8. El caso del anarquista energético
—LA verdad es que nunca me lo habría imaginado —exclamé—. Una aplicación de las matemáticas que resulta importante para la medicina, y además de una manera totalmente comprensible.
Levanté en el aire mi copia del Lancet y dije:
—Siempre ha sido un misterio, Holmes, el hecho de que una enfermedad presente durante mucho tiempo en un país, pero que causa únicamente unos cuantos casos cada año, pueda convertirse en quince días casi en una pandemia: una plaga que se extiende por todo el territorio como la pólvora hasta que en pocos meses todos los ciudadanos o bien mueren o se inmunizan.
Muchos doctores valientes han viajado hasta esos países en un vano intento de comprender el fenómeno, llegando a veces incluso a contagiarse y a morir. Pero ahora un especialista médico que reside aquí en Londres ha logrado la revelación clave.
Suponiendo, dice el doctor, que, por ejemplo, los humanos sean contagiados ocasionalmente por un elemento patógeno inherente a otras especies, podría haber aproximadamente unos diez casos de ese tipo cada año en un país concreto. Si la enfermedad tiene también un proceso de contagio por vía humana, la facilidad de que pase de persona a persona hace que entonces esos diez casos se multipliquen por un determinado factor. Por ejemplo, si la posibilidad de contagio es de 0.5, es decir, que cada persona contagiada tiene un cincuenta por ciento de probabilidades de infectar a otra persona antes de recuperarse o de morir, entonces cada caso de contagio tiene un cincuenta por ciento de probabilidades de desencadenar un nuevo caso, así como un veinticinco por ciento de posibilidades de desencadenar un tercer caso, y así sucesivamente. El factor multiplicador es dos y habrá un total de veinte casos al año.
Incluso si el contagio es de un 0.99, cualquier foco de contagio se extinguirá con bastante rapidez. Por cada caso inicial enfermarán un total de cien personas. Mil casos por año no es aún una cifra demasiado elevada, teniendo en cuenta que se trata de un país tropical.
Pero ahora supongamos que el elemento patógeno convierte la fracción más pequeña en más virulenta: digamos que el contagio llega a ser de un 1.01. Ahora, en lugar de tender a disminuir, cada foco de infección crece implacablemente. A su debido tiempo cada caso genera dos más, esos dos generan cuatro, y así sucesivamente. ¡Fíjese, una epidemia a escala bíblica!
Miré seriamente a mi colega y continué con mis explicaciones.
—He aquí una aplicación de las ciencias que es realmente importante, Holmes. Si me permite decirlo, es algo muy diferente de los pasatiempos de su hermano con la teología de la física. ¡Errores de millonésimas de segundo en el cálculo del tiempo! ¡Irregularidades con respecto a la distancia que sólo se hacen evidentes a velocidades mucho más altas de lo que el hombre puede esperar alcanzar algún día! La nueva física no es más que un juguete, Holmes: el descubrimiento de la relatividad hará que cualquier cosa práctica no valga ni cuatro peniques.
Holmes me miró. Nos estábamos recuperando de nuestros esfuerzos de la semana anterior leyendo ociosamente los periódicos del fin de semana: para mí diarios de medicina; para Holmes, la horrible y barata prensa sensacionalista de los domingos.
—Es una buena revelación, Watson. Me pregunto si un proceso similar podría explicar la expansión de rumores—. Golpeó suavemente la primera página del periódico que sostenía. El enorme titular LOS ANARQUISTAS PREPARADOS PARA LA HUELGA tenía como subtítulo: “¿Podría su mejor amigo pertenecer a una Sociedad Secreta?” Debajo había un dibujo de un hombre con un sombrero de copa, encendiendo una cerilla por encima de una bomba esférica, la típica que dibujan los caricaturistas, y con una horrible y maliciosa expresión.
—Por ejemplo, en este momento estamos sufriendo una plaga de anarquistas. No literalmente, desde luego, sino más bien una pandemia de historias sobre anarquistas, conspiraciones y todas esas cosas. Cada historia nace en la anterior exagerándola un poco más y, en poco tiempo, incluso la gente de una inteligencia respetable empiezan a creérselas, al menos en parte. Ayer recibí una carta solemne de Scotland Yard en la que me solicitaban que estuviese preparado para ayudar en esta posible crisis. ¿Y quiénes son los verdaderos anarquistas, si es que hoy día hay alguno? Probablemente un grupo de estudiantes que se divierten escribiendo cartas anónimas a los periódicos. Le digo Watson…
En ese momento, un tímido golpe en la puerta interrumpió su explicación. Levantamos la vista y vimos a un chico del telégrafo de pie junto a la puerta, que estaba abierta.
—Un telegrama para el señor Holmes, de Scotland Yard —dijo el muchacho con gran solemnidad.
Holmes agarró el telegrama.
—¡Y en domingo! —dijo mientras rasgaba el sobre—. El mundo debe estar a punto de acabarse, Watson.
Leyó el contenido, luego echó la cabeza hacia atrás y se rió. Le dio seis peniques al chico del telegrama.
—Gracias, joven.
