CAPÍTULO V

A Sheridan LeCarr se le antojó que su postura era harto ridícula.

Estaba subido sobre la silla y las yemas de sus dedos rozaban la trampilla. Pero no tuvo tiempo de pensar demasiado en su posición.

Miró a Carol. La muchacha había palidecido espantosamente.

El hombre robusto movió una mano, indicando al joven. LeCarr creyó que le iban a permitir bajar de la silla.

Sin embargo, no ocurrió así. Uno de los rufianes pegó de pronto una patada al mueble, derribándolo con violencia.

LeCarr cayó al suelo, haciendo crujir una tabla. Quiso levantarse, pero en el mismo momento, algo cayó sobre su frente y le privó del sentido instantáneamente.

—Apártalo, Dean —ordenó el hombre robusto.

Carol estaba aterrorizada. Hazlos le había hablado de un tuerto con barba…, pero aquél parecía un hombre perfectamente normal.

El hombre robusto dio un paso hacia ella, sin dejar de sonreír.

—Y ahora, pequeña mía, vamos a hablar largo y tendido —dijo. Súbitamente, sin previo aviso, disparó el puño.

Calculó exactamente la potencia de su golpe. Las rodillas de Carol se doblaron, pero tuvo tiempo de recogerla en sus brazos.

A continuación la colocó sobre la silla fija al suelo. Emil, sin pronunciar palabra, ató a la muchacha sólidamente.

Colocó en el respaldo el suplemento de madera que servía para asegurar el cráneo de la muchacha y lo sujetó al mismo con una pequeña correa de cuero. A continuación, cerró los postigos de la ventana.

El rayo de sol daba sobre el hombro derecho de la joven.

—Tendremos que esperar un poco —dijo el hombre robusto. Sacó un cigarrillo y lo insertó en la boquilla.

—¿Y el abogado? —preguntó Emil.

—Mala suerte para él —contestó fríamente el forzudo.

—¿Ahora, jefe?

Carol se agitó un poco. El golpe había sido propinado con la fuerza justa para que la muchacha perdiese el conocimiento sólo por breves momentos.

Al cabo de unos minutos, Carol abrió los ojos.

Lo primero que vio fue al que le había pegado, frente a ella, sonriéndole sardónicamente.

—¿Qué es lo que quiere de mí? —preguntó Carol con voz llena de pánico.

El hombre sonrió. Sacó una lupa de su bolsillo y la colocó entre el sol y el cuerpo de la muchacha.

Los rayos solares se concentraron. Instantes después, una tenue columnita de humo se elevaba del punto donde el traje empezaba a quemarse.

El jefe retiró entonces la lupa.

Carol estaba llena de terror. ¿Qué demoníacos tormentos pensaban infligirle?

Carol notó que tenía la lengua adherida al paladar. Haciendo un esfuerzo, consiguió despegarla y preguntó:

—¿Qué… es lo que quiere de mí? No tengo nada que ofrecerle de interés…

—Se equivoca, preciosa. Lo que tiene es de muchísimo valor para mí. Bastará con que me diga dónde está para que usted y su amigo el abogado se vean libres.

—Libres de respirar, como Stephen Hazlos, ¿no es cierto? El hombre robusto hizo un gesto ambiguo.

—Era un anciano —contestó.

—¡Pero una persona, sobre todo! —protestó ella enérgicamente. El asesino apoyó su índice en el pecho de Carol, entre los senos.

—No estamos hablando de Hazlo, sino de usted. ¿Quiere que emplee de nuevo la lupa? LeCarr oyó las últimas palabras, pero le pareció que eran pronunciadas a miles de kilómetros de distancia.

Se dio cuenta de que estaba tendido en el suelo, aunque el dolor de cabeza que sentía le impedía abrir los ojos. Permaneció unos momentos en la misma posición, tratando de recobrar las fuerzas.

Vagamente oyó las preguntas y las respuestas, siempre negativas de la muchacha. Al cabo de un rato, entreabrió los ojos y vio a Carol atada a la silla.

«Ella tenía razón: es una silla de tortura», pensó.

Y en el acto se puso a idear un plan que pudiera salvarles de la situación tan apurada en que se hallaban.

Dos de los rufianes, al menos, tenían pistola. Aunque su jefe no había hecho ostentación alguna de armas, podía considerarse razonablemente que llevaba una bajo la chaqueta.

Y él no poseía ni siquiera un cortaplumas.

En aquel momento, una frase de Carol le dio la clave del futuro que les aguardaba en la cabaña:

—…Y aunque dijera lo que usted quiere, que ignoro por completo, luego nos asesinaría, como hizo con Hazlos.

De pronto, un objeto cayó dentro del campo visual de LeCarr.

Una súbita idea se le ocurrió de repente. Pero antes de ponerla en práctica, quiso explorar el terreno.

