33
Los ánimos de Fanny se hundían con cada día, con cada hora que pasaba en aquel periplo. En los últimos ocho días, el sol había teñido prácticamente de blanco el vestido de color amarillo pálido, tenía fuertemente enrojecida la piel de la cara y de las manos, con ampollas. Los labios se le habían agrietado porque se pasaba la lengua continuamente por ellos para humedecerlos, lo cual empeoraba todo aún más. No había vuelto a bañarse desde el comienzo de su huida. Se sentía todavía horriblemente pegajosa desde el parto, y temía que pudiera enfermar como consecuencia de la falta de higiene.
Cada fibra de su cuerpo suspiraba por agua, y era un misterio para ella de dónde le venía todavía leche para su hija que, a pesar de las circunstancias, parecía encontrarse bien. Lloraba mucho menos que al comienzo de la huida y dormía mucho.
Durante una semana entera habían conseguido despistar a sus perseguidores, y les habían tomado la delantera, pero en los últimos días les habían recortado esa ventaja, al principio imperceptiblemente, luego con mayor claridad, y ahora los tenían pegados a los talones, justamente ahora que habían alcanzado por fin el cauce del río Tsauchab. El Tsauchab estaba absolutamente seco, y también la última aguada la habían encontrado sequísima.
Por ese motivo, Zahaboo insistió en realizar con Fanny un ritual de magia para atraer la lluvia. John discutió vivamente con su madre al respecto, pero ella le recordó que sin agua estaban perdidos, incluso si conseguían deshacerse de sus perseguidores.
A John le costó dar su brazo a torcer porque estaba convencido de que era más inteligente agrandar la ventaja respecto de sus perseguidores primero y ocuparse del problema del agua después, pero su madre permaneció inflexible.
Él ya no era la persona equilibrada de siempre, y Fanny podía contemplar cómo padecía los estragos del calor. Su rostro producía un efecto escuálido, y también él, pese a su piel de color castaño claro, tenía ampollas por todas partes y zonas enrojecidas e inflamadas. Solo Zahaboo parecía completamente inalterable y reposada, como si esa caminata por el desierto fuera un paseo y no la huida ante una amenaza de muerte.
Después de que John diera finalmente su aprobación, Fanny ascendió con Zahaboo una de aquellas gigantescas dunas de color rojo dorado y con forma de estrella. Esa subida consumió las últimas fuerzas de Fanny.
Cuando finalmente llegaron arriba sin aliento y con todo el cuerpo temblándoles, Fanny tragó saliva con dificultad ante el panorama infinito de todas aquellas dunas de arena de brillo cobrizo. Estaban rodeados, atrapados en un mar de arena roja. Pero no solo esto. También divisó desde allá arriba a los perseguidores que venían avanzando desde atrás, y el cauce reseco del Tsauchab frente a ellas, que en la época de lluvias debía llevar al menos algo de agua. Serpenteaba por entre las dunas cobrizas del desierto, escamoso y seco como la piel de la muda de una serpiente. De tanto en tanto aparecía un árbol en el cauce, lo cual le parecía a Fanny algo tan irreal como las manchas de color de un pintor enloquecido.
Zahaboo no habló mucho y solo le dio a entender mediante gestos lo que debía hacer. En primer lugar, Fanny tenía que encender de nuevo una hoguera; a continuación, tenía que sacar del saco de Zahaboo y arrojar a la arena los amathambo, unos dados mágicos confeccionados a partir de huesos, trozos de concha y abalorios, o simplemente pedazos de roca. Después tenía que cerrar los ojos y arrojar también la bola grande de cristal.
Zahaboo no quedaba contenta y obligó a Fanny a repetir continuamente los lanzamientos, lo que no hacía sino poner a Fanny cada vez más nerviosa porque sabía que John las estaba esperando y que los perseguidores estaban cada vez más cerca.
