5
Los temores de Fanny en lo referente a las preguntas sobre la familia de Charlotte resultaron ser prácticamente infundados, solo Maria van Imkeller dejó caer alguna que otra alusión sobre el escándalo en el seno de la familia de Charlotte, pero su marido Wilhelm la oyó y la hizo callar con un «¡Maria, te lo ruego, no estamos aquí en un interrogatorio, sino en una boda!».
Las demás mujeres solo machacaron a preguntas a Fanny sobre la forma de las faldas que se llevaban actualmente en Berlín y también por los sombreros y tejidos que se llevaban ahora en París. Había abundante ponche de melón, una bebida que los habitantes del África del Sudoeste habían copiado de los ingleses. Además, se asó carne para una compañía entera, con acompañamiento de pan y alubias.
Con cada pedazo de melón que pescaba en su copa de ponche, Fanny iba sintiéndose cada vez más feliz y animada. Y ese estado no se alteró siquiera por los comentarios bastante misteriosos de los hombres que cada vez estaban más borrachos. A Ludwig, por ejemplo, le aconsejaron entre otras cosas que montara bien a su yegua de vientre, que le lubricara bien el agujero y que no dejara que le llamaran demasiado tiempo a la puerta.
Entre grandes sonrisas, las mujeres buscaban refugio tras los abanicos, hasta que la gorda Maria von Imkeller, quien tras la ceremonia de la boda había comenzado a tutear a Fanny sin transición, la apartó del grupo para hablar con ella.
–¿Te contó tu madre antes de la travesía lo que te espera ahora?
Fanny no sabía qué decir, solo se figuraba oscuramente a qué aludía Maria con sus palabras. Por ello permaneció en silencio y miró a Maria con los ojos abiertos como platos. Maria seguiría hablando con toda seguridad.
–Me refiero a tu noche de bodas –aclaró Maria.
Fanny se encontraba entre la espada y la pared. Por un lado, deseaba saber todo lo que debía saber al respecto, pero por otro lado no estaba segura de si eso no desataría un interrogatorio sobre su identidad. Era evidente que una mujer como la madre de Charlotte debía de haber explicado a su hija algo que en el convento ni se mencionaba siquiera, porque los únicos hombres sobre quienes se hablaba allí eran Jesús y el obispo.
Sin embargo, Fanny tenía que saber qué era exactamente eso.
–No –dijo–. Quiero decir, sí, mi madre habló conmigo, pero yo estaba tan agitada aquel día que no le presté mucha atención. Así que si usted... –dijo arrojando una mirada suplicante a Maria con la que esperaba ayuda de su parte.
Maria suspiró.
–¡Pobre cabritilla!
Fanny se quedó perpleja. Una expresión tan dulce era lo último que habría esperado oír de Maria.
–¿Qué quiere decir con eso? –Fanny no se decidía a tutear a Maria, pero con eso parecía que se granjeaba su simpatía.
–Bueno –comenzó a decir Maria, y su cara de por sí ya roja y sudorosa se puso aún más roja–, el dolor es pasajero, pero la humillación no nos la quita nadie a nosotras, las mujeres decentes.
Fanny asintió con gesto sumiso y maldijo los años en el convento que tan mal la habían preparado para la vida con un hombre. Tenía claro ahora que todos los comentarios, e incluso lo que había dicho Maria, se referían a su primera noche con Ludwig, pero le sorprendió el hecho de que Maria, que repartía bofetadas y golpes a diestro y siniestro, hubiera sufrido nunca algún dolor. Toda persona que había experimentado un dolor cometido por otra persona, ¿no tenía que privarse de herir a otra? ¿Y por qué tenía que infligirle dolor el propio marido a una? Eso le pareció un contrasentido a Fanny. Deseaba seguir haciendo preguntas a Maria, pero Ludwig se acercó en ese momento con la intención de partir. Maria la estrechó contra su amplio y blando pecho en señal de despedida y le susurró al oído:
–Con el tiempo te acostumbras.
Y ahora estaba Fanny aquí, esperando a Ludwig, que le había anunciado que deseaba visitarla en su alcoba. «Te acostumbras», seguía sonando en los oídos de Fanny como una amenaza.
