CAPÍTULO 7
5 de junio, 3:45 p.m., cara sur del monte Pirgos
Argios Minas no era más que un montón cuadrado de escombros encaramado a una atalaya que dominaba un panorama de barrancos tostados por el sol, del color del óxido. Igual que San Martín de la Sierra en España, a la que Bora fue muchas veces a sentarse y pensar, la capilla se alzaba como una solitaria verruga cristiana en el cuerpo pagano del país.
Buscando terrenos más elevados, Bora y Frances Allen pasaron junto a la capilla juntos pero separados, sin decir palabra. Los animales viajan en compañía de otros y comen o beben juntos de la misma manera, aparentemente sin comunicarse. Bora estaba molesto. Le irritaba que no llevase ropa interior, por principio. En Aragón, Remedios siempre iba desnuda bajo el vestido de algodón. La primera vez, cuando se puso en cuclillas detrás de la puerta en medio de un ardiente rayo de sol, había bastado con levantarle el dobladillo de la falda, extendido sobre las rodillas separadas, para ver. Bora no lo había olvidado nunca. Había sido más que mirar entre las piernas de una mujer, algo que de todas formas, a sus veintitrés años, no era ninguna novedad. Había sido la revelación de una gloria, el florecer de una epifanía más allá de las motas de polvo dorado que flotaban en círculos. Había entendido lo que son las diosas y que en ocasiones, sin razón aparente, se apiadan de los mortales y se manifiestan ante los hombres que después yacen con ellas. A cambio de un precio. Uno nunca piensa en el precio antes de hacerlo, ocupado como está en desabrocharse los pantalones o lo que se interponga entre su cuerpo y penetrar en ellas. En pleno acto, uno no piensa en absoluto; la mente arde, incandescente, hasta quedar incinerada; uno es todo músculos y huesos furiosos y humedad dichosa al final. Después, cuando uno está demasiado cansado y feliz como para pensar en el precio, se lo exigen.
Cuando pararon para rellenar las cantimploras, allí donde un hilillo de agua de montaña caía con tacañería en una palangana de piedra, los viajeros no se miraron ni intercambiaron comentarios y sus manos evitaron cuidadosamente el contacto.
Para Bora, era una forma natural de hacer las cosas, porque le molestaba que lo tocaran. Por educación y por costumbre, el contacto físico era para él un último recurso, necesariamente agresivo o sexual. Frances Allen no encajaba en ninguna de las dos categorías —las de objetos y personas a los que golpear o amar—, así que la evitaba rigurosamente. A decir verdad, de pequeño deseaba ardientemente el abrazo de su padrastro, algo impensable viniendo de un general prusiano. Seguía recordando con cariño el día y la hora de las dos ocasiones —la primera, cuando manifestó su decisión de seguir una carrera militar— en que su padrastro había estrechado brevemente la mano de Bora entre las suyas. Había una única excepción a las reglas que regulaban el contacto físico para Bora: en casa, su madre, Nina, a veces le abrazaba los hombros mientras él estaba sentado y apoyaba la mejilla en su cabeza. Ni agresivos ni sexuales, para él eran momentos de una alegría inexpresable.
Avanzaban lentamente, abofeteados por un viento de nordeste que Frances Allen llamó meltemi. ¿Sería el mismo viento griego del poema que había citado Heidegger? Bora se sentía como el viajero solitario y pendenciero. «Viaja lo suficiente y te convertirás en un vagabundo». La tarde ya estaba mediada cuando divisaron la mandra que les había indicado el anciano del olivar. A partir de ahora el calor tomaría un carácter distinto, perdiendo intensidad a medida que lo permitiese el ángulo cambiante del sol.
El perro de Kyriakos era enorme, tenía el pelaje áspero y estaba ciego de un ojo. La pupila sin vista era del color del té con leche, y ya se debiese a un golpe despiadado o no, provocó en Bora una sensación de incomodidad rayana en la tristeza. Llevaba un jirón de tela amarilla y un collar de púas del que colgaban pequeños espejos en torno al cuello. Estaba claro que lo habían dejado allí para que vigilase la choza de su amo. Estaba furioso, tiraba de la cuerda que lo sujetaba a un anillo junto a la entrada y evitaba eficazmente que entrasen los extraños. La estrecha cornisa rocosa frente a la cabaña y las pocas herramientas que había tiradas en el suelo indicaban que alguien la frecuentaba constantemente, así que el hombre debía de estar fuera con el rebaño. Ignorando el peligro, Bora se inclinó hacia delante para alcanzar una lata vacía de color rojo oscuro de la marca Fray Bentos que había en el suelo, justo donde terminaba la cadena del perro furioso. La olisqueó y volvió a tirarla al suelo.
—¡Kyriakos! —Ni los gritos repetidos de Frances Allen ni los ensordecedores ladridos surtieron efecto: nadie contestó ni salió a ver qué pasaba—. Este maldito chucho despertaría hasta a los muertos. Y ahora, ¿qué?
Bora estaba llenando un cuenco desconchado con agua para el perro. Lo empujó con un palo hasta dejarlo a su alcance y se alejó de la mandra mientras hacía señas a su compañera de que lo imitase. El animal se aplacó ligeramente. Mientras bebía, Bora examinó su mapa, que de poco iba a servirle en una zona que aparecía marcada como deshabitada.
—¿Está familiarizada con esta cara de la montaña?
—Escalé hasta un yacimiento cerca de Gonies, más arriba. No hay ningún pueblo, si es a lo que se refiere.
—¿Unas cuantas casas, tal vez? ¿Algún sitio donde podamos preguntar por el pastor de cabras?
Frances señaló una roca de cantos afilados, más arriba.
—Ahí, donde se estrecha hasta formar un cuello de botella. El pueblo no tiene nombre, pero los de la zona lo llaman mesa pharangi, «dentro de la garganta».
«Un sitio perfecto para servir de escondite a los refugiados —pensó Bora—. No merecería la pena que nuestro ejército escalase la montaña para dar con ellos, pero hasta ayer, como mucho, la lata de Fray Bentos contenía carne de ternera en conserva, de la Creforce. Kyriakos se ve con extranjeros, no cabe duda». Sus ojos volvieron al mapa. Krousonas estaba a cuarenta y cinco minutos de distancia por unos caminos tortuosos, a unos tres kilómetros a vuelo de pájaro. Mesa pharangi ya formaba parte del territorio de Satanas, pero no podían echarse atrás habiendo llegado tan lejos.
Unas treinta casas ruinosas se extendían en hileras a lo largo del pasaje salpicado de rocas, donde no llegaba el metelmi. Debido a los riscos que se levantaban uno frente a otro, a estas horas la mitad de la aldea dormitaba bajo el sol cegador y la otra mitad, a la sombra. Varios chuchos huesudos, prevenidos por el perro guardián de Kyriakos, trotaban de acá para allá anunciando a los visitantes. Unas cuantas mujeres vestidas de negro que estaban sentadas junto a los escalones de la entrada desaparecieron en sus casas, cerrando las puertas o corriendo las descoloridas cortinas tras de sí para ocultar el interior de las viviendas. Era incluso peor que en las montañas españolas, porque aquí las mujeres no te espiaban desde detrás de las persianas.
No se veía ni rastro de los hombres; ni siquiera niños o ancianos. Pronto los chuchos se esfumaron. Vaciados primero por la emigración y ahora por la guerra, no era probable que uno de estos pueblos agonizantes ocultase a los refugiados de fuera de la isla, ni siquiera de fuera de la región. Era posible que los rebeldes, los guerrilleros, los bandidos y los sphakiotes pasasen por allí, pero, a juicio de Bora, los ingleses preferirían los escarpados acantilados de más arriba. Por supuesto cabía la posibilidad de que Powell, al estar herido, hubiese evitado la carretera elevada para fugarse por el valle y buscar refugio en los impenetrables desfiladeros del sur o del mar de Libia. «No. No, está ahí fuera —Bora intentó convencerse a sí mismo—, y, sin saberlo, me está esperando». Frances Allen por fin mostraba signos de cansancio, por primera vez desde que habían salido. Se sentó sobre un muro bajo, se quitó las sandalias y volvió los calcetines del revés para deshacerse de los erizos, los guijarros y el polvo acumulados durante la subida. Bora, mientras tanto, recorrió la franja de tierra irregular que dividía la aldea en dos.
A derecha e izquierda, las puertas y todas las demás aberturas permanecían cerradas. Bora intuyó la hostilidad al pasar frente a ellas. Pequeñas, de tejados planos, sin duda herederas de las antiguas viviendas cretenses, las fachadas encaladas de las casas tenían puertas azules, azul oscuro o azul claro, de los mismos matices que aparecían en la tabla de tonalidades de ojos que había encontrado en casa de Villiger. Aunque hacía menos calor que antes, estaba acalorado. Tras haber pasado horas bajo el sol implacable, percibía el rugido de la sangre en sus oídos y tenía una sensación de aturdimiento, no del todo desagradable, como si estuviese a punto de desmayarse. De vez en cuando, los colores flotaban y se confundían ante sus ojos, mientras que cualquier movimiento rápido amenazaba con hacerle perder el equilibrio.
