XI. La ilusión de realidad
No podemos explorar por completo el cerebro sin fijarnos en un profundo misterio. Estás inmerso en él a cada segundo de tu vida. Imagina que estás de vacaciones en el Gran Cañón. Los fotones de la luz del sol que rebotan en los precipicios establecen contacto con tu retina y se transmiten a tu cerebro. Allí, el córtex visual se activa mediante reacciones electroquímicas que hacen que unos electrones choquen con otros. Sin embargo, tú no eres consciente de este tormentoso y minúsculo proceso. En lugar de eso, ves colores y formas vibrantes, contemplas el inspirador abismo que aparece ante ti, oyes el silbido del viento que atraviesa el cañón y sientes el tórrido sol del desierto sobre tu piel.
Aquí ha ocurrido algo casi indescifrable, porque ni una sola cualidad de esta experiencia está presente en tu cerebro. El Gran Cañón tiene un brillante color rojo, pero sin importar lo mucho que rebusques, no encontrarás ni una sola mancha roja en tus neuronas. Lo mismo ocurre con los otros cuatro sentidos. Aunque sientas el viento en la cara, no encontrarás ni un soplo de brisa en tu cerebro, y su temperatura de 37 grados centígrados no cambiará, tanto si estás en el Sáhara como si estás en el Ártico. Los electrones chocan con otros electrones, eso es todo. Y puesto que los electrones no ven, tocan, oyen, saborean o huelen, tu cerebro tampoco.
En lo que se refiere al misterio, esta es una pregunta difícil. Tu conciencia del mundo que te rodea no puede explicarse mediante un modelo materialista. No obstante, el modelo basado en reacciones químicas y eléctricas, que son materialistas, es justo el campo que la neurología persigue. Se obtienen montones de datos sobre la actividad física del cerebro que generan una excitación tremenda. Sería muy útil que supiéramos con absoluta certeza cómo la conexión mente-cerebro genera el mundo que podemos ver, oír y tocar.
Una vez, mientras Deepak daba una charla sobre el tema de la conciencia elevada, un escéptico se puso en pie entre el público. «Soy científico», se presentó, «y todo esto no es más que una cortina de humo. ¿Dónde está Dios? Usted no tiene ninguna prueba de que exista. Lo más probable es que la iluminación no sea más que un autoengaño. No tiene evidencias de que las cosas sobrenaturales sean reales». Sin pensárselo dos veces, Deepak respondió: «Usted tampoco tiene pruebas de que las cosas naturales sean reales». Y es cierto. Las montañas, los árboles y las nubes parecen bastante reales, pero puesto que no tenemos ni la más mínima idea de cómo es posible que los cinco sentidos surjan del choque de unos electrones con otros, no hay prueba de que el mundo físico encaje con la representación mental que tenemos de él.
¿Un árbol es duro? No para las termitas que lo horadan. ¿El cielo es azul? No para la multitud de criaturas que no distinguen los colores. Las investigaciones han descubierto un rasgo peculiar en los cuervos: reconocen los rostros individuales humanos y reaccionan cuando vuelven a ver un rostro unos días o incluso semanas después. Sin embargo, un rasgo que parece tan humano debe de tener un uso muy diferente en el reino de los pájaros, uno que solo podemos imaginar, ya que nuestro sistema nervioso está sintonizado solo con nuestra realidad, no con la de las aves.
Cada uno de los cinco sentidos puede alterarse y generar una imagen completamente diferente del mundo. Si por «imagen» entendemos aquello que vemos, oímos, olemos, saboreamos y tocamos, la conclusión resulta inquietante. Aparte de la imagen poco fiable que generamos dentro de nuestro cerebro, no tenemos pruebas de que la realidad se parezca en algo a lo que vemos.
Einstein lo dijo de otra manera cuando afirmó que lo más increíble no es la existencia del universo, sino nuestra conciencia de su existencia. He aquí uno de los milagros diarios, y cuanto más ahondas en él, más maravilloso resulta. La conciencia merece ser considerada «el» problema difícil, un término popularizado por David Chalmers, un especialista en la filosofía de la mente.
A nuestro parecer, el problema difícil se vuelve mucho más sencillo cuando le damos a la conciencia un papel principal en lugar de considerarla subordinada al cerebro. Ya te hemos demostrado que tú (tu mente) eres el usuario del cerebro. Si eres tú quien le dice a tu cerebro lo que debe hacer, no sería tan descabellado suponer que la mente llegó primero y el cerebro, después. También te hemos dicho que eres un creador de realidad. El círculo se cerraría si no solo estuvieras reconfigurando tu cerebro a cada momento y activando sus sustancias químicas, sino creando activamente todo lo que hay en él. Este es un papel mucho más radical de la mente, pero los científicos cognitivos y los filósofos con visión de futuro han tomado esa posición, porque tiene muchas ventajas sorprendentes.
El problema difícil es abstracto, pero ninguno de nosotros puede permitirse dejarlo en manos de pensadores profesionales. Lo mejor y lo peor de lo que te ocurrirá hoy (y todo lo que hay entre medias) es fruto de tu conciencia. Pasas cada día añadiendo cosas a ese proyecto, que durará toda la vida. Vamos a llamar a este proyecto «construir una identidad». Todo el mundo tiene derecho a sentirse único, pero la información necesaria para construir tu identidad procede de los mensajes positivos y negativos que registra tu conciencia, empezando con las cosas dolorosas y las placenteras. Los ladrillos que forman la identidad están hechos de «materia mental», así que no es correcto decir que «tienes» conciencia, como tienes un riñón o una epidermis. Tú «eres» conciencia. Un ser humano adulto completamente formado es como un universo andante de pensamientos, deseos, impulsos, preferencias y miedos acumulados a lo largo de los años.
Lo bueno es que tu cerebro, que registra y almacena todas tus experiencias, envía señales claras de lo que necesita cambiar siempre que hay un desequilibrio, una enfermedad y una anomalía en la relación entre mente y cuerpo. Podemos dividir las señales más reveladoras en positivas y negativas.
Construir una identidad
¿Cuántas de estas señales percibes hoy?
Señales positivas
- Calma y satisfacción interior.
- Curiosidad.
- Sensación de apertura.
- Sentimiento de seguridad.
- Determinación, dedicación.
- Sensación de ser aceptado y amado.
- Frescura, tanto física como mental.
- Confianza en uno mismo.
- Alta autoestima.
- Autoconciencia alerta.
- Ausencia de estrés.
- Compromiso, participación.
Señales negativas
- Conflicto interno.
- Aburrimiento.
- Fatiga, tanto física como mental.
- Depresión o ansiedad.
- Furia, agresividad, actitud crítica con uno mismo o con los demás.
- Dudas sobre tu propósito.
- Sensación de inseguridad, de inestabilidad.
- Hipervigilancia, alerta constante ante posibles amenazas.
- Estrés.
- Baja autoestima.
- Confusión, dudas.
- Apatía.
Sin importar en qué etapa de tu vida estés, tu cerebro te ha estado enviando señales desde la más temprana infancia, enfrentando unas con otras sin cesar y contribuyendo así al desarrollo de tu personalidad.
