LUNES, 9 DE JUNIO

1

Kate había dedicado todo el domingo a hacer limpieza. Había llevado sacos de prendas de su padre al contenedor de ropa usada, había vaciado cajones y había tirado montañas de papeles, notas y viejas cartas. Cuántas cosas se acumulan a lo largo de toda una vida, y eso que su padre era una persona ordenada que no solía guardar todo lo que caía en sus manos.

Durante toda la operación, Kate había dedicado su atención sobre todo a los documentos. Se preguntaba si en algún lugar de la casa quedarían indicios de Melissa Cooper: una carta que le hubiera escrito a Richard, una cita anotada en la agenda, quizá incluso una foto… Cualquier cosa. Kate no estaba segura de que fuera positivo para ella dar con algo así, pero al mismo tiempo ansiaba conseguir más información. ¿Qué significaba Melissa para su padre?

No encontró nada, absolutamente nada. Por algo Richard Linville había dedicado casi toda su vida a la investigación criminal. Sabía que era así como se incriminaban la mayoría de las personas: porque pasaban por alto alguna huella, porque olvidaban deshacerse de algún indicio, porque eran descuidadas y no pensaban en que todo podía utilizarse en su contra. Por lo tanto había ocultado su propio adulterio con mucho cuidado. Kate cada vez tenía más claro que si Melissa no hubiera acudido a ella y después su hijo no hubiera estado dispuesto a informarla, jamás habría descubierto el secreto de su padre.

Le habría gustado registrar el ordenador, pero la policía lo había confiscado en su día con la esperanza de encontrar pistas sobre el asesino al analizar los programas. Kate se había olvidado de pedir que se lo devolvieran, pero se dijo que sin duda no habría encontrado nada en él. Los especialistas lo habían desarmado, y si hubieran dado con el nombre de Melissa Cooper o hubieran descubierto la existencia de una persona desconocida, se habrían puesto en contacto con ella. Y Caleb se había mostrado completamente sorprendido al saber de ella. A finales de los noventa la correspondencia personal por correo electrónico todavía era muy poco habitual, así que era posible que su padre y Melissa nunca hubieran utilizado ese medio de comunicación. De todos modos él era demasiado inteligente para hacerlo. Había conocido a demasiadas personas que creían haber borrado todo lo que pudiera vincularles con un crimen, para que después los expertos sacaran a la luz los resultados más sorprendentes.

Richard era muy listo. Muy prudente.

Esa idea había ayudado a Kate a empaquetar la ropa. Además de tristeza, sentía que la rabia seguía creciendo en su interior. Rabia por lo que le había hecho a su madre, pero también por lo que le había hecho a ella, su hija.

Mientras recogía, reflexionaba sobre las conclusiones a las que podía llegar a partir de la información que le habían dado las amigas de Melissa. Por un lado constató que, sencillamente, le hacían sentirse mejor. Al parecer Richard no había vuelto con su esposa enferma por puro sentido de la responsabilidad, no se había sentido empujado a escoger a su familia en contra de su voluntad. Había sucedido algo entre él y Melissa que lo había cambiado todo, después de lo cual la relación no se había recuperado.

Y estaba bien que así fuera. A día de hoy Kate pensaba de corazón que se lo merecían.

Sin embargo, ¿tenía aquello alguna relación con los asesinatos de tantos años después?

Por lo menos tendría que decírselo a Caleb Hale, pensó con una sensación desagradable.

Al policía no le haría ninguna gracia saber que había ido a Whitby. Y ella no tenía ganas de oír sus reproches.

En cualquier caso, a última hora del domingo había encontrado algo que al menos le permitiría dar un pequeño paso adelante, en la dirección que fuera. Había registrado a conciencia y vaciado todo aquello que pudiera contener el más mínimo secreto, pero al buscar un abrebotellas en un cajón de la cocina (había decidido darse el capricho de beberse una de las botellas de vino de su padre) se encontró con una postal que alguien había guardado allí por motivos incomprensibles. Era una felicitación de Navidad; una corona de muérdago adornada con bayas rojas colgada de la puerta de una casa. Los copos de nieve caían del cielo nocturno y revoloteaban a su alrededor. En diagonal sobre esa imagen tan cursi se leía el obligatorio «Merry Christmas» en florida caligrafía dorada.

Kate dio la vuelta a la tarjeta. Estaba dirigida a su padre y según el sello de correos era de 2004. «Os deseo a ti y a los tuyos unas felices fiestas —decía en tinta azul— y un próspero 2005». Firmado: «Norman».

Norman Dowrick. Sargento y estrecho colaborador de su padre durante años. Richard a menudo se refería a ambos como «un equipo imbatible». También habían sido íntimos amigos.

Kate se había olvidado del vino, se había sentado en la terraza con la postal en la mano y reflexionaba. La tarde había sido abrasadora y las piedras aún conservaban el calor del día. En aquella época del solsticio de verano los días eran largos. Era agradable sentarse allí y contemplar el jardín florido.

Durante varios años Norman había sido la persona con la que más tiempo pasaba Richard, debido a que trabajaban juntos y a que su profesión les exigía una gran dedicación. La madre de Kate decía a veces, en broma: «¡Me cambiaría por Norman! Así de vez en cuando podría charlar contigo más de tres minutos antes de que te llamaran para el siguiente caso».

Todo acabó en el verano de 2004. Norman participó en una redada de narcotráfico sin Richard, que en ese momento estaba de vacaciones y por fin se había ido de viaje con Brenda. En la operación se produjo un tiroteo; Norman recibió un disparo, se debatió entre la vida y la muerte durante dos días y después tuvo que someterse a varias operaciones. Al final los médicos llegaron a la conclusión de que no podían hacer nada más por él y que tendría que pasar el resto de su vida en una silla de ruedas. Paralizado de cintura para abajo.

De todos modos habría podido seguir trabajando para la policía, aunque desde un despacho, una situación muy diferente a la que estaba acostumbrado. Kate recordaba que su padre había tratado de convencerlo hasta la saciedad. El relato de sus conversaciones con Norman era cada vez más desesperado.

—Se ha rendido. Ha tirado la toalla. Quiere vivir de su ridícula pensión de invalidez y mirar las musarañas de la mañana a la noche. Está loco. Comete un gran error.

Al final no había logrado que cambiara de opinión. Al sargento Dowrick no solo se le había roto la columna, sino también, y sobre todo, el alma. Se había dado a sí mismo por perdido con apenas cuarenta años, había dado por perdidos su futuro, su profesión y su vida. Fue dando por perdidas también las amistades. Aquella felicitación de Navidad debió de ser uno de los últimos gestos de cortesía que tuvo hacia su antiguo compañero. Porque no era más que eso, una cortesía. Para finales del año 2004 Norman Dowrick ya se había convertido en un hombre amargado sin remedio que no quería relacionarse con nadie. Poco a poco fue perdiendo el contacto, ya no respondía a los correos electrónicos, no devolvía las llamadas, muchas veces no abría la puerta cuando su excompañero se presentaba en su casa. En algún momento Richard se había dado por vencido.

Respetó que su antiguo amigo quisiera cortar todo vínculo con su vida anterior.

Sin embargo, Kate estaba ahora muy interesada en el colega de su padre, ya que en los años decisivos, cuando Melissa Cooper formaba parte de su vida, los dos hombres aún trabajaban codo con codo. Kate se preguntó si su padre también habría logrado ocultarle la aventura a Norman. Para urdir una trama como la que había tejido Richard, normalmente era necesario un cómplice, alguien que estuviera al quite por si él fallaba, que estuviera dispuesto a cubrirle ante sus superiores, que participara de las excusas, que sirviera como coartada. Incluso aunque no le hubiera dicho absolutamente nada, Norman tenía que haber notado algo. Más que cualquier otra persona. Y quizá era la persona a la que su padre se había confiado.

Caleb había dicho que Norman no era relevante, ya que todos los casos en los que los dos hombres habían trabajado juntos estaban documentados. Y era cierto. Pero eso era el trabajo, no la vida privada.

Quizá Norman Dowrick supiera qué había acabado con la relación entre Richard y Melissa.

Después de pasar una hora sentada en la terraza reflexionando sobre todo aquello, Kate había emprendido la búsqueda del número de teléfono de aquel hombre. Había varias agendas viejas de Richard. Por prudencia, no las había tirado sino que las había guardado con sus propios documentos. Según Caleb, Norman ya no vivía en Scarborough, pero al parecer sí habían dado con su esposa, y quizá ella pudiera ayudarla. Encontró por fin el número, pero nadie cogió el teléfono cuando llamó. Aún recordaba su dirección. Decidió acercarse al día siguiente.

Y así, aquel lunes a las ocho de la mañana se encontraba delante de aquella estrecha casa adosada situada en uno de los barrios menos atractivos de la ciudad. Allí vivían personas sin mucho dinero que no podían permitirse una gran inversión. Marcos de ventanas y puertas con la pintura desconchada. Jardines delanteros en los que la hierba y los dientes de león crecían sin ningún control. Patios traseros atravesados por cuerdas para tender la ropa en todas direcciones. Vallas de mimbre barato que ofrecían una vacilante protección de las miradas de los vecinos, con los que a pesar de todo, y debido a la estrechez, prácticamente se compartía mesa si uno salía a cenar o a tomarse una cerveza fuera. Kate sabía por su padre que Norman siempre había soñado con tener una casa propia, pero que no había podido permitirse nada mejor que aquello. Puede que lo hubiera logrado con un par de ascensos más.

Sin embargo, no había tenido la oportunidad.

Llamó a la puerta justo cuando daban las ocho. Esperaba que a esa hora los habitantes de la casa ya se hubieran levantado.

La puerta se abrió de inmediato. La mujer que apareció en el umbral le resultó familiar a pesar del tiempo transcurrido.

—¿Susannah Dowrick? —preguntó con una sonrisa.

El rostro de la mujer también esbozó un vago gesto de reconocimiento.

—¿Kate? ¿Kate Linville?

—Sé que es una hora muy mala —dijo ella—. Pero necesito encontrar urgentemente a tu marido.

—Hace mucho que no vive aquí. Y desde hace más de cuatro años no tenemos ningún contacto —respondió Susannah.

Había conducido a Kate a la cocina, donde se estaba tomando un café de pie. «Un cuarto de hora», le dijo, después tenía que irse sin falta. Trabajaba en una droguería y tenía que estar allí una hora antes de que abrieran.

—Es decir, exactamente ahora —añadió mirando el reloj—. Pero no pasa nada. Nadie se queja si no se repite demasiado.

Kate se sentó en una de las sillas de la cocina y aceptó agradecida un café. Susannah permaneció de pie con el suyo en la mano.

—Por las mañanas estoy como una moto.