Mientras el chico bajaba las escaleras, Holmes me pasó el telegrama y leí:
“ÚLTIMA NOTICIA ENVIADA AL TIMES POR UN ANÓNIMO STOP AMENAZA EXPLOTAR BOMBA DE POTENCIA EQUIVALENTE A CIEN MIL TONELADAS DE PÓLVORA EN EL CENTRO DE LONDRES MARTES STOP POR FAVOR ACONSEJE STOP ARNDALE.”
—Arndale es el hombre de servicio en Scotland Yard. ¡Ni tan siquiera Lestrade se creería esto! —dijo Holmes—. Y el autor de la carta es un ingenuo. Evidentemente espera que el Times del lunes imprima esa noticia, algo que, por supuesto, no sucederá, y así provocar un estado de pánico entre la población y hacer que la gente huya para refugiarse antes de la fecha límite del martes.
—¡Bien, espero que esté seguro de lo que dice! —añadí.
—Piénselo, Watson. Suponga que usted quisiera pasar de contrabando a Londres la máxima cantidad de explosivos de alta potencia. ¿Cómo lo haría?
Reflexioné sobre esa cuestión y contesté:
—Recuerdo la historia del Caballo de Troya, Holmes. Creo que llevaría un tren a una vía muerta y lo cargaría con explosivos de alta potencia. Luego me las arreglaría para sustituirlo por uno de los trenes legales que se dirigen hacia la estación terminal de Londres, quizás un tren de los que transportan leche a primera hora de la mañana. Nadie abre una lechera para ver si contiene leche o explosivos.
Holmes asintió.
—Bastante ingenioso, Watson. Pero su plan sería vulnerable y podría ser interceptado: un tren está demasiado a la merced de las señales y las obstrucciones de las vías. Además, como mucho conseguiría introducir pocos cientos de toneladas de explosivo.
Yo más bien elegiría un convoy de gabarras. Los remolcadores que diariamente arrastran de un extremo a otro del Támesis grandes grupos de gabarras atadas nos resultan tan familiares que prácticamente ni nos fijamos en ellos. Se podrían cargar unas mil toneladas. Y se podrían llevar hasta un lugar más céntrico que la estación terminal de trenes, incluso cerca del Parlamento si lo deseara. Podría considerar seriamente este posible plan, pero cien mil toneladas es algo absurdo. No voy a estropear mi domingo para divertir a un listillo.
Pensé en otra posibilidad y le pregunté:
—¿No es posible que exista algún tipo de explosivo que, a igual peso, sea mucho más potente que el algodón pólvora?
—No lo creo, Watson. El algodón pólvora es prácticamente la mejor sustancia de ese tipo que se conoce —argumentó—, pero para tranquilizarle, y para convencer a Scotland Yard de que me estoy ganando mi anticipo, consultaremos a un experto en química. Mi amigo Adams del Museo Británico me parece una buena opción.
A la mañana siguiente, nos dirigimos al museo y una vez allí fuimos conducidos al sótano, donde se hallaba el despacho particular en el que trabajaba el Dr. Adams. Sin embargo, quien nos recibió fue un ayudante.
—¿Es usted de la isla de Canvey? —preguntó el joven, que se había puesto algo nervioso al vemos.
Su cara mostró una cómica expresión cuando le dijimos que no lo éramos.
—Acabamos de recibir las noticias más extraordinarias —explicó—. Han oído hablar de nuestro famoso ídolo de uranio ¿verdad?
El ídolo estaba sobre un banco de trabajo. Obviamente nuestro compañero no estaba al corriente de nuestra participación en el descubrimiento de sus poderes.
—Esta mañana recibimos noticias de que en Devil's Point, en la isla Canvey, se había hallado una caja de embalaje que probablemente había sido arrastrada hasta allí por la marea. Las señas indicaban que procedía de Brasil. En su interior se encontró un ídolo que parece el gemelo de éste, con la excepción de que sus rasgos son más normales, y no cóncavos.
Estoy convencido de que si pudiéramos colocarlos juntos, se unirían formando una esfera sin que se notase en absoluto la juntura, demostrando que se fabricaron a la vez, o que uno fue usado como molde para el otro. Puesto que el ídolo original fue encontrado en África, podría ser uno de los descubrimientos arqueológicos más extraordinarios de nuestro tiempo.
Holmes asintió con la cabeza mientras reflexionaba. El joven prosiguió:
—Por desgracia, el profesor Adams no se encuentra aquí esta mañana pero, por propia iniciativa, estoy intentando que nos envíen la segunda cabeza.
—¿Y dónde está el señor Adams?
—Bueno, ésa es también una historia bastante extraña. ¿Sabía que los químicos de aquí estamos todos desconcertados por la energía aparentemente ilimitada que emite el ídolo, lenta pero constantemente? Esta mañana llegó una invitación del profesor Challenger, del Imperial College: creía que podía explicar el suceso. El doctor Adams fue a verlo inmediatamente. ¿Quiere dejar un mensaje para cuando regrese?
—No, gracias. Conocemos al profesor e iremos a verles a ambos al Imperial —contestó Holmes—.
