Capítulo 48

48

Garoth Ursuul no se alegró de ver a su hijo. No había hecho llamar a Tenser y, a pesar de todas las precauciones que había tomado Neph Dada llevándolo enseguida a los aposentos privados de Garoth y arrancando mágicamente la lengua a los sirvientes que se había cruzado para que no corriese la voz, aquel castillo seguía teniendo demasiados ojos. Era muy probable que alguien hubiese visto llegar a Tenser. Sin duda los prisioneros de las Fauces lo habían visto partir.

A ojos de Garoth, existía una buena posibilidad de que Tenser acabase de destruir su utilidad. No le gustaba que sus hijos se tomaran libertades. Nadie tomaba decisiones por el rey dios.

Tenser vio el descontento en el rostro de Garoth y se apresuró a concluir su historia:

—Yo… Pensé que Logan sería un sacrificio perfecto para Khali, adorado sea por siempre su nombre, ahora que se acomoda en su nuevo hogar —dijo con voz temblorosa—. Y pensé que a estas alturas el barón Kirof ya debía de haber sido capturado…

—Eso pensaste, ¿eh? —dijo Garoth.

—¿No es así?

—El barón Kirof se precipitó al vacío desde un paso de montaña al intentar escapar —explicó Neph—. No pudo recuperarse su cuerpo.

Tenser boqueó como un pez mientras procuraba encajar la noticia.

—Tu veredicto de culpabilidad tendrá que seguir vigente —dijo Garoth—. No importa. De todas formas, estos cenarianos no han sabido apreciar mi magnanimidad. Que nos sirvan de lección para futuras conquistas. Tu utilidad, chico, toca a su fin. Los cenarianos no han sido apaciguados. Has fallado tu uurdthan.

—Santidad —dijo Tenser, hincándose de rodillas—, por favor, haré lo que sea. Usadme como os plazca. Os serviré de todo corazón. Lo juro. Haré lo que sea.

—Sí —corroboró Garoth—. Lo harás.

Por sí solo, Tenser no tenía nada de especial. A duras penas había sobrevivido a su adiestramiento. No era un hijo del alma de Garoth, y nunca lo sería. Nunca sería su heredero. Pero eso Tenser no lo sabía. Lo que era más importante, Moburu tampoco.

—Neph, ¿dónde está la reina virgen?

—Santidad —respondió el avejentado vürdmeister—, espera vuestro placer en la torre norte.

—Ah, sí. —Garoth no lo había olvidado, pero tampoco quería que Neph supiese cuánto lo intrigaba la chica.

—Podría enviar por ella de inmediato si os apetece sacrificarla —dijo Neph.

—Los dos formarían una bella ofrenda para Khali mientras se enseñorea de su nueva ras, ¿verdad? —preguntó Garoth. Pero no pensaba entregar a Jenine, y necesitaba a Tenser para distraer a Moburu—. Semilla mía, tengo… grandes esperanzas depositadas en ti —dijo—. La muerte del barón Kirof no fue culpa tuya, de modo que me complace ofrecerte una segunda oportunidad. Ve a ponerte presentable para que parezcas hijo mío, y después recoge al tal Logan de Gyre. No pienso dejar que escape ante mis narices por segunda vez. En breve te revelaré tu nuevo uurdthan.

En cuanto se cerró la puerta a espaldas de Tenser, Garoth se volvió hacia el vürdmeister Dada.

—Llévalo a las Fauces y haz que construya un ferali junto al de su hermano. Ayúdale y alaba su trabajo delante de Moburu. Pon de tu parte todo lo que haga falta. Y ahora haz pasar a Hu Patíbulo.

—No estoy segura de cómo va a funcionar esto —dijo la hermana Ariel. En el bosque reinaba ya una oscuridad total, salvo por la luz de su magia—. Si lo que he visto es correcto, debería resultarte especialmente fácil absorber esta variedad de magia. Acumula tanta como puedas.

—¿Y luego qué? —preguntó Kylar.

—Luego corres.

—¿Corro? Es lo más ridículo que he oído nunca. —«Hablas cuando deberías escuchar», repitió la voz del Lobo en su cabeza. Apretó los dientes—. Lo siento. Cuéntame más.

—No te cansarás… creo. No dejarás de pagar un precio por cualquier magia propia que uses, pero la que absorbas de mí no te costará ni mucho menos lo mismo —explicó la hermana Ariel—. Yo estoy lista, ¿y tú?

Kylar se encogió de hombros. La verdad era que se sentía más que listo. Notaba un hormigueo en los ojos parecido al que había experimentado la primera vez que enlazó el ka’kari. Volvió a frotárselos.

