SUSPENSO

Viernes

El día amaneció con el cielo lleno de nubes negras. Dani apenas había dormido la noche anterior, pensando en cómo se sentía el cuerpo de Ray contra el suyo. Lo que Edu le dijo retumbaba una y otra vez en su cabeza: «¿Me estoy encaprichando de Ray? Pero eso es… imposible. ¡Por Dios! El tío es “el chulo gilipollas engreído”…, pero… es “mi chulo gilipollas engreído”, mi machote».

Además, ¿qué esperaba? ¿Que un heterosexual, al que le había dado por explorar “el lado oscuro”, lo dejara todo y se quedara en esa nueva dimensión? ¿Que un tío perdiera su posición de líder de los machotes por quedarse al lado del maricón de turno? «No, claro que no. Pero… sé que él…, sé que a él le gusta lo que está pasando… Está confundido, lógico…, pero él… lo quiere, le gusta lo que siente… ¡Vale! ¡Ya basta de juegos! Si hay que darle un empujoncito al chaval para que se decida, se le da. Le voy a hacer pasar el mejor fin de semana de su vida».

A la última clase antes del recreo le estaba prestando poca atención con todos aquellos pensamientos pasando una y otra vez por su cabeza. Cuando sonó la campana, se dirigió a la cafetería dispuesto a llevarse a Ray fuera de la ciudad con alguna pobre excusa para que estuvieran juntos.

Llegó a la puerta de la cafetería y, para disgusto de Dani, la plana mayor al completo del grupito de Ray se encontraba allí: los matones, la chica del pelo rubio y otros cinco chicos con el mismo aspecto de gilipollas que Goyle y Crabbe. Pero a Ray no lo veía por ningún lado.

—Vaya, vaya, vaya. ¿A quién tenemos aquí? —dijo Goyle, o Crabbe, a Dani sencillamente le parecían igual de estúpidos—. ¡El maricón picha corta! ¡Y viene con el truchilla detrás de él comiéndole el culo! ¡Cómo no!

Las risas que siguieron a aquel comentario estaban activando el modo pit-bull de Dani. Ni siquiera se había percatado que Pedro lo seguía. No tenía tiempo para esto. «¿Dónde coño está Ray?».

—¿Sabes? —preguntó Goyle, parándose justo enfrente de Dani—. Creo que no te agradecimos los huesos rotos y moratones del otro día.

—Y como no te apartes de mi camino vas a tener que volver a agradecérmelo. Así que, lárgate —dijo Dani, mientras intentaba sortear al matón.

—¡Tú de aquí no te mueves hasta que escupas sangre, maricón de mierda! —Y dicho aquello, cogió a Dani del cuello tirando de él hacia abajo.

Dani levantó sus manos para agarrar la camisa de Goyle, pero unos brazos fuertes se lo impidieron poniendo sus manos detrás de su espalda. Alguien le pegó una patada en la parte de atrás de sus rodillas y cayó hacia delante hincándolas en el suelo. Antes que pudiera levantar su cabeza, un duro puño se estrelló en su mandíbula.

—¡Capullo! —escupió Dani, sintiendo el sabor de la sangre entre sus dientes—. ¿Es que no tienes los cojones suficientes para enfrentarte sin tus amiguitos detrás?

La respuesta fue otro puñetazo ahora cerca de su ojo, partiéndole la ceja. La cafetería estaba vacía. Todos los estudiantes habían salido de ella y observaban callados la pelea.

«¿Dónde coño están los profesores? ¿Y dónde mierda está Ray?», gritó Dani para sí mismo, pero una de sus preguntas pronto fue contestada.

—¿Qué cojones está pasando aquí?

Dani levantó la vista hacia Ray. De uno de sus ojos goteaba sangre e iba hinchándose poco a poco, haciendo que su visión se nublara a ratos, mientras su labio partido no paraba de sangrar. «Menos mal, joder», pensó Dani, esperando que aquella pesadilla terminara.

—Por fin vienes, tío —dijo esta vez Crabbe—. ¿Te acuerdas cuando dijiste que al maricón bobalicón había que enseñarle cuál era su puesto? Pues aquí lo tienes, Ray, de rodillas.

