2. El viaje

Es una noche sin luna y el remolino teñido de rojo de la Vía Láctea yace bajo el horizonte. Hay demasiada oscuridad para leer el periódico, pues la única iluminación con la que se cuenta es la luz deslumbradora de los pinchazos blancos y rojizos de Lucifer.

Maddy es lo suficientemente mayor como para recordar una época en la que la noche era distinta, la oscuridad acechaba el paraíso y la Vía Láctea era un jirón hilado y marchito esparcido por medio cielo. Una época en la que las ominosas esferas soviéticas emitían pitidos y canturreaban a su paso por el horizonte que se doblaba, cuando pi dominaba la geometría, la astronomía tenía sentido y los hombres serios con gafas de concha y acento alemán pensaban en ir a la Luna. Dos de octubre de 1962, es el día en que todo cambió, el momento en que la vida dejó de tener sentido. (Por supuesto había perdido todo sentido por primera vez unos días antes, cuando los U-2 sobrevolaron los emplazamientos de misiles en Cuba, pero había diferencias entre la locura de una política arriesgada —léase los golpes en la mesa de Naciones Unidas que Kruschev dio con su zapato al grito de «¡os enterraremos!»— y la posterior ensoñación de una Tierra plana, la destrucción de la Historia y la inmersión total en esta pesadilla de geografía revisionista).

Pero volvamos al aquí y ahora, Maddy se encuentra sentada en la cubierta de un transatlántico en su viaje de alguna parte a ninguna, enfadada porque Bob está emborrachándose con los muchachos de la cubierta F, gastándose de nuevo la preciada subvención que les fue concedida. Hay demasiada oscuridad para leer la hoja informativa diaria del barco (titulares borrosos mimeografiados, procedentes de un mundo que ya empieza a desvanecerse con el despertar del barco). Pasarán al menos dos semanas hasta la próxima recalada (que acontecerá en un depósito de reabastecimiento en algún punto de lo que los topógrafos de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica denominaban, en una muestra de ingenio sin precedentes, el Océano Profundo) y Maddy está aburrida como una ostra.

Cuando se apuntaron para conseguir los billetes de embarque a fin de emigrar, Bob había bromeado: «¿Un viaje de seis meses? ¡Después de unas vacaciones así nos alegraremos de volver a trabajar!». Pero, de alguna manera, la absoluta enormidad de la situación no caló hasta la cuarta semana sin vista a tierra. En esas cuatro semanas atravesaron lentamente una extensión de océano superior al Pacífico y solamente se detuvieron en dos ocasiones a repostar de barcazas herrumbrosas. Sin embargo, sólo llevaban recorrida una sexta parte del viaje hasta el continente F-204, Nueva Iowa, inmersos como la mayor de las incongruencias en el océano que sustituyó los horizontes del mundo el 2 de octubre de 1962. Dos semanas después cruzaron Los Radiadores, que se abren paso desde las profundidades oceánicas hasta la estratosfera, aletas negras tan altas como el Everest que peinan con sus dedos las corrientes acuosas. Más allá de ellos, el calor tropical del Pacífico daba paso al frío subártico del Océano Profundo. Al navegar entre ellos, el barco quedaba reducido a las proporciones de una cucaracha que avanzaba lentamente por un cañón situado entre rascacielos. Maddy le había dedicado una mirada a estos guardianes del océano interplanetario, se había estremecido y retirado después a su estrecho camarote, en el que había permanecido durante los dos días que tardaron en rebasar los bloques y navegar fuera de ellos.

Hasta que Maddy le regañó, Bob no dejó de hablar sobre el hecho de que los científicos de la ANOA seguían tratando aún de comprender de qué materiales estaban compuestos los bloques. Bob parecía no entender que representaban los barrotes de una celda. Lo que él veía como un canal navegable tan ancho como el Canal de la Mancha y una puerta hacia el futuro, Maddy lo interpretaba como un indicio de que su vida pasada había llegado a su fin.

Ojalá su padre y Bob no hubieran discutido. Ojalá su madre no hubiera intentado discutir con ella sobre Bob. Apoyada en la barandilla, Maddy suspira y un instante después se lleva un susto tremendo cuando un hombre desconocido se aclara la garganta detrás de ella.

—Disculpe, no pretendía importunarla.

—No pasa nada —contesta Maddy tratando de ocultar su irritación—. Ya iba a abandonar la cubierta.

