Capítulo 6
La cubertería a tu servicio
En este capítulo
Trucos
con cucharas y saleros
Diversión con tenedores
Magia
con tazones
El mero hecho de sentarse a la mesa de un restaurante ya es una experiencia maravillosa para un mago. A tu alrededor, encontrarás toda una gama de objetos llenos de potencial mágico. La cubertería es especialmente atrayente, no sólo por su forma y su brillo, y porque al público le resulta familiar, sino también porque se encuentra en cualquier restaurante.
Este capítulo es una guía hacia las maravillas que puedes poner en práctica en la mesa, ya sea en casa o en un restaurante, con cuchillos, tenedores, cucharas, vasos, platos y demás parafernalia no comestible.
La cuchara flexible, parte I
En la cafetería de mi escuela había tres formas de ganar puntos ante los demás con una cuchara. La primera era colgarte la cuchara de la nariz. La segunda, usarla para lanzar cubos de gelatina. La tercera implicaba “doblarla”, poniendo la parte cóncava contra la mesa y fingiendo que aún tenías el mango entre las manos.
El problema era que casi todos los alumnos ya se sabían ese truco. Además, como no era posible ver el extremo del mango saliendo de las manos, el efecto no era tan obvio. Esta versión del truco de la cuchara flexible parte de ese intento adolescente y lo mejora.
El efecto: Con un grupo de espectadores sorprendido a tu alrededor, coges una cuchara y la doblas sobre la mesa. En el preciso momento en que el camarero se acerca para ver qué sucede, abres las manos y muestras una cuchara recta e intacta. ¡No hay nada como la hipnosis grupal!
El
secreto: Antes de empezar el truco, debes asegurarte de tener
una arandela metálica o un botón de metal. Cualquiera de estos
objetos parece el extremo del mango de la cuchara entre tus
dedos.
1. Pon la arandela o botón en posición.
Con lo anterior me refiero a pellizcar la arandela entre el pulgar y la primera articulación del índice, como se ve en la figura 6-1, foto A. No permitas que nadie vea el canto de la arandela aún, y escóndela cuanto puedas entre ambos dedos. Ya estás listo para comenzar.
2. Para comenzar el truco, coge una cuchara con la otra mano.
“Tengo que reconocer que, aunque me encanta comer en este sitio, los cubiertos que tienen son de mala calidad. ¡Mirad esto!”.
3. Ponte en posición.
Rodea el mango de la cuchara con ambas manos. La que tiene la arandela (la derecha) debe estar más arriba. En ese proceso, procura que la arandela sobresalga un poco más, de manera que el borde plateado sea más visible, como lo muestra la foto B.
La cuchara está vertical sobre la mesa y sólo se apoya en ella la punta de la parte cóncava. El meñique izquierdo es el único dedo que agarra directamente el mango, y la mano derecha cubre la izquierda y sostiene la arandela en el punto donde debería estar el extremo de la cuchara.
Una
mano debe cubrir a la otra. Si no, al ponerlas una primero y otra
después a lo largo de un supuesto mango de la cuchara, éste tendría
que medir más de 20 cm (foto C).
4. Inclínate hacia delante, finge hacer un esfuerzo y empieza a “doblar” la cuchara.
Cuando hablo de fingir un esfuerzo, con gruñidos incluso, lo digo
muy en serio porque es eso lo que hace que el truco tenga gracia.
Necesitas dar la impresión de que la cuchara es más sólida que el
papel de aluminio, por ejemplo.
Lo que debes hacer cuando presionas para “doblar” la cuchara es lo siguiente: haz que el mango se incline hacia ti, deslizando las manos como si hubieras doblado el mango y el vértice del doblez apuntara hacia ti. Las manos deben formar un ángulo que apunta en sentido contrario. La parte cóncava de la cuchara se debe inclinar un poco más hacia la mesa, como se ve en la foto D.
Figura 6-1: La arandela secreta (A) que nadie debe ver. Una mano debe cubrir a la otra (B). No debes poner una arriba y otra abajo, pues el mango sería demasiado largo (C). Dobla la cuchara lentamente (D). Si abrieras los dedos de la mano izquierda, esto es lo que vería tu público (E). Al final, oculta arandela y deja la cuchara tan recta como al principio (F)
Como tus manos siguen verticales, el efecto hace pensar que estás doblando el mango en forma de L o de C. El meñique izquierdo es el punto de apoyo y giro sobre la cuchara (foto E), pues de otra forma apenas la tocas.
