SÁBADO, 22 DE FEBRERO DE 2014
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Podría haber salido con bien de todo aquello.
El dormitorio de Richard Linville estaba en el segundo piso de la casa, tenía una puerta que se cerraba con llave y un teléfono. Cuando en la madrugada de aquella noche fría y neblinosa de febrero se despertó sobresaltado, seguro de haber oído un ruido que no reconoció pero que sonaba sospechoso como un cristal al romperse, podría haber ido de un salto hasta la puerta, haber echado la llave y haber llamado a la policía.
Pero no era de los que enseguida piden ayuda cuando oyen un sonido raro, que, por otra parte, podía ser un error. Antes de jubilarse era comisario de la policía de North Yorkshire, y no se dejaba amedrentar tan fácilmente.
Los asuntos extraños los investigaba primero por sí mismo.
Con sigilo, y con sorprendente agilidad para su edad, saltó de la cama, tanteó en la oscuridad hasta encontrar el cajón de arriba de la mesilla de noche, lo abrió y sacó la pistola, que estaba detrás del todo bajo una pila de pañuelos de tela. Cuando estaba de servicio no llevaba arma, pero como exagente de investigación criminal sabía que ni siquiera estar jubilado lo eximía de cierto peligro. Había perseguido, atrapado y llevado ante el juez a mucha gente, y lógicamente tenía enemigos. Algunos habían pasado años entre rejas por su culpa. Se había hecho con una pistola y, por pura precaución, nunca se iba a dormir sin tenerla al alcance de la mano.
Salió a hurtadillas de la habitación y se paró en el rellano de la escalera a escuchar. No se oía nada aparte del murmullo del agua en las tuberías de la calefacción. Ni crujidos o chirridos inusuales, ni nada más que sonara como cristales rotos. Seguramente se había equivocado, o lo había soñado. Menos mal que no se había puesto en ridículo llamando a sus antiguos compañeros.
Sin embargo, quiso asegurarse antes de volver a la cama.
Bajó la escalera con paso flexible, sin hacer ningún ruido. En marzo cumpliría setenta y un años, y estaba muy orgulloso de que su cuerpo apenas mostrara los signos de la edad. Lo achacaba a que siempre había hecho mucho deporte, incluso en aquel momento seguía saliendo a correr largas distancias por malo que fuera el tiempo, y al menos compensaba sus preferencias alimentarias no del todo saludables con la completa renuncia al tabaco y la casi completa dejación del alcohol. A la mayoría de la gente le parecía más joven de lo que era, y habría tenido muchas posibilidades con las mujeres. Pero eso no le interesaba. Brenda, la mujer con la que había estado casado cuarenta y un años, había fallecido hacía tres después de una interminable batalla contra el cáncer.
Llegó abajo. A la derecha estaba la puerta de entrada que, como cada noche, había cerrado a conciencia. Delante estaba el salón, con su mirador que sobresalía hacia la calle. Todo estaba en silencio, oscuro, vacío. Las cortinas no estaban echadas. Las noches nunca eran negras del todo y normalmente se podía ver la iglesia de Scalby, que se alzaba al final de la calle sobre una colina cubierta de árboles. Sin embargo, aquella noche la niebla era demasiado densa: flotaba sobre las calles como una montaña de grueso algodón e impedía ver incluso la casa de enfrente. Por un momento Richard tuvo la escalofriante sensación de estar solo en el mundo, abandonado por todo y por todos. Pero después se recompuso: tonterías. Todo estaba como siempre. Era solo la niebla.
Justo cuando se estaba dando la vuelta percibió otra vez un ruido. Era como un leve crujido que no tenía nada que ver con los sonidos nocturnos habituales de la casa. Parecía provenir de la cocina y sonaba como si alguien hubiera pisado cristales rotos. Eso coincidiría con el tintineo que se había colado en su sueño.
Le quitó el seguro a la pistola y avanzó por el pasillo en dirección a la cocina. Era consciente de que estaba a punto de hacer precisamente lo que la policía desaconsejaba hacer, lo que él mismo había desaconsejado infinidad de veces: «Si cree que hay intrusos en su domicilio no intente actuar por su cuenta. Póngase a salvo, abandonando la casa o encerrándose en algún sitio, y pida ayuda por teléfono. Sea todo lo silencioso y discreto posible. Los delincuentes no deben saber que han sido descubiertos».
