Capítulo Tres
—Esto es… increíble.
Brie parpadeó deslumbrada viendo los enormes y costosos departamentos frente a ella, las enormes letras que decían Insignia eran impresionantes y… ¿a qué se dedicarían exactamente los Brown?
—Adam, cabrón arrogante —dijo el ogro entre dientes mientras examinaba todo—. Ni te acostumbres, no viviremos aquí por mucho tiempo.
La castaña lo ignoró mientras continuaba admirando la recepción de cristal de donde colgaban unos majestuosos candelabros. Frederic los condujo hacia el elevador, donde después Brielle pensaría que iba a odiarlos por el resto de su vida. El pequeño espacio retenía la loción de Jared, y la calefacción solo concentraba todo aquel aroma de forma permanente e intensa. La chica se revolvió con incomodidad chocante, no queriendo aceptar cuánto le gustaba ese aroma y repitiéndose hasta el cansancio que debería odiarlo.
Respiró hondo y un cosquilleo le recorrió la nuca, esa sensación de sentirse observada la acechó de nuevo, se sentía exactamente igual que aquel día en el Cooper's. Se preguntó si Jared la había visto en aquel momento, elevó el rostro y contuvo un grito, apresando su labio cuando vio que, efectivamente, él la estaba mirando. Ahora no le quedaban dudas de que hubiera sido él. La camiseta oscura marcaba sus ridículamente anchos hombros, hacía lucir diminuto el espacio. Ahí apoyado contra la pared, manos en los bolsillos, Jared parecía todo un depredador consumado y esos ojos… Dios, dos zafiros azules escaneándola como si fuera una intrusa, como si la que estuviera fuera de lugar fuera ella y no él, con todos esos tatuajes y esa ropa negra. Y cuando las puertas finalmente se abrieron, fue la primera en salir disparada de ahí.
Frederic le entregó a Jared una tarjeta, y después de despedirse, se fue de la misma forma educada y silenciosa en la que había llegado. Brie por poco se le cuelga a las piernas, lo último que quería era otra horripilante noche con el creador de todas y cada una de las pesadillas.
En cuanto entraron al departamento, de nuevo contuvo una exclamación que impugnaba por abandonar sus labios. La decoración en blanco la hizo casi derretirse de gusto. ¡Todo era tan pulcro y limpio! La estancia era amplia, una pequeña mesa de cristal en medio de los sillones y una gran pantalla incrustada en la pared. El comedor brillaba tenuemente por la luz que se colaba a través de los enormes ventanales… Pero por favor, tan solo por favor, ¿podía alguien bajarle a la calefacción?
—¿A qué hora vas mañana a clases? —preguntó detrás de ella, haciéndola dar un respingo.
—A… a las ocho. —Dios, se estaba cocinando, acalorada se quitó el suéter.
—Bien, te llevaré.
—No es necesario yo… —Él elevó una ceja retándola a cuestionarlo.
—¿Piensas ir caminando sola? Ah, sí claro, como no.
—No soy una fugitiva y tengo una camioneta… podemos ir por ella, volveré aquí sana y salva…
—Y yo no tengo diecisiete jodidos años, cariño. ¿Por quién me tomas? No soy como tus compañeritos de clases que te creen tus puñeteras mentiras —aseguró con una estúpida sonrisa que hizo que la temperatura en la habitación subiera algunos grados más. Se sentía abochornada y muy enfurecida, por lo que dejó que la furia hablara por ella.
—No, de hecho usted es como mi papá. —La sonrisa arrogante fue sustituida inmediatamente por una mirada llena de ira, se dio la media vuelta y comenzó a andar a grandes zancadas hacia la sala—. ¿Me dejará ir sola? —lo presionó.
—¿Para que le cuentes a todo el jodido mundo que te retengo a la fuerza?
—No pensaba decirle a nadie —respondió ofendida.
—Me alegro, de cualquier manera nadie te va a creer y lo sabes. Fin de la discusión, te llevaré y te esperaré a la salida, sin importar parecerme a tu padre.
—Pero es que no es justo… —espetó furiosa, casi echando chispas.
—No puedes hablar de “justicia” cuando es claramente un puto concepto que no conoces. —Jared la taladró con esos fríos orbes, y de pronto la castaña comenzó a ver todo distorsionado, se sujetó del borde de la silla sintiendo un sudor frío en la piel mientras intentaba mantener los ojos abiertos.
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Jared miró en cámara lenta como Brie trastabillaba un poco, estaba por caerse… mierda.
Sus ojos se volvieron blancos al tiempo que su pequeño cuerpo se desplomaba. Solo Dios sabía de dónde sacó una velocidad casi absurda y alcanzó a sostener su cabeza antes que golpeara contra el suelo. Sus largos mechones castaños se derramaron por el piso y su cuerpo quedó frágil y laxo. El joven se fijó que tenía la piel totalmente pálida y el labio inferior algo hinchando, producto del mal hábito que había visto que tenía, se lo mordía todo el jodido tiempo.
—Oye. —La sacudió ligeramente—. Oye… ¿Brie?, ¿estás bien?
La estrechó entre sus brazos, alarmado de que no respondiera, y no pudo evitar notar lo pequeña que era, mucho más ligera que Zoey, más frágil. Y mientras Zoey olía a gel de ducha, esta chica olía a… ¿sándalo?
Qué-Mierda. ¿Como por qué en el mundo estaba comparándolas? Dios, eran tan opuestas, Zoey alta, llena de curvas, con un cabello rojizo que se derramaba como la sangre por su espalda, mientras que Brie era sumamente delgada, con una cabellera castaña abundante y rizada… y además una adolescente. Bien formada, pero adolescente al fin y al cabo.
Caminó con ella en brazos a la habitación, pensando en lo liviana que se sentía entre sus brazos. De pronto ella gimió quedamente y, de alguna manera, su rostro quedó enterrado en su cuello, lo que lo hizo estremecerse. ¿Qué mierda le pasaba? Elevó el cuello intentando en lo menos posible que lo tocara, y cuando finalmente intentó depositarla en la cama… ella se aferró a su camiseta.
Jared frunció el ceño, teniendo que sostenerla en su regazo. Intentó soltarse de nuevo pero ella se presionó más contra él, por lo que le movió el hombro.
—Oye, despierta…
—Ya cállate —balbuceó, apretando más los ojos.