Y dejamos al joven con todo su entusiasmo.
Cuando nos acercábamos al estudio del profesor Challenger, pudimos oír el estruendo de una discusión que procedía del interior, la voz alta y atildada de Summerlee contra la voz resonante de barítono de Challenger. Cuando llegamos a la puerta, la voz de Summerlee se oyó con claridad:
—El problema es, Challenger, que no puede distinguir la diferencia entre una cantidad ficticia, inventada para equilibrar una ecuación, y la realidad física. Algunas de sus ficticias hazañas superan incluso a las historias del infame Barón de Munchausen.
Se oyó un rugido de rabia emitido por Challenger y entonces Sherlock Holmes empujó rápidamente la puerta para abrirla. Challenger, Summerlee y Adams estaban dentro, sentados. Challenger nos indicó que nos acercáramos.
—Bienvenidos, señor Holmes, doctor Watson. No son los estudiantes que estaba esperando, pero, sin embargo, han llegado justo a tiempo para recibir alguna enseñanza gratuita.
Sin duda alguna recordará que la última vez que nos vimos le describí cómo podemos deducir, a partir de la teoría de la relatividad, que la energía de un objeto en movimiento crece exponencialmente a medida que nos acercamos a la velocidad de la luz. De hecho, esa teoría parte de la sencilla fórmula newtoniana que dice que es proporcional al cuadrado de la velocidad cuando ésta es baja, pero que las diferencias se vuelven significativas solamente cuando las velocidades son extremas. Del mismo modo, el momento se vuelve cada vez más grande a medida que nos acercamos a la velocidad de la luz. Summerlee y yo hemos estado discutiendo las consecuencias de estos hechos.
Yo no tenía ningún deseo de presenciar el resto de la discusión.
—Seguramente la disputa podría resolverse con una simple medición —dije.
Challenger movió la cabeza y añadió:
—No es en el cálculo cuantitativo en lo que no estamos de acuerdo, sino en algo más sutil: en la cuestión cualitativa de cómo interpretar los resultados.
Esta afirmación me sorprendió.
—Recuerdo de mis enseñanzas escolares que llegar a conseguir una comprensión cualitativa de la ciencia era bastante fácil. Calcular las cantidades era lo que te hacía la vida difícil —añadí encogiéndome de hombros ante el recuerdo del cálculo numérico y de álgebra.
Challenger aprovechó para sacar pecho.
—Ah, pero he aquí un tercer y más elevado nivel de comprensión científica en el cual la interpretación cualitativa resulta difícil, pero al mismo tiempo es de vital importancia —dijo. Normalmente, está claro que uno debe primero dominar las matemáticas, pero creo que puedo explicarles la cuestión de manera que, excepcionalmente, podrán alcanzar el tercer nivel de la verdadera ilustración sin demasiado esfuerzo. Lo explicaré tan claramente que todo resultará obvio hasta para alguien que no fuera muy listo.
Miró a Summerlee, pero se apresuró a continuar antes de que éste tuviera tiempo de replicarle.
—¿Cuál es la interpretación física del hecho de que se haga cada vez más difícil acelerar un objeto a medida que su velocidad se va acercando a la de la luz?
Un enfoque que Summerlee aprueba es asumir que, de alguna manera, la propia masa aumenta; por tanto, debemos añadir “una masa ficticia”, que es una función de la aparente energía del objeto o, en otras palabras, de la velocidad del observador.
Pero estoy intentando demostrarle —dijo golpeando el escritorio para darle énfasis a sus palabras— que no es una cuestión de ficciones. La energía del movimiento se manifiesta como masa, ya que la masa y la energía son en realidad la misma cosa.
—¡Tonterías! —gritó Summerlee.
Challenger no se alteró. Agarró una pequeña cajita de madera de aspecto normal que había a un lado de su mesa y que había pasado inadvertida.
—Aquí tengo un delicado artefacto que demostrará la cuestión —dijo—. ¿Le importaría examinarlo?
Y con gran solemnidad le pasó la caja a Summerlee.
Este último la inspeccionó atentamente y luego apretó la lengüeta de la cerradura para abrirla. La tapa salió disparada y un muñeco enganchado a un muelle saltó hacia fuera y le golpeó a Summerle en la nariz, dándole un buen susto. Challenger se inclinó hacia atrás en su silla y se rió a carcajadas como un niño.
—¡Sinceramente, Challenger, tiene que explicarme su comportamiento! —exclamó Summerlee bastante furioso.
—Ah, claro que sí. Usted, Summerlee, cree que es una vulgar caja de sorpresas, pero ese artefacto nos muestra algo mucho más profundo.
Levantó el objeto y añadió:
—Como ve, puedo volver a introducir el muñeco de dos maneras: o bien suelto y con el muelle desenrollado o con el muelle apretado debajo de la tapa, listo para saltar. Esta última es, por supuesto, la posición normal de funcionamiento.
Cerró la caja y siguió explicando:
—Ahora Summerlee, suponga que la caja permanece cerrada. Evidentemente puede calcular su masa y decirme con precisión cuánta energía se necesitará para acelerarla hasta una velocidad determinada.