Le pareció estar tirando una eternidad entera los dados y la bola de cristal, hasta que Zahaboo asintió por fin satisfecha y entonces se puso a hablar a los espíritus.
En el momento en que de la calabaza surgieron unos sonidos cantarines, Zahaboo tocó todos los dados con su pluma de cuerno blanco y con la cola de ñu.
A continuación, exhortó a Fanny a que caminara detrás de ella con su bola de cristal alrededor de la hoguera, y Fanny se sintió ridícula porque el cielo continuaba despejado y azul y no había manera de divisar una sola nube en él. Tenía más miedo de los perseguidores que confianza en las artes mágicas para hacer llover de Zahaboo. Aunque Zahaboo la había enviado a un fantástico viaje en el tiempo, a Fanny le parecía imposible hacer llover a través de la magia.
Sin embargo, Zahaboo le dirigió una sonrisa como si supiera exactamente qué estaba pasando por la cabeza de Fanny en esos momentos, luego se puso a cantar y a bailar alrededor de la hoguera, cada vez más y más rápido y durante mucho rato, hasta que cayó desplomada.
Fanny quiso ponerse en pie de un salto y ayudarla, pero las piernas no se le movieron ni un milímetro. Fanny no pudo levantarse de nuevo hasta que Zahaboo abrió los ojos.
Zahaboo tenía puesta la mirada hacia oriente, extendió los brazos y dijo:
–Imvula enzima, y lluvia fuerte caerá del cielo.
A continuación descendieron, pero para el ritual habían pasado ya varias horas, unas horas que los perseguidores habían ganado a su favor.
Ahora se encontraban ya en el cauce del río Tsauchab.
–¿Qué hacemos ahora? –preguntó Fanny, y como después de aquel esfuerzo ella se encontraba todavía más reseca que antes, la lengua se le quedaba pegada al paladar. Tenía arena por todas partes, entre los dientes, en las orejas, en cada arruga de la piel. Estaba cansada, muy cansada, y cada vez que contemplaba a John se sentía aún peor. El cutis de él estaba terso sobre las mejillas enflaquecidas, y la barba brillaba blanca sobre la piel morena. Nunca le dirigía ni una sola palabra cariñosa. En lugar de eso las hacía avanzar todo el día; en las horas del mediodía y de la noche caían todos en un sueño inquieto, sin imágenes oníricas, del que despertaban todavía exhaustos.
–Ya no nos queda agua. –Su voz sonó como si estuviera borracha, por lo pesada y gruesa que tenía Fanny la lengua debido a la sed–. Sigue sin llover, y ya casi hasta puedo oler a los sicarios. Señaló con un dedo acusador el río muerto, luego miró al cielo, que seguía teniendo una tonalidad azul y una claridad crueles. No se veía ninguna nube, tan solo la gruesa polvareda de sus perseguidores que se les estaban acercando implacablemente.
–Tenemos que luchar. –John miró a su madre con rabia, luego a Fanny y a Lottchen–. Tenemos que apostarnos detrás del carruaje. Fanny, usa tú el fusil de Ludwig, yo tengo el mío, y vamos a esperar la mejor suerte. Los he subestimado, estaba convencido de que no iban bien pertrechados y que no conseguirían mantenerse tanto tiempo a través del desierto.
Zahaboo insistió en levantar una barricada en la otra orilla del cauce del río porque allí eran claramente más elevadas sus posibilidades de salir airosos, afirmaba ella. Además, había un árbol espina de camello allí al que podían atarse los caballos.
–¿Nos dispararán así sin más de verdad? –preguntó Fanny, que no era capaz de imaginarse esa situación–. ¿No podemos hablar con ellos, negociar?
–Lo dudo. Seguramente estarán muy furiosos por no haber podido dar con nosotros mucho antes. No hablarán, ¿para qué iban a hacerlo? Primero me matarán a mí, luego os violarán a las dos, matarán a la pequeña y a mi madre y a ti te llevarán ante Ludwig. Y en ese viaje se desahogarán contigo con frecuencia. ¡Por eso tenemos que derrotarlos! –John se mordió los labios resecos y reventados.