Pero, por supuesto, eso no se lo aplicaba a él. Él era la policía, aunque ya no estuviera en activo. Además tenía su arma y la manejaba de manera excelente. Eso lo distinguía del resto de los ciudadanos.
Llegó a la puerta de la cocina. Estaba cerrada, como siempre en las noches de invierno; la puerta que llevaba de la cocina al jardín era muy vieja y dejaba pasar mucho frío, así que al menos no llegaba al resto de la casa. Richard sabía que hacía mucho que la tendría que haber cambiado. Ya Brenda solía quejarse, por el frío pero también por la seguridad. A diferencia de la sólida puerta de entrada, aquel acceso desde el jardín era muy fácil de forzar.
Escuchó atentamente. Tenía la pistola preparada. Oía su propia respiración.
Aparte de eso, nada.
Pero había algo. Había alguien. Estaba seguro. No habría sido un policía tan bueno si a lo largo de los años no hubiera desarrollado ese instinto infalible para los peligros ocultos.
Había alguien en la cocina.
Debería haber pedido ayuda como muy tarde en ese momento. No tenía ni idea de cuántas personas podían ser. A lo mejor se enfrentaba solo a una, pero quizá eran dos o tres, y en ese caso la ventaja de ir armado no le serviría de nada. No habría sabido decir por qué había desoído todas las advertencias y se había expuesto a un peligro desconocido. ¿Por la tozudez propia de la edad? ¿Sobrevaloraba sus fuerzas? ¿O es que quería demostrarse algo?
La verdad era que no iba a tener ocasión de contestarse esas preguntas.
Las dos cosas sucedieron simultáneamente. Se disponía a girar la manilla de la puerta cuando percibió un movimiento justo a su lado, proveniente de la oscuridad del comedor, y sintió un golpe tan fuerte en el brazo que dio un grito de dolor. Desesperado, intentó sujetar la pistola, pero el golpe le había dado en un nervio y tenía todos los músculos paralizados. El arma cayó al suelo con estrépito y patinó hacia el comedor. Richard se movió hacia un lado, queriendo alcanzarla, aunque sabía que el intento era en vano: el enemigo estaba precisamente ahí, en el comedor, y entonces se dio cuenta de que su mayor error durante los últimos minutos había sido creer que el intruso había entrado por la cocina, porque ese era el punto más débil de la casa. Sin embargo, también el comedor tenía una puerta que daba al jardín, y parecía claro que habían roto el cristal. Durante sus años de servicio Richard había formado a muchos jóvenes policías, y el primer dogma que les inculcaba era: nunca deis nada por sentado. Hay que comprobarlo todo, todas y cada una de las opciones imaginables. Vuestra vida y la de otras personas pueden depender de ello.
No podía creer que aquella noche se hubiera saltado casi todos sus principios.
Entonces un fuerte golpe en el estómago lo hizo caer de rodillas, e inmediatamente después recibió un puñetazo en la sien. Se le nubló la vista solo un momento, pero lo suficiente para hacerle caer al suelo. No perdió el sentido aunque el mundo empezó a dar vueltas y el vértigo se apoderó de él en oleadas. Intentó ponerse de pie, pero una patada en las costillas lo devolvió al suelo. Después se sintió agarrado e incorporado por unas manos poderosas.
Aquel oponente era muy fuerte. Y estaba muy decidido.
La puerta de la cocina se abrió, la luz se encendió y fue arrastrado dentro. El intruso lo sujetó con una mano y con la otra sacó una silla de debajo de la mesa y la colocó en medio de la habitación. Richard parpadeaba, deslumbrado. Al instante estaba sentado en la silla, luchando por recuperar el aliento, porque la patada en las costillas le había cortado por un momento la respiración. Sentía que se le estaba hinchando el ojo izquierdo y que le salía un líquido viscoso por la nariz, seguramente sangre. Apenas podía pensar en lo que había pasado, y menos aún en que fuera posible intentar defenderse.
Le tiraron violentamente de los brazos, se los pusieron tras el respaldo y le ataron las muñecas, con tal brutalidad y tanta fuerza que casi al instante se le entumecieron las manos. Acto seguido sintió una atadura delgada alrededor de los tobillos, que asomaban bajo los pantalones del pijama. Bridas de plástico, como pudo ver después, lo que significaba que no tenía ni la menor oportunidad de librarse de ellas por sus propios medios. El suelo de piedra bajo sus pies descalzos estaba helado.