Jared abrió los ojos con sorpresa, nadie nunca lo había callado sin haber librado una jodida golpiza. Estuvo a punto de reírse de la situación, pero entonces recordó que la odiaba así que obligó a su cuerpo a mantenerse sereno. Bajó la mirada para verla y se topó con que la estrecha blusa se le había bajado más de lo debido, mostrando unos redondeados pechos que si mal no recordaba eran más pequeños de lo que lucían ahora. ¿Y qué tan retorcido era eso de estar pensando que de alguna manera era atractiva? Cristo, pero si era una puberta, una niña diez años menor que él y… ¿cuán enfermizo era que estuviera esperando un hijo suyo?
—¿También finges los desmayos? Porque sí es así, déjame decirte que ya estás lista para actuar en telenovelas —comentó al tiempo que le movía la barbilla de un lado hacia el otro. Ella refunfuñó, golpeándole la mano para luego abrir los ojos, Jared aún estaba asombrado de haber recibido el primer manotazo de parte de alguna mujer en toda su puta vida, pero no tuvo tiempo a procesar nada más cuando vio el pánico reflejado en los ojos de la chica, Brie se sentó tan rápido que golpeó su cabeza con la de él—. ¡Mierda!
—L-Lo siento… yo… ¿qué pasó? —preguntó, sobándose la frente y mirando hacia todos lados.
—Te desmayaste. —Brie cerró los ojos sin importarle seguir aún en su regazo, lo que lo tenía bastante… confundido.
¿Cómo era posible que estuviera sintiendo un ligero placer en sentir su delicado peso? El autodesprecio pataleó hasta el borde de su cordura, pero por más encabronado e indignado que estaba, el jodido cosquilleo que estaba sintiendo no se detuvo, sino que se extendió por cada parte de su cuerpo que estaba en contacto con ella.
Y para colmo, en ese momento también odió a su maldita naturaleza, odió más que nunca a su traidor pene que estaba respondiendo a esos ridículos estímulos.
—Bueno, si ya te sientes mejor, ¿te molestaría quitarte de mi regazo? —Ella abrió los ojos como platos, el rubor extendiéndose por su rostro hasta su cuello, mientras intentaba dar un salto para quitarse.
Pero claro, no lo consiguió y regresó a sus brazos con más fuerza, cayendo torpemente hacia atrás, por lo que Jared apenas alcanzó a sujetarla con rudeza por las muñecas para que no se diera contra el piso, provocando que ella se quejara con dolor. Rápidamente la arrastró a sus brazos y la sostuvo con firmeza. La chica suspiró, y por su respiración supo que seguía agitada.
—Lo... lo lamento mucho, señor.
—¿Pues qué no te fijas en lo que haces? —comentó mirándole distraídamente las muñecas, había algunos cardenales viejos en su piel.
—Lo siento, señor.
—¿Quieres dejar de llamarme señor? —medio gritó, haciéndola dar un respingo. Por Dios. Bufó sintiéndose exasperado, a veces le parecía que Brielle reaccionaba a ciertas cosas como un animal herido, ¿la golpeaba seguido ese bastardo de Hank?
—No quiero. —Su voz, aunque temerosa, no dejaba de ser testaruda como el infierno. «Ni tan herida, ni tan temerosa…», pensó.
Podía apreciar lo miedosa y cohibida que era, pero muy en el fondo se resistía a ceder ante él. Lo que realmente le resultaba novedoso, había personas que le huían, o que querían acercársele por su forma de pelear, por el puto dinero que ganaba, por droga, por su jodido rostro o su cuerpo, incluso por el sexo, y luego… estaba Brielle.
Detestándolo como si fuera un aborigen, huyendo de él como si se le apareciera el mismo diablo, sus ojos color miel taladrándolo con todo el odio que una sola mirada podía reunir, pero para su puta desgracia: esperando un hijo suyo. Con tan solo diecisiete puñeteros años y plantándosele ahí, como si tuviera opciones, como si le importara una mierda salir lastimada, como un gatito furioso… Respiró hondo porque por alguna jodida razón quiso sonreír.
—¿Por qué no?
—Usted… usted me provoca algo de miedo.
—No voy a morderte —dijo, sonando menos molesto. Ella dejó escapar un suspiro, y de nuevo, el movimiento de su pecho llamó su atención.
—A veces pienso que está a punto de hacerlo —cuchicheó sin mirarlo. Esta vez Jared no pudo evitar reírse entre dientes.
—Ganas no me faltan, sobre todo cuando te pones toda necia, pero todavía no llegamos a ese jodido extremo, entonces… ¿podrás dejar de tratarme como un señor?
—¿Me dejará ir sola a la escuela?
—No.
—Entonces olvídelo. —Él apretó los labios intentando no volver a caer en ese juego, desvió los ojos de esa boca que le parecía demasiado tentadora y se fijó nuevamente en su piel.
—¿Y esto? —Trazó con los dedos algunos moretones en sus brazos, su piel se sentía como terciopelo y lamentó que se viera arruinada.
—Me caí. —Vaya que sí había notado su falta de coordinación, pero diablos, ¿hasta cuándo seguiría mintiendo? Se enfureció.
—¿Algún día podrás hablar con la verdad? ¿Quién te hizo esta mierda, tu padre?
—Ese bastardo no es mi padre. —La nota amarga en su voz lo tomó por sorpresa.
—¿Entonces qué es?
—¿Por qué quiere saberlo? —murmuró, mirándolo reticente. El joven solo se encogió de hombros—. Es mi padrastro.
Oh, al menos tenían algo en común.
—¿Te golpeaba seguido? —La castaña mordió su labio sin mirarlo, y aunque no respondió, supo la respuesta—. ¿Por qué?
—Porque no soy su hija, supongo. —Se encogió de hombros.
—Es una respuesta muy pobre, ¿sabes que quisiera matarlo solo por eso?
—¿Porque me golpea? —Él asintió—. Es una justificación muy pobre para matar a alguien.
—Pues la tuya es una justificación igual de pobre para permitirlo —rebatió mirándola, ella se ruborizó y desvió la mirada.
—No es lo mismo…
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El timbre sonó haciéndola dar un respingo. Jared resopló como si le molestara que por todo se asustara, así que decidió dejar de fastidiarlo al estar sobre su regazo y se bajó, dándole gracias a los cielos por la campana, ahora sí que de la salvación.