Llevaba uno de los camisones de Charlotte; se había decidido por el más bonito de todos. Era de seda transparente y con abundantes encajes en las mangas y en el dobladillo. Indecisa sobre si debía quitarse el corsé o no, prefirió llevarlo puesto. Ludwig era una persona muy formal en todo.
Maria debía de estar equivocada. Ludwig no le haría nunca daño. Desde que había ido a buscarla a la llegada del barco, siempre había sido muy amable y delicado con ella. Quizá se trataba simplemente de que Maria había tenido mala suerte con su marido.
Fanny se sobresaltó de tan inmersa que estaba en sus pensamientos. Ludwig había entrado en su alcoba sin llamar a la puerta. En una mano mantenía una de las pequeñas lámparas de gas que el juez utilizaba por todas partes en la casa por miedo a un incendio.
Debajo de su larga camisa blanca, Fanny pudo ver las piernas blancas de Ludwig, que parecían extrañamente vulnerables así, sin pantalones. Eran unas piernas musculosas y pobladas de vello rubio que destellaron a la luz de la lámpara cuando él se sentó a su lado sobre la cama. Le alumbró la cara con la lámpara.
–No te haré daño, Fanny, mi amor.
«¿Por qué hablaba él ahora también sobre hacer daño? Un matrimonio no debía consistir únicamente en el dolor, de lo contrario no se casaría nadie.»
–De eso estoy segura –dijo Fanny convencida, y se acercó un poco más a su lado. Él depositó la lámpara sobre la mesita de noche al lado de la cama y la atrajo hacia sus brazos. Cuando la abrazó más estrechamente, notó el corsé y sonrió con indulgencia antes de pasar la mano por debajo del camisón de ella y comenzar a aflojar los cordones del corsé. Mientras lo hacía, su respiración iba acelerándose.
–Eres mucho más hermosa de lo que pensaba –dijo haciendo descender el corsé ya flojo. A continuación, comenzó a besar el cuello de Fanny. El bigote le hacía cosquillas en la piel. Al mismo tiempo que ese cosquilleo recorrían el cuerpo de Fanny unos breves estremecimientos que le resultaban muy agradables. Sin embargo, permanecía al tanto. ¿Cuándo aparecería el dolor del que hablaban todos?
Ludwig la estrechó aún más firmemente contra él. Olía a puros y a jabón de lavanda. Sus manos se atascaban en el encaje del camisón hasta que él se lo quitó sin vacilación y ella se quedó completamente desnuda ante él, con excepción de su pulsera de abalorios.
Ludwig contempló a Fanny de abajo arriba, hizo un ademán de querer decir algo, pero en lugar de eso se encogió de hombros y tragó saliva. Entonces agarró la muñeca de ella, la atrajo a su lado sobre la cama y las yemas de sus dedos comenzaron a peregrinar por el cuerpo de ella, desde el cuello hasta los pechos, luego por el talle hasta los muslos. Fanny se sorprendió de sus placenteras percepciones. La respiración se le aceleró. Cerró los ojos y deseó que Ludwig no dejara nunca de acariciarla. Al mismo tiempo sentía las ansias de tocarlo a él también, de explorar su cuerpo. Lo palpó con gesto indeciso, y cuando se dio cuenta de que parecían gustarle sus caricias, se envalentonó e investigó el pecho de él, los brazos, el vientre, sintió lo tupido de las vetas de sus músculos que se iban tensando y latían con fuerza al roce de sus manos. Una y otra vez le susurraba Ludwig al oído lo feliz que era y lo hermosa que la encontraba a ella y que iba a amarla por encima de todas las cosas. Él le agarró las manos y se arrimó por completo a ella, y ella no sentía otra cosa en su cuerpo que un latido y un martilleo, y ya no pensaba en nada, sino que únicamente hacía lo que su cuerpo quería. Instintivamente se apretó con más firmeza contra él, le rodeó la cintura con las piernas, se pegó a él y lo acogió en su interior.
Fanny se quedó perpleja cuando poco tiempo después Ludwig detuvo sus movimientos con un jadeo sonoro y a continuación se dejó caer a su lado empapado de sudor. El cuerpo de ella estaba enardecido, y el único dolor que sintió fue que Ludwig cayera encima de ella de aquella manera tan abrupta y respirando con agitación. Deseó que él continuara. En ella ardía una sensación extraña para la que no tenía ningún nombre, todo en ella era un deseo de más, de unirse de nuevo a él. Se arrimó estrechamente a Ludwig, pero este la apartó con delicadeza y con un «te quiero» pronunciado en un susurro. Ella le acarició la espalda que brillaba, mojada, a la luz de la lámpara, pero él le apartó la mano.
