10. Hemos estado aquí antes

Brundle, finalmente, se ha tomado la molestia de alejarse con Gregor para explicarle qué sucede; a Gregor no parece hacerle ninguna gracia.

—Siento que vinieras sin saber nada —dice Brundle—, pero pensé que sería mejor que lo vieras con tus propios ojos.

Habla con un deje de la región central y una falta de entusiasmo que sus compañeros consideran a veces un signo de sicopatología subyacente.

—¿Ver el qué? ¿Qué tiene de particular? —pregunta tajantemente Gregor—. ¿Qué tiene de particular?

Gregor tiene la costumbre de repetir las frases, aunque cambia de entonación cuando se siente molesto. Es lo bastante humano como para saber que es una mala costumbre, pero le resulta difícil contener ese acto reflejo.

Brundle se detiene en el sendero y mira alrededor para asegurarse de que nadie puede oírlos. El bulevar está casi vacío hoy y sólo una húmeda brisa agita el agua del estanque.

—Dime qué piensas.

Gregor piensa por un momento, luego reúne todos sus conocimientos de la lengua local; es un buen ejercicio.

—Los muchachos de la casa grande están solicitando una Junta Aeronáutica Civil. Eso significa que alguien se ha pasado de listo y se ha dado cuenta de que tienen problemas más serios que los soviéticos les den una patada. Algo ha sucedido para que sepan que necesitan emplear una táctica para tratar con los abductores. Va en contra de la doctrina, por eso necesitamos tomar medidas urgentes al respecto antes de que empiecen a hacer las preguntas adecuadas. Algo les ha alterado, algo secreto, alguna Inteligencia humana del otro bando, quizá. ¿Será ese tal Gordievsky? Sin embargo, aún no saben realmente lo que significa estar aquí. Sagan, ¿su presencia significa lo que imagino?

—Sí —responde Brundle lacónicamente.

—¡Dios santo!

Con un nuevo acto reflejo Gregor se quita las gafas y las limpia nerviosamente con la corbata antes de ponérselas de nuevo.

—¿Solamente a él o hay alguien más? —pregunta dejando la frase sin terminar; ¿solamente a él tenemos que silenciar?

—Hay alguien más.

Brundle suele hablar con la boca torcida cuando se siente nervioso y, por su actual expresión, Gregor deduce que está bastante molesto.

—Sagan y sus amigos de Cornell han utilizado el receptor de Arecibo para escuchar a los vecinos, algo que no anticipamos. Ahora solicitan permiso para emitir una señal a las zonas más cercanas de los demás discos. Directamente, más o menos; «habladnos». Sagan, por desgracia, es muy conocido y eso ha llamado la atención de nuestros principales superiores. Mientras tanto, los soviéticos han encontrado algo que les asusta. La CIA no se enteró por los medios usuales, sino que contactó con el Departamento de Estado a través de la embajada y supieron que estaban asustados.

Brundle se detiene por un momento. Luego añade:

—Sagan y sus muchachos no lo saben, por supuesto.

—¿Por qué nadie les ha pegado un tiro? —pregunta fríamente Gregor.

Brundle se encoge de hombros.

—Congelamos sus fondos justo a tiempo. Si les pegamos un tiro, alguien podría darse cuenta. Todo podría estropearse mientras intentábamos ocultarlo. Ya conoces el problema; es una sociedad semiabierta, controlada de forma inadecuada. Un puñado de astrónomos se reúne por propia iniciativa, en una conferencia académica o en cualquier otro sitio, y decide gastar un par de miles de dólares del dinero concedido para investigación del Instituto Tecnológico para establecer comunicaciones con el disco más cercano. ¿Cómo se supone que vamos a controlar esas cosas?

—Cerrando todos los radiotelescopios. O a punta de pistola si es necesario. No obstante, creo que un corte de energía o un comité del Congreso serían tan efectivos como la presión.

—Es posible, pero no disponemos de los mismos recursos que los soviéticos. Además, ésa es la razón por la que he enviado a Sagan a la Junta. Es una ciudad Potemkin, ya me entiendes, para convencer a todos con los que contactó que algo se está haciendo, pero debemos pensar en cómo callarle.

—Sagan es el líder de ese grupo de «habladnos, dioses alienígenas», creo.

—Sí.

—Bien —responde Gregor. Luego medita lo que va a decir cuidadosamente y añade—: Asumiendo que aún esté limpio y sin contaminar, podemos cambiarle o congelarlo. Si vamos a cambiarlo, tenemos que hacerlo con una razón convincente. Utilizarle para evangelizar la comunidad astronómica y así hacerla callar o llevarla por la dirección equivocada. Como Heisenberg y el programa de armamento nuclear nazi —chasquea los dedos—. ¿Por qué no le decimos la verdad? ¿O al menos algo parecido para ensombrecer el asunto completamente?

—Porque es miembro de la Federación de Científicos Americanos y, por tanto, no creerá nada de lo que le contemos sin una confirmación externa —masculla Brundle por una de las comisuras de sus labios—. Ése es el problema de utilizar una agencia gubernamental para nuestra tapadera.