Estaba aturdida por haberse desmayado, por haberse despertado rodeada de grandes y tatuados brazos, por haber escuchado que se reía… Dios, él de verdad se reía. Era un sonido bajo y melodioso, aún estaba aturdida por ese sonido, por haber sentido sus dedos largos contra su piel, por la manera en la que trazó con delicadeza sus horribles moretones… esos que su padrastro le había hecho. Lo último que le apetecía era hablar de Hank, el desgraciado la atormentaba incluso en sueños.
El joven se apresuró a abrir la puerta, e inmediatamente después bufó como era su costumbre.
—También me da gusto verte, Jared.
El repiqueteo de unos tacones dio paso a una despampanante mujer que entró sin que se le invitara a pasar, seguida por Adam que parecía su escolta. La chica llevaba un oscuro traje sastre que marcaba unas curvas exuberantes y su largo cabello rubio caía en una hermosa cascada por su espalda.
—No puede ser, maldito bastardo —jadeó la rubia al verla.
—¡Amor! —regañó Adam—. Dijiste que serías neutral.
—¿Cómo voy a ser neutral viéndola a ella? —La apuntó.
Brielle mordió su labio sintiendo que el estómago se le iba al piso, por lo que se abrazó nerviosamente a sí misma, lo único que faltaba era caerle mal a la esposa de Adam. No solo porque sus ojos verdes eran muy intimidantes, o porque se veía que podía ponerle una paliza si se lo propusiera, sino porque le agradaba Adam, había considerado que era al único que tenía de su lado.
—Sigo esperando mi abrazo de felicitación —canturreó Jared, haciendo por supuesto que la rubia se girara en redondo a verle, lucía una mueca de desagrado en el rostro.
—Eres un puto mal nacido y pervertido. ¿Cómo pudiste embarazar a una niña?
—Cuida tu vocabulario, Nicole —advirtió el joven con voz profunda, sus ojos azules lucían encendidos—. Ella no es ninguna niña, trabajaba en el Cooper's de bailarina exótica. —Brie se ruborizó, incrédula de que sacara eso a colación—. Me drogó, y aunque ustedes no lo crean, me violó. —Oficialmente la castaña se puso roja como el fuego.
—¡Usted ya estaba drogado!
—¡No lo estaba! —rugió Jared, viéndola con odio.
—Basta, chicos, por favor —concilió Adam, elevando las manos—. No venimos a discutir, ni a hacer problemas. Brie, ella es Nicole, mi esposa.
La rubia respiró hondo, se llevó ambas manos al cabello, acomodándolo un poco como si la furia se lo hubiera despeinado, y finalmente extendió la mano.
—Lo siento, es que… bueno —suspiró—, solo lo siento, pequeña.
—El placer es mío —susurró, intentando no irritarse, detestaba sentirse tan "niña" alrededor de todos.
—Jared, Federic ya recuperó tu motocicleta y la dejó afuera —comentó Adam.
—Perfecto. —Brie se quedó atónita al ver por primera vez una sonrisa sincera en el joven.
—Por cierto… papá te está esperando en el despacho. Se veía bastante furioso.
—Él siempre está furioso —refutó. Ambos hermanos se alejaron un poco, dejándola bajo la escrutadora mirada de la rubia.
—Bueno… fue un mal comienzo, Jared logra sacarme de mis casillas, en serio. —Se acercó a ella—. Es que es… tan difícil, tan testarudo, y tú luces tan pequeña… lamento lo que sea que te haya hecho.
—Yo también tuve la culpa en esto. —Sonrió, pero más bien pareció una mueca.
—Ni siquiera eres mayor de edad, no creo que supieras en lo que te estabas metiendo.
Brie no quiso rebatir eso, ni indignarse porque la llamara niña, de forma al parecer inconsciente, tampoco quiso insistir en que de hecho sí había engañado a Jared, por lo que se dedicó a escucharla y a respirar libremente al no tener al ogro merodeando. Al pensar en él, sus ojos se desviaron levemente en su búsqueda, justo al tiempo que lo veía tirar de su cabello y salir del departamento maldiciendo. Suspiró. ¿A dónde iría?
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No iba a cambiar.
William lo estaba sermoneando, otra vez. Como en los viejos tiempos, hablando de los valores y la familia, de lo bueno y lo catastrófico, recordándole todo el camino de mierda por el que habían pasado para llegar hasta aquí, suplicándole que recapacitara en su trato hacia Brielle. Pero no había palabras, formas ni dinero que hiciera que Jared Brown cambiara lo que era.
—Pensé que estabas mejor, que esa tal Zoey te tenía a raya… —Sus ojos azules lucieron cansados al mirarlo—. No le he dicho a Debbie, no he tenido el valor para decírselo, sabes bien cuánto te adora y esto va a lastimarla. —Tiró de su cabello—. ¿En qué estabas pensando? Es tan solo una niña... ¿me estás escuchando?
—¿Cuándo vas a dejar de meterte en mis cosas? No necesito que veles por mí, te pagaré el dinero que me prestaste y fin del problema. —Tiró algunas cenizas de su cigarro sobre el cenicero.
—Ya te dije que no se trata del dinero, ¿qué mierda piensas hacer con esa jovencita? ¿Cómo vas a mantenerla?
—Ese es mi jodido problema, y es ella la que debería habérselo pensado dos veces antes de meterse conmigo.
—Déjate de rencores, tienes un hijo que viene en camino. ¿Quieres que acabe como tú?
Ah, mierda. Esa sí le había dolido.
De todas las indirectas bastante directas de su padre, sin duda esa dio en el clavo. Ya era bastante malo haber tenido una zorra por madre, poseer a temprana edad demasiado poderío físico, para que encima le recordaran que era una aberración de la naturaleza. Así que sintiéndose jodidamente incómodo y emputado, se levantó del sofá.
—Ahora vas a huir. Escúchame, Jared, no me malinterpretes, no quise decir que te hayas merecido lo que te pasó, solo te digo que la educación y…
No terminó de escuchar la cantaleta de su padre. El fuerte ruido de sus botas chocando contra el suelo lograba aminorar un poco los furiosos latidos de su corazón, y mientras abría y cerraba los puños intentando controlarse, en su mente solo había una cosa: Zoey.
Hacía varios años que había descubierto que la lucha y el sexo eran sus desahogos. Eran los dos únicos tranquilizantes que funcionaban en él, y los usaba como un maldito drogadicto. Cantidades constantes de ambos le ayudaban a mantenerse sino sereno, al menos en control. Se subió a su Harley sin importar nada más que el viento frío arañándole el rostro, no obstante la sensación duró muy poco al sentir la ansiedad escalando por su piel. Puta mierda, como odiaba esas necesidades de su cuerpo. Claro, el rostro y la fuerza desmedida estaban bien, pero encantado habría preferido nacer jorobado si eso significara algo de puñetera paz. Ni siquiera recordaba cómo era la serenidad.
