LENGUA
LA luz del sol traspasando los ojos de Dani hizo que los abriera. Odiaba cualquier tipo de iluminación a la hora de dormir, así que no entendía cómo se había dejado la persiana en alto, hasta que abrió los párpados gruñendo y vio la razón del porqué. Ray estaba tumbado a su lado boca arriba, con la sábana hasta la cintura, un brazo sobre su pecho desnudo y fumándose un cigarro. Dani parpadeó varias veces mientras el torrente de imágenes y sonidos de la noche anterior llegaban a su mente, y empezó a analizar fríamente la situación.
«¿Por qué está aquí todavía?». No es que le disgustara, es más, realmente estaba asombrado de que aún permaneciera en su cama y no hubiese salido pitando en mitad de la noche arrepentido por todas las cosas “de maricas” que había hecho. Observando su cara, Dani hasta diría que estaba bastante cómodo allí tumbado disfrutando de su cigarro.
—Hola —dijo Dani, mirándolo de costado.
Ray no respondió a su saludo mañanero. Tras una nueva calada, y sin mirarlo, le preguntó:
—¿Te molesta que fume en tu cuarto?
Aquella pregunta descolocó un poco a Dani por varias razones: ¿de verdad le importaba o no, si Dani le permitía fumar en su casa? Siempre había creído que Ray hacía lo que quería, dónde quería y con quién quería. ¿Cómo podía estar tan tranquilo, fumándose un cigarro, tumbado en la cama desnudo como si acabara de follarse a su novia o a cualquier otra tía? ¿Es que no recordaba que se odiaban a muerte? ¿Realmente lo primero que le preocupaba, después de que le hubieran abierto el culo, es si podía o no fumar en el cuarto? Esta parte quizás Dani no la entendiese muy bien, ya que él, desde que supo que le gustaban los tíos, no le dio importancia a qué pensarían los demás o incluso él mismo acerca de ser “profanado”.
—No, no me importa —dijo Dani, levantándose y buscando unos calzoncillos en su mesita de noche—. Puedes tomar una ducha si quieres. Hay toallas limpias en el armario del cuarto de baño.
Vale, eso sí que no se lo esperaba. ¿Ahora era él quien se creía que Ray era su amante y le ofrecía su cuarto de baño para ducharse? ¿Y qué será lo próximo? ¿Llevarle el desayuno a la cama?
—¿Tienes café? —preguntó Ray, mientras apagaba la colilla del cigarro en un cenicero improvisado que había hecho con la envoltura del condón.
«¡Dios! ¡Esto es humillante!». —Sí, voy a preparar una cafetera. —«¡Marchando desayuno en la cama!».
Cuando se dirigía a la cocina, escuchó el agua de la ducha caer. «¡Ufff! Tranquilízate Dani. Es sólo otro tío más en tu cama». No es que hubiese tenido a otros, más bien a ninguno, ya que siempre había follado en coches, casas de los demás o había conseguido alguna mamada en un sucio callejón.
Terminando de verter los cafés sobre dos tazas, Ray apareció recién duchado en la puerta de la cocina, con la misma ropa del día anterior y el pelo brillante por la humedad, que hacía resaltar el azul de aquellos impresionantes ojos. Dani le tendió su café y Ray se acercó a cogerlo.
—No sé cómo te gusta. —«¡Joder! Sólo me falta decir: “¿quieres azúcar, mi amor?”».
—Café solo está bien —contestó Ray, llevándose la taza a su boca. Dani juraría que pudo ver una risita en aquellos labios.
Y bueno, allí estaba. Ese tenso momento que surge a la mañana siguiente de haberte acostado con alguien. Ese instante en que no sabes cómo decir adiós, si con un beso o un apretón de manos. Aunque, bueno, lo del beso quedaba descartado, ya que ni siquiera habían rozado sus labios. Pero algo fallaba en aquella típica situación. Mientras Dani veía cómo Ray terminaba su café, algo dentro de él no quería verlo desaparecer por la puerta.
