III

ugo y su escolta regresaron a casa cuatro días después de la Epifanía. Buena parte de la nieve había desaparecido para entonces, el tiempo era desapacible, los días cortos y sombríos y las noches rozaban los límites de las heladas, por cuyo motivo el deshielo era muy lento y no se habían producido inundaciones. Después de unas nevadas tan fuertes, un deshielo excesivamente rápido hubiera provocado una enorme crecida de los ríos y el Severn hubiera empujado hacia atrás la corriente del arroyo Meole, inundando la parte inferior de los campos, aunque el conjunto de la abadía se salvara de la inundación. Aquel año se libraron del molesto contratiempo y Hugo, quitándose las botas y la capa en su casa junto a la iglesia de Santa María, mientras su esposa le traía los zapatos forrados de piel y su hijo se agarraba a la vaina de su espada pidiendo a gritos el nuevo caballero de madera pintada que tanto admiraba, pudo informar de su cómodo viaje —a pesar de la época del año en que estaban— y de la favorable acogida que había merecido en la corte su labor en el condado.

—Aunque dudo que esta tregua navideña dure demasiado —le comentó más tarde a Cadfael, tras haber informado debidamente al abad de todo lo sucedido en Winchester—. El rey ha aceptado gallardamente su error en Oxford, pero, aunque la venganza no sea propia de su temperamento, no permanecerá quieto mucho tiempo, tanto si es invierno como si no. Quiere ocupar Wareham, pero el lugar está muy bien abastecido y fortificado y Esteban nunca ha tenido paciencia en los asedios. Preferiría una fortaleza situada más hacia el oeste para llevar la guerra al territorio de Roberto. No sabemos qué intentará primero. Pero ni a mí ni a mis hombres nos quiere en el sur; recela demasiado del conde de Chester como para retenerme mucho tiempo lejos de mi condado. A Dios gracias, yo pienso lo mismo —añadió Hugo alegremente—. ¿Qué tal van las cosas por aquí? Lamento saber que vuestro mejor iluminador sufrió una caída que a punto estuvo de matarle. El padre abad me lo ha contado. Debió de ocurrir cuando apenas había transcurrido una hora de mi partida de aquí. ¿Es cierto que se está recuperando muy bien?

—Mejor de lo que ninguno de nosotros esperaba —contestó Cadfael— y tanto menos él mismo, pues manifestó su decidido propósito de preparar su alma para la muerte. Pero ahora ya ha salido de las sombras y, dentro de uno o dos días, lo levantaremos de la cama. No obstante, los pies le quedarán deformados de por vida, pues las tejas de pizarra se los despedazaron. Fray Lucas le está haciendo unas muletas a la medida. Hugo —añadió Cadfael, mirando directamente a su amigo—, ¿qué sabéis de los De Clary del feudo de Hales? Uno de ellos fue cruzado hace casi veinte años. Yo no le conocí, pues estuvo en Oriente mucho más tarde que yo. ¿Vive todavía?

—Beltrán de Clary —contestó inmediatamente Hugo, mirando a su amigo con creciente interés—. ¿Qué queréis saber de él? Murió hace unos diez años o más. El feudo lo tiene ahora su hijo. No he mantenido tratos con ellos. Hales es el único feudo que conservan en este condado, pues el caput y buena parte de sus tierras se encuentran en el condado de Stafford. ¿Por qué estáis pensando en los De Clary?

—Es Aluino quien piensa en ellos. Estuvo a su servicio antes de tomar el hábito. Al parecer, cree que no pagó cierta deuda que contrajo con ellos. Lo recordó al hacer su última confesión en el que él consideraba su lecho de muerte. Cree que cometió un agravio contra ellos y le remuerde la conciencia.

Eso era lo único que Cadfael podía revelar incluso a Hugo, pues el secreto de confesión era sagrado. Si no le dijeran nada más, Hugo no exigiría saberlo, por muchas conjeturas que hiciera acerca de lo que no le habían dicho.

