VIERNES, 23 DE MAYO

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Todo era tal y como Stella había temido. Llovía a cántaros y las nubes se amontonaban sobre el páramo tan bajas, voluminosas y grises que no se distinguía el horizonte y no se podía saber dónde acababa la tierra y dónde empezaba el cielo. El brezal apenas tenía colores en ninguna estación del año, cosa que bajo el sol y un cielo azul podía tener cierto encanto, pero que ese día hacía que el conjunto pareciera un paisaje de noviembre. Y la absoluta soledad en derredor reforzaba la sensación de desolación.

En los últimos kilómetros de la estrecha carretera se habían cruzado tan solo con dos coches, muy separados entre sí; después habían girado en una carretera secundaria aún más estrecha, y ya no habían visto a nadie más. Finalmente llegaron a un camino que llevaba al valle en el que se encontraba la antigua granja. Un edificio alargado construido con la piedra gris de la región, con un tejado de alero muy bajo y ventanas pequeñas, incrustadas en los gruesos muros. Había un edificio adyacente, una especie de cobertizo o establo, que claramente no se utilizaba y que estaba cerrado con una pesada puerta de hierro forjado. Alrededor, el patio sin adoquinar era un barrizal.

—Este sitio no es bonito, mamá —había sido el primer comentario de Sammy cuando pararon y se bajaron del coche.

Stella soltó una maldición porque había metido el pie en un charco y, en un segundo, tenía el zapato calado y el calcetín empapado.

—Es verdad, cariño, esto no está hoy nada bonito. Pero ya verás qué genial es cuando salga el sol, y lo agradable que es la casa por dentro.

Esperaba que eso último fuera cierto. Y en cuanto al sol: por el momento era difícil imaginarse que fuera capaz de reconquistar su hegemonía en aquella zona.

Jonas abrió la puerta de la casa y los tres se refugiaron corriendo de la lluvia torrencial. Se quedaron goteando sobre las losas grises y echaron un vistazo alrededor.

—Ajá —dijo Stella pasado un momento.

La verdad es que no estaba nada mal. Ya era algo.

Como se reveló después, la casa estaba amueblada de forma muy confortable y contaba con todas las comodidades que un exigente urbanita pudiera desear, quitando el hecho de que se había renunciado conscientemente a aparatos como la televisión, la radio o el ordenador. Sin embargo, había un horno ultramoderno colocado en medio de la cocina, un microondas, un enorme congelador e incluso una máquina de cubitos de hielo… como si eso, pensó Stella con pesimismo, fuera absolutamente imprescindible con las temperaturas que imperaban en la zona. Su humor mejoró cuando vio el salón, con el suelo cubierto de gruesas alfombras y los hermosos muebles de madera antiguos, y al contemplar los dormitorios del primer piso, primorosamente decorados. Había cierta humedad fría, pero encendieron un fuego en la chimenea y pusieron en marcha la calefacción de gas mientras las llamas cogían fuerza.

—Aquí se puede estar muy a gusto —afirmó Jonas tras inspeccionar las estanterías—. Hay libros estupendos. Leeremos, dormiremos, cocinaremos juntos, saldremos a pasear… y seré un hombre nuevo.

A Stella le habría gustado contestarle que aquello sonaba de maravilla y que le encantaría pasar con él todo el tiempo que tenían por delante, pero que esos planes obviaban por completo, al menos de momento, el factor Sammy. Ni leer ni dormir ni pasear eran cosas que entusiasmaran al niño, y de cocinar juntos lo único que iba a interesarle era comerse el resultado final, y solo si se trataba de los platos que contaban con su aprobación: nuggets de pollo con patatas fritas, pizza, espaguetis con salsa boloñesa y palitos de pescado con puré de patata.

—Voy a salir a comprar algunas cosas —anunció Stella.

Para su alivio, Sammy decidió que prefería quedarse con su padre, y pudo coger el coche sola para ir a Whitby, donde, tal como el dueño de la casa les había contado, se encontraba el supermercado más próximo, en el que por lo visto se podía comprar de todo. El colega de Jonas les había indicado muy bien el camino, y Stella lo encontró enseguida. Por suerte, en la granja había un gran congelador. Llenó todo el maletero del monovolumen, y con eso no tendrían que comprar nada en unos ocho días.