Ni siquiera recordaba quién era él.
La corrupción de su propio yo se había producido a temprana edad. Así que a estas alturas ya había abandonado toda esperanza de ser alguien por así decirlo “normal”. Ahora, era en su mayor parte un ser insensible, frío, nada más que un aparador ostentoso y en realidad vacío.
Se estacionó fuera del departamento que compartía con su novia e inmediatamente sintió que tenía los pies ligeros. Su cuerpo comenzó a estremecerse de excitación mientras descendía de la motocicleta.
En cuanto ella abrió la puerta se quedaron mirando. Una energía violenta cargándose con fuerza a su alrededor. El destello de furia en los ojos verdes de la pelirroja le dijo que no había olvidado que durmió sola la noche anterior. Así que ambos estaban en un plan tan jodido que, cuando Jared estampó los labios con rudeza en ella y tiró de su cintura restregándole las caderas con necesidad, la lengua de la chica salió rápidamente a su encuentro. Era como un maldito ritual que tenían. No preguntas, no reclamos, solo tomaban ese momento y después… pensaban.
—Un día de estos me voy a negar —jadeó ella mientras se dejaba empujar hacia adentro.
Jared sonrió sacudiendo la cabeza, ella nunca en todos estos años se había negado. Se desabotonó rápidamente los pantalones y dejó salir libre al bastardo de su pene. Lo cubrió rápidamente con un condón, de forma casi experta a estas alturas. Lo último que necesitaba era otro… bebé. El pensamiento casi le baja la erección, pero al ver los ojos cargados de lujuria que tenía su novia, se olvidó de todo.
Zoey se relamió los labios lascivamente antes de darse la vuelta y apoyarse contra la mesa. Se le ofreció como un jodido banquete, separando las piernas largas y suaves al tiempo que elevaba ligeramente el culo, la pequeñísima falda de cuero de verdad le resultó toda una bendición. Jared deslizó la mano moviendo las suaves bragas hacia un lado, y sin preámbulos se enterró con tanta fuerza que la hizo gimotear, lanzándola hacia adelante comenzó a embestir. Cerró los ojos, imposible de contenerse, se le escapó un gruñido de placer ante la sensación.
—Eso no va a pasar —susurró cerca de su oreja—, no podemos luchar contra lo que somos.
La pelirroja gimió estremeciéndose, haciéndolo sonreír nuevamente. Entonces comenzó a empujar contra ella sin piedad, a Zoey siempre le había gustado el sexo rudo, lo que estaba perfecto para Jared, de hecho no conocía otra manera de hacerlo. El sexo era eso, sexo.
Escuchando con abandono el golpeteo de carne con carne, sintió el cuerpo de su novia tensarse, sus gritos inundaban la habitación. El rostro se le perló de sudor mientras estaba ahí perdido en las sensaciones, bajó la cabeza y enterró los dientes sobre el hombro de su chica haciéndola chillar, el orgasmo la tomó duro, debilitándole las piernas, así que le sujetó con una mano las caderas para sostenerla en la misma posición y con la otra tiró de su cabello, arqueándola para recibir sus acometidas. Zoey jadeó en placer, dejándole continuar empujando un par de minutos sintiendo su propia liberación acercarse. Apretó los dientes con fuerza mientras sentía su pene hincharse y estallar con fuerza.
Claro, lo bueno no dura para siempre, pensaría el joven unos instantes después. Habían quedado tan agotados, que se deslizaron torpemente hasta quedar extendidos en el suelo. Jadeando y con una sonrisa satisfecha, la pelirroja encendió un cigarro y le dio una fuerte calada antes de pasárselo.
—¿Dónde estuviste anoche, amor?
—Pensé que querías tiempo para pensar las cosas, me quedé en mi departamento.
—No así, no quiero que te quedes en ese lugar. No me gusta, nadie debería vivir allí…
De improvisto, unos grandes ojos color miel, acompañados de una estúpida y cálida sonrisa se colaron por la mente de Jared, ni siquiera ella debería haberse quedado una sola vez en ese jodido lugar. Apenas tenían un día viviendo juntos, pero su actitud le resultaba increíblemente difícil de leer. No sabía si estaba enojada, si estaba feliz, indiferente o si solo no le importaba una mierda nada de lo que pasaba a su alrededor. No era como Zoey, que aunque bipolar, era más fácil de leer… no que las estuviera comparando, claro.
—Iré a vivir a uno de los departamentos de Adam.
—Regresa a casa, ya no quiero que peleemos, bebé, te amo tanto. —Buscó su mano para entrelazar sus dedos—. Me prometiste dejar de hacer todas esas cosas destructivas y te creo, sé que aprendiste tu lección. —Sonrió la joven, Jared apretó su mano de vuelta antes de darle una calada a su cigarro.
—Adam me va a dar trabajo ahí mismo en sus departamentos, quiere que repare algunas cosas, me dijo que podía quedarme… creo que es una buena idea, además puedo venir a quedarme contigo un par de noches...
—Estás mintiendo —afirmó la chica soltando su mano, sus ojos ahora llameando en furia—, ¿hasta cuándo piensas verme la cara? —Jared suspiró, entreteniéndose con los diseños extraños que ella había pintado en la pared.
—Te estoy diciendo lo que quieres escuchar —murmuró, soltando el humo lentamente entre los labios.
—¿¡No puedes solo dejar de ir a las bodegas!? —rugió poniéndose de pie. Su cabello que ahora se había esponjado la hacía lucir como una leona furiosa y sexy.
—Sabes que lo necesito.
—¡Estás jodido! Estás perdido en estupideces. ¿Qué no lo ves? No necesitas esas mierdas, pensé que cambiarías con el tiempo, de verdad que lo pensé. —Lo empujó en el pecho.
—Siempre te he dicho lo que soy, y no está por demás recordarte que nos conocimos precisamente ahí —escupió, tomándola de las manos.
—¡Es que detesto ese lugar!, ¿qué no lo entiendes? —En un momento se liberó de su agarre y se levantó, furiosa vio lo que eran lienzos y pinceles desperdigados por el comedor y comenzó a lanzarlos. Él suspiró de nuevo mientras se ponía de pie.
