10. El caso de la playa desierta

LOS cristales de las ventanas vibraban mientras las primeras ráfagas del primer vendaval del otoño golpeaba contra ellos. Estaba sentado a solas en nuestra sala de estar de Baker Street. Sherlock Holmes llevaba fuera más de una semana siguiendo el curso de la investigación de un caso del que me había dicho muy poco y yo me sentía algo abandonado. Por eso, recibí con agrado el ruido de unos pasos que se acercaban por las escaleras; sin embargo, resultó que sólo era el chico del telégrafo. El sobre rojo Express estaba dirigido a Mr. Holmes, pero yo lo abrí puesto que tenía su permiso para hacerlo.

El contenido era escueto:

HALLADO CUERPO EN PLAYA DE BOURNEMOUNT EN CIRCUNSTANCIAS APARENTEMENTE IMPOSIBLES STOP EVIDENCIA DE HABER SIDO ANIQUILADO POR LA MAREA STOP POR FAVOR SI ES POSIBLE VENGA INMEDIATAMENTE STOP FIRMADO GREGORY

No supe qué hacer, ya que no tenía ni idea del actual paradero de Holmes y, obviamente, cualquier retraso podría hacer inútil la ayuda que pudiésemos proporcionarle. Sin embargo, sabía que Holmes confiaba mucho en el inspector Gregory, un detective de provincias del que se esperaba que se incorporase a Scotland Yard tan pronto como su expediente y su número de casos llegase hasta el nivel requerido.

Debo admitir que, en el pasado, he obtenido resultados de muy poca relevancia cuando he intentado investigar un caso sin la ayuda de Holmes. Pero, sin duda, este problema implicaba evidencias y aspectos forenses que mi preparación médica me ayudaría a deducir, de modo que si pudiese proporcionarle a mi colega un informe como testigo presencial, esas anotaciones le servirían para tener de antemano las informaciones esenciales. Consulté una guía con los horarios de los trenes y luego escribí deprisa una respuesta en el formulario que el chico me entregó diciéndole a Gregory que llegaría en el tren de las cinco y cuarto y pidiéndole que fuese a recogerme a la estación. Después de dejarle una nota a Holmes, en la que le decía que si le era posible viniese a mi encuentro, me abrigué a conciencia para hacer frente al frío y me dirigí a la Estación Victoria.

Llegué unos treinta minutos antes de la salida del tren y subí al último compartimiento del último vagón, el más cercano a la entrada de la estación, con la esperanza de que Holmes pudiese subir a ese mismo tren antes de que partiésemos. Con gran alivio por mi parte, justo cuando el silbato del empleado ferroviario emitió su segundo silbido, oí el ruido de unos pasos apresurados y la puerta que estaba junto a mí se abrió de golpe. Pero no era mi colega el que bregaba por entrar en el compartimiento mientras el tren daba una sacudida hacia delante, sino la corpulenta figura del profesor Challenger. Parecía tan sorprendido de verme como yo lo estaba de verle a él.

—Buenas tardes, doctor. ¿Tomándose un descanso de sus actividades habituales? —dijo jadeando mientras recuperaba la respiración.

—En cierto sentido —contesté con cautela, ya que Holmes me había inculcado que las solicitudes de ayuda que le hacía la policía debían siempre tratarse con la máxima confidencialidad—. ¿Y usted?

—Pues bien, doctor, en cierto sentido estoy prosiguiendo nuestra pequeña aventura del mar del Norte —me dijo moviendo ligeramente un dedo hacia mí de un modo jocoso—. Estoy seguro de que recuerda que la respuesta a una aparente paradoja del movimiento reside en una ola escondida, una ola que actúa sin que pueda ser vista a pesar de que tiene un efecto muy real sobre los objetos que se hallan en la superficie. Sin duda, ese episodio resultó muy instructivo. Nos proporcionó una poderosa metáfora; me ayudó a desarrollar mi descubrimiento de que todas las sustancias de nuestro Universo, tanto la materia sólida como la luz, desde ciertos puntos de vista son olas.

Recordé su reciente demostración con las mesas de billar.

—Sí, parece que, en última instancia, su opinión ha prevalecido sobre la de Summerlee —dije mientras el tren iba alcanzando mayor velocidad.

Challenger se encogió de hombros.

—Summerlee no lo admitió tan fácilmente. La evidencia de que la naturaleza de los átomos es parecida a la de las partículas resulta bastante convincente: puede observarse muy claramente que, en un momento determinado, los átomos, a diferencia de los fotones de luz, se hallan en un lugar bien definido.

Con mi estudio sobre los electrones lanzados a través de dos hendiduras, no sólo pude demostrar que se comportan de un modo cualitativamente parecido al de las ondas, sino que también logré deducir la longitud de onda específica. Esta longitud de onda no resultó ser constante, sino que varía en función de la velocidad de los electrones. Cuanto más lentos sean los electrones, más larga será la longitud de onda. Una afirmación que también es válida para otras partículas. Sin embargo, Summerlee, de distintas maneras, consiguió establecer que el tamaño de un electrón es diminuto: tan pequeño que por ahora es imposible de medir, aunque desde luego es mucho más pequeño que las longitudes de onda que yo he conseguido demostrar. A medida que ambos íbamos perfeccionando reiteradamente nuestros experimentos, mis longitudes de onda crecían cada vez más y su partícula— electrón se hacía cada vez más diminuta, algo que parecía una contradicción irremediable.

