CAPÍTULO III
Carol dormía todavía en el diván de la salita, cuando LeCarr salió del baño, vestido y equipado, para dirigirse al trabajo.
En la mano llevaba una nota, que dejó en sitio bien visible, a fin de que Carol la leyera apenas despertase. En ella le decía que no debía moverse de casa bajo ningún pretexto, que no la abriese a nadie que no fuese él personalmente y que en el frigorífico tenía toda la comida que podía necesitar.
La contempló durante unos instantes. Dormida, Carol parecía una chiquilla. Respiraba acompasadamente y tenía una de sus manos caída fuera del diván.
Carol no había querido aceptar en modo alguno el dormitorio del joven. Y LeCarr habíase visto obligado a tolerar que ella durmiese en la sala.
«Espero que Resha no se entere nunca de que una mujer ha dormido en mi casa» —murmuró, al tiempo de salir.
Cerró con todo cuidado la puerta del piso, después de lo cual se encaminó a su despacho de abogado, sito en uno de los edificios más céntricos de la ciudad.
Lo primero que hizo fue despachar los asuntos más urgentes. Tenía un pasante y una secretaria, a los cuales les dio las instrucciones pertinentes para que la labor siguiera como de ordinario.
A continuación, examinó la guía telefónica. No tardó en encontrar el nombre de Hazlos y su domicilio.
Se preguntó cómo podía haber ido a parar un emigrado húngaro a lugar tan relativamente apartado. La mayoría de los que escaparon de Hungría en el año 1956 y fueron a los Estados Unidos, se dirigieron a los grandes centros urbanos: Nueva York y Chicago, sobre todo, habían absorbido a la mayoría de los fugitivos.
Se forjó un par de hipótesis. Podía tratarse de un intento de chantaje…, pero, en tal caso, los posibles cómplices de Carol ya hubieran intervenido. Un fotógrafo les hubiese tomado un par de placas comprometedoras y…
No, no se trataba de un chantaje, creía. Tal vez un sórdido asunto de ajuste de cuentas entre emigrados; pasaba con alguna frecuencia entre gentes violentamente desarraigadas de su patria.
De todas formas, Carol había hablado de secuestro y asesinato. Su obligación de ciudadano amante de las leyes, era llamar a la policía.
Alargó la mano y tocó el aparato, pero no llegó a levantarlo. Desazonado, se puso en pie y abandonó el despacho.
—Es posible que no vuelva esta mañana —anunció a su secretaria.
—Bien, señor LeCarr —contestó la mujer, impasible.
El joven salió nuevamente a la calle. Conservaba en la memoria el domicilio de Stephen Hazlos.
Stephen, la forma inglesa de István, un nombre muy común en Hungría. Era lógico que Hazlos, al adoptar la ciudadanía norteamericana, hubiese cambiado el nombre, adecuándolo a sus nuevas circunstancias.
Media horas después, detenía el coche en las inmediaciones del domicilio de Hazlos.
Una elemental precaución le hizo apearse a cosa de cien metros.
Era un barrio no muy elegante y su presencia allí, lo menos que podía despertar era curiosidad. La población era muy progresiva, pero no se había desprendido aún de determinadas zonas atrasadas en urbanización.
Llegó a la casa. Era una construcción antigua, de tres pisos, que fue elegante cien años atrás, pero que ahora se caía a pedazos o poco menos. Los inquilinos debían pagar unos alquileres bajísimos y el propietario no querría molestarse en unas reformas de las cuales no iba a obtener ningún beneficio.
Entró en el edificio y subió al segundo piso. Buscó la puerta correspondiente al apartamiento de Hazlos. Una vez frente a ella, se detuvo, perplejo.
¿Cómo iba a entrar en un piso sin permiso del dueño? Si la puerta estaba cerrada con llave, no podía violentarla Y si Hazlos, efectivamente, había sido secuestrado y muerto… ¿no tenía el deber de avisar a la policía?
Lo hizo más por un gesto mecánico que no porque esperase algún resultado práctico: agarró el pomo y lo hizo girar.
La puerta no estaba cerrada con llave. Desechando sus escrúpulos, LeCarr penetró en el piso y cerró a sus espaldas.
La salita estaba desierta. Pasó a la habitación contigua. Allí había un hombre. Pero estaba muerto.
