EDUCACIÓN SEXUAL

DANI empezó a caminar calle abajo. Giró sobre su hombro y vio que Ray no le seguía. Estaba apoyado en el mismo sitio, mirándolo.

—¿Vamos? —preguntó Dani con un movimiento de cabeza.

Ray se mordió el labio inferior. Dani podía sentir el flujo de sus pensamientos. Seguro que no iban muy desencaminados con respecto a los mismos que rondaban por su propia cabeza. «¿Vendrá? ¿Realmente lo hará? ¿Debía seguirle?». Dando la última calada al cigarro, lo tiró, lo aplastó con el pie, y avanzó con paso decidido hacia Dani.

Menos mal que su casa estaba a sólo dos minutos del bar, porque el silencio que acompañó a los dos chicos durante aquellos interminables segundos fue matador. Sólo se escuchaba el eco de sus pisadas, algún sonido ahogado de la música de los bares de alrededor, y las teclas de los móviles de ambos mientras escribían mensajes a su respectiva gente. Dani sacó sus llaves una vez parados ante el portal. Vivía en un bajo, por lo que en menos de medio minuto se encontraba en el pasillo de su casa cerrando la puerta, y con un silencioso Ray de pie allí en medio.

—¿Quieres una cerveza? —dijo Dani, dejando las llaves en la mesita de la entrada y caminando hacia la cocina.

—Claro —contestó Ray, siguiéndolo con la mirada.

Dani aún no salía de su asombro. Vale, se había hecho el chulito preguntándole lo de seguir jugando en su casa, pero había sido sólo bravuconería. Realmente pensaba que el muchacho le soltaría alguna de sus habituales pullas o insultos. Pero ahí estaban, Dani tendiéndole una cerveza mientras Ray apoyaba sus caderas sobre la mesa de la cocina. El chico dio un buche, posó la lata sobre la mesa y miró a Dani. Éste estuvo varios segundos observándolo, hasta que dio un paso y quedó pegado a la cara de Ray. Puso una mano sobre la cadera, sintiendo cómo se tensaba ligeramente. La otra la dirigió al cuello y comenzó a acercar el rostro de Ray al suyo. Pero el chico cabeceó hacia atrás. Dani levantó una ceja entre asombrado y sonriente por aquel gesto. Volvió a intentarlo y Ray de nuevo reculó.

—¿Qué ocurre, Ray? ¿Eres de los que no besan? —preguntó Dani socarronamente.

—Yo no soy nada, sencillamente no lo soy —contestó Ray sin apartarse de él ni un centímetro.

Dani no quiso contestar a aquello. «¿Que no lo eres? ¿A qué te refieres? ¿Qué no eres gay? Pues siento desilusionarte, chaval, pero lo que va a ocurrir esta noche aquí tiene mucho que ver con que te gusten las pollas», pensó Dani. Pero lo dejó pasar. «Está aquí, ¿no? Eso ya es algo. ¡Es mucho!».

Dani le sonrió chasqueando la lengua. Con el pulgar que mantenía en la garganta de Ray, acarició hacia arriba, pasándolo por la nuez y obligando al chico a que echara la cabeza hacia atrás cuando presionó su dedo en la parte baja del mentón. Ray se dejaba hacer mientras lo miraba.

Con el cuello a su completa disposición, Dani hundió su cabeza en él. Le encantaba como olía. Ya lo comprobó en la playa. Esa mezcla de colonia de hombre con el olor corporal de macho hacía estremecer su cuerpo. Quería lamerlo. Lamerlo por completo. Y eso hizo. Sacó su lengua y comenzó a saborearlo. Ray no emitía ningún sonido, pero tampoco daba indicios de que no le gustara o de querer apartarse. Tan sólo cerró sus ojos y se mordió los labios.

Tras varios besos y pequeños mordiscos, Dani se retiró del cuello.

—Vamos a mi cuarto —susurró.

Esta vez, Ray sí lo siguió. Una vez dentro de la habitación ambos se miraron. Ray estaba allí, con su porte de “el machote” bien erguido, sin una pizca de miedo o confusión por lo que estaba a punto de ocurrir. El cabrón era chulo hasta para eso.

—Quítate la camisa. —Dani habló con tono suave, más bien como una sugerencia.