El jefe estaba casi frente a él, aunque no le miraba en aquellos momentos. Sus dos rufianes le daban las espaldas, situados uno a cada lado de la silla a la cual se hallaba atada Carol.

Empezó a mover la mano derecha con infinita lentitud. Cuando actuase, lo tendría que hacer a la velocidad del relámpago… lo no tendría ya ocasión de repetir su tentativa de salvación.

La mano asió la pata suelta de la mesa. Ésta había sido en tiempo un mueble sólido y grande. La pata tenía la altura correspondiente y un grosor más que respetable, aunque LeCarr pudo darse cuenta que su peso no era demasiado.

«Madera seca y carcomida», pensó. «Con tal de que aguante los primeros golpes…». De repente se puso en pie.

—¡Cuidado! —aulló Emil.

—¡Sujetadle, idiotas! —bramó el tipo forzudo.

—¡Pégueles duro, Sheridan! —chilló Carol.

La acción del abogado cogió por sorpresa a los secuestradores.

«Crackcrack…».

Emil y Dean se derrumbaron al suelo, uno tras otro, fulminados por dos golpes secos que les había asestado el joven con la pata de la mesa en lo alto del cráneo. Pero LeCarr no podía cantar victoria todavía.

El jefe retrocedió unos pasos, a la vez que metía la mano dentro de la chaqueta.

LeCarr se dio cuenta que el hombre iba a sacar una pistola. Estaba demasiado lejos para usar la pata como garrote y no se atrevió a lanzarla, temeroso de que el otro esquivase el improvisado proyectil.

Fue un gesto desesperado, adaptado en fracciones de segundo. Saltó hacia adelante con tremendo ímpetu, alargando el brazo como si la pata de la mesa fuese una espada de nueva clase.

Detrás de la pata iban sus ochenta y cinco kilos de peso. El tipo recibió el fenomenal impacto eh medio del esternón y aunque, al menos en apariencia era más fuerte que LeCarr, retrocedió con terrible impulso.

LeCarr no se detuvo por ello, sino que continuó hacia adelante, empleando toda su fuerza. Ahora, agarraba la pata con ambas manos, y sus ojos brillaban con algo muy parecido a la furia de matar.

El hombre robusto dio dos o tres pasos hacia atrás, a la vez que de sus labios se escapaba un ronco gemido. Manoteó frenéticamente y, en aquel momento, sus hombros, inclinado ya el cuerpo hacia atrás, chocaron con la ventana.

Hubo un violento estallido de maderas carcomidas y resecas, a la vez que brotaba una verdadera nube de polvo amarillento. El bandido atravesó la ventana, dio la voltereta y cayó a la baranda.

—¡Bravo, Sheridan! —gritó la chica.

LeCarr saltó inmediatamente tras el rufián. Éste se agitaba débilmente en el suelo.

El abogado usó la pata de la mesa como estaca. Los pataleos del jefe cesaron en el acto.

LeCarr se inclinó sobre él y le despojó del arma que aún no había tenido tiempo de utilizar. Era un revólver de cañón corto y calibre 38, con el que se volvió hacia la destrozada ventana.

—Ahora la soltaré, Carol —prometió.

El suelo de la baranda estaba lleno de astillas y fragmentos de madera procedentes de los postigos. En aquel instante, uno de los rufianes se sentaba en el suelo.

Al ver a LeCarr enmarcado por la ventana, metió la mano dentro de su chaqueta. El abogado le soltó un tiro, que se clavó en la madera del suelo, a cinco centímetros de su cadera.

—El próximo irá directamente a su cabezota —dijo torvamente—. Arriba, en pie y cara a la pared.

Emil obedeció, sin comprender aún muy bien qué le había sucedido. LeCarr entró nuevamente en la cabaña y apoyó el revólver en la espalda del forajido.

—Si te mueves, te parto el espinazo —intimó.

Con la mano izquierda, le despojó de una pavorosa pistola automática calibre 45.

Luego se separó dos pasos.

—Suelta a la chica —ordenó.

Momentos después, Carol se ponía en pie. Entonces, ella, sin poder contenerse, levantó la mano y asestó a Emil un tremendo bofetón, que le hizo dar dos pasos de costado.

—¡Esto, para que aprendas a tratar a las damas! —exclamó, llena de indignación. Luego se volvió hacia el joven—: Sheridan, tenemos que irnos de aquí.

—Un momento, no tan deprisa —contestó él—. Registre al que está desmayado. Debe de llevar también un arma encima.

—Sí; conviene dejarles sin su artillería.

A continuación, LeCarr se encaró con Emil.

—¿Cómo se llama ese sujeto? —preguntó—. Vuestro jefe, para que me entiendas.

—No lo sé —respondió Emil. LeCarr enarcó las cejas.

—¿Crees que puedo tragarme impunemente esa patraña?

