15. Rushmore
El Korolev es enorme para una máquina volante, pero bastante pequeño en términos náuticos. Yuri está bastante contento con eso. Es un luchador de corazón, y no puede soportar las tonterías de la Marina. Aun así, está bastante lejos de los MiG-17 con los que obtuvo el título. No tiene una cabina de piloto, o siquiera una cabina de control… tiene un puente, como un barco, con los pilotos, ingenieros de vuelo, navegantes y observadores sentados en herradura alrededor de la silla del capitán. Cuando ruge a través del mar apenas a diez metros sobre el nivel de las olas, y a casi quinientos kilómetros por hora, se agita y sacude hasta que la visión de la tripulación se nubla. El gran reactor que alimenta las turbinas en la cola ruge, y los detectores de neutrones en la mampara tras ellos emite un tic-tac como si fuera un reloj mortal: el resto de la tripulación está amontonada bajo el morro, con tanto blindaje entre ellos y la sala de máquinas como es posible. Es un viaje de nudillos blancos, y Yuri tiene dificultades para resistir la necesidad de flexionar sus manos, agarrar el timón y tirar de él hacia sí. El océano no es amigo del aviador, y pasar rozando sobre esta infinita extensión gris entre continentes del tamaño de planetas fuerza a Gagarin a enfrentarse al hecho de que no es, por instinto, un marino.
Hace dos días que viajan fuera de la nueva-vieja Norte América, cuarenta mil kilómetros más cerca de casa, y aun así a semanas de distancia, pese a que están acortando por la esquina de su camino de exploración parabólica. La fatiga se acumula cuando se sienta al lado de Misha, visiblemente marchito después de su turno de doce horas, y se ata el cinturón.
—¿Algo que reportar? —pregunta.
—No me gusta el aspecto del océano ahí fuera —dice Misha. Indica con la cabeza la estación de navegación que está a la izquierda de Gagarin: Shaw, el alférez irlandés, los ve y saluda.
—¿Permiso para informar, señor? —Gagarin asiente—. Nos hemos encontrado con la demarcación de una termoclina que sugiere otro muro de radiación, esta vez circunvalando mares que no están en las cartas. A ojo diría que estamos en el curso a casa, pero no hemos cartografiado esta ruta y la superficie del agua se está volviendo mucho más fría. En cualquier momento deberíamos avistar los Radiadores, y a partir de entonces deberíamos empezar a mantener un ojo en el tiempo.
Gagarin suspira: explorar nuevos e incógnitos océanos parecía casi romántico al principio, pero ahora es una tarea peligrosa, aunque rutinaria.
—¿Han mantenido el remolque en altitud? —pregunta.
—Sí, señor —responde Misha. El remolque es básicamente una cometa con radares, arrastrado a lo largo de la parte trasera del Korolev durante un kilómetro de cable para advertirles de obstáculos—. No ha mostrado nada…
Justo en ese momento uno de los operadores del radar alza una mano y levanta tres dedos.
—Corrección, Radiadores a la vista, rango trescientos, conexión… de acuerdo, vamos a verlos.
—Mantengan el rumbo —anuncia Gagarin—. Vamos a disminuir a doscientos una vez que veamos con claridad los Radiadores, hasta que sepamos a dónde nos dirigimos. —Se apoya en el costado izquierdo, mirando sobre el hombro de Shaw.
La siguiente hora es desagradablemente interesante. Mientras se acercan a las aletas del muro de radiación, el agua y el aire sobre ella se calman. La densa atmósfera ayuda a la elevación generada por el Korolev, lo cual es bueno, pero empieza a ser imprescindible, lo que es malo. El cielo se vuelve gris y lóbrego, y la lluvia cae en láminas que martillean en las ventanillas acorazadas del puente, como metralletas. El viaje se vuelve racheado y lleno de saltos, hasta que Gagarin ordena que dos de las turbinas delanteras arranquen, sólo por si acaso bajasen demasiado. Los enormes motores del jet engullen fuel y normalmente están apagados en vuelo de crucero, usados tan sólo para despegues rápidos y situaciones extraordinarias. Pero perforar un frente glacial y una tormenta no es tan usual en vuelo por lo que a Gagarin concierne, y la pesadilla que todos los conductores del Ekranoplano afrontan se torna en un monstruoso océano a velocidad de crucero.
Al poco los navegantes identifican un camino entre las dos aletas de radiación, y Gagarin lo autoriza. Está empezando a relajarse mientras los enormes monolitos suben por encima de las nubes grises cuando uno de los pilotos de vigilancia grita:
—¡Icebergs!
