde del sendero más corto. Y no llevaba mucho tiempo allí, porque había nieve debajo del cuerpo. Alguien la atacó cuando regresaba.

—¿Y tú crees que estuvo en Elford? —preguntó Emma en voz baja.

—¿A qué otro lugar se puede ir por este sendero? He enviado a Edredo para que averigüe si estuvo allí y si alguien habló con ella. En cuestión de una hora ya podrían estar de regreso, aunque sólo Dios sabe si traerán noticias.

Ambos se movían delicadamente alrededor del meollo de la cuestión evitando mencionar el nombre de Roscelin o decir algo sobre los motivos por los cuales Edgytha pudo haber salido sola en una gélida noche invernal. La noticia ya había llegado para entonces incluso a las perreras y los establos y toda la casa de Vivers estaba alterada. Los criados del interior se habían agrupado ansiosamente en los rincones de la sala y los del exterior andaban de un lado para otro sin poder entregarse a sus habituales tareas o al normal descanso hasta que supieran lo que estaba ocurriendo. Pocos de ellos, si es que había alguno, gozaban de la suficiente confianza de su señor como para saber algo acerca del amor prohibido de Roscelin, pero algunos habrían adivinado las corrientes subterráneas que arrastraban a Elisenda hacia aquella precipitada boda. Convenía medir las palabras en presencia de aquel clan.

De pronto, para complicar ulteriormente las cosas, Juan de Perronet bajó de la cámara superior adonde se había retirado por cortesía aunque no pudo dormir, pues aún iba vestido con las galas de la cena. Allí estaba también fray Aluino, angustiado y silencioso tras haberse levantado de la cama en la que no podía conciliar el sueño. Todos los que se encontraban bajo el techo de Vivers aquella noche estaban confluyendo poco a poco y casi furtivamente hacia la sala.

No, no todos. Cadfael miró a su alrededor y echó en falta un rostro. Elisenda estaba ausente de la reunión.

A juzgar por la expresión de su semblante, De Perronet había estado meditando muy en serio desde que accediera a los deseos de su anfitrión, el cual le había rogado que permaneciera en la casa y no se incorporara al grupo de rescate. Entró en la sala con la cara muy seria y, sin revelar nada de lo que estaba pensando, contempló muy despacio el mudo y austero círculo de los presentes; al final, miró largamente a Cenredo cuyas mojadas botas despedían vapor en contacto con el calor de la lumbre y cuyos ojos permanecían clavados con aire ausente en las brasas de la lumbre.

—Me parece —dijo De Perronet con deliberada lentitud— que eso no ha terminado bien. ¿Habéis encontrado a vuestra criada?

—La hemos encontrado —contestó Cenredo.

—¿Maltratada? ¿Muerta? ¿Me vais a decir que la habéis encontrado muerta?

—¡Y no de frío! Mortalmente apuñalada —contestó bruscamente Cenredo— y abandonada al borde del camino. No hemos visto ni oído la menor señal de la presencia de otra alma por el camino a pesar de que ocurrió hace muy poco, después de que empezara a nevar.

—Dieciocho años ha estado con nosotros —dijo Emma, retorciéndose nerviosamente las manos—. Pobrecilla, mira que haber acabado de esta manera… atacada por un malhechor vagabundo y muerta en medio del frío. ¡Por nada del mundo hubiera querido que eso ocurriera!

—Siento que haya ocurrido en semejante momento —dijo De Perronet—. ¿No habrá alguna relación entre el motivo que me trajo aquí y la muerte de esta mujer?

—¡No! —gritaron marido y esposa al unísono, más bien rechazando la idea que ya había surgido en sus mentes que mintiendo para engañar a su huésped—. No —añadió Cenredo en tono más sereno—, rezo para que no la haya, confío en que no la haya. Es la más desdichada de todas las posibilidades, pero seguramente no es más que una posibilidad.

—A veces hay posibilidades muy desgraciadas —reconoció De Perronet—. De las que no se salvan los festejos y ni siquiera las bodas. ¿No deseáis aplazar la boda hasta después de mañana?

—No, ¿por qué? La pena es nuestra, no vuestra. Pero se trata de un asesinato y debo informar al gobernador para que ordene la búsqueda del asesino. Ella no tiene parientes que yo sepa, nos corresponde a nosotros enterrarla. Haremos lo que sea necesario. Eso no tiene por qué arrojar ninguna sombra sobre vos.

—Me temo que ya la ha arrojado sobre Elisenda —dijo De Perronet—. Esta mujer era su niñera, según creo, y muy querida por ella.

—Razón de más para que os la llevéis de aquí, a un nuevo hogar y una nueva vida.

Cenredo miró a su alrededor buscando por primera vez a su hermana y se sorprendió al no verla entre las mujeres, pero lanzó un suspiro de alivio por el hecho de que no estuviera allí, complicando con su presencia un asunto ya bastante angustioso de por sí. Si había logrado conciliar el sueño mejor que siguiera durmiendo y no se enterara de lo ocurrido hasta el día siguiente. Las criadas ya estaban regresando de la estancia donde habían estado ocupadas adecentando el cuerpo de Edgytha. Ya no tenían nada más que hacer y su inquieta, atemorizada y silenciosa presencia resultaba opresiva. Cenredo trató de librarse de ellas.

