4. Comité de proceso
Los cerezos florecen en Washington DC, y Gregor suda con el calor del verano. Se ha hecho al frío relativo de Londres y este cambio de clima al que está poco acostumbrado lo ha desorientado. El jet-lag es ya algo del pasado, una pequeña muestra de misericordia, pero sigue habiendo ajustes que hacer. Como el disco es plano, la fuente de luz diurna, llamas solares procedentes de un disco de acumulación en el interior del agujero axial, como lo llaman los científicos, y que no significa nada para la mayoría de la gente, crece y encoje lo mismo sin importar dónde se encuentre la persona.
Hay un edificio de oficinas de cemento de estilo años sesenta con una sala de conferencias amueblada en ocre oscuro y naranja, sillas cromadas y grabados de Kandisky en las paredes: todo muy setentero. Gregor espera fuera de la sala hasta que suena el timbre y la recepcionista levanta la vista de detrás de la máquina de escribir IBM y dice:
—Ya puede pasar, le esperan.
Gregor entra. Es uno de los gajes del oficio, pero en ningún caso el peor, en su línea de trabajo.
—Siéntese. —Es Seth Brundle, el jefe de la división de Gregor, un funcionario de aspecto gris, más experto en dar puñaladas por la espalda en la oficina que en asesinatos de campo oportunos. Su tapadera, como la de Gregor, es un puesto aparentemente inofensivo en la Oficina de Valoración Tecnológica. En realidad, tanto él como Gregor trabajan para otra agencia del gobierno, aunque la supuesta tarea es la misma: identificar las amenazas tecnológicas y acabar con ellas antes de que emerjan.
Brundle no está solo en la sala. Procede a hacer las presentaciones:
—Greg Samsa es nuestro jefe de estación en Londres y especialista en inteligencia científica. Greg, éste es Marcus.
El alemán calvo de rostro delgado con el traje elegante asiente con la cabeza y sonríe desde detrás de sus gafas de concha.
—Consultor civil. —Gregor desconfía a primera vista. Marcus es un desertor, un antiguo espía de la Stasi antes de las purgas de Brezhnev a mediados de los sesenta. Lo que proporciona una apariencia interesante a esta reunión.
—Murray Fox, de Langley.
—Hola, —dice Gregor, a la vez que se pregunta qué especie de loca masa política crítica está intentando montar Stone. Los equipos padre de Langley y Brundle ni siquiera se hablan, por decirlo suavemente.
—Y otro especialista civil, el doctor Sagan —Greg asiente mirando al doctor, un tipo delgado de brillantes ojos marrones y pelo largo estilo hippie—. Greg tiene algo que decirnos en persona —dice Brundle—. Algo muy interesante de lo que se enteró en Londres. Sin citar fuentes, por favor, Greg.
—Sin citar fuentes —repite Gregor. Coge una silla y se sienta. Ahora que está aquí supone que tendrá que ejercer el rol que Brundle le asignó en el informe confidencial que leyó durante en el largo vuelo a casa—. Noticias de una fidedigna fuente Inteligencia afirman que los rusos tienen —se pone el puño en la boca y tose—. Disculpe. —Echa una mirada a Brundle—. ¿Podemos hablar de la COLECCIÓN RUBÍ?
—Todo está aclarado —dice Brundle secamente—. Por eso pone «comisión mixta» en el encabezado.
—Ya veo. Mi invitación era algo tajante. —Gregor reprime un suspiro que parece decir, sólo me topo con asuntos urgentes; ¿cómo se supone que voy a saber lo que va a pasar y quien sabe que?— ¿Entonces, qué hacemos aquí?
—Piense en ello como una puesta en común de lo que sabemos —dice Fox, el hombre de la CIA. No parece muy entusiasmado.
—Estamos aquí para averiguar que es lo que está pasando con la ayuda de ciertos recursos de Inteligencia provenientes del otro lado del Telón.
El Doctor Sagan, que había estado escuchando en silencio con la cabeza inclinada como si de un inteligente mirlo se tratara, levanta una ceja.
—¿Sí? —pregunta Brundle.
—Yo, ehm, ¿le importaría explicármelo? Es la primera vez que asisto a uno de estos comités.
La primera vez, sin duda, piensa Gregor. Es un milagro que Sagan haya superado la investigación previa a la candidatura: es demasiado amigo de esos astrónomos rusos que están claramente controlados por el Primer Departamento de la KGB. Por supuesto se ha manifestado totalmente a favor de los objetivos de la política extranjera actual, que va totalmente en contra de los valores de la administración McNamara.