—Ya lo creo —respondió Summerlee.
—Ahora bien, ¿hay alguna diferencia si el muelle interior está enrollado o suelto?
—Claro que no, el número de átomos que forma la caja es invariable y, por lo tanto, también lo es su masa.
—Entonces, mí querido Summerlee, éste es el artefacto más extraordinario de todos los artefactos: ¡una máquina de movimiento perpetuo!, ya que podemos enrollar el muelle, acelerar la caja casi hasta la velocidad de la luz y abrirla de manera que el monigote salte hacia delante.
Así pues, el mecanismo funcionará como antes, ya que todos los sistemas de movimiento son equivalentes. Sin embargo, puesto que los objetos que se mueven a una velocidad cercana a la de la luz adquieren muchísima energía, el muelle hará más presión y tendrá más fuerza que antes de acelerar la caja. ¡El muelle tendrá mayor presión que cuando lo habíamos introducido en la caja y, por tanto, conseguiremos un momento mayor!
Summerlee se quedó sin habla. Su boca se movió, pero no dijo nada.
—¿Cree usted en el movimiento perpetuo, Summerlee? —dijo Challenger señalando hacia un aparato que aparece representado en la página siguiente y que estaba en una estantería situada a un lado de la habitación—. Considero que es mi deber evaluar los inventos que me traen. Ocasionalmente aparece un aparato maravilloso, pero la mayoría no funcionan. La idea de este artilugio es que las bolas que están a la derecha tienen una mayor fuerza mecánica debido a que se encuentran más lejos del eje que las bolas situadas a la izquierda. Es lo mismo que cuando un niño hace trampas en un columpio de tabla. Mientras la rueda gira, las bolas se mueven de manera que las de la derecha se mantienen siempre alejadas del centro. Pero, desde luego, el aparato no realiza ningún trabajo: un análisis correcto muestra que todas las fuerzas están equilibradas.
Y he aquí un aparato destinado a romper la ley de la conservación del momento mediante la producción de una fuerza con reacción desigual y opuesta —dijo señalando hacia un artilugio constituido por un complejo soporte rotatorio que incluía varias aspas—. Se supone que, cuando está en funcionamiento, este artefacto ha de producir una fuerza de elevación. Se puede colocar sobre los platillos de una balanza y, puesto que éstos oscilan hacia arriba y hacia abajo a causa de la vibración, se puede imaginar que el peso medio es un poco menor que antes.
Una máquina de movimiento perpetuo
Cerca de aquí, en la esquina de Hyde Park, se puede encontrar bastante a menudo personas que proclaman que estos aparatos funcionan. ¿Le gustaría llevar una caja vacía y unirse a ellos, Summerlee? Hizo una pausa. Summerlee seguía sentado, inmóvil y en silencio.
—Aunque le puedo ofrecer una alternativa mejor. Se trata de que cuando el muelle está enrollado, se produce un aumento de la masa total de la caja de sorpresas. Aunque no se añade ni un solo átomo, la energía almacenada en el muelle se manifiesta como masa suplementaria y, por tanto, cuesta un poco más que antes acelerar la caja. Se debe ejercer más fuerza y añadir más tiempo. Eso significa que se realiza más trabajo y no hay ningún aparato de movimiento continuo que produzca más energía de la que se le haya suministrado. La energía tiene las mismas características que la masa inerte y, teniendo en cuenta la navaja de Occam, sugiero la deducción de que ambas son lo mismo, pero con formas diferentes.
Summerlee luchaba visiblemente consigo mismo.
—Quizás tenga usted razón, Challenger —dijo con voz ronca—, pero, ciertamente, creo que debería presentar alguna evidencia adicional para una cuestión tan excepcional como ésta.
Challenger sonrió alegremente.
—¡Antes hecho que dicho, mi querido Summerlee! —añadió indicando un artilugio situado sobre la repisa de la ventana.
Parecía otro aparato inservible: consistía en una pequeña rueda metálica de paletas metida dentro de una bombilla muy parecida a las eléctricas, de manera que ninguna corriente de aire o de agua pudiera llegar hasta ella.
—Gracias a las leyes de Maxwell sabemos que la radiación electromagnética ejerce una fuerza o presión —dijo Challenger— y, de hecho, es algo que se puede demostrar con la experimentación. En este momento, sobre cada lado de la rueda cae la misma proporción de luz solar y por eso no gira. Pero si acerco un cristal condensado, entonces…
Sostuvo una enorme lupa cerca de la ventana y ajustó su posición de manera que la luz del sol se concentrara en uno de los lados de la rueda de paletas. Ésta empezó a girar, al principio lentamente y luego cada vez a más velocidad.
—Vaya, es fantástico —comenté—. Un barco inmóvil por falta de viento en los Doldrums, cerca del ecuador, sólo necesitaría tener velas auxiliares fabricadas con material reflectante. ¡Si se colocan de manera que reciban los rayos del sol, el barco se moverá hacia delante desafiando la perversidad de los vientos!
