17. Siempre es Primero de Octubre

Gregor se sienta en un banco del Paseo Marítimo, contemplando la Estatua de la Libertad a través del río. Lleva una bolsa con pan duro y lo lanza a la bandada de palomas que picotea al lado de sus pies. Son las tres menos seis minutos en la tarde del Primero de Octubre, de un año irrelevante. De hecho, es demasiado tarde. Así es como siempre termina, aunque la brisa marina y la luz de sol son inesperados bonos de pago.

Las palomas se empujan y persiguen unas a las otras mientras deja caer otro pedazo de mendrugo en el pavimento. Por una vez no ha tenido que molestarse en dejarlo empapado toda la noche en una solución al 5% de fenol. Esto es algo así como un almuerzo gratis, si eres una paloma en el lugar equivocado en el momento equivocado. Él va a morir pronto, y si alguna de las palomas sobreviven agradecerán los restos.

No hay mucha gente alrededor, así que cuando el jadeante tipo trajeado de media edad llega a su campo de visión, corriendo como si estuviera persiguiendo su cartera perdida, Gregor lo avista inmediatamente. Es Brundle, que parece ligeramente patético cuando se mueve como hombre-colmena. Gregor agita una mano con indecisión y Brundle cambia la dirección.

—Llego tarde —jadea, pateando las palomas hasta que vuelan para hacerle sitio al otro lado del banco.

—¿En serio?

Brundle asiente con la cabeza.

—Deberían llegar sobre el horizonte en unos cinco minutos.

—¿Cómo lo has diseñado? —Gregor no está particularmente interesado, pero la cháchara técnica servirá para pasar los segundos restantes.

—Ataque de hombre-en-el-medio[4], ramificado por todos sus servicios de inteligencia. —Brundle parece satisfecho de sí mismo—. Comprendiendo su especialización de castas lo hace más fácil. Hace dos semanas le dijimos al Directorio Principal Soviético que MacNamara estaba usando el programa NP-101 como tapadera para un ataque preventivo. Al mismo tiempo conseguimos que la Administración Nacional Oceánica incrementara su frecuencia de mapeado, y dirigimos el incremento de la actividad soviética a una de nuestras fuentes en el Comando Estratégico del Aire. No lleva mucho tiempo conseguir que las colmenas humanas sean un hervidero de respuestas positivas.

Por supuesto, ni Brundle ni George están usando palabras para su incriminatorio intercambio. Sus cuerpos fenotípicamente humanos encubren algunas útiles modificaciones, encapsulados tumores nudosos de su neuroectodermo que protegen los delicados tejidos de sus diseñadores, circuitos neuronales que poseen capacidades que los genetistas humanos ni siquiera han imaginado. Un visitante de una sociedad humana más avanzada podría empezar a charlar excitadamente acerca de nanomáquinas de fase acuática y radiopaquetes neuronales de banda ancha, pero nadie en este soleado día del Nueva York de 1979 más un millón piensa en esas cosas. Aún piensan que el universo pertenece a su especie, primates de cráneo cerrado, sociales pero no eusociales. Brundle y Gregor lo saben bien. Son trabajadores de un orden mayor, cuidadosamente diseñados para su tarea específica y aunque parecen humanos no hay más humanidad que la que ve el ojo. Ni siquiera Gagarin podría conjeturarlo, un individualista atrapado en la maquinaria de una colmena política utópica. Las termitas de Nuevo Iowa y huéspedes de los otros continentes Galápagos en el disco no son el futuro, pero son una mejor aproximación que cualquier cosa que los humanos hayan conseguido, incluso aquellos especímenes planetarios que han modificado su propio genoma para implementar con éxito verdaderas sociedades eusociales. Las mentes grupales no tienden a cometer errores antrópicos.

—Así que se terminó, ¿no? —pregunta Gregor en voz alta, en el artificial discurso al que los humanos están constreñidos.

—Sí. En cualquier momento.

Las sirenas de ataque aéreo comienzan a gemir. Las palomas se asustan, saliendo despavoridas en una nube de pánico blanco.

—Oh, mira.

La entidad detrás de los ojos de Gregor mira fijamente a través del río, esperando mientras sus tumores llaman a casa. Siempre divaga sobre estas últimas horas antes del fin de la misión —un tiempo de destrucción en el que la información se pierde— pero al menos recuerda el resto. Como hacen las hifas de la enorme red de rizomas que se expanden bajo el banco del parque, emitiendo lentos pensamientos vegetales y transmitiendo sus vivaces recuerdos monádicos hacia su madre por medio de la ingeniería fúngica trenzada que enhebra el profundo lecho oceánico. La próxima versión de él será creada conociéndolo casi todo: la lucha por contener los molestos y duros primates con su insistente paranoia individualista, la consternación de tener que esterilizar cuidadosamente los pocos ilustrados como Sagan…

Los humanos no son útiles. El futuro pertenece a las inteligencias grupales, a las mentes colmena. Incluso las falsas termitas, nativas de aquel lugar, tiene más con qué contribuir. Y Gregor, con sus teratomas y su ausencia de extremidades, tiene más con que contribuir que la mayoría. La cultura que lo ha enviado, y a otro millón de infiltrados antropomórficos, comprende bien eso: será recompensado y propagado, su genoma y memeoma preservados por el colectivo mientras elimine sistemáticamente otra epidemia de humanidad. El colectivo progresa en su camino de ocupar un décimo del disco, o al menos de mantenerlo limpio de forma de vidas competitivas. Con el tiempo abrirán negociaciones con sus vecinos en los otros discos, uniéndose al proceso de moldear una conciencia distribuida que será el primitivo eco de la vasta y ramificada inteligencia que gira a lo lejos en el firmamento. Y esta vez, sabiendo por qué está naciendo, el nuevo Dios tendrá un nivel de autoconocimiento prohibido a sus progenitores.

Gregor espera con ansia ser uno de los recuerdos de la mente colmena: es un destino que ninguno de estos humanos podrá conocer más que de segunda mano, filtrado a través de sus sensibilidades eusociales. Hasta el punto que le molesta considerar el tema, cree que es una decepción. Él puede estar aquí para ayudar a exterminarlos, pero no es resentimiento personal: es más como verter gasolina sobre un hormiguero engorroso que ha aparecido en el patio equivocado. La obligación lo irrita y reniega en voz alta, dirigiéndose a Brundle:

—Si se dieran cuenta de lo a fondo que han sido infiltrados, o qué pésimamente sus propias individualidades los defraudan…

Resplandores por encima del océano, destellos rubíes reflejados desde los delgados jirones de nubes estratosféricas.

—Puede que aprendan a cooperar algún día. Como nosotros.

Más resplandores, acercándose mientras el frente nuclear se desarrolla.

Brundle asiente.

—Pero entonces ya no serán humanos. Y en cualquier caso será demasiado tarde. Un millón de años tarde.

Un parpadeo demasiado brillante para verlo, propagándose más rápido que la velocidad de sus señales nerviosas pone punto final a la conversación. Segundos después, la onda expansiva arrastra sus cenizas sobre el cemento emblanquecido del banco. Muy lejos a través del disco, el juego del mono y la hormiga continúa; pero en este momento, en este lugar, el dilema ha sido resuelto. Y no hay vencedores humanos.