Llega hasta el punto en que parecería que la cuchara va a romperse, cuando la arandela está casi paralela a la mesa, como se ve en la foto D. Detente un segundo en esa posición; incluso puedes levantar de la mesa todo el montaje.
“El único problema de hacer una cosa como ésta es que después tengo problemas con los camareros. En momentos como éstos es bueno ser mago, para así demostrar que todo no era más que una ilusión óptica”.
5. Deja caer la cuchara sobre la mesa frente a ti.
Créeme que todas las miradas del lugar se centrarán en la cuchara,
y eso te dará al menos cinco segundos de privacidad para dejar caer
la arandela sobre tus piernas, tras el borde de la mesa, de manera
que nadie pueda verla (foto F).
Ahora tienes a un grupo de personas entretenido y sorprendido y una cuchara común y corriente en la mesa ante ti. ¿No sería fantástico aprovechar el momento para hacer otro truco que sirva de gran final?
Puedes hacerlo, si continúas con el siguiente truco que consiste en devolver a la cuchara su forma original.
El retorno de la cuchara flexible
¿Te gustaría presentar un truco como los que hicieron famoso a Uri Geller, el famoso mago israelí, pero en versión de bajo presupuesto? Este hombre llegó a presentarse a través de la televisión de muchos países, gracias a su acto de doblar el metal con su fuerza mental. Ahora, tú también puedes hacerlo, aunque no necesariamente te lleve a la televisión.
El efecto: Comienzas “ablandando” una cuchara por el mango. Para ello, doblas las mitades hacia delante y hacia atrás. A medida que la cuchara se ablanda, señalas que las moléculas se van calentando y dispersando cada vez más hasta que la cuchara desaparece por completo.
El secreto: Como ya he dicho, un restaurante medio es el mejor escenario para hacer trucos de magia. En este caso, tu regazo servirá como depósito para dejar caer la cuchara, antes de que cualquiera piense que el truco ha empezado. Lo único que necesitas, entonces, es una cucharada de habilidad histriónica, una cucharada de descaro y una cuchara común y corriente.
1. Pon la cuchara ante ti, de manera que se vea como en la foto A de la figura 6-2.
En otras palabras, la cuchara está a unos 30 cm del borde de la mesa, paralela a él.
“El otro día estaba hablando con unos amigos de los programas de TV de los años setenta. Nos acordamos de La casa de la pradera y de Cañas y barro, y alguien mencionó a otro personaje de esos tiempos: el mentalista Uri Geller. ¿Lo recordáis? Era capaz de doblar una cuchara como quien ve una flor marchitarse a cámara rápida. Pues resulta que después de eso, me puse a practicar un truco similar”.
Figura 6-2: La cuchara en posición inicial (A). El “levantamiento” de la cuchara (B). Lo que realmente le sucede (B). Doblar las mitades (D). Y romperlas (E). Lo que no se ve: tu sonrisa de triunfo al mostrar las manos vacías al final
2. Tapa la cuchara con ambas manos. En el movimiento de “levantarla”, la deslizas hacia ti, hasta que caiga del borde de la mesa a tu regazo.
Todo
lo anterior sucede en un solo movimiento fluido, como se ve en la
foto B (¿Fluido? Por supuesto, pues ya has estado practicando antes
de hacerlo en público. Has probado a levantar la cuchara de verdad,
para tener una idea de cómo debe verse.)
En el instante en que tus dedos barren la mesa y la cuchara cae en tu regazo y se pierde de vista (foto C), debes cerrar los puños, uno a cada lado, sobre el vacío que dejó la cuchara, como si aún estuviera allí. (Recuerda no hacer ningún gesto cuando la cuchara caiga sobre tus piernas.)
Tus
manos no deben detenerse. Levántalas a unos 20 cm de la superficie
de la mesa. No dejes de mirarlas. Finge que aún tienes la cuchara
en ellas. ¡Actúa, actúa!
3. Empieza a doblar la “cuchara” que tienes entre las manos, para ablandarla.
Finge que la doblas como verdaderamente sucedería. Al principio está rígida, así que no puedes doblarla mucho ni con facilidad. Al igual que en el truco anterior, el esfuerzo debe notarse en tu cara y en tus manos. En la medida en que el punto medio de la cuchara “se calienta”, puedes doblarla más y con mayor rapidez (foto D), manteniendo las manos juntas todo el tiempo.