Finalmente estuvimos de acuerdo en un experimento que ambos consideramos como definitivo. Summerlee había hallado una sonda eléctrica tan sensible que podía detectar el movimiento de un solo electrón. Decidimos desarrollar mi experimento de dos hendiduras colocando una de las sondas de Summerlee en cada hendidura. De ese modo deberíamos comprobar sin ambigüedades sí, individualmente, los electrones pasaban solamente a través de una hendidura o bien si de alguna manera se dividían y cruzaban a través de ambas.

En ese momento movió la cabeza con seriedad y luego continuó con su explicación:

—Creo que será justo decir que el resultado nos sorprendió a ambos por igual. Realizamos un ensayo con los electrodos de Summerlee desconectados y en la placa fotográfica apareció el habitual patrón de interferencia configurado por las bandas. Luego conectamos las sondas para realizar un segundo ensayo. Tal como había afirmado Summerlee, cada electrón pasó inequívocamente a través de una de las dos hendiduras, encendiendo al hacerlo una luz indicadora. ¡Pero cuando revelamos la bandeja fotográfica, el patrón de interferencia configurado por las bandas había desaparecido!

De hecho parecía como si el Universo estuviese realizando algún tipo de conspiración para mostrar las dos caras de la realidad, como si fuese el dios Jano, a dos distintos experimentadores. Los electrones actúan como ondas hasta que se intenta percibirlas como si fuesen partículas… ¡y entonces la idea de su comportamiento como ondas se desvanece! Éste fue el dilema que provocó la desafortunada crisis de Summerlee.

Yo no sabía nada de todo eso y la expresión de mi cara debió reflejar mi sorpresa.

—Mi pobre colega ha declarado que ahora ya no cree en las ondas, sino únicamente en las ondas de probabilidad —continuó Challenger dándose unos significativos golpecitos en su gran cabeza—. Afirma que, hasta que se llegue a medir, la posición de un átomo, de un electrón o de cualquier cosa sólo se puede describir como una distribución de probabilidades. La simple acción de medir provoca entonces que, de alguna manera, la partícula cobre existencia en un lugar determinado dentro del campo de probabilidades.

Pensé que Challenger podría estar expresando una opinión bastante parcial sobre el tema.

—Bueno, después de todo, un electrón es una entidad bastante abstracta, al menos para nosotros, que somos las criaturas más voluminosas, ¿no es cierto? —dije—. Me confortaría bastante considerar el asunto como una simple confluencia de probabilidades.

Challenger agitó la cabeza vigorosamente.

—Este efecto puede demostrarse también en lo que se refiere a los átomos, las moléculas y, en principio, a entidades aún más grandes —dijo—. Pues bien, en opinión de Summerlee podría servir el ejemplo de un gato, un elefante o… bueno, hagamos justicia y utilicemos al propio Summerlee para esta explicación.

Una chispa de travesura de colegial brilló en sus ojos.

—¿Ha visto alguna vez ese número circense en el que un acróbata es disparado desde un cañón —que en realidad es una especie de catapulta a la que se añade una pequeña explosión de pólvora para que el efecto resulte más impresionante— y sale despedido para cruzar volando toda la carpa hasta una red situada en el otro lado?

Asentí con la cabeza y él continuó con su explicación.

—Bien, tomemos al profesor Summerlee y coloquémoslo en uno de esos cañones. Le lanzaremos a gran distancia en dirección a una pared en la que se hayan practicado dos aberturas. Si repetimos el experimento distintas veces, en un pequeño porcentaje de casos Summerlee pasará a través de una de las dos aberturas e irá a parar al otro lado de la pared.

Ahora haremos un pequeño cambio —dijo Challenger levantando un dedo—. Llevaremos a cabo el experimento igual que antes, pero esta vez en absoluta oscuridad. Puesto que su trayectoria ya no puede ser observada, se producirá una situación parecida a la de las ondas y presumiblemente los puntos de aterrizaje de Summerlee empezarán a establecer un patrón de interferencia. Si colocamos un foso de arena para que aterrice en él, igual que los que se utilizan para los saltadores de longitud, y no alisamos la arena después de cada lanzamiento, con el tiempo se creará un patrón típico de hoyos. Desde luego, la teoría de las ondas de probabilidad de Summerlee puede explicar este hecho.

—Parece un experimento difícil de llevar a cabo, sobre todo por el problema de obtener la cooperación de la persona en concreto —dije.

—Sin embargo, en teoría es posible —argumentó Challenger con tono desenfadado—. Ahora supongamos que le preguntamos al profesor Summerlee, después de uno de sus aterrizajes en el foso de arena, qué es lo que acaba de experimentar. Usted es un hombre práctico, doctor, ¿realmente esperaría que él dijese algo así como: “me he sentido disuelto en una especie de nube fantasma de probabilidades mientras salía de la catapulta. Una parte de mí impactó contra la pared y otra pasó a través de cada una de las aberturas, y ha sido cuando ustedes han encendido la luz para inspeccionar el foso de arena que he sentido como me volvía a unir justo en este lugar”?

Me vi obligado a admitir que, expresado en esos términos, todo resultaba bastante absurdo.

—Sólo son tonterías, doctor —contestó Challenger soltando una carcajada—. Un simple juego de palabras y un sofisma filosófico señalan la decadencia de una mente que, aunque nunca ha sido excelsa, al menos hubo una vez que poseía cierta apariencia de buena aptitud.

—Entonces no tengo la menor duda de que usted tendrá una exhaustiva explicación para estos desconcertantes resultados —dije con frialdad y procurando castigar un poco su arrogancia.

Challenger me dirigió una mirada rebosante de satisfacción. Evidentemente no se había dado cuenta de mi sarcasmo.