La sociedad da unas directrices para la construcción de la identidad, pero cada persona crea un «yo» distinto dentro del mismo marco. Este proceso de creación es complejo y poco conocido. Se supone que debemos crearnos a nosotros mismos de manera instintiva. Nos abrimos camino en miles de situaciones distintas, y el resultado neto es una construcción provisional. Tardamos dos o tres décadas en construirla, pero aun así ninguno de nosotros sabemos en realidad cómo hemos llegado a la identidad que habitamos. Es necesario mejorar el proceso en general. Puesto que todo lo que crea una identidad ocurre en la conciencia, ahora tienes una razón personal para solucionar el problema difícil. Tienes por delante algunos argumentos bastante espinosos, pero el resultado final será un incremento enorme de tu bienestar.
Los fantasmas dentro del átomo
Desde la época de sir Isaac Newton, la física se ha basado en la juiciosa creencia de que el mundo físico es sólido y estable. Así pues, la realidad empieza «ahí fuera». Es algo obvio. Einstein aseguró que esta creencia era su religión. En cierta ocasión, mientras paseaba a la luz del crepúsculo con otro gran físico cuántico, Niels Bohr, ambos charlaban sobre el problema de la realidad. No había sido un problema para la ciencia hasta la era cuántica, cuando los diminutos objetos sólidos conocidos como átomos y moléculas empezaron a desvanecerse y se transformaron en nubes vertiginosas, e incluso esas nubes resultaban escurridizas. Las partículas como los fotones y los electrones no tenían un lugar fijo en el espacio, por ejemplo, sino que se regían por las leyes de la probabilidad.
La mecánica cuántica sostiene que nada es fijo ni seguro. Existe una posibilidad infinitesimal, por ejemplo, de que la gravedad no provoque que una manzana caiga de un árbol y de que, en lugar de eso, la mueva hacia un lado o hacia arriba, aunque esas anomalías no se aplican a las manzanas (la probabilidad de que una manzana no caiga es infinitamente remota), sino a las partículas subatómicas. Su comportamiento es tan extraño que dio lugar a un aforismo de Werner Heisenberg, el creador del Principio de Incertidumbre: «El universo no es solo más extraño de lo que pensamos, es más extraño de lo que podemos pensar».
Esta extrañeza inquietó a Einstein hasta el final de su vida. Una controversia en particular estaba relacionada con el observador. La física cuántica dice que las partículas elementales existen como ondas invisibles que se extienden en todas direcciones hasta que un observador las mira. En ese momento, y solo entonces, la partícula asume un lugar en el tiempo y en el espacio. Cuando paseaba con Bohr, que intentaba convencerlo de que la teoría cuántica encajaba con la realidad, Einstein señaló la luna y dijo: «¿De verdad crees que la luna no está ahí cuando no la miras?». Tal y como avala la historia de la ciencia, Einstein se encontraba en el lado perdedor de la discusión. Como Bruce Rosenblum y Fred Kuttner explican en su revelador libro El enigma cuántico, «en 1923, los físicos se vieron obligados finalmente a aceptar la dualidad onda-partícula: un fotón, un electrón, un átomo, una molécula (en principio, cualquier objeto) puede ser o bien compacto o bien ampliamente disperso. Puedes elegir cuál de estas características contradictorias quieres demostrar». Esto parece algo técnico, pero el remate no lo es: «La realidad física de un objeto depende de que se decida observarlo. La física ha encontrado la conciencia, pero no se ha dado cuenta de ello».
El hecho de que el mundo físico no es algo obvio se ha demostrado una y otra vez, y este hecho tiene una importancia enorme para tu cerebro. Todo lo que hace que la luna sea real para ti (su resplandor blanco, su superficie visible, sus ciclos, su órbita alrededor de la tierra) ocurre gracias a tu cerebro. Todos los aspectos de la realidad nacen «aquí dentro» como una experiencia. Incluso la ciencia, por más objetiva que pretenda ser, es una actividad que tiene lugar en la conciencia.
Cada día los físicos pasan por alto sus revolucionarios descubrimientos sobre el reino cuántico. Conducen coches, y no nubes de energía, para ir al trabajo. Una vez que sus coches están aparcados, se quedan donde están. No se dispersan en ondas invisibles. De la misma manera, un neurocirujano que secciona la materia gris acepta que el cerebro que hay bajo su escalpelo es sólido y está firmemente situado en el tiempo y el espacio. Así pues, cuando queremos profundizar más que el cerebro, debemos viajar a un reino invisible en el que se dejan atrás los cinco sentidos. Quizá no hubiera un motivo apremiante para realizar ese viaje si la realidad fuera algo garantizado, pero no lo es, ni mucho menos. Prestaremos atención a las palabras del famoso neurólogo británico sir John Eccles: «Quiero que se den cuenta de que en el mundo natural no existen los colores, ni los sonidos... ni nada parecido. No hay texturas, ni patrones, ni belleza ni aromas».
Es posible que sientas una especie de desasosiego existencial al tratar de imaginar qué hay ahí fuera si no hay color, sonidos ni texturas. Reducir los colores a vibraciones de la luz no resolverá nada. Las vibraciones miden las ondas de luz, pero no dicen nada sobre la experiencia de ver los colores. Las mediciones son reducciones de la experiencia, pero no la sustituyen. La ciencia rechaza el mundo subjetivo, en el que ocurren las experiencias, porque es inconstante, variable y no se puede medir. Si una persona adora los cuadros de Picasso y otra los detesta, se puede decir que son dos experiencias opuestas, pero no se les puede asignar un valor numérico. Los escáneres cerebrales tampoco sirven de nada, ya que se activan las mismas áreas de la corteza visual.
¿Dónde queda el terreno sólido si todo se mueve y cambia? No se puede vivir en un mundo basado en una ilusión escurridiza. Tal y como nosotros lo vemos, la salida es darse cuenta de que la ciencia se engaña con su propia ilusión de la realidad. Al rechazar las experiencias subjetivas como el amor, la belleza y la verdad, y sustituirlas por datos objetivos (hechos que se suponen más fiables), la ciencia insinúa que las vibraciones son lo mismo que los colores, y que el choque de electrones en el cerebro equivale a los pensamientos. Ninguna de las dos cosas es cierta. Es necesario eliminar la ilusión de realidad, y eso solo puede hacerse desechando algunas suposiciones desfasadas.
Eliminando la ilusión de realidad
Viejas creencias que hay que desechar
- La creencia de que el cerebro genera la conciencia. En realidad, ocurre todo lo contrario.
- La creencia de que el mundo material es sólido y fiable. Lo cierto es que el mundo físico es cambiante y escurridizo.
- La creencia de que la vista, el oído, el tacto, el gusto y el olfato se corresponden con el mundo de «ahí fuera». En realidad, todas las sensaciones se producen en la conciencia.
- La creencia de que el mundo físico es el mismo para todos los seres vivos. A decir verdad, el mundo físico que experimentamos no es más que un reflejo del sistema nervioso humano.