«Tendría que haberme puesto las zapatillas», pensó.
Un extraño pensamiento, dadas las circunstancias. Tenía problemas mucho más acuciantes.
Miró hacia arriba y comprobó que se trataba solo de una persona, aunque en la situación en la que estaba eso ya no importaba. Era un hombre de estatura mayor que la media. Su constitución indicaba que debía de ser relativamente joven, quizá alrededor de los treinta. Tenía aspecto de pasar mucho tiempo haciendo musculación o quizá incluso boxeando. Resultaba francamente agresivo.
Algo más llamó la atención de Richard, aunque no habría sabido decir si jugaba a su favor o todo lo contrario: el joven llevaba guantes, y un gorro de lana le tapaba toda la cara. Por lo tanto, era lo bastante listo como para evitar dejar huellas digitales y rastros de ADN. Además, su víctima no podía reconocerlo. El tipo demostraba cierta profesionalidad y, en general, las probabilidades de salir con bien son más altas con delincuentes profesionales porque no pierden los nervios con tanta facilidad y no organizan baños de sangre presas del pánico. Por otro lado, el hecho de que ocultase su identidad indicaba que contemplaba la posibilidad de que su víctima sobreviviera a aquella noche. Pero, por alguna razón, por puro instinto, Richard tenía la impresión de que su supervivencia no entraba en el plan. Seguramente el joven solo estaba siendo precavido para protegerse ante cualquier imprevisto.
Richard había caído en una pesadilla de final incierto.
No creía que aquel hombre quisiera robar en la casa. Sabía por experiencia que los ladrones normales no buscan la confrontación directa con la gente. El joven podría haber salido rápida y silenciosamente al jardín por la puerta del comedor en cuanto lo hubiera oído bajar las escaleras. Le habría dado tiempo de sobra. No tenía por qué acecharlo y atacarlo y, con ello, ponerse en riesgo.
El asalto tenía algo que ver con él directamente. Si no se hubiera despertado, el intruso habría subido las escaleras y lo habría atacado en la cama. El destino le había dado una oportunidad y él la había malgastado.
¿Qué demonios tenía que ver aquel tipo con él?
—Mírame, gilipollas de mierda —ordenó el hombre. Estaba plantado, enorme, delante de él. Llevaba vaqueros y una camiseta de manga corta, a pesar de la invernal temperatura exterior. Le sobresalían los bíceps. El tío era fuerte como un oso.
Richard subió la mirada. El ojo izquierdo se le hinchaba cada vez más deprisa, pero con el derecho veía bien.
—¿Me conoces? —preguntó el extraño.
Justo eso era lo que llevaba algunos minutos tratando febrilmente de adivinar, pero el hecho de no poder verle la cara no facilitaba las cosas.
—¿Cómo voy a saberlo? —contestó—. ¡Lleva la cara tapada!
Como respuesta el puño del hombre se estampó contra su mandíbula. Richard vio las estrellas y sintió que estaba a punto de perder el conocimiento. El dolor llegó con cierto retraso y fue tan intenso que no logró reprimir un fuerte gemido. Era como si se hubiese roto algo, quizá el hueso de la mandíbula. Quiso tragar y solo lo consiguió después de varios intentos. Notó gruesos coágulos de sangre.
—¿Qué… es… lo que quiere? —balbuceó.
—¿De verdad no te acuerdas? —preguntó el hombre—. Mi cara no importa, ¿entiendes? Basta con que recuerdes algunas canalladas de tu perversa vida. Entonces comprenderás a quién tienes delante.
¿Alguien a quien había metido en la cárcel a lo largo de sus años de servicio? Pero eran tantos…
Richard no se atrevió a contestar, simplemente se quedó mirando al hombre con desesperación.
—¿En serio creías que te ibas a librar?
Richard formuló su respuesta con dificultad:
—No sé… quién es… usted.
Se preparó internamente para el próximo golpe, pero no se produjo. El extraño se balanceaba sobre los pies.
—Ni idea, el cabrón. No tienes ni idea, ¿verdad?
—No —corroboró Richard, y de nuevo le cayó el puño encima, esta vez en el estómago y de un modo que le cortó la respiración. Trató de recuperarla, se inclinó hacia delante todo lo que pudo y escupió sangre en el suelo.
«Me va a matar. Es la única razón por la que ha venido».
