Capítulo 7
Capítulo 7
La muchacha cruzó las piernas.
Estaba sentada frente a Willis y Byrnes, en la oficina del teniente, en el segundo piso de la comisaría del Distrito 87. Eran unas buenas piernas. La falda le sombreaba las rodillas y Willis no tuvo más remedio que reconocer que eran unas buenas piernas. Limpias y brillantes, con pantorrillas llenas que terminaban en unos tobillos esbeltos, realzados por los zapatos negros de altos tacones.
La muchacha era pelirroja, lo cual estaba muy bien. El cabello rojo siempre es auténtico. La muchacha tenía una cara bonita, con naricilla irlandesa y ojos verdes. Mientras escuchaba a los hombres en respetuoso silencio, tanto su cara como sus ojos respiraban inteligencia. De vez en cuando suspiraba profundamente y, cuando lo hacía, el severo corte de su traje no podía ocultar la rotunda curva de sus senos.
La muchacha ganaba 5555 dólares al año. La muchacha llevaba un 38 en el bolso. Era una detective de segundo grado llamada Eileen Burke, un nombre tan irlandés como su naricilla.
—No tiene que aceptar si no lo desea, señorita Burke —aseguró Byrnes.
—Parece interesante —contestó Eileen.
—Hal, perdón, Willis, la seguirá de cerca todo el camino, ¿entiende? Pero eso no garantiza que pueda llegar a tiempo si sucede algo.
—Lo entiendo, señor.
—Y Clifford no es ningún caballero —añadió Willis—. Ha golpeado y ha matado. O, por lo menos, eso es lo que creemos. Quizá no resulte divertido.
—No pensamos que vaya armado, pero la última vez empleó algo distinto a los puños. Ya ve, señorita Burke…
—Lo que tratamos de decirle —aclaró Willis— es que no está obligada a aceptar esta tarea. Lo entenderíamos perfectamente si rehusara.
—¿Desean ustedes meterme en esto o sacarme de esto? —preguntó Eileen.
—Le pedimos simplemente que tome su decisión con entera libertad. La vamos a enviar como reclamo, y creemos…
—No seré tal reclamo con una pistola en el bolso.
—De acuerdo, pero queríamos presentarle los hechos antes de…
—Mi padre fue patrullero —empezó a decir Eileen—. Pops Burke, así lo llamaban. Hacía su ronda en Hades Holes. En 1938, un convicto recién fugado de la cárcel, un tal Flip Danielsen, se refugió en un apartamento de la calle Prime esquina con Treinta Norte. Cuando los policías lo cercaron, mi padre estaba con ellos. Danielsen tenía un fusil Thompson y en la primera ráfaga alcanzó a mi padre en el estómago. Mi padre murió aquella noche, con muchos dolores, porque ese tipo de heridas no son fáciles. —Hizo una pausa—. Me parece que aceptaré el trabajo.
—Ya lo sabíamos —dijo Byrnes con una sonrisa.
—¿Seremos la única pareja? —preguntó Eileen a Willis.
—Para empezar, sí. No sabemos cómo funcionará. No puedo seguirla muy de cerca porque asustaríamos a Clifford. Y tampoco puedo estar muy lejos porque entonces no serviría de nada.
—¿Cree usted que morderá el anzuelo?
—No lo sé. Ha estado actuando en el distrito y hasta ahora le ha salido bien. No creo que cambie su modo de operar, a no ser que esta muerte lo haya frenado. Y, por lo que nos han contado las víctimas, no parece que actúe siguiendo un plan preconcebido. Se limita a esperar la llegada de la víctima y entonces ataca.
—Ya veo.
—Por eso, hemos pensado que una joven atractiva, paseando de noche, aparentemente sola, lo hará salir.
—Ya. —Eileen no añadió comentarios al cumplido. Había unos cuatro millones de jóvenes atractivas en la ciudad y sabía que no era más bonita que la mayoría—. ¿Ha habido alguna motivación sexual?