- La creencia de que la ciencia maneja datos empíricos. En realidad, la ciencia organiza y genera expresiones matemáticas para las experiencias que tienen lugar en la conciencia.
- La creencia de que hay que vivir la vida basándonos en la razón y el sentido común. En realidad, deberíamos abrirnos camino utilizando la conciencia tanto como nos sea posible.
Nos estamos adentrando en los espinosos argumentos que te prometimos, pero el mundo físico sólido se desvaneció hace unos cien años, cuando apareció la realidad cuántica. A los científicos les desconcierta, como a todo el mundo, ver que la luna y las estrellas se desvanecen. Con un lúgubre sentido de irrevocabilidad, como el de un sacerdote frente a un ataúd, el teórico físico francés Bernard d’Espagnat dice: «La doctrina que afirma que el mundo se compone de objetos cuya existencia es independiente de la conciencia humana resulta estar en conflicto con la mecánica cuántica y con los hechos demostrados en el laboratorio».
¿Por qué debería importarnos esto? Cuando aceptamos la realidad en lugar de una ilusión, existen muchísimas más posibilidades... infinitas, de hecho. No hay necesidad de ponerse lúgubre. La mente siempre se ha sorprendido a sí misma. Ahora tiene una oportunidad de desarrollar su potencial.
Qualia
Es una enorme suerte para los seres humanos que nuestro cerebro sea capaz de adaptarse a cualquier cosa que imaginemos. En términos neurológicos, todos los colores, sonidos y texturas que experimentamos se agrupan bajo el término qualia, que en latín significa «cualidades». Los colores son qualia, y también los olores. El sentimiento de amor es un qualia; en realidad, el propio sentimiento de estar vivo es un qualia. Somos como antenas temblorosas que convierten miles de millones de datos sin procesar en un mundo ajetreado, ruidoso y lleno de colores; un mundo compuesto por cualidades. Así pues, cada experiencia es una experiencia qualia. El mundo es tan anodino que nadie habría podido imaginar que los qualia se convertirían en un misterio desconcertante, pero así es.
Según la física cuántica, la conclusión ineludible es que los objetos físicos no poseen atributos estables. Las rocas no son duras; el agua no moja; la luz no es brillante. Todas estas características son qualia creados en tu conciencia, que utiliza el cerebro como fábrica procesadora. El hecho de que un físico conduzca un coche hasta el trabajo en lugar de una nube de energía no significa que la nube invisible de energía pueda desecharse. Esa nube reside en el nivel cuántico, donde nace el tiempo, y el espacio, y todo aquello que llena el espacio. No puedes experimentar el tiempo a menos que tu cerebro se interconecte con el mundo cuántico. Tampoco puedes experimentar el espacio, ni nada de lo que existe en él.
Tu cerebro es un aparato cuántico, y en algún lugar más allá de los cinco sentidos, eres una fuerza creativa. El tiempo es tu responsabilidad. El espacio te necesita. No es que necesite que existas, sino que necesita que existas en tu realidad. Esto puede parecer algo confuso, así que vamos a aclararlo con un ejemplo. Existe un sexto sentido que casi todo el mundo pasa por alto: el sentido de la localización de tu cuerpo, incluyendo su forma y la posición de tus extremidades. Este sentido se llama propiocepción. Saber dónde está tu cuerpo precisa receptores en tus músculos, y también neuronas sensoriales en el oído interno, junto con tu sentido del equilibrio, cuyo centro está en el cerebelo. Se trata de un circuito complejo, y cuando se estropea, la gente tiene la horrible sensación de que carece de cuerpo. No saben, por ejemplo, si tienen el brazo derecho levantado hacia arriba, extendido hacia delante o pegado al costado. Son casos muy raros, además de fascinantes. Una de las maneras de conseguir que alguien que carece de propiocepción sienta que tiene un cuerpo es subirse a un descapotable con la capota bajada.
El viento los envuelve y, detectado por los receptores funcionales de la piel, sustituye la pérdida del sexto sentido.
En otras palabras, la sensación de estar envueltos por el viento les da a estas personas un lugar en el espacio. Puesto que esa sensación ocurre en el cerebro, está claro que el espacio necesita al cerebro para existir. Si un neutrino tuviera sistema nervioso, no reconocería nuestro sentido del espacio, ya que un neutrino es una partícula subatómica que puede atravesar la Tierra sin aminorar la velocidad; para esta partícula, la Tierra es un espacio hueco. Siguiendo este mismo razonamiento, el tiempo también necesita el cerebro, como puede demostrarse fácilmente cuando te vas a dormir y el tiempo se detiene. No se detiene en el sentido de que el reloj espera a que despiertes por la mañana. Se detiene para ti.
Una vez que eliminas todas las cualidades que procesa el cerebro, el mundo de «ahí fuera» se queda sin propiedades físicas. Tal y como dijo el eminente físico alemán Werner Heisenberg: «Los átomos o partículas elementales no son reales en sí; forman un mundo de potenciales o posibilidades, y no uno de cosas o hechos». Lo que queda cuando los átomos y las moléculas se desvanecen es el creador de esos «potenciales o posibilidades». ¿Y quién es ese elusivo creador invisible? La conciencia.
Descubrir que eres un creador es una perspectiva emocionante. Debemos saber más. Un especialista en percepción, el científico cognitivo Donald D. Hoffman, de la Universidad de California en Irvine, acuñó un término muy útil: «agente consciente». Un agente consciente percibe la realidad gracias a un tipo específico de sistema nervioso. No hace falta que sea un sistema nervioso humano. Otras especies también son agentes conscientes. Sus cerebros interactúan con el tiempo y el espacio, aunque no como el nuestro. Un oso perezoso en Sudamérica avanza solo unos cuantos metros al día, un paso que a nosotros (pero no a él) nos parecería penosamente lento. Al perezoso el tiempo le parece normal, igual que al colibrí que bate las alas ochenta veces por segundo.
Aquí nos encontramos con una de las creencias básicas que hacen que la ilusión de la realidad se vuelva más fuerte, la creencia de que el mundo objetivo es el mismo para todos los seres vivos. Con un lenguaje algo técnico, Hoffman realiza un sorprendente ataque a esta idea: «Las experiencias perceptivas no equivalen ni se aproximan a las propiedades del mundo objetivo, sino que proporcionan una interfaz de usuario específica para cada especie en ese mundo». Si has seguido la lógica hasta ahora, entenderás esta frase, salvo por el término «interfaz de usuario», que suele utilizarse cuando se habla de ordenadores.
Imagina el universo como una experiencia, y no como una cosa. Puedes experimentar lo que parece una amplia parte del cosmos si contemplas el cielo cuajado de estrellas en una noche veraniega despejada, pero esas estrellas no son ni siquiera una billonésima parte del total. El universo no puede llegar a entenderse sin un sistema nervioso infinito. Gracias a su trillón de sinapsis, el cerebro humano consigue ponérselo difícil al infinito. Aun así, quizá nunca llegaras a ver, oír o tocar nada si tuvieras que estar en contacto con tus sinapsis: el simple hecho de abrir los ojos requiere miles de señales sincronizadas. Por esa razón la naturaleza ideó una vía de acceso rápido, que se parece mucho a las teclas de acceso directo que utilizas cada día en tu ordenador. Con un ordenador, cuando quieres eliminar una frase no tienes más que pulsar la tecla «Borrar». No hace falta que rebusques en las entrañas del aparato ni que trastees con su programación. No tienes que reorganizar las secuencias con miles de ceros y unos del código digital. Basta con apretar una simple tecla. Así funciona una interfaz de usuario. De la misma forma, cuando creas los qualia, como la dulzura del azúcar o el brillo de una esmeralda, no necesitas adentrarte en tu cerebro ni retocar su programación. Abres los ojos, ves luz y... ¡bingo! De repente el mundo está ahí.