–Queridísima, durmamos ahora –murmuró–. Mañana partimos en dirección a nuestra casa. Y el viaje va a ser bastante duro. –Golpeó la sábana como creando una barrera entre ellos dos.
Fanny se sintió rechazada. Ludwig había encendido su cuerpo y la había dejado, así como así, en puras llamas.
«Así que es esto –concluyó ella–, este es el dolor del que todos hablan.» No era un dolor puramente físico, sino más bien psíquico. Y de pronto le vino a la mente la gorda Maria y fue incapaz de imaginarse, ni con la mejor de las voluntades, que esta tuviera las mismas sensaciones que ella ni que Maria estuviera en la cama con su marido y deseara de él más de lo que este estaba dispuesto a ofrecerle.
Se mordió los labios. «Charlotte –pensó Fanny–, mírame, así pues, ahora ya estoy casada. Me deja una extraña sensación, Charlotte, muy extraña.»
Fanny se levantó y se roció un poco de agua en la cara, luego se sentó de nuevo junto a su marido. Poco a poco fueron sosegándose la respiración y los latidos de ella.
Ludwig se dio la vuelta roncando ligeramente y se le mostró ahora de cara. El bigote le temblaba suavemente al respirar. Mientras Fanny lo contemplaba, se preguntó si era amor eso que ella sentía ahora. Charlotte le había leído siempre en voz alta las historias de amor que aparecían en la primera revista alemana ilustrada para masas y dirigida a las familias, y que se titulaba Die Gartenlaube [El cenador], y en ellas, las protagonistas caían encantadas de rodillas solo con ver a su querido.
Fanny podía contemplar a Ludwig como a un ónice o como a un paisaje. Allí estaban los valles y las montañas porosas de su cara, una cicatriz abultada sobre la ceja izquierda, sus pestañas rubias, casi translúcidas, y la boca cubierta por el bigote, ligeramente abierta que permitía la vista de unos dientes sanos y de una agradable blancura. En su cuello robusto se marcaba una vena azul, de un dedo de grosor que le hacía parecer vulnerable. Sin embargo, todo aquello no la conmovía, o no lo hacía como la conmovía ver a Charlotte y no solo después de ponerse enferma, sino ya antes. Desde el principio la había llenado de alegría ver reír a Charlotte, no, era mucho más que alegría, era algo mucho más elemental. Era algo así como si una se subiera a un tonel de agua helada de manantial en un día tórrido de verano y sentir el encogimiento de ese delicioso frío en el pecho. En el convento, antes de conocer a Charlotte, Fanny no había intuido siquiera la felicidad que se experimenta al sentirse unida a una persona en lo más profundo.
Sin embargo, mirar a Ludwig no despertaba en ella nada similar, a pesar de haber estado unida a él hacía unos instantes. A pesar de que las yemas de los dedos de él le habían hecho tener unas sensaciones tan maravillosas en la piel. Le acarició una mejilla. Seguramente aquello no era más que el comienzo, y cuanto mejor fueran conociéndose, tanto mejor serían sus momentos de amor. Suspiró y anheló la compañía de su amiga, con quien habría podido hablar de esos sentimientos y sensaciones.
De pronto el aire se le hizo insoportablemente sofocante. Dio un beso a Ludwig en la frente y se levantó.
Fue en ese momento cuando notó aquella humedad pegajosa entre sus muslos, se lavó, volvió a ponerse el camisón y descendió los escalones hacia la veranda. Allí tropezó con el chico que estaba ovillado junto a la puerta y dormía. Se despertó inmediatamente y se fue corriendo antes de que Fanny pudiera hacerle señas para que permaneciera allí.
La noche cálida se pegó a Fanny como una segunda piel; no soplaba ninguna brisa. Se sentó en una de las macizas mecedoras de madera de roble y comenzó a mecerse. El jardín, a la luz de la luna llena, tenía un aspecto sublime y al mismo tiempo parecía extrañamente solitario.
–¿Qué viene a buscar una mujer joven aquí fuera en su noche de bodas? –preguntó el juez que había aparecido por la veranda sin hacer el menor ruido.