—Y yo pensé que a estas alturas ya estarías jodidamente acostumbrada. Trabajo para tu padre. —Esquivó una paleta de acuarelas que venía directo a su cara—. ¿Qué mierda, Zoey? ¿Sabes qué?, no volveré por aquí hasta que seas tú la que me llame.
—¡No lo haré! No te voy a llamar jamás… —Sus gritos y sollozos lo acompañaron incluso cuando arrancó la moto.
Pocos minutos después, Jared se encontró observando el desenfrenado nido de depravación que era el lugar frente a él. El Cooper's estaba ubicado en un peligroso barrio en Las Vegas, sin embargo sus clientes eran refinados y adinerados, cuando menos en la parte frontal. Porque detrás de todo ese piso rodeado por mujeres casi desnudas, gente adinerada, apuestas y máquinas de juegos, había un matadero.
Las jodidas bodegas.
Se abrió paso entre las personas que bailaban algún tipo de música sin sentido, y con cada paso que daba, su cuerpo parecía hervir de ansiedad, el picor en su piel se estaba volviendo insoportable y sus fuertes músculos estaban acalambrados. Abrió y cerró las manos buscando un poco de alivio, estaba desconcertado, por lo general un poco de sexo lo hacía sentir mejor, pero ahora ni eso, por lo que gruñó frustrado.
Sus malditas adicciones le habían arrastrado el cuerpo de un lado a otro durante tanto tiempo que pensó que ya era normal, sin darse cuenta de que lo estaban llevando cada vez a territorios más peligrosos, lo supo el día que conoció a Spencer Cooper, quien le ofreció un desfogue, y aparte, le pagaba por hacerlo.
Claro, todo iba medianamente bien hasta que se enganchó de la pelirroja más hermosa que hubiera conocido nunca: Zoey Cooper. Spencer no tomó bien la noticia, como el mafioso y traficante que era, quiso matarlo disfrazando sus intenciones con rivales cada vez más poderosos en la arena. Pero en cuatro años nadie lo había jodido, ningún rival, ninguna puñetera droga o bebida, hasta que una pequeña de ojos claros lo consiguió de la forma más puñeteramente estúpida que pudiera existir.
—Te ves de la mierda, Frío. —Gary tenía una tonta sonrisa en su rostro, sus ojos entre amarillos y rojizos le indicaron cuán drogado estaba.
—Entonces somos dos.
—Jeff está nervioso, pensó que no ibas a venir hoy.
—¿Contra quién voy? —preguntó, abriendo y cerrando los puños.
—Es el puto de James —murmuró Gary, mientras se abría paso golpeando torpemente a un trío de dos chicos y una chica que tenían las manos bastante ocupadas. Una sonrisa por poco abandona los labios del joven al escuchar el nombre de James.
—¡Ten cuidado imbécil o…! —Uno de los chicos del trío enmudeció al ver a Jared y solo se hizo a un lado.
Era una reacción natural que las personas tenían al verlo. Continuaron, y en cuanto entraron a las bodegas, pensó que finalmente iba a sonreír. Para alguien como Jared que dependía de la lucha, pelear contra el bastardo arrogante que estaba frente a sus ojos era como una buena dosis de droga. Y en ese momento ya no trató de convencerse de que era algo más que una amenaza. ¿Para qué hacerlo? Si la verdad era, que nadie estaba seguro a su jodido alrededor.
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—Éste es tu nuevo celular, he guardado mi número y el de Nicole para cualquier cosa que necesites. —Adam extendió el celular hacia ella.
—No, no puedo aceptar eso, es demasiado…
—Anda, tómalo y llama a tu mamá o a tu papá. Sé que has estado aislada y no te mereces eso.
—Ese cabrón de tu hermano —masculló Nicole entre dientes. Adam solo sonrió a forma de disculpa, por lo que no le quedó más remedio que tomar el teléfono—. ¿Ya comiste?, ¿no quieres que te traigamos algo? —preguntó después.
—Jared compró suficientes cosas, haré algo de comer, gracias —aseguró Brielle, la rubia suspiró.
—¿En dónde está, por cierto?
—Dijo que iría al despacho, mi papá lo quería ver, pero a estas horas la verdad no tengo idea de dónde está.
—Sí la tienes, Adam. Seguro está en ese antro de mala muerte… —Brie abrió los ojos de par en par, ¿se referirían al Cooper's?, ¿qué estaría haciendo él allá?
—O quizás esté con Zoey, no lo sé. Lamento mucho todo esto, Brie, esperemos que con el tiempo tome mejores decisiones, mi hermano está muy confundido…
—Tu hermano no es ningún niño, corazón. ¿Cuándo vas a dejar de justificarlo?
—Estaré bien —los interrumpió la castaña—. Estaré en casa cuando él vuelva y si necesito algo ya tengo manera de comunicarme. —Movió el celular frente a ellos regalándoles una tímida sonrisa.
—Está bien —murmuró la rubia.
Después de que la pareja saliera, Brie cerró la puerta y se arrojó a uno de los enormes sillones en la estancia. Se quedó contemplando su reflejo en la pantalla del celular, ¿estaría Jared con Zoey? Las curvas mortales de esa mujer sin duda eran algo que el joven estaría buscando, no había forma ni manera de competir contra ella.
¿Y competir como para qué? El pensamiento vino de la nada y se sintió ofendida consigo misma. ¿Por qué sentía tanta posesividad hacia alguien que nunca le había pertenecido? ¿Qué rayos le estaba pasando? Sacudiendo la cabeza, trató de enfocarse en pensamientos más coherentes, así que se encontró llamando a Natalie.
—¿Diga?
—Mamá… —Su voz se cortó con un sollozo.
—¿Brie? Oh, Dios mío, ¿eres tú?
—Sí. —Sorbió su nariz.
—¿En dónde estás, mi niña?, ¿qué pasó, qué te hizo Spencer? —Claro, su mamá seguramente no estaba enterada de las nuevas noticias.
—El padre de mi bebé apareció, me pidió que me fuera a vivir con él —mintió. Su mamá estaba muy enferma, ¿para qué atormentarla?
—¿El joven al que Spencer quería ponerle una trampa?
—Sí, él, bueno… no se lo tomó bien al principio, pero ahora me trajo a vivir con él a un departamento, es precioso, mamá… estoy muy feliz.
Claro, entiéndase por feliz, al menos tener un techo y comida.