—Un CAB es una comisión mixta que depende directamente de la Oficina Central de Información compuesto por una élite de expertos provenientes de la Comunidad de Inteligencia —Gregor lo recita en un tono aburrido—. Dejando a un lado los detalles, formamos parte de un consejo de sabios que está por encima de los procedimientos burocráticos y responde ante la Oficina de Tecnología, que hace de intermediario con el director de la Central de Inteligencia. El objetivo no es reflejar la agenda de ningún departamento, si no ser un nexo que dé sinergia a nuestras lateralidades. Se formó tras el fiasco de Cuba para asegurarse que nunca volvamos a encontrarnos en ese tipo de callejón sin salida por culpa de cualquier tipo de pensamiento de grupo accidental. Una de las reglas del proceso del CAB es que tiene que incluir al menos un disidente: a diferencia de los rojos nosotros sabemos que no somos perfectos. —Gregor le lanza una mirada a Fox, que toma la acertada decisión de permanecer callado.
—Oh, ya veo —dice Sagan no muy convencido. Y con más fuerza—: ¿entonces por eso estoy aquí? ¿Es ésa la única razón por la que me habéis sacado de Cornell?
—Por supuesto que no, Doctor —afirma Brundle mirando mal a Gregor. El desertor de Alemania del Este, Wolff, mantiene un silencio petulante que parece decir «Estoy por encima de todo esto»—. Estamos aquí para encontrar recomendaciones políticas que nos permitan abordar el tema principal. El complejo tema principal.
—Los Constructores —dice Fox—. Estamos aquí para determinar que opciones tenemos en caso de que aparezcan y realizar recomendaciones sobre el curso de acción apropiado. Se les ha elegido por su experiencia en el, ehm…, el SETI.
Sagan le mira no muy convencido.
—Pensaba que eso era obvio —dice.
—¿Eh?
—No tenemos elección —explica el joven profesor con una sonrisa irónica—. ¿Puede un nido de termitas negociar con una superpotencia nuclear?
Brundle se echa hacia delante.
—¿Ésa no es una posición algo radical? Tiene que haber cierta capacidad de maniobra. Sabemos que esto es una construcción artificial, pero presumiblemente los constructores siguen vivos. Incluso aunque la piel se les haya vuelto verde y tengan seis ojos.
—Dios mío —Sagan se echa hacia delante con la cara sobre las manos. Un momento después Gregor se da cuenta de que se está riendo.
—Disculpe —Gregor echa un vistazo alrededor. Es el desertor alemán, Wolff, o como se llame—. Herr Profesor, ¿podría explicarme que es lo que encuentra tan divertido?
Un momento después Sagan se reclina, mira al techo y suspira.
—Imaginen por un momento un colosal disco de vinilo. El interior de su agujero tiene un radio de media unidad astronómica —ciento cincuenta millones de kilómetros—. El radio del perímetro exterior es desconocido, pero probablemente ronde las dos UAs y media, trescientos setenta y cinco millones de kilómetros. El grosor del disco también se desconoce —las ondas sísmicas son reflejadas por una capa rígida similar a un espejo que se encuentra a unos mil trescientos kilómetros de profundidad— pero estimamos una altura de trece mil kilómetros suponiendo que su densidad sea similar a la de la Tierra. La gravedad de la superficie también es similar a la de nuestro planeta, y teniendo en cuenta que hemos sido trasladados aquí y sobrevivido es evidente que se trata de un entorno favorable para nuestro tipo de vida. La única diferencia parece ser el desmesurado tamaño.
El astrónomo se sienta y continúa.
—¿Alguno de ustedes, caballeros, tiene idea de lo ridículamente poderoso que es quienquiera que haya construido esta estructura?
—¿A que se refiere con ridículamente poderoso? —pregunta Brundle, más interesado que molesto.
—Un colega mío, Dan Alderson, hizo el primer análisis. Creo que habrían hecho mejor en traerle a él, francamente. De todas maneras, déjeme detallar varios puntos: El primero es la velocidad de escape. —Sagan levanta un dedo huesudo—. La gravedad en un disco no disminuye en función de la ley cuadrática inversa, tal y como lo haría con un objeto esférico como el planeta del que provenimos. Tenemos una gravedad similar a la de la Tierra, pero para escapar o alcanzar la órbita necesitaríamos muchísima más velocidad. Como doscientas veces más, de hecho. Cohetes que pueden alcanzar la Luna simplemente caen del cielo tras quedarse sin combustible. Segundo punto: —otro dedo—. El área y la masa del disco. Si tiene dos caras su superficie es igual a la de miles y miles de millones de Tierras. Estamos atrapados en el centro de un océano lleno de continentes alienígenas, pero no tenemos garantías de que este entorno hospitalario sea otra cosa que un diminuto oasis en un mundo desconocido.