Bora caminó contando las puertas que lo observaban y que le decían que no. Las puertas y las ventanas cerradas, lo sabía bien, podían resultar inquietantes. En Trakhenen había una granja abandonada con varias buhardillas abiertas en el caballete del tejado que daba hacia la calle. Las buhardillas, como era habitual en la región, tenían unos aleros que se curvaban hacia arriba, como unas cejas fruncidas en un gesto adusto. De niño le daba miedo «la casa con ojos». Así que, con más razón, se obligaba a pasar frente a la granja abandonada, con el corazón en un puño. Una vez, cuando el sol de la tarde iluminó las pequeñas ventanas de un modo que les hizo parecer ojos que se abrían de repente, salió corriendo y no paró hasta llegar a la puerta de la finca familiar. Aunque pocas veces la cerraban con llave, aquella tarde lo estaba, y la escaló frenéticamente para alcanzar la seguridad del interior. Cuando la granja quedó misteriosamente reducida a cenizas dos o tres años más tarde, respiró aliviado, aunque no pudo evitar sentirse culpable. En el fondo, se imaginaba que su propio miedo y su propia voluntad habían provocado el incendio.
Las puertas de mesa pharangi le decían que no. A su derecha, en el piso superior de una casa que no se distinguía en nada de las demás, solo permanecía abierta una solitaria y estrecha ventana. Asomada a esta, había una chica blanca como el hueso.
El mentón estrecho, la nube de cabello pelirrojo, el escotado vestido de algodón: no había dos como ella en el mundo. De repente, Bora la reconoció a través del aire ardiente. No había dos como ella en el mundo, no había dos en el mundo como Remedios... «“Joven pastora, inmediaciones de Gonies”… Gonies está en alguna parte, no lejos de aquí. ¿Qué dijo Kostaridis? “Seguro que usted ya ha pensado qué le gustaría estar viendo cuando le llegue la hora”».
Llevaba el amor y el terror posados sobre los hombros como dos palomas.
En cuanto sus ojos se encontraron con los de la chica, Frances Allen se le acercó por la espalda. La muchacha pálida desapareció en la habitación y corrió una cortina azul frente a la ventana para dejarlo fuera.
«Se ha ido. Se ha ido». Bora tuvo que resistirse a una necesidad demencial de golpear a la americana por habérsele acercado. Pronto se le pasó el enfado, que lo abandonó como el dolor sangrante de una decepción amorosa. De haber estado solo, a pesar de sus órdenes y de la tarea desesperada que le habían encomendado, se habría tomado el tiempo de llamar a esa puerta y subir esas escaleras para asegurarse de que no era Remedios…, o de que lo era. «Porque cuando vuelva a mí, será porque me ha llegado la hora. Su rostro es, para mí, el rostro majestuoso de la muerte». Sobresaltada por su reacción, Frances dio un paso atrás, hasta quedar fuera de su alcance.
—Voy a preguntar por Kyriakos. ¿Quiere venir conmigo?
Bora se echó el agua que le quedaba en la cantimplora por la cabeza.
En todas las puertas a las que llamaron, o bien no recibieron respuesta del interior, o la respuesta fue una brusca negativa. Invariablemente, las voces de mujer parecían la de una anciana, como si la única mujer joven entre ellas fuese la pelirroja que había visto, o que había creído ver, Bora. «Jamás nos abriría la puerta mientras Frances Allen esté conmigo. Y más aún: mientras esté con alguien, podría entrar en su casa y encontrármela vacía».
Por fin una de las puertas se abrió. Una mujer muy anciana —que resultó ser tía abuela de Kyriakos, ya que esta era la aldea del pastor de cabras— los escrutó desde el interior en penumbra. Frances le explicó que Kyriakos no estaba en la mandra.
¿No? Bueno, debía haber ido a la montaña con sus cabras.
—¿Quién lo busca? ¿Qué quieren de él? Si se ha llevado al rebaño, volverá antes del anochecer. Si está solo, después del anochecer.
Apopse, «esta tarde». Bora conocía la palabra. Frances le informó con su concisión habitual. Incluso cuando salía a vender, Kyriakos pasaba la noche en casa.
—Dice que suele pasarse por su casa antes de bajar a la mandra, pero que no debemos reunirnos con él en mesa pharangi. Le dejará recado a su vecina de que le pida a Kyriakos que vaya a la cabaña que tiene su tía abuela no lejos de la mandra. Al atardecer, podremos ir con ella y esperarlo allí.
—¿Es de confianza?
—No me lo pregunte a mí.
Bora hizo un rápido cálculo mental. No tenía sentido ir a ninguna otra parte si Kyriakos era el que tenía la información. Ya eran casi las siete, los peligros que corrían no iban a ser mucho menores si decidían seguir vagabundeando hasta el anochecer.
—Dígale que lo haremos así. Solo tendremos que matar una hora o así hasta entonces.
El muro bajo en el que se había sentado Frances antes parecía no tener otra función que servir de banco. De unos seis metros de largo, discurría en paralelo a la calle, dividiéndola. Estaba más cerca de la hilera de viviendas opuesta a la casa en la que vivía la anciana. Tres vigorosas higueras se extendían sobre el muro, que era un lugar tan bueno como cualquier otro para pasar el rato. Bora se acercó al muro, se quitó la mochila, sacó su diario y empezó a actualizar la entrada del día. «Por fin —pensó con insolencia masculina—, a la americana empieza a resquebrajársele el esmalte. Puede que yo esté cansado, pero a ella se la ve hecha polvo y algo indispuesta. —Pero casi en seguida, se arrepintió de su falta de sensibilidad—. Dios, estoy perdiendo los modales. Después del calor y de la larga caminata, a los dos nos vendría bien un tentempié».
Sacó de entre sus provisiones una cantimplora de reserva en la que ya había disuelto una tableta para purificar agua. Espolvoreó el tibio contenido con algo de café soluble, lo endulzó y agitó bien. Llenó el tapón de metal y se lo dio a la mujer, mientras él bebía a sorbos directamente de la cantimplora. Frances Allen olisqueó la bebida, se mojó los labios con ella y la tiró inmediatamente con cara de asco.
«Adenda a la entrada del día. Soy oficial y caballero y no utilizo la palabra a la ligera, pero es una zorra, no cabe la menor duda. Los términos más moderados o eruditos no harían justicia a la falta de educación inconfundiblemente americana de mi compañera. Me pregunto cómo la domaría Sidheraki…, si es que lo consiguió. Puede que lo que dice Kostaridis no sean más que chismorreos —seguro que los griegos critican a los compatriotas que se casan con extranjeras— pero, por otra parte, me la imagino orientando la brújula hacia el bronceado semidiós que empuñaba el pico en la excavación. En cuanto a Andonis… Bueno, casarse con una americana es el sueño de muchos hombres europeos. Me pregunto si tendría pensado llevárselo a América a presentárselo a sus padres o si lo decepcionó al decidir establecerse en Creta. Kostaridis me describió su casa como poco más que una casucha de dos habitaciones con establo y seis subfusiles MAB italianos situada en los alrededores del yacimiento arqueológico más famoso de la isla, el palacio de Cnosos. Fue un “control rutinario”, según Kostaridis, pero si lo efectuaron soldados alemanes en compañía de la policía cretense, debió de ser porque esta nos había dado un soplo sobre las actividades políticas de Sidheraki. Para un ciudadano griego, el hallazgo significaría el pelotón de fusilamiento. Ella es americana, neutral e intocable —por ahora—; con más razón porque estaba fuera de casa, en Heraclión, cuando aterrizamos. Tanto las autoridades cretenses como las alemanas optaron por ser benévolas y creer que ignoraba la presencia de las armas. ¿Por qué? Un tío de Kostaridis, Nikolaos, zarpó con rumbo a Nueva York de la aldea cretense de Rapaniana hace unos treinta años. Después de decírmelo de pasada, negó que eso hubiese influido en su decisión de apoyar la inocencia de Frances. En cuanto a nosotros, no nos conviene irritar a Estados Unidos en estos momentos. Simplemente, tomo nota mental de que se utilizaron subfusiles MAB para disparar los cartuchos que mataron a los habitantes de Ampelokastro».
El ruido de las latas de comida al chocar con el suelo hizo que Bora levantase la vista del papel. Se dio la vuelta y se encontró a Frances Allen ocupada en registrar su mochila.
—¡Eh! ¿Qué hace?
Ella siguió rebuscando.
—¿Tiene una camiseta interior de sobra aquí dentro?
Bora le arrebató la mochila de las manos.
—¡Deje en paz mis cosas! ¿Qué mosca le ha picado?
—No me ha picado nada: lo que pasa es que me ha venido la regla, imbécil. Necesito algo para apañármelas. Estoy buscando una camiseta interior o cualquier cosa de algodón. Démela. Vamos, démela.
Bora no se movió.
—¿Por qué?
—¡Cielos! Lleva una alianza de boda, así que sabrá lo que es la regla, ¿no? ¿Tiene una jodida camiseta de sobra o no?
—Sí que tengo. —Le entregó la camiseta, enrollada hasta formar un pulcro cilindro.
—¿Tiene también un cordel?
—Solo unos cordones de repuesto para las botas.
—Servirán. Démelos.
Bora hizo lo que le pedía.
—Tome. No se moleste en darme las gracias.