La rueda de luz del sol
—Me temo que no —dijo Challenger sonriendo con entusiasmo—. En realidad, la fuerza es muy pequeña con respecto a los niveles habituales. Se puede apreciar con este artilugio porque dentro de la bombilla hay el vacío y, por lo tanto, no hay aire que frene e impida el movimiento de la rueda.
Se dirigió hacia una pizarra que estaba enfrente de la ventana y dibujó el diagrama reproducido en la siguiente página.
—Esto representa un tubo de metal sellado, que supondremos que está inmóvil en el espacio, lejos de la Tierra, donde ningún tipo de fuerza —ni viento, ni gravedad— actúa sobre él. Se mantendrá inmóvil, ¿verdad?
La fórmula extraordinaria
Todos asentimos.
—Bueno, en realidad, podría hacer parecer que se mueve —continuó—. Supongamos que contiene un objeto pesado que puede moverse libremente a lo largo del tubo; entonces, cuando el objeto se moviera a la derecha, el tubo lo haría ligeramente a la izquierda, pero, de hecho, el centro de la masa del sistema siempre se mantendría en la misma posición.
Ahora supongamos que, en uno de los extremos del artilugio, existe un dispositivo muy parecido a un faro de bicicleta, compuesto por una pila, una bombilla y un reflector.
Lo dibujó y continuó con su explicación:
—Si encendemos la lámpara momentáneamente se emitirá un haz de luz que recorrerá el tubo y será absorbido por el fieltro negro que se encuentra situado al final.
Debido a que la luz ejerce una presión, en el momento en que se emite el destello, el reflector será empujado ligeramente hacia la izquierda.
—Ah, pero se producirá una fuerza correspondiente hacia la derecha cuando la luz sea absorbida en el extremo del tubo —aclaró Summerlee.
—Sí, pero como la velocidad de la luz es finita, habrá una separación temporal entre las presiones hacia la derecha y hacia la izquierda y durante ese espacio de tiempo, el tubo se habrá movido ligeramente hacia la izquierda. El movimiento de la energía desde un extremo al otro del tubo imita el efecto de la masa en movimiento. ¡La energía pura tiene masa!
—Pero no hay duda de que usted sólo ha demostrado este fenómeno en el caso de la energía en forma de luz —dije.
—En absoluto. La energía necesaria para encender la bombilla podría producirse de muchas formas —reactivos químicos, una rueda de paletas, un muelle— y, en principio, la luz que llega al final del tubo se podría convertir en cualquier otra forma de energía, por ejemplo hirviendo agua para hacer funcionar una pequeña máquina de vapor. Por tanto, toda energía tiene masa equivalente.
Lo magnífico de este pensamiento-experimento es que se puede utilizar para calcular la proporción entre masa y energía: ¿cuántos jules de energía corresponden a un kilogramo de masa? La proporción del momento con respecto a la energía de un rayo de luz está bien establecida, tanto por las leyes de Maxwell como por la experimentación empírica. El momento es exactamente la energía dividida por la velocidad de la luz.
Dicho esto, se puso a escribir con rapidez en la pizarra.
—Utilizaremos la letra c para indicar la velocidad de la luz. Entonces, si la longitud del tubo es L, la luz estará en movimiento durante un período de tiempo igual a L dividido por c. Si la masa del tubo es M, se moverá a una velocidad igual al momento de la luz dividido por la masa del tubo. Así pues, si la energía de la pulsación de la luz es E, se moverá a una velocidad igual a E dividido por c, dividido por M.
Por consiguiente, se desplaza a una distancia d, determinada por…
Escribió la fórmula en la pizarra, pero yo sentí que empezaba a marearme.
—¡Me horroriza el álgebra! —grité.
—Ah, pero esto es la deducción más profunda y hermosa de toda la física, y quizás la más trascendental, como les mostraré a continuación. Estoy seguro de que me disculpará por esta vez, doctor. Bien, supongamos que quisiéramos mover el tubo esa misma distancia d desplazando la masa real m de un extremo al otro. La masa m sería M multiplicado por d dividido por L. Por consiguiente, podemos deducir que la masa es igual a la energía dividido por el cuadrado de la velocidad de la luz.
—Pero la velocidad de la luz es enorme —añadí—. Por tanto, la masa asociada a una determinada cantidad de energía será muy pequeña. ¡Seguro que esto es simplemente otro de esos aspectos teológicos sin ninguna importancia práctica!
—No podría estar más equivocado, doctor. Traslademos el factor c al cuadrado al otro extremo y miremos las cosas desde el punto de vista contrario.
Escribió la última línea de la pizarra y prosiguió:
—La energía equivalente a una masa determinada se obtiene multiplicando la masa por el cuadrado de la velocidad de la luz. E es igual a m multiplicado por c al cuadrado. Según esta fórmula, hay más energía en un kilogramo de agua, entre unos diez o diecisiete jules, que en todas las minas de carbón de Gales.
Summerlee dio un bufido.