«Me estoy volviendo más poderoso». La idea fue una revelación. Había estado aprendiendo a controlar mejor su Talento durante su entrenamiento en los tejados, pero aquello era diferente. Era diferente, y lo había sentido antes.

Lo había sentido cada vez que había muerto. Con cada fallecimiento, su Talento se ampliaba, y algo estaba cambiando también en su vista. El pensamiento debería haberle causado euforia. En lugar de eso, sintió que los dedos fríos del pavor le acariciaban la espalda desnuda.

«Tiene que haber un coste. Tiene que haberlo». Por supuesto, ya le había costado a Elene. El recuerdo hizo rebrotar el dolor. Quizá los costes fueran meramente humanos.

El Lobo había hablado de que Durzo había cometido una blasfemia peor aun que aceptar dinero por morir. ¿Se habría suicidado? Sí. Kylar estaba seguro. ¿Había sido por pura curiosidad? ¿Por sed de poder? ¿O se había sentido atrapado? El suicidio era imposible.

Para un hombre tan infeliz, solitario y aislado como había sido Durzo, estar atado a la vida sin duda debió de resultar odioso. «Oh, maestro, lo siento mucho. No lo entendí». Y sin más, la herida en carne viva que era la muerte de Durzo se abrió de nuevo. El tiempo había hecho poco por sanar a Kylar. Ni siquiera saber que había librado a Durzo de una existencia que no deseaba era un consuelo. Kylar había asesinado a una leyenda, había asesinado al hombre que se lo había dado todo, y lo había hecho con odio en el corazón. Aunque Durzo lo considerase un sacrificio, él no lo había matado por piedad. Lo había asesinado por puro afán de venganza. Recordaba la bilis dulce de la furia, del odio por todas las pruebas a las que Durzo lo había sometido, la bilis que lo había saturado y le había dado fuerzas mientras se aferraba herido al techo de aquel túnel de chimenea.

Ahora Durzo estaba muerto de verdad, liberado de la prisión de su propia carne. Sin embargo, su desaparición dejaba soledad, dolor e injusticia. La recompensa de Durzo por siete siglos de aislamiento y servicio a una meta que él no entendía no debería haber sido la muerte. Debería haber sido la revelación del valor de esa meta. Debería haber sido una reunión y una comunión a la altura de setecientos años de aislamiento. Kylar empezaba apenas a comprender a su maestro, y ahora que quería arreglar las cosas, no había Durzo con quien arreglarlas. Lo habían cortado del tapiz de la vida de Kylar, dejando solo un feo agujero que nada podía llenar.

—No puedo sostener la carga entera de mi Talento durante todo el tiempo del mundo, joven —le recordó la hermana Ariel, con la frente perlada de sudor.

—Ay, sí —dijo Kylar.

Un foco de luz concentrada ardió en las manos de la hermana Ariel. Kylar metió dentro la mano y ordenó mentalmente al poder que fluyese a él.

No pasó nada.

Hizo aflorar el ka’kari hasta casi la piel de la palma de su mano. Siguió sin pasar nada.

Resultaba extrañamente embarazoso aparentar tanta ineptitud.

—Deja que pase, sin forzarlo —aconsejó la hermana Ariel.

Dejar que pasara. Eso lo cabreó. Era el típico consejo de sabiduría de pacotilla que daban los profesores. Tu cuerpo sabe qué hacer. Piensas demasiado. ¡Ya!

—¿Puedes mirar hacia otra parte un momento? —pidió.

—Ni hablar —respondió la hermana Ariel.

Kylar ya había absorbido energía mágica desde que llevaba el ka’kari como una segunda piel. Sabía que podía hacerse.

—No podré aguantar mucho más —avisó la maga.

Kylar hizo que el ka’kari formara una bola en su palma, la agarró y volvió la mano hacia abajo sobre el foco de magia de la hermana. Confiaba en haberlo hecho lo bastante rápido para que Ariel no lo viese. «¡Vamos, funciona, por favor!».

Ya que me lo pides con tanta educación

El joven parpadeó al oír eso. Después la magia acumulada se apagó titilando como una vela al viento. El desasosiego de Kylar apenas duró un instante. Allá donde la esfera metálica le tocaba la palma, se sentía como si sujetara un rayo, que entonces recorrió su cuerpo dejándolo paralizado y sin control, desoyendo sus deseos de apartarse —«¡apartapartaparta!»— para no acabar frito.

La hermana Ariel se alejó de él, pero el ka’kari se estiró entre los dos, chupando magia como una lamprea haría con la sangre.