“Mi truco de la cuchara flexible no es tan impresionante como el de Uri Geller, porque yo la doblo manualmente y no con la mente. Es un asunto de músculo y no de ondas mentales. Pero es divertido y sirve para atraer la atención de un camarero, si uno lo necesita”.
Para ese momento, debes estar doblando la cuchara con rapidez. Reduce un poco el ritmo.
“Tarde o temprano, el punto medio de la cuchara se ablanda lo suficiente como para partirla en dos”.
4. Tuerce las dos mitades del mango de la “cuchara”, como se muestra en la foto E. Puedes imitar el ruido de la cuchara al romperse haciendo sonar las uñas de tus pulgares.
En otras palabras, rompes la “cuchara” al alejar tus manos una de otra. El efecto sonoro lo producen tus uñas al entrechocar (en la foto E están en la posición indicada para hacer ruido).
“Pero aunque el truco de Uri Geller es más misterioso, el mío tiene un final mejor. La cuchara está tan blanda que las moléculas se han desintegrado por completo”.
5. Frota tus dedos contra las palmas, como limpiándote algo pegajoso, y luego abre lentamente las manos para mostrar que están vacías.
Cuando los hayas dejado boquiabiertos, mira tu postre con hambre, gírate hacia tu vecino de mesa y pídele: “¿Me puedes prestar tu cuchara?”.
Un clásico: el salero que atraviesa la mesa
Debo ser sincero: no hay un mago que no conozca este truco. Figura en todos los libros de magia del mundo. Si lo ejecutas en un congreso de magos, van a reírse de ti.
Pero su fama se debe a que es muy bueno. Aunque los magos bostecen de aburrimiento, los que no son magos reaccionan de manera radical: deciden asistir a misa todos los días o se desmayan.
El efecto: Vas a asegurar que eres capaz de hacer que una moneda atraviese la mesa. Tras varios intentos fallidos, cambias de idea y lo que consigues es que el salero atraviese la mesa y que aterrice en el suelo del restaurante con un sonoro golpe.
El secreto: No hay mejor lección de magia en el mundo que este pequeño milagro. El secreto del truco reposa en los dos grandes principios de la magia: la sorpresa y la distracción. Ésta última no sólo es extremadamente sencilla, sino que además resulta del todo eficaz.
1. Pide una moneda a uno de tus acompañantes. Ponla sobre la mesa, a unos 20 cm del borde.
Lo
mejor es esperar un momento en que la mesa esté relativamente
despejada, como antes de pedir, o entre el plato fuerte y el
postre. Aclárate la garganta para empezar.
“¿Queréis ver cómo disuelvo esta moneda para que atraviese la mesa?”, puedes decir. “Es un acto muy difícil y no sé si lo conseguiré pero, cuando funciona, es una maravilla. ¿Alguien tiene una moneda que me pueda prestar?”.
Pon la moneda frente a ti, en el lugar donde normalmente estaría el plato. Aparta el vaso o cualquier otro objeto que pueda bloquear la vista de tus acompañantes.
Figura 6-3: La servilleta toma la forma del salero (A). Cuando la muevas hacia un lado, el salero sale de escena rápidamente (B). Tras tu segundo “fracaso”, mueve el salero hacia el lado (C). Por último, aplasta el salero contra la mesa (D)
2. Tapa el salero con la servilleta.
Coge la servilleta (funciona mejor con las de papel), dóblala por la mitad o en cuatro (lo que sea suficiente para cubrir el salero) y envuelve el salero con ella. (Al doblarla, la servilleta se vuelve más opaca y también mantiene mejor la forma que le vas a dar.)
Si sientes la necesidad de seguir hablando mientras envuelves el salero, hazlo, pero recuerda que no es necesario comentar todo lo que haces. En lugar de eso, puede ser mejor hablar sobre la dificultad de hacer que una moneda se disuelva y traspase el panel de madera de la superficie de la mesa.
3. Pon el salero envuelto en la servilleta sobre la moneda, con gran nerviosismo.
Finge
inquietud y tantea con las manos, como si te estuvieras preparando
para hacer un movimiento que tu público no debe ver.
“Bien, creo que todo está listo. Allá vamos. La moneda que traspasa la mesa, un pequeño milagro moderno. Uno, dos, ¡tres!”.
4. Levanta el salero y llévalo hacia el borde de la mesa, y no dejes de mirar la moneda. Afloja la mano que sostiene el salero envuelto, justo lo suficiente para que éste caiga en tu regazo. El envoltorio debe mantener su forma.