—Y usted me estaba acusando de ser un comerciante del movimiento perpetuo. ¡Qué cosas, energía del agua! —se burló—. Incluso si tuviera razón, Challenger, en este momento nadie en la Tierra tiene ni la más mínima idea de cómo separar la materia para extraer la energía de la que, si le he entendido correctamente, usted afirma que está compuesta.
—No es así, Summerlee. Creo que uno de los aquí presentes ha sido, aunque él no lo sepa, el primer hombre que ha presenciado esa separación. Challenger señaló al doctor Adams, que durante algunos minutos había estado luchando consigo mismo para contenerse. En ese momento intervino:
—Tiene usted razón, profesor Challenger, estoy seguro de ello. Nunca imaginé que la solución a mi pequeño dilema sería tan profunda.
Luego se giró hacia nosotros y continuó:
—Ustedes saben que durante mucho tiempo me han inquietado y preocupado dos características distintas de ese misterioso ídolo. La primera era que parecía estar produciendo energía desde una fuente casi ilimitada, aunque lentamente. La segunda, que sus átomos de uranio estaban transmutándose en átomos de un elemento diferente cuya masa atómica era inferior. La masa parecía estar desapareciendo, aun teniendo en cuenta la masa de las extrañas partículas subatómicas que, durante ese proceso, eran emitidas hacia el exterior.
Ahora ambos misterios han sido explicados y han resultado ser uno. Obviamente —dijo con cautela—, una parte significativa de lo que siempre habíamos creído que era la masa de un núcleo atómico es, en realidad, energía comprimida —es decir, energía almacenada, como la del muelle que saltaba de la caja de sorpresas— en los enlaces que mantienen juntas las partes cargadas eléctricamente.
Cuando el núcleo se rompe, una partícula Alfa cargada positivamente se aleja a toda velocidad del núcleo, que está cargado positivamente, dejando atrás un núcleo más ligero. La energía comprimida se ha transformado en energía cinética de la partícula Alpha o, en lenguaje vulgar, la masa se ha convertido en energía. Caballero, es usted un genio.
Challenger sonrió alegremente: la modestia no era su punto fuerte.
—No solamente un genio, caballero, sino que soy el descubridor de fuerzas que transformarán el destino de la humanidad hasta convertirlo en algo irreconocible. Soy el descubridor de una fuente de energía ilimitada.
Adams no se mostró muy convencido.
—Me temo, caballero, que esa energía que en principio parece disponible todavía resultará difícil utilizarla en la práctica.
Todos le miramos.
—Sabe, profesor, la proporción real de descomposición del uranio del ídolo es muy pequeña y tendrían que pasar miles de años hasta que su masa se redujese a la mitad. Y eso a pesar de que el ídolo parece hecho de alguna clase de uranio que se descompone más deprisa que la sustancia que se extrae normalmente de las minas.
Hemos intentado tomar pequeñas muestras del ídolo y, en cuanto la muestra es extraída y alejada de la masa principal, el ritmo de descomposición de esa muestra decae. Además, cualquier proceso al que se someta posteriormente a dicha muestra —temperaturas extremas, fuertes ácidos, electricidad— no tiene ningún efecto apreciable sobre el ritmo de descomposición.
Me temo que parece que no hay manera de incrementar el ritmo hasta el punto en el que se podrían producir cantidades útiles de energía.
—Eso no resulta sorprendente —dijo Summerlee pensativamente—. Después de todo, las fuerzas que mantienen el núcleo unido deben ser excepcionalmente poderosas comparadas con los enlaces químicos corrientes. Intentar romperlas con calor es como intentar abrir una brecha en un barco con una cerbatana.
Challenger no daba muestras de estar desconcertado.
—Ah, pero tengo un arma cuya potencia es exactamente la que se necesita —añadió.
—¡Tonterías! —replicó Summerlee—. Necesitaría un poco de tiempo para calcular las energías exactas que se necesitan, pero estoy seguro de que…
—Son tan elevadas que solamente pueden ser proporcionadas por la explosión de un núcleo similar —dijo simplemente Challenger—. Del mismo modo que un ciclista que ha bajado pedaleando desde la cima de una colina ha adquirido la energía suficiente para subir otra de similar altura —por supuesto ignorando la fricción y la resistencia del aire—, así la partícula expulsada por un núcleo tiene exactamente la energía necesaria para entrar en otro.
En otras palabras, Summerlee, existe una especie de efecto contagioso. Si tenemos una masa de uranio lo suficientemente grande como para que la mayoría de las partículas emitidas choquen otros núcleos de uranio antes de que salgan de la masa, la proporción de la emisión de calor aumentará. Ese calor puede hervir el agua suficiente para hacer funcionar una turbina. La raza humana estará eternamente en deuda conmigo, caballeros, ya que…
Nos sonreía alegremente mostrando un orgullo desmesurado, pero, de repente, Holmes se levantó de su silla y lanzó un grito horrible. A continuación salió como un maníaco de la habitación.
Lo atrapé en Exhibition Street, adonde había llegado corriendo y haciendo señales a un cabriolé para que se detuviera. No hizo nada por esperarme, pero me las arreglé para subir al carruaje.