Kylar sintió que se llenaba gloriosamente de magia, de poder, luz y vida. Distinguía las venas de sus manos y las nervaduras de las pocas hojas que quedaban sobre su cabeza. Veía retorcerse y agitarse la vida por todo el bosque. Veía la zorrera a través de la hierba, el nido del pájaro carpintero a través de la corteza del abeto. Sentía el beso de la luz de las estrellas sobre la piel. Podía oler a cien hombres diferentes del campamento rebelde y saber qué habían comido, cuánto habían trabajado, quién estaba enfermo y quién sano. Oía tanto que resultaba abrumador, apenas atinaba a distinguir las hebras. El viento hacía que las hojas entrechocasen como címbalos, sonaba un rugido que era la respiración de dos… no, tres grandes animales: él mismo, la hermana Ariel y otro. Las propias hojas respiraban. Oyó el pulso de un búho, el golpetazo ensordecedor de… una rodilla al chocar contra el suelo.

—¡Para! ¡Para! —exclamó la hermana Ariel. Estaba arrodillada en el suelo y todavía fluía magia desde ella.

Kylar retiró el ka’kari de un tirón y lo guardó en su cuerpo.

La hermana Ariel cayó, pero ni siquiera se fijó en ella. La luz… la magia… la vida… salían como centellas, como sangre, como una explosión de cada uno de los poros de su cuerpo. Era demasiado. Dolía. Cada latido de su corazón transportaba más poder por sus venas. Su cuerpo era demasiado pequeño.

—VEEETEEE —dijo la hermana Ariel. Hablaba con una lentitud ridícula. Esperó mientras los labios de la maga se movían y el susurro proseguía atronador—: SAAAALVAAA… —¿Salva? ¿Que salvara a quién? ¿Por qué no lo decía de una vez? ¿Por qué era todo tan lento, tan interminable y condenadamente lento? A duras penas podía mantenerse quieto. Sangraba luz. Le palpitaba la cabeza. Otra cámara de su corazón se contrajo mientras esperaba y esperaba—. AAAAAL…

«Salva al rey», completó su impaciencia. Tenía que salvar al rey. Tenía que salvar a Logan.

Antes de que la hermana Ariel hablase de nuevo, Kylar arrancó a correr.

¿Correr? No, correr era un término demasiado prosaico. Se movía al doble de velocidad que el hombre más rápido. Al triple.

Era un gozo incontaminado, un momento puro, pues no había nada salvo el momento. Esquivaba, retorcía el cuerpo y miraba al frente hasta donde alcanzaban a ver sus ojos resplandecientes.

Se movía tan rápido que el aire empezó a plantarle batalla. Sus pies no conseguían la tracción que necesitaban para propulsarlo más deprisa. Amenazaba con despegar de la tierra.

Entonces vio un campamento al frente, justo en mitad de su camino. Saltó y en verdad despegó de la tierra. Voló cien pasos, doscientos. Derecho contra un árbol.

Proyectó el ka’kari hacia delante y dio un latigazo con el cuerpo mientras atravesaba el tronco de un metro de grosor. La madera salió despedida en todas direcciones, pero él siguió adelante. Oyó a sus espaldas que el árbol crujía y empezaba a caer, pero ya se había alejado demasiado para oírlo aterrizar.

Corrió sin parar. Extendía el ka’kari ante él para cortar el viento, por detrás para que adhiriese sus pies al suelo y así poder correr más deprisa todavía.

La noche clareó, y Kylar siguió corriendo. Salió el sol, y siguió corriendo, devorando kilómetros incansable.

La hermana Ariel volvió a rastras al árbol al que había atado a Ulyssandra. Le llevó mucho tiempo, pero tenía que hacerlo. Si se quedaba dormida, no estaba segura de despertar. Al final llegó hasta Uly. La niña estaba despabilada, con los ojos enrojecidos y las mejillas surcadas de lágrimas. De modo que sabía que Kylar había despertado y que la hermana Ariel la había mantenido oculta, la había traicionado.

No había nada que Ariel pudiera decir. No había nada que ninguna de las dos pudiera hacer, en cualquier caso. La hermana había soltado a Vi y a Kylar como si fueran halcones de caza gemelos. Ya no podía llamarlos de vuelta. Si Uly seguía allí cuando Ariel despertase, llevaría a la niña a la Capilla. Sería un largo viaje, y quizá le diera algo de tiempo para pensar en lo que acababa de experimentar.

Por todos los dioses, el chico la había dejado seca y todavía tenía sitio para más. ¡A ella! ¡Una de las mujeres más poderosas de la Capilla! Era tan joven, tan despreocupado y terrorífico…

Necesitó toda su fuerza de voluntad para desamarrar a Uly. Tocar la magia era como beber alcohol estando de resaca. Sin embargo, en un momento lo tuvo hecho, y se derrumbó.