—Luego. —Se puso a horcajadas sobre el muro y escaló un montón de rocas resecas hasta desaparecer entre dos casas—. Tengo prisa.
Bora volvió a ordenar con cuidado el contenido de su mochila. Dada la escasa privacidad de la que se disponía en el ejército, sentía un instinto de protección por las pocas pertenencias que llevaba consigo de vez en cuando. Los objetos parecían tener un tacto distinto ahora que se había entrometido otra persona. Volvió a colocar el diario encuadernado en arpillera, con las cartas y las fotografías de su familia dentro, al fondo de la mochila. Por supuesto que sabía lo que era la regla. Pero la privacidad envolvía las vidas de su esposa y de su madre en ciertas épocas del mes; una mirada o una palabra bastaban para excluir automáticamente a los hombres de esa clase de indisposiciones. Tardó casi dos minutos en darse cuenta de que cabía la posibilidad de que todo hubiese sido una excusa, de que su guía podía estar corriendo como una cabra montesa para escapar de él. Se apresuró a alcanzar la parte trasera de la casa, dispuesto a perseguirla. Cuando la vio en cuclillas a unos cuantos pasos, forcejeando con la compresa improvisada, dio marcha atrás. Dobló la esquina y esperó sin espiarla pero cerca, por si decidía poner pies en polvorosa.
Frances se lo encontró sentado en el muro bajo al volver.
—Me temo que la camiseta interior no le servirá de mucho cuando se la devuelva —le informó sin rodeos.
«Como si quisiera que me la devolviese después de haberla usado usted, vieja bruja». Bora no consiguió dar con una respuesta lo suficientemente hiriente, así que no dijo nada.
—Y ahora tomaré algo de café.
—No si piensa malgastarlo.
—No lo haré. —Esta vez bebió no uno, sino tres tapones—. Bueno, ¿qué quiere que diga? ¿Que le debo una?
Bora tuvo que morderse la lengua. Volvió a enroscar el tapón en la cantimplora y la guardó.
—Si le sirve de consuelo, señora, a mí tampoco me cae simpática.
Las palabras surtieron su efecto. Confirmar su aversión mutua resultaba útil, ya que solo se puede declarar una tregua después de acordar que se está en conflicto. Frances observó la mochila, a salvo entre las rodillas de Bora.
—He visto que tiene tabaco ahí dentro. —Se arrancó con los dientes una cutícula del dedo pulgar—. ¿Qué me costaría un paquete?
Bora sacó un paquete de diez y lo colocó sobre la superficie del muro, entre ambos.
—Son cigarrillos del ejército, y no soy sobornable.
—Y unas cerillas.
Le pasó su encendedor.
—Pero tendrá que devolvérmelo.
Se encendió un cigarrillo y, durante un rato, dio caladas lentas, mientras observaba la hilera de casas y las puertas cerradas del otro lado de la calle. Dándole en parte la espalda, Bora terminó de escribir la entrada, cerró el diario, le puso el capuchón a la pluma y volvió a guardarlo todo en la mochila.
—Es un hombre ordenado, ¿verdad?
—Muy ordenado.
—Y muy organizado, me apuesto lo que quiera. —Al hacer una mueca de desprecio, una red de finas arrugas se desplegó junto a los ángulos externos de sus ojos—. Por eso cree que encontrará a su hombre en tres días, entre los cientos que están decididos a eludir a su ejército.
Bora cerró la hebilla de la solapa de su mochila.
—Puede que no lo encuentre. Como suele decirse, se hace lo que se puede. Más vale que Dios esté de mi parte en esto.
A sus espaldas, donde la cornisa oeste se elevaba hasta perderse en las alturas, el sol empezaba a bajar lentamente en su arco. Ya rozaba el borde de piedra, de forma que solo las casas situadas al pie de la cumbre que tenían enfrente seguían bañadas por la luz anaranjada. Sobre el muro en el que estaban sentados y a todo lo ancho de la calle, se fue extendiendo una penumbra azul; las ramas entrelazadas de las higueras ya no proyectaban sombra. Igual que un paño que se encogiese, la luz del sol se retiró al umbral de la casa que tenían justo delante —donde vivía la tía abuela de Kyriakos— y empezó a avanzar lentamente fachada arriba. Bora estaba sentado relajado y con las piernas estiradas, pero tenía los hombros tensos, y la funda de la pistola, abierta.
—¿Está seguro? —Frances hablaba con un cigarrillo en la boca, tenía los gestos y la voz ronca propios de un una fumadora.
—¿De qué?
—De que Dios fuese siquiera a plantearse estar de su parte. Quiero decir, todo el mundo sabe que los suyos mataron a los habitantes de Ampelokastro.
Bora miró hacia delante, hacia el margen de luz solar que subía poco a poco por la fachada, rematando la pared encalada y la puerta azul a medida que pharangi se sumergía gradualmente en la sombra. «Su casa, más abajo, la casa de la chica pelirroja, hace tiempo que está en el lado de la noche. Es la propia noche. Es solo una muchacha pelirroja, una griega, pero si no hubiese tenido a otra mujer conmigo, si hubiese viajado solo, habría sido Remedios y yo habría estado perdido. Que me haya salvado la presencia de esta grosera compañera de viaje no es nada de lo que presumir».
—«Todo el mundo sabe» no son más que habladurías —señaló—. Con cinco personas muertas, yo busco pruebas.
Una vez más, aquella expresión de sarcasmo y aquella red de arrugas en torno a los ojos.
—Vaya, un humanitario.
—Todo menos eso, señora Sidheraki. Asistí con provecho a cuatro escuelas militares.
Dentro de las casas, las mujeres encendían fuegos para preparar la cena. El olor de las ramas y las hojas al arder se escapó de alguna parte, tal vez por las ventanas traseras o a través de algún resquicio, ya que no se veían chimeneas. En la nariz de Bora se impuso al olor acre del cigarrillo que tenía al lado. Poco a poco, el aire limpio se fue llenando de humo. Cuando lo atravesó el estallido de un disparo de rifle perdido en el campo, como una piedra al tirarla a un estanque, el sonido creó ondas y el eco describió anillos y círculos. Bora prestó atención y esperó. El mensaje de un tiro aislado puede interpretarse de muchas maneras, pero ya mate, falle o simplemente ahuyente, raras veces forma parte de una información completa y coherente. En términos musicales, equivale a una sola nota aguda que no permite aprenderse una melodía. Dos, por otra parte, o tres… Un segundo disparo, como un guijarro sonoro que se hundiese en un estanque más lejano, fue seguido por un tercero, más débil, que se solapó con su eco. «No son cazadores. Se hacen señales para llegar a distancias mayores, que no pueden cubrirse con la voz. ¿Quiénes? ¿Y por qué? Los que nos observaron desde las cumbres y se escondieron, el anciano de la camisa inmaculada en el olivar, los que fruncieron el ceño y dijeron no saber nada… Podría ser cualquiera de ellos. Hemos oído llamadas recurrentes y disparos de rifle… Las notas somos Allen y yo: ellos son el pentagrama».
Frances ignoró los disparos, como si hubiese nacido en la isla y estuviese acostumbrada a ver disparar armas por cualquier razón rutinaria. Se había quitado la visera y saboreaba lentamente cada calada que daba a los cigarrillos del ejército, mirando hacia arriba, a la maraña opaca de hojas de higuera.
—La mayoría de los extranjeros tienen una idea sesgada de cómo son Creta y los cretenses. —Reflexionó en voz alta—. Ven las aldeas de montaña desmoronadas, los pies descalzos, las pieles de oveja y algún borracho que otro dormitando al sol y olvidan que sus ancestros controlaban el Mediterráneo. —Igual que su actitud, su discurso también era pausado, lleno de vocales redondas, que indicaban más allá de toda duda que se había criado en el sur a pesar de su educación universitaria—. Cuando Ulises quería impresionar a su público, fingía ser un príncipe cretense. Las palabras que los amantes de los clásicos suelen identificar con Grecia, como «ciprés» o thalassa, el mar, en realidad son de origen cretense. —Miró a su compañero y sacudió la ceniza de la punta del cigarrillo, un gesto que a Bora le resultó masculino en ella—. Pero usted no lo entendería.
La luz del sol había quedado reducida a una cinta que ribeteaba el tejado, como si una marea azul estuviese a punto de inundar la casa del lado opuesto de la calle y las que tenía a ambos costados. En otra parte de la montaña, el día, ya avanzado, debía de ser radiante, y la vista, diáfana en la lejanía. Aquí la noche iba ganando ventaja. Bora siguió sentado, pero enderezó la espalda.
—Bueno, los alemanes no nos hemos olvidado de la grandeza de Creta, según parece, ya que seguimos considerándola una de nuestras patrias ancestrales.
—¡Ja! —Pellizcó la colilla entre el pulgar y el índice para poder apurarla hasta el final—. Por eso enviaron a ese Pilón de Villiger a la isla, con su infalible cámara y sus hipótesis descabelladas. No fue bien recibido, ¿lo sabía?
—¿En su grupo dominado por los británicos? No me extraña.
Frances dejó pasar algo de tiempo antes de contestar. Como si aplastase un insecto, apagó el pedazo de papel y tabaco consumidos sobre la superficie del muro. Con un gesto mecánico, empujó el fondo del paquete del color de la paja para sacar otro cigarrillo.