—Ya le he mencionado que, en cierto sentido, estoy prosiguiendo nuestra aventura por el mar del Norte. Mientras que Summerlee es un teórico, yo soy ante todo un hombre de acción. Para entender mejor la naturaleza de las ondas, he puesto en marcha una Estación Marina para la Investigación de las Ondas que se halla en las afueras de Bournemouth y en la que trabaja un pequeño número de empleados. Por supuesto, las olas del mar tienen características diferentes a las de sus más abstractas primas matemáticas, pero existen sorprendentes y llamativos paralelismos entre ellas. A pesar de cierto escepticismo por parte de Summerlee, la estación ya ha conseguido llevar a cabo excelentes averiguaciones. Ahora estoy a punto de poder anunciar un nuevo e importante descubrimiento, o al menos eso creo.

Dicho esto, se quedó en silencio y yo, después de intentar repetidamente sonsacarle sin éxito algo más sobre el asunto, me giré para observar el paisaje que estábamos atravesando, aunque en algún momento debí quedarme dormido.

Me desperté de un sobresalto cuando Challenger sacudió vigorosamente mi hombro. Por un momento pensé que habíamos llegado a nuestro destino, ya que el tren estaba parado, pero en realidad nos hallábamos detenidos en un desolado tramo de la costa. Grandes oleadas batían con estruendo contra una línea de rocas y luego proseguían su camino hacia la costa hasta llegar a una playa de gruesos guijarros. Era un panorama poco atractivo e hizo que me preguntase por qué los ingleses corren como liebres hacia la costa cada vez que tienen algún día de fiesta. Si nuestra isla estuviese situada un par de miles de millas más hacia el sur, esa costumbre resultaría mucho más comprensible.

—¡Mire allí, doctor! Ahora puede comprobar que las olas del mar le proporcionan una nueva percepción de la naturaleza más profunda de la realidad —apuntó Challenger—. ¿Ve usted que esas rocas tienen una separación aproximada de un par de metros? Aun así, una ola de unos treinta metros de ancho pasa a través de esa línea de rocas prácticamente sin sufrir alteraciones.

—Es obvio, profesor: la ola se mete por las separaciones que hay entre las rocas y luego se vuelve a formar en el otro lado.

—Pero esta “hazaña” sería imposible si la ola fuese un objeto sólido y, por tanto, es algo que revela el secreto de dos fenómenos que han estado desconcertando a las mejores mentes científicas —dijo Challenger inclinándose hacia delante mientras el tren reanudaba su movimiento con una brusca sacudida. Poco después pudimos ver el andén de la estación de Bournemouth—. Antes existían grandes dificultades para entender por qué los metales, o en realidad cualquier sustancia, pueden conducir la electricidad sin dificultad. Si los electrones obedecen las leyes del movimiento de Newton, es decir, si rebotan unos con otros, así como con los átomos, como diminutas bolas de billar, cada uno de ellos sólo podría recorrer una corta distancia antes de perder su energía a causa de una de esas sucesivas colisiones y, por tanto, todos los materiales deberían ser aislantes.

Un segundo problema surgió por la necesidad de construir embarcaciones de poco peso que pudiesen contener y transportar el gas helio, descubierto recientemente. Si esta sustancia es introducida en un contenedor de paredes finas, incluso en uno que con absoluta certeza no tenga agujeros o imperfecciones, el gas se escapa a través de las, en apariencia, sólidas paredes como un prisionero que escarba un túnel para escapar de una celda.

Ambos fenómenos sólo pueden entenderse si se considera que los electrones y los átomos, en realidad, son ondas, ya que éstas pueden pasar libremente a través de una serie de obstáculos, o incluso a través de ellas mismas, sufriendo alteraciones comparativamente pequeñas.

El tren se detuvo con un sonoro silbido provocado por la salida del vapor al abrirse las válvulas de la locomotora. Challenger entreabrió la puerta de nuestro compartimiento y se preparó para apearse.

—Sin embargo, todo eso también puede explicarse muy bien en términos de partículas sólidas y de las ondas de probabilidad de Summerlee —dije—. Si todas las ubicaciones son una simple cuestión de probabilidades, entonces puede suceder que una partícula situada cerca de uno de los lados de un obstáculo de repente aparezca en el otro extremo. Por tanto, según esta regla, un prisionero debería apretarse contra los barrotes de la puerta de su celda, ya que con un poco de suerte… ¡Milagro!… Podría pasar espontáneamente al otro lado.

Estaba hablando en broma, pero Challenger resopló mostrando desprecio y haciendo un brusco gesto con la mano se marchó deprisa.

La estación parecía desierta: evidentemente, se notaba que el verano había concluido. Sin embargo, cuando me acercaba a la salida pude ver la figura del inspector Gregory, cuya expresión reflejó tal desilusión al comprobar que estaba solo que casi resultaba cómica.

—Me ha sido imposible localizar inmediatamente a Holmes —le expliqué—, pero con un poco de suerte llegará en el próximo tren.

—Ya será demasiado tarde para poder aprovechar la marea —dijo Gregory después de suspirar—. De hecho, nosotros llegaremos allí justo a tiempo. Nuestro examinador médico local es muy competente, doctor, pero aun así, una segunda opinión nunca viene mal y, además, no hay duda de que Holmes estará más acostumbrado a sus informes como testigo presencial que a los de cualquier otra persona. Pero emprendamos ahora camino hacia la playa.