–¿Cómo sabes tú que va a ser así? –«Seguro que está exagerando, por qué iban a ser tan crueles, es imposible que Ludwig les haya pagado para eso», pensó.
John titubeó y esquivó la mirada de ella. Entonces hizo de tripas corazón y se esforzó por hablar.
–Hermann dirige a esos sicarios.
–¡Hermann! –Fanny estrechó a su hija contra ella desencajada por el espanto–. Ese me odia, se vengará de mí. ¿Por qué no me lo dijiste antes? Habría renunciado a todas las pausas y habría caminado más rápidamente.
–Quería que pudieras dormir al menos. Vamos, ayúdame, tenemos que volcar el carruaje para poder utilizarlo de escudo protector.
Fanny entregó a Lottchen a Zahaboo, desenjaezó los caballos, los ató al único árbol que había a lo ancho y largo de aquel secarral inmenso, y se apostó junto a John para volcar el coche. Emplearon todas sus fuerzas, pero necesitaron tres intentos hasta que finalmente cedió produciendo un intenso estampido. Y todo ese tiempo estuvieron oyendo el sonido del trote de herraduras de caballos que se iban acercando imparables.
Cuando los sicarios estuvieron al alcance de la vista, Fanny reconoció a Hermann, que cabalgaba a la cabeza, junto con tres hombres más. Producían una impresión de menor desgaste por ese largo viaje por el desierto que Fanny y sus compañeros de fatigas, lo cual se debía sin duda a que llevaban consigo tres caballos de carga con agua, armas y munición. De todas maneras, Hermann no había conseguido mantener en forma su bigote estilo emperador Guillermo, de modo que solo una mata flácida de pelo rubio tapaba sus labios de pez, y este detalle, aunque fuera ridículo e insignificante, deparó una chispa de esperanza a Fanny.
Los sicarios cabalgaban por el cauce seco del río en dirección a ellos y se detuvieron a unos veinte metros de su carruaje volcado.
–¡Estáis en una ratonera! –exclamó Hermann con júbilo–. Señorísima –su voz goteaba las babas de una satisfacción maliciosa–, ya no tiene sentido, salid todos. Estoy encantado de volver a ver por fin a la puta que se hizo pasar por Charlotte von Gehring. Y ya me he imaginado la escena con todos los detalles sobre lo que vamos a hacer con ella para celebrarlo. Porque, a decir verdad, ¡queremos conocerla como es debido! –Hermann soltó una carcajada sonora, y sus hombres le corearon expresando su conformidad.
Fanny percibió cómo su cuerpo iba reuniendo sus restantes fuerzas dispersas. Jamás se entregaría a ese repugnante hijo de perra. Prefería morir antes que eso, pero ahí estaba Lottchen también, así que tenía que ser prudente.
–Tenemos munición para dar y regalar, pero no queremos malgastarla, y además no somos monstruos. Así que entregaos ahora mismo y no tendrá que morir nadie.
«¡Qué mentiroso ese Hermann!» Fanny se acordó de lo que les había hecho a Martha y a Grace, y su odio creció a la vista de sus ridículas mentiras.
–Te voy a hacer una oferta, furcia. Nos entregas al padre de tu mocosa ahora mismo, y dejaré a tu hija con vida.
–Franziska –susurró John–, si pudiera salvaros sacrificando mi vida, estaría dispuesto a hacerlo. Pero es que se trata simplemente de una trampa, harán exactamente lo que ya te he dicho. Yo soy su oponente más fuerte, con vosotras lo tienen más fácil.
–Lo sé –dijo Fanny–, conozco a Hermann, por eso vamos a luchar. Ganaremos o moriremos juntos.
Fanny hizo de tripas corazón, respiró hondo, apuntó con el fusil y disparó un tiro sin advertir a Hermann. «No matarás –pensó ella–, pero ¿qué voy a hacer si no, morir voluntariamente?»