—Está empeñado en emprender el viaje para saldar la deuda en cuanto se encuentre en condiciones de emprenderlo. Y yo me preguntaba… Si la viuda de este Beltrán tampoco está ya entre los vivos, convendría que Aluino lo supiera cuanto antes para que, de este modo, pudiera quitarse esta preocupación de la cabeza de una vez por todas.

Hugo Berengario estudió a su amigo con creciente interés y tolerante sonrisa, continuando el relato:

—Y vos queréis que nada turbe su mente o su cuerpo, sino que reanude su vida tan pronto como sea posible. No os podré ayudar, Cadfael. La viuda vive todavía. Está en Hales y pagó sus tributos por San Miguel. Su hijo contrajo matrimonio con una dama del condado de Stafford y tiene un hijo que le sucederá. Por lo que yo he oído decir, la madre no es de ésas que pueden compartir el hogar con otra mujer sin entrometerse. Hales es su residencia preferida, vive allí porque así lo desea y deja que su hijo gobierne su feudo de la misma manera que ella gobierna el suyo aquí. No cabe duda alguna de que es la mejor solución para ambos. No estaría tan bien informado —le explicó Hugo— si no hubiéramos hecho una parte del camino desde Winchester con una compañía de hombres de De Clary que se estaba dispersando tras el asedio de Oxford. Al hombre no le vi, pues se demoró algún tiempo en la corte cuando nosotros nos fuimos. Ahora ya habrá emprendido el camino de regreso a casa, a no ser que Esteban le retenga con algún propósito.

Cadfael recibió la noticia con filosofía, pero sin placer. O sea que la mujer que había tratado de ayudar a su hija provocándole un aborto y sólo había conseguido ayudarla a morir todavía estaba viva. No había sido la primera ni sería la última que hallara semejante muerte. Pero ¿cuál debió de ser entonces la desesperación y el remordimiento de la madre y qué amargos recuerdos debía de conservar ahora bajo las cenizas de los dieciocho años transcurridos? Sin duda sería mejor dejarlos enterrados. Sin embargo, la torturada conciencia y el alma hambrienta de salvación de Aluino también tenían sus derechos. ¡A fin de cuentas, el muchacho contaba apenas dieciocho años! La mujer que le había prohibido cualquier aspiración al afecto de su hija debía de doblarle la edad. Hubiera tenido que ser lo suficientemente sensata, pensó Cadfael casi con indignación, como para haber comprendido lo que ocurría entre los dos jóvenes y haber tomado las medidas necesarias para separarlos a tiempo.

—¿Habéis pensando alguna vez, Hugo, que es mejor olvidar las malas acciones so pena de provocar cosas peores? —preguntó tristemente Cadfael—. ¡En fin! El muchacho ni siquiera ha probado todavía las muletas. Quién sabe qué cambios nos traerán las próximas semanas.

Levantaron a Aluino de su cama a mediados de enero, le buscaron un rincón cerca de la chimenea de la enfermería pues no podía moverse libremente como los demás para combatir el frío, y trataron su cuerpo entumecido por la inmovilidad con aceites y masajes para fortalecerle los tendones. Para ocupar sus manos y su mente le trajeron sus colores y una pequeña escribanía donde trabajar y le entregaron una sencilla página para que la iluminara hasta que sus manos recuperaran la habilidad y la firmeza. Sus mutilados pies se habían soldado en unas desdichadas formas y aún no estaba en condiciones de apoyarlos en el suelo, pero Cadfael le permitió probar las muletas que le había fabricado fray Lucas para que se acostumbrara a su peso y equilibrio y a las redondeadas almohadillas bajo los sobacos. Si no pudiera volver a apoyar ninguno de los dos pies en el suelo, las muletas no le servirían de nada. Sin embargo, tanto Cadfael como Edmundo coincidían en que había muchas probabilidades de que el pie derecho pudiera recuperar el uso con el tiempo e incluso que el izquierdo pudiera prestar una pequeña ayuda, siempre y cuando le proporcionaran al inválido un calzado adecuado.