Un carruaje de la policía nos condujo hasta la costa y, después de recorrer aproximadamente una milla a lo largo de la orilla, llegamos casi al final del paseo marítimo. Descendimos las escaleras cubiertas de fango que se hallaban en el dique y caminamos sobre guijarros hasta llegar a una gran extensión de arena húmeda que nos separaba de unas rompientes situadas mar adentro. Gregory señaló hacia un cuerpo que se hallaba tendido a unos treinta metros en dirección al mar. Estaba rodeado de arena, pero no había ninguna huella, a excepción de una estrecha hilera de pisadas bien marcadas que llegaban hasta el lugar en el que nos encontrábamos nosotros. Seguimos cuidadosamente ese rastro y, al llegar al cuerpo, me arrodillé junto a él. Era el de una persona joven y alta, pero con una musculatura algo débil. La causa de la muerte resultaba obvia: una masa de sangre coagulada en el pelo indicaba el lugar en el que había sido golpeado con gran fuerza con algún objeto de borde afilado. El cuerpo vestía un traje de baño que todavía estaba algo húmedo, pero no había indicios de que hubiese tragado agua o de cualquier otra visible lesión.

—Parece un claro caso de asesinato —dije bastante desconcertado por el hecho de que Gregory tuviese alguna duda sobre esa cuestión—. Ha recibido un fuerte impacto con algún objeto con el borde muy afilado. No ha sido con un palo ni con un cuchillo, sino, considerando el lugar en el que nos hallamos, con algo parecido a un remo. La muerte tuvo que sobrevenir muy rápido, probablemente en pocos segundos, porque de lo contrario habría otras marcas, como, por ejemplo, algunas magulladuras.

Gregory movió la cabeza con aire pensativo.

—Estaría de acuerdo con usted, doctor, si no fuese por una circunstancia en concreto. Hace unas cuatro horas, el cuerpo fue descubierto por una pareja de agentes que patrullaban por el paseo marítimo y, cuando se acercaron al cadáver, éste yacía a unos veinte metros de la orilla, al haber retrocedido por la marea, y estaba rodeado de arena húmeda que estaba completamente lisa y sin huellas. Eventualmente nadie había estado cerca del lugar, ya que, de lo contrario, sus huellas habrían resultado claramente visibles.

Reflexioné durante un momento.

—¿No podría ser que el asesino hubiese tomado la precaución de caminar sobre las mismas pisadas de su víctima y luego se hubiese marchado del mismo modo? —sugerí.

—Pero es que no había ningún tipo de huella, doctor, ni siquiera las de la víctima. ¡Todo parece indicar que podría haber caído del cielo! La posibilidad más obvia, es decir, que el cuerpo haya sido arrastrado hacia la orilla a causa de la resaca de la marea, queda descartada tanto por el hecho de que las olas deberían haber formado una cavidad en la arena alrededor del lugar en el que se halla el cuerpo —como ve, en esta zona estamos familiarizados con la aparición de cuerpos, ya sean humanos o animales, varados por el mar—, como porque entonces también debería tener agua en los pulmones, además de que el coágulo de sangre debería haber sido disuelto por el agua salada; no hay ningún rastro de nada de esto.

—Tal vez el hombre logró nadar hacia la costa después de haberse caído de una barca y haberse golpeado con la quilla, o, como le sugerí antes, con un remo —insinué sin mucha convicción.

—No, ya que habría perdido el conocimiento en pocos segundos y, con estas olas, ninguna barca podría haber estado tan cerca de la orilla sin encallar.

Hizo un gesto señalando hacia el mar y pude ver que las olas se mostraban ya muy impetuosas mientras empezaba a levantarse el viento.

En ese momento me vino a la cabeza la idea de las ondas de probabilidad de Summerlee. ¿Puede una persona que se halla en un determinado lugar ser transportada espontáneamente a otro sin dejar ningún rastro entre ambos lugares? Pero enseguida el sentido común se reafirmó por sí mismo: incluso si Summerlee tuviese razón, el efecto, a una escala no microscópica, tendría que resultar insignificante, ya que, de lo contrario, deberíamos advertirlo mucho más a menudo. Decidí probar a cambiar la línea de investigación.

—¿Se sabe algo de la identidad del hombre? —pregunté.

—Sí. Ha resultado ser un conocido de uno de mis hombres. Su nombre es Andrew Miller. Tenía buen carácter, pero recientemente había regresado de Australia después de haber intentado sin éxito emigrar allí; evidentemente, la vida en ese lugar le resultó demasiado dura. Aquí había encontrado un empleo un tanto insólito: técnico en la estación local de investigación de las ondas que dos profesores de Londres han instalado hace poco tiempo. Tengo entendido que son dos hombres muy brillantes, aunque con la reputación de ser personas y jefes bastante idiosincrásicos: sus nombres son Challenger y Summerlee.

Decidí no dejarme distraer por esa coincidencia. Quizás resultase que la ciencia moderna estaba involucrada, pero, en cualquier caso, la conexión australiana parecía más significativa. Por casualidad, recientemente había cenado con un primo lejano que también había regresado de Australia, de modo que intenté recordar sus anécdotas. De repente me llegó la inspiración.

—Inspector, ¿ha oído hablar del boomerang australiano? ¡Alguien pudo perfectamente haberle matado con uno de esos utensilios! Lanzado desde la mano del asesino, y después de regresar a ella, no dejaría ninguna huella, justo lo que ha ocurrido en este caso.

Gregory inclinó la cabeza en señal de aprobación.

—A mí se me ocurrió algo parecido, pero me han dicho que el tipo de boomerang que regresa a la mano de quien lo ha lanzado es ligero de peso y se utiliza simplemente como diversión. Los más pesados, los que se utilizan para cazar abatiendo a la presa, están fabricados con madera sólida y caen al suelo después del impacto, de modo que dudo que la teoría tenga validez.

