CAPÍTULO X
Carol se apretó instintivamente contra el joven. Volvía a tener miedo.
—De nuevo estamos juntos, ¿eh? —continuó Emil. Alargó la mano izquierda—. Démelo —pidió imperativamente.
—¿El qué? —preguntó LeCarr, fingiendo inocencia.
—Eso que han encontrado ahí arriba, cualquier cosa que sea. Démelo —gruñó el rufián duramente—, o se lo quitaremos a sus cadáveres.
—Si creen que no somos capaces de disparar, prueben a resistirse —añadió el otro torvamente.
—El lugar está desierto. Los tiros no se oirán —añadió Emil. LeCarr alzó los brazos con gesto resignado.
—Está en el bolsillo izquierdo de mi chaqueta —contestó. Emil sonrió.
—Me gustan las personas con espíritu cooperador —alabó sarcásticamente. Y se acercó al joven.
Carol estaba muy apretada contra LeCarr. El forajido lanzó una orden:
—¡Apártese!
Ella obedeció. Emil alargó la mano izquierda, pero le resultaba incómodo y se cambió la pistola de mano.
LeCarr aprovechó la ocasión. Durante una fracción de segundo, dejó de estar encañonado.
Alargó sus dos manos y agarró a Emil por las muñecas, alzando la pistola rapidísimamente.
Salió el tiro, pero la bala no hizo otra cosa que desprender astillas y polvo del techo.
LeCarr levantó la rodilla, hundiéndola en el vientre de su antagonista.
Dean se movió, buscando un ángulo de tiro favorable, mientras su compinche juraba obscenamente. De pronto, LeCarr asestó a Emil un terrible empellón y lo lanzó contra el otro forajido.
La espalda de Emil chocó contra la pistola de Dean. Estalló otra detonación.
Emil lanzó un terrible alarido. Los dos rufianes cayeron al suelo en confuso montón. Dean bramaba de rabia. El cuerpo de su compañero de tropelías pesaba sobre él, impidiéndole moverse con soltura.
Trató de apartarlo a un lado. Entonces, el pie de LeCarr cayó sobre su mano derecha con tremenda fuerza.
Dean emitió un tremendo grito de dolor. LeCarr le golpeó en la mandíbula con la puntera del zapato, dejándolo inconsciente en el acto.
El joven se irguió, respirando profundamente. Emil había rodado por el suelo y permanecía inmóvil.
Una mancha de sangre se ensanchaba con rapidez en su espalda.
—Está muerto —dijo Carol, horrorizada.
LeCarr se arrodilló al lado del forajido y le tomó el pulso. Los latidos del corazón de Emil se detuvieras a los pocos instantes.
Volvió los ojos hacia la muchacha.
—Lo siento —dijo.
Hubo un momento de silencio. Luego, LeCarr se puso en pie. Con gesto mecánico, se limpió las rodilleras de los pantalones.
—¿Qué haremos ahora, Sher? —preguntó ella, todavía temblorosa. El joven hizo un gesto ambiguo.
—No lo sé. Marcharnos de aquí, supongo.
—¿Y ése? —Carol señaló a Emil.
—Ya se ocupará del cuerpo de su compinche. Le hará, por la cuenta que le tiene.
—Tendríamos que avisar a la policía…
—¿No era usted la que rehusaba hacerlo? —pregunté LeCarr.
—Ninguno de los dos queríamos —contestó ella. LeCarr emitió un gruñido.
—Es una endiablada complicación.
—Entonces, para salirnos de ella, lo mejor será que nos vayamos. Ese rufián no obraba de buena ley, así que no nos delatará.
—Pero seguirá molestándonos. Carol miró al joven.
—Sher, no pretenderá usted eliminarle para evitar la posibilidad de un suceso que aún no se ha producido. ¡Usted no es hombre que mate a la gente a sangre fría!
—Sí —reconoció él— y ésa es la suerte de semejante tipo. ¡A él no le habría remordido la conciencia en absoluto!
—Vámonos, Sher —pidió Carol—. Ya tenemos lo principal. Dejemos que este rufián se arregle con el cuerpo de su amigo.