Vuelve a leer este paso, pues en él radica el truco. Todo el mundo espera ver si has conseguido hacer desaparecer la moneda, así que todos, incluido tú, tendréis la vista fija en ella.
Todo
esto te proporciona una pausa de distracción suficiente. Si una
camioneta pasara por el interior del restaurante, el público no la
vería. Tu mano reposa en el borde de la mesa, como se ve en la foto
B, y deja caer el salero sobre tus piernas (ten cuidado de no
arrugar la servilleta-envoltorio por accidente).
La distracción funcionará mucho mejor si:
• Juntas las piernas deliberadamente, de manera que el salero no se escurra entre ellas hasta llegar al suelo.
• Miras fijamente la moneda y dejas escapar alguna exclamación que implique frustración porque el truco no te ha salido.
• Señalas la moneda con la mano libre y dices algo así como “No lo entiendo. Funcionó cuando lo hizo el tipo de la tienda de magia” (señalar algo es una manera aún más eficaz de distraer al público que el mero hecho de mirar).
5. Desliza la moneda más hacia el centro de la mesa. Cúbrela de nuevo con el envoltorio de la servilleta (ahora vacío).
Vas a probar de nuevo. “Otra oportunidad, a ver. Os dije que esto era difícil. Señoras y señores, la moneda que traspasa la mesa, toma 2. A sus puestos. Uno, dos, ¡tres!”.
6. Esta vez, mueve la mano que sostiene el envoltorio hacia el lado para descubrir la moneda, que no ha querido desaparecer (foto C).
En
lugar de llevar la mano hacia ti, como lo hiciste en el primer
intento (paso 4), esta vez muévela hacia el lado. ¿Por qué? Para
que así el público vaya olvidando que el salero estuvo cerca del
borde (y por eso también vas a ir moviendo la moneda hacia el
centro de la mesa en cada intento; así el público olvidará
gradualmente que todo comenzó tan cerca del borde).
Desde el punto de vista de los espectadores, has fracasado dos veces. Tus expresiones de frustración deben ser más enfáticas ahora.
“Caramba, no sé qué pasa. Os juro que no debería ser tan complicado. A lo mejor es que la moneda debe tener la cara hacia arriba. Tal vez”.
7. Levanta la moneda y vuelve a ponerla sobre la mesa, más hacia el centro. Por tercera vez, cúbrela con el envoltorio que forma la servilleta.
“Muy bien. A la tercera va la vencida. La moneda que traspasa la mesa, señoras y señores. Uno, dos, ¡tres!”.
8. Levanta la mano libre por encima de la mesa. Bájala de repente y aplasta el envoltorio, de manera que la servilleta quede aplastada sobre la mesa. En ese preciso momento, separa los muslos de manera que el salero que tenías allí caiga al suelo.
A ojos del público, lo que acabas de hacer es traspasar la mesa con el salero. En un momento estaba encima de ella, y al siguiente está debajo (foto D). Es impactante.
No te preocupes porque el salero se rompa. El 98% de los saleros del mundo están hechos para resistir caídas desde una mesa. El otro 2% debe destruirse.
Si el suelo del restaurante tiene alfombra, el ruido de la caída del salero no será tan claro. Pero no importa, pues siempre habrá un curioso entre los espectadores que mirará debajo de la mesa para ver si el salero realmente la traspasó. Y allí está, en el suelo, justo debajo de la posición que tenía sobre la mesa.
9. Estira la servilleta sobre la mesa hasta que quede completamente plana.
Sonríe tímidamente. “Cambié de idea en el último momento”, puedes decir. “Me imaginé que a estas alturas sería más fácil disolver el salero que la moneda”.
10. Levanta la servilleta, cogiéndola por una esquina, para revelar que debajo de ella no hay nada que se parezca ni remotamente a un salero.
¿Para
qué sirve hacer toda esta actuación de aplastar la servilleta y
luego levantarla? Créeme, si no lo haces, algún terco va a
estropear la perfección del momento pidiendo ver qué hay en la
servilleta.
Claro, podrías dársela para que la examinara si lo pide, pero, ¿para qué enturbiar la majestuosidad del momento? Es preferible anticipar cualquier sospecha alisando y levantando tú mismo la servilleta.
Todo lo que queda en la mesa es la moneda y las caras admiradas de tus amigos. ¿Qué mejor ocasión para coger la moneda y hacerla desaparecer? En el capítulo 3 hay algunas alternativas para lograrlo.
