VII

í —le contestó Aluino, tras una pausa de silencio—. Yo soy sacerdote. Estudié para las órdenes menores cuando ingresé en la abadía y fui ordenado sacerdote a los treinta años. Ahora a los que ingresamos jóvenes y sabemos de letras nos animan a hacerlo. Como sacerdote, ¿en qué puedo serviros?

—Quiero que celebréis un matrimonio —expuso Cenredo.

Esta vez el silencio fue más prolongado y ambos monjes estudiaron a su anfitrión con recelosa y pensativa concentración. Si querían celebrar un matrimonio en aquella casa, lo normal hubiera sido establecer contacto con un sacerdote que conociera las circunstancias y a los contrayentes, y no echar mano de un benedictino perdido en aquellos contornos a causa de la nevada. Cenredo vio las dudas reflejadas en el rostro de Aluino.

—Ya sé lo que pensaréis. Que eso corresponde más bien al sacerdote de mi parroquia. Aquí en Vivers no tenemos iglesia, aunque yo tengo intención de construir una y de hacer la debida donación. Resulta que la parroquia más próxima se encuentra en estos momentos sin sacerdote, a la espera de que el señor obispo nombre a alguien, pues tiene derecho de colación. Tenía intención de mandar llamar a un primo nuestro que es sacerdote, pero, si vos quisierais hacerme este favor, le ahorraríamos un viaje invernal. Os prometo que no hay nada inconfesable en este asunto y que hay razones fundadas para que el matrimonio se celebre cuanto antes. Sentaos un momento aquí conmigo, yo os diré todo lo que necesitáis saber y vos mismo juzgaréis.

Con aquella impulsiva y generosa vehemencia que parecía serle propia, Cenredo se adelantó para sostener a Aluino por los antebrazos mientras éste se acomodaba sobre los almohadones de un banco adosado a la pared revestida de paneles de madera. Cadfael se sentó al lado de su compañero, dispuesto a escuchar y observar, pues él no era sacerdote y no tenía que tomar ninguna decisión aunque se alegraba de aquella demora por el bien de Aluino.

—En su ancianidad —dijo Cenredo—, mi padre se casó por segunda vez con una mujer a la que llevaba treinta años. Yo ya estaba casado y tenía un hijo de un año cuando nació mi hermana Elisenda. Ambos niños crecieron juntos en esta casa como hermano y hermana, y muy unidos que estaban, por cierto. Y nosotros los mayores lo aceptamos así y nos alegramos de que pudieran disfrutar de la mutua compañía. La culpa de todo la tuve yo. No me di cuenta de que se estaban convirtiendo en algo más que en compañeros de juegos. Nunca pensé que su infantil compañerismo y afecto pudiera trocarse al cabo de los años en algo mucho más peligroso. Yo no eludo los hechos, hermanos, una vez los he visto y me he sentido obligado a verlos. Aquellos niños se pasaban demasiado tiempo jugando solos y, poco a poco, sus sentimientos resbalaron hacia un desordenado afecto bajo mis propias narices; yo estuve ciego hasta que casi ya fue demasiado tarde. Se aman de una forma y en un grado que es anatema entre parientes tan próximos. Gracias a Dios, no han pecado todavía en la carne. Espero haber despertado a tiempo. Bien sabe Dios que deseo lo mejor para ellos y quiero que sean felices, pero ¿qué felicidad podría haber en un amor que es una abominación? Mejor desgarrarles el corazón ahora y confiar en que el tiempo mitigue el dolor. He enviado a mi hijo para que aprenda el manejo de las armas junto a mi señor, con cuya amistad me honro. Él conoce las razones y la necesidad. A pesar de lo mucho que le duele haber sido desterrado de semejante manera, mi hijo se ha comprometido a no regresar hasta que yo le conceda el permiso. ¿Os parece que he obrado acertadamente?

—Creo —dijo Aluino muy despacio— que no hubierais podido hacer otra cosa. Pero es una lástima que llegaran tan lejos sin que nadie se lo impidiera.

—En efecto. Pero cuando dos criaturas crecen juntas desde su más tierna infancia como hermano y hermana, eso suele ser suficiente para evitar cualquier afecto desordenado. A veces me pregunto cuántas cosas debió de ver Edgytha que yo no vi. Ella siempre se lo consentía todo. Pero jamás nos dijo ni una sola palabra ni a mí ni a mi esposa y, tanto si hice bien como si no, ahora tengo que seguir adelante.