A tal fin Cadfael mandó llamar a finales de mes al joven Felipe Corviser, el hijo del preboste; ambos estudiaron detenidamente la cuestión y crearon unas botas tan desiguales en su aspecto como los pies a los que estaban destinados, pero hechas de tal forma que pudieran constituir un firme soporte. Estaban confeccionadas en fieltro, tenían suela de cuero y, rodeando firmemente los tobillos, se ataban con cordones de cuero para sujetar y proteger la dañada carne y utilizar al máximo las tibias, que no habían resultado dañadas. Felipe estaba muy satisfecho de su trabajo, pero no quería recibir alabanzas hasta que Aluino se probara las botas y comprobara que las podía llevar sin dolor y eran agradablemente cálidas en medio de los rigores invernales.

Fray Aluino aceptaba con gratitud y humildad todo lo que hacían por él; seguía practicando sin descanso con los rojos, los azules y los suaves dorados para ejercitar la mano y el ojo. Sin embargo, en cuanto terminaban las horas de ocio, se levantaba con gran esfuerzo de su banco del rincón y, utilizando las muletas, buscaba el apoyo del banco o la pared cada vez que perdía el equilibrio. Los tendones de sus piernas tardaron algún tiempo en recuperar la fuerza, pero, a principios de febrero, ya pudo apoyar firmemente el pie derecho en el suelo e incluso sostenerse brevemente en él sin que lo sujetaran. A partir de aquel momento, empezó a utilizar las muletas con tesón hasta conseguir dominarlas. Había regresado de nuevo a su sitial del capítulo y a su puesto en el coro durante los oficios. A finales de febrero pudo incluso apoyar la deformada punta de su bota izquierda en el suelo para caminar con mayor seguridad con las muletas, si bien aquel pie jamás podría volver a sostener su peso, a pesar de lo delgado que estaba.

En una cosa tuvo suerte, y fue que aquel invierno, tras el deshielo de las fuertes nevadas iniciales, no resultó muy duro. Hubo alguna que otra helada, pero ninguna duró demasiado y, después de enero, las nevadas fueron muy escasas y ocasionales. En cuanto adquirió equilibrio y se acostumbró a la nueva situación, Aluino pudo ejercitar su habilidad, no sólo fuera sino también dentro, y se convirtió en un experto que sólo temía los adoquines del patio cuando éstos estaban cubiertos por la gélida escarcha.

A principios de marzo, cuando empezaron a alargarse los días y aparecieron en el aire los primeros y cautelosos signos de la primavera, fray Aluino se levantó en el capítulo una vez resueltos los asuntos urgentes del día y, con gran humildad no exenta de determinación, hizo una petición que sólo el abad Radulfo y fray Cadfael pudieron comprender por entero.

—Padre —dijo Aluino, clavando sus oscuros ojos en el rostro del abad—, vos sabéis que, durante mi enfermedad, expresé el deseo de emprender cierta peregrinación si, por la gracia de Dios, pudiera restablecerme. Se me ha otorgado una gran merced y, si vos me concedéis vuestra venia, quisiera ahora que mi voto quedara inscrito en el cielo. Pido vuestra aprobación y las plegarias de mis hermanos para que pueda cumplir mi promesa y regresar en paz.

Radulfo estudió al peticionario durante un tiempo turbadoramente largo sin que su rostro revelara ni aprobación ni censura, si bien la fijeza de su mirada provocó una afluencia de sangre a las enjutas mejillas de Aluino.

—Ven a verme después del capítulo —dijo finalmente el abad—; escucharé tu propósito y juzgaré si ya estás en condiciones de cumplirlo.