—Cielo, ¿pero entonces por qué te fuiste sin despedirte? Me temí lo peor… Sé que no tengo derecho a decirte qué hacer… yo… solo estaba preocupada.
A Brielle se le hizo un nudo en la garganta. Era difícil pensar que todo esto estaba pasando frente a las narices de su mamá y no hiciera nada para ayudarla, era increíble pensar que prefiriera a su padrastro por encima de ella y cada vez que lo pensaba, lejos de sentir algún rencor hacia la persona que le dio la vida, sentía un enorme vacío. Se sentía desprotegida y sola, terriblemente sola.
—Iré en cuanto pueda, mamá. ¿Tú estás mejor? —preguntó con una voz baja, a punto del llanto.
—Sí… ya sabes, lo normal.
—Tengo que colgar —susurró mientras lágrimas desbordaban ya por sus ojos—. Mamá, estaré en contacto. Te quiero.
—Y yo a ti, cielo, guardaré tu número.
Después de colgar, Brie miró hacia la ventana. El condominio estaba situado en una zona céntrica de Las Vegas, aquella ciudad calurosa que solo le había traído problemas desde que se había mudado junto con Natalie. Y aunque trató, no pudo evitar sollozar ante la impotencia. Odiaba estar aquí, odiaba no poder ser libre. Odiaba que su mamá hubiera puesto a Hank en sus vidas, aunque al principio ese hombre no era así, Brie entendió que para ambas fuera una sorpresa su radical cambio, lo que no lograba entender era cómo su mamá seguía con él. ¿Por qué permitía esto? Después de llorar lo que pareció una eternidad, por lo mismo de siempre, se repitió que el bebé no merecía esto y que ella no sería como Natalie. Nunca.
Rogó porque el bebé aún no fuera capaz de sentir sus emociones mientras acariciaba suavemente su inexistente pancita. Más calmada, cocinó ravioles y dejó un poco de comida para el ogro, no fuera a ser que regresara de un humor de perros y no, no quería más problemas. Anduvo deambulando de aquí para allá por el enorme departamento, deteniéndose al ver asombrosos cuadros, o el baño inmaculado y fue así que descubrió que había dos habitaciones.
Se preguntó si podría dormir en una habitación y él en otra. Las maletas aún estaban hechas en la entrada, por lo que esperanzada, acomodó toda la ropa de él en una habitación y la poca ropa suya en otra. Quizás él se enojaría, pero no podía perder nada con intentarlo. Odiaba estar cerca de él tanto como a las cucarachas, Dios, es que ese hombre la ponía nerviosa, con esos profundos ojos azules, con ese semblante que predecía calamidades, con ese cuerpo de infarto que por alguna razón le provocaba… no, para qué ir ahí. El inútil ni siquiera la dejaba dormir, y dudaba mucho soportar otra noche en vela. Se sentía hecha polvo mientras preparaba todo para la escuela.
Pero entonces, un escalofrío la recorrió al pensar en eso, a veces la escuela era otro pequeño infierno.
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—¡Dale en la puta boca, Frío! —rugió Owen agitando los puños. Todo el público estalló en gritos, alentados por la sed de sangre.
«Y dicen que los humanos tenemos raciocinio…», murmuró su voz interna mientras movía la cabeza en forma negativa.
James sonrió ante los gritos, haciendo un gesto con las manos invitándolo a venir, a seguir combatiendo. Jared sabía que debería asestarle un golpe en ese jodido rostro, cerrarle la boca era lo que todos querían… salvo él. El joven aún quería jugar más, y esa provocadora invitación le recorrió las venas como lava hirviendo. Odiaba al puto de James y Spencer lo sabía, sin duda ésta era otra de sus jodidas trampas.
James era sobrino de nada más y nada menos que de Nathan Douglas, uno de los mafiosos más influyentes además de Spencer. Golpear a su sobrino hasta la mierda solo traería problemas, y no a Spencer, claro que no. Sino a él. Y por estar malditamente distraído como últimamente le pasaba, no pudo leer el movimiento del cuerpo de James cuando se lanzó hacia él como si fuera a pegarle en el rostro, pero en el último segundo desvió el puño hacia su tórax.
El aire explotó en sus pulmones y el joven tosió curvándose, jadeando escupió sangre hacia un lado. El golpe había sido fuerte y contundente, haciéndolo literalmente ver borroso. Se apoyó en las rodillas intentando respirar, cuando observó los pies del rubio que se deslizaron rápidamente hacia la derecha, Jared pudo ver cuando dio un salto para enterrarle el codo en la nuca. Eso lo acabaría, sino fuera porque James era un pendejo.
No importaba cuánto dolor infringieran en él, solo alimentaba más su sed de pelear. Cada golpe causado por descuido, le traía a la mente la voz profunda y oscura de Caleb. El puro pensamiento le provocó una adrenalina inesperada, se enderezó alcanzando a quitarse del camino del rubio, dejándolo caer contra el suelo, seguido por el sonido característico de los huesos al quebrarse y un alarido desgarrador.
Jared dejó de perder el tiempo, estaba furioso por cómo estaban resultando las cosas, por estar distraído, por la pelea con Zoey, por sentir a su padrastro Caleb susurrarle al oído y sin duda, hasta la mierda por la jodida perra de Brie viviendo con él, así que embistió contra el hombre que gruñó mientras su cabeza chocaba contra el suelo al tener a Jared encima, los ojos azules del joven bailaban locos de furia, y tenía los tendones del cuello tensos cuando descargó el puño contra la garganta del rubio.
Otra vez se había dejado llevar por la violencia.
Lo supo porque en algún momento, Jeff y Owen estaban empujándolo con todas sus fuerzas intentando retirarlo del ring, Gary le gritaba cosas que se escuchaban distorsionadas. Terminó despatarrado en algún sofá, empujando a Lillian y a Layla que intentaban limpiarle el rostro con un montón de hielo.
—Frío, Frío, ¿qué voy a hacer contigo? —Spencer entró negando con la cabeza, llevaba una de sus ridículas batas color escarlata—. Puteaste hasta la madre a James y eso no tendrá consecuencias agradables.
—Dejaré de pelear aquí si eso es lo que quieres —dijo antes de escupir más sangre hacia un lado.
—Sabes que eso no es lo que quiero, pero si la familia Douglas te encuentra en las calles… bueno, puede pasarte algo y no solo a ti. Sino también al hijo que estás esperando.