—Lástima, hace una noche preciosa —afirma el desconocido, que se gira y sitúa un maletín sobre la barandilla para manipular los pestillos—. No hay ni una nube a la vista, perfecto para observar las estrellas. —Maddy se fija en él. Tiene pelo corto, una ligera panza y el rostro preocupado de un hombre de treinta y tantos. Absorto en algo parecido al trípode de un fotógrafo, el desconocido no mira hacia atrás.

—¿Es un telescopio? —le pregunta ella a la vez que observa el aparato cilíndrico y achaparrado contenido en el estuche.

—Sí. —Se produce una pausa incómoda—. Me llamo John Martin. ¿Y usted?

—Maddy Holbright. —Algo en su actitud insegura hace que se sienta a gusto—. ¿Va usted también a los asentamientos? No le había visto por aquí.

John endereza el trípode, tensa las juntas de las patas y las atornilla hasta que quedan fijas.

—No soy un colono, sino un investigador. Dispongo de cinco años, con todos los gastos pagados, para investigar un nuevo continente. —Con cuidado, levanta el cuerpo del telescopio y lo coloca sobre la plataforma. Después, procede a apretar los tornillos—. Se supone que tengo que apuntar al cielo con este artilugio y realizar observaciones regulares. En realidad soy entomólogo, pero hay tantas cosas que hacer que supongo que quieren que me convierta en un factótum.

—Así que le hacen cargar con un telescopio, ¿no? Creo que nunca he conocido a un entomólogo.

—Un cazador de bichos con telescopio es algo bastante inesperado —confiesa John mostrándose de acuerdo con ella.

Intrigada, Maddy lo observa mientras atornilla el visor en su sitio, después saca un cuaderno de notas y anota algo.

—¿A qué está mirando?

—Hay una buena vista de S-Doradus desde aquí —dice mientras se encoge de hombros—. Ya sabes, Lucifer y sus dos pequeños ángeles.

Maddy echa un vistazo al violento alfiler de luz, pero retira los ojos antes de que pueda quemarle. Es una estrella, pero brilla lo suficiente como para ahuyentar las sombras hasta una distancia de medio año luz.

—¿Los discos?

—Sí —saca el cuerpo de una cámara de su bolsa, una Bronica rechoncha y vieja, de antes de que los soviéticos se tragaran toda Alemania y Suiza. Con cuidado la enrosca sobre el visor del telescopio—. El Instituto quiere que tome una serie de fotografías de ellos, nada glamuroso, tan sólo lo mejor que este reflector de ocho pulgadas pueda hacer, a lo largo de seis meses, asó que acoto la posición del barco en el mapa. Hay un telescopio más grande en la bodega para cuando llegue, y hablan sobre enviar un astrónomo de verdad uno de estos días, pero mientras tanto quieren fotografías de noventa y cinco mil kilómetros a través del disco. Para el paralaje, de modo que puedan descubrir cómo de rápido se mueven los discos.

—Los discos —parecían abstracciones distantes para ella, pero el entusiasmo de John era difícil de ignorar—. ¿Crees que serán como… eh… aquí? —ella no dice como en la Tierra, todo el mundo sabe que esto ya no es la Tierra. No del modo en que solía serlo.

—Quizá —se entretiene durante un minuto con un carrete de fotos—. Hay oxígeno en sus atmósferas, sabemos eso. Y son lo suficientemente grandes. Pero aunque están a un año luz más cerca que las estrellas, sigue siendo demasiado lejos para los telescopios.

—O los cohetes lunares —dice ella ligeramente melancólica—. O los sputniks.

—Si esas cosas siguieran funcionando. —La película está dentro, John inclina el telescopio y lo dirige hacia el primero de los discos, a un par de grados de Lucifer (los discos son invisibles al ojo desnudo; él usa el telescopio para ver la luz reflejada de ellos)—. ¿Te acuerdas de la Luna? —pregunta mirándola.

Maddy se encoge de hombros.

—Sólo era una niña cuando ocurrió, pero vi la Luna, algunas noches. Y durante el día también.

—No como los niños de hoy en día. Diles que solíamos vivir en una gran esfera rodante, y te mirarán como si estuvieras loco.

—¿Qué es lo que creen que les dirá las velocidades de los discos? —pregunta ella.

—Si tienen tanta masa como éste; de qué podrían estar hechos. Qué podrían decirnos acerca de quiénes los hayan construido —se encoge de hombros—. No me preguntes, sólo soy un cazador de insectos. Estos asuntos son mucho más grandes que los bichos. —Se ríe quedamente—. Hay todo un mundo nuevo allí afuera.

Ella asiente con seriedad y entonces lo ve realmente por primera vez.

—Sí, supongo que lo es.