Su delgadez era casi enfermiza, tenía el rostro chupado y sombras oscuras bajo los ojos. Parecía estar siempre en tensión sin que hubiera una razón aparente para ello. En algún momento Susannah Dowrick había subido las revoluciones de su motor interno y ya no conseguía bajarlas. Esa fue la impresión que le dio a Kate. Estaba claro que no era una mujer feliz, pero sí una persona que se esforzaba por huir como podía de todos los pensamientos que la agobiaban.

—Nos separamos hace mucho tiempo —prosiguió—. Así lo quiso Norman. No pienses que lo dejé porque estuviera en silla de ruedas. Yo siempre tuve claro que intentaríamos lidiar juntos con lo que había pasado, a pesar de que no fuera un camino de rosas. Se quejaba día y noche, responsabilizaba a Dios y al mundo de su situación y siempre estaba de mal humor, agresivo y susceptible. —Cerró los ojos un instante—. No, no fue por eso —confirmó sus propias palabras—; era horrible, pero yo lo entendía. Entendía su desesperación, su rebeldía contra el destino. Aunque no sirviera de nada. En algún momento hay que aceptarlo, ¿verdad? De lo contrario puede llegar a ser enfermizo.

—Sí —dijo Kate—. Hay que aceptarlo. —Iba a preguntarle a Susannah por su padre, pero ella retomó la palabra.

—¿Así que quieres hablar con Norman? Pues tendrás que ir a Liverpool.

—¿Por qué se mudó precisamente a Liverpool?

—Los dos somos de allí, pero no le queda familia, así que no entendí muy bien su decisión. Pero bueno, parece que quería volver al lugar donde pasó la infancia. Lo conocido… Qué sé yo.

—Y dices que… ¿hace cuatro años que no tenéis contacto?

—Él lo quiso así. Y eso le dije a la gente. Sus antiguos colegas se presentaban aquí una y otra vez preguntando por él. A todos les respondí lo mismo: «Puedo daros su dirección, pero es probable que no quiera veros». Seguro que la mayoría se alegró mucho de tener un argumento para no ir a Liverpool y para no preocuparse por un hombre amargado y encerrado en sí mismo.

—¿Y tú has querido quedarte en esta casa a pesar de todo? —le preguntó Kate. Acto seguido pensó que no era quién para sorprenderse. Al fin y al cabo ella se aferraba a la casa de su padre, a pesar de que no había razón alguna para conservarla.

—Sí, es incomprensible, lo sé —contestó Susannah. Suspiró—. En cierto modo… La casita, por muy destartalada que esté, el jardín diminuto, la sensación de poseer un terrenito… Podría decirse que era nuestro sueño. Hace mucho que no somos una pareja, pero para mí es… Es lo único que me queda. —Negó con la cabeza como para sí—. Mis padres me ayudan, yo sola no podría pagarla. Pienso constantemente en que debería venderla de una vez, pero no lo consigo. Son los últimos despojos de un pasado feliz. Puede que al mismo tiempo me esté bloqueando… —Esta duda parecía dirigida más bien a sí misma, así que Kate no respondió. Pero conocía a la perfección las ideas y los pensamientos entre los que se debatía Susannah.

La mujer se dio cuenta de que su madrugadora visita seguramente no habría ido allí para hablar sobre su complicado estado de ánimo.

—Cuando vi la noticia del asesinato de Richard no di crédito —dijo de pronto—. ¿Quién sería capaz de algo así? He leído que buscan a ese tal Shove. ¿Hay indicios reales de que fue él?

—Parece que al menos había amenazado con hacerlo —contestó Kate—. Con matar a mi padre, quiero decir. Por eso entiendo que la policía lo considere el principal sospechoso.

—También vino a verme uno de los investigadores —informó la mujer—. Un tal… ¿cómo era? Stewart, creo.

—El sargento Robert Stewart —confirmó Kate.

—Sí, eso es. Norman y Richard trabajaron juntos mucho tiempo, y quería saber si yo recordaba algún suceso de aquella época que pudiera tener alguna relación con el asesinato. Por desgracia no pude ayudarlo. Norman me contaba muchas cosas del trabajo, pero nada que pudiera ser relevante para este caso. Es decir, claro que se buscaron enemigos. Pero no había ninguno destacable. Habría podido ser cualquiera de ellos. O ninguno.

—Lo único que puedo hacer es rezar por que la policía esclarezca pronto el crimen.

Susannah la observó con interés.

—Les estás ayudando, ¿no? Acabo de recordar que trabajas en la policía metropolitana de Londres, si no me equivoco.

—Así es. Pero eso significa que aquí no tengo competencia. En estos asuntos siempre hay que respetar las normas —contestó Kate, y se sintió como una colegiala que recita un texto aprendido de memoria—. Estoy muy angustiada por otra cosa que he averiguado y pensaba que quizá Norman podría ayudarme…

—Igual puedo ayudarte yo.

Norman le confiaba muchas cosas. Kate se tiró a la piscina sin pensar.

—¿Te dice algo el nombre de Melissa Cooper?

La mujer se estremeció visiblemente.

—Ay, Dios mío —dijo después de un silencio.

—Supongo que eso significa que sí —dedujo Kate.

—Sí —constató Susannah.

2

Jane conducía y Caleb iba en el asiento del copiloto hablando por teléfono. La agente le oyó decir «sí», «hum», y después: «Era de esperar. Así que tenía razón al sospechar que alguien la seguía y la observaba».

Finalmente se despidió y la miró.

—Era el equipo de la escena del crimen. Están seguros de que alguien intentó entrar en el cottage de Melissa Cooper. En las puertas de la terraza trasera había unas marcas que en un principio no pudieron clasificarse. Ahora parece demostrado que alguien intentó forzar la puerta pero desistió. El compañero dice que es imposible que abandonara porque no consiguiera abrirla. Parece que algo interrumpió al intruso.

—La llegada del hijo aquella noche —dedujo Jane.

—Es bastante probable. Melissa Cooper iba a ser atacada en su cama. Por desgracia, la llegada de su hijo solo supuso un aplazamiento.

Ambos permanecieron en silencio. Caleb pensó angustiado en aquella mujer mayor, sola en una casa perdida en medio de la nada. Era una presa fácil. El destino la había salvado en el último momento. Pero después su acosador había puesto aún más empeño en su objetivo. Atacar a Melissa en el colegio a plena luz del día había sido un acto muy osado.

—Estamos llegando a Newcastle —anunció Jane—. A partir de aquí no será fácil. La granja debe de estar completamente aislada.

—Entonces no podremos aprovechar tus conocimientos de la zona —comentó Caleb. Sabía que la agente era de Newcastle y había crecido allí.

—No —le confirmó—, por desgracia no. Me manejo en la ciudad, pero nunca me atrajeron los alrededores.

Iban a ver a Neil Courtney. Al auténtico Neil Courtney, si tenían suerte. Debían agradecer el descubrimiento a la labor de Robert Stewart. En un primer momento sus conversaciones del viernes anterior en la cárcel de Hull no parecían haber dado ningún resultado relevante. No se había producido ningún contacto entre Denis Shove y los tres jóvenes que habían asaltado el salón recreativo de Scarborough, o al menos no se había encontrado ningún indicio de ello. Shove no había repetido a nadie su amenaza de vengarse del comisario Richard Linville. Y según las declaraciones del director de la institución, nadie había tenido la sensación de que se pasara el tiempo pensando cómo matar a Linville de la forma más cruel posible. Lo que no pudo averiguar fue si conocía la relación entre Richard y Melissa. Desde luego el director no lo sabía, y había reaccionado con sorpresa.

—¿Linville estaba liado con la mujer a la que acuchillaron la semana pasada en la escuela? ¡No me diga! Esto lo complica todo, ¿no?

Stewart le había dado la razón.

Sus conversaciones con los testigos que quedaban del asalto al salón recreativo tampoco lo habían llevado a ningún lado. Ninguno de ellos había notado nada extraño en las semanas o los meses anteriores, ni se había sentido vigilado, perseguido o acosado. Era bueno saber que probablemente esas personas no corrían peligro, pero eso también significaba que el atraco que había tenido lugar tanto tiempo atrás no tenía relevancia alguna, y que la investigación por esa vía no llegaría a ningún sitio.

Sin embargo, la psicóloga que había tratado a Denis Shove, que tanto se había hecho esperar, había llamado a Robert a primera hora del lunes, tal como habían acordado. En aquella conversación, la mujer se reafirmó en el pronóstico social favorable que había emitido para Shove antes de que lo excarcelaran.

—No creo que haya asesinado al policía. Por lo que he leído del caso, fue un crimen planeado con frialdad y esmero. Eso no es nada típico de Shove. Su problema es la falta de control en situaciones de estrés. Salta cuando lo critican o lo cuestionan, cuando está bajo presión, o cuando se siente acorralado de algún modo. O simplemente cuando las cosas no van como él quiere. Así actuó con la que entonces era su pareja, y el hecho de que las lesiones que le causó le provocaran la muerte fue una trágica desgracia. Pero no hubo premeditación.

Stewart se preguntó por qué los psicólogos penitenciarios, cuando describían a los criminales, lograban transmitir tan a menudo que era la víctima la que lo había hecho todo mal, y que habían sido las circunstancias desfavorables las que habían conducido al autor del delito a una situación que no habría podido resolverse de forma no violenta.

—¿Nunca le expresó los deseos de venganza que albergaba hacia Richard Linville?

—No.

Entonces Stewart mencionó a Melissa Cooper, pero era la primera vez que la psicóloga oía ese nombre.

—¿Quién era? ¿Dice que mantenía una relación con el policía asesinado? Pues Denis no la mencionó nunca. No creo que lo supiera. Y aunque así fuera, ¿por qué iba a matarla a ella? En ese caso, el supuesto móvil de la venganza no tendría ningún sentido.

«Ese es el problema», pensó Robert.

Al menos había tenido suerte al preguntarle por el nombre falso de Shove, Neil Courtney.

—Un pariente muy lejano. Hablaba a menudo de él. Su único familiar vivo, por lo que sé.

Stewart se puso alerta al instante. Un indicio. Por fin.

—¿Está usted segura?

—Sí, completamente. Hablamos mucho sobre él. Es el tercer marido de una prima de su madre o algo así, o sea que el parentesco es muy remoto, pero algo es algo. Debe de ser ya bastante mayor y vive en una granja cerca de Newcastle. Denis nunca tuvo mucho contacto con él pero yo lo animé a retomar la relación una vez saliera de la cárcel. Para alguien como él, que ha pasado varios años en prisión, es importante tener algún apoyo una vez fuera. La libertad puede ser una gran carga cuando no se está acostumbrado a ella.

—Supongo —le dio la razón Stewart—. ¿Y sabe si finalmente se puso en contacto con él?