Todos volvieron a reír ahora más fuerte. Dani miró la cara de Ray. No era capaz de leerla. Las líneas de su rostro estaban tensas y sus ojos penetrantes lo observaban, pero no reflejaban ningún estado de ánimo. Otro puñetazo hizo girar la cabeza de Dani hacia un lado. Para su asombro, no escuchó ni un “¡Basta!” o un “¡Para!” por parte de Ray. Extrañado, giró su cara hacia él. Éste seguía contemplándolo sin expresión alguna. La chica rubia se le acercó y, empalagosamente, lo abrazó por la cintura. Apoyando la cabeza sobre el hombro, dijo:

—Sí, nene, ¿por qué no le haces ver cuál es su lugar? Enséñale quién manda aquí.

¡Dios! Aquello parecía una mala película de gangsters. Y para colmo, la maldita rubia abrazando a Ray. «¡Quita tus putas manos de mi macho, zorra!». ¿Por qué nadie avisaba a un profesor? ¿Por qué nadie intervenía? ¿Por qué…? ¿Por qué Ray no lo impedía?

Se hizo un silencio esperando a que Ray contestara las preguntas de la chica. Miraba sin descanso a Dani, pero nada salió de su boca.

—Bueno, nuestro Ray lleva una semana un tanto extraño, pero nosotros podemos hacerlo por él.

Dani no sabía quién hablaba, ya que su mente estaba fuera de aquella pelea. Miró a Ray, y sus ojos dijeron lo que su boca sangrante no podía: «Di algo, Ray… No me hagas esto…, no la jodas, tío… Venga, mi machote…».

Antes de recibir una serie de puñetazos, que acabaron por desencajarle un poco la mandíbula, pudo ver cómo los ojos de Ray se cerraban, y esta vez sí, había una expresión de arrepentimiento y desesperación recorriendo su rostro.

Dani sintió unas manos suaves que lo levantaban. Cuando su cabeza se aclaró, observó la situación: dos profesores estaban increpando al grupo de Ray, Pedro abrazado por Alberto, los estudiantes se arremolinaban unos alrededor de otros gritando, y Raquel junto a él, ayudándolo a ponerse de pie. Pero Dani sólo tenía ojos para Ray. Con paso decidido, y soltando el tierno agarre de Raquel en su brazo, se dirigió hacia él. Una vez justo enfrente, desechando con la mirada a la rubia, con su cara ensangrentada, y con una voz quebrada llena de una rabia que Dani jamás había sentido en sus diecinueve años de vida, le espetó:

—No te preocupes, Roberto. Tu posición de macho sigue intacta.

Y se alejó de allí, sin siquiera ver la cara de desolación que mostró Ray tras sus palabras.

* * *

 

Dani estaba tumbado de espaldas sobre su cama. Después de todo el día encapotado, había comenzado a llover fuerte y escuchaba las gotas chocando contra la ventana. Su labio estaba roto, su ojo ligeramente hinchado, tenía tres puntos dados en la ceja, y su mandíbula dolía como el demonio. Se sentía humillado, traicionado, pisoteado, despreciado, degradado, machacado y todos los “ados” habidos y por haber. «Cabrón, hijo de puta, mamonazo, gilipollas, intento de chupapollas… Y yo pensaba hacerte pasar el mejor fin de semana de tu vida… ¡¡Hijo de puta!!».

Menos mal que sus padres habían salido y llegarían bastante tarde, porque no tenía ganas de tener que lidiar con ellos en ese momento explicándoles cómo había conseguido aquel Picasso en su cara.

El timbre de la casa sonó. Suponía que sería uno de sus colegas para decirle que se verían en alguna de sus casas para pasar el rato, pues llovía a mares. Sin muchas ganas de mostrar su rostro apaleado, abrió la puerta.

Se quedó mudo.

Ray, empapado hasta las trancas, se erguía ante él. Su pelo completamente mojado caía por su frente y cara, haciendo que estas se llenaran de pequeñas gotitas. Parecía que se hubiera metido en un río con la ropa puesta, ya que un gran charco de agua se formaba a sus pies. Ray lo miraba mientras sus labios tiritaban con un ligero toque azulado.

—No me cierres la puerta —dijo Ray, acentuando el tembleque en su boca.