Ray lo miró por unos segundos, verificando que aquella frase no era una orden. Llevó sus manos a los botones y comenzó a desabrocharlos. Dani observaba cómo eran deshojados uno a uno, dejando ver aquella piel morena y tersa. Cogió su propia camiseta y se la sacó por los hombros. Admiraron sus pechos desnudos mutuamente en silencio. Esta vez fue Ray quien se acercó. Dani lo tomó de la cintura con ambas manos y lo guió al borde de la cama. Con un ligero toque en el pecho y una pequeña sonrisa en su cara, lo hizo caer sentado sobre el colchón, quedando él de pie justo enfrente suya.

—Quítate los zapatos y túmbate —dijo Dani, mientras se quitaba el cinturón y desabrochaba el primer botón de sus vaqueros. Ray lo miró levantando una ceja como diciendo: “¿Perdona? ¿Me estás ordenando?”. Dani no pudo más que sonreír ante aquella expresión, y bajando su cabeza a la altura de la de Ray, murmuró, queriendo picarlo—: Te guste o no, aquí el maestro soy yo.

—Tú no tienes ni idea de lo que yo sería capaz de hacerte —contrarrestó Ray con aquella sonrisa lasciva que Dani creyó ver en la playa.

—Bueno, pero tú sí que sabes de lo que yo soy capaz, ¿verdad? —le contestó, haciendo referencia a la mamada que recibió—. Y, ¿sabes? —preguntó con un tono lujurioso mientras apoyaba sus rodillas en la cama a ambos lados de las de Ray—. Todavía soy capaz de hacer mucho más —finalizó, cerniéndose sobre el cuerpo del chico y haciendo que la espalda de éste cayera sobre el colchón. Poniendo las manos a cada lado de la cabeza de Ray, dijo con un tono de voz apremiante—: ¡Zapatos, ya!

Ray, ayudándose de sus propios talones, se quitó ambos. Todavía no se había deshecho del último cuando Dani pasó una mano por la nuca del muchacho, enredó sus dedos suavemente en el cabello y volvió a hundirse en la curvatura del cuello. Aquella vez, Ray sí gimió. Levantó uno de sus brazos y agarró el pelo de Dani instándole a seguir, apoyando la otra mano sobre la cadera.

Dani fue bajando por el cuello hasta el esternón, dejando un reguero de besos a su paso. Llegó a un pezón y pasó la lengua sobre él. Ray se arqueó un poco y apretó más el cabello de Dani. Éste jugueteó un rato con aquel botón de color caramelo mientras iba quitando el cinturón y los botones del pantalón de Ray.

Una vez desabrochados, Dani bajó por el abdomen lamiendo y besando hasta llegar a la cinturilla de los calzoncillos. Pasó su lengua de un extremo al otro de los slips, lamiendo la línea divisoria entre éstos y el vientre. Aquello hizo gemir suave a Ray.

Dani agarró los pantalones junto con los calzoncillos y tiró de ellos a través de las piernas hasta quitarlos. Se colocó entre ellas y con ambas manos abrió los muslos del chico. Miró expectante el duro miembro que tenía enfrente. Parecía que le estuviera diciendo: “¡Cómeme!”, con aquel color rosado y la punta palpitante. «¡Dios! ¡Es una polla bonita!». Miró a Ray. Éste le devolvía la mirada con la boca entreabierta y un aliento expectante saliendo a través de sus labios.

Sin apartar la mirada, sacó la lengua y lamió la punta. El chico seguía con sus respiraciones profundas. Dani cerró sus ojos, abrió la boca y engulló lentamente el eje entre sus manos. Ray gimió, echando su cabeza hacia atrás hasta topar con el colchón mientras Dani enterraba más profundo aquel pene en su boca. Se encargó de que sus dientes delinearan la vena expuesta del miembro, sacando un sonoro jadeo del muchacho.

Jugó con su lengua a lo largo de la caliente carne, rodeándola, subiendo y bajando. Sin que Ray se percatara —pues Dani lo veía muy ensimismado disfrutando de su propio placer—, abrió el cajón de la mesita de noche y sacó un bote de lubricante junto con un condón, dejándolos sobre el colchón. Sintió que unos dedos se entremetían en su cabello y se cerraban en un puño alrededor de él.

Ray levantó ligeramente sus caderas, gimiendo más fuerte, y lentamente comenzó a follar la boca de Dani con pequeñas embestidas. Éste simplemente se dejó hacer, ya que así tenía vía libre para destapar el bote y verter un poco del líquido sobre su mano.

