QUÍMICA Y FÍSICA
LOS tres días siguientes, Dani los pasó con sus padres. Las fiestas básicamente consistían en comer, comer y comer, e ir a visitar a los parientes. Debido a tanto ajetreo, apenas pudo pararse a pensar en todo lo ocurrido. Estaba deseando que llegase el viernes por la noche porque sus padres se iban fuera de la ciudad a visitar a unos tíos suyos y tendría la casa para él solito. Eso sólo significaba una cosa: llegar tan tarde como le diera la gana y hacer también eso, lo que le diera la gana.
Había quedado con sus amigos el viernes noche porque se celebraba una fiesta en el garito de su barrio. Tenía buena pinta: bebidas, buena música y noche de colegas. Perfecta combinación para echar a un lado toda aquella extraña semana. Tras despedirse de sus padres y cenar, se dirigió al bar donde Jorge, Rafa y Edu ya estaban esperándolo en la puerta.
—“Noche de viernes, Jorge hará que tiembles”. —Cómo no, Jorge con sus magníficos comentarios y rimas sin sentido.
—Eres un disco rayado, Jorge, siempre con lo mismo —le dijo Rafa cuando todos entraban al bar.
—Espera, espera… “Noche de viernes, todas querrán verme”. —Mientras lo decía, iba riéndose de, por lo que él pensaba, era la frase del año.
—Corta el rollo, tío —espetó Edu a la vez que hacía hueco para los cuatro en la barra del bar.
—“Noche de vier…”
No terminó la frase, ya que Dani lo hizo por él:
—“Noche de viernes, un puñetazo obtienes”. —Le dio un golpe en el hombro y con ello acabó la poesía por aquella noche.
Las horas iban pasando entre risas, copas, algún que otro baile, y Jorge y Rafa mariposeando con todo lo que llevara faldas. Los amigos con los que habían quedado llegaban a cuenta gotas. En un momento de la noche, Jorge se acercó a Dani, quien estaba en la barra pidiendo su cuarto cubata.
—¡Tío, Dani! ¡Mira! ¡Allí está María! —exclamó, señalando a una muchacha pelirroja de ojos verdes sentada en una mesa junto a dos chicos vueltos de espaldas.
María era el amor platónico de Jorge. Platónico porque aún no se la había tirado después de meses rondándola. Dani estaba seguro que en cuanto lo hiciera, esa pequeña obsesión la pondría en la siguiente tía con un buen par de melones.
—Anda, ven conmigo. Voy a invitarla a una copa —dijo Jorge, mientras cogía el brazo de Dani y lo arrastraba hacia la mesa.
—¡Oye! ¿Y por qué no me invitas a mí también? ¿Es que tengo que tener tetas? —preguntó Dani, cogiendo su copa y dejándose llevar.
—Básicamente —contestó Jorge. Llegaron a la mesa y se quedó justo enfrente de María—. Hola, guapa, ¿cómo andas?
María los miró y sonrió. Dani comenzó a dar un buche de su copa en el mismo momento que los dos chicos sentados junto a ella giraron sus cabezas para ver quién saludaba a la muchacha. Dani abrió los ojos completamente y se atragantó con el sorbo que le dio a su bebida, teniendo que apartar la copa de sus labios y tosiendo fuertemente.
—¡Eh, tío! Bebe con moderación —dijo Jorge, dándole unas cuantas palmaditas en su espalda.
«¡¿¿¿Qué???! Pero… ¡¿Cómo?! No, espera. ¡¿Por qué?!». A Dani sólo le faltaba el dónde y el cuándo para formular las cinco preguntas fundamentales. Pero es que lo que sus ojos veían no podía ser cierto. Allí estaba, “el machote”, “el chulo gilipollas engreído”, el que lo había “violado”, al que había sobeteado y mamado. Para consuelo de Dani, por lo menos el chaval no tenía una cara muy diferente a la pasmada que él mismo mostraba.
—¿Estás bien, Dani? —preguntó María.
«¡¿Bien?! ¡¿¿Bien??!». No, ¡Joder! No estaba bien. Estaba noqueado, impactado. «¡¿Pero qué mierda hace aquí?!».