Estaba a punto de rebatir esos argumentos, ya que estaba bastante convencido de mi idea, cuando nos interrumpió el saludo de alguien: era un grupo de cuatro personas que se estaba acercando. El contraste bastante cómico entre la pequeña y juvenil figura de Challenger y la figura enjuta y seca de Summerlee hacía que fuese fácil reconocerlos desde lejos; les acompañaban dos policías uniformados. Cuando estuvieron más cerca, me quedé impresionado por el demacrado aspecto y la afligida expresión de Challenger: nunca habría imaginado que pudiese mostrar otra imagen que no fuese la de su habitual y engreído pavoneo.

—¿Puedo pedirle que identifique formalmente el cuerpo, caballero? —le preguntó Gregory con calma.

—Sí, se trata de Andrew Miller; trabajaba para mí. Y me siento culpable, caballero, totalmente culpable de su muerte.

Por un momento pensé que estaba presenciando la confesión de un asesinato, pero entonces el profesor continuó:

—Debería haber recordado que para un hombre joven, el peligro es algo difícil de percibir; para causar impresión a sus compañeros y a los más mayores puede llegar a asumir a la ligera cualquier riesgo. Fui yo quien le metió la idea en la cabeza, y sus recuerdos de Australia hicieron el resto.

—Ah, de modo que, tal como había pensado, se ha utilizado un boomerang.

El profesor me miró sin comprender nada.

—¿Boomerang? ¿Qué tienen que ver los boomerangs con esto? Fueron las olas las que lo mataron, pero por encima de todo fue mi orgullo, mi arrogancia. Decidí organizar aquí una demostración que habría sorprendido a Summerlee y le sugerí a Miller que podría tener en ella un papel relevante. Pero, ¡ay, qué disparate, practicar a solas y en un lugar en el que no se puede recibir ayuda de nadie! ¿Cómo podía haberlo imaginado?

Todos teníamos más preguntas que hacerle, pero en ese momento empezaron a caer grandes gotas de lluvia: la tormenta estaba sobre nosotros. Gregory ordenó a gritos a sus hombres que trajesen unas lonas para poder cubrir el cuerpo. Los profesores y yo le dejamos con esa tarea y corrimos hacia tierra firme. Encajado en el dique había un pequeño pub que, según el letrero, se llamaba La Posada del Contrabandista. Entramos atropelladamente en el bar, que estaba repleto y en el que resultábamos bastante llamativos entre los duros tipos de alta mar, y nos sentamos en una mesa junto a la ventana. Challenger miraba fijamente hacia el mar embravecido.

—Vamos, profesor —dije intentando animarle—, tal como usted ha dicho, está en la naturaleza de los jóvenes ser temerario e impetuoso. No puede culparse por esta desgracia. Estoy seguro de que la demostración que había planeado tenía mucha importancia. ¿No podría explicamos su naturaleza?

—Primero —respondió Challenger encogiendo los hombros con indiferencia—, es necesario que el profesor Summerlee le explique la esencia de su idea sobre las ondas de probabilidades.

Me volví hacia Summerlee, que asintió con la cabeza mientras la camarera nos servía las bebidas.

—Las matemáticas son complejas, pero el concepto fundamental es sencillo —dijo secamente—. Puesto que he investigado el pequeño mundo de los átomos y de los fotones, me he convencido cada vez más de la aleatoriedad del fenómeno que estamos considerando.

Por ejemplo, los átomos fluctuantes, como los que componían la mortífera pareja de ídolos, llegan en ocasiones a escindirse o fisionarse. No parece haber una causa discernible para esta fisión, ninguna razón que explique por qué un átomo debería separarse en un determinado instante, incluso aunque la velocidad media sea bastante constante en el tiempo. Es como si algún pequeño espíritu maligno estuviese tirando los dados en el interior del átomo y, cuando resulta que salen, por ejemplo, siete sietes consecutivos, entonces, ¡bang!, esa es la señal para que el átomo se parta.

Por otra parte, cualquier intento de concretar específica y precisamente el comportamiento de esas cosas diminutas resulta extrañamente contraproducente. Por ejemplo, si quiere determinar la posición de un átomo con mucha precisión, deberá conseguir que interactúe con alguna otra entidad, después de lo cual su momento, es decir, la dirección y la velocidad de su movimiento, pasa a resultar desconocido. Cuanto mayor sea la precisión con la que determine la posición del átomo, más incierto se vuelve el momento, y viceversa. Sucede algo parecido a cuando se intenta enfocar con precisión un proyector “linterna mágica” cuando, en realidad, es la diapositiva que está en el interior de la linterna, es decir, la fotografía original, la que está borrosa. La realidad misma es la que está un poco desenfocada cuando se la observa de manera suficientemente profunda. Otra manera de expresar esta cuestión es diciendo que más que certezas, al nivel más diminuto de la existencia, lo único que se pueden hallar son probabilidades. La probabilidad se convierte en realidad sólo cuando alguna entidad macroscópica, como, por ejemplo, un científico que mira atentamente a través de un microscopio, consigue realizar alguna observación y, aun así, sólo es algo momentáneo.

En ese momento Challenger se rió sonora y burlonamente, pero Summerlee le ignoró y continuó con la explicación:

—Este concepto de ondas de probabilidad encaja perfectamente en el experimento de las dos hendiduras, tanto por lo que respecta a los fotones como a los átomos. La partícula no está ni en un lado ni en el otro hasta que se realiza la medición final.

