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Seis semanas más tarde, Fanny visitaba al juez Ehrenfels en Windhuk para anular su matrimonio.

El viaje a lo largo del Tsauchab lleno de agua le pareció un paseo después de todo lo que habían sufrido antes, pues siempre tenían suficiente para beber.

Por todas partes brotaban del suelo pequeños arbustos verdes, cuyos brotes tiernos y de hojas diminutas había comido Fanny con deleite. Además aparecieron de pronto ranas y peces en el agua, y por todas partes zumbaban los saltamontes, que, tostados, eran un bocado delicioso.

Ya no caminaban cada día hasta la extenuación absoluta, sino hasta que se cansaban. Y sin tener que temer a unos perseguidores, Fanny podía dormir bien. Cuando soñaba, lo hacía solo con Charlotte, que conversaba entre risas con el Niño Jesús de Reutberg, que estaba con vida.

Sin embargo, lo mejor de esa última parte de su viaje fue que ella y John estaban continuamente juntos. Siempre que se le pasaba a Fanny por la cabeza que estaba casada con Ludwig, ella se decía a sí misma que Ludwig había dilapidado todo derecho a considerarse su marido.

Solo la despedida de Zahaboo fue un trago amargo en esas semanas felices. Todavía lejos de Windhuk, Zahaboo se detuvo súbitamente y les comunicó que su sitio estaba en el desierto y que a partir de allí iban a proseguir el viaje sin ella John, Fanny y su hija.

Con ello dejó completamente desconcertada a Fanny. Cuando quiso saber cómo iba a aprender entonces más cosas sobre sus facultades mágicas sin su ayuda, Zahaboo le dirigió una breve sonrisa burlona, se quitó siete de sus brazaletes y se los tendió a Fanny.

–Tú, como mi John, tienes dos piernas diferentes, y por ello tienes que encontrar tu propia senda. Mi senda no puede ser la tuya. Pero mis antepasados y yo queremos decirte algo para esa senda tuya: sé cuidadosa con tu poder, no lo utilices nunca para causar daño a otros. Y te piden una cosa más. Suceda lo que suceda, dirige tu cara siempre hacia el sol, solo así caerán las sombras por detrás de ti. –Hizo una reverencia a John y a Fanny con la cabeza y se dio la vuelta en dirección al desierto sin decir ninguna palabra más, ni siquiera a su hijo.

Fanny se puso los brazaletes sin pensárselo un instante y observó a John, que miraba a su madre alejarse con aire melancólico. A ella le habría gustado saber qué estaba ocurriendo en ese momento en su interior. Entonces, él retiró la mirada de su madre, sonrió amorosamente a Fanny y suspiró hondo.

–Volveremos a verla, pero cuándo y dónde lo decidirá Zahaboo. He aprendido a aceptarlo sin enrabiarme, pero tardé mucho tiempo. Así que dirijamos nuestros rostros al sol. –Entonces rodeó con el brazo a Fanny y Lottchen y los tres siguieron su camino.

 

Llegaron a Windhuk en un estado de completo desaseo, y el juez Ehrenfels se quedó visiblemente estupefacto al encontrarse ante su puerta a Fanny con John y una niña negra, vestidos con harapos y apestando.

Solo Bismarck, el gordo perro carlino, se acordó inmediatamente de Fanny y se puso a dar saltos de entusiasmo alrededor de ella.

Cuando Fanny reveló al juez que ella era la hija de su Luise y que tenía que hablar urgentemente con él, este meneó la cabeza con gesto de incredulidad, pero les pidió no obstante que entraran en la casa.

Después de que los tres se hubieran bañado abundantemente y, sobre todo, después de vestirse con ropas nuevas, volvió a brillar el buen humor de Ehrenfels. Cuando cenaron juntos en la veranda a la luz de las velas, Fanny lo encontró de nuevo tan alegre como en los días previos a la boda de ella.

Fanny llevaba un viejo vestido de seda de su madre y se sentía ciertamente fresca y limpia, pero también encajada en una cinturita de avispa y un cuello cerrado hasta el cuello. Los brazaletes dorados de Zahaboo desentonaban en aquellas mangas estrechas en las muñecas y anchas en los hombros, con veinte botoncitos. Fanny había decidido, sin embargo, llevar puestos siempre los brazaletes. Echaba de menos sus abalorios, y la bola de cristal era demasiado pesada como para llevarla continuamente encima.