No había entrado en su casa por casualidad, de eso estaba convencido. No había elegido una vivienda cualquiera ni se le había ocurrido sin más atacar, atormentar y torturar un rato al propietario antes de matarlo. En sus años como policía Richard había visto casos así y se había quedado consternado por el modo en que la arbitrariedad y el azar convertían a algunas personas en víctimas de delitos espantosos. Pero esa no era su situación. Notaba el odio personal del que era objeto. Aunque no conociera al hombre, este parecía haberlo elegido a él con plena conciencia.
—Por favor —gimió—, dígame…
Una patada en la espinilla le hizo gritar de dolor. El tipo llevaba botas con tacos. Richard sintió cómo la sangre goteaba del bajo del pantalón.
Sabía que su única oportunidad consistía en descubrir su vínculo con aquel hombre. En hablar con él. Casi siempre ayudaba hablar con las personas. Pero claro, para eso era necesario saber de qué se podía hablar.
Hizo acopio de valor. Le dolía todo, las costillas, el estómago, la pierna, la cara. Tenía un miedo terrible a que le pegara otra vez si abría la boca, pero estaba perdido si no lo hacía.
—De verdad… no sé… qué me reprocha —dijo. Le costaba pronunciar las palabras. Se le estaban hinchando también los labios, y tenía la sensación de estar continuamente tragando sangre—. Por favor… querría saberlo. Podríamos… hablar.
El puño se lanzó hacia él, e instintivamente apartó la cabeza hacia un lado. El golpe solo lo rozó, pero al instante el hombre lo agarró del pelo y le inmovilizó la cabeza. Se la empujó con tanta fuerza hacia atrás que Richard creyó que se le rompería el cuello. Después el puño le golpeó la nariz, que ya tenía rota, el ojo hinchado, la boca. Se estrelló una y otra vez contra su cara.
«Me muero —pensaba—, me muero, me muero».
El asaltante paró cuando Richard estaba a punto de perder el conocimiento. Este era consciente de que solo le había faltado una milésima de segundo, y lamentó que no sucediera. Su único deseo era desmayarse. Y que su muerte fuera rápida.
Ardía de dolor. Tiritaba y temblaba de dolor. Todo él era solo dolor. Estaba febril y apenas respiraba. Se preguntaba cómo seguía con vida.
Se vio a sí mismo por un instante: un hombre mayor con un pijama de franela a cuadros, sentado en una silla de cocina con las manos y los pies atados, con la cara hecha papilla, sangrando y gimiendo. Un cuarto de hora escaso había bastado para convertirlo en aquella piltrafa condenada a muerte.
También pensó un momento en Kate. Sabía lo que significaría para ella su muerte. Él era la única persona con la que contaba, y lo embargó una tristeza inmensa al pensar que iba a abandonarla. Era hija única… Aquella mujer sola y desdichada que no lograba hacer amigos, conquistar el corazón de un hombre, formar una familia. O al menos ser feliz con su trabajo. Nunca habían hablado de lo sola e infeliz que se sentía. Kate siempre hacía como si su vida estuviera en orden, y él había respetado su manifiesto deseo de mantener esa fachada. Nunca le había dicho que sabía lo mal que le iba. Ahora, en los que seguramente eran los últimos minutos de su vida, se dio cuenta de que aquello había sido un error. Habían dedicado el tiempo a engañarse el uno al otro y, con ello, lo habían desperdiciado.
Por lo que parecía, ya no iba a tener ocasión de enmendar ese error.
Levantó a duras penas la cabeza, que tenía hundida en el pecho. A través de las ranuras en las que se habían convertido sus ojos hinchados vio que el hombre se había puesto a abrir y revolver los cajones, con toda la calma del mundo. Al final pareció encontrar lo que buscaba: una bolsa de plástico del supermercado.
Richard comprendió. Abrió la boca para gritar, pero solo profirió un graznido débil y desesperado. «No —era lo que quería decir—. ¡No, por favor!».
Al instante tenía la bolsa en la cabeza. Con algo (con un cordón o con cinta adhesiva o con lo que fuera) el hombre se la ató alrededor del cuello.
Richard intentó decir algo. De repente lo sabía. Sabía quién era su atacante. Entendió de qué historia de su vida se trataba. ¿Cómo había tardado tanto en descubrirlo?
Pero era demasiado tarde. Ya no podía hablar, solo respirar. De forma desesperada, irracional, apresurada. Presa del pánico, cada vez más rápido.
Inspiró los últimos restos de oxígeno que quedaban.