Dani aún no daba crédito a lo que veían sus ojos. A su mente iban y venían pensamientos, imágenes, pero no lograba discernirlas unas de otras. Intentando volver a la realidad, preguntó:

—¿Cómo has abierto la puerta del portal?

—Una mujer la abrió —contestó Ray, dentelleando a la vez que se abrazaba a su chaqueta en un claro gesto de estar congelándose de frío.

—¿Cuánto tiempo llevas ahí fuera? —dijo Dani demandante.

—No sé… Una hora, quizás. —Ray tiritó, abrazándose más fuerte y respirando profundo.

Dani peleó consigo mismo. ¿Qué debía hacer? Realmente tenía ganas de escuchar la triste versión que Ray pudiera darle sólo para tener la satisfacción de poder devolverle todos los puñetazos que él había recibido y cerrarle la puerta en las narices, a ver si de paso también se la rompía. Pero el chaval claramente estaba al borde de la hipotermia y, como no actuara rápido, se le desmayaría ahí mismo en la puerta de su casa. Lanzándole una mirada asesina, le dijo secamente:

—Entra. —Ray avanzó y se quedó temblando en el pasillo mientras veía a Dani desaparecer por la puerta de su cuarto. Al cabo de varios segundos, volvió con unos pantalones y una camiseta en sus manos—. Quítate la ropa —le ordenó. Ray se quitó la chaqueta y se la dio a Dani. Cuando iba a empezar a desabrocharse los pantalones, lo miró—. ¡Oh, vamos! ¿Es que nos hemos vuelto tiquismiquis ahora? —preguntó con cara y tono despectivo. Ray intentó morder su labio inferior pero aquel temblor se lo impedía. Bajó su mirada y comenzó a deslizar sus pantalones. Se los dio a Dani junto con su camiseta y tendió la mano para que le pasara la ropa seca—. Esos también —dijo Dani con un movimiento de cabeza hacia los calzoncillos.

Ray levantó una ceja con asombro, pero la mirada furibunda que Dani le echó hizo que llevara sus manos a los slips y los bajara. Dani observaba su cuerpo de arriba abajo. «Maldito… ¿Por qué has tenido que cagarla de esta manera?», pensó tristemente.

Una vez que estuvo vestido, Ray siguió a Dani hasta la cocina y éste empezó a preparar un vaso de leche caliente.

—Dani…, yo… Lo siento, Dani.

Dani estaba de espaldas a él y, al escuchar aquella burda disculpa, cerró sus ojos e intentó contar hasta diez, pero le fue imposible. No llegó ni al tres. Volviéndose con su cara de pit-bull, gruñó:

—¿Qué sientes, Ray? ¿Que me hayas destrozado la cara? ¿Que me hayas humillado delante de todo el instituto? ¿O que seas incapaz de aceptar lo que sientes?

Ray abrió los ojos como platos ante la última pregunta. —Dani…, no fui yo quien te peg…

—¡¡Claro que fuiste tú, joder!! —Aquel grito hizo retroceder un paso a Ray—. ¡Cada puto golpe que viste y no tuviste los cojones de parar, fuiste tú! ¡Cada puta risa que se escuchaba era por tu culpa! Pero, ¡claro! —Ahora el tono de voz era sarcástico—: Estabas demasiado entretenido mientras te sobaba aquella zorra, ¿eh?

Ray cerró sus ojos por aquel comentario. Dani sabía que no debería haber dicho eso, pero el modo pit-bull estaba siendo difícil de controlar.

—Dani…

—¿Qué pasa, Ray? —lo interrumpió sin escucharlo—. ¿Estabas harto de cursilerías y querías probar cómo se sentía una buena polla en tu culo? ¿Eso es lo que soy? ¿Un experimento? ¿Un “a ver lo que el puto maricón de mierda puede darme”?

—¡¡No es tan fácil, joder!! —gritó Ray, gesticulando con sus manos—. ¡No…! —Se pasó una mano por su cabello sin saber qué decir—. No lo entiendes…

—No, Ray —comenzó Dani, calmando su voz—, no lo entiendo. No entiendo cómo tu chulería puede acabar con algo que sabes que te gusta. —E intensificando su mirada, finalizó—: Eres un puto cobarde.