Tenedores equilibristas
En el reino de la magia, no hay mucho que uno pueda hacer con tenedores. Los libros están plagados de actos y trucos con cucharas y cuchillos, pero los grandes magos han guardado un extraño silencio respecto a los parientes dentados de los cubiertos.
En realidad, este truco no tiene secreto. La ciencia es la que opera la magia aquí, pero tu público quedará sorprendido, lo cual es el objetivo final.
El efecto: Equilibra dos tenedores en el borde de una moneda y la moneda en el borde de un vaso, como se ve en la foto B de la figura 6-4. El asunto parece del todo imposible, como si fuera en contra de la ley de la gravedad, pero lo cierto es que funciona, y la parafernalia se mantiene equilibrada en su lugar, mientras los espectadores miran sin dar crédito y te consideran una especie de ser superior.
El secreto: Resulta que los mangos de los tenedores desplazan el centro de gravedad de cada uno de ellos hasta situarlo justo en el borde del vaso. Pero eso es demasiado complicado. Digamos mejor que es pura magia.
1. Inserta una moneda entre los dos dientes superiores de dos tenedores dispuestos como lo muestra la foto A de la figura 6-4.
Cuanto mayor sea la moneda, más sorprendente resulta el truco. Lo crucial es usar dos tenedores iguales, preferentemente los de ensalada o los de postre, que suelen ser más pequeños. La moneda debe encajarse entre los dos dientes superiores. Los tenedores no deben estar entrelazados. Basta con que su parte cóncava coincida.
Te podrá parecer que todo este montaje es un poco absurdo. La primera vez que lo intentes puede que la moneda se caiga de su lugar o que los tenedores no se sostengan. Sigue intentándolo y ten paciencia. El camino hacia el nirvana de la magia está sembrado de peligros, pequeño saltamontes.
2. Lleva el montaje de tenedores y moneda hasta un vaso. Pon el borde de la moneda sobre el borde del vaso, buscando el punto de equilibrio. Desliza los tenedores hacia el borde exterior de la moneda. Tantea hasta que todo el montaje esté estable y luego retira las manos lentamente.
Figura 6-4: Los tenedores deben quedar cerca de uno de los bordes de la moneda (A). Cuando se equilibran sobre el vaso, los tenedores parecen muy extraños (B)
Como
ya he dicho, no hay pase secreto en este truco. La parte difícil es
tener la paciencia de encontrar el punto exacto en el cual
tenedores, moneda y vaso se mantienen en equilibrio (el vaso no
tiene que estar lleno, pero debe ser pesado para que no se caiga de
lado y te haga parecer torpe en lugar de hábil y diestro).
Cuando has encontrado el punto de equilibrio y tienes los tenedores en posición, puedes hacer que se balanceen un poco. La impresión que causa todo este montaje en movimiento es impactante.
De hecho, el efecto general es tan fuera de lo común (foto B) que ni siquiera necesitarás tu elocuente parloteo. Montar todo el tinglado son apenas diez segundos y, después de eso, el dulce silencio de la incredulidad es el único sonido que necesitas.
Monte con tres tazones
Si el truco de seguirle la pista al dinero (ver capítulo 3) te salió bien y fue del agrado del público, este otro truco, uno de los preferidos de Jim Sisti, consejero de nuestro panteón, puede resultar un buen complemento en un restaurante. Su nombre proviene del “monte con tres cartas”, juego que suele verse en las calles de muchas ciudades, quizás con tres tazas y una bolita, en el cual se invita a los transeúntes desprevenidos a apostar cierta suma a que pueden seguir una carta determinada (o la bolita oculta bajo una de las tazas) a lo largo de una sucesión de movimientos de las tres cartas (o tazas). Pista: el desprevenido apostador nunca gana.
En esta versión tú desempeñas el papel del desprevenido. Tu espectador será quien haga los movimientos. Y a pesar de eso, saldrás ganando.
El efecto: Un espectador esconde un trocito de pan, un tostón para ensalada, un terrón de azúcar o un objeto semejante, bajo uno de tres tazones idénticos. El espectador mueve los tazones mientras tú le das la espalda, modificando el orden inicial tanto como quiera. Cuando te das vuelta, de inmediato identificas el tazón que oculta el trocito de pan.
El
secreto: Uno de los tazones (o tazas, o incluso vasos de
papel) tiene una marca diminuta. Puede ser una grieta en el asa, o
una mancha decolorada en la base, una minúscula raya de lápiz o una
mancha de salsa que debes hacer antes de empezar el truco. Si solo
tú eres capaz de identificar uno de los tazones, el truco funciona
por sí solo.