—Decidme —terció Cadfael, hablando por primera vez—, ¿vuestro hijo no se llamará, por casualidad, Roscelin?

Los ojos de Cenredo se clavaron con asombro en Cadfael.

—Ciertamente, pero ¿cómo podéis saberlo vos?

—Y vuestro señor feudal es Audemar de Clary. Mi señor, venimos directamente de Elford, hemos hablado con vuestro hijo y él prestó a fray Aluino un fuerte brazo cuando lo hubo menester.

—¡Habéis hablado con él! ¿Y qué os comentó mi hijo allí en Elford? ¿Qué os dijo de mí?

Cenredo ya estaba dispuesto a escuchar el amargo rumor de las quejas y la malquerencia y a tragarse el dolor en caso necesario.

—Muy poco, y por supuesto nada que vos no hubierais podido escuchar con espíritu sereno. No habló para nada de vuestra hermana. Comentó que había abandonado su casa por voluntad de su padre y que no podía negarle a éste la debida obediencia. Sólo hablamos con él unos minutos y por pura casualidad. Pero no vi nada de lo que vos no pudierais estar satisfecho y orgulloso. Se encuentra apenas a menos de una legua de distancia y en contra de su propia voluntad, pero, aun así, se mantiene fiel a su palabra. Recuerdo una de las cosas que dijo —añadió Cadfael, hurgando súbitamente en su memoria— y que tal vez vos como padre tenéis derecho a escuchar. Nos preguntó muy solemnemente si nuestra orden podría proporcionar a un hombre una vida que mereciera la pena… en caso de que lo que más ansiara en la vida le estuviera vedado.

—¡No! —exclamó Cenredo—. ¡Eso no! Por nada del mundo quisiera que volviera la espalda a las armas y la fama y se encerrara en un monasterio. ¡Él no está hecho para eso! ¡Un joven tan prometedor! Hermano, eso me reafirma en la necesidad de lo que os pido. Lo que se debe hacer ya no se puede demorar. Una vez se haya hecho, lo aceptará. Mientras la pérdida no sea definitiva, seguirá esperando y ansiando lo imposible. Por eso deseo que mi hermana se case y abandone mi hogar antes de que regrese Roscelin.

—Comprendo muy bien vuestras razones —dijo Aluino, abriendo sus hundidos ojos casi con expresión desafiante—, pero no sería justo convertirlas en razones para un matrimonio si la dama no estuviera dispuesta. Por muy apurada que sea la situación, no podéis sacrificar al uno para salvar al otro.

—Estáis equivocado —contestó serenamente Cenredo—. Quiero mucho a mi hermana y he hablado abierta y claramente con ella. Ella sabe y reconoce la enormidad del peligro que amenazaba a ambos y la imposibilidad de que semejante amor pudiera fructificar alguna vez. Desea que se corte este nudo con tanta vehemencia como yo. Desea una carrera de honores para Roscelin porque le quiere bien y, antes de verlo agostado por su culpa, está dispuesta a buscar refugio en un matrimonio con otro hombre. No ha sido una rendición obligada. Y la elección tampoco ha sido hecha al azar. He procurado lo mejor que he podido para ella y se trata de una boda que cualquier familia acogería con agrado. Juan De Perronet es un joven muy acaudalado y de excelente condición. Llegará hoy mismo y le podréis ver con vuestros propios ojos. Elisenda ya le conoce y le aprecia aunque todavía no le ama. Eso vendrá después, ya que él se siente muy atraído por ella. Mi hermana ha dado su pleno consentimiento a la boda. Y De Perronet tiene la inestimable ventaja de vivir muy lejos —añadió Cenredo con cierta tristeza—. Se llevará a mi hermana a su mansión de Buckingham, lejos de la vista de Roscelin. No diré que ojos que no ven corazón que no siente, pero es posible que los rasgos de un rostro recordado se borren gradualmente con el paso de los años, tal como sana la más enconada de las heridas.