—No supe nada más de Denis después de que lo excarcelaran. Cuando salió de prisión yo ya estaba en Australia. Pero aunque hubiera estado aquí, habría evitado el contacto con él. No puedo atender a los pacientes después de su estancia en prisión, no sería bueno. Tienen que aprender a vivir sin mí. A ser independientes.

«Pues Shove ha aprendido a la perfección —pensó Stewart con cinismo—. Es posible que haya cometido dos asesinatos, y nos consta que le ha disparado a una joven para robarle el coche. Sin duda puede hablarse de una marcada independencia».

Habían dado con la dirección del viejo Neil Courtney; efectivamente parecía tratarse de una granja solitaria en los alrededores de Newcastle. Caleb no creía que Denis Shove se hubiera escondido allí. Era un tipo listo y seguramente contaba con que la policía averiguaría en algún momento la relación de parentesco que tenía con el viejo granjero, por mucho tiempo que le llevara; demasiado, pensó el comisario, frustrado. Habían tenido la mala suerte de que la psicóloga hubiera pasado tantos meses en el extranjero, pero quizá habrían tenido que esforzarse más para ponerse en contacto con ella mientras estaba fuera. En cambio, Caleb estaba dispuesto a perdonarse el hecho de que no hubieran localizado a aquel tío político por sí mismos: el parentesco era tan lejano que habría sido casi imposible dar con él sin información externa. Además, no habían sabido el nombre falso de Shove hasta la semana anterior.

Robert Stewart, que al fin y al cabo era quien había descubierto esa nueva pista, se había puesto antes en camino, llevándose a otros dos agentes por precaución. Él tampoco creía que fueran a encontrar allí a Denis Shove, pero no quería correr ningún riesgo. Ahora sabían que estaba armado y que en caso de duda hacía uso de la pistola. Su única esperanza era que el viejo Neil Courtney les diera alguna pista valiosa, algo que en el mejor de los casos los condujera por fin hasta Shove.

Jane había introducido la dirección de la granja en el GPS, pero de todas formas se perdieron un par de veces en aquel laberinto de estrechas carreteras secundarias y caminos de tierra llenos de baches. Al final casi pasaron por alto la entrada a la granja, que estaba casi completamente cubierta de maleza y hierbas altas. A pesar de que Stewart y los dos agentes habían debido de atravesarla hacía poco, los matorrales, los helechos y los cardos ya habían vuelto a cubrir la vía.

—No parece que haya mucho movimiento por aquí —comentó Caleb. No era fácil seguir el camino porque la hierba también lo había cubierto y apenas se distinguía. A derecha e izquierda se veían restos de muros desmoronados y un par de postes podridos que parecían indicar que allí había habido prados vallados en algún momento. Sin embargo, la época en la que la granja había estado en funcionamiento debía de ser muy lejana. Ahora la naturaleza estaba a punto de reconquistar el terreno y de sepultarlo todo poco a poco.

A primera vista, el edificio al que por fin llegaron se parecía más a una cabaña en ruinas que a un lugar realmente habitable. Revestimiento desconchado en las paredes, cristales cubiertos de suciedad, y un techo al que las tormentas habían arrancado numerosas tejas que nadie había repuesto. El suelo del patio estaba cubierto por adoquines y ortigas, aunque el número de plantas era muy superior y ya solo se distinguían algunas piedras sueltas. En medio había un coche de policía aparcado. Cuando Caleb y Jane pararon el coche y se bajaron, Robert Stewart les salió al encuentro.

—Muy acogedor —les dijo—, y no parece que haya nadie en casa.

—No creo que aquí viva nadie —opinó Jane. Miró a su alrededor sintiendo un escalofrío—. Sería como estar enterrado en vida. Yo diría que hace años que nadie mete mano a todo esto.

—Es probable que sea demasiado para un hombre mayor —dijo Caleb.

—Calculo que hará ya un tiempo que está en una residencia —añadió Jane—. Si es que sigue vivo.

—Bueno, oficialmente sigue viviendo aquí —afirmó Stewart. Agitó un fajo de cartas—. Mirad. Las he pescado del buzón.

—¿Hay un buzón? —preguntó Caleb—. ¿Dónde?

—Abajo, en la entrada. Oculto entre los arbustos. Por casualidad he visto algo al pasar y he ido a mirar.

El comisario cogió el correo y examinó los sobres con el ceño fruncido.

—¿Qué es esto?

—Creo que son notificaciones de la pensión. Así que parece que Courtney sigue vivo y empadronado aquí —dijo Jane observando la casa, que necesitaba una reforma urgente y daba la impresión de estar a punto de derrumbarse en cualquier momento—. La famosa pobreza de la tercera edad. No solo nos espera, sino que ya lleva mucho tiempo entre nosotros. Y no es precisamente algo de lo que nuestra sociedad pueda enorgullecerse.

—Nadie debería vivir así —le dio la razón Stewart—, y mucho menos al final de su vida.

—Tenemos que entrar —decidió Caleb—. Sospecho que el anciano hace tiempo que falleció pero nadie se ha dado cuenta. Puede que lleve meses muerto en su cama.

—La puerta está cerrada a cal y canto —dijo Stewart.

—¿Dónde están los dos agentes?

En ese momento uno de los hombres apareció junto a la casa. Les informó de que la había rodeado y había escrutado el interior a través de una ventana en la medida de lo posible. No creía que hubiera nadie dentro.

—Eso sí, la parte de atrás parece un auténtico vertedero —añadió—. Sobre todo hay cajas de cartón llenas de botellas vacías. Aunque también hay botellas desperdigadas. Principalmente de whisky, de la marca más barata. El tipo que vive aquí debe de ser un borracho empedernido.

Durante un segundo se produjo un silencio incómodo. A Caleb le llevó un rato darse cuenta de que Jane y Robert habían bajado la mirada abochornados por él.

A pesar de la terrible desintoxicación por la que había pasado, el alcohólico que había sido seguía formando parte de él. Seguramente para siempre.

Robert Stewart carraspeó.

—¿Dónde está Patrick? —preguntó por el segundo policía.

—Está inspeccionando la finca. Pero no creo que encuentre nada ni a nadie. Yo creo que hace meses que nadie pasa por aquí.

—Vamos a entrar —dijo Caleb.

Al agente le llevó medio minuto escaso forzar la frágil cerradura. Todos contuvieron el aliento un instante, aunque después se relajaron: el ambiente cargado y enmohecido los recibió con un olor repugnante a cosas que era mejor no saber qué eran ni en qué estado se encontraban. Pero sin duda no olía a cadáver, así que el viejo Neil Courtney no estaba muerto en su habitación.

La sucísima ventana solo dejaba pasar una luz tenue, pero los ojos se les acostumbraron enseguida a la penumbra. Estaba claro que, efectivamente, hacía mucho tiempo que nadie pasaba por allí, ya que tanto el suelo como los muebles estaban cubiertos por una gruesa capa de polvo intacta. El desorden era increíble: los cajones, arrancados de las cómodas, estaban tirados en medio de las habitaciones, de manera que su contenido se desparramaba por todo el suelo; las estanterías estaban vacías y las alfombras se apoyaban enrolladas en las esquinas; los jarrones estaban volcados, y faltaba una lámpara del techo. Parecía que hubiera caído una bomba, al menos en las dos habitaciones de la planta baja y en la cocina, donde toda la vajilla había sido barrida de las alacenas y estaba hecha añicos en el suelo. Había restos de comida pudriéndose sobre el anticuado fogón. En la mesa, un plato presentaba un contenido indefinible sobre el que se había formado un velo de moho blanco azulado. Y allí también había montañas de botellas de whisky vacías. En un extraño contraste con todo aquello, en la repisa de una ventana se veían un par de macetas de barro con plantas aromáticas. A pesar de que ya solo quedaban los tallos secos, la imagen tenía cierto aire tierno, sobre todo porque entre los tiestos descansaba una pequeña regadera de plástico de juguete: en medio de la decadencia, tanto suya como de la casa, Courtney, que a juzgar por su consumo de alcohol debía de ser un cadáver andante, había reunido las fuerzas necesarias para mantener algo con vida.

—O bien Neil Courtney es un hombre extremadamente caótico —dijo Stewart—, o alguien ha estado buscando algo aquí con mucho interés.

—Sospecho que se trata de la segunda opción —respondió Caleb—. Alguien, seguramente nuestro amigo Shove, lo ha puesto todo patas arriba. La pregunta del millón es: ¿qué ha sido del viejo Courtney?

Mientras los hombres registraban la planta baja en busca de una posible trampilla al sótano, Jane subió la empinada escalera de madera que conducía al desván. Arriba había un baño encajonado de tal modo en la caída del tejado que un adulto normal no podía erguirse en ningún punto. La suciedad del váter tenía varios centímetros de grosor. No había ningún objeto, ni siquiera un cepillo de dientes. Jane sospechó que el viejo Courtney no era demasiado cuidadoso con la higiene personal.

Había dos habitaciones más, que también eran tan bajas que la agente tuvo que agachar la cabeza. No parecía que nadie las hubiera utilizado nunca, ya que no había en ellas ni un solo mueble. La vida de Courtney debía de desarrollarse en su mayor parte entre la cocina y el salón.

Jane volvió abajo.

—No hay sótano —estaba diciendo Caleb justo en ese momento. Levantó la mirada hacia Jane—. ¿Has encontrado algo arriba?

—Nada. Literalmente. Quitando el baño, esa planta no se usaba en absoluto.

Oyeron pasos y se dieron la vuelta. Patrick, el segundo agente, entró en la casa. Saludó a Caleb y a Jane con la cabeza.

—Comisario, agente, he encontrado algo. En el jardín de atrás.

—¿Qué es? —preguntó Caleb impaciente.

—Algo que parece una tumba. La tierra no está fresca pero aún no se ha asentado. Puede que lo que esté enterrado sea un perro… Pero si lo es, es bastante grande.

Electrizados, siguieron a Patrick y salieron de la casa hacia el jardín trasero. Jane vio las innumerables cajas llenas de botellas apoyadas en la pared y sintió un escalofrío.

Nadie había cuidado tampoco del jardín, que se extendía ladera abajo por una colina, pero aquí el resultado era una maleza de aire bucólico. Frutales viejos y nudosos mezclados con robles fornidos de copa amplia. Matas de frambuesas, campanillas y violetas. Helechos y musgo. Todo salvaje y creciendo a su aire. Un paraíso para aves, insectos, culebras y otros animales. En algún lugar se oía el chapoteo apacible de un riachuelo. ¿Y en medio de todo aquello había una tumba?

El agente les condujo pendiente abajo hasta la linde de la finca, marcada por unos restos de murete cubiertos de musgo. Justo delante, medio oculto por un arbusto de retama, vieron la tierra removida. Un montículo abombado sobre el que ya crecía hierba y trébol. El túmulo no era de ese verano, porque la naturaleza ya lo estaba reconquistando, pero Patrick tenía razón: aún no se había asentado y al acercarse podían distinguirse terrones de tierra que claramente se habían extraído con una pala.