—Emma, envía a las mujeres a la cama. Ya no hay nada más que hacer aquí y no es necesario que esperen. Y vosotros, muchachos, también podéis iros a dormir. Ya hemos hecho todo lo que se podía hacer; hasta que Edredo regrese de Elford, no hace falta que toda la casa le espere levantada —dirigiéndose a De Perronet, añadió—: Le he enviado con otros dos hombres míos para informar a mi señor de esta muerte. El asesinato en esta región cae bajo su jurisdicción y este asunto es tan suyo como mío. Venid, Juan, con vuestro permiso nos retiraremos a la solana y abandonaremos la sala para que los demás puedan descansar más tranquilos.

No cabe duda, pensó Cadfael estudiando la atormentada expresión del rostro de Cenredo, estaría más contento si De Perronet optara por retirarse y mantenerse al margen de los acontecimientos, pero no es probable que eso ocurra ahora. Por mucho que trate de eludir la verdadera razón por la cual ha enviado a su mayordomo a Elford, el solo nombre de aquel lugar ha adquirido ahora un significado que no se puede soslayar. Además, a este hombre no le gustan los engaños, no los practica con placer ni tiene habilidad para ello.

Las mujeres obedecieron inmediatamente su orden y se dispersaron a sus aposentos entre murmullos. Los criados apagaron las antorchas, dejando tan sólo encendida la de la entrada principal, y cubrieron el fuego para que ardiera lentamente durante toda la noche. De Perronet siguió a su anfitrión hasta la puerta de la solana y, desde allí, Cenredo se volvió y le indicó a Cadfael por señas que se reuniera con ellos.

—Hermano, vos habéis sido testigo y podéis explicar cómo la encontramos. Fuisteis vos quien nos indicó que la nieve ya había empezado a caer cuando la atacaron. ¿Seréis tan amable de esperar con nosotros, a ver qué nos dice mi mayordomo a la vuelta?

No dijo nada que indujera a fray Aluino a considerarse análogamente incluido en la invitación, pero, al ver la mirada de Cadfael, lamentando más que recomendando semejante posibilidad, decidió no hacer caso. Bastantes cosas habían ocurrido en torno a aquellas dos personas a las que estaba en trance de unir en matrimonio y cuya inminente boda era sospechosa de haber provocado aquella muerte. Tenía derecho a saber lo que se ocultaba detrás de aquellas peregrinaciones nocturnas y a retirarse del compromiso en caso de que viera razón para ello. Aluino apretó los labios y siguió a los demás a la solana, apoyando pesadamente las muletas en la tarima del suelo mientras sus pisadas producían un apagado eco sobre la alfombra de juncos. Se sentó en un banco del rincón más oscuro para escuchar discretamente mientras Cenredo se sentaba con aire cansado junto a la mesa, apoyando en ella los codos y sosteniéndose la cabeza entre sus musculosas manos.

—¿Vuestros hombres han ido a pie? —preguntó De Perronet.

—Sí.

—En tal caso, puede que tengamos que esperar un buen rato hasta que regresen. ¿Habéis desplegado otros grupos por otros caminos?

—No —contestó lacónicamente Cenredo sin añadir más palabras a modo de explicación o excusa.

Apenas un cuarto de hora antes, pensó Cadfael, observándole, hubiera eludido la pregunta o la hubiera dejado sin respuesta. Ahora la discreción ya no le importa. El asesinato hace aflorar a la superficie muchas otras cuestiones no menos dolorosas, incluso cuando aún no se ha resuelto y acecha todavía en la oscuridad.

De Perronet cerró los labios, apretó los dientes para no hacer más preguntas y se dispuso a esperar con imparcial paciencia. La noche envolvía con su siniestro y opresivo silencio la mansión de Vivers. Lo más probable era que nadie durmiera, pero, si alguien se moviera, lo haría con sigilo y, si alguien hablara, lo haría en murmullos.

Pese a ello, la espera no fue tan larga como De Perronet había vaticinado. El silencio se vio bruscamente estremecido por el rumor de unos cascos de caballo al galope sobre la helada tierra del patio mientras una enfurecida y juvenil voz llamaba a gritos a los criados, los mozos del exterior de la casa corrían de un lado para otro y los criados del interior se levantaban apresuradamente. Unos pies corrieron en la oscuridad tropezando con las alfombras de junco del suelo, el eslabón y el pedernal escupieron unas chispas demasiado breves como para prender en la yesca y alguien acercaba la primera antorcha al fuego cubierto con turba para encender a toda prisa las demás. Antes de que los ocupantes de la solana salieran a la sala, un puño aporreó la puerta de entrada y una encolerizada voz exigió entrada.

Dos o tres hombres corrieron a desatrancar la puerta tras haber reconocido la voz y fueron empujados dando trompicones hacia atrás cuando la maciza puerta se abrió y el resplandor de la antorcha iluminó la cabeza descubierta de Roscelin con el cabello de lino alborotado por la velocidad de la carrera y los azules ojos ardiendo de furia. El frío de la noche entró con él y todas las antorchas empezaron a gotear y a despedir humo mientras Cenredo, emergiendo de la solana, se detenía bruscamente al ver en el umbral de la sala la ardiente mirada de su hijo.

—¿Qué es eso que me ha dicho Edredo? —preguntó Roscelin—. ¿Qué has hecho a mis espaldas?