La elocuencia de Cenredo arrancaba de su propia inquietud y aflicción, pues era un hombre bueno, preocupado por el bienestar de todos los de su casa. No observó, como hizo Cadfael, la progresiva palidez del enjuto rostro de Aluino, la dolorosa tensión de sus labios o sus manos tan fuertemente entrelazadas sobre los pliegues de su hábito que los blancos huesos de los nudillos se le transparentaban a través de la piel. Las palabras que Cenredo no había elegido deliberadamente para hurgar o conmover habían tenido la virtud de abrir de nuevo la vieja herida que Aluino había intentado cerrar a través de aquel largo viaje. Los rasgos de un recordado rostro, parcialmente borrados al cabo de dieciocho años, habían adquirido renovada vida para él. Y las heridas que no habían cesado de enconarse por dentro no podrían sanar hasta que las volvieran a abrir y las limpiaran por medio del fuego en caso necesario.

—No temáis como yo tampoco temo —prosiguió Cenredo— que no sea apreciada y tenida en gran estima en la casa de De Perronet. Pidió su mano hace dos años y, aunque ella le rechazó entonces como pretendiente, el joven ha esperado hasta este momento.

—¿Vuestra esposa está de acuerdo en esta cuestión? —preguntó Cadfael.

—Los tres lo hemos discutido juntos. Y estamos de acuerdo. ¿Accederéis a hacerlo? El hecho de que un sacerdote llamara inesperadamente a mi puerta la víspera de la llegada del esposo me pareció una bendición del cielo —añadió sinceramente Cenredo—. Quedaos mañana, hermano… ¡padre!… y casadlos.

Aluino separó lentamente las retorcidas manos y respiró hondo, como un hombre despertado por un intenso dolor.

—Me quedaré —dijo en voz baja—. Y los casaré.

—Espero haber hecho bien —dijo Aluino cuando ambos regresaron a sus aposentos. Pero no pareció que pidiera confirmación de su decisión, sino que fue más bien como si quisiera colocar claramente ante sus ojos una responsabilidad que no tenía la menor intención de eludir o compartir—. Conozco los peligros de la proximidad —añadió— y el caso es mucho más desesperado de lo que fue el mío. Cadfael, estoy percibiendo unos ecos que creía muertos hace mucho tiempo. Y eso tiene una finalidad. Nada carece de finalidad. ¿Y si hubiera caído, sólo para que me diera cuenta de lo bajo que ya había caído y me viera obligado a intentar levantarme de nuevo? ¿Y si hubiera vuelto a la vida lisiado para emprender estas peregrinaciones corporales y espirituales que tanto temía cuando estaba sano y entero? ¿Y si Dios hubiera infundido en mi mente la voluntad de hacer esta peregrinación para convertirme en el milagro de otra alma necesitada? ¿Hemos sido conducidos a este lugar?

—Más bien empujados —contestó Cadfael, recordando la cegadora nieve y el borroso parpadeo de la antorcha en la oscuridad.

—Cierto que nuestra venida aquí la víspera de la llegada del esposo ha sido muy oportuna. No puedo por menos que aceptar esta carga confiando en que no me equivoque —dijo Aluino—. Estas segundas nupcias en la vejez dan lugar a lamentables quebraderos de cabeza, Cadfael. ¿Cómo pueden saber dos criaturas que juegan juntas en el suelo que son tía y sobrino y el fruto les está prohibido? Es lástima que se gaste el amor sin ninguna finalidad.

—No estoy muy seguro de que el amor se gaste alguna vez sin finalidad —dijo Cadfael—. Bueno, por lo menos, ahora podrás descansar un día más y encontrarte en mejores condiciones. En cualquier caso, eso habrá sido oportuno.

Fue la mejor manera de aprovechar aquel alto en el camino de regreso a casa, pues Aluino ya había llegado casi al límite de sus fuerzas. Cadfael se retiró y salió para contemplar de día la propiedad de los Vivers. Era un día nublado, soplaba un viento racheado, el aire estaba libre de escarcha y caían de vez en cuando algunas gotas de lluvia, pero nada de todo ello duraría demasiado.

Llegó hasta la verja para ver mejor la casa. Había unas ventanas en el inclinado tejado de la solana; probablemente eran dos habitaciones libres. Aluino y su compañero habían sido instalados en la planta principal por respeto. En aquellos momentos estarían preparando una de aquellas habitaciones superiores para el futuro esposo. El cotidiano ajetreo del patio se desarrollaba sin el menor apresuramiento ni la menor confusión. Por lo visto, allí todo se hacía con orden.