En la sala del abad, Aluino repitió su petición con mayor claridad, en presencia de unos hombres ante los cuales había desnudado previamente su espíritu. Cadfael ya sabía por qué razón le habían mandado llamar. Se trataba, en realidad, de dos razones; él era el segundo testigo de la confesión de Aluino y por este motivo podía asistir a la reunión y, en segundo lugar, él era quien mejor podía juzgar las aptitudes de Aluino para emprender semejante viaje. Aún no había adivinado la existencia de una tercera razón, pero no las tenía todas consigo.

—No debo ni siquiera apartarte —dijo el abad— de cualquier cosa que sea necesaria para la salvación de tu alma. Pero creo que tu petición es prematura. Aún no es posible que hayas recuperado las fuerzas. Aún no estamos en primavera, aunque el tiempo haya sido muy templado estas últimas semanas. Todavía podrían producirse inclemencias. Piensa en cuan recientemente has estado a las puertas de la muerte y no te sometas a semejantes penalidades hasta que estés en mejores condiciones de soportar el largo viaje.

—Padre —dijo Aluino con ardor—, es precisamente por haber estado a las puertas de la muerte por lo que no debo demorarme. ¿Y si me sorprendiera la muerte antes de haber expiado mi pecado? He visto cómo puede descargar su mano sobre un hombre en un abrir y cerrar de ojos. Ya he recibido un aviso y debo darme prisa. Si muero cumpliendo la penitencia que de mí se exige, lo aceptaré con agrado. En cambio, si muriera sin hacer enmienda, se me reprocharía eternamente. Padre —añadió el joven, ardiendo como una hoguera atizada—, yo la amaba sinceramente con propósito de matrimonio y la hubiera amado toda la vida. Y yo la destruí. He ocultado mis pecados demasiado tiempo y, ahora que los he confesado, ansío completar la expiación.

—¿Has pensado en las leguas que deberás cumplir a la ida y a la vuelta? ¿Estás en condiciones de cabalgar?

Aluino sacudió enérgicamente la cabeza al oír las palabras del abad.

—Padre, he hecho un voto en mi conciencia y lo repetiré ante el altar. Quiero ir a pie hasta el lugar donde ella está enterrada y quiero regresar a pie… caminando con estos pies con los que sufrí la caída y me obligaron a enfrentarme con la verdad de mis delitos no perdonados. Puedo ir, ya he aprendido a caminar como los inocentes tullidos. ¿Por qué no iba a pasar por las mismas penalidades yo, que soy culpable de tan graves delitos? Podré resistirlo. ¡Fray Cadfael lo sabe!

Fray Cadfael no se alegró demasiado de que le llamaran a declarar como testigo ni tampoco de que le obligaran a decir algo susceptible de promover aquella obsesiva empresa, pero comprendía que aquella atormentada criatura no podría recuperar la paz de espíritu hasta que completara la expiación.

—Sé que tiene voluntad y valor —dijo—. Que tenga la fuerza necesaria ya es otra cuestión. Su derecho a obligar a su cuerpo a someterse a un esfuerzo mortal para poder purificar su alma es algo que no estoy en condición de juzgar.

Radulfo reflexionó unos minutos en sombrío silencio, estudiando al peticionario con una mirada tan fija que éste se hubiera agitado con inquietud o hubiera bajado los ojos de haber habido alguna falsedad o simulación en su propósito. Sin embargo, los grandes y serenos ojos de Aluino resistieron el encuentro con gallardía.

—Bien, reconozco tu deseo de expiación aunque llegue un poco tarde —dijo finalmente el abad— y comprendo tu prisa, pues esta demora de tantos años no te ha sido beneficiosa. Ve, pues, e inténtalo. No obstante, no permitiré que vayas solo. Tiene que acompañarte alguien por sí te vinieras abajo y, en caso de que ello ocurra, deberás permitir que tome las disposiciones que estime necesarias para tu seguridad. Si soportas bien el viaje, no deberá hacer nada que impida tu sacrificio, pero, si caes por el camino, él deberá actuar como mi representante y tú le tendrás que obedecer como me obedeces a mí.

