12. De camino a casa
El estruendoso sonido terrestre del gran barco retumba suavemente según avanza por la interminable extensión del Océano Dzerzhinsky a casi trescientos nudos, de regreso a casa, al fin. Misha está sentado en su cuchitril —como oficial político de a bordo se merece un despacho propio— trabajando en su informe con ayuda de un vaso de schnapps de pera polaco. Las ondas de radio no penetran el aire mucho más allá de unos pocos miles de kilómetros, por muy potentes que sean los transmisores; en la Tierra solían mandar señales más allá de la ionosfera o de la Luna, pero esto aquí no funciona —los otros discos están demasiado lejos para poder usarlos como repetidores—. Existe una cadena de boyas transmisoras que se desplazan a toda velocidad por el océano a intervalos de dos mil kilómetros, pero el mantenimiento del equipo es ruinoso, muy caro de construir, y nadie se plantea ni en broma extender cables bajo el océano sobre un millón de kilómetros de fondo marino. El problema de Misha es que la expedición, él mismo incluido, está, de hecho, atrapada en el siglo dieciocho, sin ni siquiera el telégrafo para conectar con la civilización —lo cual te mete en un buen lío cuando traes noticias que harán que el Politburó se cague del susto. Quisiera desesperadamente endosarle esto a un mando superior, pero en lugar de ello es su nombre y sólo su nombre el que aparecerá en la cabecera.
—Cabrones. ¿Por qué no pudieron darnos uno o dos misiles de señales? —Se traga lo que queda del schnapps y carga su exclusiva y muy secreta máquina de escribir con un nuevo juego de hojas y papel carbón.
—Porque pesaría demasiado, Misha —le contesta el capitán justo detrás de su hombro izquierdo, haciéndole sobresaltar y golpearse la cabeza en un armario colgado.
En cuanto cesa el aluvión de injurias de Misha y las risitas de Gagarin, el hombre del Partido coloca cuidadosamente la pila de hojas escritas a máquina boca abajo sobre su mesa de despacho e invita educadamente con un gesto al capitán a entrar en su oficina.
—¿Qué puedo hacer por usted, señor? ¿Y qué quiere decir con eso de que pesan demasiado?
Gagarin se encoge de hombros.
—Ya lo estuvimos considerando. Evidentemente, podríamos colocar una grabadora y un transmisor en un ICBM y lanzarlo a veinte mil kilómetros. El problema es que caería de nuevo en una hora aproximadamente. La manera más rápida de lanzar ese mensaje tendría un coste de diez rublos por carácter; y más aún, incluso un misil ligero pesaría lo mismo que toda nuestra carga explosiva. Quizá en diez años. —Se sienta—. ¿Qué tal le va con ese informe?
Misha suspira.
—¿Cómo voy a explicarle a Brezhnev que los americanos no son los únicos cabrones con bombas de hidrógeno allí fuera, que hemos encontrado el nuevo mundo y que el nuevo mundo es exactamente como el viejo mundo, excepto por el hecho de que brilla en la oscuridad y que los únicos comunistas que hemos encontrado hasta ahora son termitas con armas? —Su rostro refleja un instante todo ese agotamiento—. Ha sido un placer conocerle, Yuri.
—¡Vamos, vamos! No puede ser tan malo. —El temperamento habitualmente optimista de Gagarin se ve ensombrecido.
—Intente usted encontrar la forma de soltarles la noticia. —Tras identificar el primer conjunto de ruinas, mandaron uno de sus MiG fuera, equipado con cámaras y combustible: a unos mil kilómetros tierra adentro sobrevolaba el mismo siniestro panorama de aniquilación nuclear infligida a una civilización extranjera: ruinas de aeropuertos, ferrocarriles, ciudades, fábricas. Una topografía familiar con un aspecto poco familiar.
Esto fue Nueva York —una vez, miles de años antes de que un gigante estampara el fondo de la isla de Manhattan en el lecho oceánico— y esto fue una vez Washington D. C. Evidentemente había nuevos rascacielos, pero el posterior reconocimiento en barco por la costa apenas les hizo falta para asegurarse de que lo que estaban mirando era el mismo continente de aquel antiguo enemigo capitalista, miles de años y millones de kilómetros más allá de una guerra nuclear.
—Estamos huyendo como un perro que ha visto al diablo sobrevivir, con la esperanza de que no nos vea y nos siga hasta casa para convertirnos en un nuevo gorro de invierno.
Gagarin frunce el ceño.
—¿Puedo? —Señala la botella de schnapps de pera.
—Es usted mi invitado. —Misha sirve un vaso al primer cosmonauta y a continuación llena el suyo—. Abre ciertos conflictos ideológicos, Yuri. Y nadie quiere ser el portador de malas noticias.
—¿Ideológicos como…?