Más allá de la empalizada, el ondulado paisaje se extendía hasta unos campos, unos bosquecillos y unos altozanos escasamente arbolados en los que todo el verdor aparecía reseco, aunque las negras ramas mostraban aquí y allá los primeros nódulos de los retoños primaverales. Algunos restos de nieve subrayaban los huecos y los lugares abrigados, pero los rayos solares se estaban abriendo paso a través de las bajas nubes; al mediodía ya habrían desaparecido todos los restos de la nevada de la víspera.

Cadfael echó un vistazo a los establos y las caballerizas; descubrió que estaban muy bien abastecidos y atendidos por criados muy dispuestos a mostrarlos a los visitantes interesados. En una casilla separada de las perreras, una hembra de lebrel estaba echada sobre un limpio lecho de paja con seis cachorros de unas cinco semanas a su alrededor. Cadfael no pudo resistir la tentación de entrar en el cobertizo y tomar a uno de los perrillos. La madre lo contempló con agrado y agradeció la admiración que despertaban sus retoños. El suave calor del cuerpecillo entre sus brazos despedía un aroma semejante al del pan recién hecho. Cadfael estaba a punto de agacharse para depositar de nuevo al cachorro entre sus hermanos cuando una clara y fría voz a su espalda preguntó:

—¿Sois vos el sacerdote que me va a casar?

La joven se encontraba en la entrada y su figura se recortaba de nuevo en la puerta, tan compuesta y sosegada que hubiera podido pasar por una mujer de treinta y tantos años, de no ser porque su cantarina voz era la propia de una muchacha de su edad. Elisenda Vivers aún no se había acicalado para recibir al novio, sino que llevaba un sencillo vestido de lana azul oscuro y sostenía en la mano un humeante lebrillo de carne y harina para los perros.

—¿Sois vos el sacerdote que me va a casar? —repitió.

—No —contestó Cadfael, apartándose lentamente de la bulliciosa camada y la complacida perra—. Es fray Aluino. Yo no he recibido las órdenes. Me conozco demasiado bien.

—Entonces es el lisiado —dijo la muchacha con distante simpatía—. Siento que esté sufriendo tantas penalidades. Espero que se encuentre cómodo aquí en nuestra casa. ¿Ya sabéis lo de mi boda… sabéis que hoy va a venir Juan?

—Vuestro hermano nos lo dijo —contestó Cadfael, observando cómo los rasgos de su ovalado rostro emergían suavemente de las sombras y proclamaban a gritos su juventud—. Pero hay ciertas cosas que no pudo decirnos —añadió, estudiándola con atención— más que de oídas. Sólo vos podéis decirnos si accedéis libremente a esta boda o no.

El breve silencio de la muchacha no obedeció a la vacilación sino a la atenta consideración del hombre que le había planteado semejante pregunta. Sus grandes ojos, indómitamente sinceros, abarcaban y traspasaban sin el menor temor de ser traspasados a su vez. Si hubiera juzgado a Cadfael tan ajeno a sus necesidades y su apurada situación como para no resultar aceptable, hubiera dado por finalizado el encuentro, actuando con la mayor cortesía, pero sin satisfacer lo que en tal caso le hubiera parecido una mera curiosidad entrometida. Pero no lo hizo.

—Si algo hacemos libremente cuando somos mayores —contestó la joven—, entonces sí, lo hago libremente. Hay que observar ciertas reglas. Hay en el mundo otras personas que tienen derechos y necesidades y todos estamos obligados. Podéis decirle a fray Aluino… el padre Aluino debo llamarle… que no tenga ningún escrúpulo con respecto a mí. Sé lo que hago. Nadie me obliga.

—Así se lo diré —dijo Cadfael—. Pero yo creo que lo hacéis por los demás, no por vos misma.

—En tal caso, decirle que elijo… libremente… hacerlo por los demás.

—¿Y qué me decís de Juan de Perronet? —preguntó Cadfael.