El astrónomo hace una pausa para servirse un vaso de agua y mirar alrededor de la mesa.
—Para ponerlo en perspectiva, caballeros, este mundo es tan grande que, sí una de cada cien estrellas tuviera un planeta como la Tierra, esta estructura por si sola podría albergar a la población de toda nuestra galaxia. Su tamaño es tan colosal como el de cincuenta mil soles. Es, claramente, imposible: fuerzas físicas todavía desconocidas evitan que se desmorone rápidamente y se convierta en un agujero negro. La fuerza repulsiva, cualquiera que sea, es lo bastante fuerte como para sostener el peso de cincuenta mil soles: piensen en ello por un momento, caballeros.
En ese momento Sagan mira a su alrededor y se percata de las miradas perplejas. Se ríe entre dientes.
—Lo que quiero decir es, que esta estructura escapa a las leyes de la física tal y como las entendemos. Al estar claro que existe, podemos llegar a algunas conclusiones, comenzando por el hecho de que nuestro entendimiento de la física es incompleto. Bueno, eso no es nuevo: sabemos que no poseemos una teoría que lo unifique todo. Einstein estuvo treinta años buscando una, y no la encontró.
»Pero, en segundo lugar —por un momento parece cansado y envejecido—. Solíamos pensar que podríamos llegar a entendernos con cualquier criatura extraterrestre con la que entráramos en contacto: Que serían gente como nosotros, aunque con tecnología más avanzada. Creo que ésa es la mentalidad bajo la que todavía estamos trabajando. En el 61 llevamos a cabo una lluvia de ideas durante una conferencia, intentando hacernos una idea de lo grande que podría llegar a ser un proyecto de ingeniería que permitiera a cualquiera viajar por el espacio. Freeman Dyson, de Princeton, propuso algo más grande de lo que ninguno de nosotros hubiera imaginado: algo que necesitaba que nos imagináramos el desmantelamiento de Júpiter y su conversión en un lugar habitable.
»El disco es aproximadamente cien millones de veces más grande que la esfera de Dyson. Y eso sin tener en cuenta el factor tiempo.
—¿Tiempo? —Repite confuso Fox, de Langley.
—Tiempo. —Sagan sonríe de forma algo mecánica—. No estamos precisamente cerca de nuestra galaxia originaria, y quien sea que nos ha desplazado hasta aquí no ha podido alterar las leyes de la física lo suficiente como para violar los límites de la velocidad. A velocidad luz se tardaría aproximadamente 160 000 años en cruzar la distancia entre el lugar donde vivíamos hasta nuestro actual emplazamiento, en la Pequeña Nube de Magallanes. El tiempo que hemos fijado, incidentalmente, midiendo la distancia a las estrellas variables Cefeidas que conocemos una vez fuimos capaces de medir el desplazamiento hacia el rojo de la luz y el hecho de que algunas cambiaban su frecuencia lentamente y ya parecían haber cambiado mucho; es según nuestra mejor estimación ochocientos mil años, con un margen de error de doscientos mil. Es aproximadamente cuatro veces más del tiempo que lleva existiendo nuestra especie, caballeros. Somos fósiles, un experimento arqueológico o alguna cosa así. Los que nos abdujeron no nos consideran sus iguales, si no sujetos de un vasto experimento. Un experimento del cual desconozco el propósito. Tengo algunas conjeturas, pero…
Sagan se encoge de hombros y se queda en silencio. Gregor mira a Brundle, que niega suavemente con la cabeza. No deberíamos decir según que. Gregor asiente. Sagan podría darse cuenta de que está en la misma habitación que un espía de la CIA y un desertor de Alemania del Este, pero aún no necesita saber nada del Servicio de Alienación.
—No lo pongo en duda —dice Fox, dejando caer las palabras como piedras en el vacío silencio—. Pero debemos abordar una cuestión, ¿qué vamos a decirle al director de la CIA?
—Sugiero —dice Gregor— que comencemos revisando la COLECCIÓN RUBÍ. —Le hace un gesto a Sagan—. Entonces, cuando estemos metidos en materia, puede que nos hagamos una mejor idea de la información útil que podemos transmitirle al director.