—Ellos son Carlos y Ray. Carlos es mi primo y Ray es primo de Carlos, así que se podría decir que Ray es mi primo segundo. Ha venido por eso de las fiestas para ver el barrio. Ray vive a una hora de aquí, y le estaba diciendo que es fantástico que haya venido en viernes porque…
Bla, bla, bla. Dani lo mismo podría haber estado escuchando una conferencia de Energía Cuántica. Lo único que su mente procesaba era: Ray, en mi barrio, con mi gente. El momento de asombro ya había pasado, y ambos se miraban fijamente. Parecía que no hubiese nada ni nadie a su alrededor: no gente, no música, no amigos… Sólo ellos dos.
—¿Verdad, Dani?
Dani reaccionó ante la voz de Edu. «¿Cuándo coño ha llegado a la mesa?». Giró su cabeza parpadeando un par de veces y preguntó:
—¿Qué?
—Que no hay problema en sentarnos aquí. Llamo a Rafa y nos tomamos unas cuantas más —dijo Edu, girándose y alzando el brazo para decirle a Rafa que se acercara.
«¿Cómo que no hay problema? ¡¡Claro que lo hay!!». Pero cualquiera separaba a Jorge de María. Además, tampoco es que pudiera decirles a sus colegas por qué no podía sentarse allí: «Si, veréis, es que Ray, este pedazo de moreno aquí sentado, me metió su polla a la fuerza, pero vamos, que lo disfruté como un perro chico, y después me dio por chuparle el nabo como si fuera un pirulo tropical. Pero el caso es que nos odiamos a muerte y por eso no puedo sentarme junto a él».
Dos minutos más tarde, estaban todos alrededor de la mesa bebiendo, riendo y charlando. Dani intentaba no mirar a Ray, algo difícil ya que se había sentado justo enfrente de él.
Tras veinte minutos, Ray se levantó. Dani lo siguió con la mirada viendo que se dirigía al cuarto de baño. «Joder, vaya mierda de noche. ¿Es que ni en mis ratos libres voy a quitármelo de encima? Además, que puta casualidad lo del primito de María. Llevo conociendo a la chica por pocos años y nunca había traído a sus primos, porque de ser así, un tío como Ray no me habría pasado desapercibido».
Doliéndole un poco la cabeza y retumbándole la música y el griterío del bar, decidió tomar un rato el aire. Salió por la puerta de atrás porque sabía que habría menos gente. La salida daba a un callejón sombrío que permanecía vacío a excepción de una persona: Ray.
Estaba fumándose un cigarro, apoyado en la pared del callejón con su rostro mirando hacia arriba, mientras inhalaba una calada del cigarrillo. Al escuchar la puerta cerrarse, Ray bajó la cabeza y miró a Dani. Lentamente, echó el humo de sus pulmones a través de sus labios.
Dani estaba estático en el lugar, observando cómo aquel humo era expulsado. Podría haberse metido devuelta en el bar, podría haber cogido calle abajo y largarse de una buena vez de allí, incluso podría haberse liado a hostias con el gilipollas ahí mismo. Pero no, no lo hizo, y comenzó a acortar la distancia entre ellos. Dani juraría que no quería hacerlo, pero parecía que las órdenes en su cerebro ya estaban dadas, y estas eran mover las piernas hacia Ray.
Se paró justo enfrente de él, a medio metro. Ray dio una calada a su cigarro mirándolo con los ojos entrecerrados para que no le entrara el humo. Apartando el cigarro de su boca, y mostrando una sonrisa ¿lasciva?, separó sus labios y dirigió el humo sobrante directo a la cara de Dani. Éste cerró sus ojos sintiendo la mezcla de humo y aliento rodear su rostro. Tras abrirlos, aquella sonrisa seguía allí.
Otra vez el cerebro de Dani mandaba órdenes sin que él diera su aprobación. Acortó la distancia y puso las manos sobre la pared a ambos lados de la cabeza de Ray. Volvió a acercarse un poco más y le dijo:
—¿A qué estás jugando, Ray?
Aquella pregunta no era una advertencia, ni siquiera iba cargada de ira. Aquella pregunta era eso, una pregunta con tono de incredulidad. Ray acentuó su sonrisa y contestó:
—Al mismo juego que tú, Dani.
Tras varios segundos examinándose el uno al otro, Dani fue a por todas y habló:
—¿Quieres seguir jugando en mi casa? —Ray volvió a dar una calada, pero esta vez soltó el humo de lado y enarcó ligeramente las cejas. Dani no supo muy bien cómo interpretar aquel movimiento, pero le bastó—. Lo tomaré como un sí.