—Oh, el problema no era la política. —Parecía estar sopesando si debía sucumbir a un segundo cigarro o no—. John, es decir, Pendlebury, discutió con él por una cuestión de cronología, porque Villiger se empeñaba en utilizar el antiguo sistema de datación de Aberg, hoy día inaceptable. Villiger era un aficionado.
—¿Quiere decir un chapucero o un aficionado tipo Schliemann?
La pregunta sugería cierta familiaridad con su ámbito de estudio, que Frances decidió ignorar.
—No descubrió Troya, si es a eso a lo que se refiere. Sabía bastante sobre los objetos del minoico antiguo y los frescos del minoico medio. Pero tenía una tesis ya formada, más que una hipótesis, que se interponía en sus investigaciones. Así lo veía John. —Era interesante que llamase a Pendlebury por su nombre de pila. Bora tomó una de sus notas mentales—. Tuvieron un par de discusiones, después de las cuales el personaje en cuestión entendió que era persona non grata y no volvió a acercarse a nosotros. Cuando venía al Cnosos, reservaba su propia mesa y bebía solo, leyendo o tomando notas para no llamar tanto la atención. Pero de todas formas destacaba, ya que nuestro grupo —tanto los griegos como los extranjeros— siempre estaba de buen humor y hacía bastante ruido. John lo tenía amedrentado. Cuando los oficiales británicos llegaron de Suda el invierno pasado y nos invitaron a una ronda por un motivo u otro, salió arrastrándose de la habitación. Fue la última vez que lo vimos por el Cnosos. ¡Aunque, físicamente, algunos de los nuestros encajaban bien en su ideal nórdico!
—¿Por qué «Pilón» Villiger?
—Oh, bueno, yo lo llamaba Pilón porque me recordaba al amigo lerdo de Popeye, con su cuerpo grande y la cabeza pequeña. En nuestro grupo, se le quedó el apodo.
Bora asintió con la cabeza. «No sé por qué, pero me está hablando». Notó cómo el calor iba abandonando su cuerpo a medida que la temperatura a su alrededor empezaba a descender, una sensación a medio camino entre el placer y la incomodidad. Es así como las brasas que quedan en el horno deben irradiar el poco fuego que contienen. «Dudo que sea gratitud por la camiseta interior o por los cigarrillos que le he dado». A la sombra, la capa de cal de las fachadas de las casas se tornaba azul. No. El término correcto era «glauco», el color dominante bajo el agua. Mesa pharangi era una aldea sumergida, igual que los palacios a lo largo de la costa habían sido engullidos hacía milenios por el maremoto. «¿Será porque las mujeres se ponen difíciles antes de tener la regla y luego se tranquilizan? Hasta ahora no me ha dado más que información inútil, excepto el detalle de que Pendlebury tenía “amedrentado” a la víctima».
Dijo:
—Pero le prestó al menos un libro a Villiger. Vi su nombre en un libro de texto en su biblioteca.
—¿Ah, sí? No lo recuerdo. —Se metió un segundo cigarrillo en la boca y le pidió el encendedor flexionando a medias los dedos—. Gracias. Debió de ser antes de que John lo pusiese en su lugar.
Si la presionaba para que le diese más detalles, corría el riesgo de que volviese a callarse, así que Bora dejó que se terminase medio cigarrillo antes de volver a tocar el tema.
—Tengo entendido que se reunían en el Cnosos exclusivamente para beber. Pero no puede ser un secreto de estado hablar de arqueología frente a una copa de brandy. Por supuesto, su marido griego participaba con el resto.
—Andonis no es de los que beben.
—¿Y usted sí?
Desafiante, expulsó humo por los agujeros de la nariz.
—Podría beber más que usted, capitán.
—Le tomo la palabra, señora. —Bora no dejó ver que le divertía el comentario, ni mucho menos lo que estaba pensando. «No le recomendaría que lo intentase: después de mi estancia en Moscú, puedo tumbar a hombres el doble de grandes que ella».
—De todas formas, ¿de qué nos sirve hablar? Tanto John como Villiger están muertos.
—No tenemos confirmación de la muerte de Pendlebury, pero Villiger está definitivamente muerto. Al menos uno de los dos está más allá de toda crítica.
—Deben saber si han matado a John Pendlebury o no, tenía un ojo de cristal.
—¿En serio? No sabía que lo hubiésemos matado. No está entre nuestras competencias disparar a los investigadores que se ciñen a sus investigaciones.
Bora comprobó la hora en el reloj. Kyriakos llegaba tarde. Por lo visto, volvía sin su rebaño, lo cual quería decir que no llegaría hasta el anochecer. Pero si estaba en esta cara del monte, por lejos que se encontrase, debía de haber oído los disparos. Y era posible que decidiese no acercarse. «Es difícil ir al grano con ella. Intenta embaucarme con la esperanza de que no le hagamos daño a su marido; no me cree, ni mucho menos confía en mí».
—No soy ningún experto —decidió añadir—, pero me da la impresión de que los arqueólogos, estén iluminados por un fuego sagrado o no, son unas prima donnas competitivas.
Ella se encogió de hombros. Parecía que estaba habituada a trabajar mientras fumaba, porque tenía la costumbre de hablar sin sacarse el cigarro de la boca. Dijo:
—Si descubren un yacimiento o algo importante, naturalmente se niegan a compartirlo con nadie hasta que haya aparecido publicado con su nombre.
—Me fijé en que, en la Arqueología de Creta de Pendlebury, la mayoría de los precisos dibujos lineales son obra de colegas femeninas, a las que suele referirse como «señorita» o «señora». Independientemente, supongo, de sus títulos académicos.
—¿Importa eso?
—Solo pregunto. El rango importa en mi profesión. Y también me pregunto si esos dos, el suizo y el inglés, alguna vez fueron más allá de un mero desacuerdo intelectual.
Frances lo miró como si tuviese curiosidad por saber adónde quería llegar con todo esto.
—Villiger trabajaba para su «Sociedad de la Raza», es un hecho conocido. Ya le he dicho que no apreciábamos su compañía. ¿Lo considera ir más allá?
—No creo. Entre nosotros, ¿le importaría decirme cómo y cuándo se enteró de su muerte?
Oímos decir que su casa de campo había sido atacada y que todos los que estaban dentro habían sido asesinados.
—¿Oímos quiere decir usted y su marido?
Su desconfianza se convirtió en una mirada dura y seca.
—No va a conseguir que caiga en la trampa. Andonis se fue de casa el día que ustedes invadieron la isla. La noticia de los asesinatos llegó a la ciudad el domingo pasado.
—Pero por entonces usted ya estaba bajo custodia alemana, ¿no es así?
—Me arrestó ese chaquetero fascista, Kostaridis, y me entregó a su mando. Por desgracia, cualquiera que se interese por la arqueología debe dominar el alemán. Oí decir a dos de sus hombres —«no son mis hombres», comentó Bora— que unos paracaidistas habían matado a un ciudadano suizo en Ampelokastro y que seguramente habría repercusiones.
—¿Eso es lo que oyó?
—Como si no lo supiese.
De hecho, era una novedad para Bora. Para sondearla, cambió al alemán:
—En realidad, Villiger y sus criados fueron asesinados con armas italianas como las que se encontraron en su casa.
Ella contraatacó en el mismo idioma.
—Bueno, entonces tal vez los matasen los italianos.
«Es cierto que, en aquel momento, los italianos no dejaban de quejarse de que los hubieran asignado a Yerápetra, en la otra punta de la isla. Y puede que Sidheraki se fuese de casa, pero no abandonó su actividad: Kostaridis dice que aunque las armas eran nuevas, se habían utilizado antes cuando registraron su casa veinticuatro horas después del asesinato».
—Es poco probable, señora. Hablando de italianos, hay otro hombre al que tal vez conozca: un investigador llamado Pericles Savelli, que trabajaba en el museo de Rodas.
—¿Savelli? No. El único italiano que conocía, a pesar de su apellido, era el difunto profesor Halbherr. Los cretenses dicen que todavía se lo ve a lomos de su yegua negra azabache a mediodía.
—¿Así que eso dicen?
—Estoy segura de que usted tiene sus propias supersticiones. —Esta vez no apagó el cigarrillo. Echó a volar la colilla de un capirotazo—. Antes de que piense que condenamos al ostracismo a Pilón Villiger, recuerde que él nunca invitaba a los colegas a su casa, algo poco común entre los expatriados. En marzo, cuando John y yo decidimos pasarnos por allí sin avisar, sus jornaleros nos echaron a gritos sin permitir que pusiésemos ni un pie dentro de la puerta de la finca.
—¿Les echaron al perro guardián?
—No, no había ningún perro en los alrededores. Solo esos rufianes rubios. El turco de la colina de al lado fue mucho más hospitalario.
—Ah, Rifat Bey.
—Creo que ese era su nombre. Bueno, él tiene perros, pero los tiene atados. Bebimos vino y raki y nos enseñó unos interesantes hallazgos de superficie que había encontrado en su viñedo.
Bora asintió con la cabeza, pero estaba pensando: «que es más —o menos— de lo que nos enseñó a Kostaridis y a mí».