Por un instante, los carnosos y firmes labios de la muchacha se estremecieron. Era lo único que alteraba su resuelta calma, el hecho de no ser justa con el hombre que se iba a convertir en su esposo. Cenredo no le habría dicho que sólo recibiría un triste plato de segunda mesa. Y ella tampoco se lo podría decir. El secreto pertenecía exclusivamente a la familia. La única esperanza para la desventurada pareja era la de que el amor viniera más tarde, una suerte de cariño quizá mejor que el que suelen alcanzar muchos matrimonios, pero, aun así, muy lejos del ideal.

—Intentaré darle todo lo que me pida, todo lo que desea y espera —contestó Elisenda con firmeza—. Se lo merece y yo me esforzaré todo lo que pueda.

Hubiera sido inútil decirle que tal vez eso no fuera suficiente, pues ella ya lo sabía y estaba preocupada por la existencia de un cierto grado de engaño que no podía eludir. Cabía incluso la posibilidad de que lo que ya se había dicho en la oscuridad de las perreras hubiera abierto de nuevo un profundo abismo de dudas que ella casi había conseguido cerrar. Mejor dejarla en paz, pues no había ningún medio de aliviar su carga.

—Bien, rezo para que recibáis toda suerte de bendiciones en lo que hagáis —dijo Cadfael, haciendo ademán de retirarse.

La perra se había levantado entre sus cachorros y estaba husmeando el lebrillo al tiempo que meneaba su peluda cola con hambrienta expectación. Cuando Cadfael se volvió a mirar desde la puerta, Elisenda se había inclinado para llenar la escudilla de la perra y su hermosa trenza de cabello castaño colgaba entre los traviesos cachorrillos. Aunque la joven no levantó los ojos, Cadfael tuvo la impresión de que fue intensa y vulnerablemente consciente de su presencia hasta que él dio media vuelta y se alejó en silencio.

—Echaréis de menos a vuestra niñita —dijo Cadfael cuando Edgytha entró al mediodía para servirles la comida y las bebidas—. ¿O acaso os iréis al sur con ella cuando esté casada?

La mujer, que era taciturna por naturaleza, dio visibles muestras de necesitar un alivio a la pena de un corazón en modo alguno resignado a la pérdida de su chiquilla. Entre los rígidos pliegues de la toca, sus arrugadas mejillas se estremecieron visiblemente.

—¿Qué haría yo a mi edad en un lugar desconocido? Ya no valgo para nada, me quedaré aquí. Por lo menos, aquí sé como van las cosas y todo el mundo me conoce. ¿Qué respeto me tendrían en una casa desconocida? ¡Pero ella se irá, lo sé! Se irá, supongo, porque tiene que irse. El joven estaría muy bien… si mi corderilla no tuviera a otro en el ojo y en el corazón.

—Y tan lejos de su alcance —le recordó Aluino.

Su rostro estaba muy pálido; cuando la mujer se volvió y le miró en silencio, desvió los ojos y apartó la cabeza.

La mujer tenía unos ojos del color de las campanillas marchitas. En otros tiempos, sombreados por unas pestañas que ahora se habían vuelto muy tenues y escasas, tal vez su color se pareciera más al de la vincapervinca.

—Eso os habrá dicho mi señor —dijo Edgytha—. Eso dicen todos. Las cosas podrían haber salido mucho peor. ¡Lo sé! Vine aquí al servicio de su madre y estuve muchos años con ella. Aquél tampoco fue un matrimonio por amor. Ella muy joven y él tres veces más viejo. Era un hombre bueno y honrado, ¡pero viejísimo! La pobrecilla necesitaba a alguien de su casa, alguien a quien conociera bien y en quien pudiera confiar. Por lo menos a mi niña la van a casar con un hombre joven.

Cadfael preguntó algo que le rondaba en la cabeza desde hacía un buen rato pues nadie le había dicho una sola palabra al respecto:

—¿Ha muerto la madre de Elisenda?

—No, no ha muerto, pero entró en el monasterio de Polesworth hace unos ocho años, cuando murió el anciano señor. Pertenece a vuestra orden, es una monja benedictina. Siempre tuvo inclinación para la vida religiosa y, al morir su esposo, como no soportaba los comentarios que se suelen hacer sobre las viudas y todo el mundo la instaba a que volviera a casarse, prefirió retirarse del mundo. Es una manera de escapar —dijo Edgytha, frunciendo severamente los labios.