—¡Maldita sea! —Gagarin se sienta derecho—. ¡Enciendan todos los motores! ¡Máxima potencia en ambos reactores! ¡Alerones menores a noventa grados y sáquenos de aquí! —Encara a Shaw con el semblante gris—. Recojan la cometa de radar ahora.
—Mierda —Misha comienza a invertir interruptores en su consola, incluso los dobles para control de daños central—. ¿Icebergs?
El enorme efecto suelo hace que la embarcación de bandazos y ruja mientras el tercer piloto comienza emitir gases calientes por el tubo de escape de las turbinas al ponerse en marcha los otro doce motores. Probablemente les queden menos de seis horas de combustible, y lleva quince minutos con todos los motores salir del agua, pero Gagarin no quiere arriesgarse a encontrarse con un iceberg con el efecto suelo. El Ekranoplano puede funcionar como un enorme, pesado y desgarbado hidroavión si tiene que hacerlo; pero no tiene potencia de motor para hacerlo sólo con los reactores, o para elevarse por encima de montañas flotantes de hielo. Y chocar contra un iceberg no está en los planes de Gagarin.
La lluvia inunda el techo del puente, y ahora el cielo empieza a oscurecerse aún más, los enormes muros de los Radiadores abultan entre el crepúsculo a ambos lados. La lluvia es gélida, las gotitas se congelan, llenando las alas del Korolev con una letal pátina de hielo.
—¿Qué pasa con los calefactores superiores? —pregunta Gagarin—. ¡Vamos!
—Estamos en ello, señor —comenta el piloto número cuatro. Momentos después la peligrosa lluvia se transforma en granizo, tableteando y retumbando, pero sobre todo sin posibilidades de adherirse a las superficies de vuelo y acumularse haciendo que el peso vuelque la nave—. Creo que vamos a …
Una muralla blanca y espectral aparece en la distancia, martilleando hacia las ventanillas del puente como un tren desbocado. El estómago de Gagarin se sacude.
—¡Arriba, arriba! —el primer y el segundo pilotos forcejean con los controles del sistema hidráulico mientras el morro del Korolev se alza casi diez grados, sacudiéndose el efecto suelo—. ¡Vamos!
Lo consiguen.
El iceberg emerge de la oscuridad de la tormenta y el mar como el límite del mundo; cincuenta metros de alto y tan masivo como una montaña, está incrustado entre la abertura de las aletas de los Radiadores. Billones de toneladas de banquisa se extienden inmóviles sobre el agua, rechinando y gimiendo por la tensión, como si tocasen el infinito. El Korolev patina sobre el frente superior del iceberg, con la quilla apenas a diez metros y continua ascendiendo laboriosamente hacia el cielo oscurecido. Los ojos resplandecientes de sus reactores dejan cicatrices en el hielo bajo ellos. Llegan al mar abierto más allá de las aletas de los radiadores, y aunque la superficie congelada bajo ellos es un espacio de blancor, también está libre de montañas de hielo.
—Apaguen los motores del tres al catorce —ordena Gagarin una vez que recupera suficiente control para controlar las convulsiones de su voz—. Llévenos abajo hasta treinta metros, teniente. Meteorología, ¿cómo es nuestra situación?
—Ártica o peor, camarada general. —La metereóloga, una mujer de Minsk con la cara picada agita la cabeza—. La temperatura en el exterior es de menos treinta, la presión alta. —La lluvia y el granizo se han desvanecido junto a los radiadores, el mar, y la luz, de modo que ya casi ha anochecido.
—Ajá. Misha, ¿qué opinas?
—Creo que acabaremos formando parte de este congelador, señor. Permiso para volver a desplegar la cometa de radar.
Gagarin entorna los ojos en medio de la oscuridad.
—Teniente, manténganos estables a doscientos. Misha, sí, vuelve a colocar el radar. Necesitamos ver adónde nos dirigimos.
Las siguientes tres horas son a la vez tediosas y tensas. Hay más oscuridad y hace más frío que en un apartamento de Moscú en invierno durante un apagón eléctrico. Abajo un mar de hielo que se extiende de horizonte a horizonte, resquebrajándose, crujiendo y haciéndose añicos, formando una inmensa V que crece bajo la estela de presión del Korolev. Las ruinas espectrales de la Vía Láctea se extienden en lo alto, teñidas de rojo y agitadas por influencias alienígenas. Misha supervisa el relanzamiento del radar y pasa el testigo al Comandante Suvurov antes de erguirse con rigidez y bajar al agitado cuarto de la tripulación. Gagarin se ciñe a realizar informes rutinarios cada cuarto de hora, asegurándose de saber qué hace todo el mundo. La tripulación del puente de mando va y viene según sus cambios de turnos regulares. Es rutina. Con ella un aburrimiento mortal. Entonces:
—Señor, recibo una señal. Permiso para informar.