Jared iba a reclamar el hecho de que dejaran a James entrar a las bodegas, pero cuando procesó las palabras el-hijo-que-estás-esperando, toda discusión quedó de lado, la furia lo invadió haciéndolo ver todo rojo.
—Nadie se va a acercar a él, ¿entendiste? —rugió, poniéndose de pie y asustando a las chicas quienes mejor decidieron irse. Spencer suspiró con cansancio mientras se aseguraba de cerrar la puerta para dejarlos solos.
—Eso podemos arreglarlo, pero hay otras cosas que tú necesitas arreglar para mí. No le he dicho a Zoey sobre tu "pequeño" problema, no lo he hecho porque se pone mal si hablamos de ti —suspiró negando con la cabeza—. Es tan estúpida, no puedo creer que se enamorara del más jodido de todos los jodidos. Te pedí que te alejaras de ella por las buenas y no lo hiciste —apuntó, sus ojos negros lo miraban en aparente calma.
—Entonces mandaste a una niña para embaucarme.
—Esa niña también me debía favores —contestó moviendo la mano, restándole importancia.
—¿Qué favores? —preguntó realmente curioso, ¿qué mierda podía deberle esa chiquilla a alguien como Spencer?
—Que te los cuente ella, lo que me interesa es lo siguiente. Vas a dejar a mi hija, vas a decirle que te enamoraste de otra, que la embarazaste o como mejor quieras arruinarlo, y lo vas hacer con tacto, de forma paulatina.
—No voy a dejar a Zoey —siseó, pasándose una mano por su desastroso cabello. Spencer siguió hablando como si no le hubiera escuchado.
—Anna y yo nos encargaremos de que Zoey tome el medicamento para que no reaccione tan mal. —Miró distraídamente a las bailarinas que habían salido por las plataformas—. Otro intento de suicidio es algo por lo que no sería capaz de pasar.
—No-voy-a-dejarla.
—Ya déjate de estupideces, Jared, porque estás acabando con mi paciencia, si no te encargas de esto cuanto antes, yo no haré una mierda por contener a la familia Douglas y tú sabes cómo son. Un día puedes encontrarte con que la pobre de Brielle apareció violada y degollada en algún terreno. ¿Quieres eso?
Lo que le pasara a esa niña lo tenía sin cuidado, ¿pero el bebé?
—Ya déjate tú de estupideces. Zoey y yo hemos pasado por cosas peores que tus putas amenazas. ¿Por qué no te vas haciendo a la idea?
—Bueno, sobre aviso no hay engaño. Me tengo que ir, pero piénsalo, Frío. No quiero más incidentes.
Acto seguido se dio la media vuelta y salió de la habitación dejándolo furioso. A los segundos, Gary entró acompañado por la perra sonriente de Allison y una chica de cabello corto y lacio, que si mal no recordaba se llamaba Katie.
—¡Frío! —gritó la rubia acercándose a él—. ¿Qué te hicieron? Oh, Dios mío —chilló escandalizada.
—Dame eso. —El joven le arrebató a Gary un poco de lo que parecía heroína.
—Tómatelo con calma, Frío. Spencer solo está intentando amedrentarte, Jeff ya se encargó de sacar a James y sobrevivirá. Nathan no te va a tocar, a los Cooper les conviene todas las ganancias que tú les dejas, el viejo solo está furioso porque estás con su hija, es todo.
—¿En dónde tienes a Brie? —interrumpió Katie. Tanto Allison como Gary la miraron con expresiones horrorizadas, él por su parte elevó una ceja ante su tono exigente.
—¿A ti qué más te da en dónde la tenga?
—Te advierto que si le haces daño… —Jared se puso de pie y todos retrocedieron, menos la pelinegra.
La chica estaba vestida en una diminuta falda de látex que no dejaba nada a la imaginación. Las medias de red terminaban en unos tacones que la elevaban por lo menos doce centímetros. Su tono y su altanería le recordaron un poco a la castaña. Ya iba entendiendo quién la había mal influenciado.
—Nadie nunca me advierte nada, ¿escuchaste, perra? En donde yo tenga a esa cualquiera es algo que no te incumbe —aseguró, antes de inhalar un poco más y sentir cómo su cuerpo comenzaba a cosquillear.
—Por tu bien espero que la tengas a salvo, te lo advierto —lo retó con una sonrisa que lo encabronó a grados insospechados, pero no le dio tiempo a nada porque ella se dio la vuelta, balanceando sus caderas hasta salir de la habitación.
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Brie se despertó abruptamente al escuchar ruidos.
El terror la hizo estremecerse de miedo y tirar de las cobijas hasta taparse la barbilla. Hank no podía entrar, por favor... Parpadeó confundida tratando de ubicarse y no supo si sentirse aliviada o no. Por un lado no estaba cerca de su padrastro, no iba a golpearla ni a zarandearla, pero por el otro…
Jared irrumpió en su habitación. Su enorme cuerpo enfundado de negro lo hacía parecer una enorme y peligrosa sombra, su cabello era un absoluto desastre, y lo que más preocupó a Brie fue un marcado golpe que tenía en el pómulo izquierdo.
—¿Te he despertado? —Su voz fue ronca y áspera.
—Sí.
—Así que ésta será nuestra habitación —arrastró las palabras. Afilados ángulos enmarcaban su rostro, y cuando una de las esquinas de su boca se elevó en una media sonrisa, el corazón de Brie dio un vuelco.
Diablos, esperaba que no quisiera comenzar a cumplir sus amenazas, decidió mejor distraerlo.
—¿Q-Qué le ocurrió en el rostro?
—Me peleé con un bastardo.
—¿Todo lo arregla a golpes, no? —La boca del joven se curvó en una lenta y seductora sonrisa.
—Esa boca sarcástica tuya… tengo otras formas de arreglar las cosas… —Comenzó a caminar… bueno más bien daba tumbos hacia ella—. ¿Quieres ver?
—A-Aquí no hay problemas, no hay nada qué resolver —susurró, recogiendo sus piernas contra su pecho.
Él puso los ojos en blanco y en un movimiento inesperado se dejó caer contra la cama, cayendo de espaldas. Ella gritó cuando el colchón la impulsó hacia arriba haciéndole perder el equilibrio.
—Siempre te estás cayendo —canturreó mirándola. Brie mordió su labio para evitar contestarle, Jared olía a cigarros y algo más, y entre toda esa mezcla aún quedaban rastros de su colonia—. No te muerdas el labio.