Ya de vuelta, Stella paró el coche en el cruce de la carretera con el camino que llevaba a la granja. Aparcó en el arcén, se reclinó en el asiento y contempló el valle con las nubes bajas y el edificio de piedra, de cuya chimenea al menos iba saliendo un humo acogedor. Seguro que Jonas estaba ocupado deshaciendo las maletas; a lo mejor ya había hecho las camas. Sammy intentaría ayudarlo, aunque resultaría más un estorbo que otra cosa. ¿Estaría ya Jonas nervioso por encontrarse incomunicado de su trabajo, de su vida cotidiana? Fiel al consejo del doctor Bent, había renunciado a todos los aparatos, no había llevado portátil ni teléfono móvil y, puesto que no había teléfono fijo, realmente no estaba disponible para nadie. Jonas, que normalmente comprobaba el correo electrónico cada diez minutos… Stella se imaginaba que durante los primeros días se sentiría como un drogadicto en desintoxicación. Ella sí tenía su móvil, aunque no pensaba usarlo para nada que no fueran posibles emergencias. Además, abajo en la granja no había cobertura. Para comprobarlo sacó el aparato y miró la pantalla. Dos rayitas temblorosas era todo lo que tenía en lo alto de la colina pero, en cualquier caso, eso era mejor que nada. Si necesitaba llamar con urgencia a alguien podía subir allí. Notó una sensación rara al pensar que nadie podría localizarla, pero se dijo que muy probablemente no iba a pasar nada en el mundo exterior de lo que tuviera que enterarse. Lo había dejado todo bien organizado en casa, una vecina recogería el correo y regaría las plantas, y no era de esperar que surgieran problemas de ningún tipo.

A pesar de todo, no podía librarse de la intranquilidad que la perseguía desde que Jonas había planteado lo de ir a Yorkshire, y ni ella misma comprendía a qué respondía ese nerviosismo interior. A lo mejor era una reacción normal a esa desaceleración que le habían recetado a Jonas y que tenía que cumplir con él. De repente, también ella estaba incomunicada del mundo, y era una sensación muy inusual y un poco agobiante. De pronto se le ocurrió que la tranquilizaría poder encender la tele por la noche y ver las noticias, pero también esa costumbre tan normal y modesta estaba prohibida.

Soledad, lluvia, incomunicación. Se preguntó si en ese contexto la atormentaba la idea de que Terry y Neil aparecieran de improviso. ¿Era esa la razón de su nerviosismo?

La pareja no había vuelto a dar señales desde aquel sábado de principios de mayo. Ni llamadas, ni mensajes ni nada. Jonas los había olvidado hacía tiempo: «No volveremos a saber de ellos, ya verás. Hicieron un reconocimiento del terreno y no dio los resultados que esperaban».

Con el paso del tiempo también Stella llegó a esa conclusión. No, el malestar no podía venir de ahí.

«A lo mejor —pensó de pronto—, tiene que ver con pasar catorce días encerrada con Jonas. ¿Es que eso me asusta?».

Se habían conocido hacía trece años en el rodaje de una miniserie. Jonas había escrito el guión, y era la primera vez que Stella asumía sola la responsabilidad de un proyecto como representante de una productora. Jonas, de forma poco usual para un guionista, había estado paseándose por el set de rodaje y poniendo de los nervios a todo el mundo. Cada cambio en el texto le causaba una crisis, cada vez que se eliminaba una escena se lo tomaba como una afrenta personal, y embarcaba al director en discusiones eternas hasta que este, furioso, fue a hablar con Stella:

—O ese tipo desaparece o lo dejo todo. No puedo trabajar así, ¡así no se puede trabajar! No estoy dispuesto a pasarme horas discutiendo con ese neurótico cada cambio que hago.

—Es la primera vez que se lleva a la pantalla un guión suyo —repuso Stella, apaciguadora. En aquel momento Jonas era un descubrimiento, conocido por su talento pero también por ser difícil de tratar—. Es solo que no tiene experiencia previa.

—Me da igual. Líbrate de él. Llévatelo a comer, explícale con toda delicadeza que no es bien recibido aquí y procura que se suba en un tren lo antes posible y que se vaya bien lejos.

Stella siguió la sugerencia e invitó a Jonas a cenar. Este apenas comió pero estuvo hablando todo el rato, exponiendo cómo se imaginaba él la película y por qué pensaba que el director iba a cargárselo todo. Sus explicaciones y sus ideas, precisas y bien reflexionadas, la fascinaron; lo había escuchado cautivada, se había fijado en que tenía unos ojos muy bonitos y unas manos preciosas, y en que era listo y sensible, muy distinto de todos los otros hombres que había conocido.

Se enamoró de él en pocas horas, y él de ella. No había transcurrido ni un año cuando se casaron.

Y ahora, muchos años después, Jonas estaba al borde de quemarse profesionalmente e iban a pasarse dos semanas encerrados por la lluvia en una granja en los páramos de Yorkshire donde, si el plan del doctor Bent funcionaba, Jonas recobraría un poco la serenidad. Aunque quizá «recobrar» no era la palabra. En opinión de Stella, su marido nunca había poseído nada parecido a la serenidad.