—Me recuerda un poco a una actuación de danza que he visto recientemente —dije esforzándome por comprender—. El escenario estaba iluminado por un estroboscopio, una luz que se encendía y apagaba en intervalos de tiempo constantes gracias a un obturador giratorio. A cada destello de luz, los bailarines aparecían congelados en diferentes posiciones y la danza tenía una coreografía que hacía que fuese imposible saber qué ruta había seguido una bailarina para moverse de una posición, o de una postura, a otra.

Aun así, debo admitir que la actuación no me gustó mucho. Pueden pensar que soy un pedante, pero realmente prefiero las obras clásicas, en las que todo se basa en el movimiento continuo.

—A mí me sucede lo mismo —dijo Summerlee asintiendo con la cabeza—, pero la naturaleza es como es y no está concebida para que nuestros limitados cerebros puedan entenderla con facilidad.

—Entonces esta incertidumbre —comenté más animado— sólo se refiere al caso de partículas individuales que tienen dos caminos distintos entre los que pueden elegir esa, tal como era el caso que nos ocupaba.

Summerlee iba a contestarme, pero Challenger le interrumpió.

—Ha perdido totalmente el hilo, doctor —exclamó—. Realmente, me resulta difícil creer que alguien no pueda comprender prácticamente nada de este asunto.

Luego señaló hacia una mesa de billar que se hallaba a nuestro lado y en la que se estaba jugando una partida y dijo:

—Las reglas descritas por Summerlee se pueden aplicar a cualquier escala y en todas las situaciones. Por ejemplo, si esa persona golpea al azar la bola a la que está apuntando, y de hecho parece lo suficientemente borracho como para hacerlo, y puesto que hay bastantes grupos de bolas en el centro de la mesa separados entre sí, la bola podría pasar a través de cualquiera de esos espacios de separación mientras mantenga la velocidad suficiente como para llegar a golpear la banda posterior. Si la mesa estuviese a oscuras —aunque es verdad que para conseguirlo tendría que ser tan negra como el alquitrán, para que no pudiese salir de ella ni siquiera un fotón de luz, o cualquier otra partícula: tal vez si la mesa estuviese encerrada al vacío en un gran contenedor de doble pared…—, entonces la probabilidad de que la bola que se dispone a golpear ese jugador llegase a golpear en un lugar determinado de la banda de enfrente dependería de una reacción parecida a la de las ondas. Esto es, habría un patrón de interferencia que dependería de su posibilidad de tomar una multiplicidad de diferentes trayectorias. Sería como una versión más compleja del experimento de las dos hendiduras.

En realidad, si el golpe fuese enérgico, potencialmente sobre la mesa podrían llegar a desarrollarse todo tipo de posibilidades. La bola apuntada podría ir hacia la izquierda o hacia la derecha; algunas bolas podrían caer en los sacos de los agujeros y otras no; también podría ocurrir que determinadas bolas permaneciesen rozándose durante unos instantes, de modo que un impacto sucesivo se transmitiese a través de ellas. En el momento en que todas las bolas llegasen a detenerse, sus probables posiciones deberían reflejar un patrón, similar al de las ondas, de todas las posibles secuencias que podrían haberse producido.

En ese momento, a un gato que se había estado acicalando sobre el maltrecho piano del establecimiento se le ocurrió saltar encima de la mesa de billar. Uno de los jugadores acababa de efectuar su golpe: el gato maulló ruidosamente cuando la bola golpeada impactó en su cola y luego empezó a moverse con rapidez en un vano intento de librarse de los sucesivos rebotes. Se produjo un estallido de aclamaciones típicas de borrachos.

Challenger sonrió ligeramente y dijo:

—Nuestro guión podría incluir incluso a ese gato y sus travesuras.

Y puesto que esos animales tienen cabezas muy pequeñas, en alguna de las posibilidades que se desarrollasen sobre la mesa, una bola podría golpearle de tal modo que llegase a matarlo. Summerlee debería haber pensado que todas esas posibilidades interactúan entre sí hasta llegar a producir el resultado final, que se podría observar cuando sacásemos la mesa de su contenedor al vacío. Puesto que, en los experimentos de las dos hendiduras el patrón de interferencia demuestra que en un cierto sentido el fotón o el átomo pasaba a través de ambas hendiduras e interactuaba consigo mismo de un modo parecido al de las ondas para producir el resultado final, probablemente Summerlee cree que el gato, de algún modo, estaría vivo y muerto al mismo tiempo durante el período de tiempo en que no se podía ver la mesa, ya que así se mantienen los datos estadísticos de los resultados que se obtienen en las observaciones de laboratorio.

Mi pobre profesor —dijo con un tono de irónica simpatía—, si yo he sido el único que ha entendido la observación de quien se supone que tiene la capacidad para convertir esas probabilidades en realidades, ¿qué ocurriría si en lugar del gato pusiésemos al profesor Summerlee sobre la mesa, cerrada al vacío en el contenedor? ¿Resultaría suficiente su presencia como observador competente para hacer que ese comportamiento similar al de las ondas se mantuviese continuamente, transformando probabilidades en realidades a lo largo de todo el curso del experimento de modo que se produjesen resultados estadísticamente distintos? ¡Si fuese así habría que suponer que la superioridad de un profesor sobre un gato es suficiente para cambiar las leyes de la física que obedecen las bolas! ¿Qué sucedería luego si sustituimos el gato por un hombre-mono, un primate que se hallase en los albores de la conciencia humana? Asumiendo, desde luego, que el profesor Summerlee está por encima de ese nivel, igual que lo están todos los observadores competentes.

Los dos profesores se estaban mirando uno a otro con ferocidad y manteniendo las narices muy juntas. En el bar había caído un silencio sepulcral, ya que los clientes eran capaces de percibir cuando una discusión podía estar a punto de convertirse en una pelea merecedora de alguna apuesta. Pero con gran alivio por mi parte, Summerlee se echó atrás.

