CAPÍTULO XI
Estaba seguro de ello. Maynand no fumaba o, al menos, él no le había visto fumar.
Pero sí había visto a Myroff con su larga e inconfundible boquilla, de aire demodé y pretencioso.
«Es una magnífica caracterización la suya», pensó.
Inmediatamente supo a qué había llegado Myroff a la casa, simulando ser Maynand.
Trataba de reconocer el terreno. El también quería saber qué significaban aquellas dos palabras: «tercera, decimoséptimo».
«Bueno, ahora se trata de ver cuál de los dos es más listo», se dijo.
La conversación, sin trascendencia, prosiguió durante algunos minutos. Después, Myroff se despidió, agradeciendo a la muchacha las palabras de elogio que había pronunciado para su soneto.
—No te has portado muy bien con él —dijo Resha al quedarse solos.
—Excúsame. He tenido hoy bastante trabajo y me encontraba un poco nervioso.
—Te serviré una copa. Tienes cara de estar necesitándola.
Resha empezó a preparar la bebida. Mientras lo hacía, LeCarr preguntó:
—Resha, ¿conoces tú a una chica llamada Carol Mintzai? La joven se volvió hacia él.
—Sí. Estudiamos juntas hace algunos años. ¿Por qué lo preguntas?
—Vino hace unos días a formularme una consulta legal. Ella sacó a relucir tu nombre y, efectivamente, dijo lo mismo.
—Su padre y el mío tuvieron relación de negocios tiempo atrás. Precisamente él estuvo aquí no hará mucho; cosa de un mes o mes y medio.
LeCarr se sorprendió.
—No sabía que viviera el padre de Carol —exclamó.
—¿Por qué no había de vivir? Ella es joven, tendrá unos veintitrés años… y su padre tiene la edad del mío, es decir, menos de sesenta años.
—¿Vive aquí?
—No. Se marchó fuera cuando sus negocios empezaron a rodarle mal. Volvió accidentalmente y vino a visitar a mi padre, eso es todo.
—¿Dónde tuvo lugar la entrevista, Resha?
—En la biblioteca. Oye —exclamó ella de repente— ¿por qué te interesas tanto por Carol Mintzai y su padre?
—Bien, si ella vino a verme a mí en plan profesional, es lógico que quiera conocer todos los detalles posibles, ¿no te parece?
Resha le lanzó una mirada llena de suspicacia. Le entregó la copa y dijo:
—No te fíes de ella. Es astuta, taimada y rastrera.
—Parece que la conoces bien, Resha —observó el joven.
—Tengo motivos para ello —contestó Resha secamente.
—Está bien. Si Carol Mintzai es un tema que te enoja, cambiaremos de conversación.
Hablemos de nosotros mismos, es lo mejor, ¿no te parece?
El misterio se iba aclarando, pensó LeCarr. Pero aún faltaban algunos cabos sueltos por atar.
Esperaba conseguirlo aquella misma noche.
Estuvo conversando largo rato con Resha. Poco más tarde, la joven se levantó, diciendo que iba un momento al tocador.
LeCarr había provocado aquella salida, dejando sin carmín los labios de la muchacha. Al quedarse solo, esperó un minuto y luego se asomó a la puerta del salón.
El vestíbulo se hallaba desierto. Lo cruzó rápidamente y entró en la biblioteca.
Ahora no podía perder más tiempo que el estrictamente necesario. Corrió hacia una de las ventanas que daban al jardín y soltó el pestillo, aunque dejándola cerrada, a fin de que no se dieran cuenta y estropeasen sus planes.
Luego regresó al salón, haciéndolo un minuto antes de que volviera su prometida. A poco, se despidió de ella, asegurando que volvería al día siguiente.
Cenó en un restaurante relativamente cercano. Mientras le servían la cena, llamó a Carol por teléfono.
—¿Ha conseguido algo? —preguntó ella ansiosamente.
—Sí. Estuve hablando con Myroff.
—¡Cielos, Sher! ¿Qué me está diciendo?
—Como lo oye…, pero ya le daré explicaciones en otro momento. Escuche, Carol, usted no me dijo que su padre vivía.
—Bueno, es un tema que no salió nunca a colación.
—Tampoco me dijo que había estado aquí hará cosa de seis semanas.
—¿Cómo lo sabe usted, Sher?
—Eso no importa ahora. ¿A qué vino su padre, Carol?
—Bueno, él y Foran fueron socios hace tiempo.
—¿Y…?
—Todavía tenían algunos asuntillos pendientes y vino a solucionarlos con el padre de Resha.
—¿Solamente vino a eso?
—Sí, al menos, que yo sepa.
—Entonces, su padre no vivía aquí.
—No. Se trasladó cuando cesó en la sociedad con Foran.
—¿Y usted?
—Yo, ¿qué, Sher?
—Que cómo no se marchó con su padre, Carol.
