CAPÍTULO 9

 

THEO Fleming tenía en aquellos momentos cosas muy graves en las que pensar.

Los dos vaqueros que le acompañaban se miraron entre sí mientras el encargado de la estación de caballos situada en el límite del desierto, hacía un expresivo gesto con las manos.

—Los encontraron tan calvos como una calabaza. ¡Esos apaches se llevaron sus cabelleras como trofeos!

Theo golpeó impaciente en el mostrador para activar el cambio de caballos.

Salió al exterior y contempló los tres animales de refresco que debían servirles para pasar a las tierras del otro lado del río Salt.

Los que habían traído de Midville estaban agotados y apenas hubieran podido recorrer un par de millas sin caer reventados.

—¿Ha oído lo que ha dicho ese hombre, señor Fleming?

Theo se volvió hacia sus hombres que acababan de reunirse con él en el patio.

—Sí, estaba ahí dentro con vosotros cuando lo contó. ¿Por qué?

—Al otro lado del río están los apaches —añadió el otro.

—¡Pero eso no hará cambiar nuestros planes! —decidió

Theo—. Nos pondremos en camino tan pronto estén listos los caballos.

Se acercó al mozo y le interrogó con impaciencia.

—¿Falta mucho?

—Un momento, patrón —objetó Jef—. Creo que debe pensarlo bien antes de vadear el Salt.

—Será mejor que nos volvamos a casa, señor Fleming —pidió Will, uniéndose a su compañero.

Theo Fleming se volvió hacia ellos.

—¿Qué pasa? —les increpó—. ¿Acaso tenéis miedo?

—Mi oficio es bregar con las reses, patrón, no con los apaches...

—Pienso igual que Jef. ¡Es una locura lanzamos los tres solos entre esas tribus! Sólo conseguiremos que nos quiten la cabellera.

Theo observó los caballos, dispuestos para la marcha y decidió no perder más tiempo con aquella discusión.

Tomó el que habían ensillado con su montura y subió de un salto a él.

—¡Quiero saber si vais a seguir conmigo. Pero decididlo pronto porque no puedo perder más tiempo aquí.

Jef y Will titubearon unos instantes antes de responder.

—Está bien, no es preciso que lo digáis. Pero creí que en el equipo no había lugar para los cobardes.

Los vaqueros desviaron la mirada de la de su patrón pero al fin pudo más en ellos la prudencia que el orgullo.

—Nunca me han gustado los apaches, señor Fleming —se justificó Jef.

—De acuerdo, muchachos... Prefiero ir solo que con un par de gallinas asustadas.

Theo sacudió las riendas del caballo y rozó los ijares con sus espuelas, perdiéndose en dirección al río Salt a través de las arenas del desierto.

En los dos días anteriores se había asegurado de que Darry Trawer no había pasado por ninguno de los pueblos que dejaban atrás y ahora estaba convencido de que le hallaría al otro lado del río Salt.

Desde la puerta de la estación de caballos, el encargado de la misma y sus dos vaqueros le siguieron con la vista mientras se alejaba en medio de una nube de polvo.

—Si yo fuera ustedes, amigos, me buscaría un nuevo patrón a quien servir. No creo que ese tipo vuelva nunca más por aquí...

El miedo a los apaches se había extendido como la peste por todo el territorio suroccidental de Arizona.

Aún se recordaban los estragos causados por los últimos levantamientos indios y las víctimas de la guerra entre blancos y apaches se contaban por millares.

El dueño de la cuadra de Haxpe miró con sorpresa a Darry Trawer.

Y éste tuvo que repetirle la orden para que la cumplimentara.

—Quiero que mi caballo esté ensillado a partir de ahora para usarlo en cualquier momento, ¿entendido?

—¿Piensa salir de Haxpe en estas condiciones? Las bandas de indios incontrolados están recorriendo el territorio...

—Ya lo sé —le interrumpió Darry—. Y quizás no me mueva de Haxpe. Pero quiero que mi caballo esté preparado en todo momento.

Sus palabras no admitían réplica y el dueño de la cuadra asintió sin más comentarios.

Darry dejó los establos y regresó hacia el hotel.

Había permanecido durante más de una hora con el sheriff de Haxpe quien le había hecho relatar su encuentro con Takis Gordon y la pareja durante el ataque que habían sufrido por parte de los apaches.

Sin embargo, Darry había tenido buen cuidado de no mencionar para nada el hecho de que se hallara siguiendo a Ralph Nensky desde que éste había salido de Nogales.

La noche había caído sobre Haxpe y sus calles, mal iluminadas, apenas se veían transitadas.

La llegada de los militares no era esperada hasta un par de días más tarde pero Darry no deseaba verse sorprendido por la súbita marcha del recluso de Nogales.

Decidió acortar el camino y se metió por la estrecha calleja cuya única iluminación procedía de la puerta, de una mísera taberna de estilo mexicano.

Pero al cruzar ante ella, algo le hizo detenerse.

Observó ahora con atención su interior, atraído, por el hombre que, de espaldas a la puerta, bromeaba con una de las chicas que servían las bebidas.