—Es bastante larga —dijo Jane—. Sí que es demasiado grande para un perro.

—Yo diría que la estructura es del otoño pasado —comentó el sargento Stewart, y Jane pensó que el término «estructura» resultaba raro.

De repente Caleb se mostró agotado y aliviado al mismo tiempo.

—Me apostaría algo a que hemos encontrado al viejo Neil Courtney —afirmó.

3

El lunes Stella ya casi estaba convencida de que Terry y Denis se habían largado y de que ahora estaba completamente sola con su familia en la granja, atrapada en ese granero sombrío con algo de agua y comida; unas provisiones que en el mejor de los casos, si las racionaba con moderación, les durarían tres días más. No había oído ningún motor, pero esa noche había dormido tantas horas y tan profundamente de puro agotamiento que era posible que no se hubiera enterado de que la pareja se marchaba. El domingo por la tarde había vuelto a levantar la torre y había escalado hasta la ventana para otear hacia fuera. Había visto los dos coches de los jóvenes, pero eso no quería decir nada, ya que seguro que utilizarían el vehículo de su familia para huir.

Stella había subido con un puñado de trapos viejos que había encontrado en el granero, se había envuelto la mano con ellos para golpear el cristal y lo había roto al sexto o séptimo puñetazo. Su equilibrio era tan precario que no encontraba un punto de apoyo para pegar con fuerza. Pero por fin el cristal se rajó, y con la mano todavía protegida logró arrancar del marco los fragmentos que quedaban y tirarlos hacia el patio. Era una sensación maravillosa sacar la cabeza y respirar el aire cálido y limpio. Miró a su alrededor con mucha atención, pero no vio ni un alma, a ningún excursionista, a ningún ciclista, a nadie. Un par de pájaros que se habían asustado con el crujido del cristal revoloteaban nerviosos, pero eso era todo. La granja hacía justicia una vez más a su reputación de perfecto lugar de retiro: absolutamente nadie se apartaba del camino hasta allí.

Emprendió el descenso, y cuando casi estaba abajo perdió el apoyo y se cayó. Salió ilesa, solo se hizo un par de rasguños en las piernas. Sin embargo la caída fue una advertencia: si hubiera estado más arriba se habría hecho daño de verdad. No podía escalar la torre simplemente para tomar el aire, como le habría gustado. Cuanto menos utilizara esa «escalera», mejor. Quizá debía hacer guardia y otear todos los días a la misma hora. La pregunta era si la probabilidad de éxito compensaba el riesgo que corría.

«Y la probabilidad es cercana a cero —pensó Stella deprimida—. Esa es la amarga verdad».

Por lo demás, había dedicado el domingo a cuidar de Jonas, que pasaba la mayor parte del tiempo durmiendo y cuya fiebre no remitía. A pesar de que le daba miedo, por fin se había atrevido a descubrirle la herida del abdomen, porque estaba claro que el vendaje debía cambiarse de vez en cuando. Por suerte, gracias al botiquín disponía de bastantes gasas. Jonas había gemido cuando le había despegado el viejo vendaje encostrado. Decidió utilizar un poco de agua para facilitar el proceso y mitigar su dolor, pero le pareció un terrible desperdicio. En esa situación nada era tan valioso como el agua, y en realidad se había propuesto no dedicarla a nada más que a beber. Con todo, al ver la fea herida del vientre, reconoció que también debía reservar algo para limpiarla. No tenía conocimientos médicos de ningún tipo pero temía que toda la zona se infectara si no la mantenía medianamente limpia; si es que la fiebre alta no era señal de que una infección ya estaba haciendo estragos en el cuerpo de su marido. La suciedad y el polvo campaban a sus anchas en el granero, que sin duda era el peor entorno posible para un herido grave. Stella no tenía nada con lo que desinfectar la piel alrededor del orificio de entrada de la bala. Lo único que podía hacer era empapar un poco de algodón en agua y frotar con cuidado toda la zona de la herida. Tampoco tenía ni idea de si eso sería más o menos suficiente para evitar una septicemia. Recordaba los relatos que había leído sobre soldados heridos en los hospitales de campaña de la Segunda Guerra Mundial. A pesar de encontrarse también en circunstancias poco favorables, sobre todo en cuanto a suministros, al final muchos de ellos habían sobrevivido. Tenía la ferviente esperanza de que Jonas fuera lo bastante fuerte para superar su estado crítico.

El herido apenas había dicho palabra el domingo, solo parecía querer dormir, dormir, dormir y dormir. Stella había tenido que consolar una y otra vez a Sammy, que quería hablar o jugar con su padre y, decepcionado, no entendía por qué este no hacía caso a su familia recién recuperada. Stella lo distraía lo mejor que podía. En la cesta de las provisiones había encontrado una baraja de cartas con la que mantenía ocupado al niño en cierta medida. También le dio la ración de la cena de Jonas, ya que fue imposible convencer a este de que comiera algo. Aún tenía fiebre alta y sus labios agrietados estaban calientes y resecos.

Ese lunes parecía estar algo mejor. Por lo menos había desayunado un par de galletas y la frente no le ardía tanto. Stella tenía la impresión de que su mirada era un poco más clara. Por la mañana le había cambiado el vendaje recurriendo de nuevo al agua. Se esforzaba por ocultar su miedo pero se asustó al ver lo rápido que se les agotaban las reservas. Denis Shove tendría que cumplir rápido su promesa de avisar a la policía o a emergencias por teléfono, o sus vidas pronto empezarían a peligrar.

Hasta el momento Jonas no había abierto la boca para mucho más que para pedir agua o medicamentos. Sin embargo ahora, por primera vez, parecía percibir algo más que fiebre y dolor.

—Vaya mierda —dijo—. Lo siento, Stella. Lo siento mucho.

—No tienes que sentir nada. No has hecho nada malo.

Él negó con la cabeza.

—Claro que sí. No querías venir porque Neil Courtney te daba mala espina. Te convencí de lo contrario a pesar de que yo tampoco estaba seguro. Pero no quería reconocerlo.

—A todo esto, ni siquiera se llama Neil Courtney —informó Stella—, sino Denis Shove.

Le contó rápidamente lo que sabía de él.

Jonas abrió los ojos como platos.

—¿Ha asesinado a un comisario?

—Insiste en que no fue él, pero dice que la policía jamás le creerá. Y que por eso tiene que desaparecer.

—¿Y por qué la policía está convencida de que es culpable?

—El agente asesinado lo metió en la cárcel hace muchos años, después de que Shove hiriera de tal gravedad a su novia de entonces que esta murió. Shove amenazó con vengarse de su detención.

—Dios mío. ¿Y Terry lo sabe?

—Ahora sí. Pero sigue fielmente entregada a él.

—¿Y dónde están ahora?

—Se han ido. Con nuestro coche.

Jonas trató de incorporarse y al hacerlo esbozó una mueca de dolor. Dejo vagar la mirada por el granero.

—¿Podremos salir de aquí?

Stella se encogió de hombros.

—Hasta ahora no lo he conseguido. La puerta y la cerradura son a prueba de bombas. Me he lanzado varias veces contra ellas, he intentado forzarlas, pero no hay nada que hacer. En este maldito granero hay trastos de todo tipo pero nada que sirva como herramienta.

—Y yo no puedo ayudarte. —Cerró el puño. Ese simple esfuerzo agravó la palidez de su rostro—. Qué idiota soy, Stella. Idiota de remate. Mira que abalanzarme sobre Neil… Denis, y creer… creer que podía hacerme el héroe. Sabiendo que en realidad soy un perdedor nato.

—No eres ningún perdedor. Era imposible que ganaras a un hombre armado.

—Si no hubiera tenido un arma tampoco habría ganado. Los dos lo sabemos. —Se dejó caer. Tenía la frente empapada en sudor—. No sé en qué estaba pensando. Es probable que en nada. Yo…

—Viste que tu familia estaba en peligro y reaccionaste instintivamente. Deja ya de hacerte reproches —le dijo. No mencionó el rencor que ella misma le había guardado por haber actuado de forma tan inconsciente. No tenía ningún sentido ahondar en ello. Necesitaban la energía para cosas más importantes.

—¿Cómo estamos de provisiones? —preguntó Jonas.

Durante un instante Stella se planteó maquillar la situación, pero de todos modos él se daría cuenta enseguida de cuál era la realidad.

—Nada bien. Calculo que el agua y la comida que tenemos nos durarán tres días.

—¿Tres días?

—Denis me prometió que enviaría a la policía. Que haría una llamada anónima en cuanto Terry y él estuvieran a salvo.

—¿Y tú le crees?

Ella miró a Sammy, que en ese momento estaba ocupado haciendo pequeños aviones de papel de plata y no los estaba escuchando.

—No lo sé —confesó—. Sí creo que es su intención. Pero no sé si de repente caerá en la cuenta del riesgo que podría suponer para él. Ese tipo es un criminal. ¿Y hasta qué punto puede uno confiar en un criminal?

—Joder —maldijo Jonas. Volvió a intentar incorporarse pero se desplomó enseguida—. Tenemos que salir de aquí, Stella. Ese tipo no volverá a dar señales de vida, ni a la policía ni a nadie. Lo único que quiere ahora es ponerse a salvo, y nosotros no le importamos una mierda. —Giró la cabeza para poder observar la estancia desde donde estaba—. Has levantado una torre para subir. Y esa ventana… Está abierta, ¿no?

—Sí, pero no sirve de mucho. Pensaba que quizá pasaría alguien por aquí y que podría llamar su atención, pero hasta ahora no ha aparecido nadie. Después volveré a subirme, pero… En fin. La verdad es que no tengo muchas esperanzas.

—Sammy —dijo Jonas con voz ahogada—. Creo que Sammy cabría por la ventana.

—Sí, pero ¿sabes lo alta que está? No puede saltar desde tan arriba. Se rompería varios huesos, si es que sobrevive. Está descartado, Jonas.

—Es nuestra única opción. No veo ninguna otra posibilidad.

—Ni hablar.

—Con una cuerda…

—Aquí dentro no hay cuerda.

—Pero hay pedazos de tela que podemos anudar. Aunque sea nuestra ropa. Podemos fabricar algo con lo que bajarlo hasta el suelo.

—¡Tiene cinco años! ¡Y está altísimo! No podemos correr el riesgo, Jonas.

—Es más arriesgado no hacer nada.

—Además, ¿qué va a hacer ahí fuera?

—Quizá la casa esté abierta. Podría coger tu teléfono, subir a la colina y llamar a la policía. Tú podrías darle indicaciones desde la ventana.

—No creo que Denis haya dejado ningún móvil.