—Sangró… —comentó, viendo la sangre seca en la comisura de sus labios. Él suspiró dándose la vuelta mirando hacia el techo.
—Es sangre de otra persona, un asqueroso hijo de puta… me quitaré la camisa…
Torpemente pero se desabrochó los botones, luego hizo ademán de quitarse la camisa pero no pudo levantarse, su brazo izquierdo tenía un gran hematoma y dificultaba sus movimientos, por lo que con un bufido se dejó caer derrotado. Brie se sorprendió a sí misma inclinándose hacia él en un intento por ayudarlo.
—¿Qué haces? —preguntó mirándola extrañado, sus ojos azules estaban oscurecidos, lucían más profundos e hipnóticos—. No necesito tu puñetera ayuda.
—Entonces supongo que los bufidos y las muecas de dolor que está haciendo son imaginaciones mías.
—Esa boca… —Sonrió negando con la cabeza, levantó una mano y le rozó el labio inferior haciéndola estremecer, él suspiró e intentó incorporarse, por lo que la castaña le ayudó a quitarse la camisa. Agradeció sinceramente cuando él no arguyó más, sabía que estaba lleno de orgullo, pero seguramente debía dolerle como el infierno para dejar que…
—Diablos —gimió al ver las contusiones en su pecho—. ¿Contra qué peleó? —Enojada, se levantó de la cama para ir al cuarto de baño donde encontró algunas gasas y alcohol.
Cuando volvió, encontró a Jared roncando quedamente. Sus largas piernas colgaban de la cama por lo que aprovechó para quitarle las botas del terror, él balbuceó incoherencias pero no se despertó. Tenía el pecho lleno de cicatrices viejas, y mientras le limpiaba los restos de sangre, no pudo evitar ver la tabla de chocolate que era su abdomen.
Una súbita imagen de él en esta misma pose y debajo de ella arqueándose en placer, la sacudió como un cable de alta tensión. Se le cayeron las gasas. Dios, respiró hondo mientras las recogía, evidentemente las hormonas estaban haciendo su trabajo, destruyéndole el cerebro, malditas fueran. Enojada, continuó limpiándole, tratando de no distraerse ni con esos músculos ni con los tatuajes… pero no pudo.
Como en un trance, acercó la mano titubeante deslizándola por sus duros abdominales, diciéndose a sí misma que solo quería quitarle los restos de sangre, tenía demasiados tatuajes pero destacaba el de un eclipse en el brazo y otro en la parte interna de sus bíceps, cuando llegó a su costado derecho, trazó con el borde de los dedos los elaborados tribales hasta las letras que estaban en forma vertical, se preguntó qué significarían, cuántos más tendría y si no le dolería tatuarse tanto aunque quizás no, al parecer amaba el dolor.
—¿Te gustan? —preguntó una voz ronca. Brie pegó un grito y un poco de alcohol se derramó sobre el pecho del joven haciéndolo sisear—. ¡Mierda!
—Lo siento tanto. —Se apresuró a secarlo.
—Ya déjame. —Intentó levantarse pero ella le detuvo el pecho empujándolo con facilidad hacia atrás.
—No, terminaré lo que estoy haciendo. Recuéstese —ordenó en tono autoritario.
Y si Jared no estuviera tan drogado y la odiara tanto, pensaría que era sexy. Una gatita fuerte y autoritaria. Cerró los ojos y a los pocos segundos volvió a quedarse profundamente dormido. Brie cerró el alcohol y tiró las gasas. Regresó del baño y se quedó mirándolo un par de segundos, pensando que en ese estado en que el joven se encontraba, podía… huir.
Podía acudir a las autoridades y decirles que un drogadicto la tenía secuestrada. Ya fuera que después lo dejaran salir, pero ella podía aprovechar para perderse. ¿Pero a dónde iría? ¿Y si le hacía algo a su mamá?… Un lastimero gemido la hizo dar un respingo, miró sobre su hombro, él se había curvado ligeramente hacia un lado, uno de sus poderosos brazos extendidos a lo largo. Tenía una mueca de dolor.
Jared podría ser un ogro de lo peor, por eso ahora mismo le resultaba desconcertante verlo indefenso. Después se regañaría por esto, pero inconscientemente se acercó a él y se recostó a su lado quedando enfrentada a su rostro. Tenía los pómulos marcados y unas pestañas largas, envidiablemente rizadas y claro, su ceño permanentemente fruncido. El joven había sido rudo con ella, amenazante e incluso brusco, pero nunca le había hecho daño… como Hank.
Brielle no pudo dejar de preguntarse por qué no la había lastimado, puesto que estaba acostumbrada a que a la más mínima equivocación, su padrastro se descargara contra ella. Quizás por el bebé. Él volvió a gemir y su enorme cuerpo se sacudió. Dios, por alguna extraña razón quería ayudarlo, temerosa deslizó los dedos por su cabello en un intento por reconfortarlo y se sorprendió de lo increíblemente suave que era.
—Eres un ogro, estoy segura de que en cuanto despiertes vas a gritonearme y amenazarme, y sin embargo aquí estoy tratando de aliviarte…
De pronto, Jared la sorprendió impulsándose hacia donde se encontraba. Brie se quedó paralizada cuando le pasó un brazo por la cintura y la arrastró hacia él, suspiró satisfecho enterrando el rostro en su cuello.
—Si te resulto tan horripilante, ¿por qué lo haces?… —Brielle parpadeó atónita ante lo suave de su voz.
—Yo… no… no lo sé.
La mano que él tenía en su cadera, ascendió lentamente por lo largo de su cintura, se deslizó entre sus pechos para quedarse finalmente sobre su corazón. Brie aspiró audiblemente una bocanada de aire sin darse cuenta hasta ese momento que había dejado de respirar. Él se retiró de su cuello, y sus ojos antes vidriosos, ahora eran oscuros como dos profundos pozos, le robaron el aliento.
—¿Por qué? —insistió.
—No soy tan mala como cree que soy. —Él volvió a tirar de su cintura haciendo que cada curva de su cuerpo quedara en contacto con la de él, entonces envolvió una de sus manos en un puñado de su largo cabello e inesperadamente la acercó a sus labios.
—Lo que creo es que estás queriendo manipularme, fingiendo que eres una jodida santurrona samaritana. —Su voz era grave y terriblemente gutural.
—Eso no es cierto…
—Sí lo es y ¿sabes qué?, es hora que cumplas una de tus funciones.
—¿C-Cuál? —balbuceó jadeante.
—Satisfacerme.