1. Pon los tres tazones bocabajo sobre la mesa.
“¿Has oído hablar de ese juego callejero que en ciertas partes llaman ‘monte’? En algunos lugares, el timador tiene tres cartas, dos negras y una roja, que desliza bocabajo sobre una superficie. El juego consiste en saber dónde está la carta roja al final de la serie de movimientos. También se juega escondiendo una bolita bajo una de las tres tazas. El timador recibe apuestas de desprevenidos que creen que pueden seguir el movimiento y adivinar dónde está la carta o la bolita, pero siempre pierden”.
2. Presenta el objeto que debe esconderse bajo uno de ellos.
Aquí digo “objeto” porque este truco no tiene que hacerse con un trozo de pan ni con un tostón. Entre las muchas opciones puedes usar un corcho, una servilleta de papel arrugada hasta convertirla en bolita, una canica, etc.
“En esta versión, voy a permitir que este voluntario sea el que hace los movimientos, y yo haré el papel del desprevenido ingenuo. Voy a darme la vuelta y vas a esconder el trocito de pan bajo uno de los tazones, y luego tendrás que moverlos y cambiarlos de posición. Y a pesar de eso, al final podré saber dónde está escondido el pan, sólo con percibir sus vibraciones. ¿Quieres intentarlo?”.
No
hay ni una persona entre cien que rechace semejante oportunidad de
hacer quedar mal a un jactancioso.
3. Explica las reglas.
“Primero vamos a asignar posiciones a los tazones. Ésta es la 1, ésta la 2 y esta última la 3”. Señala las tres posiciones, de izquierda a derecha, como se muestra en la foto A de la figura 6-5. “Cuando me dé la vuelta, esconde el trocito de pan debajo de uno de los tazones, y luego te daré más instrucciones”.
Figura 6-5: ¿Puedes ver la marca (exagerada para el ejemplo) en la taza del medio (A)? En (B) la taza marcada no está donde debería
4. Memoriza la posición del tazón marcado (posición 1, 2 o 3) y luego date la vuelta.
“¿Ya has escondido el trocito de pan? ¡Perfecto! Ahora quiero que inviertas las posiciones de los otros dos tazones, los que no ocultan el pan. Avísame cuando lo hayas hecho”.
Si se te llegara a olvidar alguna parte de este truco, que no sea este paso clave: decirle a tu voluntario que cambie la posición de los tazones que están vacíos. Eso es lo que hace que el truco funcione.
5. ¡Ha llegado el momento de empezar los movimientos!
Sigue dando instrucciones. “En realidad, no es necesario que te diga cómo mover los tazones. Puedes cambiarlos como quieras, incluso dos al mismo tiempo, cuantas veces quieras. Lo único que te voy a pedir es que cada vez que intercambies los lugares, me digas cuáles son las posiciones de los tazones que mueves, que las digas en voz alta. Así: Uno y tres. Dos y uno. Y así sucesivamente. ¿Está claro? Entonces, comencemos”.
6. Mientras tu ayudante dice las posiciones de los tazones que va moviendo, sigue la pista del tazón marcado, calculando la posición en la que debe estar.
En el paso 4 has memorizado la posición del tazón marcado. Cada vez que tu voluntario anuncie un cambio, mentalmente sigue el camino que va recorriendo ese tazón. Si lo prefieres, ve contando con los dedos si está en la posición 1, 2 o 3, pero asegúrate que de este gesto no quede a la vista del público (puedes meterte la mano en el bolsillo u ocultarla bajo el otro brazo).
Por ejemplo, supongamos que el tazón marcado empezó en la mitad (posición 2), así que tú comienzas con dos dedos estirados y el resto cerrados. El voluntario anuncia “Uno y dos” (tu tazón marcado debe estar ahora en la posición 1, así que cierra uno de los dos dedos para que sólo quede uno). El voluntario dice “Dos y tres” (tu tazón sigue en su lugar, sin inmutarse en la posición 1). El voluntario dice “Uno y tres” (ahora tu taza está en la posición 3, así que estiras dos dedos más para acompañar al tercero), y así sucesivamente.
Deja que tu voluntario siga moviendo los tazones hasta que el resto del público empiece a aburrise.
“Bueno, ¿ya has acabado de hacer tus cambios? ¿Me puedo girar ya?”.