—Entonces Sammy puede salir a la carretera. Algún coche pasará. Stella, la alternativa es morir de hambre o de sed.

Ella apoyó la cabeza en las manos. Se imaginaba a su hijo con varios huesos rotos gimiendo de dolor en el patio. Lo oía llamarla. Y ella no podría hacer nada.

—¿Y tu compañero? ¿El dueño de la granja? ¿Cómo quedasteis?

—En nada concreto. Que nos llamaríamos por teléfono cuando volviéramos. Y que ya arreglaríamos lo de las llaves.

—Pero ¿no crees que le extrañará que no llames hoy?

—No creo. Pensará que se me han acumulado el correo y los e-mails. Supondrá que en un primer momento estaré hasta arriba de trabajo.

—Pero en un par de días le sorprenderá no saber nada de ti.

—Un par de días son demasiado tiempo, Stella.

—¿Tienes alguna reunión de trabajo?

—La semana que viene. Esta semana quería terminar dos tratamientos. Por eso concerté la reunión para el miércoles siguiente.

—¿Cuándo tenías que enviar los tratamientos?

—El viernes. Stella, antes de eso nadie se dará cuenta de que no estoy.

—Eso no lo sabes. Puede que tengas correos electrónicos que exijan una respuesta urgente.

—Sí. Pero ¿cuánto tiempo crees que tardará alguien en acudir a la policía solo porque no respondo a un mensaje?

Esa era la cuestión. ¿A partir de qué momento se alarma una persona porque toda una familia no aparece? ¿Cuándo deja uno de tener miedo a ponerse en ridículo por avisar de algo así?

—Nuestra vecina —dijo Stella—. Seguro que ayer por la noche ya le llamó la atención que no volviéramos.

—Antes pensará que se ha equivocado de fecha que imaginarse que un asesino a la fuga nos ha encerrado en una granja solitaria y se ha largado.

—Intentará localizarme en el móvil. Y le extrañará que no le devuelva la llamada.

Jonas levantó la mano sin fuerzas y se la pasó por la frente sudorosa. Stella constató angustiada que la conversación le estaba suponiendo demasiado esfuerzo.

—Jonas… —dijo para calmarlo.

Él negó con la cabeza.

—Ay, Stella, todo eso llevará demasiado tiempo. Porque nadie sabe dónde estamos, excepto mi compañero. Y la secretaria de una de las más de diez producciones en las que estoy trabajando, que sabe que quería hablar con ese colega para organizar unas vacaciones. Así que si en algún momento alguien empieza a buscarnos con mucho interés, y puede que eso tarde en suceder, tendrá que establecer esa relación para averiguar nuestro paradero. ¿Y eso en tres días? ¿En esos tres días en los que aún tendremos comida y, sobre todo, agua?

Ella guardó silencio. ¿Qué podía decir?

—La idea de Sammy no me gusta nada —comentó un rato después.

—¿Tienes alguna mejor? —le preguntó él, agotado.

—Esperemos un poco. Podemos aguantar un par de días más.

El niño se acercó a ellos. Ya no le apetecía seguir construyendo aviones.

—Papi, ¿cuándo nos vamos a casa?

—Pronto —le aseguró Jonas.

—¿Viene ya la policía a sacarnos de aquí? —Sammy aún soñaba con la aventura de su vida.

—Seguro que no tardarán —le garantizó Stella.

—¡Tengo hambre, mami!

—Esperaremos un poco más. Dentro de un par de horas volveremos a comer algo, ¿vale?

El niño suspiró, regresó a su rincón y aplastó enfadado todos los aviones.

—Stella, hay una cosa más. —Jonas hablaba ahora en voz muy baja—. No me encuentro nada bien. Necesito un médico.

—¡Pero hoy estás mejor!

—No tengo la sensación de que vaya a durar. Créeme. Necesito un médico.

Ella levantó la mirada hacia la ventana. Jonas tenía razón. Sammy cabría por el hueco.

Podía ser su oportunidad.

O su perdición.

4

La verdad era que no tenía nada mejor que hacer que quedarse cavilando en casa de su padre, así que bien podía ir a Liverpool. No tenía ni idea de si hablar con Norman Dowrick le ayudaría en algo, pero por otro lado no había nada que perder. Ni siquiera tiempo, que en las últimas semanas había adquirido para ella una dimensión completamente distinta. Al fin y al cabo, ya no trabajaba. Solo trataba de poner orden en su vida.

Seguro que aquella mañana Susannah había llegado muy tarde al trabajo. Al final había acabado sentándose a la mesa con Kate y había vuelto a servir café para las dos. Y había hablado.

—Sí, sabía de la existencia de Melissa. Por Norman. Richard se lo había confiado desde el principio. Para poder desahogarse con alguien, pero también para contar con un apoyo firme. Aquellos encuentros secretos en Whitby… Necesitaba a alguien que lo cubriera. Que le proporcionara una coartada tras otra, por así decirlo.

Susannah le había contado que a Norman aquella situación le hacía sufrir. Y a ella también.

—Es que Brenda nos caía muy bien. Norman decía a veces que era insoportable ser cómplice de aquel asunto.

—¿En esa época todavía estabais en contacto con mi madre?

La mujer negó con la cabeza.

—Ya estaba muy enferma. Yo a veces le enviaba tarjetas con citas inspiradoras, libros, ramos de flores… Le hacían mucha ilusión. Siempre me contestaba de inmediato. Pero también dejaba muy claro que no quería que nos viéramos. «Volveremos a quedar cuando esté mejor», me decía; «ahora no tengo pelo y siempre estoy cansada». Era evidente que no quería que nadie la viera así. Y que la mayor parte del tiempo no tenía fuerzas para mantener una conversación. Yo casi me sentía aliviada. No quería mentirle a la cara, la idea me resultaba insoportable. Y en este caso, conocer la traición de Richard y no decir nada ya me parecía mentir. Solo de pensar en quedar los cuatro, como hacíamos antes: Richard, Norman, Brenda y yo… A veces íbamos a comer pizza juntos o nos veíamos en casa de unos u otros. Y nos imaginaba allí sentados en círculo, contentos, cuando tres de nosotros sabíamos que la cuarta persona estaba siendo engañada. Por su esposo, que tenía una relación seria y estable de la que ella no tenía ni idea. No lo habría soportado. Así que… No presionábamos a Brenda para que se animara a ver a más gente. La situación ya era bastante complicada de por sí.

—¿Nunca pensaste en contárselo todo a mi madre? —preguntó Kate.

Susannah suspiró.

—Pues claro. Muchísimas veces. Y Norman también. Pero el asunto era que la amistad había nacido entre Norman y Richard. Brenda y yo nos caíamos muy bien, pero si no hubiera sido por nuestros maridos nunca nos habríamos conocido, y seguramente tampoco nos habríamos hecho amigas, aunque solo fuera por la diferencia de edad. Norman no se veía capaz de poner en un apuro a su amigo, que además también era su superior. No quería abusar de su confianza. Yo también tenía miedo de lo que podía suceder, incluidas las consecuencias laborales para mi marido. Era un callejón sin salida. Nos sentimos muy aliviados cuando aquella desafortunada relación se rompió por fin y Richard regresó al buen camino, por así decirlo.

Ahí tenía su oportunidad. Kate se incorporó en la silla.

—¿Sabes algo de aquello? Sobre el final de la relación, quiero decir. ¿Por qué se separaron de repente mi padre y Melissa?

—Sí, fue raro —contestó la mujer. Se sirvió otro café, se echó una cucharadita de azúcar en la taza y después lo removió pensativa—. En su día intenté sonsacárselo a Norman. Pero no me dijo nada. Nada que me convenciera.

—¿Crees que conocía el motivo real? ¿Y que no quería contártelo?

Susannah titubeó.

—Es difícil saberlo. Me aseguraba que no sabía más que yo. A pesar de todo yo tenía la sensación de que… No sé cómo explicarlo… Sencillamente tenía la impresión de que él sabía algo más, pero que por alguna razón no quería hablar de ello. Supuse que le había prometido a Richard que cerraría el pico. Lo que yo no entendía era por qué. ¿Qué podía haber pasado que fuera tan terrible?

—La versión oficial es que se separaron por deferencia hacia la enfermedad de mi madre —dijo Kate recordando las palabras de Doreen.

—Sí —respondió Susannah—, así lo pintó Richard. Pero a mí me pareció extraño. Al fin y al cabo Brenda se había recuperado. Norman se limitaba a decir que Melissa le había exigido a Richard una decisión definitiva y que este tenía miedo de que el cáncer de Brenda reapareciera si la dejaba entonces.

—No suena del todo ilógico —comentó Kate.

—No. Y por eso digo que se trataba de una sensación. Por aquel entonces yo llevaba doce años casada con Norman. Éramos pareja desde los diecisiete años. Conozco a ese hombre como la palma de mi mano. Sentía que me ocultaba algo, que me evitaba. No quería hablar del tema y casi hasta se enfadaba cuando yo lo sacaba. Y eso que antes lo comentábamos constantemente. Pero en el momento en que se acabó, se convirtió en un tabú absoluto. Además…

—¿Sí? —insistió Kate al ver que se atascaba.

—Además también tenía la impresión de que la amistad entre Richard y Norman había cambiado. Seguían viéndose todos los días en el trabajo, claro, pero nada más. Hasta entonces quedaban al menos una noche por semana para tomar una cerveza y algunos fines de semana iban juntos a hacer senderismo por los páramos. Pero dejaron de hacerlo. Cuando Brenda mejoró tampoco volvimos a vernos los cuatro. Aunque he de decir que me alegré. No habría podido mirarla a los ojos.

—Y poco después… —insinuó Kate. Y Susannah supo enseguida a qué se refería.

—Y poco después sucedió la desgracia. Un disparo dejó a Norman inválido. A partir de entonces… todo cambió.

Kate no estaba segura de hacer la pregunta que la acuciaba, pero finalmente se decidió. No era más que una sospecha, puede que incluso la sombra de una sospecha.

—¿Crees que es posible que Norman culpara a mi padre de algún modo? ¿Del accidente, o de la desgracia, como lo llamas tú?

La mujer pareció sorprendida.

—No. Tu padre ni siquiera estaba allí. Estaba de vacaciones cuando sucedió.

—Ya, pero en eso podría consistir el reproche. En que no estaba allí con él.

—No lo creo. No. Desde luego nunca mencionó nada en ese sentido. Después de aquello se enfadó con el mundo entero, con cualquiera al que le fuera mejor que a él, también con tu padre. No fue enseguida, sino poco a poco. Cuando finalmente quedó claro que su estado no mejoraría, empezó a odiar a todas las personas sanas.