Hacía tiempo que se había dado cuenta de que él no estaba bien. El papel al que se había visto abocado lo sobrepasaba. Como ella había dejado de trabajar, él era el único sustento de la familia. Tenía que cuidar de una mujer y un hijo. Tenía que pagar los intereses de la hipoteca de la casa de Kingston. Todo dependía de que se le ocurrieran cosas, de que creara buenos argumentos, de que le compraran las ideas y de que le encargaran guiones. Su creatividad ya no podía trabajar en calma, sino que tenía que funcionar bajo la enorme presión de ganar dinero. Jonas seguía haciendo bien su trabajo, estaba solicitado y le pagaban adecuadamente, pero era evidente que necesitaba cada vez más fuerzas para satisfacer las exigencias, y que la presión minaba su confianza. Había desarrollado tanto miedo a caer que estaba a punto de causar él mismo la caída.

A ojos de Stella era un artista. Y quizá un artista no era el más indicado para ser el sustento de una familia.

La noche antes del viaje había habido un problema que casi hizo que Jonas anulara todo el plan. La productora había cancelado el proyecto sobre el torturado iraquí Hamzah Chalid. Tras su encuentro, Jonas había redactado una propuesta de guión, y en el e-mail que habían mandado ponía expresamente que la cancelación no tenía nada que ver con su trabajo. Después de muchas deliberaciones, la empresa había llegado a la conclusión de que el destino de Chalid no atraería a un número suficiente de espectadores. Los temas del Irak actual eran otros, Sadam Husein ya era historia y, por ello, sus víctimas no interesaban especialmente a nadie, por muy trágico que pudiera ser para ellas. El mundo ya no las escuchaba.

Su marido se había enfadado pero Stella, que había trabajado durante años para una productora, podía entender aquel punto de vista. La película habría sido terapéutica para el pobre hombre, pero la misión de una productora no era proporcionar terapia a personas concretas. Stella había aconsejado a Jonas que informara enseguida a Chalid para que no se aferrara por más tiempo a una esperanza que ya no existía, pero él no había sido capaz.

—Se quedará hundido. No puedo dejarlo tirado en un momento así, y mañana nos vamos y estaré ilocalizable. ¡No puedo hacerle eso, Stella!

—¡No eres su niñera!

—Aun así, no puedo. Tenemos que cancelarlo todo, tengo que ir a hablar con él…

—No. No vamos a cancelar nada. Está todo listo y el doctor Bent dijo que era importante. Así que espera dos semanas y cuéntaselo a la vuelta.

Había sido la única manera de salvar el viaje, pero a Stella le parecía que, al no informar inmediatamente a Chalid, Jonas se llevaba consigo una carga innecesaria. La perspectiva de tener que ver al pobre hombre nada más volver de vacaciones lo iba a atormentar todo el tiempo. Esperaba que aquello no malograra los objetivos del doctor Bent.

«Esas cosas es mejor hacerlas cuanto antes», pensó, y entonces se preguntó si lo que la ponía tan nerviosa era precisamente la manera de su marido de enfrentarse a las dificultades. A veces le parecía muy débil; por mucho que lo quisiera, no podía verlo de otra forma. Dos semanas apartada del mundo con un hombre débil y un niño de cinco años, ¿era de extrañar que la idea le pareciera agobiante?

Le estaba dando demasiadas vueltas. Arrancó el motor, giró y traqueteó camino abajo hacia la granja. Había que ordenar la compra y tenían que pensar qué querían hacer para cenar.

Cuando entró en casa vio que Jonas ni había deshecho las maletas ni había preparado las camas. A cambio salía de la cocina un olor delicioso, y al instante los tenía a los dos delante, Sammy radiante con la cara manchada de tomate y Jonas con una cuchara de madera en la mano.

—Hemos encontrado un paquete de espaguetis y una salsa preparada. ¿Tienes hambre?

Estaba desmayada de hambre, tal como se dio cuenta cuando le preguntaron. Se fijó en que la mesa de la cocina estaba puesta y habían encendido unas velas. Sammy había cogido unas flores, que estaban empapadas en un jarrón y que habían mojado las blanquísimas servilletas. Miró a su madre.

—¡Lo hemos puesto todo genial, mami! ¿Te gusta?

Todos los pensamientos oscuros se disiparon, literalmente se derritieron con el calor de aquel momento. Agarró a Sammy con un brazo y a Jonas con el otro.

Realmente, le daba a todo demasiadas vueltas.