Con argumentos similares a este, Hoffman se ha convertido en un valiente precursor. Tiene en su contra a todo el bando de los científicos que afirman que es el cerebro quien crea la conciencia. Hoffman le ha dado la vuelta y asegura que la conciencia crea el cerebro. Ningún bando lo tiene fácil para demostrar su teoría. El bando de «el cerebro primero» debe probar cómo aprenden a pensar los átomos y moléculas. El bando de «la conciencia primero» debe demostrar cómo es posible que la mente cree átomos y moléculas. La astucia de la posición de Hoffman (y le agradecemos de corazón su cuidadoso razonamiento) reside en que él no tiene por qué comprometerse a explicar la realidad definitiva, un problema que desafía la razón. ¿Es Dios la realidad definitiva? ¿Tu universo procede de un número infinito de universos alternativos? ¿Acaso Platón dio con la respuesta correcta hace miles de años al decir que la existencia material se basa en formas invisibles?
Aquí entran en conflicto muchas teorías, pero si te quedas con la interfaz del usuario (la vía de acceso rápido de la naturaleza), el hecho de localizar o no la realidad última carece de importancia. Los físicos pueden conducir su coche hasta el trabajo y aun así saber que los coches son en realidad nubes invisibles de energía. Lo que importa es que un sistema nervioso crea una imagen y vive basándose en ella. El tiempo y el espacio son reales solo para ti, y lo mismo ocurre con todo lo demás. Los religiosos y los ateos pueden sentarse a tomar un té juntos sin pelear. El problema de la realidad definitiva no se resolverá hasta dentro de mucho, muchísimo tiempo. Hasta entonces, todos nosotros seguiremos creando nuestra realidad personal... y, con un poco de suerte, lo haremos mejor.
Persiguiendo la luz
Si logras aceptar que eres un agente consciente, vamos bien. No obstante, queda una fastidiosa cuestión por aclarar. ¿Qué es lo que hace realmente un agente consciente? En el libro del Génesis, Dios dijo: «Que se haga la luz», y la luz se hizo. Tú estás participando de ese acto creativo en este mismo instante, solo que no necesitas palabras (y seguro que Dios tampoco las necesitó). De una forma silenciosa, el ladrillo más básico de la creación, la luz, se hace realidad en el momento en que abres los ojos. Si eres tú quien hace que la luz sea real para ti, ¿cómo lo haces?
Retrocedamos trece mil ochocientos millones de años. En el momento del Big Bang, el cosmos estalló a partir del vacío. La física acepta que cada partícula del universo sale y entra del vacío a toda velocidad, miles de veces por segundo. Existen varios términos para el vacío: vacío cuántico, estado primitivo del universo, el campo de ondas de probabilidad... Sin embargo, el concepto esencial es el mismo. Mucho más real que el universo físico es el potencial infinito del que surge aquí y ahora. A nivel del campo cuántico, el génesis nunca se detuvo: todos los sucesos pasados, presentes y futuros están integrados en él. Y también todas las cosas que imaginamos o concebimos. Por esa razón se necesitaría un sistema nervioso infinito para percibir realmente la realidad «real».
En lugar de eso, creamos imágenes cerebrales que llamamos realidad, aun cuando esas imágenes son muy limitadas. El único mundo que existe para los seres humanos refleja la evolución del sistema nervioso humano. Las imágenes cerebrales evolucionan. Los físicos actuales no miran el fuego como lo hacían los hombres de Cromañón (que seguramente lo reverenciaban). De pronto entendemos por qué las regiones inferiores del cerebro no se eliminaron ni desecharon cuando las funciones superiores empezaron a adquirir una importancia capital. Todas las versiones anteriores del sistema nervioso (hasta las más primitivas respuestas sensoriales de los organismos unicelulares que nadaban hacia la luz del sol en un estanque) han sido incorporadas e integradas en el cerebro que tienes hoy. Gracias a tu neocórtex, puedes disfrutar de una orquesta tocando una melodía de Bach, que a un chimpancé le parecería un ruido raro... pero si algún demente le disparara al clavicordista, responderías con toda la fuerza primitiva de la reacción de huida o lucha del cerebro reptiliano.
El cerebro humano no evolucionó por sí solo; siguió la imagen del mundo que existía en la conciencia. La interfaz de usuario sigue mejorando para adaptarse a lo que el usuario desea hacer. En este momento, eres la última versión de la interfaz, porque estás participando en la última «imagen mundial» hacia la que los humanos han evolucionado.
Uf.
Según la teoría de Hoffman, que él denomina realismo consciente, «el mundo objetivo está formado por agentes conscientes y sus constantes experiencias». Adiós a todo lo de «ahí fuera»; hola a todo lo de «aquí dentro». De hecho, los dos mundos tienen un origen común. La conciencia no tiene problema a la hora de fusionar ambas partes de la realidad. Ahora ha llegado el momento de que te abroches el cinturón de seguridad. En realidad no existe un mundo «ahí fuera» ni «aquí dentro». Solo existe la experiencia de los qualia. Los átomos y las moléculas no son cosas; son descripciones matemáticas de la experiencia. El espacio y el tiempo no son más que descripciones de experiencias. Tu cerebro no es el responsable de ninguna de estas cosas, porque tu cerebro no es más que una experiencia de tu mente.
Este es un salto enorme, pero nos otorga un poder ilimitado. Literalmente incalculable, ya que nuestros padres y la sociedad que nos rodea no pueden decirnos quiénes somos en realidad. Somos la fuente de los qualia. Somos guardianes de la conciencia que no necesitan inclinarse antes las fuerzas de la naturaleza. Tenemos en nuestras manos la clave para hacer que la naturaleza se incline ante nosotros. A pesar de nuestras mentes limitadas, ordenamos «Que se haga la luz», igual que lo hizo Dios con su mente infinita. Y, aun así, este conocimiento en realidad no desbloquea el poder. Si te paras en medio de las vías delante de un tren en marcha y murmuras: «Yo creo esta realidad», tu mente no impedirá que la enorme masa de la locomotora impacte con la insignificante masa de tu cuerpo, con resultados por desgracia bastante sangrientos.
Los antiguos sabios de la India no se habrían amilanado ante una locomotora (si los trenes hubieran existido por aquel entonces), ya que afirmaban que el mundo es solo un sueño. Si un tren te atropella en un sueño, quizá sientas todas las sensaciones de un atropello en la vida real, pero al final te despiertas. Ahí está la diferencia. Despertar de un sueño nos parece algo fácil y natural. Despertar de la realidad física nos parece algo imposible, y mientras permanezcamos en este mundo representativo que llamamos realidad física, sus reglas seguirán siendo las leyes del movimiento de Newton. ¿Y ahí acaba la cosa?