Kate pensó en la tarjeta de Navidad que había encontrado, escrita unos cuatro meses después del accidente. Al parecer, por aquel entonces Norman Dowrick aún albergaba alguna esperanza. Después se le había ido escapando hasta que por fin había quedado en nada. A juzgar por el relato de su esposa, se había convertido en un hombre amargado y lleno de odio que en algún momento había dejado de tolerar a los demás. Kate sabía que al final no había habido contacto alguno entre él y su padre. Sin embargo, parecía que antes ya se había abierto una brecha, una fisura al menos, que había distanciado a los dos hombres. Norman condenaba la relación de Richard con otra mujer pero en un principio eso no había desestabilizado su amistad. La ruptura real no se había producido hasta que Richard se separó de Melissa.

Algo había precedido a aquella separación, algo que había tenido profundas consecuencias.

Estaba claro que tenía que hablar con Norman.

Llegó a las afueras de Liverpool a primera hora de la tarde. Susannah le había dado la dirección de su marido pero había añadido que no sabía si seguía residiendo allí.

—En realidad ni siquiera sé si sigue vivo —le había dicho.

Liverpool tiene partes bonitas, y resulta especialmente impresionante desde el río gracias a los numerosos rascacielos construidos a lo largo de los últimos años que proyectan una imagen engañosa de crecimiento económico y bienestar. Sin embargo, en realidad es una de las ciudades británicas con mayor tasa de desempleo y se la considera una bomba de relojería que podría ocasionar un gran estallido de revueltas sociales y disturbios. Distritos enteros esperan medidas urgentes de saneamiento, pero se ven abandonados a una lenta decadencia debido a la falta de presupuesto. Hay barrios cuyos habitantes viven en una pobreza insólita para los estándares occidentales y han perdido toda esperanza de que sus condiciones de vida mejoren.

Kate, que sabía por Susannah que la pensión de incapacidad de Norman no le llegaba para nada, se había preparado para enfrentarse a la imagen de miseria absoluta que seguramente la esperaba, pero de todos modos se quedó impresionada. Se encontraba en una zona de la ciudad que en su día podía haber sido una zona industrial pero que ahora parecía estar desmantelada en su mayor parte. Una fábrica abandonada mucho tiempo atrás cuyos muros de ladrillo estaban cubiertos de grafitis muy agresivos y en cuyos amplios patios interiores las ortigas y los cardos crecían sin control. Una parada de autobús solitaria al borde de la carretera; todos los cristales de la marquesina estaban rotos, y del horario ya solo quedaban los jirones. Era evidente que habían dejado de reparar el mobiliario urbano; es posible que no tuviera sentido porque las personas descargaban su afán destructor sobre él una y otra vez. Enfrente de la fábrica y la parada de autobús había varios bloques pequeños de pisos cuyas ventanas daban a la calle o a patios traseros repletos de basura. En un edificio que hacía esquina se leía «Café», pero todas las persianas estaban bajadas y no parecía posible beberse uno. A cierta distancia había una gasolinera que por lo visto seguía abierta.

Kate aparcó en un paso subterráneo para mantener el coche fresco. Se apeó y recorrió la calle hasta la primera hilera de casas. Tuvo que reunir todo el valor que le fue posible. Tenía miedo del encuentro con Norman Dowrick. Del encuentro con su miseria y su odio hacia la humanidad. Y de lo que pudiera contarle de su padre.

Le resultó difícil encontrar la casa en la que vivía siguiendo las indicaciones de Susannah, ya que los números de todos los edificios estaban tan descoloridos que apenas podían descifrarse. Al final probó en el primer bloque que encontró, cuyos timbres no funcionaban pero que tenía el portal abierto. Se vio en una oscura escalera de olor desagradable y paredes desconchadas. En la planta baja parecía haber dos viviendas, y seguramente había otras dos en la primera planta, pero como Norman estaba en silla de ruedas solo podía vivir abajo.

Llamó al azar a la puerta de la izquierda. Acto seguido oyó pasos, la puerta se abrió y apareció una mujer.

—¿Sí? —Ese «sí» sonaba desconfiado. Era probable que por lo general no recibiera visitas, y que cuando fuera el caso, siempre se tratara de noticias desagradables.

Kate sonrió con simpatía.

—Hola. Disculpe que le moleste. Busco al señor Dowrick. Norman Dowrick.

La mujer negó con la cabeza.

—No lo conozco.

—Debe de vivir en la planta baja, como usted. Es inválido, ¿sabe? Está en silla de ruedas.

La mujer meditó. Kate se dio cuenta de que le resultaba difícil procesar la información, así como elaborar y formular ideas. Percibió el tufo a alcohol y reconoció la enfermedad en su rostro enrojecido e hinchado. A aquella mujer el alcohol la llevaría a la tumba. En ese momento estaba ebria. Era probable que se pasara borracha cada minuto del día y de la noche.

Era el único modo de soportar su vida.

Aun así, al final consiguió concentrarse.

—Ah, ya sé quién dice. No vive aquí.

—¿Y dónde vive?

La mujer hizo un movimiento torpe que abarcaba los cuatro puntos cardinales.

—Por ahí.

—¿En otra de las casas de la zona, quiere decir?

—Sí, pero… —Daba la impresión de estar haciendo un gran esfuerzo para pensar. Había estado a punto de decir una frase que se le había escapado en el último momento.

Kate esperó pacientemente.

—Pero hace mucho que no le veo —dijo por fin la mujer—. Antes a veces pasaba por la calle. En su silla de ruedas. Pero hace mucho de eso.

—¿Cuánto más o menos?

—No sé. ¿Un año?

«Espero que siga vivo», pensó Kate.

Se despidió y se preguntó, cada vez con más dudas, si sería capaz de localizar a Norman en una de aquellas casas. También dependía de lo dispuestos que estuvieran sus vecinos a colaborar, y no estaba segura de a cuántos de ellos encontraría sobrios.

Con respecto a esta última cuestión, resultó que había sido demasiado pesimista. La mayoría no estaban borrachos, aunque de todos modos no pudieron ayudarla. Algunos no conocían a Norman, no recordaban haber visto nunca a un hombre en silla de ruedas por el vecindario. Otros sabían de quién hablaba Kate pero no dónde vivía exactamente. Kate recibió una y otra vez un dato que no le daba demasiada confianza: nadie se acordaba de haber visto a Norman recientemente. Ahora que les preguntaba por él, caían en la cuenta de que hacía meses que había desaparecido.

—Era un pobre diablo —le dijo un joven de origen hindú y de una delgadez fuera de lo habitual que estaba sentado en uno de los muritos de cemento que separaban los edificios y tenía la mirada clavada en el vacío antes de que Kate se dirigiera a él—. Muy pobre. Seguro que se ha mudado. Cuando tienes una vida de mierda, vivir aquí la empeora.

—¿Adónde podría haberse mudado?

—Eso no lo sé.

—¿Sabe en qué casa vivía antes?

—Creo que en esa de ahí. —Señaló en dirección a una larga hilera de edificios. Después sonrió—. Me llamo Kadir Roshan.

—Gracias por la información, señor Roshan.

Recorrió también las últimas casas llamando al timbre. En dos de los bajos no parecía haber nadie, y una mujer que vivía dos edificios más allá le dijo que una de aquellas podía haber sido la residencia de un hombre en silla de ruedas.

—Pero hace siglos que no le veo. ¿Está segura de que sigue viviendo aquí?

—No, por desgracia no —respondió Kate.

Su búsqueda no parecía llevar a ninguna parte.

Llamó por teléfono a Susannah, que le había dado su número de móvil, y le preguntó si creía que Norman habría podido mudarse. ¿Y adónde?

Susannah no tenía ni idea.

—Como ya te he dicho, hace mucho tiempo que cortó todo contacto conmigo. Claro que podría haberse mudado. La zona es bastante desoladora, ¿verdad? Una vez le visité y me pareció sencillamente horrible. Es solo que no se me ocurre ningún motivo por el que hubiera querido marcharse, y seguro que no puede permitirse nada mejor. El lugar en el que habría acabado no sería muy diferente de ese, así que, ¿por qué iba a moverse?

¿Quizá había conocido a otra mujer? Kate lo consideraba muy poco probable. Norman se había convertido en un misántropo amargado, y la poca información que había obtenido ese día no hacía pensar que hubiera cambiado. ¿Qué mujer habría mostrado interés por él, y a qué mujer le habría permitido él acercarse?

Decidió dejarlo por el momento pero con la intención de regresar a la mañana siguiente para un último intento. Como de costumbre, dudaba mucho de sí misma: ¿se aferraba a Norman Dowrick solo porque en ese momento no tenía ninguna otra idea que prometiera resultados? ¿O era realmente su instinto criminalístico lo que la movía? Ese instinto que, en su desánimo, siempre había creído no tener. Una voz en su interior le decía que Norman podía ser una clave del caso, pero el adversario que llevaba mucho tiempo instalado en su cerebro, también conocido como «falta de confianza en sí misma», naturalmente no estaba de acuerdo: «No tienes ni idea. Estás perdiendo el tiempo. Nunca has sabido diferenciar lo esencial de lo accesorio en tu trabajo. En el mejor de los casos, lo que estás haciendo no conducirá a nada. En el peor, al final provocarás alguna desgracia».

Se subió al coche y se dirigió al centro de la ciudad. Buscaría alojamiento para esa noche y a la mañana siguiente decidiría qué hacer.

Encontró un hotelito de aspecto exterior decente pero que por dentro resultó ser muy poco acogedor. Pasillos largos, estrechos y oscuros y una moqueta de pelo demasiado grueso que no parecía limpiarse con mucha frecuencia. Habitaciones pequeñas y sombrías de muebles baratos. Había que cruzar el corredor para ir al servicio, pero el cuarto tenía al menos un lavabo con espejo. Y un pequeño televisor.

Daba igual. Para una noche sería suficiente.

Como hacía sol y calor, salió del hotel para pasear un poco. Se encontraba cerca del río, así que recorrió un par de calles de viviendas hasta llegar a un pequeño parque desde cuyo extremo algunos escalones conducían a un aparcamiento que daba directamente al río. Aquí, un camino asfaltado discurría junto a la corriente; había una valla metálica para que nadie se precipitara al agua. Kate se sentó en un tronco caído que hacía las veces de banco. La zona era tranquila, solo había un coche aparcado en la orilla. De vez en cuando pasaban corredores, patinadores o dueños paseando a sus perros. Ese lunes no había mucha actividad; la mayoría de la gente, al menos en esa zona, estaba trabajando.

El río fluía perezoso. Del agua llegaba una brisa suave, pero por lo demás no había nada de viento.

Reflexionó y, como siempre, tuvo la impresión de que no llegaba a ninguna conclusión concreta. ¿Seguir en Scotland Yard o dejarlo? Lo que la llevaba a la siguiente pregunta: ¿regresar a Londres, a su piso, que tanto odiaba? ¿O mudarse de forma definitiva a Scalby, a la casa de sus padres, que le encantaba? Aunque ya no estaba segura de cuánto le gustaba en realidad. Porque en ella había vivido una infancia protegida junto a su familia, pero también era el escenario de una gran mentira.