—No nos lo parece —dijo Willis después de mirar a Byrnes—. No ha molestado a ninguna de sus víctimas.
—Lo preguntaba para saber cómo debo vestirme —aclaró Eileen.
—Bueno, sin sombrero —declaró Willis—. Eso, por descontado. Queremos que vea ese pelo llameante desde un kilómetro.
—Muy bien —convino Eileen.
—Lleve algo brillante, así no la perderé de vista, pero que no sea demasiado llamativo.
Eileen sonrió.
—¿Jersey y falda?
—Cualquier cosa con tal que vaya cómoda.
—Tengo un suéter blanco. Será bastante visible para Clifford y para usted.
—Sí —aprobó Willis.
—¿Tacones o zapatos planos?
—Como prefiera. Los tacones podrían… bueno, podrían darle un disgusto. Si los tacones le estorban, lleve zapatos planos.
—Él puede escuchar mejor los tacones —declaró Eileen.
—Como prefiera.
—Llevaré tacones.
—Muy bien.
—¿Habrá alguien más? Quiero decir, ¿llevará usted un walkie-talkie o algo así?
—No —contestó Willis—. Se vería demasiado. Sólo estaremos usted y yo.
—Y Clifford, espero.
—Sí —dijo Willis.
Eileen suspiró.
—¿Cuándo empezamos?
—¿Esta noche?
—Iba a ir a la peluquería —declaró Eileen con una sonrisa—, pero supongo que eso puede esperar. —La sonrisa se amplió—. No todas las muchachas pueden alardear de que un hombre las sigue.
—¿Podemos encontrarnos aquí? —preguntó Willis.
—¿A qué hora? —quiso saber la muchacha.
—Con el cambio de turno. ¿A las once cuarenta y cinco?
—Aquí estaré. —Eileen descruzó las piernas y se levantó—. Teniente. —Byrnes le estrechó la mano.
—Vaya con cuidado, por favor —le advirtió.
—Sí, señor. Gracias. —Se volvió a Willis—. Hasta luego.
—La estaré esperando.
Y la muchacha abandonó la oficina.
—¿Qué te parece? —preguntó Willis después.
—Creo que sabrá hacerlo —respondió Byrnes—. Ha detenido a catorce sobones en el metro.
—Los sobones no son atracadores —dijo Willis.
—Aun así, creo que lo hará bien —aseguró Byrnes después de reflexionar un momento.
—Yo también —convino Willis con una sonrisa.
Afuera, en la sala de detectives, Meyer hablaba de gatos.
—La cuenta sube ahora a veinticuatro —le comentaba a Patillas—. Lo peor que les ha sucedido nunca a los del 33.
—¿Y todavía no tienen ninguna pista? —preguntó Patillas rascándose la barbilla.
—Ni la menor idea. —Meyer miró pacientemente a Patillas. Meyer era un hombre muy paciente.
—Y ese tipo sólo coge gatos. —Patillas meneó la cabeza—. ¿Para qué los querrá?
—Ésa es la gran pregunta. ¿Cuál es el motivo? Tiene loco a todo el 33. Y si quieres que te diga la verdad, George, estoy contento de que no nos haya tocado a nosotros.
—¡Eh! —masculló Patillas—. También he tenido algunos latazos en mis tiempos.
—Seguro, pero ¿gatos? ¿Has tenido que ocuparte alguna vez de gatos?
—En una de mis rondas tuve que bajar un gato que se había encaramado a un poste de teléfonos.
—Todos han tenido gatos en un poste de teléfonos —dijo Meyer—. Pero ahora se trata de un hombre que roba gatos de los apartamentos. Dime, ¿has oído alguna vez algo parecido?
—Nunca —concedió Patillas.
—Ya te diré cómo termina —prometió Meyer—. Estoy realmente interesado. Pero si quieres que te diga la verdad, no creo que lo cojan nunca.
—El 33 es bastante bueno, ¿no es así? —dijo Patillas.
—Hay uno esperando fuera —gritó Havilland desde su mesa—. ¿Puede ir alguien a ver qué quiere?