En cierta ocasión, un brujo tomó la mano de su aprendiz y le dijo que se agarrara con fuerza. «¿Ves ese árbol de allí?», preguntó el brujo, y de repente saltó por encima de la copa del árbol, llevándose al aprendiz con él. Cuando aterrizaron en el suelo de nuevo, el aprendiz se puso muy nervioso. Se sentía mareado y confundido; se le revolvió el estómago y empezó a vomitar. El brujo lo observó con calma. Así reaccionaba la mente cuando le demostraban que se engañaba a sí misma. La mente no es capaz de creer que es posible saltar sobre la copa de un árbol en la vida real, aunque en sueños sí lo sea.
Sabemos que los sueños tienen lugar en nuestra cabeza, pero no tenemos en cuenta que el mundo que vemos cuando estamos despiertos también ocurre en nuestra cabeza. Sin embargo, una vez que se le demuestra a la mente ese error, aparece una nueva realidad. Quizás hayas reconocido esta anécdota como uno de los escritos de Carlos Castaneda y su famoso maestro, el brujo yaqui Don Juan. Por supuesto, cualquier persona sensata sabe que esos libros son de ficción.
No obstante, despertar del sueño es la clave para la iluminación, como vimos en el último capítulo. Esta es la base del vedanta, la tradición espiritual más antigua de la India, extendida por toda Asia. Un concepto clave en el vedanta es el pragya parada, traducido como «el error del intelecto» o algo similar. El error se produce al olvidar quién eres. Si nos vemos como seres separados, aislados, nos rendimos al aspecto del mundo y aceptamos que las fuerzas naturales sin mente nos controlen. No estamos diciendo que haya que saltar por encima de los árboles o ponerse en medio de las vías del tren. El estado de vigilia tiene sus reglas y sus limitaciones. Todo el argumento de los qualia pretende volver al acto básico y natural de la percepción, demostrar que la realidad no es algo garantizado. Percibimos lo que la evolución de nuestro sistema nervioso nos permite percibir.
Para convertir la teoría en práctica, tomemos este nuevo punto de vista y veamos cómo puede cambiar tu vida.
Reforzando la interfaz
- Sin conciencia no es posible conocer ninguna realidad. Puedes crear cualquier cualidad (qualia) que quieras.
- Todo el mundo crea qualia. El secreto es hacerlo mejor.
- Para hacerlo mejor, debes acercarte a la fuente creativa.
- La fuente creativa es un campo de infinitas posibilidades.
- Ese campo está en todas partes, y también en el interior de tu propia conciencia.
- Atrapa la fuente de la conciencia pura y tendrás todas las posibilidades a tu alcance.
Esta secuencia representa un conocimiento milenario, procedente de sabios que eran «Einsteins» de la conciencia. Una vez que vuelvas a tu fuente, que es conciencia pura, recuperarás el control sobre los qualia. Si recibes mensajes negativos sobre tu vida (que pueden ser pensamientos negativos «aquí dentro» o sucesos negativos «ahí fuera»), esos son qualia. Lo que significa que pueden cambiarse si cambias tu conciencia.
Recuperar el control sobre los qualia es la clave para remodelar el cerebro y tu realidad personal al mismo tiempo. Los sabios y visionarios de las tradiciones orientales celebrarían este argumento con una sonrisa y un encogimiento de hombros, como diciendo: «Por supuesto». En la era materialista, todo el mundo se queda con la boca abierta.
A estas alturas, algunos lectores quizá hayan empezado a quejarse. Aquí están, leyendo un libro sobre el cerebro, y de repente ¡el cerebro se ha desvanecido! Ha sido sustituido por la omnipresente conciencia. Los escépticos no estarán de acuerdo con nada (creednos, ya nos hemos visto las caras muchas veces). No dejan de decir con terca insistencia que la conciencia «es» el cerebro. Pero Hoffman no se retracta. Coge la premisa básica de este libro, que tú eres el usuario de tu cerebro y no al contrario, y la lleva al límite: «La conciencia crea la actividad cerebral y los objetos materiales del mundo». En otras palabras, no somos máquinas que aprendieron a pensar; somos pensamientos que aprendieron cómo fabricar máquinas. Una vez que aceptes esto, toda la ilusión de realidad estallará.
Conciencia fuera del cerebro
Después de llegar hasta aquí, ¿qué postura crees que es la correcta? Si crees que tu cerebro es el creador de la conciencia, entonces los materialistas ganarán la discusión. Y no solo los materialistas, sino también los ateos, que creen que la mente muere cuando lo hace el cerebro. También podemos incluir a aquellas personas que no tienen nada en contra de Dios, si no que sencillamente aceptan que las rocas son duras, que el agua moja, y todas las experiencias comunes que mantienen el mundo de cada día unido. Sin embargo, la verdad saldrá a la luz, y si es cierto que la conciencia es lo primero y que después llegó el cerebro, tiene que haber pruebas de ello.
Vamos, entonces, a las pruebas experimentales. Allá por la década de los sesenta, los investigadores pioneros T. D. Duane y T. Behrendt demostraron que los patrones de ondas cerebrales de dos individuos pueden sincronizarse entre sí. El experimento estaba basado en los electroencefalogramas de dos gemelos idénticos. (Esto ocurrió décadas antes de que aparecieran las modernas técnicas para obtener imágenes cerebrales, como la resonancia magnética).
Con el fin de demostrar los informes anecdóticos que afirmaban que los gemelos comparten los mismos sentimientos y sensaciones físicas, incluso cuando están separados, los investigadores alteraron el patrón electroencefalográfico de uno de los gemelos y observaron el efecto en el otro. En dos de las quince parejas de gemelos, cuando uno cerraba los ojos, se generaba de inmediato un ritmo alfa no solo en su cerebro, sino también en el de su gemelo, aunque este permaneciera con los ojos abiertos y estuviera sentado en una habitación iluminada.
¿Acaso comparten la mente y esa es la razón por la que algunos gemelos (que no todos) sienten lo mismo? Hay anécdotas sorprendentes que apoyan este descubrimiento. En su profundo libro The One Mind (La única mente), el doctor Larry Dossey presenta el estudio de Duane-Bherendt y relata una historia que lo apoya:
En uno de los casos participaban los gemelos idénticos Ross y Norris McWhirter, que eran bien conocidos como coeditores británicos de El libro Guinness de los récords. El 27 de noviembre de 1975, Ross recibió dos disparos fatales en la cabeza y en el pecho realizados por dos pistoleros que lo estaban esperando en la puerta de su casa al norte de Londres. De acuerdo con un individuo que se encontraba con su hermano gemelo Norris, este reaccionó de una forma dramática en el momento del disparo, casi como si él también hubiera sido alcanzado por una «bala invisible».