Su disparo rozó la oreja izquierda de Hermann. Estupefacto, Hermann se llevó una mano a la cabeza y cuando vio la sangre, vociferó con rabia:
–¡Al ataque!
Sus hombres saltaron de las monturas y buscaron dónde ponerse a cubierto, lo cual era una tarea difícil porque no podían hacer otra cosa que esconderse tras los caballos. Y si los sacrificaban, no podrían volver a salir de aquel infierno de arena.
La bala de John falló también su objetivo y fue a parar a una de las grandes calabazas de agua a lomos de uno de los caballos de carga. De inmediato salió el chorro de agua por el agujero. A la vista de aquella agua clara que se perdía absurdamente en la arena, Fanny tuvo que hacer acopio de todas sus fuerzas para no salir corriendo a beber.
–¿Cuántas balas te quedan? –preguntó John.
–Una, ¿y a ti?
–Solo dos.
Fanny se enfadó de no haber apuntado con más cuidado, tendría que haber herido ya mortalmente a Hermann.
Lottchen gimoteaba; Fanny se volvió a mirarla y se tranquilizó al ver a su hija en brazos de Zahaboo, que estaba susurrándole unas frases en voz baja. ¿Cuánto tiempo podrían resistir así? Tenían que poner enseguida un punto final a esa situación, pero ¿cómo hacerlo sin apenas munición? «Estamos perdidos», susurró una voz en la cabeza de Fanny, pero ella se negó a prestarle oídos.
Una lluvia de balas se estrelló contra el carruaje y acribilló su escudo protector. Fanny disparó con toda su rabia y acertó en el caballo detrás del cual estaba atrincherado Hermann.
–¡Maldita sea! –Lo sintió por el caballo, el disparo tendría que haber acertado en Hermann. Ya no le quedaba ninguna bala. John apuntó y acertó en el antebrazo de un sicario que había osado acercarse por el cauce del río. Dejó caer el fusil retorciéndose de dolor y corrió hacia uno de los caballos para ponerse a cubierto. Eso llenó a Fanny de una gran satisfacción. Pero ahora les quedaba tan solo una bala. En cuanto los sicarios se apercibieran de que ya no les quedaba munición, se precipitarían sobre ellos y entonces todo habría acabado.
–Con la última –cuchicheó John– voy a liquidar a Hermann, los demás no sabrán qué hacer sin él, ni siquiera se encontrarán la lanza cuando vayan a mear en la oscuridad.
Fanny no había oído nunca hablar así a John, pero no le molestó, al contrario, esperó que estuviera en lo cierto.
Zahaboo rozó el hombro de Fanny.
–Ahora, no –dijo Fanny retirándole la mano.
–Yo voy a hacer que salga Hermann, y tú le disparas –dijo Fanny a John sin esperar respuesta.
–¡Hermann! –vociferó con la garganta reseca–. ¡Desistid! No tenéis dónde poneros a cubierto, ¿o queréis que os matemos a todos los caballos? ¿Cómo vais a regresar entonces, eh?
–Tenemos agua y armas, pero lo que más nos ponen son las titis, y vais a sangrar peor que por esta herida –dijo tocándose la oreja y girando la mano ensangrentada por los aires.
–¡Ese cerdo! –John dio un puñetazo duro contra el carruaje–.Voy a matarlo, solo tenemos esa vía.
En ese momento, Zahaboo volvió a poner con insistencia su mano sobre el hombro de Fanny y luego sobre el de John.
–¡Oíd! –dijo ella mientras acariciaba con una sonrisa la espalda de Lottchen.
Fanny se concentró, y también ella lo oyó. Era el estruendo de un trueno lejano. Una breve mirada al cielo le hizo ver que no podía tratarse de ninguna tormenta porque no había nubes en el cielo, ni siquiera una.