—¿Y dejó a su hija sin madre? —preguntó Aluino en un tono de reproche superior al que hubiera querido manifestar.

—¡Dejó a su hija con muchas madres! ¡Nos la dejó a doña Emma y a mí! —Edgytha pareció ofenderse por un instante, pero la breve llama de su enojo se apagó en seguida—. La niña ha tenido nada menos que tres madres y las tres la han querido con locura. Mi señora Emma nunca ha sido severa con los chiquillos. En realidad, es tan blanda que esos dos siempre conseguían de ella lo que querían. En cambio, mi señora siempre tuvo inclinación a la soledad y la melancolía y, cuando empezaron a hablarle de un nuevo matrimonio, dijo que no y prefirió entrar en religión antes que volverse a casar.

—¿Y Elisenda nunca ha tomado en consideración este refugio? —preguntó Cadfael.

—¡No, Dios nos libre! Mi niña nunca tuvo esta inclinación. Para los que lo hacen por su propia voluntad, eso puede ser una bendición, pero para los que se ven obligados a ello ¡tiene que ser un infierno en la Tierra! ¡Os pido perdón, hermanos! Vosotros conocéis mejor vuestra vocación y sin duda tomasteis el hábito por buenas razones, pero Elisenda… No, yo no quisiera eso para ella. Mejor que se case con este Perronet, aunque sea plato de segunda mesa —Edgytha empezó a recoger las fuentes y los platos que ellos habían vaciado y tomó la jarra para volver a llenarles las copas—. He oído decir que habéis estado en Elford y habéis visto a Roscelin allí. ¿Es eso cierto?

—Sí —contestó Cadfael—, abandonamos Elford precisamente ayer. Tuvimos, por casualidad, una breve conversación con el joven, pero hasta esta mañana no hemos sabido que procedía de este cercano feudo de Vivers.

—¿Y qué aspecto tenía? —preguntó la mujer con ansia—. ¿Está bien? ¿Está triste? Llevo un mes o más sin verle y sé lo mal que le sentó que lo alejaran de su propia casa como si fuera un paje que hubiera cometido alguna falta cuando, en realidad, no ha hecho nada malo ni jamás se le hubiera ocurrido hacerlo. ¡Es el muchacho más bueno que puede haber! ¿Qué os dijo?

—Bueno, en cualquier caso, disfrutaba de excelente salud —contestó Cadfael cautelosamente— y se le veía muy animado, dadas las circunstancias. Cierto que lamentó haber sido desterrado y no se encuentra muy a gusto donde está. Pero, como es natural, no nos dio demasiados detalles, pues éramos unos visitantes casuales y no nos conocía, aunque me imagino que tampoco le hubiera dicho gran cosa a cualquier otra persona que no estuviera muy enterada de la cuestión. Sin embargo, nos dijo que había prometido cumplir las órdenes de su padre y que no regresaría a casa hasta que le concedieran el permiso de hacerlo.

—Pero él no sabe lo que se está fraguando aquí —dijo Edgytha entre la cólera y la impotencia—. Sí, le concederán el permiso de regresar cuando Elisenda haya abandonado la casa y ya se encuentre de camino hacia el feudo que este joven tiene en el sur. ¡Qué regreso a casa tan triste para el pobre muchacho! ¡No debieran haber cerrado este trato a espaldas suyas!

—Piensan que es lo mejor —dijo Aluino, pálido y conmovido—. Incluso para él. La situación también es muy dura para ellos. Si se equivocan al ocultarle esta boda hasta que todo haya terminado, merecen ser perdonados.

—Hay algunos que nunca merecerán el perdón —dijo Edgytha en tono sombrío. Después tomó la bandeja de madera y las llaves de su cintura tintinearon mientras se dirigía hacia la puerta—. Hubiera querido que se hicieran las cosas con honradez. Hubiera querido que se lo dijeran al chico. Tanto si podía casarse con ella como si no, tenía derecho a saberlo y a manifestar su aprobación o su reproche. ¿Cómo entrasteis en contacto con él allí, conociendo sólo la mitad de su nombre y no su nombre entero?

—La señora lo mencionó cuando De Clary regresó de un paseo a caballo en compañía del joven —contestó Cadfael—. Le llamó Roscelin. Más tarde hablamos con él. Vio a mi compañero entumecido tras haberse pasado una noche de rodillas y se acercó para ofrecerle un brazo en el que apoyarse.