Varios estudios relacionados demuestran que una mente puede conectar con otra, como indica la correlación entre el patrón de ondas cerebrales. (El propio Rudy tiene una hermana melliza, Anne. Para su asombro, cuando tiene un súbito impulso de llamarla, descubre que ella está física o mentalmente indispuesta. De algún modo, él nota que pasa algo malo). No solo ocurre con los gemelos: las madres lactantes están sincronizadas con sus bebés, y los sanadores con sus pacientes. En el marco del materialismo, se mira con sorna la existencia de sanadores, pero Dossey cita un estudio pionero sobre sanadores nativos hawaianos conducido por la difunta doctora Jeanne Achterberg, una fisióloga de la conexión mente-cuerpo a la que le fascinaban las anécdotas que aseguraban que estos sanadores a menudo realizaban su trabajo a distancia.
En 2005, después de una investigación de dos años, Achterberg y sus colegas reunieron a once sanadores hawaianos. Todos ellos habían practicado su tradición sanadora nativa durante una media de veintitrés años. Se les pidió a los sanadores que seleccionaran a una persona con quien hubieran trabajado con éxito en el pasado y con quien sintieran una conexión empática. Esa persona sería el receptor de la sanación en un entorno controlado. Los sanadores describieron sus métodos de muchas y variadas formas: como oraciones, como enviar energía o buenas intenciones, o simplemente pensar y desear el mayor bien posible para sus pacientes. Achterberg llamó a estos métodos Intencionalidad Distante (ID).
Cada receptor estaba separado del sanador y sometido a una resonancia magnética para evaluar su actividad cerebral. Se les pidió a los sanadores que enviaran aleatoriamente ID a intervalos de dos minutos; de esta manera, los receptores no podrían anticipar cuándo se enviaban las ID. Sin embargo, sus cerebros sí. Se encontraron diferencias significativas entre los períodos experimentales (de envío) y los períodos de control (sin envíos) en diez de los once casos. Durante los períodos de envío, distintas regiones específicas del cerebro de los sujetos se «iluminaban» en la imagen del escáner, lo que indicaba un aumento de la actividad metabólica. Esto no ocurría durante los períodos en los que no había envíos. Dossey escribe: «Entre las áreas del cerebro que se activaban estaban las circunvoluciones cingulares anterior y media, la precuña y las áreas frontales. Había, aproximadamente, menos de una posibilidad entre diez mil de que esos resultados se debieran al azar».
El budismo y otras tradiciones espirituales orientales consideran la compasión un requisito universal compartido por la mente humana en su conjunto. Este estudio apoya esta idea al demostrar que la compasión que envía una persona puede ejercer efectos físicos mesurables en otra que se encuentra a distancia. Los vínculos empáticos son reales. Pueden atravesar el espacio que parece separar al «yo» del «tú». Esta conexión no es física; es invisible y se extiende fuera del cerebro.
Pensar de esta manera ya no es algo que salga de manera natural, aunque si preguntas, alrededor de un 80 por ciento de la gente te dirá que sí. Si existe, Dios debe tener mente, y sería imposible decir que la mente de Dios fue creada en el interior del cerebro humano. No obstante, la gente se siente incómoda cuando zarandeas su perspectiva del mundo, incluso cuando las pruebas (tanto los estudios físicos cerebrales como la experiencia que los sabios y visionarios han adquirido a lo largo de miles de años) ofrecen una nueva realidad. Puesto que una nueva realidad nos beneficiaría a todos, adentrémonos en la guarida del león y demostremos por qué la conciencia no puede haber sido creada por el cerebro.
En enero de 2010, Ray Tallis, a quien se describe como un terapeuta erudito y ateo, organizó un ingenioso reto para el bando de «el cerebro primero». Su artículo en la revista New Scientist se tituló «Por qué no vais a encontrar la conciencia en el cerebro». Como «neuroescéptico», Tallis arremete contra las pruebas básicas que hacen creer a los científicos que el cerebro es el creador de la conciencia: los ya conocidos escáneres de resonancia magnética funcional, que muestran zonas iluminadas en el cerebro en correlación con la actividad mental. A estas alturas, el lector ya sabe bastante sobre ellos. Tallis repite algunos de los puntos que hemos visto.
En primer lugar, a todos los científicos se les enseña que una correlación no es una causa. La radio se ilumina cuando suena la música, pero no es la que la crea. De la misma forma, uno puede afirmar que la actividad cerebral no genera los pensamientos, aunque en la actualidad podamos ver qué áreas se iluminan.
Las redes neuronales identifican e intervienen en la actividad eléctrica. No piensan realmente.
Que haya actividad eléctrica no significa que se esté teniendo una experiencia, que es lo que ocurre en la conciencia.
Para caldear este asunto, Tallis lanza desafíos muy reveladores, como los siguientes. La ciencia ni siquiera se ha acercado a explicar cómo es posible que veamos el mundo como un todo, pero también distinguir los detalles cuando así lo queremos. Tallis llama a esto «mezclar sin triturar». Puedes mirar una multitud y verla como un mar de rostros, por ejemplo, pero también puedes fijarte en una cara que reconozcas. «Mi campo sensorial es un conjunto formado por muchas capas que también mantiene su multiplicidad», escribe Tallis. Nadie puede describir cómo es posible que una neurona tenga esta capacidad, porque no la tiene.
Pedirle al cerebro que «almacene» un recuerdo es imposible, sostiene Tallis. Las reacciones químicas y eléctricas solo ocurren en el presente. Las sinapsis se disparan en el momento, no por algún resto de lo ocurrido en el minuto anterior, y mucho menos por el pasado distante. Una vez que la activación se ha terminado, las señales químicas que atraviesan la sinapsis vuelven a su posición original. El cerebro puede fortalecer ciertas sinapsis y debilitar otras mediante un proceso denominado potenciación a largo plazo. Así es como ciertos recuerdos se integran y otros no. La cuestión es si el cerebro es capaz de recordar lo que hizo en el pasado, o en realidad es la conciencia quien lo hace. La sal se disuelve solo en el momento en que la agitas dentro de un vaso de agua. No puede almacenar el recuerdo de haberse disuelto en agua en 1989.
Tallis resalta que existen asuntos incluso más básicos, como el de la personalidad: no se ha encontrado la localización del «yo» (de la persona que tiene la experiencia) en el cerebro. Sencillamente, sabes que existes. Nada se ilumina en tu cerebro; no se consumen calorías para mantener tu sentido de la identidad. A efectos prácticos, si hubiera que demostrar la identidad científicamente, un escéptico podría examinar las imágenes cerebrales y demostrar que no existe un yo, salvo que es obvio que existe, digan lo que digan los escáneres. En realidad, el «yo» opera en todo el cerebro. Produce imágenes del mundo sin meterse en ellas, del mismo modo que un pintor crea un cuadro sin adentrarse en él. Decir que el cerebro crea la identidad es como decir que los cuadros crean a los pintores. No se sostiene.
Y aquí empieza la acción. Si el cerebro es una máquina biológica, como afirman los materialistas (una famosa frase de un experto en inteligencia artificial define al cerebro como «un ordenador hecho de carne»), ¿cómo puede la máquina generar opciones nuevas e inesperadas? Ni siquiera el ordenador más potente del mundo puede decir: «Quiero tomarme un día libre» o «Hablemos de otra cosa». No tiene más remedio que atenerse a su programación.