Era lo más sensato que podían hacer, pensó LeCarr. Aunque, como abogado, estaba dándose cuenta de que obraban de un modo disparatado.
Salieron de la cabaña y corrieron hacia el coche. El de los bandidos se hallaba al otro lado de la duna.
—¿Cómo han podido seguirnos hasta aquí? —preguntó Carol, mientras el joven deshinchaba los neumáticos del auto de los forajidos.
—Habrán estado vigilando mi domicilio —contestó él—. Yo también debí haberme buscado otro alojamiento.
—Ahora es un poco tarde para reproches, Sher.
—Sí, demasiado tarde —convino el joven—. ¡Si pudiera encontrar a Myroff!
—¿No sabe usted dónde vive? LeCarr sacudió la cabeza.
—No tengo la menor idea —contestó.
Guardaron silencio. Ambos se sentían cada vez más preocupados por el cariz que iban tomando los acontecimientos.
De pronto, Carol se estremeció:
—Estuvieron a punto de asesinarnos, Sher.
—Sí —admitió él brevemente.
—Y yo soy el origen de todas sus desdichas, Sher.
—Olvídelo.
—Si no se me hubiera ocurrido meterme en su automóvil…
—Ahora ya es tarde para lamentaciones, Carol.
—Pero le he complicado a usted la vida enormemente. Y no se casará con Resha. Carol parecía a punto de echarse a llorar.
—¿Por qué dice eso? —preguntó LeCarr.
—Yo… —Carol hipó fuertemente—, le dije todas esas cosas de Resha…, creo que por envidia… Le abrí los ojos con respecto a su prometida… y me parece que me equivoqué en mis apreciaciones. Usted tiene la suficiente personalidad como para no dejarse absorber por nadie…
—Olvide eso, Carol. ¿Quiere que le diga una cosa, a ver si se consuela? Pues la verdad es que, en los últimos tiempos, empezaba a sentirme sumamente insatisfecho de mi compromiso.
—No trate de engañarme, Sher…
—Es la pura verdad, Carol. Confieso que, en un principio, el matrimonio con Resha empezó a gustarme; ella es joven, hermosa, su padre tiene dinero, una preeminente posición social…, pero luego, empecé a darme cuenta que todo eso no es suficiente.
—¿Qué es lo que ambiciona usted, Sher?
—No lo sé exactamente, pero no la clase de vida que habría debido llevar al lado de Resha. Nunca hubiera sido enteramente independiente, ¿comprende?
—Sí, creo que sí —musitó ella.
—Yo no quiero que mi esposa sea mi esclava, pero ¡caramba!, es que en el caso de Resha se habría dado el caso enteramente opuesto.
—A pesar de todo, usted hubiera acabado por ganar la partida.
—Carol —dijo él sentenciosamente—, si quiere que le exprese la verdad, ésa es una partida que me parece que no jugaré. Hablando con franqueza, tengo miedo a perderla.
Callaron de nuevo.
Poco más adelante, LeCarr dijo:
—Carol, ahora la dejaré en su hotel. Quédese allí y no se mueva hasta que yo se lo diga.
—¿Qué va a hacer usted? —quiso saber ella.
—Lo primero, iré a mi casa y me cambiaré de ropa. Me he puesto el traje hecho un asco y no debe olvidar que debo continuar mi trabajo.
—¿Y después?
—Investigaré qué quiere decir eso de «tercera, decimoséptimo» en casa de mi… prometida —concluyó él con esfuerzo que no pasó desapercibido a la fina percepción de la muchacha.
Veinte minutos después, LeCarr abría la puerta de su apartamiento. Dio dos pasos y, de pronto, creyó notar una presencia extraña en el interior.
Captó el leve murmullo de una respiración. Intentó volverse, pero ya era demasiado tarde.
Algo duro cayó sobre su cráneo. LeCarr creyó que el cerebro le estallaba en un millón de fragmentos, pero fue una sensación que duró un brevísimo tiempo: menos de un segundo, exactamente, el que tardó en perder el conocimiento.