—Entonces, déjenos oír su explicación —dijo con desdén.

Challenger asintió y añadió:

—En Australia hay un deporte muy popular que se practica en zonas de la costa donde, con bastante frecuencia, unas olas imponentes llegan a romper en las mismas playas. Cuando el mar está tan agitado que resulta imposible nadar con normalidad, algunos jóvenes se meten en el agua llevando con ellos unas tablas, a las que llaman tablas de surf. Están hechas de una madera de poca densidad, como, por ejemplo, la balsa, de modo que resultan tan ligeras que los chicos no tienen ninguna dificultad en transportarlas apoyadas encima del hombro, pero, al mismo tiempo, flotan tanto que pueden soportar sin problemas el peso de una persona.

Remando con los brazos sobre la tabla, el surfista recorre una cierta distancia mar adentro y espera a que aparezca una ola de buen tamaño. Cuando se acerca una, se pone de pie sobre la tabla y, en cuanto la ola le alcanza, apoya su peso hacia delante.

En ese momento tomó un posavasos, con cuidado lo situó en equilibrio sobre la superficie de un pequeño charco de cerveza que había sobre la mesa —¡la higiene del lugar era abominable!— y colocó sus dedos sobre él para mostramos la postura de un surfista.

—Si se equilibra correctamente, podrá deslizarse hacia delante y a gran velocidad sobre el borde de la ola. Hasta cierto punto, también puede variar el rumbo de su recorrido inclinándose hacia uno u otro lado, aunque es la ola la que determina principalmente ese recorrido. Se trata de un deporte que resulta espectacular para quienes lo contemplan, aunque también es bastante peligroso. El surfista siempre acaba cayéndose de la tabla.

—Supongo que a menudo tiene que perder la tabla —dije.

—Con frecuencia la resaca de la ola la arrastra hacia el mar —explicó Challenger—, aunque, desde luego, la siguiente ola grande la puede devolver de nuevo hacia la orilla y así el surfista puede volver a recuperarla. Pero eso sólo es en parte una suerte. Una ola también puede lanzar la tabla hacia atrás mientras el surfista todavía está esforzándose por salir a flote. Si le golpea en la cabeza…

—¡Eso es precisamente lo que le pasó a Miller! —grité.

—Me temo que sí —dijo Challenger asintiendo con la cabeza—. Le quedaron las fuerzas justas para esforzarse por llegar hasta la orilla antes de sufrir un colapso y desplomarse. Cuando la marea bajó, las oleadas, al retirarse, borraron sus huellas y se llevaron la tabla de surf mar adentro.

Agachó la cabeza y continuó con su hipótesis.

—Se había jactado ante mí de su habilidad sobre la tabla, pero su físico no era muy fuerte y me temo que tuvo que haber exagerado. Probablemente sólo un principiante se dejaría atrapar de esta manera.

—¿Pero qué diablos tiene esto que ver con las propiedades físicas de las ondas y las partículas? —pregunté.

Yo estaba contento porque el misterio se había resuelto, pero él parecía haberse salido por la tangente con respecto al argumento original del caso.

—Pues bien, mi querido doctor, este hecho demuestra que una partícula puede ser guiada por una onda, aun siendo una entidad bastante diferente.

La cara de Summerlee pareció iluminarse.

—Supongamos que el espacio está recorrido por ondas invisibles sobre las cuales los fotones, los electrones y otras partículas son guiados igual que un surfista se desliza sobre una ola del mar —continuó Challenger portentosamente—. Consideren el experimento de las dos hendiduras y supongan que la acción que emite el electrón también activa una onda sobre la que el electrón se desliza como si hiciese surf. En cada momento determinado, el electrón sólo está en un lugar y pasa inequívocamente por una de las dos hendiduras. Sin embargo, la onda pasa a través de las dos y, por tanto, mientras el electrón sigue siendo guiado por la ola, su trayectoria se ve afectada por la existencia de la otra hendidura.

Desde luego no era la primera vez que las brillantes explicaciones del profesor me hacían sentir una gran admiración hacia él.

—¿Pero cómo explica el hecho de que al tratar de determinar la hendidura por la que pasa el electrón, algo que en definitiva es sólo una observación, se destruye el patrón de interferencia? —preguntó Summerlee.

—Creo que llevar a cabo esa medición aparta bruscamente al electrón de su onda, igual que tocar, aunque sea ligeramente, a un surfista de verdad puede hacer que pierda el equilibrio sobre su tabla.

Summerlee dio un trago a su cerveza, pero por la cara que puso pareció que estuviese bebiendo vinagre.

—¿Y qué hay de la aleatoriedad intrínseca al mundo de los átomos? —preguntó—. ¿De dónde surge esa inseguridad que impide que se puedan efectuar comprobaciones y predicciones exactas?

Challenger sonrió en señal de triunfo.

—¿Están ustedes familiarizados con el movimiento browniano, caballeros?

Ambos asentimos inclinando la cabeza y yo recordé que el agitado movimiento de las partículas de polvo, provocado por los aleatorios impactos con las más diminutas moléculas de aire, había convencido a mi tolerante esposa de la existencia real de los átomos, salvándole así la vida.

—Las partículas de polvo se mueven en el aire. Su patrón es una de las formas del azar que por las leyes de la estadística tienden a destruirse en largos períodos de tiempo. La posición de la partícula de polvo está bien definida en cualquier momento concreto, pero para medir su verdadera velocidad, por ejemplo, la velocidad de su caída debida a la fuerza de gravedad, se tienen que realizar dos mediciones bastante separadas en el tiempo, ya que, de otro modo, su agitado movimiento provocará que se produzca un notable error. Por otro lado, su posición no resulta bien definida en un breve lapso de tiempo: el agitado movimiento provoca que nunca esté parada dos veces en el mismo sitio. ¿No se asemeja extraordinariamente este hecho al problema de la determinación de la posición y el momento de un átomo?