Por lo tanto, ¿cómo puede una máquina hecha de neuronas cambiar de opinión, tener impulsos espontáneos, negarse a ser razonable y hacer todas esas cosas que hacemos por capricho? No puede. Son cuestiones de libre albedrío, que el determinismo estricto debe negar. En un restaurante chino, todos somos libres de elegir un plato de la columna A y otro de la columna B. Si cada una de las reacciones cerebrales viene predeterminada por las leyes químicas y físicas (como aseguran los neurocientíficos), la comida que pedirás la semana que viene, o dentro de diez años, escapa a tu control. Y eso es absurdo. ¿Somos prisioneros de las leyes de la física o de nuestras propias hipótesis?
El razonamiento de Tallis resulta devastador, pero fue descartado como filosofía, no como ciencia. (Hay una conocida frase que se suele utilizar cuando el pensamiento de un científico va más allá de los límites establecidos: «Cállate y calcula»). La neurología puede seguir sin responder a semejantes retos y excusarse diciendo que todos los interrogantes serán resueltos en el futuro. Sin duda, muchos lo serán (y Rudy se esfuerza para ello). Sin embargo, a menos que se demuestre cómo aprendieron a pensar los átomos y las moléculas, la imagen científica de la realidad será bastante desacertada.
En nuestra opinión, hemos superado las pruebas. Hemos atravesado la zona espinosa. Lo único que queda es demostrar cómo puedes controlar los qualia de tu vida. Las señales negativas pueden transformarse en señales positivas. Y, lo más importante, puedes dar el próximo paso de tu propia evolución.
Soluciones supercerebrales. Bienestar
La felicidad es difícil de conseguir y mucho más difícil de explicar. Pero si quieres experimentar un estado de bienestar (definido como felicidad y buena salud en general), el cerebro debe enviar señales positivas, y no negativas. ¿Qué significa «positivo»? Tiene que ser algo más que el torrente de impulsos agradables que sientes cuando experimentas algo placentero. Las células necesitan mensajes positivos para sobrevivir. Así que definamos «positivo» como un estado qualia. Si la calidad de tu vida se incrementa constantemente, sus visiones, sonidos, sabores y texturas cambiarán sin cesar, pero en lugar de ser una mezcla caótica, habrá un avance de por vida en dirección al bienestar.
Eres tú quien crea y mantiene los ingredientes del bienestar. El control está «aquí dentro». Tomemos a dos personas con idénticos trabajos, ingresos, casas, posición social y educación. Entre estas cosas hay también años de experiencia. Sin embargo, cada persona procesa sus experiencias de forma diferente. A los cincuenta, el señor A se siente cansado, inquieto, un poco aburrido y algo cínico. Su entusiasmo por la vida empieza a desvanecerse. Se pregunta si algo nuevo podría animarlo un poco. El señor B, en cambio, se siente joven, comprometido y vital. Ve nuevos desafíos en cada esquina. Si le preguntas, te dirá que los cincuenta son la mejor época de su vida.
Está claro que ambos hombres tienen un nivel de bienestar muy distinto. ¿Qué es lo que marca la diferencia? En términos cerebrales, todas las experiencias deben procesarse mediante reacciones químicas, del mismo modo que se metaboliza la energía bruta que contienen los alimentos. Los procesos químicos son similares en todas las células sanas. Si pudieras medir el metabolismo observando cada molécula de agua, glucosa, sal, etc. que atraviesa la membrana celular, verías que las cantidades son tan similares que se diría que dos personas cualesquiera están procesando la experiencia del mismo modo. Pero no lo hacen. El metabolismo de las experiencias (que es lo que realiza tu cerebro) depende de la calidad de la vida, no de la cantidad. Esa es la razón por la que hemos insistido tanto en los qualia.
El bienestar es un estado en el que cada experiencia metabolizada en el cerebro tiene las siguientes cualidades generales:
- Tienes la sensación interior de que todo va bien.
- Aceptas que estás bien.
- Las nuevas experiencias resultan frescas.
- Disfrutas del sabor de tus experiencias.
- Enfatizas cada día las posibilidades positivas y restas importancia a las implicaciones negativas.
Estas son las cualidades que tu cerebro registra, pero no las crea, por la simple razón de que nuestro cerebro no tiene experiencias. Solo tú puedes tenerlas, y por tanto eres tú quien añade las cualidades a la vida, tanto si son positivas como si son negativas.
Cuando escuchan a hurtadillas tus estados de ánimo, tus creencias, esperanzas y expectativas, las células cerebrales son capaces de detectar la calidad de la vida. La neurología no puede medir este proceso constante, ya que está concentrada en valorar los datos de la actividad química y eléctrica. Por más insignificantes que sean los cambios, a la larga, la calidad de vida deja marcadores biológicos. En el cerebro de todo el mundo aparecen marcadores de estados subjetivos como la depresión, la soledad, la ansiedad, la agresividad y el estrés generalizado. Sin embargo, irónicamente, cuando los estados de ánimo son positivos, el cerebro suele tener un aspecto bastante insulso y normal. Solo en casos excepcionales, como en el cerebro de los meditadores con mucha experiencia, pueden verse cambios inusuales. En ambas caras de la moneda, disfrutar de un bajo o un alto nivel de bienestar depende de cómo se metabolizan las experiencias día a día, momento a momento, segundo a segundo.
Metabolizar las experiencias
La conclusión es que puedes mejorar tu bienestar prestando atención a pequeñas pistas subjetivas. Cuántas veces le has oído decir a la gente: «A mí esto me huele fatal». ¿Por qué los psicólogos actuales consideran las reacciones inmediatas más fiables que las consideraciones racionales largamente meditadas? Esto no debería ser algo nuevo. Llevamos mucho tiempo conviviendo con la naturaleza humana. Sin embargo, los instintos sutiles que te capacitan para abrirte camino en la vida se censuran con mucha facilidad. Tu mente se embarca en todo tipo de respuestas secundarias que no te hacen ningún bien. Entre estas se incluyen:
- Negación: «No quiero sentir esto».
- Represión: «Escondo mis verdaderos sentimientos y ya casi no sé cuáles son».
- Censura: «Solo registro los buenos sentimientos. Los malos hay que apartarlos».
- Culpabilidad y vergüenza: «Estos sentimientos son tan dolorosos que debo alejarlos lo antes posible».
- Victimización: «Me siento mal, pero no merezco nada mejor».
A todos nos resultan familiares estos mecanismos psicológicos. Llevados al extremo, provocan que millones de personas asistan a terapia. Por desgracia, puedes sentirte básicamente bien y aun así estar minando tu bienestar poco a poco. Una vida de mentiras piadosas, rechazo, crítica, abnegación e ilusiones vanas parece bastante inofensiva, pero al igual que la tortura china del agua, la negatividad funciona a base de pequeñas gotitas. Si ves a alguien que lleva una vida amargada o vacía, piensa que, en general, no ha sido un suceso terrible lo que lo ha llevado hasta ahí. El bienestar se reduce poquito a poco.
