8. Carrera y oposiciones
Después de dos semanas, Maddy está segura de que se está volviendo loca.
A ella y a Bob les han asignado una pequeña casa prefabricada (poco más que una cabaña, aunque cuenta con electricidad y agua corriente) en las afueras de la ciudad. Él obtuvo un puesto en las obras residenciales, para trabajar construyendo más edificios. Y esto es lo más cerca que han estado del éxito, porque después de una petición cuidadosamente controlada, Bob fue ascendido, y pasó de ser simplemente mano de obra, a ser un aprendiz de supervisor. Un ascenso del que está increíblemente orgulloso porque le confirma que venir a este lugar fue la decisión correcta.
Maddy, en cambio, tiene más que problemas para conseguir trabajo. El hospital del distrito no tiene vacantes. No la necesitan, y no la necesitarán hasta que llegue el próximo cargamento de colonos, a menos que quiera hacer las maletas y dedicarse a deambular por los asentamientos aislados del interior. El gobernador decretó que establecerán un nuevo asentamiento el próximo año, de un tamaño parecido al de la ciudad, pero tierra adentro, cerca de los campamentos mineros de las afueras del desierto Hoover. Cuando eso suceda necesitarán médicos para el nuevo hospital. Por ahora, Maddy es como una rueda de repuesto, porque es una chica de ciudad, en crianza y en temple, y no está dispuesta a aceptar un trabajo en el interior si puede evitarlo.
Maddy pasa la primera semana y gran parte de la segunda tratando de averiguar si hay algo en lo que pueda ocupar su tiempo. No es la única mujer joven en esa situación. Aunque oficialmente no hay desempleo, y la administración de la colonia tiene bastante trabajo para mantener ocupados a los colonos, también hay una gran escasez de puestos de trabajo para tripulación de ambulancias, o para cualquier otra cosa que Maddy pudiera hacer. Para su carrera, la situación es como un regreso a los cincuenta. ¿Joven, mujer, y ambiciosa? Muchos cargos ni siquiera existen aquí en los límites de la civilización, y muchos otros están ocupados o son inaccesibles. A donde sea que mire, Maddy descubre madres arreando una imposible hilera de niños, con las mejillas rojas de tanta preocupación y cansancio. Bob quiere tener hijos y Maddy no está preparada para eso. Pero sus alternativas son mínimas.
Al final, Maddy decide revisar las ofertas de empleo en el tablón de anuncios del exterior del ayuntamiento. Algunas de ellas son legales, y al menos un par son tremendamente peculiares. Una capta su atención: Se necesita ayudante de campo para investigación biológica. ¿Podría ser yo?, piensa, y sale a buscar una puerta a la que llamar.
Cuando encuentra la puerta, una de madera sin tratar que está empezando a decolorarse bajo la fuerte luz del sol colonial, y llama, John Martin abre y parpadea con curiosidad ante la luz.
—¿Hola? —pregunta.
—¿Está buscando un ayudante de campo?
Maddy lo mira fijamente. Es el entomólogo, ¿verdad? Recuerda sus manos sobre el telescopio en la cubierta del barco. Aquel viaje, comparado con el grisáceo presente al que la había transportado, está asumiendo ya una falsa pátina romántica en sus recuerdos.
—¿Yo? Oh… Sí, sí. Entra.
John retrocede hasta el interior de la casa (otra de esas casuchas que son todas iguales, coloniales, familiares y prácticas) y le ofrece asiento en lo que solía ser la sala de estar. La habitación está ocupada casi completamente por una mesa de trabajo, un escritorio, y una alta cajonera de muestras fabricada en madera. Hay un extraño olor a rancio, como a telarañas viejas y a garrafas agujereadas de formol. John camina por su estudio, ligeramente trastornado por la inesperada compañía. Maddy piensa que hay algo conmovedor y entrañable en él, como en los sujetos de sus estudios.
—Siento el desorden, pero no recibo muchas visitas. Así que, uhm…, ¿tienes experiencia en el sector?
Maddy no duda.