—Una guinea… no, cinco guineas, si nos lleva al Museo Británico en diez minutos. ¡Muchas vidas dependen de eso! —le gritó al asombrado cochero.
Afortunadamente, el hombre era espabilado. Arreó al caballo y casi enseguida estábamos cruzando el Serpentine a un considerable galope, convirtiéndonos así en una distracción para los apacibles excursionistas.
Miré hacia Holmes, que estaba rígido y con la mirada fija hacia delante. Por suerte, tengo algo de experiencia en tratar bloqueos mentales.
—Vamos, Holmes, dígame de qué se trata —dije con voz tranquilizadora.
Él me miró con las pupilas dilatadas.
—¿Sabe, Watson? ¡El factor de contagio! La mitad de la esfera del ídolo es lo suficientemente grande como para ocasionar una notable infección: una considerable proporción de las partículas que emiten los átomos que se descomponen, desencadenan aún más descomposición. Además, tal como nos acaba de explicar el doctor Adams, el material del ídolo no debería tener más actividad que la producida por la expulsión de pequeños fragmentos.
Cuando los dos ídolos se junten para formar una esfera, el factor de contagio aumentará y llegará a ser más de 1. Y entonces…
—¡Pandemia! —exclamé.
—Sí, Watson. La plaga se extiende: más átomos que se escinden, y luego más y más. Pero esta plaga no tiene un período de incubación de algunos días: se extenderá en un período de tiempo tan pequeño que ni siquiera puede ser calculado. En una fracción de segundo todos los átomos se habrán descompuesto. Una parte significativa de la masa original de la esfera se manifestará como energía. Con la fuerza de…
—¡Cientos de miles de toneladas de pólvora! —dije.
Mientras el horror me invadía, Holmes volvió a darle prisa al cochero. Miré lo que me rodeaba con otros ojos. En un momento, los grandes hoteles de la parte más alejada del parque podrían convertirse en fragmentos de ladrillo voladores y un colosal cráter de fuego y destrucción se extendería desde el Museo hasta Holborn. Las personas que llenaban los jardines y que se divertían indiferentes a todo estarían todas muertas o moribundas.
Apenas podía imaginarme un suceso de tales dimensiones. Las bajas de las grandes batallas de la historia no serían nada comparado con la carnicería que podía iniciarse en cualquier momento. No soy, creo, un hombre particularmente fantasioso o miedoso, pero estaba temblando de forma casi incontrolada cuando el cabriolé se paró delante del museo. Holmes no esperó a pagar al cochero, sino que corrió hacia dentro. Yo le seguí ignorando las maldiciones del hombre que se quedaba a mis espaldas.
En el sótano no había ni rastro del ídolo o del ayudante que habíamos visto con anterioridad. Otro hombre vestido de blanco se acercó a nosotros y nos dijo:
—¿Puedo ayudarles en algo?
—Sí. ¿Dónde está el ídolo, y el joven con el que hemos hablado esta mañana? ¡Es de vital importancia, caballero! —dijo Holmes en un tono autoritario.
—Los dos se han ido a Devil’s Point, en la isla Canvey. Mi colega estaba desesperado por poder demostrar su teoría de que los ídolos encajaban y se estaban retrasando en enviarnos hasta aquí el que habían encontrado en la playa. Así que tomó nuestro ídolo, debo añadir que sin permiso del director, y se marchó, no hace mucho, para tomar el tren que sale de Fenchurch Street.
Holmes no dijo una palabra más, sino que volvió a salir corriendo a la calle. Nuestro cochero estaba enzarzado en una acalorada discusión con un guarda del museo. Holmes le puso un puñado de libras de oro en la mano.
—Le volveré a dar esa misma cantidad si llegamos a Fenchurch Street antes de que salga el tren de las doce y diez.
El hombre miró el dinero y se subió al carruaje. Avanzamos por Euston Street y llegamos a Fenchurch Street justo cuando el silbato anunciaba la salida del tren. Ignorando los gritos del guarda, subimos a bordo del tren mientras ya empezaba a moverse.
Estábamos en uno de esos compartimientos que no tienen acceso al pasillo de conexión, así que no teníamos posibilidad de registrar otros vagones. Holmes miró su reloj y se mordió el labio.
—Si nuestra presa está en alguna parte de este tren, estamos salvados, Watson, ya que lo interceptaremos fácilmente. Pero, ¿qué pasará si tomó el tren anterior?
No tenía respuesta. Sin embargo, a medida que el tren avanzaba las dudas empezaron a asaltarme. Después de todo, la evidencia de la tontería esa de la relatividad era muy imprecisa. ¿No estarían mis compañeros sufriendo alguna forma más contagiosa de folie á deux, esa locura que afecta a dos personas a la vez uniéndolas en una ilusión común? O, por otro lado, ¿no podría incluso el profesor Challenger, sin duda un hombre poco responsable, estar tomándonos el pelo? Mi sentido de la urgencia comenzó a disminuir.
Fuimos casi los únicos que bajamos en el pequeño apeadero de la isla Canvey. No había señales del joven que habíamos conocido por la mañana. Holmes se dirigió al jefe de estación.