John se quedó petrificado; luego hizo un gesto afirmativo con la cabeza.
–Zahaboo tiene razón, tenemos que irnos de aquí, y ahora mismo, ¡vamos, vamos, vamos! –Tiró de Fanny y tomó a Lottchen en brazos quitándosela a Zahaboo.
–Si salimos de este parapeto, nos van a acribillar a balazos.
–Ahora ya no, créeme. ¡Ocúpate de nuestros caballos!
Los truenos se volvieron más estruendosos al tiempo que se oía aproximarse un zumbido intenso, cosa que no pasó desapercibida a los sicarios.
No venía de arriba, reconoció Fanny mientras desataba a toda prisa los caballos. Ese zumbido pasó a sonar de pronto como un borboteo, y venía de abajo, de la parte de oriente. Se volvió a mirar y entonces vio aquella gigantesca riada marrón que venía hacia ellos rodando estrepitosamente por el cauce del río a una velocidad de vértigo.
Corrió todo lo rápido que pudo, corrió por su vida. John la adelantó con Lottchen en brazos, le agarró la mano que tenía libre y tiró de ella hacia delante.
–¡Más rápido, vamos, más rápido! –ordenaba sin resuello–. ¡Por favor, Franziska, corre! Adelantaron a Zahaboo, a quien Fanny agarró con la otra mano, y así siguieron avanzando los tres, de la mano, sin parar. Oyeron los gritos de los sicarios, los relinchos de los caballos y luego tan solo el estruendo del agua.
Finalmente se detuvo John entre jadeos.
–¡Lo hemos conseguido! El río no parece que vaya a desbordarse, al menos por el momento.
Los tres se volvieron a mirar. En donde hacía solo unos pocos minutos había habido un cauce seco de un río, fluía ahora una corriente de color marrón grisácea a una gran velocidad. No se divisaba nada de los hombres ni de sus caballos. Sin hablar caminaron los tres de vuelta hasta la orilla.
–¿Cómo es posible? –preguntó Fanny–. No llueve. ¿De dónde viene toda esta agua?
–Es época de lluvias –dijo John con una sonrisa–. Debe de haber llovido muy fuerte en otra parte, y entonces se llenan en segundos los cauces secos con esas aguas.
Fanny miró a Zahaboo, que estaba dirigiéndole una sonrisa triunfal, pero no dijo palabra.
–En otro tiempo, el Tsauchab llegaba todavía al Atlántico, como el Kuiseb. Casi parece que va a conseguirlo esta vez... –John se frotó las manos y por primera vez en muchos días parecía feliz.
–Así que no vamos a morirnos de sed. –Fanny sintió una necesidad incontrolable de arrojarse al agua y dejarse llevar simplemente por ella, beber por fin hasta saciarse y luego lavarse. Se volvió a mirar el carruaje, pero no pudo verlo por ninguna parte. La riada debió de llevárselo por delante.
Zahaboo había colgado algunas bolsas y las calabazas con amasi en lo alto del árbol, y ahora estaba recogiendo con calma y colocándoselas en bandolera.
Luego profirió algunas de sus exclamaciones arrieras y se puso a buscar con la vista a los caballos, como si fueran a proseguir camino de inmediato.
–¿No podemos quedarnos aquí, beber agua y dormir ahora que ya no debemos tener miedo de nuestros perseguidores? –«Me da lo mismo la respuesta», pensó Fanny, «yo de aquí no me muevo ni un paso».
John negó con la cabeza.
–No, no sabemos si el Tsauchab acabará desbordándose o no. Este no es un lugar seguro, tenemos que seguir un tramo más hasta Sossusvlei. Allí, el río desemboca en un lago rodeado de grandes dunas. Solo allí estaremos a salvo.
Fanny iba a replicar, pero entonces pensó en la monstruosa riada que acababa de presenciar y supo que John estaba en lo cierto. Rechinando los dientes se tragó todas las protestas y siguió caminando a trancas y barrancas.