—El paseo te hará bien, Rog —aseguró Meyer.
—Acabo de levantarme para ir a beber agua —dijo Havilland con una mueca—. Y estoy reventado.
—Es un anémico —declaró Meyer, levantándose—. Pobre chaval, mi corazón sufre por él. —Se acercó a la barandilla divisoria. Un patrullero esperaba allí, de cara a la sala.
—Ocupados, ¿eh? —comentó.
—Así, así —dijo Meyer con indiferencia—. ¿Qué traes?
—El informe de una autopsia para… —miró el sobre— el teniente Peter Byrnes.
—Dámelo.
—Firme aquí, por favor.
—No sabe escribir —gritó Havilland mientras ponía los pies encima de la mesa. Meyer firmó y el patrullero se fue.
El informe de una autopsia es algo frío y científico.
Traduce la carne y la sangre a términos médicos, midiéndolas en centímetros, analizándolas con sereno distanciamiento. Hay muy poco calor o emoción en un informe forense. No hay sitio para sentimientos ni para filosofías. Sólo una o más hojas de papel oficial, con palabras escritas, y esas palabras explican en directo lenguaje médico las condiciones en que una persona ha encontrado la muerte.
La persona que había sido objeto del examen médico en el informe de la autopsia que Meyer llevó al teniente era una muchacha llamada Jeannie Rita Paige.
Las palabras eran muy frías.
La muerte no es famosa por su compasión.
Las palabras decían:
INFORME DE LA AUTOPSIA
JUZGADO DE INSTRUCCIÓN
PAIGE, JEANNIE RITA
Hembra, blanca, caucasiana. Edad aparente, 21. Edad cronológica, 17. Altura aparente, 1 m 62 cm. Peso aparente, 54 kg.
EXAMEN GENERAL
Cráneo y cara:
- a) CARA - Múltiples contusiones visibles. El área frontal del cráneo revela un acusado hundimiento del hueso en aproximadamente 10 cm; el hundimiento comienza 3 cm por encima de la órbita derecha y desciende oblicuamente atravesando el puente de la nariz y termina en la región media del maxilar izquierdo. Hay zonas visibles hemorrágicas en las regiones conjuntivas de ambos ojos. El examen general revela asimismo la presencia de coágulos de sangre en los orificios nasales y auditivos.
- b) CRÁNEO - Hay una zona de contusión cerebral con hundimiento óseo del temporal izquierdo. El hundimiento mide aproximadamente 11 cm y desciende oblicuamente desde el bregma a un punto 2 cm por encima del nivel superior del oído izquierdo. Hay múltiples coágulos de sangre en el cabello.
Cuerpo:
Las caras ventral y dorsal del tórax y pecho revelan múltiples abrasiones superficiales y ligeras laceraciones. La nalga derecha revela una zona de laceración grave.
La extremidad inferior derecha revela una fractura compuesta de la porción distal de la tibia y peroné con hueso saliente a través del tercio distal de la extremidad.
El examen general e interno de la pelvis revela lo siguiente:
- 1) Ausencia de sangre en la cavidad vaginal.
- 2) No hay evidencia de penetración forzada o coito.
- 3) No hay evidencia de licor seminal o muestras de esperma en un examen general microscópico de secreción vaginal.
- 4) El útero es esférico en su perfil y mide aproximadamente 13,5×10×7,5 cm.
- 5) Están presentes tejidos de la placenta, corión y decidua.
- 6) Existe feto de 7 cm de longitud y 29 g de peso.
IMPRESIONES:
- 1) Muerte instantánea causada por golpes en cráneo y cara. Contusión cerebral.
- 2) Múltiples abrasiones y laceraciones del cuerpo y fractura compuesta parte inferior de la pierna derecha, tibia y peroné probablemente ocurridas durante la caída por el acantilado.
- 3) No hay evidencia de violencia sexual.
- 4) El examen del contenido uterino revela un embarazo de tres meses.