Apelo a usted, Summerlee —dijo Challenger con un tono entre serio y suplicante—, ya que la aparente aleatoriedad a nivel atómico es una mera consecuencia de otro nivel aún más microscópico que ahora mismo no está al alcance de los instrumentos y aparatos actuales. Debido a las incesantes ondas que se forman sobre el mar guiador del que estoy hablando, se parece a la agitación que exhibe el océano abierto, excepto en sus raros momentos de calma.

Los dos hombres se miraron a los ojos, Challenger con aire victorioso y Summerlee sin expresión. Pensé que ese era un momento definitivo en la relación entre esas dos mentes privilegiadas. Las siguientes palabras que dijesen iban a convertirlos en enemigos para siempre o en camaradas que comparten un gran descubrimiento. Me puse de pie y exclamé:

—¡Felicidades, caballeros! Esta cuestión me ha estado desconcertando durante los últimos meses: ¿es realmente el Universo un mundo de partículas, como dice el profesor Summerlee o, por el contrario, funciona como una ola, tal como mantiene el profesor Challenger?

Ahora veo que ambos tienen razón. Los elementos fundamentales de la luz y la materia son partículas: fotones, electrones y todo eso. Sin embargo, todas se desplazan sobre olas guiadoras que determinan su destino, y esta sutil realidad podría no haber sido descubierta nunca si no llega a ser por la enconada rivalidad entre ustedes dos, que ha logrado que ambas teorías fuesen defendidas de la manera más vigorosa posible hasta que la verdad ha salido a la luz. Un honorable conflicto científico ha llevado a la revelación de los hechos. ¡Dense la mano por ello, caballeros!

Y, con alguna reticencia inicial, los dos hombres se estrecharon la mano. La alborotada clientela del pub, entendiendo simplemente que una vieja e intensa disputa se había resuelto amigablemente, empezó a vitorear ruidosamente.

 

 

 

Los tres subimos al mismo compartimiento del último tren nocturno con el que regresamos a Londres. Todavía estaba disfrutando de un intenso bienestar por haber sabido conciliar a esas dos personas cuando Summerlee dijo de repente:

—¡Ah, Challenger, creo que he descubierto la falacia de su argumento!

Gruñí interiormente, pero Challenger levantó la vista con una expresión de satisfacción.

—Pues bien, felicidades. Explíquenosla, por favor —murmuró.

—Debería haberme dado cuenta antes, pero nunca he visto en acción a un surfista —comentó Summerlee—. Permítanme que les aclare el asunto: en el caso de los fotones, se supone que su onda-guía viaja a la velocidad de la luz, ¿no es así? Entonces, por ejemplo, en el caso de un electrón que se mueve casi a la velocidad de la luz, ¿la onda tendría que viajar a esa misma velocidad?

Challenger asintió con la cabeza.

—Pero entonces eso implicaría que a veces tanto los fotones como los electrones viajan más rápido que la luz. Según su descripción se mueven zigzagueando por la parte delantera de la onda y, del mismo modo que un surfista que se desliza sobre una ola puede, probablemente, moverse en determinados momentos a una velocidad mucho mayor que la real, también el fotón o el electrón tienen que desplazarse a veces mucho más rápido que la luz.

—Igual que sucedía con el punto en el que se cruzan las hojas de un par de tijeras, que puede moverse mucho más rápido que las propias hojas cuando se cierran —exclamé recordando el caso del hombre de negocios más rápido. Los dos asintieron.

—Y así, de acuerdo con la teoría de la relatividad, desde el punto de vista de algunos observadores, la partícula tiene que ir hacia atrás en el tiempo, creando de ese modo una obvia paradoja —dijo Summerlee, aunque Challenger no pareció desconcertarse.

—Eso es verdad sólo en un cierto sentido —alegó—. Desde luego ya había advertido esa posible dificultad. Durante cierto tiempo, yo mismo me sentí inquietado por esa deducción, pero mi querido Summerlee, en realidad eso no es importante mientras no veamos nunca a la partícula moverse a una velocidad que, de tan rápida, resulte imposible. Utilizando el ejemplo del ballet del doctor Watson, puede deducirse que el movimiento imposible de los bailarines ha tenido lugar entre los destellos de la luz estroboscópica, pero nunca se puede comprobar directamente.

—Eso tiene el mismo sentido que el convencimiento que tiene un avestruz de que puede hacer desaparecer a un depredador escondiendo su cabeza en la arena —dijo Summerlee con desdén.

—Es más que eso, caballero —replicó Challenger moviendo la cabeza—. La cuestión es que, en realidad, las partículas que surfean nunca pueden transportar información más rápido que la luz. Son guiadas por las ondas, y no viceversa, y el simple hecho de examinar una partícula que surfea hace que ésta se aparte de su condición supraliminal. Así pues, aunque en un cierto sentido ilativo a veces se mueven más rápido que la luz, no se puede transmitir ninguna influencia o mensaje reales a través de ellas y, por tanto, no se produce ninguna paradoja.

Este razonamiento me resultó un tanto dudoso, pero Summerlee simplemente asintió con la cabeza y el resto de nuestro viaje transcurrió en un silencio asombrosamente apacible.

La paradoja de Einstein y otros misterios de la ciencia resueltos por Sherlock Holmes
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