—Padre —dijo Aluino en vehemente protesta—, mi pecado es sólo mío y la sagrada confesión ya está sellada. ¿Cómo puedo permitir que otro hombre se aproxime tanto a mí sin que yo rompa el sello? El solo hecho de que se sorprendiera y extrañara de mi penitencia ya sería una intromisión.

—Tendrás un compañero que no extrañará ni se sorprenderá —dijo el abad— pues ya lo sabe todo, porque tú se lo has dicho. Fray Cadfael irá contigo. Su compañía y el recuerdo de la dama no correrán ningún peligro y, además, él está capacitado para cuidar de ti por el camino. —Dirigiéndose a Cadfael, Radulfo preguntó—: ¿Estáis dispuesto a asumir esta responsabilidad? No creo que se encuentre en condiciones de ir solo.

—Si así lo deseáis, padre, lo haré —le contestó Cadfael.

—El viaje durará varios días. ¿Podrá fray Wilfrido dispensar lo que haga falta con la ayuda de Edmundo?

—Durante unos cuantos días se las podrán arreglar muy bien sin mí —convino Cadfael—. Justo ayer renové las existencias del armario de la enfermería y en la cabaña hay provisiones suficientes de todos los remedios más comunes que suelen utilizarse en invierno. Si surgiera algún imprevisto, fray Oswin podría venir desde San Gil para echar una mano.

—¡Bien! En tal caso, Aluino, hijo mío, puedes prepararte si quieres. Pero tendrás que someterte a fray Cadfael si te fallaran las fuerzas y deberás obedecerle tan fielmente como me has obedecido a mí dentro de estos muros.

—Así lo haré, padre —dijo fervorosamente Aluino.

Aquella misma noche después de vísperas fray Aluino renovó ante el altar de santa Winifreda el solemne voto de no escatimar el menor esfuerzo. La palidez de su semblante y la vehemencia de sus palabras le hicieron comprender a Cadfael, el cual estuvo presente por deseo expreso de Aluino, que aquel implacable penitente sabía y temía en lo más hondo de su corazón las penalidades y los dolores que tendría que sufrir y, a pesar de ello, estaba dispuesto a afrontarlo todo con una pasión y una determinación que Cadfael hubiera preferido ver dedicadas a una empresa más práctica y provechosa. ¿Quién iba a beneficiarse de aquel viaje, aunque no ocurriera el menor contratiempo, sino el propio penitente tras haber recuperado por lo menos parcialmente la dignidad? Ciertamente no la pobre muchacha cuyo solo pecado había sido el de arriesgarse demasiado por amor y que sin duda ya habría recuperado el estado de gracia. Tampoco la madre que ya habría olvidado aquella pesadilla y ahora tendría que enfrentarse de nuevo con ella al cabo de tantos años. Cadfael no creía que la principal misión de un hombre en este mundo fuera la de salvar su propia alma. Hay otras almas enfermas, de la misma manera que hay cuerpos enfermos, necesitadas de que alguien les dé un empujoncito para recuperar la salud.

Sin embargo, las necesidades de Aluino no eran las suyas. Los amargos años de silencio y de remordimiento exigían, ciertamente, un remedio.

—Sobre estas sacratísimas reliquias —dijo fray Aluino con la palma de la mano apoyada sobre los lienzos que cubrían el relicario—, hago el voto penitencial de no descansar hasta que haya ido a pie hasta el sepulcro donde yace Bertrada de Clary, haya pasado allí una noche de vigilia y oración por su alma y regresado aquí a pie para seguir cumpliendo el servicio que me corresponde. Si no lo cumplo, sea perjuro en vida y muera sin remisión.