—Nos dijo que Pilón había cruzado varias veces el límite de la finca para hacer excavaciones en su ausencia y que cuando lo pilló con las manos en la masa abrió fuego para que dejase de hacerlo.
—Me lo creo.
—Creo que no lo tragaba.
—Pero recibió a dos extraños como ustedes en su casa.
—Bueno, no dentro de su casa. Nos sentamos bajo el enrejado de fuera. En la ciudad nos dijeron que no nos lo tomásemos a mal, ya que había dejado de recibir visitas al morir su esposa.
—Así que ya ve: hay motivos por los que un hombre puede preferir no invitar a nadie a su casa.
Se quedaron en silencio, y Frances estaba a punto de plantearse un tercer cigarrillo cuando la tía abuela de Kyriakos apareció en el umbral de su casita, como la bruja de un cuento. En el crepúsculo cada vez más oscuro, llamó a la americana con un gesto de la mano y Bora se acercó también. Les dijo cómo llegar a su casa a las afueras de mesa pharangi. Se reuniría con ellos allí en cuanto terminase sus tareas y hablase con su vecina.
—¿Están casados? —preguntó a Frances, que no se lo tradujo a Bora. Pero él entendió la palabra «primo» en su respuesta, y la expectativa tácita era que debían de ser parientes, aunque no demostrasen demasiada familiaridad.
A la cabaña de la anciana —ella la llamaba «kaliva»— se llegaba saliendo de la garganta por el extremo opuesto a aquel por el que habían entrado. Cuando pasaron frente a la casa donde había visto a la chica pelirroja, Bora no pudo evitar mirar hacia la ventana. «Sí, tengo mis propias supersticiones». Una vela, un candil o un pequeño fuego ardía en la planta de arriba; la cortina azul dejaba pasar la luz trémula, como un ojo vigilante. Todavía no había oscurecido por completo, así que la luz proveniente del interior de una casa no debía ser tan visible, pero lo era. Fuera de mesa pharangi, la tarde todavía estaba por caer. Una luminosidad difusa tornaba el aire transparente como el cristal. Allá donde todavía llegaban los rayos del sol, los amarillos adoptaban un tono sulfúreo y los verdes se volvían dorados. El pedazo de mar que estaba visible desde aquí temblaba como plomo fundido. El macizo más alto que se levantaba frente al Pirgos por el lado sur (el monte Voskero) ayudó a Bora a orientarse incluso mejor que su brújula. El nombre, dijo Allen, tenía que ver con las tierras de pastoreo. Si los topónimos no mentían, y si Kyriakos no había salido a vender carne, podría haber llevado a su rebaño a pastar al Voskero. Pero entonces ya habría regresado.
Más allá de una cadena de redondas colinas algo más abajo, justo al este, se encontraba Kamari, la aldea donde Savelli había dicho que vivía. Al norte de esta se alzaba Sphingokephalo, una isla entre un mar de viñedos, cuyos verdes ahora parecían grises debido a la sombra que proyectaba la montaña. La casa color ocre coronaba la cima, y justo debajo, en otro montículo, seguía reluciendo el queso blanco del monumento de las esfinges.
—¿Qué mira? —preguntó Frances Allen, y cuando Bora se lo dijo, le contestó con un desaire—. ¡Esa horterada de templo de imitación!
Tal vez. A pesar de la hostilidad del turco y del consejo de Kostaridis de que no lo hiciera, el día anterior Bora se había negado a marcharse de Sphingokephalo sin antes ir a visitar el monumento. A mediodía, la blancura del mármol iluminado por el sol lo convertía en un faro de luz blanca como la nieve, un pedazo de hielo o una nube que anidase en la cumbre de la colina. Las lagartijas subían en zigzag por la polvorienta ladera, de un arbusto ralo a otro. Bora recordó que, a primera vista, las cuatro mujeres con cuerpo de león, que apuntaban hacia los cuatro puntos cardinales, le habían parecido idénticas; pero sus caras mostraban una progresión que iba de la serenidad a la desolación. Custodiaban un sarcófago alto y sencillo bajo un techo circular. Se quedó unos minutos allí sentado, observando desde arriba la casa de Villiger. El corte que acababa de recibir cuando el disparo de Rifat Bey pasó rozándole la cabeza le escocía sobre la sien. Así que cogió con la punta del dedo una gota de sangre de la piel magullada y la dejó, a modo de firma, sobre el escalón de mármol. Esta noche, mientras el atardecer iba engullendo el paisaje, la película familiar e incompleta que terminaba con la muerte de Villiger se reproducía una y otra vez en su mente. En un fotograma congelado, Powell el fugitivo estaba escondido en la zanja y estiraba el cuello para espiar a la patrulla alemana; en otro, pasaban los paracaidistas, caminando arduamente y armados hasta los dientes; en un tercero, la tapia del jardín ocultaba de todas las miradas lo que ocurría una vez cruzaban la puerta de la finca. Bora recordó que, desde el mirador cercano a las esfinges, no había podido ver la ventana desde la que Kostaridis le había señalado por primera vez el monumento. Las palmeras del jardín parecían ocultar por completo Ampelokastro, pero, desde abajo, un hueco en el follaje permitía ver la colina de enfrente. «¿Una horterada de templo de imitación? Tal vez. Si lo rodeas caminando, en cualquier punto te observa al menos una de las esfinges, y todo el mundo sabe que la Esfinge formula unas preguntas imposibles: si fallas, mueres».
Ahora se le vino a la mente que los árboles y los arbustos no solo ocultaban la villa desde arriba, sino que también podrían, a la altura del suelo, haber ocultado a otros la patrulla que pasó por la finca. Entonces los hombres apostados en el jardín podrían entrar a matar. «Tal vez no haya respuestas equivocadas, solo preguntas incorrectas». Una piedra resbaladiza obligó a Bora a recuperar el equilibrio pisando una mata de mejorana o tomillo, no estaba seguro. Percibió el olor especiado de las hojas aplastadas. El atardecer agudizaba los olores, las sensaciones y la razón. La pendiente a este lado de la garganta era dificultosa; pronto Frances Allen y él tuvieron que mirar por dónde pisaban para no caer de cabeza.
La casucha de la anciana descansaba sobre un saliente al final de un sendero ruinoso de poco más de medio metro de ancho. Más bien parecía una caseta de perro de gran tamaño construida de piedras blancas sin pulir. Un almendro lleno de nudos, que hacía mucho que no daba flores, crecía junto a la choza, junto con el habitual monte bajo de arbustos espinosos, cardos y erizos. La mandra de Kyriakos no se veía, pero debía de estar más abajo, no muy lejos, ya que Bora reconoció la pendiente por la que habían subido al llegar.
—Espere aquí —le dijo a su compañera, y sacó la pistola de la funda. Se acercó a la puerta entornada, la empujó con la rodilla y miró hacia dentro. Solo cuando estuvo convencido de que no había nadie en el interior, se encorvó para no golpear el dintel con la cabeza y entró. Cuando volvió a salir, se encontró a Frances Allen sentada sobre una piedra plana junto a la entrada, con un cigarrillo entre los labios. Había dejado la bolsa de arpillera en el suelo y ahora le hacía señas de que le diese el encendedor.
Bora se lo alargó.
—Tome, pero que sea el último cigarro de la noche. No quiero que nadie nos huela antes de vernos.
—¿Alguna otra orden?
—Sí. Si tiene que retirarse, hágalo mientras haya luz.
Si Frances tenía un comentario irónico en la punta de la lengua, se contuvo. Le devolvió el mechero y se guardó el cigarrillo. Estaba a punto de echarse la bolsa al hombro cuando Bora intervino.
—Déjela aquí si no le importa. Coja lo que necesite, pero no se lleve el saco.
Molesta, sacó el papel higiénico y un puñado de tela blanca. Fue así como Bora se enteró de que había cortado en tiras su desafortunada camiseta interior. También quería decir que Frances tenía unas tijeras o una navaja. Ya se preocuparía por eso más tarde. Se sintió tentado de sugerirle que la sangre, incluida la sangre menstrual, podía atraer a los perros y que sería mejor que tirase las telas que hubiese terminado de utilizar. Pero pensó que sería demasiado. En vez de decirle nada, le entregó una cantimplora llena y una pastilla de jabón en su cuidada caja de baquelita.
Cuando volvió, tomaron una cena rápida. Después, mientras ella lo miraba atentamente, Bora enjuagó las latas de comida y volvió a guardarlas en la mochila junto con los tenedores que habían utilizado. Aplanaría las latas con una piedra y las enterraría por la mañana. Frances no se ofreció a ayudarle. Estaba sentada, rodeándose las rodillas con los brazos, y como Bora le había dado permiso para fumarse el último cigarro del día, parecía mejor dispuesta, aunque tal vez se debiese a que no podía verle el ceño fruncido ahora que estaba oscureciendo.
Bora aprovechó la oportunidad para empezar otra conversación.
—Entre nosotros, ¿cree que el doctor Villiger podría haber traficado con hallazgos arqueológicos?
—Si lo hacía, debería saberlo. Trabajaba para ustedes. ¿O de verdad cree que a lo que se dedicaba era a fotografiar a los campesinos?
—Si lo supiese, no se lo preguntaría.