LeCarr inspiró profundamente. El sujeto yacía sobre el lecho, completamente vestido, con un puñal clavado hasta la empuñadura.
«En el corazón» —murmuró.
Al cabo de un par de minutos, se recuperó lo suficiente para acercarse a la cama. El muerto era joven, de su misma edad, aproximadamente, y debía haber perecido mientras dormía.
«¿Mientras dormía?» —se repitió.
El muerto se hallaba completamente vestido. LeCarr, venciendo su repugnancia, tocó la sangre que había brotado de la herida en no demasiada cantidad. El puñal, al continuar en la carne, había contenido la mayor parte de la hemorragia.
La sangre estaba aún fresca. Ello quería decir que la muerte se había producido no hacía aún una hora.
El asesino había sorprendido a su víctima, sin que ésta se apercibiera de su presencia. El cambio de expresión de su rostro era apenas perceptible, lo cual significaba que el tránsito definitivo se había producido sin que se diese cuenta de lo que le sucedía.
Sin duda, la víctima debía esperar a alguien. Cansado, el muerto se había tendido en el lecho, quedándose dormido. Entonces, había llegado el asesino y…
De repente, captó con la vista un destello metálico que yacía en el suelo. Se inclinó y lo recogió con dos dedos.
Era una pulserita de plata, con una chapa del mismo metal, en la que se veían grabadas dos iniciales: C. M.
Entonces, percibió un débil aroma en el que no se había fijado hasta el momento. El perfume era inconfundiblemente femenino.
Una oleada de rabia invadió su ánimo.
¡Carol le había engañado!
Todo cuanto le había dicho, no había sido sino un truco muy bien urdido, a fin de poder cometer el crimen y contar en todo momento con una coartada indestructible.
Seguramente, aquel joven había sido… ¿qué fue para Carol? Era nauseabundo pensarlo tan sólo.
Pero el hombre debía de haber engañado a Carol y ella, por celos, lo había asesinado.
«Una chica muy lista, evidentemente —comentó a media voz—. Todo lo ha preparado para que yo descubra el crimen y… ¡Maldición!».
Acababa de acordarse de Resha Foran.
¿Qué sucedería cuando la prensa empezase a hablar de él, considerándole implicado en aquel asesinato?
Aunque demostrase su inocencia, y de ello no le cabía la menor duda, el escándalo que se produciría sería suficiente para que los Foran hiciesen que Resha rompiese el compromiso.
Bien mirado, esto no le importaba demasiado, pero ¿y su reputación de abogado íntegro y honesto?
«Carol Mintzai —dijo en voz alta—, fue un buen plan, pero cometiste un error».
Hizo saltar en la palma de su mano la pulserita. Luego giró sobre sus talones y abandonó el piso, sin olvidarse de borrar sus huellas dactilares allá donde había puesto las manos.
Regresó a su casa con la mayor rapidez posible. Quiso abrir con su propia llave, pero notó un obstáculo al otro lado.
Una voz sonó en el interior del piso.
—¿Quién es?
—Yo, Sheridan LeCarr. Abra, Carol.
La chica había echado el cerrojo. Lo descorrió y abrió, haciéndose a un lado para que él pudiese penetrar.
—¡Señor LeCarr! —exclamó sorprendida—. ¿Cómo es que vuelve tan temprano? Los ojos del joven despedían chispas de ira.
—¿Reconoce esta pulsera? —dijo, abriendo la mano, para que ella pudiera verla con toda facilidad.
Carol calló durante unos momentos. LeCarr se impacientó.
—¿Y bien? —dijo. Ella le miró de frente.
—No la he visto en mi vida antes de ahora —contestó.
—Está mintiendo. Lleva sus iniciales. ¡Mírelas!
—Sé leer —dijo ella dignamente—. Y no es preciso que me chille. El hecho de que me ayude, no le confiere ciertos privilegios.
—Son sus iniciales, repito —dijo él, tratando de moderarse.
—También pueden ser las de Charles Martin —apuntó ella tranquilamente.
—¿Quién es Charles Martin?
—No sé. Me lo he inventado ahora. Y quien dice Charles Martin, puede decir también Cecilia Mills o Chuck Morrow… ¡Tantos nombres pueden componerse con esas iniciales!