—Porque tenía un buen empleo y los dos, de mutuo acuerdo, juzgamos que debía continuar desempeñándolo. ¡Ahora lo habré perdido! —se lamentó la chica.
—Tal vez yo le ofrezca otro cuando termine todo esto —apuntó LeCarr.
—¿Lo dice en serio? —preguntó Carol ávidamente.
—Espere unas horas y lo sabrá —sonrió LeCarr, colgando el teléfono.
Después de cenar, tomó un par de tazas de café, sin prisas, dejando pasar el tiempo. Alrededor de las diez y media de la noche, abandonó el restaurante y se dirigió a la casa de su prometida.
Detuvo el coche a unos cien metros. Esperó un rato.
La residencia de los Foran se hallaba en el barrio residencial. El movimiento nocturno era poco apreciable.
Poco antes de la medianoche, abandonó el automóvil y caminó a lo largo de la acera. El jardín de la casa estaba rodeado por una valla baja, de madera pintada de blanco.
LeCarr dio la vuelta y saltó por detrás. Luego, sin hacer ruido, se aproximó a la ventana de la biblioteca.
Tenía en el bolsillo una diminuta linterna, que solía llevar siempre en la guantera del coche. Empujó la ventana silenciosamente y saltó al interior de la biblioteca.
Cerró a sus espaldas. El silencio era absoluto.
Corrió las cortinas cuidadosamente. Luego encendió la linterna y la proyectó hacia uno de los muros de la estancia.
Ahora ya sabía qué significaban las dos últimas palabras del mensaje grabado en el polvo.
«Tercera» estantería, «decimoséptimo» volumen.
Pero todas las paredes de la biblioteca estaban recubiertas de estantes repletos con libros. Además, la palabra «tercera», ¿se refería a contar desde arriba o desde abajo?
No había otro remedio que examinar todas las terceras estanterías, empezando tanto desde la parte superior como desde la inferior. En alguno de los libros que hiciesen el número diecisiete de orden estaba la solución del enigma.
La linterna proyectaba la luz justa, dejando en tinieblas el resto de la biblioteca. LeCarr examinó dos de los estantes, sin encontrar en los libros correspondientes nada que pudiera llamar su atención.
En la tercera pared, vio que había un hueco en la tercera estantería contando desde el suelo.
Inspiró con fuerza. Myroff se le había adelantado.
Una sorda oleada de cólera invadió su ánimo. En aquel momento, de haber tenido al sujeto delante de sí, le habría estrangulado sin vacilar.
Apagó la linterna. Era hora de marcharse.
Giró en redondo, dio dos pasos y, de pronto, tropezó con algo y cayó al suelo, derribando una silla, que produjo un estrépito más que regular.
Maldijo su torpeza. ¡Si los habitantes de la casa habían oído el ruido…!
Se puso en pie rápidamente. Ya se dirigía hacia la ventana cuando, súbitamente, se detuvo en seco.
¿Con qué obstáculo había tropezado?
Encendió la linterna y paseó el haz de rayos por el suelo. Segundos más tarde, recibía un tremendo choque.
Había un cuerpo humano tendido en el suelo. Las causas de su inmovilidad eran fácilmente visibles: un puñal clavado en el centro de la espalda hasta el mango.
El cadáver se hallaba de bruces. Antes de volverle para ver su cara, LeCarr ya conocía su identidad.
Esta vez no había dudas: faltaba el parche y no estaba la barba. Pero Myroff había purgado sus crímenes.
Y el asesino se había llevado el libro número diecisiete en el que se hallaba la clave del enigma.
De pronto, oyó pasos en el vestíbulo.
—¡Hay ladrones! —dijo una voz—. ¡Avisen a la policía!
LeCarr se abalanzó hacia la ventana y saltó por ella, justo en el momento en que se abría la puerta de la biblioteca.
—¡Ahí está! —Oyó la tonante voz del dueño de la casa. LeCarr se dio cuenta de que alguien encendía las luces.
—¡Cuidado, papá! —chilló Resha.
—¡Déjame, hija! —bramó Foran—. ¡A ese tipo le voy a dar yo…!
LeCarr no quiso esperar a saber qué le iba a dar su futuro suegro, porque se lanzó a todo correr hacia la valla del jardín. Casi en el mismo instante, sonó una espantosa detonación.
Las hojas de los árboles cayeron con leve siseo, desprendidas por los perdigones de la escopeta.
—Demonios —gruñó el joven—. Olvidaba que mi suegro es aficionado a la caza. Y se tiró de cabeza al otro lado de la valla sin más dilación.
En aquel momento, Resha descubría el cadáver.
—¡Papá, hay un muerto en la biblioteca! —gritó estridentemente.
El señor Foran se volvió. Contempló el cadáver y luego tuvo que acudir en socorro de su hija, que había perdido el conocimiento.