Mientras la polla de Ray entraba y salía, Dani acercó un dedo lubricado a la entrada del chico. Sintió un tirón en su pelo y lo miró, aún con la gruesa carne metida hasta su garganta. Ray le devolvía la mirada con los ojos abiertos de par en par y respirando fuerte. Ni corto ni perezoso, Dani volvió a apretar su dedo contra el agujero y, esta vez, el tirón de pelo que recibió le dolió un poco. Dani sacó la polla de su boca y se movió hacia arriba, posicionándose sobre el cuerpo del muchacho, pecho contra pecho. El puño de Ray aún agarraba su cabello.

—¿Pretendes tener toda la diversión para ti? —preguntó socarronamente.

Ray no contestó. Sólo le miraba desafiante. Dani metió su mano entre sus cuerpos, llegando de nuevo a la entrada y enterrando el dedo entre las nalgas del culo.

—No —dijo Ray tensándose. Pero Dani volvió a ignorarlo y empujó su dedo una vez más—. ¡No! —repitió más autoritariamente, tirándole fuerte del pelo.

En la cara de Dani se dibujó una expresión pensativa. Deslizó suavemente sus dedos entre el cabello de Ray y comenzó a acariciarlo. Éste cerró un poco sus párpados, sintiendo el movimiento de aquellos dedos en su cabellera. Se miraron por un rato, calmando sus respiraciones. Hasta que Dani dijo, sin dejar de masajear su pelo:

—Voy a hacer algo. ¿Recuerdas que te dije que hay muchas más cosas que puedo hacerte? —Dani no esperaba respuesta a su pregunta—. Te prometo que te gustará.

Y sin más, volvió a bajar hasta la entrepierna de Ray. Cogió el eje con una mano y empezó a masturbarlo. Agachó su cabeza y comenzó a chupar las bolas del chico; primero una, después otra, y vuelta de nuevo a la primera. Ray había soltado el cabello de Dani y jadeaba profundo. Mientras seguía chupando los testículos, su lengua bajó imperceptiblemente a la zona neutral entre el saco de Ray y su entrada. Se detuvo un tiempo lamiendo allí, a la vez que seguía masajeando el miembro.

Dejó de masturbarlo, y con las dos manos abrió más las piernas de Ray. Sin darle tiempo de reacción, hundió su lengua en el agujero. Ray jadeó fuerte abriendo sus ojos, pero no se retiró ante aquella intromisión. Sujetándole los muslos, Dani lamía la entrada de arriba abajo, en círculos, hasta que la sintió más suave y logró meter la punta de su lengua. Ray sencillamente se dejaba hacer mientras gemía entrecortadamente.

Siguió así por un rato, escuchando los jadeos ahogados que Ray hacía por cada una de sus lamidas. Una vez que el círculo de anillos había cedido un poco, dejó de chupar y volvió a acostarse sobre el cuerpo de Ray. Éste lo miraba con los ojos entrecerrados, la boca medio abierta, y unos colores rosados en sus mejillas.

—Te dije que te gustaría, ¿eh? —dijo Dani orgulloso de sí mismo por el estado de embriaguez sexual en el que había dejado al chico.

Ray sonrió abiertamente, haciendo que aparecieran los hoyuelos que tanto le gustaban a Dani. Se acordó de aquel primer día que pensó en cómo le gustaría que le sonriera a él así. Y allí estaba. Esa sonrisa era sólo suya. Sólo él había conseguido sacársela.

Pero ya bastaba de juegos preliminares. La polla de Dani estaba dura a reventar bajo los pantalones que aún llevaba puestos. Volvió a coger el bote de lubricante disimuladamente y vertió un chorro en sus dedos. Aún recostado sobre el cuerpo de Ray, y sin dejar de mirarlo, metió la mano entre los pliegues del chico situando un dedo en la entrada. Ray volvió a tensarse y agarró fuerte los brazos de Dani.

—Eh, mírame —susurró Dani—. Mírame —repitió.

Ray se mordió el labio inferior y fijó la mirada en él. Poco a poco, fue haciéndose hueco en la cavidad del chico, no sin resistencia. Al fin y al cabo, era virgen. Ray respiraba por su nariz profundamente pero no se resistió. Cuando tuvo el dedo completamente enterrado, dijo sensualmente:

—¿Quieres ver qué más cosas puedo hacerte? —Tampoco esperaba respuesta a aquella pregunta. Comenzó a mover el dedo en círculos, hasta que un respingo del cuerpo de Ray y un jadeo ahogado le dijeron que había encontrado el punto G. Ray lo miró sorprendido y Dani preguntó sonriendo—: ¡Vaya! Parece que encontré tu punto flaco… ¿Otra vez?