Ray lo miró. Con dolor en su voz, habló:

—Dani, quizás para ti todo fue un camino de rosas en tu vida; unos buenos padres, una buena casa, poder tener lo que quisieras. Pero para todo el mundo no es tan fácil.

—¿Qué coño tiene que ver eso con lo que estamos hablando? —preguntó Dani exasperado.

—¿Qué tiene que ver? ¡Todo, mierda! ¡Tiene que ver todo! ¡Tú siempre has sido dueño de tu vida! ¡Nadie tenía que juzgar si eras o no “aceptable” para encajar en la sociedad! No tenías que escuchar cómo la gente decía a tus espaldas: “¡Mira! ¡Allí va el chico de la puta y el borracho! ¡Sólo falta que les salga maricón y son la familia perfecta!”.

Parecía que a Ray se le olvidaba que Dani era gay. Sí que tuvo que escuchar varios comentarios, pero, o pasaba de ellos porque nunca le importó lo que pensaran de él, o machacaba al que lo insultaba con intenciones hirientes.

—Roberto —dijo con retintín Dani—, si quieres engañarte pensando que haciendo de mafioso por la vida la gente dejará de insultarte, allá tú. Pero te doy un consejo: hazte un favor y acepta lo que eres.

—Yo no soy maricón —murmuró secamente Ray.

—Pues, ¿sabes? —empezó Dani, sonriendo retorcidamente—. La chupas bastante bien para no serlo.

Ray volvió a cerrar sus ojos. —Yo no soy gay, Dani —repitió mientras los abría de nuevo y bajaba su voz—. A mí sólo… me gustas… tú…

—¿Y esa es tu manera de demostrarlo, Ray? ¡Dejando que me apaleen como a un puto perro callejero!

Ray soltó un suspiro. Aquella conversación no iba a ningún lado. Lo único que hacían era gritarse y echarse cosas en cara. Erguido y con paso firme, se acercó a Dani hasta quedar frente a él. Se miraron por varios segundos. Ray agarró su cuello y juntó sus bocas. Dani gimió por su labio partido. Sin moverse del sitio, intentó no corresponder al beso, algo difícil ya que Ray lo cogió de la cintura y lo atrajo aún más.

Aquel beso eran tan suave, tan pausado, que Dani sentía que el roce de los labios de Ray no sólo estaba en su boca, sino por toda su piel. «¡Joder! ¡Tengo que detener esto!». Ray estaba echando abajo su mundo, derrumbando sus barreras. Jamás había permitido que un tipo, y menos un gilipollas heterosexual experimentando una posible bisexualidad, hiciera temblar los muros de su bien marcada personalidad.

«¿Cuándo he dejado que un tío que me ha humillado juegue conmigo de esta manera?». ¿Qué pretendía Ray con aquel beso? ¿Que todo se olvidara y siguieran follándose por cualquier rincón a escondidas de todos? ¿Que él fuera su juguetito sexual prohibido ante la sociedad sólo porque al chaval le picaba la curiosidad y quería “rascarse” con él? «¿Y luego, qué? ¿Me tiras? ¿Me desechas cuando ya se te haya pasado el picor, porque tú eres el macho de los machos?».

Aquellos pensamientos hicieron que su modo pit-bull se llenara de Rottweilers Dóbermans y Pastores alemanes, y actuó según el instinto. Agarró fuerte los hombros de Ray separándolo de su boca. Lo miró con furia, lo hizo girar, lo dobló sobre sí mismo y lo estampó de cara a la mesa, sujetándolo por la nuca para mantenerlo en aquella posición.

Ray se quejó con un sonido opaco, pero Dani no le dio opción a protestar mucho más. Cubrió la espalda con su cuerpo, se acercó al oído y, masticando cada una de sus palabras, le dijo:

—¿Esto es lo que quieres, Roberto? ¿Mi polla gorda en tu culo virgen? —Mientras lo decía, bajó sin miramientos los pantalones de Ray hasta sus muslos. La cinturilla de los suyos la dejó justo debajo de sus testículos.

Ray se removió un poco pero no hablaba. Dani hizo más fuerte el agarre en el cuello, escupió en su otra mano expandiendo la saliva por su pene y, empuñándolo, se abrió paso entre las nalgas del culo de Ray.