De repente pensó en Caleb y en lo que le había dicho: «He notado que estás muy sola. Deberías intentar cambiar esa situación».

En aquella ocasión le había respondido con sarcasmo, y ahora al recordarlo también esbozó una mueca burlona. Sonaba muy fácil, pero a ella le resultaba dificilísimo. Imposible. Solo Dios sabía lo mucho que deseaba desde hacía años tener a su lado a alguien que le correspondiera. Alguien con quien compartir su vida. Que le preguntara por la noche qué tal le había ido el día, que desayunara frente a ella y le leyera la cartelera del fin de semana. Con quien pudiera hacer planes, viajar, pasar las fiestas. Alguien con quien sentarse delante de la chimenea en las noches frías de invierno. Alguien que la hiciera sentirse bien, como en casa, protegida.

A salvo.

Es posible que su padre intuyera ese deseo. La mayoría de las personas a su alrededor seguramente la consideraban una persona seca, cerrada, sin ningún interés en una relación sentimental. Demasiado peculiar y solitaria para desear siquiera la compañía de otro ser humano; eso había oído decir a sus colegas entre cotilleos susurrados a un volumen considerable. Los demás tenían una imagen de ella que no se correspondía en absoluto con la persona que ella creía ser en realidad.

Caleb Hale. Puede que hubiera tenido que ir hasta Liverpool, lejos de él y fuera de la zona de influencia de Scarborough, por así decirlo, para ser capaz de admitir lo mucho que la atraía y la fascinaba. No sabía exactamente cómo había sucedido, no había sido un flechazo, sino una lenta evolución. Le resultaba inteligente, simpático y atractivo. Encajaba a la perfección en el patrón de todos los hombres que habían despertado su interés durante los últimos veinte años. Siempre eran muy guapos, y ya solo por eso nunca había funcionado. Jugaban en otra liga. No necesitaban fijarse en el ratoncito gris que suspiraba por ellos a una distancia prudencial y que trataba de llamar su atención de manera tan desesperada como torpe. Se relacionaban con sus iguales, es decir, con mujeres de éxito, hermosas y seguras de sí mismas.

No con Kate. Nunca con Kate.

Sin embargo Caleb… No solo era guapo y afortunado. No solo era un ganador. También tenía un pasado difícil. Uno no se convertía en alcohólico cuando lo tenía todo bajo control. Una carrera impecable en la policía, una alta tasa de éxito, un aspecto agradable… Esa era la imagen que proyectaba hacia el exterior. Pero debía de haber grietas. Se había emborrachado hasta perder a su mujer, hasta necesitar terapia para conservar su trabajo.

Caleb Hale también tenía un lado perdedor.

Puede que ahí residiera la oportunidad de Kate. En ese punto en común. Ambos conocían el lado oscuro de la vida. A ambos les resultaba difícil lidiar con ella en muchas ocasiones. Sus abismos habían empujado a Kate al más absoluto aislamiento social; a Caleb, al alcohol.

Miró al otro lado del río. Los edificios de la orilla opuesta se desvanecían ante sus ojos en la bruma de aquel día tan caluroso. No hizo ningún esfuerzo por reconocer detalles en aquella imagen, e incluso apartó todo pensamiento relacionado con Norman Dowrick y todas las preguntas y problemas que acarreaba. Se abandonó al instante, sintió el calor de la madera sobre la que estaba sentada, dirigió el rostro hacia el sol, aspiró el olor del agua y las algas mezclado con el de la hierba que alguien debía de haber cortado cerca de allí. Por primera vez desde la muerte de su padre se sentía relajada y en armonía consigo misma. Presentía que la tensión, el miedo y la tristeza regresarían, pero haber sido capaz de experimentar aquellas sensaciones durante media hora junto al río Mersey era un gran avance. Era un primer paso, se había abierto un diminuto resquicio. Se preguntó si se debía a sus sentimientos por Caleb o a haber viajado a Liverpool, al otro lado del país. O simplemente al cálido día de verano. Decidió que era inútil darle vueltas. Con toda probabilidad era una mezcla de todo ello.

Finalmente se puso de pie y miró el reloj. Eran las cuatro y media. Aún tenía tiempo de hacer algo especial.

No tenía ganas de volver a la oscura habitación del hotel y pensó que por una vez estaría bien invertir un poco de tiempo y de dinero en sí misma. Nunca había sido generosa en ese sentido. Puede que darse un capricho fuera el principio de cambios más profundos.

Buscaría una peluquería y se haría un corte de pelo espectacular. Quizá se permitiera incluso un par de mechas rubias y cobrizas.

Una inversión que en cierta medida también estaba dirigida a Caleb, pero en ese momento no quiso admitirlo.

5

De acuerdo con las normas de jurisdicción, los agentes de la policía de Northumbria habían exhumado los restos mortales de un ser humano y se los habían entregado al departamento forense. Era muy probable que se tratara de Neil Courtney, el dueño de la granja, pero hasta el momento no habían podido confirmarlo. Tampoco estaba claro de qué había muerto.

Caleb y Jane habían regresado a Scarborough, mientras que Robert Stewart presenciaría el examen forense para obtener información de primera mano. Jane ya había analizado todas las cartas que habían recogido del buzón oculto por la maleza y había llegado a una interesante conclusión.

—Tiene una cuenta en un banco de Newcastle a la que se ha estado transfiriendo su pensión hasta principios de junio. Eso quiere decir que oficialmente Neil Courtney sigue vivo, aunque se demuestre que él es el muerto del jardín. Algo de lo que todos estamos casi seguros.

Estaba sentada en el despacho de Caleb. La tarde llegaba a su fin pero aún había luz, el cielo era de color azul claro y el aire seguía siendo cálido. Un atardecer perfecto para ir a pasear o para sentarse en un banco de madera delante de un pub a beber una pinta de cerveza negra. Pero esperaban la llamada de Robert. Ninguno de los dos le veía ningún sentido a marcharse antes de la comisaría, ya que de todos modos estaban demasiado inquietos.

—Alguien enterró a Courtney en el jardín de la granja y no denunció su muerte —dijo Caleb. Jugaba con un lápiz de punta rota que había sacado de un bote lleno de más lápices iguales. Jane se había dado cuenta muy pronto de que al comisario le daba pereza afilarlos—. ¿La misma persona que lo mató? —preguntó.

La agente movió la cabeza de un lado a otro.

—No lo sabemos. Pero es interesante que hasta hace dos semanas el dinero se retiraba de la cuenta con regularidad. No soy una experta, pero diría que el cadáver que encontramos ya llevaba varios meses en la tumba. Eso significa que si hay alguien que no usaba esa cuenta era el propio Courtney.

—Lo cierto es que solo puede tratarse de una persona —dijo Caleb—. El hombre que se apropió del nombre de Courtney, Denis Shove. Su sobrino político o lo que sea. Eso también explicaría por qué le habló a Therese Malyan de una herencia. No trabajaba pero disponía de ingresos regulares y debía justificarlos de algún modo. Es cierto que con esa escasa pensión no podía hacer excesos, pero por lo que me dijo Helen Jefferson, vivía en gran parte y muy generosamente del dinero de Therese, de manera que se las arreglaba bastante bien.

Jane asintió.

—Todo encaja. Supongo que por eso registró la casa: necesitaba la tarjeta de Courtney. También la clave, claro, pero puede que estuviera apuntada en algún sitio. Entierra al viejo tío en el jardín para que nadie que pase por allí note nada y se marcha con la tarjeta. Y es muy probable que pase mucho tiempo hasta que la historia salga a la luz, ya que ese pobre viejo parecía llevar una vida completamente retirada. Habrían podido transcurrir años hasta que alguien se hubiera dado cuenta.

—Es posible que el único que pasara por allí con cierta regularidad fuera el cartero —dijo Caleb—. Y a él no parecía sorprenderle que el buzón no se vaciara. —Sonaba deprimido, y así era como se sentía. Con historias como aquella, siempre se entristecía al constatar la indiferencia con la que se trataban las personas. ¿Habría sido mucho pedir que el cartero estuviera atento y comprobara que un anciano que vivía completamente solo estaba bien? No hay una obligación legal, solo una obligación moral, y esa se siente o no se siente. En general, Caleb tenía la impresión de que la gente la sentía cada vez menos.

Jane salió en defensa del cartero desconocido.

—El buzón tendría que estar mucho más lleno. Si partimos de la base de que Courtney lleva muerto desde el otoño pasado, tendrían que haberse acumulado las notificaciones y los extractos de cuenta desde septiembre u octubre por lo menos. Sin embargo, solo hemos encontrado correo desde abril de este año. Supongo que Shove, si ha sido él quien ha montado esta farsa, ha sido lo bastante listo para acercarse de vez en cuando a Newcastle, a la granja, y vaciar el buzón. Así, el cartero pudo pensar que Courtney seguía vivo y que simplemente recogía el correo de vez en cuando. Recuerda, jefe, que todo parece indicar que Courtney pasaba la mayor parte del tiempo… —Se detuvo a media frase. Se le sonrojaron las mejillas.

Caleb estaba hasta las narices de los balbuceos cada vez que salía «el tema».

—Pasaba la mayor parte del tiempo borracho como una cuba, sí, eso está claro. Y el cartero lo sabría. ¿Crees que eso justificaría que el buzón se vaciara con tan poca frecuencia? Bueno, es posible. Veré si… —El timbre del teléfono lo interrumpió. Respondió, le hizo una señal a Jane y puso el altavoz. La voz de Robert resonó en el despacho.

—… nada concluyente, pero sí los primeros resultados. Se trata sin duda del cadáver de un varón, concretamente de un hombre de edad bastante avanzada, más o menos entre los setenta y los ochenta. Su identidad aún no está confirmada, pero la edad encaja con la de Neil Courtney.

—Yo diría que podemos suponer que es él con una certeza del noventa por ciento —dijo Caleb.

—Sí, estoy de acuerdo. Se calcula que la muerte se produjo en otoño del año pasado, hacia principios de noviembre. Puede que en la segunda mitad de octubre, pero no antes.

—¿Y…?

Robert ya sabía cuál era la pregunta.

—Por lo visto no hay ningún indicio de que la causa de la muerte fuera externa. Todo parece indicar que Neil Courtney, si es que se trata de él, no fue asesinado.

El comisario parecía decepcionado.

—¿Seguro?

—Como ya he dicho, aún no han terminado de examinar el cadáver, pero todo apunta a una muerte natural. El forense opina que la causa fue una cirrosis avanzada, pero por ahora no es más que una sospecha. Después de tanto tiempo, el análisis no es fácil. En cualquier caso, y en vista de las montañas de botellas vacías que encontramos, no puede descartarse.