—Desde luego. Pero es que en el sitio donde he encontrado la pulsera, esas iniciales sólo pueden corresponder a una persona: ¡Usted, Carol Mintzai! El pecho de la joven se agitaba afanosamente.
Ella seguía impávida.
—¿Dónde la encontró? —preguntó.
—En casa de Hazlos. Y a éste le hallé con un puñal clavado en medio del corazón. Carol perdió el color.
—¡Dios mío! ¿Es cierto?
—¿Tengo cara de andar mintiendo a propósito de una cuestión de asesinato? Lo que pasa es que usted planeó ese crimen y lo dispuso todo para que yo lo descubriera y pudiera atestiguar así su inocencia…
—¡Señor LeCarr!
—Esa pulsera es del tipo de las que pueden ser usadas indistintamente por hombres y mujeres —añadió Carol—. Y si piensa en mí como la asesina de Hazlos, le juro que no me he movido de su casa en absoluto desde que usted se marchó a la oficina.
LeCarr se quedó desconcertado unos momentos. De repente, agarró la cabeza de Carol con ambas manos y se la acercó a su rostro.
—¡Eh, loco! —protestó ella—. ¿Qué está haciendo? El joven la soltó.
—Los perfumes son distintos —murmuró.
—¿Qué es lo que quiere decir?
—Cuando encontré el cuerpo de Hazlos en su cama, la habitación olía muy bien, aunque tenuemente. ¿No llevará usted en su bolso otra clase de perfume?
Carol cogió el bolso, lo abrió y se lo entregó.
—Mírelo usted mismo —invitó.
Había allí un pomo de esencia. LeCarr lo destapó y olfateó cuidadosamente.
—No coinciden —declaró.
—Alguien trata de culparme de ese crimen —manifestó ella tajantemente.
—Si trataban de secuestrarla, como dice, no es una actitud muy lógica. Y si usted tiene dinero, el retenerla tampoco resulta lógico.
—El poco dinero que poseo yo, no llamaría la atención de unos secuestradores decididos a hacerse ricos a cuenta mía.
—Entonces, ¿por qué quieren raptarla? Ella lanzó un profundo suspiro.
—¡Y yo qué sé! La primera noticia la tuve cuando me la dijo el pobre Stephen, pero no me dio más explicaciones.
—¿No le obligó usted a que hablase?
—Sí. Lo intenté, pero contestó que cuanto menos supiera, más segura estaría. En cambio, él…
—¿Cuántos días hace que no recibe la llamada convenida?
—Tres.
—Usted se escondió anoche en mi auto, huyendo de sus posibles raptores. ¿Llegó a verlos?
—Divisé a dos tipos que me infundieron sospechas. Procuré darles esquinazo y luego me escondí en el portamaletas. Si eran o no, los secuestradores, es cosa que no puedo asegurar.
—Pero, por si acaso, huyó.
—¡Claro! ¿Qué hubiese hecho usted en mi lugar?
LeCarr se sentía sumamente nervioso. Preparó dos copas y entregó una a la chica.
—No sé qué hacer. Debería avisar a la policía…
—Pero teme verse involucrado en un escándalo que arruine su matrimonio, ¿no es eso?
—Me interesa más mi reputación profesional —gruñó LeCarr.
—¡Caramba! Yo creí que estaría verdaderamente enamorado de Resha. El joven soltó un bufido de cólera.
—Dejemos a Resha fuera de la cuestión —contestó.
—Como quiera —accedió ella. Lanzó un profundo suspiro—: ¡Pobre Stephen! Cuando escapó de Budapest, era ya bastante viejo, pero siempre dijo que éste era el país donde un hombre podía rehacer su vida, no importaba los años que tuviera…
—¡Carol! —gritó LeCarr de pronto. Ella le miró asustada.
—¿Qué le ocurre ahora? —preguntó.
—¿Dice usted que Hazlos era viejo?
—¡Ya lo creo! Debía andar ya cerca de los setenta años, aunque se conservaba fuerte y vigoroso…
—Carol, el hombre a quien yo vi asesinado tenía mi edad —dijo LeCarr muy serio. Carol le contempló con gesto de asombro.
—Entonces, el muerto no es Hazlos —afirmó.