—¡No me extraña! —exclamó Edgytha, ablandándose—. Siempre acude en ayuda de los que lo necesitan. ¿La señora habéis dicho? ¿La esposa de Audemar?

—No, nosotros no acudimos allí para hablar con él y no vimos ni a su esposa ni a sus hijos. No, me refiero a su madre, Adelaida de Clary.

Los platos retemblaron momentáneamente en la bandeja de Edgytha, la cual consiguió evitar que perdieran el equilibrio mientras extendía la otra mano hacia la puerta.

—¿Está allí? ¿En Elford?

—Sí. O, por lo menos, estaba ayer cuando nos fuimos y, con la nevada que hubo después, seguro que todavía se encuentra allí.

—No suele visitar el feudo muy a menudo —dijo Edgytha, encogiéndose de hombros—. Dicen que ella y la esposa de su hijo no hacen muy buenas migas. Es algo muy frecuente, supongo, por eso prefieren vivir separados —la criada abrió expertamente la puerta con un codo y pasó la gran bandeja de lado—. ¿No oís unos caballos ahí afuera? Debe de ser el grupo de Juan de Perronet.

La llegada de Juan de Perronet no tuvo nada de secreta o clandestina aunque tampoco fue demasiado ceremoniosa ni espectacular. El joven iba acompañado de un criado y dos mozos, y llevaba dos caballos para la novia y su doncella y unas acémilas para el equipaje. Todo el séquito era sencillo y eficiente; el propio De Perronet se comportaba con la mayor sencillez y sin el menor adorno en el atuendo o los gestos, aunque Cadfael observó complacido la calidad de las cabalgaduras y los jaeces. Aquel joven sabía cómo gastar el dinero y cómo ahorrarlo.

Aluino y Cadfael habían salido al patio para ver desmontar a los huéspedes y descargar el equipaje. El aire de la tarde amenazaba con heladas nocturnas, pero se observaban en el cielo unas vaporosas nubes impulsadas por el viento y cabía la posibilidad de que cayera alguna nevada por la noche. Los viajeros se alegrarían de encontrarse bajo techo y lejos de las gélidas ráfagas de viento.

De Perronet desmontó de su moteado caballo ruano delante de la entrada de la sala. Cenredo bajó los peldaños para recibirle con un abrazo y, tomándole de la mano, le acompañó a la sala, donde doña Emma le esperaba para dispensarle una bienvenida no menos cordial. Cadfael observó que Elisenda no estaba presente. A la hora de cenar no tendría más remedio que asistir, pero, en aquellos momentos, lo más apropiado era que los honores de la casa los hicieran su hermano y su cuñada, guardianes de su persona y patrocinadores de su matrimonio. El anfitrión, la anfitriona y el huésped desaparecieron en el interior de la vasta sala. Los criados de Cenredo y los mozos de De Perronet descargaron el equipaje, estabularon los caballos; hicieron todo con tal eficiencia que en cuestión de unos minutos el patio quedó vacío.

¡Conque ése era el novio! Cadfael reflexionó acerca de lo que había visto y, de momento, no pudo hallar ningún reparo, exceptuando el hecho de que el muchacho fuera, tal como había dicho Edgytha, un plato de segunda mesa. Jamás podría ser otra cosa. Debía de tener unos veinticinco o veintiséis años y ya se había acostumbrado a la autoridad y la responsabilidad, cosas ambas para las cuales estaba visiblemente capacitado. Sus hombres, por lo menos los que le acompañaban, parecían encontrarse a gusto con él. Se mantenía en su sitio y ellos en el suyo y se aspiraba en el aire un mutuo respeto entre amo y criados. Por si fuera poco, el apuesto joven era alto y bien proporcionado, tenía unos modales extremadamente gentiles y parecía inmensamente feliz en vísperas de su boda. Cenredo había hecho todo lo posible por su hermana menor y todo prometía resolverse de la mejor manera. Lástima que no hubiera podido ser lo que el corazón de la joven anhelaba.

—Pero ¿qué otra cosa hubiera podido hacer? —dijo Aluino, revelando en pocas palabras toda la hondura de su propia consternación y de sus recelos.