En el espejo de la casa del juez se vio la cara por primera vez en mucho tiempo, y se sorprendió de la transformación que había sufrido. La piel se le había puesto muy morena y en la frente, en la base de la nariz y en las comisuras de la boca tenía muchas pequeñas líneas. Además, había cambiado la expresión de sus ojos. Buscó una palabra para nombrarla. Mientras se miraba fijamente al espejo, pensó si a Charlotte también le habría llamado la atención, y si ella tendría un término para designar esa expresión en su rostro. Cuando poco a poco fue intuyendo de qué se trataba, no pudo menos que echarse a reír. No era de extrañar que no conociera ese término porque no lo había contemplado nunca antes en sus ojos. Era la pura felicidad, nada más que la felicidad, el brillo que tenía frente a ella.

–La fábrica de rumores está echando humo a todo tren –explicó el juez después de que se acabaran las últimas migas del pastel de calabaza con puré de mango–. Te tienen por una ramera peligrosa que ha asesinado a cuatro hombres en el desierto; otras veces te consideran una puta de negros descarriada, dependiendo de quién cuente la historia. Y antes de que sigamos hablando, quiero oír de ti toda la verdad. –Le hizo una señal con la mano, y ella se acordó de la conversación que habían mantenido con Ludwig–. Y esta vez, la verdad de verdad –añadió antes de recostarse en el asiento y de encender la pipa. A Fanny le habría gustado más preguntarle detalles sobre su madre, pero se dio cuenta de que si no revelaba su historia, él no contaría nada.

Cuando acabó su relato horas más tarde, John se había quedado dormido, pero el juez seguía todavía muy despierto. Nadie decía nada, solo se oía el viento que acariciaba la casa con suavidad, y los ronquidos del perro, que se había quedado frito sobre las rodillas del juez.

–Fue una persona muy desdichada, mi Luise. Tu madre. –Suspiró hondo–. Yo deseaba ayudarla, pero ella adoraba su dolor, era como si se castigara a sí misma y lo encontrara correcto.

–¿Por qué se casó usted con ella?

–Tutéame de una vez también; soy, por muy extraño que me suene, tu padrastro.

A Fanny le resultó difícil plegarse al deseo del juez, porque era un hombre que infundía respeto. Sin embargo, cuando se dio cuenta de que él le daba mucha importancia a esa cuestión, le hizo el favor.

–Bien, de acuerdo, ¿por qué te casaste con mi madre? –volvió a preguntar.

–Me enamoré de inmediato de ella. Fue aquel día, cuando Luise me confesó el asesinato de Pete Random; por eso no tuve el coraje de detenerla.

–¿Se refería usted...? ¿Te referías a eso cuando me dijiste que habías mentido ya muchas veces en tu vida, tú y también tu esposa?

El juez asintió con la cabeza.

–Si hubiera sabido que eras su hija... Bueno, Luise era entonces una persona muy sensible y estaba muy desesperada. Yo deseaba ayudarla y le pregunté si quería ser mi esposa, porque en ese caso no tenía que declarar oficialmente en su contra. Y ella me dio su sí, pero únicamente porque estaba muy cansada, podría decirse que cansada de la vida.

–¿La amaste?

–Con desmesura. –Una polilla sobrevoló la llama de una vela, se chamuscó ipso facto y llenó la habitación con el olor amargo de la ceniza.

Fanny miró el rostro orondo y gordo de su padrastro y trató de adivinar cómo había transcurrido el matrimonio entre los dos.

–Sin embargo, ella... ella no podía amarme, solo lo amaba a él, a Saherero... –El juez suspiró–. Siempre se disculpaba por ello. «¿Sabes?», decía ella, «no importa el tiempo que ese tronco de árbol esté en el agua porque nunca se convertirá en un cocodrilo». Por supuesto, yo conservé siempre mis esperanzas, día a día, año tras año, yo pensaba que algún día... Pero entonces la mató una cobra escupidora.