Caleb casi le agradeció a Robert que no buscara eufemismos discretos y que llamara a las cosas por su nombre. Al parecer Neil Courtney había bebido hasta matarse. Había recorrido el camino que le habían augurado los médicos a él mismo si no abría el paracaídas a tiempo.

—Pero seguro que Neil Courtney no se enterró él solito en el jardín —dijo.

—Yo diría que un día a finales de otoño simplemente se cayó, o que una mañana no se despertó —especuló Robert—. Y que Denis Shove, que pasó por allí porque consideraba a aquel anciano tío como una posible fuente de dinero, lo encontró muerto. Puede que en un principio no tuviera en mente nada más que sacarle un par de libras al viejo. Pero entonces se le ocurrió que quizá pudiera sacar más provecho a la situación.

Jane asintió.

—Estoy de acuerdo. Lo entierra para que nadie más tropiece con él; nuestro cartero, por ejemplo. Si no hay cadáver, no hay muerto. A continuación lo revuelve todo, seguramente encuentra un poco de dinero suelto, pero sobre todo la tarjeta y la clave. De los extractos bancarios obtiene el dato de cuánto recibe Courtney al mes. No es mucho, pero es mejor que nada, y en su situación (recién salido de la cárcel y con la firme decisión de no trabajar) cada céntimo es bienvenido. Se propone aprovecharse de ello el mayor tiempo posible. En algún momento alguien se daría cuenta de que el viejo había muerto, pero su vida retirada en medio de la nada lo retrasaría mucho.

—Más o menos por esa época conoce a Therese Malyan —continuó Caleb—. ¿Por qué le da un nombre falso? Por una vez en su vida no había cometido ninguna fechoría, aparte de haber puesto en marcha un jugoso fraude. Pero nadie sabe nada. ¿Por qué se apropia del nombre del muerto?

—Sí que había cometido una fechoría —apuntó Robert—: el homicidio por el que había pasado ocho años entre rejas. Mató a golpes a su pareja. Puede que solo quisiera asegurarse de que Therese no se enteraba de ello. En su día apareció en los periódicos, seguro que en internet podría encontrarse algo. Quería evitar que la mujer que tenía ahora a su lado se enterara por una estúpida casualidad de lo que le había sucedido a la anterior. Lógicamente se habría alarmado de forma considerable.

—¿Era Therese Malyan tan importante para él como para tomar semejantes precauciones?

Stewart sabía a la perfección adónde quería ir a parar Caleb.

—¿Crees que adoptó el nombre falso a sabiendas? ¿Porque ya planeaba asesinar a Richard Linville? ¿Y a Melissa Cooper? ¿Y porque estaba seguro de que sería nuestro principal sospechoso?

—Sabía que buscaríamos a un tal Denis Shove. Con el nombre de Neil Courtney estaría relativamente seguro siempre que lograra cambiar un poco su aspecto. Adoptó la identidad de un muerto del que nadie sabía que había fallecido. Un camuflaje bastante astuto.

—De una astucia limitada —le contradijo Robert—. Ya que, incluso aunque se hubiera hecho con el pasaporte de Courtney, en caso de necesidad le habría resultado imposible identificarse con él. Su tío debió de nacer en algún momento de los años treinta o cuarenta del siglo pasado. Shove es unos cincuenta años más joven que él. No le serviría para nada. Además la psicóloga que tuvo en prisión conocía el lejano parentesco. Era posible establecer la relación entre Denis Shove y el nombre «Neil Courtney».

—Pero también sabía que su terapeuta pasaría todo un año en Australia —planteó Jane—, y que por lo tanto no nos enteraríamos tan rápido de su vínculo con Newcastle. Es indudable que el cambio de nombre le daba cierta ventaja.

—Además dimos con la pista de su identidad falsa por una casualidad que él no habría podido tener en cuenta —dijo Caleb—. Algo se le fue de las manos con su pareja, ella huyó y él necesitaba un vehículo, así que atacó a Peggy Wild para quitarle el coche. Solo así nos enteramos del nombre de Courtney, supimos dónde se había metido todo este tiempo y averiguamos que salía con una tal Therese Malyan. En circunstancias normales, a partir del hallazgo de su tío muerto no habríamos podido deducir que se había apropiado de su nombre.

Todavía mientras hablaba, Caleb se preguntó si estaba exagerando. Si estaba buscando con demasiada intensidad pruebas que respaldaran su teoría de que Shove era el asesino de Linville. Sin embargo, lo mirara por donde lo mirase, era el propio Shove quien alimentaba la sospecha con sus actos. Incluso aunque no hubiera matado al viejo Courtney. De todos modos el comisario comprendía por qué esa circunstancia lo fastidiaba: otro asesinato, que en este caso podría haberse atribuido a Shove sin ninguna duda, le habría permitido reafirmarse. Habría justificado el esfuerzo, los recursos y sobre todo la exclusividad que dedicaban a la búsqueda de Shove. De vez en cuando lo asaltaba el miedo a llevar unas anteojeras que le estuvieran impidiendo ver otras posibilidades a izquierda y a derecha del camino. Siempre se había regido por el principio de permanecer abierto a cualquier opción, a los vínculos más extraños. Lo admiraban por su capacidad para manejar varios hilos al mismo tiempo y desenmarañarlos con gran habilidad. Solía investigar en diez direcciones a la vez y dedicar a cada vía de investigación toda la atención que requería hasta el final. En esta ocasión no lo estaba logrando. Sentía que se estaba aferrando a Denis Shove sin importar cuántas veces le advirtiera su equipo de que no se ciñera solo a él. Pero es que no tenía nada más ni a nadie más. Ni variantes, ni segundas opciones, ni alternativas plausibles. Nada. Y entonces se preguntaba: «¿Por qué es así? ¿Porque esta vez no hay nada más? ¿Porque la opción de Shove es tan evidente que niega por sí sola la posibilidad de abrir otras vías o incluso planteárselas?

»¿O soy yo el problema? ¿Será que el nuevo Caleb no es tan fantástico como el viejo?».

El nuevo Caleb había tenido que separarse de su mejor amigo y su más firme apoyo: el alcohol. Un amigo que a la larga lo habría destrozado. Pero que también lo fortalecía y le permitía encadenar ideas aventuradas y transmitir sus visiones. Que lo ponía en contacto con su intuición, con sus impulsos. A menudo se había dejado llevar por algo cuyo fin no habría sabido explicarle a nadie. Por un instinto que la mayoría de las veces había resultado ser asombrosamente certero.

Y que ya no lo acompañaba. O al menos Caleb ya no sabía cómo acceder a él.

Le parecía curioso lo pertinaces que podían ser ciertos clichés, a pesar de que al mirarlos desde otra perspectiva resultara evidente que algunos fenómenos eran más complejos y variados de lo que en general se suponía. Al pensar en un alcohólico, la gente siempre imaginaba a un despojo humano, a un adicto que a duras penas conseguía lidiar con las tareas del día a día, al que cada vez le costaba más disimular sus errores, que se tambaleaba lento pero seguro hacia el ostracismo profesional, personal y social en general. Caleb sabía que eso solo era cierto en parte. Él mismo había cometido errores y había sufrido crisis que, de haber seguido igual, probablemente habrían sido cada vez más frecuentes. Sin embargo, la mayor parte del tiempo el alcohol lo convertía en un policía sumamente eficaz que se sentía fuerte y seguro de sí mismo y que coleccionaba un éxito profesional tras otro. La bebida adormecía las dudas sobre sí mismo y barría así de un plumazo todo aquello que pudiera bloquearlo. No sabía si en algún momento eso habría acabado transformándose en una arrogancia incontrolable que a su vez lo habría conducido a tomar decisiones equivocadas; lo creía posible, pero nunca había llegado hasta ese punto.

Desde que no bebía, se sentía pequeño e inseguro. Tenía la impresión de dedicar demasiada energía a ocultar sus dudas, para que ningún compañero las percibiera. Resultaba irónico que eso le supusiera un esfuerzo mayor que el que antes dedicaba a disimular su consumo diario de alcohol. No era cierto que uno se liberara al deshacerse del demonio del alcohol. Simplemente caía víctima de otras presiones. A Caleb estas le resultaban mucho más duras que las anteriores.

Se dio cuenta de que todos estaban en silencio, tanto Robert al teléfono como Jane en su despacho. Al parecer ya estaba todo dicho por el momento y solo esperaban a que él diera por terminada la conversación.

—Vale —dijo—, no creo que podamos hacer mucho más por ahora. Robert, ¿volverás hoy a Scarborough?

—Sí, pero seguiré en contacto con el forense. Me mantendrá al tanto de los resultados de la autopsia, ya lo he hablado con él.

Colgaron el teléfono. Caleb devolvió el lápiz al bote y se puso de pie.

—Voy a comer algo —anunció—. ¿Te apetece acompañarme?

Jane también se había levantado. Negó pesarosa con la cabeza.

—Tengo que ir a casa. Será bueno que por una vez no llegue tan tarde.

—Lo entiendo. Entonces hasta mañana.

Salieron del despacho. Jane entró en el suyo para apagar el ordenador y recoger sus cosas. Desde hacía un par de minutos se sentía agobiada por algo que no acertaba a identificar. Quizá «agobiada» era mucho decir. Era más bien una mosca detrás de la oreja… Se acordó justo cuando buscaba la llave del coche entre el caos del escritorio.

No habían llamado. La familia Crane. Tenían que haber vuelto a Kingston la noche anterior y hoy tenían que haber dado señales de vida.

Por si acaso comprobó el buzón de voz del móvil, pero no había recibido ningún mensaje.

Vaciló. ¿Debía intentar llamar de nuevo al móvil de Stella Crane? ¿O al fijo de su casa en Kingston? ¿O a la vecina?

Puede que los Crane simplemente se hubieran olvidado. Acababan de regresar de unas largas vacaciones. Se les habrían acumulado tareas más urgentes. De todos modos era extraño que no dieran prioridad a devolver la llamada a una agente de la policía de Yorkshire; por lo general la gente reaccionaba alarmada a todo lo que tuviera que ver con los cuerpos de seguridad y quería saber lo antes posible de qué se trataba.

Al final decidió llamar una vez más al móvil de Stella y después al fijo de la casa de Kingston. Contestador automático en ambos casos.

Se puso nerviosa. En ese momento los Crane eran la única, aunque remota, posibilidad, que veía de establecer un vínculo con Shove. El sospechoso al que se aferraba el jefe. ¿Tenía sentido apoyarlo? ¿O solo estaban retrasando lo inevitable, la certeza de haber perseguido a la persona equivocada?

¿Y entonces qué?

Le empezaba a doler la cabeza. Las primeras punzadas sutiles en las sienes.

Por fin encontró la llave del coche y salió del despacho.