14. Pronóstico reservado

Maddy visita con regularidad a John en el hospital. Al principio por una natural combinación de compasión y aguda culpabilidad; John está bastante solo en este continente de mentiras, estando social y profesionalmente aislado, y Maddy se autoconvence de que lo está ayudando a sentirse en contacto con la gente, motivándolo para recuperarse. También es por la necesidad del trabajo que ella sigue realizando en el laboratorio, incluso alimentando a los blancos horrores retorcidos en el vivero lleno de tierra en ausencia de John; y finalmente por aburrimiento. No es que Bob esté mucho en casa; las obligaciones de su trabajo a menudo lo llevan a nuevos lugares de construcción de una punta a otra de la costa. Y cuando está en casa discuten constantemente hasta las tantas, sacando a relucir las costras de su relación con la resentida amargura de una pareja que hace cincuenta años que se ha dado cuenta de la falsedad de su relación. Así que ella escapa para visitar a John y se dice a sí misma que lo hace para mantener su espíritu arriba mientras él aprende a usar las prótesis.

—No deberías culparte —le dice una tarde cuando se da cuenta de que ella lo mira fríamente—. Si no hubieras estado allí habría muerto. Ninguno de los dos podía saberlo.

—Bien —Maddy da un respingo cuando él se levanta; levanta las anillas hasta su cara y empuja con suavidad los agarres antes de alcanzar un vaso de agua—. Así no… —pero cambia el sentido de la frase en la mitad—… es más fácil de manejar.

—Todo lo que tenemos que hacer es afrontarlo —dice con autoridad, antes de volver a relajarse contra la pila de almohadas. Está mucho mejor ahora que cuando llegó por primera vez, delirando, con la mano inflamada y ennegrecida; pero los efectos secundarios del veneno de las falsas termitas lo han debilitado de otras maneras—. Quisiera saber por qué esas cosas no viven cerca de la costa. Quiero decir, si lo hicieran, nunca nos habríamos molestado por el lugar. Después del primer desembarco, quiero decir. —Frunce el ceño—. Si pudieras preguntar en la oficina del supervisor de la colonia si hay algún registro relevante, podría ayudar.

—El supervisor no es de mucha ayuda. —Es un eufemismo. El supervisor es una especie de retroceso; la última vez que fue a su oficina para preguntar acerca de los mapas de la meseta del noreste le preguntaron si su marido aprobaba que correteara por ahí de esa manera—. Quizá cuando estés fuera de aquí puedas ir tú. —Acerca la silla hasta el borde de la cama.

—El doctor Smythe dice que la próxima semana, seguramente el lunes o el martes —John parece frustrado.

—Las agujas y los alfileres seguirán allí. —No es sólo su brazo derecho, amputado bajo el codo y remplazado por una tosca mezcla de relleno y muelles de acero; el veneno se extendió y algunos de sus dedos del pie también tuvieron que ser amputados. Estaba cerca de morir cuando Maddy llegó al hospital, cuatro horas después del mordisco. Ella sabe que le salvó la vida, que si él hubiera ido sólo casi con toda probabilidad habría muerto; entonces, ¿por qué se siente tan mal por ello?

—Te pondrás bien —insiste Maddy, cubriéndole la mano izquierda con la suya—. Ya lo verás. —Sonríe alentadora.

—Eso espero —durante un momento John la mira; después agita la cabeza lentamente y suspira. Agarra la mano con los dedos, se notan débiles, y ella puede sentirlos estremecerse por el esfuerzo—. Déjame a Jonhson a mi. —Necesito preparar un informe urgente sobre las falsas termitas antes de que alguien más sea picado.

—¿Crees que supondrán mucho problema?

—Mortal. —Cierra los ojos durante unos segundos—. Tenemos que mapear la distribución de su población. Y decírselo a la oficina del gobernador general. Conté doce montículos en una media hectárea, pero era una muestra aislada, y no se puede extrapolar. También necesitamos saber si tienen un comportamiento de enjambre, como una marabunta, o las abejas. Entonces podremos empezar a investigar qué tipo de insecticidas los dejan fuera de combate. Si el gobernador quiere empezar a desarrollar asentamientos satélite el próximo año, necesita saber qué esperar. De otro modo la gente podría acabar herida. O muerta, —asiente Maddy en silencio.

John tiene mucha suerte de estar vivo: El doctor Smythe comparó su condición con la de un paciente que vio una vez mordido por una serpiente de cascabel; y ése fue un solo mordisco de una pequeña falsa termita. Si el interior continental está lleno de esas cosas, ¿qué vamos a hacer? Se pregunta Maddy.

—¿Has visto algún signo de la alimentación de su majestad? —pregunta John, irrumpiendo en su tren de pensamiento.

Maddy se estremece.

—Las hojas del árbol tortuga descienden a buen ritmo —dice con tranquilidad—. Y ha dado a luz a dos obreras desde que la trajimos. Ellas mastican las hojas hasta desmenuzarlas, y después la regurgitan para ella.

—¿De verdad? ¿Se la dan directamente con sus mandíbulas?

Maddy cierra los ojos con fuerza. De esto es de lo que ella realmente esperaba que John no le preguntara.

—No —dice débilmente.

—¿De verdad? —John parece curioso.

—Creo que será mejor que lo veas por ti mismo. —Porque no hay ninguna maldita posibilidad de que le cuente acerca de las cucharas de madera que las falsas termitas obreras han creado a partir de las ramas del árbol tortuga, o del ritual de alimentación, y de lo que le hicieron al abejorro que llegó a la entrada del falso termitero a través de la alambrada.

Él tenía que verlo por si mismo.