—Ya le he dicho que el turco abrió fuego sobre él. Y que John se puso furioso cuando oyó decir que Pilón pagaba a los campesinos para que le llevasen objetos encontrados en recintos funerarios lejanos.
«Cualquiera de las dos circunstancias podría haber motivado que Villiger se sintiese inquieto, por no mencionar sus tres pasaportes y cualquier otra cosa que pudiera estar tramando en Creta. Volviendo la vista atrás, su tapadera como investigador y viajero me huele a los que llamamos kaltgestellt, agentes durmientes a la espera de que los pongan en activo. ¿Será mera coincidencia que estuviese “planeando un viaje”, como le dijo a Savelli, e informándose de posibles salidas por mar dos semanas antes de nuestra invasión? Si era un agente nuestro, tenía buenas razones para mantenerse alejado de los británicos. Si también trabajaba para los rojos, tenía buenas razones para mantenerse alejado de nosotros y de los rojos». Bora observó cómo un puñado de luces tenues se encendían, temblorosas, en los campos de debajo. Heraclión no era más que unos cuantos puntos desperdigados en la lejanía, un parpadeo entrevisto junto al mar invisible. Las fotos de artefactos antiguos que habían encontrado en el carrete confiscado a Savelli… Tal vez mereciese la pena enseñárselas a Frances Allen mañana. Se puso en cuclillas y sintió en los músculos el cansancio del día.
—Imagino que pueden encontrarse objetos de valor fáciles de transportar en yacimientos remotos como los que ha mencionado.
Frances tenía la espalda apoyada contra la jamba de piedra de la puerta.
—Si se refiere a objetos que uno pueda meterse fácilmente en el bolsillo, los más deseables son las joyas recubiertas de pan de oro y cosas por el estilo. Muchas se descubrieron en Mochlos, a bastante distancia de aquí, hacia el este. Del minoico antiguo en su mayoría, dos mil quinientos a dos mil doscientos años antes de Cristo. También las hachas dobles votivas de oro del tamaño de juguetes. Los platos de loza. Y los sellos de anillos, en ágata o hematita; algunos representan animales luchando o flores… Son muy codiciados por los museos y los coleccionistas privados. Pero de sellos hay que saber: es su antigüedad, y no los materiales semipreciosos, la que los hace valiosos. Los granjeros y los pastores —llámelos faltos de escrúpulos, ignorantes o, simplemente, necesitados de dinero— escarban en el patio trasero o en las tierras de pastoreo, abriendo agujeros o destrozando la mampostería para hacerse con ellos. Y también lo hacen por encargo. Es imposible enseñarles que un objeto sacado de su ubicación original pierde su valor documental, por no hablar de la demolición gratuita de estructuras antiguas. —A juzgar por las caladas frugales que reavivaban la punta del cigarrillo, se estaba esforzando por hacer que durase—. ¿Por eso fingió estar interesado en la antigüedad? ¿Porque quería saber más sobre Villiger?
—Por eso también. Pero dar por hecho que ser alemán equivale a ser corto de entendederas es… ¿Cómo dijo? Una idea sesgada. Mi abuelo animó a Arthur Evans cuando este estaba empezando su labor arqueológica en Cnosos.
—¿Que su abuelo animó a Evans? ¡Sí, claro! Se lo está inventando.
—No. Mi abuelo vivía en Chaniá en aquella época, lo conocía y tiempo después publicó los cuatro volúmenes de su Palacio de Minos en alemán. Todavía cuenta lo mucho que se enfadó Evans cuando su padre le dio una hermana a los setenta años de edad. De hecho, su hermana es solo un año mayor que mi madre.
—Todo eso puede haberlo leído en los libros.
—Excepto por los detalles familiares.
—Pero no cambia nada. Por mucho que se levante cuando me levanto yo y por muy buenos modales que tenga, la cultura no lo hace mejor persona.
—Perdóneme por decir, señora Sidheraki, que creo que sí.
«Monte Pirgos, pasadas las 8 p.m. Escribo esta última adenda mientras todavía puedo ver la página. El lugar en el que estamos esperando, y en el que puede que tengamos que pasar la noche, se lo ha apropiado la tía abuela de Kyriakos, pero —me lo ha dicho la señorita Allen, que se lo ha oído decir de primera mano a ella— antes pertenecía a la prostituta del pueblo. Porne es la palabra cortés en griego, aunque estoy seguro de que hay términos locales menos amables para referirse a la profesión. Se dice que ha subido a las montañas con los enghlesoi o que se ha marchado a la ciudad con los Yermanoi. Es comprensible: ¡no quedan hombres en mesa pharangi! La ventaja, según lo veo yo, es que en la choza hay unos jergones —decir colchones sería ser generoso— donde podrán dormir las mujeres. No quiero coger pulgas o algo peor, y además tengo intención de mantener vigilada la puerta, así que estoy sentado fuera. Si la vecina de la anciana le dice a Kyriakos que pase por aquí antes de volver a la mandra, seré el primero que lo oiga acercarse. Me apostaría algo a que hace mucho que conoce el camino hasta aquí, y que ha habido más de una refriega entre clientes frente a la puerta de la porne. ¿No nos peleamos Philip Walton y yo como perros por Remedios en aquel cementerio español? Así fue. Aquella reyerta, el motivo y el resultado, los recuerdo perfectamente. Pero con Preger, fue antes que me importasen las chicas».
Cuando la oscuridad se apoderó por igual de la ladera, las montañas y el valle, una agradable brisa empezó a soplar desde el interior. Todavía acalorado después del día, Bora pensó que ojalá pudiese quitarse la ropa para disfrutarla plenamente. Pero en vez de desnudarse, esperó allí sentado, vestido y alerta. Como había planeado, dejó que las mujeres durmieran en la casa, en una habitación interior sin ventanas, mientras él montaba guardia junto al umbral. La puerta estaba encajada, en cualquier momento podía entrar a ver cómo iban las cosas. En silencio, quitó las sandalias de donde esta las había dejado para disuadirla de intentar escabullirse.
Velar no le resultaba difícil. Unos cuantos intervalos de pocos minutos con los ojos cerrados era lo único que necesitaba para recuperarse del día. Los pastores, los guerreros y los viajeros habían montado guardia durante miles de años en lugares como este, tal vez en este mismo sitio. La luna creciente, a la que faltaban cuatro días para estar llena, ya estaba alta, y ahora se dejó ver entre la multitud de estrellas, mitigando la oscuridad. Según Frances Allen, el aire transparente y la blancura de la luna indicaban un cambio en el tiempo: se avecinaba lluvia. Si era verdad, no había ningún otro signo de ello. Más allá del paisaje apenas perceptible de las cumbres y los valles, una cadena montañosa irregular, más alta por el extremo sur, se elevaba en la distancia para separar el distrito de Heraclión del tercio este de la isla, que debían administrar los italianos. «Todo parece estar en paz, pero en cuanto ladren los perros del pueblo, tendremos que prepararnos para lo que baje por esa montaña. Podría ser Kyriakos o alguien completamente distinto». Bora no habría podido dormir ni aunque hubiese querido. Como siempre en torno a esta hora, se pasó la hoja de una maquinilla de afeitar por las mejillas y el mentón para mantener un rasurado perfecto. Eran gestos habituales que podía interrumpir en cualquier momento. La noche antes de su muerte, Villiger y los demás habitantes de Ampelokastro estaban tan inmersos en la rutina como él lo estaba ahora…, a no ser que la batalla de Creta, que se acercaba a su final, los mantuviese alerta y temerosos. ¿Quién sabía? Puede que por entonces, no lejos de la villa, los dos soldados británicos de los que habló Kostaridis yaciesen muertos y despojados de toda identificación, un recordatorio de que la guerra llega a todas partes. ¿Quién los mató? ¿Se oirían los disparos desde la casa? A no ser que los jornaleros, con órdenes de mantener alejados a los extraños… Es posible sorprender y someter a unos soldados perdidos y exhaustos. Sí, los jornaleros de Villiger o los matones de Rifat Bey pudieron haber tendido una emboscada a los dos británicos. O puede que fuesen víctimas adicionales de los cuñados de Siphronia, dispuestos a aprovecharse de la convulsa situación para saldar la deuda de honor con ella. Les dispararon a quemarropa y les robaron, al estilo cretense.
La pérdida del honor es un tema delicado, no solo para las mujeres y no solo en Creta. ¿O no había ido con Waldo Preger a ver donde se había ahorcado el pastor Wusteritz, al otro lado de las marismas y detrás de la «casa con ojos»? El suicida ya no colgaba de la soga, pero el taburete volcado que había utilizado y sus zapatos seguían estando allí. En el espacioso vacío de la fábrica abandonada, los chicos se sobresaltaron cuando una bandada de palomas echó a volar, buscando las ventanas sin cristales para escapar. «Es el demonio», había dicho supersticiosamente Preger, y Martin respondió: «Dios no dejaría que el demonio utilizase a las palomas». «Los dos nos equivocábamos aquella vez». Sentado junto a la choza de la porne, Bora no se quedó dormido; simplemente fue pasando de una imagen a la siguiente como suele hacer la mente, vagando tan lejos que a veces parecía que había salido del cuerpo. Si cerraba los ojos, ya no se imaginaba en Moscú; Moscú y Rusia estaban en el extremo opuesto del universo, parecía imposible que, Dios mediante, pronto fuese a cabalgar a través de sus fronteras con un ejército invasor. Se hallaba en Creta, donde el tiempo estaba detenido. «Esta isla es como una rueda en la que el tiempo da vueltas sobre sí mismo. Creta es una máquina del tiempo donde no dejan de revolverse los recuerdos, y en la que he caído por mi cuenta y riesgo».