—¿Puede decirme dónde está Devil’s Point?
El hombre no respondió, simplemente extendió su brazo. Desde el andén del ferrocarril podíamos ver claramente el mar. Un gran banco de arena se extendía varios kilómetros a lo largo de la línea costera. Al final se podía ver cierta actividad. La distancia era tal que no parecía que hubiese ningún modo de advertirles del peligro.
—Vamos, Watson, puede que lleguemos a tiempo.
En ese momento se produjo un terrible destello de luz blanca, más brillante que el sol, que me cegó temporalmente. Avanzamos a tientas y encontramos apoyo cada uno en el brazo del otro; además, de no haber sido así, ambos nos habríamos caído al suelo a causa de la gran conmoción que nos invadió pocos segundos después.
Gradualmente fui recuperando la visión. A través de imágenes rojas pude ver una nube de humo que salía del mar. Lentamente se elevó hacia el cielo del atardecer y se mantuvo en las alturas gracias a una pequeña columna retorcida que la alimentaba desde abajo. En conjunto, la visión, que se parecía a un gigantesco hongo o a una seta, resultaba grotesca. A medida que la superficie del mar se hacía visible, nuestros incrédulos ojos pudieron contemplar que donde un minuto antes se hallaba situado Devil’s Point, ahora solamente había agua hirviendo. Ante nosotros, gigantescas olas rompían furiosamente en la playa. Por un momento pensé en un maremoto, pero las olas se paraban a la altura de la marca del nivel de la marea alta. Lentamente, la violencia disminuyó.
—¡Bueno, finalmente hemos encontrado su pata de elefante, Watson!
Miré a Holmes perplejo. Estábamos, la mañana siguiente, en nuestros aposentos de Baker Street leyendo las informaciones que aparecían en los periódicos en relación a los acontecimientos del día anterior. Las autoridades habían actuado con cautela para evitar el pánico entre la población. La historia que se ha difundido, que un barco cargado de municiones había encallado y explotado en Devil's Point, parecía no existir para Fleet Street, o al menos si algunos editores tenían dudas, habían sido lo suficientemente inteligentes como para guardárselas para ellos. No había mención alguna de anarquistas.
—He notado ya hace tiempo, doctor, que usted muestra un escepticismo admirable a la hora de aceptar todo lo que suena insólito e improbable. Por ejemplo, si hubiese un elefante en su salón, sólo aceptaría su presencia cuando le pisara el pie.
Se ha mostrado poco convencido en todo lo que se refiere a la nueva física, Watson, pero creo que ahora incluso usted debe reconocer que tenemos evidencias que no solamente confirman los razonamientos involucrados en ella, sino que demuestran que los nuevos descubrimientos tendrán implicaciones significativas.
—Todavía estoy luchando para adaptarme a todo esto, Holmes —suspiré—. Parece raro que de una pequeña anomalía de la física antigua surjan consecuencias tan extraordinarias, como que la velocidad de la luz es constante en todos los sistemas de referencia.
Holmes sonrió.
—Le he dicho a menudo, Watson, que la característica más singular de un caso —algún pequeño problema que las personas como Lestrade podrían sentirse tentados de pasar por alto— puede ser el aspecto o el detalle más importante y llegar a poner patas arriba una historia aparentemente sencilla. Ahora, en el gran mundo, una circunstancia aparentemente sencilla ha sido transfigurada de forma parecida: un nuevo hecho supuestamente inexplicable sale a la luz y, como consecuencia, todas nuestras ideas deben cambiar.
—Supongo que después de todo debe haber un lado positivo —dije—. ¿Cree que el sueño del profesor Challenger de la energía ilimitada podrá ahora materializarse?
—No en poco tiempo, Watson. Por una parte la estatua ha sido destruida y puede no ser tarea fácil encontrar o fabricar más piezas o muestras de ese tipo especial de uranio que constituía la estatua.
Además hay otro problema aún más fundamental. Usted se percató de que en el contexto de la epidemia, una pequeña modificación en la posibilidad de contagio puede convertir una enfermedad rara en una pandemia. Para liberar controladamente la energía del uranio habría que conseguir que la posibilidad de contagio, es decir, la probabilidad de que la desintegración de un átomo provocara la desintegración de otro, tuviese un valor muy cercano a 1. Algo así como cero coma nueve nueve nueve. ¡Qué cerca estaría entonces de provocar una explosión como la de ayer! No querría vivir cerca de un artilugio como ese. No hasta que los hombres hayan aprendido técnicas de ingeniería mucho más seguras que las de hoy día, técnicas que permitiesen que un proyecto de estas características pudiese ser ideado sensatamente.
Observé el ambiente cómodo y familiar de nuestros aposentos.
—Bueno, hablando de salud, Holmes, mi mente ha llegado al límite tratando de entender lo que realmente sucedió. Sinceramente, espero que, sea lo que sea lo que se nos presente en el futuro, esta nueva y extraña física haya agotado sus sorpresas y no me vea obligado a enfrentarme a nuevos asuntos estrafalarios.