Fanny se dio cuenta enseguida de que no iba vestida convenientemente y de que los rizos negros de su melena indómita le colgaban abiertamente en la espalda. Sin embargo, cuando realizó el ademán de levantarse, el juez le puso la mano en el brazo para detenerla.
Pese a su ofuscación, Fanny se apercibió de que el juez tampoco iba vestido con decoro, y eso la divirtió. La camisa de él apenas llegaba a taparle las rodillas huesudas.
–Sea cual sea ese secreto que guarda usted, yo no se lo delataré a nadie. Estoy seguro de que hay algo que la oprime mucho más de lo que usted misma querría reconocer.
En la oscuridad aparecía iluminada la cazoleta de su pipa, y Fanny miró directamente sus ojos curiosos. A continuación, se dejó caer él en la otra mecedora profiriendo un gemido. El chico con el que Fanny había tropezado llegó hasta ellos corriendo y comenzó a abanicar al juez con una hoja de palmera, pero el juez lo mandó a paseo con unas palabras pronunciadas en tono severo.
–¿Cómo se llama ese chico? –preguntó Fanny para ganar tiempo. Entrecruzó las manos en el regazo y contempló las perlas mágicas que parecían arder en la oscuridad tal como se dio cuenta en ese preciso instante.
–Nathaniel, el guardián del fuego. Pero todos lo llaman Nate.
–Nate –repitió Fanny pensando qué otras cosas podía decir que no la comprometieran.
–Sus padres murieron asesinados en una pelea entre tribus nama y damara. Lo encontré debajo de un arbusto nara y me lo traje conmigo. Pero en realidad íbamos a hablar de usted, no de ese chico.
Fanny quiso ponerse en pie y marcharse, pero la muñeca con la pulsera de abalorios le pesó de pronto enormemente en el regazo y la paralizó. Desesperada, clavó la vista en el jardín iluminado por la luna. Las gotas de sudor iban acumulándose en su cuerpo.
–No creo que una mentira sea un delito tan grave –dijo el juez, y se rio suavemente–. En cualquier caso no es un delito que castiguemos con severidad.
–Habla usted como mi confesor –se le escapó a Fanny, que no tenía ningunas ganas de caer en la trampa que le había tendido. Ese tipo de ofertas las había oído ya con excesiva frecuencia como para poder creérselas.
–A Martín Lutero no le importaba absolutamente nada la confesión.
«¡Qué bien que sea de noche! –pensó Fanny, que se había ruborizado por completo–. ¡Qué tonta he sido! Charlotte era luterana.»
–Era solo una manera de hablar.
–Yo, por mi parte, he mentido tanto –dijo el juez–, que con toda probabilidad me pasaré bastante tiempo cociéndome en el infierno.
«No quiere coserme a preguntas –se le pasó por la cabeza de pronto a Fanny–, lo que el juez quiere es utilizarme para hablar de sí mismo.»
–Echa de menos a su esposa, ¿verdad? –preguntó ella con dulzura.
–Sí, así es. Ella también mentía mucho, dicho sea de paso. –Ahora se echó a reír a carcajadas y se le atragantó el humo de la pipa.
–¿Y cómo era su Luise por lo demás? –preguntó Fanny, que no sabía muy bien cómo manejar aquellas confesiones del magistrado.
–Era maravillosa, pero lo tuvo difícil en la vida, incluso conmigo.
–¿Qué quiere decir usted con eso?
El olor especiado del humo de la pipa le cosquilleaba a Fanny en la nariz.
–No creo que deba hablar al respecto con una mujer tan joven. Luise no lo aprobaría.
–¿Por qué estamos hablando entonces? –se le escapó a Fanny.
El juez serio.
–Hace usted bien en burlarse. ¿Por qué estamos hablando? ¿Quizá porque estamos solos?
Fanny sintió cómo se le hacía un nudo en la garganta. Él había dado plenamente en el clavo. Era la noche de su boda y ella se sentía más sola que nunca antes se había sentido en el convento.
Consternada, se despidió del juez y se dirigió a la asfixiante alcoba, de vuelta con su marido, que seguía durmiendo y que se había extendido en diagonal sobre la cama. Ella lo empujó un poco a un lado para poder echarse junto a él. Permaneció un buen rato en vigilia en la oscuridad. Y esta vez no le sirvió de nada palpar sus abalorios.