Tras recuperarse del shock erótico-sexual que aquel dedo le había regalado, Ray asintió sutilmente. Dani volvió a moverlo y el chico gimió en respuesta. Comenzó a meterlo y sacarlo, sin dejar de observar las reacciones en la cara del chaval. Intentó meter otro dedo, pero encontró demasiada resistencia, no sólo en el agujero de Ray, sino también al sentir como éste le clavaba las uñas en sus brazos. Retiró la mano, roció más lubricante sobre sus dedos y, esta vez sí, fue introduciéndolos poco a poco.

El jadeo de Ray fue más sonoro, casi parecido a un grito, pero aquellos dedos ya se deslizaban dentro y fuera casi sin esfuerzo. Dani intentaba tocar la próstata en cada hundimiento y aquello surtió efecto. Arqueando completamente la espalda y gritando a todo pulmón, Ray se corrió. Dani veía cómo la crema blanca caía sobre sus pechos juntos, pero no dejó de mover sus dedos.

Dani pensó que jamás había oído una respiración tan acelerada. Ray tenía los ojos cerrados, la boca abierta y no paraba de híper ventilar. Aprovechó para retirar suavemente su mano, quitarse los pantalones y calzoncillos, abrir el condón que estaba sobre el colchón y deslizarlo por su eje. Cuando terminó, se estrechó contra el cuerpo de Ray, poniendo su cara a milímetros de la otra, esperando a que el chico abriera los ojos cuando acabara de tranquilizarse. Ray lo hizo, lentamente, aún con pequeños gemidos, y Dani le sonrió. Sin esperar la completa recuperación del chaval, se posicionó entre sus piernas y, empuñando con una de sus manos su propio pene, presionó en la entrada del muchacho.

Ray sólo emitió un gemido de susto, pero Dani siguió con su avance. Era estrecho, extremadamente estrecho, pero eso no lo detuvo. El chico gritó, desviando la atención que Dani tenía sobre su propio eje entrando en el interior hacia la cara de Ray. Colocó una mano tras la nuca del chaval y, sin dejar de mirarlo, se introdujo completamente.

Ray volvió a gritar, cerrando con fuerza los párpados, y Dani pudo ver dos gruesas lágrimas derramándose por las mejillas. No se movió, esperando alguna reacción por parte del chico, que no se hizo esperar cuando éste abrió los ojos. Estaban acuosos a causa de las lágrimas. Dani no se pudo contener y las apartó con sus pulgares, recorriendo las mejillas a su paso. Ray volvió a cerrar los párpados por la caricia, y sin más dilación, Dani comenzó a moverse. Lento y pausado al principio, hasta que los jadeos de dolor de Ray se convirtieron en tímidos gemidos de placer.

Dani no aguantaría mucho. Llevaba muchos minutos con una tensión y excitación sexual que tenía sus bolas llenas a reventar. Sus embestidas se volvieron rápidas y fuertes, sintiendo que en cada una de ellas llegaba a la próstata de Ray.

Sus jadeos, los de Ray, su polla enterrada, los sonidos de carne contra carne, la cara de sumo placer de su machote. Toda aquella combinación, hizo que las pelotas de Dani se juntaran y bombearan a través de su eje chorro tras chorro de semen, quedando atrapado en el condón. Para sorpresa de Dani, mientras terminaba de correrse, sintió algo húmedo sobre su abdomen seguido de un visceral sonido procedente de la garganta de Ray. Siendo incapaz de sostener su cuerpo, se derrumbó sobre el pecho del chico y acomodó su cabeza entre el cuello y el hombro. Se quedaron varios minutos así: uno encima del otro, respirando, calmándose, serenándose.

Dani se apoyó sobre sus manos en el colchón, levantando sólo su torso, aún enterrado en Ray. Lo observó. Éste seguía con los ojos entrecerrados. Parecía que no fijaba la vista en ningún punto concreto. Dani agarró su eje junto con el condón y salió de él. Ray chasqueó su lengua al sentir las paredes de su interior volver a juntarse tras la desaparición del intruso y terminó cerrando los párpados.

«Sí —pensó Dani al ver cómo la respiración de Ray se tranquilizaba hasta el punto de sonar a pequeños ronquidos—, lo mejor será dormir».