Cuando aquella polla traspasó, no sin resistencia, su círculo de anillos, Ray abrió completamente sus ojos y se mordió los labios sin dejar escapar ningún sonido a través de ellos, aunque sí lo hizo su garganta. Poco a poco, Dani fue introduciéndose hasta que, en apenas segundos, se encontró completamente enterrando en el interior.

Pegó su pecho a la espalda de Ray y vio que una ancha lágrima recorría la mejilla. Su cuerpo se estremeció y se quedó quieto. «¡Joder! ¿Qué estoy haciendo? ¿Qué has hecho conmigo, maldito cabrón? ¿Qué has hecho para que sea capaz de llegar a hacerte esto?». Pero entonces sintió el dolor de las heridas en su rostro, y la jauría de perros que tenía en su interior lo invadió. El sentimiento de compasión que inundó su cuerpo al ver aquella lágrima se desvaneció, dando paso al dolor por los puños, a la rabia por ser el hazmerreír del instituto, y a la desesperanza por la indiferencia de Ray.

Tirando del cabello del chico, acercó el oído a su boca. Sintiendo que su corazón empequeñecía por los sentimientos de amor y odio que en él se albergaban, dijo con voz quebrada al filo del llanto:

—Esas putas lágrimas no tienen comparación con lo que me has hecho.

Y dicho aquello, comenzó a entrar y salir del cuerpo de Ray con estocadas profundas. No se lo haría fuerte. Tampoco es que su cuerpo lo acompañara en eso. La tristeza y la rabia que sentía de la situación —y de él mismo— querían dañar a Ray, pero no de esta manera. Aquello sólo le infligiría al chaval un pequeño dolor físico. Dani quería matarlo por dentro, humillarlo, al igual que había hecho con él.

Levantando un poco su cuerpo y tirando del pelo del muchacho hacia atrás, comenzó a bombear sus caderas haciendo que la cocina se inundara del sonido de carne contra carne, de sus propios jadeos, y de los pequeños quejidos que salían entrecortados de la boca de Ray.

Sintiendo que su clímax estaba cerca, agarró la cintura de Ray, y con dos embestidas fuertes se corrió dentro del culo. Las sensaciones de odio, tristeza, desolación, rabia y vacío, recorrían su cuerpo a la par que su orgasmo.

Dani se quedó en aquella posición, con una mano en la cadera y otra en los cabellos del muchacho, mientras su ira se calmaba. El cuerpo de Ray estaba quieto. Sus ojos mirando al vacío, carentes de expresión, con una de sus mejillas apoyada sobre la mesa. La que quedaba a la vista de Dani mostraba una lágrima que empezaba a secarse. Salió de él, se subió su pantalón y abandonó la cocina. Enseguida volvió a entrar con la ropa de Ray en la mano.

—Lárgate de mi casa —le espetó mientras le tendía su ropa. Ray se levantó como pudo de la mesa mirándolo con asombro, pero no se movió—. Que. Te. Largues. —Y empujando la ropa contra su pecho, tiró de su brazo, lo llevó al pasillo, abrió la puerta y lo lanzó fuera de su casa.

Antes de cerrarle la puerta en las narices, pudo ver la imagen desvalida de Ray, con los finos pantalones y la camisa de manga corta que él mismo le había dejado, descalzo, agarrando como podía su ropas y sus zapatos contra su pecho, lágrimas resecas en su cara, y sus ojos mirándolo con una devastación tal que Dani sintió, trozo a trozo, cómo su corazón se rompía en pedazos.

Como un zombi, se dirigió al cuarto de baño, se quitó sus ropas y se metió en la ducha. Se apoyó en los azulejos y dejó que el agua corriera por su cuerpo. Al mirar hacia abajo, vio que el agua del fondo de la bañera estaba teñida de un color escarlata. Instintivamente, miró su miembro. El agua que caía limpiaba poco a poco los restos de sangre que lo cubrían. Mordiéndose los labios y cerrando sus ojos, se dejó caer por la pared de la ducha.

Y lloró.

Lloró como nunca lo había hecho. Lloró sin descanso, sin tregua, sintiendo que su alma se iba con aquellas lágrimas y desaparecía por el desagüe, hasta que su cuerpo ya no tuvo más líquido que derramar.