7. Date la vuelta. Examina rápidamente los tazones y luego desvía la mirada. Acerca las manos a los tazones, como si estuvieras intentando percibir sus vibraciones. Gira los dos tazones que no ocultan el objeto, uno por uno.
“Siento... siento que el pan escondido está... está... no, en este tazón no está. Y en este... no. En este tampoco”.
8. Por último, coge el asa del tazón correcto y gíralo, descubriendo el trocito de pan.
“¡Ajá! ¡Aquí está! ¡La próxima vez que haga este truco tengo que acordarme de apostar a que sí puedo hacerlo!”.
Claro, supongo que sería muy útil que te contara cómo saber cuál es el tazón que oculta el trocito de pan.
Cuando te des la vuelta y veas los tazones, mira si el tazón marcado está en la misma posición en que debería estar según el seguimiento que has hecho mentalmente y con los dedos. Las reglas son sencillas:
Lo que resulta tan desconcertante de este truco es que en la mayoría de los casos ni siquiera el voluntario sabe ya dónde está el trozo de pan. El hecho de que tú te des la vuelta y con total seguridad reveles su posición es más que impactante.
Tienes mi autorización plena para repetir este truco en una misma sesión, si es posible con un voluntario diferente. Y después, pasa a otro acto que no recuerde tanto a los timadores callejeros de las grandes ciudades.
Monte con tres objetos, versión para dejar al público boquiabierto
El truco anterior es bueno, pero sigue siendo un truco. Los intelectuales que haya entre el público jamás sabrán cómo lo hiciste, pero se quedarán con la vaga impresión de que tuvo que ver con el hecho de que el voluntario dijera las posiciones de las tazas.
Y tienen razón. Si fueras un mago de verdad, deberías poder encontrar el trozo de pan gracias a tu percepción extrasensorial.
Lo que hace que esta versión del mismo truco (creada por el consejero Greg Wilson) resulte tan increíble es que parecerá que lo que te guía es una corazonada. No verás movimiento de tazones ni habrá que anunciar números ni calcular con los dedos. Todo se basa en una desconcertante capacidad para entrever las cosas.
En esta versión no es necesario el trocito de pan ni los tazones. Puedes usar cualquier cosa, siempre y cuando tengas tres iguales. Gregory Wilson usa servilletas de coctel o posavasos de cartón, más que nada porque en ellos puede escribir en caso de que quiera terminar con el arriesgado final de milagro, que es opcional y se describirá más adelante.
El efecto: Un voluntario toca uno de los tres posavasos y tú no sabes cuál porque estás de espaldas. Te das la vuelta e identificas correctamente el que tocó el voluntario. Repites el experimento varias veces y siempre aciertas.
El final de infarto (opcional): El espectador se limita a escoger mentalmente uno de los posavasos. Si todo sale bien, sigues acertando, y pruebas que lo sabías con anticipación. Giras el posavasos escogido y revelas el mensaje que habías escrito debajo: “Lo sabía”.
El secreto: Este truco requiere tener un cómplice, o sea, un amigo que esté al tanto del truco, pero nadie más lo sabe. Tu cómplice usa un código sutil y silencioso para indicarte cuál fue el posavasos señalado.
1. Coloca los tres posavasos (o los tres objetos iguales) sobre una mesa.
Puedes comenzar diciendo: “¿Quieren participar en un experimento? Estaba leyendo en una revista científica un artículo sobre las ondas alfa. Son unas ondas cerebrales que los científicos no han logrado medir sin usar electrodos, pero todo parece indicar que hay una especie de fuga de estas ondas al aire a nuestro alrededor. Hagamos una prueba: voy a cerrar los ojos y mientras quiero que uno de ustedes gire uno de estos posavasos. Debe darle la vuelta completa, para que quede exactamente igual que ahora. ¿Entendido? Ahora, cierro los ojos, y me avisan cuando ya hayan terminado la maniobra”.
2. Cuando vuelvas a abrir los ojos, echa un vistazo a las manos de tu cómplice.
Ésta es la clave del truco: los ojos de tu cómplice estaban atentos mientras tú los tenías cerrados, y por eso sabe exactamente cuál ha sido el posavasos elegido.
Tu cómplice debe tener las manos a la vista para poder hacer la señal. Si tiene la mano derecha sobre la izquierda, el posavasos derecho fue el elegido. Si tiene la izquierda sobre la derecha, fue el posavasos izquierdo. En caso de que el escogido fuera el del centro, las manos de tu cómplice deben estar separadas. Las fotos de la figura 6-6 lo muestran con claridad.