Se pusieron en camino después de prima la mañana del cuatro de marzo por la puerta principal y a lo largo de la barbacana en dirección a San Gil y el camino que conducía al este. Era un día nublado y sin viento; el aire estaba fresco, pero no helado. Cadfael pensó en lo que tenían por delante y no le pareció demasiado temible. Dejarían a su espalda las colinas occidentales; a medida que avanzaran, el paisaje iría dando paso a unos verdes llanos. El camino estaba seco porque no había llovido últimamente, las pálidas nubes no amenazaban tormenta y, a ambos lados del camino, había un ancho y herboso margen, propio de los caminos reales, por el que un lisiado podía caminar sin dificultad. La primera media legua se superaría sin dificultad, pero después el esfuerzo empezaría a dejar sentir su efecto. Él tendría que establecer las paradas, pues lo más probable era que Aluino apretara los dientes y siguiera adelante hasta caer desfallecido. En algún lugar a los pies del Wrekin encontrarían un hospitalario refugio donde pasar la noche, pues varios campesinos eran arrendatarios de la abadía, y cualquier cabaña del borde del camino les ofrecería un sitio donde descansar a la vera del fuego al mediodía. La comida la llevaba Cadfael en su bolsa.

En medio de la esperanzada atmósfera matutina, con la energía y el entusiasmo de Aluino todavía intactos, recorrieron un buen trecho y al mediodía descansaron muy a gusto con el párroco de Attingham. Pero por la tarde el ritmo se redujo un poco y la tensión empezó a hacer mella en los doloridos hombros de Aluino agotados por el constante esfuerzo, mientras el frío del atardecer le entumecía las manos con las que sujetaba las muletas a pesar de los mitones de lana que llevaba. Cadfael decidió hacer una parada en cuanto aparecieron las primeras sombras de un crepúsculo de marzo sin viento en cuya penumbra se borraban las distancias, y desviarse hacia la aldea de Uppington para pedir una cama donde pasar la noche, en el feudo.

Aluino había estado comprensiblemente callado por el camino pues necesitaba todo su aliento y toda su determinación para poder resistir el esfuerzo de la marcha. Tras haber comido y descansado un poco, permaneció sentado, observando a Cadfael en silencio durante un buen rato.

—Hermano —dijo al final—. Con nadie más que con vos hubiera podido hablar de aquella antigua pena y, antes de que regresemos a Shrewsbury, es posible que necesite volver a hablar de ella. Lo peor de mí ya lo sabéis, nunca diré ni una sola palabra de justificación. Pero, en los dieciocho años transcurridos, jamás hasta ahora había pronunciado el nombre de la muchacha en voz alta y pronunciarlo ahora es como disfrutar de un plato de comida después de haber estado a punto de morir de hambre.

—Habla o guarda silencio según prefieras —dijo Cadfael— y yo te escucharé o permaneceré sordo según tu voluntad. Pero esta noche deberías descansar porque ya hemos recorrido un tercio del camino y te advierto que mañana sufrirás dolores que no te imaginas después de haberte esforzado durante tanto tiempo.

—Estoy cansado —confesó Aluino, esbozando una súbita y conmovedora sonrisa, tan fugaz como dulce—. ¿Entonces vos creéis que mañana no podremos llegar a Hales?

—¡Ni lo sueñes! No, llegaremos hasta la canonjía de los agustinos de Wombridge y pasaremos otra noche allí. Hasta ahora todo ha ido bien; por consiguiente, no te quejes si tardamos un día más.

—Como vos dispongáis —dijo sumisamente Aluino, tendiéndose para dormir con la confiada sencillez con que lo hace un niño protegido por el amuleto de sus oraciones.

El día siguiente fue menos benigno, porque cayó una intermitente y espasmódica lluvia mezclada en determinados momentos con aguanieve y un viento más frío del nordeste contra el cual la alargada, verde y mellada mole del Wrekin no les ofreció la menor protección a lo largo del camino que la rodeaba en dirección norte. Aun así, llegaron al priorato antes del anochecer. Para entonces Aluino mantenía los labios fuertemente apretados y su piel estaba tensa y lívida sobre los pómulos a causa del agotamiento. Cadfael se alegró de poder conducirle a un lugar abrigado y allí se untó las manos con aceite para aplicarle masaje a los brazos, los hombros y los muslos que tan valientemente habían resistido el esfuerzo a lo largo de toda la jornada.