—Ninguna en absoluto, pero me gusta aprender —le explica, inclinándose hacia delante—. Antes de marcharnos era paramédico. En la universidad, estuve estudiando Biología, pero tuve que dejarlo a mediados del segundo año. Había pensado matricularme en la Facultad de Medicina más tarde, pero supongo que aquí no podrá ser. En cualquier caso, en el hospital no hay vacantes, así que tengo que encontrar otra cosa. ¿Qué hace exactamente un ayudante de campo?
—Destrozarse los pies. —El entomólogo le sonríe con la boca torcida—. ¿Tienes experiencia en el laboratorio? ¿O en el trabajo de campo?
Maddy asiente con vacilación, un gesto por el que John deduce su exigua experiencia universitaria.
—Tengo un continente entero por explorar, y sólo un par de manos: estamos abarcando demasiado, ahí fuera —continúa el hombre—. Afortunadamente, la NSF me ha concedido una subvención para que contrate a un ayudante. Su trabajo será ser mi fiel sirviente: ayudarme con el carro del equipo, tomar muestras, realizar algunas tareas sencillas, muy sencillas, en el laboratorio, y cosas así. Oh, y sería un punto a favor que estuviera interesado en entomología, botánica, o en algo remotamente relacionado con el tema. Es raro, pero por aquí no hay mucha gente de ciencias desempleada. ¿Sabes algo de química?
—Algo, pero no soy bioquímica —dice Maddy, con cautela, y mira con curiosidad el abarrotado despacho—. ¿Qué se supone que estás haciendo?
John suspira.
—Un reconocimiento básico de todo el continente. Nadie, absolutamente nadie, se ha molestado siquiera en echar un vistazo a la ecología de los insectos locales. Prácticamente no hay vertebrados; no hay pájaros, ni lagartijas… Pero, en nuestro hogar, el número de especies de escarabajos es mayor que el de todas las demás familias unidas, y este lugar no es diferente. ¿Sabías que nadie ha muestreado el interior en un radio de más de ochenta kilómetros? Lo único que estamos haciendo es construir casuchas a lo largo de la costa, y abrir canteras un par de kilómetros tierra adentro. En el interior podría haber cualquier cosa, cualquier cosa.
Maddy se da cuenta de que John, cuando se entusiasma, comienza a gesticular, agitando las manos a su alrededor frenéticamente. Asiente y sonríe, intentando animarlo.
—Gran parte de lo que estoy haciendo es el tipo de cosas que se hicieron en el siglo dieciocho y diecinueve. Tomar muestras, dibujarlas, anotar su hábitat y sus hábitos alimenticios, ver si puedo descubrir su ciclo vital, e intentar descubrir quién se relaciona con quién. Construir un árbol de familia. Oh, también tengo que hacer lo mismo con la vegetación, ¿sabes? Y quieren que vigile de cerca el resto de discos alrededor de Lucifer. «Buscar señales de inteligencia», signifique lo que signifique eso; supongo que en la comunidad astronómica hay un puñado de fracasados que se sienten francamente ofendidos porque, quienes construyeron este disco y nos trajeron aquí, no aterrizaron en el césped de la Casa Blanca y se presentaron formalmente. Será mejor que te lo diga ahora: aquí hay suficiente trabajo para mantener ocupado a un ejército de zoólogos y botánicos durante un siglo; podrías comenzar tu doctorado aquí, si quisieras. Yo sólo estaré aquí durante cinco años, pero mi sucesor no pondrá objeciones en contratar a un ayudante residente con experiencia… Lo difícil será mantener la concentración. Uh, puedo hacer que te concedan una ayuda para la subsistencia del excedente presupuestario del gobernador general, y que la NSF se lo reembolse, pero no será mucho. ¿Serían suficientes veinte dólares de Truman a la semana?
Maddy piensa durante un momento. Los dólares de Truman (la moneda provisional local) no valen demasiado, pero tampoco hay mucho en lo que gastarlos. Y de todos modos, Rob gana suficiente para los dos. Y un doctorado… Eso sería mi billete de vuelta a la civilización, ¿no?
—Supongo que sí —dice, sintiéndose aliviada: después de todo, hay algo para lo que es útil, además de para criar a la siguiente generación. Intenta dejar a un lado la visión de sí misma, distinguida y no demasiado mayor, aceptando con gratitud un puesto de profesora en una universidad de prestigio—. ¿Cuándo empiezo?