Ray dejó su taza vacía sobre la encimera y miró a Dani. Los segundos pasaban, ninguno decía una sola palabra. Tan sólo estaba lo de siempre: negro contra azul. La cocina parecía haberse cargado de un sopor que los envolvía a ambos. Antes de que Dani abriera sus labios para decir ni él sabía qué, el timbre de la casa sonó. Salió de aquel embriagador ambiente y fue a abrir la puerta. Jorge no dijo ni buenos días. Entró como un vendaval a la casa y empezó a despotricar:
—¡Vaya putada, tío! Rafa se ha puesto malo. Bueno, malo no, que cogió una cogorza ayer que te cagas. Y ahora no hay quien lo levante. Y la pista está cogida. Y el cabrón sabe lo que nos costó poder alquilarla para estas fiestas. Y somos tres, porque todos los demás están por ahí con sus putas familias comiendo, riendo y foll… —Jorge se calló cuando vio a Ray apoyado en el umbral de la puerta de la cocina, con sus brazos en cruz sobre su pecho mirando hacia ellos—. Eh… ¿Interrumpo algo?
Aquel era el momento, ¿no? La hora de que alguno de los dos dijera: “No, él ya se iba”, o “No, yo sólo estaba de paso”. Sin embargo, ninguno habló. Quien sí lo hizo fue Jorge:
—Mmm… Ray, ¿verdad? —El nombrado sólo asintió en respuesta—. ¿Sabes jugar al baloncesto?
* * *
Dani aún estaba intentando desgranar toda la información que se acumulaba en sus neuronas mientras se ataba los cordones de sus zapatillas de deporte. Miraba de reojo a Ray, vestido con unos pantalones cortos, una camisa, y unas deportivas que él mismo le había dejado antes de salir de casa para dirigirse a la pista de baloncesto.
Tras la preguntita de Jorge, Dani y Ray habían cruzado miradas de asombro. Después de aquello, lo único que recordaba Dani era a Jorge instándole a que sacara ropa del armario para “el nuevo jugador”. «¿Por qué no se ha negado Ray?». Éste había empezado a balbucear algo como: “Yo… es que tengo que avisar a… alguien”. «¡¿Quién coño era ese alguien?! Espera… ¿Realmente me estoy preguntando a quién tiene que dar señales de vida el chulo engreído de mierda?». Pero cuando a Jorge se le metía algo en la cabeza era difícil quitárselo hasta que lo conseguía. Como María, que según lo que había contado mientras se dirigían a la pista, parecía que Jorge había encontrado un cuarto agujero en el cuerpo de una mujer.
En fin, que allí estaban los cuatro: Edu, Jorge, Dani y Ray, preparados para un dos a dos. «¿Sabrá jugar Ray al baloncesto?». Aquella duda se disipó en el momento que Ray cogió el balón y lo encestó desde la línea de triples. Dani lo miró asombrado, pensando que menos mal que hacía equipo con él.
Llevaban jugando una media hora cuando, en un pequeño descanso, Edu se acercó a Dani.
—¡Eh, campeón! ¿Cómo coño te lo llevaste a casa anoche? —preguntó Edu, señalando con la cabeza a Ray mientras éste intentaba robarle el balón a Jorge entre risas. Dani sólo se encogió de hombros. No iba a contarle la historia completa—. Pues vaya macho que te llevas, tío. Yo lo estuve mirando todo el rato, pero me dio la impresión que no era de “nuestra acera”.
Sí, eso pensaba él. ¿Se habría escacharrado su gay-radar? Dani jamás habría apostado un puto euro porque al cabrón le gustara chupar pollas. Bueno, técnicamente chupar, lo que se dice chupar, poco. «Pero, ¿qué hace aquí? ¿Por qué no se va con ese “alguien” al que tenía que avisar? ¿Por qué se ve tan a gusto rodeado de mis amigos? ¡¡¿Y por qué le quedan tan malditamente bien los pantalones cortos?!!».
Al final de la hora de juego, Jorge vino corriendo después de hablar por teléfono.
—Era el gilipollas de Rafa. Sus padres no están y no le han dejado nada de comer. Dice que si podemos acercarnos al chino y comprar comida.
—Bueno, yo m… —empezó a decir Ray.
—Bueno, tú, nada. Te vienes con nosotros. Además, quiero que me expliques eso que haces con el balón para darle efecto —dijo Jorge, cortando a Ray.
Dani pensó que Ray le abofetearía la cara. Desde luego lo habría hecho si alguien en el instituto se hubiese atrevido a hablarle así. Pero Jorge era capaz de llevarse a la gente de calle. Y ahora que lo pensaba Dani, ¿dónde estaba esa aura de peligrosidad y salvajismo que siempre caracterizaba a Ray? ¿Es que sólo la tenía en el instituto?