A primera hora de la tarde del tercer día, llegaron al feudo de Hales.

La mansión del feudo, un poco apartada de la aldea y la iglesia, estaba construida en madera sobre un sótano de piedra; tenía unos campos con excelentes acequias y unas suaves laderas cubiertas de bosques. En el interior de la valla de madera se levantaban el establo, el granero y la tahona. Fray Aluino se detuvo en la verja abierta y contempló el lugar donde antaño prestara servicio. Su rostro se mantenía absolutamente inmóvil y sólo sus ojos se movían con expresión de intenso dolor.

—Cuatro años estuve aquí —dijo—. Beltrán de Clary era el señor feudal de mi padre y yo fui enviado aquí antes de cumplir los catorce años como paje de la señora. ¿Querréis creer que jamás vi a nuestro señor, pues cuando yo vine aquí él ya se encontraba en Tierra Santa? Éste no es más que uno de sus feudos, el único que tiene en el condado, pero su hijo ya ocupaba su lugar y gobernaba la propiedad desde el condado de Stafford. A la señora le gustaba mucho Hales y aquí estaba cuando yo vine. Hubiera sido mejor para ella que yo jamás hubiera entrado en esta casa. ¡Mucho mejor para Bertrada!

—Ya es demasiado tarde para enderezar lo que entonces se torció —dijo serenamente Cadfael—. Ahora tienes que cumplir lo que has prometido hacer y para eso no es demasiado tarde. Quizá podrás hablar más libremente con ella si yo te espero fuera.

—No —dijo Aluino con gran energía—. ¡Entrad conmigo! Necesito vuestro testimonio porque sé que será justo.

Un mozo de pelo de estopa salió del establo con una horca en la mano, mientras de su boca se escapaba un leve vapor en medio de la gélida atmósfera. A la vista de los dos negros hábitos benedictinos en la entrada, dio media vuelta para acercarse amablemente a ellos.

—Si necesitáis cama y comida, podéis entrar, hermanos, vuestro hábito siempre es bien recibido aquí. Se duerme muy bien en el henil y en la cocina os darán de comer si tenéis la bondad de pasar.

—Recuerdo que vuestra señora siempre se mostraba muy hospitalaria con los viajeros —dijo Aluino con los ojos todavía fijos en el lejano pasado—. Pero esta noche no necesitaré una cama. Tengo un recado para doña Adelaida de Clary si ella accede a recibirme. Sólo le pido unos cuantos minutos de su tiempo.

El mozo se encogió de hombros, mirándoles con sus grises e inescrutables ojos sajones, y les indicó con un gesto de la mano los peldaños de piedra que conducían a la puerta de la sala principal de la casa.

—Entrad y preguntad por su doncella Gerta, ella se encargará de conduciros hasta la dama.

El mozo permaneció de pie observándoles mientras cruzaban el patio antes de regresar a sus ocupaciones con los caballos.

Un criado estaba subiendo por la escalera de la cocina situada en el sótano en el momento en que ellos entraron. Se acercó para preguntarles qué deseaban y, tras haberlo averiguado, mandó a un mozo para que se lo comunicara a la camarera de la señora, la cual acudió inmediatamente a la sala para ver quiénes eran aquellos monásticos huéspedes. La camarera debía de tener unos cuarenta y tantos años, vestía con gran pulcritud y sencillez y no era muy agraciada, pues tenía el rostro picado de viruelas. Sin embargo, no cabía duda de que ocupaba un puesto de confianza en la casa. Les miró con cierta arrogancia y escuchó la humilde petición de Aluino sin la menor sonrisa de comprensión y sin apresurarse a abrir una puerta de la que claramente se sentía la privilegiada guardiana.