El bienestar depende de que muchas cosas vayan bien en tu sistema nervioso. No puedes encargarte de ellas una a una, porque se producen muchísimos procesos a cada segundo. A pesar de esta complejidad, puedes empezar a prestar atención a las pequeñas pistas. En la tradición india existen tres tipos de pequeños indicios dentro de todas las experiencias:
• Tattva: las cualidades o aspectos de la experiencia.
• Rasa: el sabor de la experiencia.
• Bhava: el estado de ánimo o tono emocional de la experiencia.
Veamos cómo están integradas en cada experiencia. Imagina que estás de vacaciones, sentado en la playa. Las cualidades de la experiencia serían la sensación de calidez del sol, el sonido de las olas y el balanceo de las palmeras: la mezcla de sensaciones que tienes cuando estás en la playa. El sabor de la experiencia es más sutil. Digamos que en este caso se trata de una experiencia dulce y relajante que hace que tu cuerpo se sienta en la gloria. Y por último está el tono emocional de la experiencia, que no viene determinado por ninguna de las características anteriores. Si están tumbado en la arena y te sientes solo o estás discutiendo con tu pareja, para ti la playa no es el mismo lugar que para alguien que está allí de luna de miel o disfrutando de un agradable día tropical.
El bienestar se genera a un nivel muy sutil. Por tanto, cuando los cinco sentidos envían los datos en bruto a tu cerebro, este los transforma en algo enriquecedor o en algo tóxico, dependiendo de la cualidad, el sabor y el tono emocional que tú añadas. No pretendemos restarle importancia al cerebro, ya que, por supuesto, es una parte vital del ciclo de retroalimentación mente-cuerpo. Existen redes neuronales que te predisponen a tener reacciones automáticas positivas o negativas, pero son secundarias. Lo más importante es la persona que interpreta cada experiencia mientras esta ocurre.
Sutil, pero importante
En lugar de pensar todo el tiempo en cómo debería ir tu vida, prueba una táctica diferente. Aprende a confiar en el poder más holístico que tienes, que son los sentimientos. Los sentimientos forman el fundamento más sutil de todas las cosas. Pongamos un ejemplo de rasa, el sabor de la vida. Según el ayurveda, el conocimiento médico tradicional y de la salud en general, existen seis sabores: dulce, ácido, amargo y salado (los cuatro usuales), junto con el acre (por ejemplo, el sabor picante de los chilis, la cebolla o el ajo) y el astringente (el sabor del té, de las manzanas verdes y de la piel de las uvas).
El ayurveda lleva el concepto de rasa más allá de lo que saborea la lengua. Existe algo más sutil y más penetrante en el sabor de la vida. Puedes verlo en las palabras que utilizamos en nuestro idioma.
Decimos que un pomelo amarga, pero también hablamos de un divorcio amargo, un recuerdo amargo o una amarga disputa.
Decimos que el limón es ácido, pero también hay humor ácido o música con una nota ácida.
Cada uno de los seis rasas parece tener una raíz en la experiencia: son como una familia de sabores que invade tu vida. En el ayurveda, si la dulzura se desequilibra, el resultado puede ser la obesidad y el aumento de grasa, pero también existe un vínculo mental con la apatía y la ansiedad. Este es un tema demasiado amplio para exponerlo aquí (y también demasiado ajeno a la medicina occidental para explicarlo con facilidad). Sin embargo, cualquiera puede pensar en el sabor de su vida y conocer la diferencia, por ejemplo, entre una existencia dulce y una amarga.
Desde el punto de vista de las tattva o cualidades, una conexión personal va más allá de los cinco sentidos. El rojo, por ejemplo, puede medirse según su longitud de onda dentro del espectro de luz visible, pero también es caliente, furioso, apasionado, sangriento y una advertencia. El verde es algo más que una longitud de onda dentro del espectro. El verde es fresco, relajante, tranquilo, y recuerda a la primavera. Lo fundamental es darse cuenta de que estas cualidades humanas son más básicas para la existencia que las cualidades mesurables que la ciencia reduce a simples datos. Si desfalleces al ver el rojo o te sientes alegre al contemplar el primer verdor de primavera, no estás respondiendo a las distintas longitudes de onda de la luz, sino a una mezcla de cualidades, sabores y emociones que se combinan para crear una experiencia.
Ahora bien, ¿cuál sería el mejor enfoque de esta enorme complejidad, que es demasiado intrincada para manejarla por partes? Puedes abrirte camino hacia el bienestar si aumentas los ingredientes potenciadores de la vida, que en sánscrito se llaman sattva, generalmente traducido como «pureza». Una vida sáttvica tiene un efecto holístico, ya que empiezas a refinar tus sensaciones en todos los campos.
Cómo favorecer la pureza
- Añade dulzura a tu vida y reduce todo aquello que resulte ácido y amargo.
- Disminuye el estrés que te separa de otras personas: favorece el respeto, la dignidad, la tolerancia y las interacciones agradables.
- Actúa con amor siempre que puedas. Sé compasivo. (Pero no te fuerces a ser positivo. No eres un robot sonriente).
- Descubre la sensación de reverencia por la naturaleza. Sal fuera y aprecia su belleza.
- Permanece en calma. No te sumes a la agitación que te rodea.
- No te entrometas en las sensaciones sutiles de otras personas. Ten en cuenta que cada situación crea un sentimiento y un estado de ánimo que debes respetar.
- Practica la no violencia. No mates ni dañes otras formas de vida.
- Sé servicial. Deja que el mundo se acerque a ti tanto como tu familia.
- Di la verdad sin dureza.
- Haz lo que sabes que es correcto.
- Busca la presencia de lo divino.
Este es el perfil de una vida sencilla y bien regulada que evita la agitación y el caos. Como marco de trabajo, permite muchas interpretaciones. Puedes decidir qué es lo que da dulzura a tu vida, por ejemplo. En la tradición india, la dieta es fundamental, y el rasa (sabor) dulce es el preferido. Se supone que la dieta sáttvica da ligereza al cuerpo y a la mente. Es prácticamente vegetariana, compuesta sobre todo por frutas, leche, cereales, frutos secos y otras comidas dulces.
La vida no puede ser dulce siempre. El propósito inicial de los sabios védicos no era decir que unos rasas eran buenos y otros malos. (Todos los rasas, incluidos los amargos y los astringentes, tienen su papel en la metabolización de la experiencia). La intención de los sabios era enviar mensajes positivos al cerebro y recibir a cambio señales del mismo tipo. Puesto que el cerebro es la creación de la conciencia, el sattva empieza en tu conciencia. Si practicas la pureza porque así lo quieres y porque te hace sentir bien, tu cerebro será capaz de autorregularse mucho mejor. La mejor autorregulación es la automática, pero primero necesitas conseguirla. Con el paso del tiempo, podrás dejar cada vez más cosas al cargo de tu sistema nervioso autónomo y confiar en que él se encargará del bienestar de tus células, tejidos y órganos. El resultado será una vida más feliz, más sana y más rica espiritualmente.