LUNES, 23 DE JUNIO

*

—Lo primero que haré será cortar el césped —dijo Jonas—. Tiene muy mal aspecto. ¡Pronto se comerá la casa!

—Lo primero que harás será tumbarte en el sofá —replicó Stella—. Y yo me ocuparé del césped. Has estado al borde de la muerte, Jonas. Piensa en lo que te han dicho los médicos. ¡Tienes que cuidarte!

Estaban delante de la casa, cuyo jardín efectivamente se había convertido en una selva durante sus cuatro semanas de ausencia.

«Un mes —pensó Stella—, apenas hemos estado fuera un mes. Y esto parece la jungla. Nosotros también tenemos un aspecto bastante desharrapado. Estamos rendidos. Y Jonas ha perdido por lo menos diez kilos».

—Qué bien que hemos vuelto —dijo él.

Bajarse del coche lo había dejado agotado. Le habían dado el alta esa mañana y había querido regresar a casa enseguida. Todos querían regresar. A la normalidad, a la vida que conocían y que les resultaba familiar, la vida después de Denis Shove y Therese Malyan. A Stella le habría gustado borrarlos de su mente para siempre, pero sabía que no podría. Therese era la madre de Sammy, eso no cambiaría. Era posible que volviera a aparecer algún día. Era posible que, llegado el momento, Sammy quisiera saber más sobre ella, que quisiera ponerse en contacto con su madre biológica. Lo que había sucedido no simplificaría las circunstancias vitales del chiquillo adoptado, que por ahora no comprendía nada.

«Pero todo tiene solución», pensó Stella.

Para empezar ahora necesitaba ordenar sus ideas. Le daba pena no haber podido hablar con la amable policía que los había salvado, la agente Jane Scapin. Stella estaba convencida de que si ella no hubiera intervenido, estarían todos muertos. Sin embargo, en Scarborough le habían dicho que habían encontrado una conexión desafortunada entre ella y el policía muerto que había mencionado Denis. A este lo buscaban por ese caso pero él defendía su inocencia, y al parecer con razón. Stella se alegraba en cierto modo. Eso significaba que Therese no se había relacionado con un asesino. Aunque Denis había estado a punto de serlo, pero esa era otra historia. En cualquier caso, ese «a punto de» marcaba una gran diferencia en las emociones de Stella. No quería que la pareja de la madre de su hijo fuera un criminal. Puede que fuera una idea irracional, pero qué se le iba a hacer.

En cambio, Jane estaba implicada de algún modo. Stella aún no lo comprendía, por el momento no tenía información al respecto. Pero se mantendría al tanto, quería saberlo todo.

—Entremos —dijo. La vecina podía aparecer en cualquier momento y atosigarlos con preguntas a las que Stella por ahora no tenía ganas de responder. Más adelante quizá.

Oyó una tímida voz a sus espaldas.

—¡Señora Crane! ¡Señor Crane!

Se dio la vuelta y vio a un hombre mayor cruzar la calle. Cojeaba y arrastraba una pierna. Parecía haber estado esperando debajo de un árbol al otro lado de la calzada.

Jonas también se volvió.

—Oh, ¡señor Chalid!

Hamzah Chalid se acercó. Sus grandes ojos oscuros analizaban incansables todo lo que lo rodeaba, parecían registrar simultáneamente cada rincón de la calle, de las casas y de los jardines.

—Me alegro de que haya vuelto, señor Crane. ¡Llevaba mucho tiempo esperándolo! Resulta que…

—Lo sé —dijo Jonas—. Sé lo que ha pasado, señor Chalid.

Le dirigió a Stella una mirada impotente por encima de la cabeza del hombre. «¿Qué hacemos ahora con él?», le preguntaba en silencio.

Stella supo al instante de quién se trataba: el iraquí traumatizado de la película frustrada.

—Señor Chalid —dijo tendiéndole la mano—. Me alegro de conocerlo. Soy Stella Crane.

Hamzah se la estrechó. Sus dedos huesudos estaban helados.

—Señora Crane —musitó.

Por las explicaciones del agente Stewart, Stella sabía que la contribución de Hamzah Chalid al rescate de la familia también había sido considerable. Había llamado a Jane, porque no comprendía que los Crane no hubieran regresado. Había hecho saltar la alarma.

Por lo visto, las circunstancias no le iban a permitir darle las gracias a Jane como es debido. En cambio sí podía hacerse cargo de aquel pobre hombre.

Lo cogió del brazo.

—Entre con nosotros —dijo—. Nos tomaremos un té juntos y después hablaremos de lo que se podría hacer para solucionar su problema.

«No le des falsas esperanzas», le avisaron los ojos nerviosos de Jonas.

Y ella replicó: «La esperanza es lo único que nos mantiene con vida».

Entraron en la casa, que estaba fresca y tranquila. Sammy profirió un grito de alegría al ver en el salón los juguetes que tanto había echado de menos.

«Todo parece normal», constató Stella asombrada. Como si no hubiera pasado nada.

Entonces su mirada recayó en Hamzah Chalid y por un momento tuvo muy presente la certeza de que seguramente se estaba haciendo ilusiones; de que después de una experiencia límite era imposible volver a la vida anterior; de que el daño no se reparaba; de que todos ellos, incluso Sammy, a partir de ahora acarrearían algo de lo que quizá jamás se librarían.

Más tarde pensaría en todo eso. Por el momento prepararía el té y un chocolate para Sammy. Abriría todas las puertas y ventanas para que el aire fresco expulsara el olor a cerrado de la casa.

«Por muy difícil que nos parezca ahora —pensó Stella—, sigue siendo nuestra vida. Y hemos logrado recuperarla».