* * *
Una hora después, LeCarr se miró al espejo, haciendo una mueca de desagrado.
—Menos mal que el chichón está en la nuca y no se notará —dijo con filosófica resignación.
El porrazo le había tenido sin conocimiento durante más de treinta minutos. Aunque no había visto a su agresor, sospechaba fundadamente quién era.
Lo curioso del caso era que no le faltaba nada en sus objetos personales, ni tampoco en el apartamiento. Sin embargo, pudo observar indicios de que se había practicado un registro concienzudo.
—Ese condenado Myroff no se pierde una —masculló enojadamente.
Después de aliviarse, empezó a pensar en la conveniencia de cambiarse de ropa. Así lo hizo y, al terminar, empezó a trasladar las cosas de un traje al otro.
Entonces notó algo que le había pasado desapercibido hasta entonces.
Corrientemente, llevaba la agenda en el bolsillo interior del lado izquierdo. La encontró en el opuesto.
—Y yo estoy seguro de haberla colocado en el izquierdo —murmuró. La fuerza de la costumbre le había hecho actuar de tal modo.
Pronto dedujo lo que había sucedido.
—Myroff copió la anotación que encontramos en la cabaña de Down Point. No había otra explicación. Pero se sentía relativamente tranquilo.
Myroff iría a casa de su prometida. Sin embargo, procuraría hacerlo a una hora intempestiva, cuando estuviese seguro de no ser sorprendido.
Sonrió.
—Veremos si se lleva o no una sorpresa —se dijo.
A las siete de la tarde, se encaminó a la mansión de los Foran. La doncella le recibió con la amabilidad de costumbre.
—La señorita tiene una visita. ¿Esperará o le anuncio, señor? —preguntó. LeCarr enarcó las cejas.
—¿Una visita? ¿Quién? —inquirió.
La doncella bajó la voz hasta convertirla en un susurro.
—Ese artista chiflado del parche negro en un ojo, señor. A mí me parece que haría usted bien prohibiendo a la señorita que le recibiese; yo ya me imagino a qué viene ese muerto de hambre.
LeCarr sonrió.
—Un competidor, ¿eh?
—Con el debido respeto, así opino yo, señor.
—Gracias, Ginny, pero no hay que preocuparse. Pronto quitaremos de en medio a ese romperrimas.
Ginny enarcó los ojos.
—¿Qué es eso, señor? —preguntó, atónita.
—Un insulto que puede ser escuchado por todos los oídos —respondió él sonriente. Y avanzó hacia la puerta del saloncito.
Resha se puso en pie al verle entrar.
—¡Sher, querido, qué alegría! —exclamó, avanzando hacia el joven.
—¿Interrumpo? —preguntó LeCarr cortésmente.
—Nada de eso —respondió Resha—. El señor Maynand ha sido tan amable de venir a leerme por anticipado un soneto que ha compuesto durante la noche pasada. ¿Quieres escucharlo tú también?
LeCarr dirigió una mirada al tuerto.
—Lo cierto es que no estoy muy fuerte en poesía —dijo. Maynand hizo un gesto con la mano.
—La poesía se siente o no se siente —dijo un tanto altisonantemente—. Pero, por lo mismo, no se puede forzar a escuchar una composición poética a quien no se muestra inclinado a recibir el mensaje que encierra.
—Sher, has ofendido a mi huésped —se enojó la chica.
—Lo siento. Dije la verdad —respondió él. Y añadió—: A los poetas les gusta la verdad, ¿no es cierto, señor Maynand?
—Desde luego. Y aprecio mucho más su franqueza que no un elogio falso, basado en la mera cortesía. ¿Me permiten que fume? —preguntó de pronto.
—No faltaría más —accedió la muchacha.
Maynand sacó una costosa pitillera de oro, de la que extrajo un cigarrillo, el cual colocó luego en el extremo correspondiente de una larga boquilla.
Al ver aquello, LeCarr se puso rígido. ¡El hombre que tenía frente a sí, no era Maynand, sino Myroff!