El corazón de Fanny se contrajo dolorosamente. Su madre había abandonado a su hija por el amor de su vida, había reunido el dinero para una manada de vacas y eso para no haber podido ser siquiera la esposa principal de Saherero. Entonces asistió al asesinato de él, ella misma se convirtió en asesina, y finalmente se casó con un hombre al que no podía amar, y murió demasiado joven por la mordedura de una serpiente venenosa.

Fanny pensó en la bola de cristal que estaba arriba, en su habitación, junto a Lottchen, y puso sus esperanzas en que la maldición de los abalorios estuviera conjurada de verdad para siempre.

–Franziska, seguramente tienes claro que no podéis quedaros aquí mucho tiempo. Es demasiado peligroso. Ludwig sigue estando fuera de sí, en toda Windhuk no se habla de otra cosa. No, lo digo mal, en toda África del Sudoeste Alemana no se habla más que de ti, del bastardo y de los sicarios desaparecidos.

Fanny no dijo nada durante un buen rato. Finalmente, el juez vació la pipa a golpes, lo cual despertó al perro.

–Voy a anular tu matrimonio con Ludwig. Por suerte, tus papeles eran falsos. –Puso una sonrisa burlona de oreja a oreja–. Nos la diste con queso a todos, así que lo más correcto es liberar a Ludwig de esas cadenas. Eso puede que lo tranquilice un poco. –Ehrenfels asintió con la cabeza como corroborando su propia propuesta–. Y hasta que todo vuelva a su cauce, podéis iros a Samoa; se rumorea que en breve será también oficialmente una colonia alemana.

–¿Samoa? ¿Dónde queda eso?

–En los mares del Sur, dicen que es un lugar paradisíaco. –El juez volvió a llenarse la pipa–. Pero yo, personalmente, ya no creo en paraísos, como mucho creo en una copa de vino y en una pipa como Dios manda –dijo con una sonrisa algo amarga–. Sea como sea, tengo un amigo en la isla que me debe todavía un favor. Propongo que os vayáis allí hasta que todo haya retornado a la normalidad. Además de adulterio y secuestro infantil, se os acusa a ti y a John del asesinato de cuatro hombres.

Fanny sabía que Ehrenfels tenía razón. John y ella debían cambiar de aires por algún tiempo, y ella esperaba que las cuatro lágrimas del sol fueran suficientes para pagar los gastos de ese viaje.

–Te lo agradezco, y pienso que John te dará también la razón porque nadie conoce a Ludwig mejor que él. Viajaremos lo más pronto posible hacia Samoa, aunque no hayamos cometido ningún delito punible.

Fanny respiró hondo para confirmar que ellos no eran asesinos, pero al mismo tiempo se confesó a sí misma que le habría gustado matar a Hermann, y recordó la nula compasión que sintió por los hombres que la riada arrastró consigo. Por ello, renunció a comentar esos detalles, espiró el aire, se relajó y se puso contenta de no tener que mentir a Ehrenfels.

–Nadie los ha asesinado –explicó ella–, todos fueron simplemente víctimas del desierto.

–Entonces todos se preguntarán con razón cómo pudisteis escapar del desierto vosotros, que ibais peor equipados que los sicarios.

–Magia –susurró Fanny. Se inclinó hacia John y le besó el pelo; a continuación, se irguió de nuevo y sonrió–. La magia y las lágrimas del sol, y...

–¿Las lágrimas del sol? –la interrumpió Ehrenfels con un tono de escepticismo total–. ¿Magia?

–Sí. –Fanny le dirigió un gesto de confirmación con la cabeza e hizo sonar ligeramente los brazaletes de Zahaboo–. Sí, fue la magia. –Volvió a sonreír y pensó en Zahaboo–. La magia y el aroma de la rosa del desierto nos guiaron.

El perro saltó del regazo del juez y se fue corriendo de allí.

–Magia, qué tontería... –El juez hizo un gesto negativo con la cabeza y apuró el resto del vino de su copa.

Fanny sacudió a John con suavidad hasta despertarlo, le besó, esta vez en la boca, y subió abrazada a él las escaleras hasta su habitación, en donde Lottchen hacía ya un buen rato que dormía como un tronco.