Eran casi las tres por el reloj de Bora cuando oyó ladrar con nerviosismo a los perros de mesa pharangi. Entró en la cabaña para despertar a las mujeres. A pesar de la completa oscuridad que reinaba en la habitación interior, las diferenció por los distintos olores que despedían sus prendas sudorosas.
—Ya viene. —Se inclinó y susurró a la americana—. Prepárese y salga a la puerta.
Frances Allen salió de un sueño profundo y, mientras buscaba la puerta, se tropezó con la anciana, a la que le estaba diciendo algo en griego cuando Bora abandonó la choza. Si aguzaba el oído, desde arriba se oían los sonidos contenidos de alguien que intenta no hacer ruido pero que no consigue pasar completamente desapercibido: los guijarros entrechocaban y rodaban bajo sus pies. En silencio, Bora subió un corto trecho por el sendero hasta un punto en el que se había fijado antes, donde los arbustos le permitirían esperar a que pasase otro sin ser detectado. El truco no conseguiría engañar a los agresivos perros ovejeros; pero le daría un margen de maniobra.
No había perros, pero Kyriakos no estaba solo. Dos hombres avanzaban con cuidado a la tenue luz de las estrellas —la luna ya se había puesto, e incluso en el valle no parpadeaban más que un puñado de hogueras—, y solo cuando se acercaron, Bora se dio cuenta de que uno de ellos llevaba una escopeta. Ya fuera porque el cambio en su rutina hubiese despertado las sospechas del pastor de cabras o porque la vecina de la anciana lo hubiese puesto sobre aviso, había traído a alguien más. Pero también era posible que simplemente viajase con un amigo o un pariente suyo.
Bora esperó a que los hombres llegasen a la cabaña. Por las pocas palabras que intercambiaron, resultó evidente que Kyriakos y su tía abuela se reconocían. Encendieron un candil que arrojó un resplandor irregular sobre los que lo rodeaban. En el umbral, Frances Allen parecía una Gorgona, con el pelo crespo enredado después de dormir. Debía de estar preguntándose dónde se había metido su compañero de viaje, pero a Bora le convenía que no lo encontrasen con las demás. Aun así, para no parecer abiertamente hostil:
—Estoy aquí —dijo en voz alta y en inglés, mientras bajaba por el camino, dispuesto a unirse al grupo para que los hombres no creyeran que había intentado sorprenderlos desprevenidos por la espalda. Kyriakos era el que llevaba la escopeta. La empuñaba de forma que, en caso necesario, pudiese descargar el contenido de ambos cañones sobre Bora—. Ya sou —dijo Bora, en tono conciliador. El intercambio de miradas a la luz jaspeada del candil duró cuestión de segundos. Entonces Frances alzó la voz.
—Kyriakos dice que entremos todos. ¿Dónde están mis sandalias?
Una vez dentro de la casucha de dos habitaciones, al principio los cinco se sentaron en el suelo de tierra del cuarto delantero, que parecía ser la cocina, pero después de los preliminares, la anciana, medio adormilada, volvió a la alcoba interior para echarse. Kyriakos, como su perro guardián, estaba ciego de un ojo. Alto, cubierto de cicatrices y con la cabeza afeitada como un presidiario, no quitaba ojo a la americana ni dejaba de hacer las mismas preguntas —quiénes eran, qué querían, etcétera—, hasta el punto de que Bora empezó a pensar que debía de estar mentalmente incapacitado. El otro hombre, de unos veinte años de edad, podría fácilmente ser hijo de Kyriakos. Tenía la misma estatura y el mismo cráneo rapado. Esperaba sentado dócilmente en cuclillas sin abrir la boca, mirando hacia abajo como alguien que se siente avergonzado o no tiene la costumbre de estar con gente.
Alguien había fabricado el candil a partir de una lata en la que habían abierto agujeros. La luz moteada resultante convertía todas las caras en un juego de puntillismo impresionista. La escopeta descansaba sobre las rodillas de Kyriakos, en un ángulo que garantizaba que pudiese disparar en décimas de segundo y no fallar. Bora apartó la vista del arma. «Tendría que ser Pecos Bill para desenfundar antes que él. Pero tampoco quiero demostrar miedo teniendo la Browning preparada, así que tendré que soportar que me tenga apuntado, aunque esa escopeta podría abrirme un buen agujero en el cuerpo».
Mientras las preguntas las hiciese el pastor, los viajeros no tendrían la ventaja. Por fin, Frances Allen consiguió sacarle una o dos frases, pero no antes de que un billete griego cambiase de manos.
—Dice que no sabe dónde están los ingleses. No les vende carne a los ingleses. No vende carne y punto. Vende queso.
—Bueno, ¿y a quién vende queso, entonces?
Frances siguió engatusándolo.
—Dice que al que quiera comprárselo. —Frances Allen habló mientras forcejeaba con su blusa. Por lo visto, hasta ahora no se había dado cuenta de que se le habían desabrochado los botones y se le veía el escote. Bora había estado demasiado absorto como para darse cuenta, pero esa debía de ser la razón que Kyriakos la observase fijamente y babease y el chico mirase hacia abajo. La prueba fue que en cuanto se abotonó la blusa hasta el cuello, el pastor salió de su hechizo. Pero ahora que presumiblemente ya no estaba excitado, se mostraba alarmado. Obviamente, no confiaba en ninguno de los dos visitantes —en especial en dos frangoi, en especial en Bora—. Aceptó el dinero, pero no quiso darles ninguna información. Bora sospechaba que planeaba tenerlos allí hasta el amanecer, hasta que llegasen refuerzos o alguien les tendiese una trampa. Encontrar la forma de salir de este punto muerto no iba a ser fácil. «Niega tener trato con los ingleses, aunque la lata de comida del ejército británico que vi frente a su casa sugiere que está mintiendo. Pero no puedo emborracharlo y cegarle el ojo que le queda con una rama ardiendo, como hizo Ulises con el cíclope. Lo único que puedo hacer es inventarme mi propia historia». Se giró hacia la americana.
—Dígale que sabemos que les ha estado vendiendo a los ingleses y que los alemanes lo saben también. No pregunte, señora, limítese a decírselo.
La agitada y breve conversación consiguiente terminó con un resultado que Bora no esperaba.
—Dice que les ha estado vendiendo no a los ingleses, sino a los italianos.
«¿Italianos tan al norte? Es extraño, pero con los italianos nunca se sabe. Podrían ser tanto exploradores como desertores. Muy extraño, pero me apuesto diez contra una a que a ellos sí podré comprarles información».
—Espere —añadió Frances Allen a su traducción—. Kyriakos quiere saber cómo es que sabe lo que saben los alemanes.
—Dígale que era prisionero suyo y me escapé. Si nos lleva ante los italianos o nos dice cómo llegar hasta ellos, le daré otro billete y dos paquetes de tabaco.
—¿Dos paquetes? Con uno basta.
—Como prefiera.
La negociación fue rápida, pero no dio resultados concluyentes.
—Dice que se lo pensará y se lo dirá más tarde, cuando amanezca.
Fuese peligroso o no, no le quedó otra opción que esperar casi dos horas, durante las cuales Bora y Kyriakos no se quitaron ojo —la expresión venía como anillo al dedo en el caso del pastor—. Por fin, el chico se tumbó de costado y se quedó dormido. También Frances Allen empezó a dar cabezadas después de un rato, así que Bora le dijo que podía retirarse. Farfulló:
—De acuerdo. Despiérteme si me necesita o algo. —Y se acurrucó allí mismo, igual que el hijo de Kyriakos.
A Bora, por otra parte, no le resultó difícil mantenerse despierto teniendo en cuenta que podían pegarle un tiro en cualquier momento, tanto Kyriakos como alguien que entrase por sorpresa en la casa. No había ninguna garantía de que se enfrentasen a un simple pastor: era posible que Allen y él ya hubiesen entrado en la órbita de la partida de Satanas; quizás Satanas ya estuviese informado y viniese de camino, con o sin sus hermanos de armas británicos. Despierto pero incapaz de pensar con claridad, Bora no consiguió salir de su ensimismamiento más que para lamentar haber caído en una trampa. «¿En qué estaba pensando? Aquí vivía una prostituta. Todos los hombres de los alrededores conocen el camino a esta cabaña. He doblado tantas esquinas dentro del laberinto que no podría desandar mis pasos aunque quisiese. No hay ningún ovillo mágico que seguir hasta la salida». Si los perros empezaban a ladrar de nuevo en mesa pharangi o el perro guardián que estaba atado a la puerta de la mandra comenzaba a aullar, le avisarían de que se aproximaban extraños. Y lo mismo querría decir que los grillos y otros insectos que chirriaban afuera enmudecieran repentinamente. «Si me capturan, me maten o no, fracasaré en mi tarea. Y no volveré a ver Moscú ni entraré a caballo en Rusia. Habré desperdiciado mi guerra en este lugar dejado de la mano de Dios. No. No. Ojalá estuviese dejado de la mano de Dios: aquí hay dioses y espíritus; de lo contrario, no habría visto a Remedios asomada a la ventana».