—Ahhh. —Misha bebe un trago—. Bueno, hasta ahora hemos evitado la aniquilación nuclear y la invasión por parte de las fuerzas del terror reaccionario durante la Gran Guerra Patriótica, pero fue por los pelos. Ahora bien, la doctrina establece que cualquier especie alienígena lo suficientemente avanzada como para viajar en el espacio ha debido descubrir casi con toda seguridad el socialismo, si no el comunismo, ¿verdad? Y que los enemigos del socialismo desean destruir el socialismo, y apropiarse de sus recursos. Pero lo que hemos visto aquí es la prueba de algo de otra índole. Esto era América. De esto se deduce que en algún lugar cercano hay un continente que fue el hogar de otra Unión Soviética, hace dos mil años. Pero esta América ha sido barrida del mapa, y no hay pruebas evidentes de la presencia de nuestros antiguos hermanos soviéticos y no han colonizado esta otra América. ¿Qué puede significar esto?
Gagarin frunce el entrecejo.
—¿También están muertos? Quiero decir, que los americanos alternativos acabaron con ellos en un acto de agresión imperialista y colonialista pero no sobrevivieron a su traición —añade apresuradamente.
Misha arquea los labios en un amago de sonrisa y dice:
—Mejor preocúpese en adoptar la terminología correcta antes de ver a Brezhnev, camarada.
—Sí, no se equivoca en los hechos, pero hay algunas conclusiones a tener en cuenta. No ha habido ninguna explotación colonial. Así que o bien los autores de los hechos también fueron exterminados, o bien quizás… bueno, abre la puerta a numerosas y peligrosas interpretaciones. Porque si el Nuevo Hombre Soviético no ha levantado su hogar en los alrededores, implica que algo debió ocurrirles, ¿no? ¿Dónde están todos los verdaderos comunistas? Si resulta que se toparon con alienígenas hostiles, entonces… bueno, la teoría dice que los alienígenas deberían ser buenos hermanos socialistas. Con la teoría y diez rublos podrías comprarte una botella de vodka en este caso Algo no va muy bien en nuestro entendimiento de la dirección que toma la Historia.
—Supongo que no hay ni que plantearse que haya algo que no sepamos —añade Gagarin en el silencio que se instala, casi como un pensamiento tardío.
—Efectivamente. Eso es una cortina de incertidumbre detrás de la cual podemos escondernos, espero. —Misha deja el vaso sobre la mesa y estira los brazos detrás de la cabeza, con los dedos entrelazados hasta hacer crujir los nudillos—. Antes de irnos, nuestros agentes nos informaron que habían recibido unas señales en América desde… maldita sea, no debería decirle esto sin autorización. Haga como que no le he dicho nada. —Vuelve a fruncir el ceño.
—Habla como si tuviera oscuros pensamientos —le contesta Gagarin para provocarle.
—Sí tengo pensamientos oscuros, camarada Coronel General, muy pero que muy oscuros pensamientos. Nos hemos estado comportando como si este territorio que ocupamos fuera sólo un nuevo tablero de juego geopolítico, ¿me equivoco? Sabiendo perfectamente que hermanos socialistas de los confines del universo nos trajeron aquí para salvarnos de la locura del agresor imperialista, o que cualquier otra población que nos encontremos sea de bárbaros o de buenos comunistas, hemos caído en un patrón de tiempos antiguos: expandiéndonos en todas las direcciones, sin límites, adueñándonos de este destino tan evidente. ¿Pero qué pasaría si hubiera límites? No una alambrada o una línea en la arena, sino algo más sutil. ¿Por qué la Historia nos pide que triunfemos? Lo único que sabemos es la correcta forma de vivir de los humanos en un mundo humano, con una sociedad industrial. Pero esto no es un mundo humano. ¿Y qué pasaría si se trata de un mundo en el cual no estamos destinados a triunfar? ¿O qué pasaría si las mismas circunstancias que hicieron surgir el Marxismo no fueran más que transitorias, en la escala más amplia? ¿Qué pasaría si hubiera —perdóneme usted— un Dios materialista? Sabemos que estamos viviendo en nuestro propio lejano futuro. ¿Por qué un poder lo suficientemente grande como para construir este disco nos mandaría aquí?
Gagarin asiente con la cabeza.
—No existen límites, amigo mío —dice con un tono ligeramente condescendiente—. Si los hubiera, ¿realmente cree que habríamos llegado tan lejos?
Misha pega un furioso puñetazo sobre su mesa.
—¿Por qué cree que nos pusieron en un lugar donde sus preciados misiles no funcionan? —le pregunta—. ¡Suba a más altura, y con el impulso de la potencia de un solo misil podría estar a mitad de camino de cualquier sitio! Pero aquí abajo tenemos que abrirnos paso a través de la atmósfera. ¡No podemos escapar! ¿Considera usted esto un regalo de un amigo a otro?
—Creo que tiene una forma un poco paranoica de pensar —insiste Gagarin—. Eso sí, no digo que usted no tenga razón, pero quizá esté usted un poco alterado. Encontrar esas ciudades bombardeadas nos afectó a todos, creo.
Misha se asoma a la portilla del tamaño de la de un avión.
—Creo que aquí hay algo más que eso. No somos únicos, camarada; hemos estado aquí antes. Y todos morimos. Somos un puñetero duplicado, Yuri Alexeyevich, en un marco que abarca mucho más que esto. Y me asusta lo que decidirá hacer el Politburó cuando se rindan a la evidencia. O lo que los americanos harán…