Darry le reconoció antes de verle el rostro.

Empujó los batientes y pasó al interior de la taberna donde su presencia fue acogida con miradas de curiosidad.

Una de las mexicanas salió a su encuentro pero Darry la evitó con una sonrisa para detenerse a espaldas de Budy Overstret.

—¿Se divierte, amigo? —le preguntó, preparándose para una reacción violenta por parte del pistolero.

Pero éste giró lentamente su cuerpo hasta quedar enfrentado a Darry Trawer.

—¿Qué le parece si seguimos la charla interrumpida en Globe? —propuso el abogado—. Aunque no veo a su amigo por aquí...

Budy supo advertir que detrás de aquel tono cortés se escondía una orden amenazadora.

—Parece ser su sino —siguió diciendo al rufián, echando un rápido vistazo a su cinturón—. En todas partes pierde el cuchillo...

Budy Overstret, en un gesto instintivo, llevó la mano a la funda vacía mientras su gran bigote temblaba con inquietud.

—No sé a lo que se refiere —comentó.

Darry cerró la mano sobre su brazo, y arrojando unas monedas sobre el mostrador, tiró de él hacia la calle.

Ya en ella, le preguntó:

—¿Qué anda buscando siempre tras Ralph Nensky? ¿Por qué mató a ese hombre en el hotel?

No tenía ningún indicio para formular aquella pregunta pero Darry se dio cuenta que su instinto no le había engañado.

El cuchillo que había causado la muerte a Takis Gordon era del mismo tipo que el que Budy había empleado para amenazar su vida en Globe.

—¡No se mueva! En Globe pudieron escapar, pero ahora no lo harán aquí.

—¡Espere un momento! Sí, yo maté a ese hombre —reconoció Budy hablando con prisa—. Pero no me entregues al sheriff...

Darry decidió aprovecharse de aquella predisposición.

—¿Por qué no voy a hacerlo? Además está el testimonio de la pelirroja —mintió.

Se sorprendió al escuchar la respuesta del rufián.

—Sí, ella me vio, pero no dirá nada... No lo hará por la cuenta que la tiene.

Darry se dijo que estaba al borde de descubrir lo que le obsesionaba desde hacía días.

—Esa chica se entendía con el tipo que maté. Ambos debían de estar de acuerdo para engañar a Ralph Nensky y aprovecharse de su...

—... de su dinero, ¿verdad?

Vio que Budy se sorprendía al saberle enterado del botín que les aguardaba en Midville, para convencerle añadió:

—Todos estamos interesados en los diez mil dólares que Ralph Nensky escondió hace diez años...

—Usted nos dijo en Globe que no sabía nada sobre Ralph Nensky —le recordó el pistolero—. ¿Es cierto?

Darry sonrió en medio de la noche, esforzándose por desempeñar bien su papel.

—Eso lo dije para engañarles. Pero trabajo por mi cuenta... Y persigo lo mismo que ustedes. ¡El dinero de Ralph Nensky!

Acentuó la presión del «Colt» en el estómago y Budy Overstret añadió con fingida ferocidad:

—Por eso voy a matarte ahora. Podría entregarle pero prefiero saberle muerto. ¡Tendré menos competencia a la hora de coger el dinero de Ralph Nensky!

—¡Espere un momento! Puedo ayudarle a conseguirlo fácilmente...

—¿Cómo? Me bastará con seguir a Ralph Nensky hasta que vaya al lugar donde ha estada guardado el dinero durante todo este tiempo... Y lo siento por usted, amigo.

—Ralph es un tipo listo y puede jugársela en cualquier momento —le advirtió Budy, tratando de salvar su vida—. ¿Qué hará si pierde su pista? Se quedará sin el dinero y habrá desperdiciado la mejor ocasión de su vida.

Darry se preguntó lo que tendría que ofrecerle Budy Overstret.

Decidió averiguarlo.

—¿Conoce algún medio mejor? —le preguntó—. Pero no intente engañarme porque le juro que le agujereo la barriga...

—¡No, no voy a hacerlo! —prometió Budy con nerviosismo—. ¿Recuerda lo que le dije de esa chica?

—Sí, siga —asintió el abogado sin apartar una sola pulgada el revólver del cuerpo de su prisionero.

—¡Ella sabe dónde tiene escondido el dinero Ralph Nensky! Estaba diciéndoselo al tipo que estaba con ella en la habitación...

Darry Trawer empezó a comprender.

—Bastará con que nos apoderemos de ella y la obliguemos a hablar. ¡Ralph Nensky no nos hace falta para nada! Y le juro que conozco mil formas de hacer hablar a esa chica.

Darry sabía que estaba jugando con fuego.

Aquel tipo era tan de fiar como una serpiente de cascabel y aprovecharía la primera oportunidad para enviarle al otro mundo al igual que había hecho con Takis Gordon.

A pesar de ello decidió seguir adelante en el juego que había escogido.

—Está bien —aceptó—. Voy a darle esa oportunidad. Pero no olvide que soy yo quien da las órdenes...