Una hora transcurrió lentamente sin que pasase nada. «Tengo doce años —pensó Bora—, cuando el general Von Fritsch es nombrado jefe de nuestro Distrito Militar IV, Dresde. Tengo doce años y hace solo dos años un dólar americano valía 4,2 billones de marcos alemanes. Tengo doce años y lloro de alegría por dentro cuando por primera vez mi padrastro me llama “hijo” en público».
El tufo a almizcle de los cuerpos sin lavar, el aliento de los que dormían y un olor a mujer se estancaba en la cabaña; el cutí de la porne, amontonado contra la pared, desprendía un tufo más difícil de identificar, aunque uno podía imaginarse fácilmente su origen. El ojo sano de Kyriakos se mantenía inmóvil y sin parpadear, lo que llevó a Bora a suponer, después de un tiempo, que era capaz de dormir con los ojos abiertos, como los peces. Esperar sentado con las piernas cruzadas le daba dolor de espalda, pero no podía relajarse por miedo a quedarse dormido. En este ambiente, imágenes surrealistas y extrañas cruzaban por su mente, de senderos laberínticos, pozos sin fondo, del pastor de cabras y su perro guardián mutilándose y cegándose el uno al otro en un ataque de furia. «Tengo doce años, y oigo decir en casa que Herr Hitler va a arruinar la patria».
No se materializó ninguna amenaza exterior. La única distracción de la noche se produjo cuando la anciana se despertó en el cuarto de atrás, atravesó la habitación como un fantasma y salió al exterior, remangándose las faldas negras. En medio de los chirridos ahora escasos de los grillos, se oyó el chorro de orina poco más allá del umbral, y el profundo suspiro de la anciana.
Viernes, 6 de junio
Dios quiso que la portezuela que daba al este se tiñese del color de la madreperla. Ni Kapetanios Satanas, ni gritos furiosos, ni disparos, cercanos o lejanos. Dejando atrás a los tres durmientes y el candil casi consumido, Kyriakos se puso en pie, apoyó la escopeta contra la pared y salió de la cabaña precediendo a Bora. Una vez fuera, orinó resueltamente, refrescado por la brisa matutina mientras Bora, dolorido tras pasar tanto tiempo inmóvil, se encendía un cigarrillo. Fuerte y de gusto desagradable, era justo lo necesario para despertar a un hombre. Cuando Kyriakos se le acercó y le arrebató el paquete, Bora fingió resistirse, pero poco a poco fue soltando el sencillo envase de «mezcla de tabaco oriental y no oriental».
Incapaces de comunicarse, fumaron uno junto al otro bajo el almendro, Kyriakos acercándose el paquete del color de la paja al ojo bueno y Bora viendo cómo el triángulo lejano del mar empezaba a relucir como papel de aluminio. La cadena montañosa que tenían al este retrasaba el amanecer, pero el cielo a su alrededor estaba en llamas. ¿Cómo se les ocurriría a los poetas aquello de «la aurora de rosados dedos»? Si la aurora tenía manos, debían de estar ardiendo. En la luz cálida, la cara surcada de cicatrices de Kyriakos parecía brutal y, al mismo tiempo, desdichada. ¿No había sido un pastor de cabras el que había traicionado a Ulises a su retorno, al ponerse de parte de los pretendientes? ¿Y no había sido un fornido mendigo en el palacio el que se peleó con el héroe disfrazado por unos restos de comida? En el combate cuerpo a cuerpo, este hombre corpulento y aparentemente sosegado sería un adversario peligroso, incluso para Bora.
Minutos después, cuando oyó las voces de Frances Allen y de la anciana dentro de la choza, Bora sacó el compacto hornillo Esbit, poco más que un caballete invertido de metal que se abría por medio de unas bisagras y utilizaba tabletas de combustible para encender un buen fuego. Estaba removiendo el café soluble en el agua caliente cuando su despeinada compañera de viaje salió de la casa.
—Buenos días.
—Buenos días.
—¿Cómo está?
—Fatal. Mire, tengo que ir ya sabe adónde. ¿Me da las sandalias?
Bora le pasó una taza llena.
—Lo siento, pero no. Después, cuando termine.
Frances le arrebató la taza, bebió el contenido de un trago y rodeó la cabaña de puntillas, murmurando algo que a Bora le pareció «jodido Kraut». En cuanto a Kyriakos, estaba totalmente fascinado por las tabletas de combustible, pero se negó a tocar el brebaje alemán, tan diferente del café preparado al estilo griego. Mandó bajar a su hijo, que apenas acababa de despertar y aún estaba rascándose y desperezándose, a la mandra por el camino de cabras, seguramente para que trajese unos granos de café y diese de comer al perro guardián.
La escopeta estaba una vez más al costado del pastor cuando Frances Allen volvió de su breve aseo. Se encontró las sandalias junto al fuego y, antes de retomar sus labores de intérprete, se las abrochó, malhumorada.
Bora estaba impaciente.
—Dijo que me lo diría cuando amaneciese, y ya ha amanecido.
—Las cosas no funcionan así por aquí, capitán.
De hecho la conversación no fue a ninguna parte hasta que el joven trajo lo necesario para preparar café griego y el espeso líquido llenó unas tazas diminutas. Excepto Bora, bebieron todos, y Frances Allen empezó a traducir.
—Kyriakos dice que no sabe si es inglés o no. Cree que está huyendo de su ejército, «sea cual sea»; de lo contrario, no estaría buscando a los italianos. Pero le da igual. Le da igual lo que hagamos todos nosotros: ingleses, italianos, alemanes. Todos somos frangoi y nos marcharemos tarde o temprano. Dice que las cabras montesas seguirán viviendo en Creta mucho después de que se marchen todos los frangoi. Solo las montañas vivirán más tiempo que las cabras montesas en Creta.
Bora empezaba a exasperarse.
—Muy interesante su ontología, señora. Si no se cree que los alemanes me hayan dicho que comercia con los ingleses, dígale que vi una lata de comida inglesa cerca de su mandra ayer. Dígale que quiero encontrar a los que se la dieron.
—Dice que un soldado alemán le dio comida enlatada a cambio de su queso.
Era posible: habían vaciado los almacenes enemigos inmediatamente después de su llegada.
—Vaya, maldición. Volvemos al punto de partida. ¿Qué hay de los italianos con los que trata? ¿Cómo los encuentro?
Kyriakos escuchó la pregunta de Frances. En cuclillas junto a la pequeña hoguera, había mantenido una apariencia de pasividad rayana en la inercia durante toda la conversación. Pero cuando su hijo, que estaba de pie a sus espaldas, se inclinó hacia delante para coger el paquete de tabaco, en una reacción impredecible, se levantó de repente para darle un puñetazo en la cara al muchacho, tan fuerte que los nudillos le golpearon el pómulo con un crujido. El chico dio una vuelta y, alto como era, cayó de bruces al suelo.
Bora estaba sirviéndose otra taza de café. Escaldarse los dedos con el agua caliente y echar mano a la pistola fue todo uno. Con el brazo derecho extendido, se levantó de un salto en posición de tiro. Vio que al chico le salía espuma sangrienta de la boca donde estaba tumbado, entre el fuego y el almendro, pero que estaba vivo y empezaba a volver en sí.
—Dios, como vuelva a hacer algo así, abriré fuego sobre él.
La arruga que Frances Allen tenía entre las cejas se hizo más profunda, como un corte.
—No hará nada parecido. En este país uno no se interpone entre un padre y su hijo.
—Como vuelva a hacer algo así, abriré fuego sobre él.
Bora se guardó lentamente la Browning en la funda y Kyriakos hizo como si no hubiese visto la furia de Bora, o como si pudiera ignorarla sin peligro. Volvió a sentarse. Como una bolsa que hasta ahora hubiese estado llena de aire caliente y empezara a desinflarse, volvió a sumirse en el silencio como si no hubiera pasado nada. Pero su apatía ya no resultaba creíble, ni tampoco el autocontrol de Bora. Nadie dijo nada sobre el incidente. Más mortificado que herido, el corpulento muchacho se refugió a gatas bajo el árbol, donde la anciana le limpió la cara con el dobladillo de la falda.
—Es la última vez que me coge por sorpresa —advirtió Bora. Le había sorprendido su propia cólera, como si la frustración que sentía hacia su tarea, y hacia Waldo Preger, empezase a afectar a otras áreas de su vida—. ¿Esta bestia piensa decirme dónde están los italianos o voy a tener que pegarles un tiro a los tres?
Frances Allen lo miró fijamente.
—¿No me ha oído? ¡Consiga que me lo diga!
La americana no demostró más sorpresa que al ver a Kyriakos golpear a su hijo. Pero palideció bajo el bronceado.
Bora leyó lo que le pasaba por la mente y su vacilación, su miedo, lo pusieron furioso.
—Haga que me diga dónde están los italianos.
Frances escogió lentamente sus palabras, igual que acababa de andar de puntillas en torno a la choza.
—Se desplazan por la cara de la montaña que da al suroeste, pero acampan en un lugar llamado Meltemi.