No mires fijamente las manos de tu cómplice, no demuestres nerviosismo ni tardes demasiado: una mirada rápida basta para enterarte. Si es posible, lo recomendable es que no mires a tu cómplice directamente sino que mires la señal con el rabillo del ojo.
Figura 6-6: Éstas son las manos de tu cómplice. La mano que está encima te indica cuál ha sido el objeto escogido: el de la izquierda (A), el del centro (B) o el de la derecha (C)
3. Finge que piensas durante unos instantes y luego
“adivina” cuál de los tres posavasos fue el señalado.
“Presiento... presiento... presiento que fue éste. ¿Estoy en lo cierto?”, cierra el puño sobre el posavasos.
Claro que estás en lo cierto.
4. Repite la “prueba” varias veces.
Hay sólo tres objetos, así que hacer el truco una vez y acertar puede ser suerte. Si lo repites, el impacto será mayor.
Con cada nueva repetición, procura aumentar la dificultad. Por ejemplo:
La segunda vez: “Ya sé que piensan que quizás haya algo. Bueno, esta vez no sólo voy a cerrar los ojos, sino que me voy a poner de espaldas para repetirlo”. Tal como acabas de proponer, te das la vuelta y, a pesar de eso, consigues acertar a la hora de decir cuál fue el objeto elegido.
La tercera vez: “Hagámoslo más difícil esta vez. En lugar de darle la vuelta al posavasos, limítate a tocarlo, ¿vale? Veamos si en ese caso aún puedo percibir alguna onda alfa por ahí como para saber cuál fue el que has tocado”.
La cuarta vez: “Repitamos la prueba, pero esta vez ten cuidado de no hacer ningún ruido al tocar el posavasos. Sólo desliza dos dedos sobre el que escojas. Allá vamos”.
La quinta vez: “Creo que ya estoy aprendiendo a hacer esto. Una vez más, pero ahora ni siquiera lo toques. Sólo pon la mano a 20 cm sobre el posavasos durante un instante”.
Tras cinco o seis veces, ya has demostrado tu superioridad para detectar ondas alfa. Da las gracias a tu voluntario y dile que tu capacidad para leer la mente aún no llega al punto de poder adivinar números de tarjeta de crédito, y di que no es más que un buen truco.
Cuando te sientas cómodo haciéndolo, quizás quieras arriesgarte a representar el final milagroso. Sólo funciona una de cada tres veces, pero quien asista a una de las veces exitosas, no podrá pegar ojo en semanas pensando en cómo lo conseguiste.
5. Arriesgado final milagroso (opcional): permite que tu ayudante se limite a escoger mentalmente uno de los tres posavasos.
“Como creo que he aprendido mucho de esto de detectar ondas alfa, les propongo un último experimento. Esta vez voy a girarme y quiero que pienses en uno de los posavasos. Concéntrate en él (con la mente, no con la vista)”.
Tu cómplice no te puede ayudar en esta oportunidad, pues tampoco sabe cuál fue el objeto elegido. Esta vez se lo dejas todo al azar, y tienes una oportunidad entre tres de acertar.
Gírate y examina los posavasos antes de “adivinar”.
En
realidad, vas a escoger el que tiene el mensaje escrito debajo,
¿cierto? Pensando en la posibilidad de hacer este final, escribiste
“Lo sabía” en la parte inferior de una de las servilletas o de los
posavasos.
Te equivocarás dos de cada tres veces. Si te equivocas, no tienes que preocuparte. Encógete de hombros y di algo así como: “¿Acaso pensaban que podría leerles la mente?”. Fracasar en este último intento no empaña tus logros anteriores, al haber acertado cinco o seis veces seguidas. Así que el truco sigue siendo bueno.
Sin embargo, si aciertas esta última vez, tu público será capaz de adorarte. Y más si añades: “De hecho, esta vez no ha sido un asunto de ondas mentales, sino de otra destreza que he venido desarrollando: predecir el futuro. ¿Lo ven?”.
Coge el posavasos y muestra su parte inferior con el mensaje de “Lo sabía”, y luego puedes disfrutar del alboroto que se arma. En cuestión de instantes, uno de los asistentes se acercará para girar los otros dos posavasos y asegurarse de que no había nada escrito en ellos.
La respuesta es obvia: están en blanco, al igual que las mentes de los espectadores cuando intenten averiguar cómo lo has hecho.