Con aquellos pensamientos rondando en su cabeza, llegaron a casa de Rafa tras pasarse por el chino y comprar la comida. Rafa estaba hecho un asco: en pijama, con los ojos inyectados en sangre, y el pelo que parecía que había viajado sentado en el ala de un avión. Comieron y se dispusieron a pasar la tarde jugando a la Play.
Dani aún no se creía que Ray estuviera allí sentado en el sofá de la casa de Rafa, jugando una partida con ellos, sus amigos. Pero cada vez que decidía echarle un vistazo, su mirada se prolongaba más en el tiempo. Una de las veces, estuvo tan ensimismado mirándolo, que Edu tuvo que darle un codazo para que siguiera jugando.
—¿Te estás encaprichado con el tío, o qué? —le susurró al oído.
«¿Yo? ¿Encapricharme? Pero, ¡qué coño…!», pensó Dani, haciéndole a Edu un mohín de desagrado a modo de respuesta. Sin embargo, Dani no apartó la vista de Ray mientras todos seguían jugando. No quería pensar en lo que había dicho su amigo. No, no era buena idea. Era una malísima idea. «¡Por Dios! ¡Esto es un claro caso de bi-curiosidad! Es sólo eso. El chaval está siendo… un poco curioso, nada más…, ¿verdad?… Pero… es que tengo tantas ganas de… besarlo…».
En ese mismo momento, Ray lo miró. La habitación empezó a desaparecer del campo de visión de Dani: no Play, no amigos, no instituto, no rabia, no puñetazos, no lacayos, no bi-curiosidad, no “puto maricón de mierda”, no “chulo gilipollas engreído”…, sólo… él.
Sin dejar de mirarlo, Ray se levantó y se dirigió a la cocina. A Dani empezaron a sudarle las manos y, tras dos profundas respiraciones, hizo el mismo camino que Ray. Probablemente sus colegas sabían qué se estaba cociendo allí, ya que ninguno le dijo nada cuando desapareció tras la puerta. Al entrar, vio a Ray apoyado sobre el frigorífico, mirándolo. Dani se acercó paso a paso hasta quedar nariz con nariz. Cerrando los ojos, apoyando las manos sobre las caderas de Ray, y juntando sus frentes, dijo en forma de suspiro:
—Quiero besarte…
Ray no respondió. Agarró el filo de los pantalones de Dani en sus puños y tiró de ellos para acercarlo más. Ambos gimieron por el choque. Aprovechando la boca medio abierta por el gemido de Ray, Dani rozó sus labios. Sólo roce, tanteando aquella boca abierta, tragándose las suaves exhalaciones que de ella salían. Dani entreabrió sus ojos y se encontró con un mar azul devolviéndole la mirada. Sus narices pegadas, sus labios palpándose pidiendo permiso. Y Ray se lo dio. Cerró sus párpados lentamente y Dani supo que se lo daba.
Metió el labio inferior de Ray entre los suyos y lo saboreó, delineándolo con la punta de su lengua, mientras seguía absorbiendo las pequeñas respiraciones de Ray. Tras jugar un rato con ese labio, pasó la lengua por el superior de un extremo a otro. Y sin más preámbulos, juntó las dos bocas en su totalidad. Ray gimió, pero lo hizo aún más cuando sintió la lengua de Dani abrirse paso rozando la suya. El chaval la aceptó gustoso y, tras lamerla con su propia lengua, le dio un mordisco. Dani rió, aún pegado a la boca del chico, y sintió que ésta se curvaba en una sonrisa, probablemente una de esas por las que ya había caído preso.
—¡Hey, tortolitos! —exclamó Edu, aporreando la puerta de la cocina. Los chicos dieron un respingo separándose un poco, pero sin quitar los agarres de sus respectivas caderas—. Nosotros nos vamos, que hemos quedado. Supongo que no nos acompañáis, ¿no? —dijo riéndose y saliendo por la puerta.
Volvieron a mirarse. Mordiéndose el labio inferior, Dani le preguntó:
—¿Te vienes conmigo?
Ray volvió a regalarle aquellos hoyuelos que, pasase lo que pasase entre ellos, quedarían grabados en la retina de Dani de por vida.