—¿Venís de la abadía de Shrewsbury? ¿Supongo que con algún recado del abad?

—Con un recado que el señor abad ha sancionado —contestó Aluino.

—No es lo mismo —replicó Gerta con aspereza—. ¿Qué otra cosa sino algún asunto de la abadía puede conducir a un monje de Shrewsbury hasta aquí? Si se trata de alguna cuestión personal, que mi señora sepa con quién trata.

—Decidle —dijo pacientemente Aluino, apoyándose pesadamente en sus muletas y bajando los ojos ante el severo semblante de la mujer— que fray Aluino, monje benedictino de la abadía de Shrewsbury, suplica humildemente la gracia de ser recibido.

El nombre no significaba nada para Gerta. Evidentemente no estaba al servicio de Adelaida de Clary o no gozaba de su confianza o no estaba lo suficientemente cerca de ella como para intuir sus inquietudes dieciocho años antes. Otra mujer, tal vez más próxima en años a su ama, debía de ocupar entonces aquel puesto. Los sirvientes personales que gozan de la confianza de su ama y le manifiestan una lealtad más propia de parientes que de criados conservan un gran tesoro de secretos que a menudo se llevan a la tumba. Tiene que haber en alguna parte, pensó Cadfael, observando la escena en silencio, una mujer que se hubiera puesto en tensión y hubiera abierto enormemente los ojos al oír aquel nombre aunque no hubiera reconocido de inmediato el rostro mudado por el tiempo.

—Voy a ver —dijo la doncella con un toque de condescendencia, cruzando la sala en dirección a una puerta del fondo cubierta por una cortina de cuero.

Al cabo de unos minutos, apareció de nuevo y, apartando la cortina, les gritó desde la puerta sin molestarse en acercarse a ellos:

—Mi señora dice que podéis pasar.

Entraron en una pequeña y oscura solana, pues las dos ventanas del lado expuesto al viento tenían los postigos cerrados contra las inclemencias del tiempo, y los tapices que cubrían las paredes eran antiguos y de colores más bien sombríos. No había chimenea, pero, en el rincón más protegido, había un hogar con un brasero de carbón de leña; entre éste y la ventana a través de la cual penetraba la luz, una mujer se hallaba sentada sobre el almohadón de un sillón junto a un pequeño bastidor de bordar. Recortada contra la luz de la ventana su figura vestida de negro aparecía alta y erguida, mientras que el resplandor del brasero brillaba con reflejos cobrizos en los rasgos más salientes de su rostro envuelto en las sombras. Había dejado la aguja clavada en la estirada tela y sus manos asían con fuerza los brazos del sillón mientras sus ojos permanecían clavados en la puerta desde la cual fray Aluino estaba avanzando penosamente con la ayuda de las muletas. El pie derecho le dolía tremendamente y le obligaba a hacer una mueca a cada paso que daba, en tanto que el dedo gordo del izquierdo apenas rozaba el suelo y no le ayudaba demasiado a conservar el equilibrio. La necesidad de tener que apoyarse constantemente en las muletas le había encorvado los hombros y doblado la erguida espalda. Tras haber oído su nombre, la mujer debió de esperar sin duda algo más cercano al apuesto joven al que había expulsado de su casa tantos años antes. ¿Qué pensaría ahora de aquella mutilada ruina?

Aluino apenas había entrado en la estancia cuando la mujer se levantó bruscamente, más enhiesta que una lanza. Por encima de las cabezas de los monjes, se dirigió primero a la doncella que había hecho ademán de seguirlos.

—¡Déjanos solos! —le dijo Adelaida de Clary a la doncella. En cuanto la pesada cortina de cuero volvió a interponerse entre la solana y la sala, preguntó, dirigiéndose a Aluino—: ¿Qué es eso? ¿Qué te han hecho?