—Adelante —Gagarin realiza un gesto afirmativo al oficial—. ¿Dónde?
—Rumbo cero, de horizonte a horizonte, hay una cresta que se alza diez metros sobre la superficie. Parece una recalada, a uno sesenta y acercándose. Ah, hay un claro y otra recalada más distante a treinta y cinco grados, la cima se alza hasta doscientos metros.
—Será un acantilado. —Gagarin frunce el ceño. Se siente exhausto, su cerebro embotado por el esfuerzo de tomar decisiones constantes tras seis horas en la línea de fuego y más de dos días con esta progresión aplastante y atronadora. Mira a su alrededor—. Comandante, haga llamar al Coronel Gorodin. Helm, ponga rumbo a cero treinta y cinco. Echaremos un vistazo al claro para ver si es una ensenada natural. Si se trata de una masa continental, también deberíamos echar una ojeada antes de continuar nuestro camino a casa.
Durante la siguiente hora se adentran en la noche, moderando la velocidad y rellenando los espacios vacíos del mapa radar de la costa. Es una frontera inhóspita, inhumanamente fría, con una altiplanicie interior. En efecto, hay dos cabos, dos promontorios que sobresalen en la costa a cada lado de una bahía amplia y profunda. En uno de los promontorios y a lo largo de la bahía se yerguen colinas. Algo llama la atención de Gagarin por su extraña familiaridad. Si pudiera recordar qué es… ¿Otro eco de la Tierra? Pero hace muchísimo, demasiado frío, una profunda frialdad antártica. Y él no conoce la costa de Zemlya, la miríada de ensenadas del Paso del Noroeste donde los submarinos navegan en patrullas de vigilancia eternas para defender la frontera de la Rodina.
Una tenue luz que anuncia el alba tiñe de gris las heladas cimas al tiempo que el Korolev navega lentamente entre los cabos, separados por varios kilómetros, dirigiéndose hacia la amplia bahía abierta. Gagarin alza sus binoculares y escanea la distante costa. Hay estructuras, ¡líneas rectas!
—¿Otra civilización en ruinas? —pregunta en un susurro.
—Quizá, señor. ¿Cree que alguien podría sobrevivir con este tiempo?
La temperatura ha caído otros diez grados en el frío precrepuscular, aunque el Ekranoplano se mantiene caliente por el flujo de sus dos reactores de aviación Kuznetsov.
—¡Ajá!
Gagarin comienza a barrer la costa norte. De pronto el Comandante Suvurov se pone en pie.
—¡Señor! ¡Allí!
—¿Dónde? —Gagarin gira la cabeza hacia él. Suvurov está temblando de rabia, de miedo o de algo más. También ha sacado sus binoculares.
—¡Allí! En la ladera sur.
—Donde… —Sujeta sus binoculares al tiempo que la luz del amanecer se vierte sobre el tocón derruido de un rascacielos inmenso.
Detrás hay una ladera, una falla irregular donde la tierra se ha alzado unos cien metros. Huele a antigüedad, una antigüedad magnificada por las esculturas del promontorio. Aquí está lo que la expedición lleva buscando todo este tiempo: la prueba de que no están solos.
—Dios mío —Misha, estupefacto, maldice en lenguaje políticamente incorrecto.
—Marx —dice Gagarin, estudiando los rasgos marcados de la cabeza más cercana—. Ya he visto esto antes, este tipo de cosa. Los americanos tienen un monumento conmemorativo similar. Monte Rushmore, así lo llaman.
—¿Te refieres a la Isla de Pascua? —pregunta Misha—. Esculturas abandonadas por gente que desapareció.
—¡Tonterías! Mirad allí, ¿aquél no es Lenin? Y Stalin, por supuesto. —Reconocible aunque el famoso bigote estuviera resquebrajado y la mitad se hubiera despeñado por el acantilado—. Pero ¿quién es el que está al lado?
Gagarin ajusta sus binoculares para enfocar la cuarta cabeza. Por algún motivo parece estar menos erosionada que las otras, como si la hubieran añadido en el último momento, quizá en algún tipo de declaración demencial sobre la salud mental de los desaparecidos escultores. Las dos antenas se han roto tiempo atrás y una de las mandíbulas está dañada, pero el rostro sin ojos todavía es reconociblemente inhumano. La cabeza insectil se dirige al océano helado, un enigma en el borde de un continente insular devastado.
—Creo que hemos encontrado a los hermanos socialistas —murmulla Gagarin dirigiéndose a Misha, con una voz tan baja que apenas se elevaba sobre ruido de fondo de la cabina de vuelo—, y ¿sabe?, algo me dice que no queríamos hacerlo.