—Le aseguro avíe es la verdad. El no nos ha dicho nunca su nombre. Sólo le llamamos jefe y…

El abogado comprendió que Emil decía la verdad.

—Pistoleros alquilones —refunfuñó—. Se venden por cuatro dólares a aquel que contrata sus servicios, sin preguntar más… ¿No es así, canalla?

Emil permaneció en silencio. Pero su actitud indicaba lo acertado de las palabras del joven.

—Hoy se ha cometido un asesinato —siguió LeCarr—. Lo sabes, ¿no es cierto? Emil respingó.

—¿Un asesinato? No he oído nada al respecto…

—Tal vez no sepas tú nada —dijo LeCarr—, pero sí ese otro tipo que está ahí afuera.

Carol, ¿se atrevería a vigilar a este desecho humano?

—Claro —contestó la muchacha con desenvoltura. LeCarr entregó a Carol el revólver del jefe.

—Basta apretar el gatillo —dijo—. Entonces, sale una bala… ¡y si lo hace así, procure tirar al centro del cuerpo; de este modo, no fallará!

Abandonó la estancia y salió a la baranda.

El hombre robusto continuaba desmayado. Un hilillo de sangre le corría por la frente, allí donde había sido alcanzado por el estacazo.

LeCarr se arrodilló a su lado y empezó a registrarle metódicamente los bolsillos. Al cabo de unos segundos, encontró una documentación correspondiente a un tal Carven Myroff.

—¿Será él? —se preguntó.

La documentación era la que todo hombre corriente hubiera podido llevar encima: Tarjeta de Seguridad Social, licencia de conducción y un par de tarjetas de crédito, todas a nombre de Carven Myroff.

—Esto no me dice gran cosa —refunfuñó.

Myroff estaba domiciliado en la misma ciudad, según dedujo al leer una tarjeta de visita que llevaba en la cartera. Guardó la tarjeta en el bolsillo y luego abrió una agenda que portaba también el inconsciente sujeto en sus bolsillos.

La agenda tenía algunas anotaciones, hechas con una letra diminuta y nada fácil de descifrar. Sin inmutarse, LeCarr se la echó al bolsillo.

—Ya la examinaré con más tiempo —se dijo.

Además, vio que llevaba encima una buena cantidad de dinero. A ojo, LeCarr calculó que debían ser unos tres mil dólares.

—No soy un ladrón —murmuró, volviéndolos al bolsillo de su dueño. Se puso en pie y volvió a la cabaña.

—Debemos irnos, Carol —dijo.

—De acuerdo. ¿Qué hacemos con este gaznápiro?

—Atarlo a la silla, claro.

—¿Avisará a la policía? Es posible que estos individuos tengan algo que ver con la muerte de aquel muchacho.

—Ya lo pensaré durante el camino —respondió LeCarr.

Después de atar a Emil, abandonaron la cabaña. Cuando remontaban la duna, vieron al otro lado el coche negro.

—Espere —dijo LeCarr, reduciendo la marcha.

Se puso al costado del otro y paró el auto. Luego desembarcó del suyo y se metió en el de los bandidos.

—¿Qué es lo que va a hacer? —preguntó ella.

—Ahora lo verá.

LeCarr entró en el coche de los bandidos y lo puso en marcha. Acto seguido, ascendió hasta la cumbre de la duna y Jo situó al principio de la pendiente.

—Suba, Carol —llamó desde arriba. La muchacha obedeció.

—¿Qué se propone, Sheridan?

—Los amigos me llaman Sher, Carol.

—Ah, vaya, me considera ya como amiga —sonrió ella.

—Después de lo que hemos pasado juntos… ¡Mire, ahí asoman esos tipos! ¡Apártese, Carol!

La chica obedeció, sin comprender las intenciones de LeCarr. El abogado soltó el freno y se apeó.

El hombre robusto asomaba en aquel momento por la esquina de la cabaña, sostenido por uno de sus compinches. El otro se oprimía un pañuelo contra la frente dolorida.

LeCarr saltó del coche apenas hubo dejado de pisar el freno. Se apartó a un lado y sonrió.

El vehículo emprendió el descenso poco a poco, aunque aumentando la velocidad gradualmente. La distancia de la cumbre de la duna a la cabaña era de unos sesenta metros.

Sonaron unos gritos de rabia. El automóvil negro incrementó su velocidad, ayudado por la pendiente. Los rufianes echaron a correr para no ser atropellados.

El coche se estrelló contra la cabaña con tremendo ímpetu. Se oyó un tremendo crujido.

La cabaña era vieja y no pudo resistir aquel fenomenal impacto, hundiéndose en su casi totalidad el auto, bajo un enorme montón de maderas.

—Trabajo les doy antes de que pongan el coche en condiciones de rodar… si lo consiguen —dijo LeCarr, sumamente satisfecho de su hazaña.