Caminan en silencio durante un minuto.

—Creo que sería muy peligroso infravalorarle —comenta Gregor—. Podría sernos muy útil pero fuera de control resulta muy peligroso. Si no podemos mantenerlo callado, es posible que sea necesario recurrir a la violencia física. Además, con la cantidad de colonias que ya se han implantado no podemos estar seguros de que las recuperaremos todas.

—Analiza su alcance de su conocimiento —dice Brundle de forma abrupta—. Quiero una comprobación real. Te comentaré las novedades cuando hayas terminado la lista.

—De acuerdo —Gregor se queda pensando un minuto—. Veamos. Lo que todo el mundo sabe es que entre las cero tres quince y doce segundos y trece segundos Hora Zulú, el dos de octubre del sesenta y dos, todos los relojes se detuvieron, los satélites desaparecieron, el mapa estelar cambió, diecinueve aviones comerciales y cuarenta y seis naves en marcha terminaron mostrando problemas irreversibles y se vieron transportados de una esfera en la Vía Láctea a un disco que suponemos está en alguna parte de la Pequeña Nube de Magallanes. Entretanto, la galaxia de la Vía Láctea (suponemos que se trata de ella) ha cambiado notablemente. Montones de estrellas carentes de metales, indicios de ingeniería cósmica macroscópica, ese tipo de cosas. La explicación pública es que los visitantes detuvieron el tiempo, pelaron la Tierra y con ella recubrieron el disco: Por suerte, aún discuten sobre si la explicación es la, cómo llamarla, hipótesis de la copia de Minsky o ese tal Moravec con su teoría de la simulación digital.

—Por supuesto —Brundle le da una patada a un adoquín con desgana—. Y bien. ¿Cuál es el análisis consecuente?

—Bien, más tarde o más temprano se van a volver peligrosos. Tienen la predisposición histórica a cometer errores teológicos, a creer en un gran creador omnipotente y en un motivo para su existencia. Si comienzan a especular sobre las intenciones de una inteligencia trascendente, es probable que se planteen finalmente si su presencia aquí es o no síntoma del deseo de Dios de probar las circunstancias de su propio nacimiento. Después de todo, tenemos pruebas de ¿cuántas especies tecnológicas en el disco?, ¿diez millones?, ¿doce? En algunos casos, duplicadas muchas veces. Pueden atar cabos con su concepto de destino manifiesto y concluir que, de hecho, están abocados a la creación de Dios. Lo cual es una conclusión que, desde nuestro punto de vista, no deseamos que alcancen. Por así decirlo, los teólogos no son buenos compañeros.

—Sí, así es —dice Brundle pensativo y, a continuación, se ríe nerviosa y silenciosamente para sí durante un momento.

—Ésta no es la primera vez que han evitado que se lancen montones de bombas H. Es algo inusual en las civilizaciones de primates. Si siguen haciéndolo, podrían resultar peligrosos.

—Peligrosos es algo relativo —dice Brundle. Vuelve a reír para sí. Algo se mueve dentro de su boca.

—¡No hagas eso! —dice Gregor bruscamente. Echa un vistazo alrededor de forma instintiva pero no ocurre nada.

—Estás histérico —Brundle frunce el ceño—. Deja de preocuparte tanto. No nos queda mucho aquí.

—¿Nos han destinado a otro lugar? ¿O que preparemos un ataque de esterilización?

—Aún no —Brundle se encoge de hombros—. Debemos investigar más, antes de poder tomar una decisión. Los soviéticos han descubierto algo en su programa de exploración tripulado. El Korolev tuvo suerte.

—Ellos… —Gregor se pone tenso—. ¿Qué han descubierto? —Él sabe lo del gran Ekranoplano propulsado por energía nuclear, el dragón caspio, que atraviesa los siete océanos en busca de nuevos mundos que conquistar. Incluso sabe lo de la pequeña flota que intentan construir en Arcángel, el costoso importe de la misma. Pero esto es nuevo—. ¿Qué han descubierto?

Brundle muestra una forzada sonrisa de oreja a oreja.

—Encontraron ruinas. Después, pasaron ocho semanas trazando un mapa de la costa. Han confirmado lo que han descubierto, enviaron las fotografías al Departamento de Estado, detalles del estudio, todo. —Brundle gesticula ante el monumento a la Guerra de Cuba, la enorme columna de granito que preside el bulevar, con su sombra apuntando hacia el Capitolio.

—Han encontrado Washington D. C. en ruinas. A doscientos veinticinco mil kilómetros en aquella dirección —señala en dirección norte—. No son unos inútiles totales y es la primera vez que han encontrado uno de sus propios parientes transferidos. Puede que estén bien encaminados para comprender la verdad pero, por suerte, nuestros camaradas de Moscú tienen esa parte del asunto bajo control. No obstante, le comunicaron su hallazgo a la CIA antes de que se pudiera ocultar, lo que conlleva ciertos quebraderos de cabeza.

»Debemos asegurarnos de que nadie de por aquí se pregunta por qué. Así que quiero que empieces tratando con Sagan.