22
El 20 de febrero comenzó con intensos aguaceros que ya al cabo de dos horas fueron relevados por un sol radiante. La tierra comenzó a humear y en un instante se cubrió de una alfombra zumbante de mosquitos, escarabajos rastreros y gusanos hambrientos.
Fanny se sentía pesada, como un barril de mantequilla fundida, su piel estaba continuamente resbaladiza por el abundante sudor.
No consiguió compartir la alegría de Ludwig cuando lo vino a buscar un criado para que fuera a Seeheim, a casa de Jacob Jansen, un afrikáner que poseía la hacienda más extensa de los alrededores.
–Pero si Seeheim está a una jornada a caballo –protestó ella.
–El hombre necesita un médico competente, y si consigo sanarlo, entonces Hermann habrá perdido para siempre. Además, Seeheim no está realmente muy lejos.
–Así que todo es por Hermann. ¿Y qué sucede conmigo?
–Charlotte, cariño, según mis cálculos tardará todavía entre dos y cuatro semanas. El primogénito suele retrasarse antes que adelantarse. Así que no te preocupes y cuídate mucho. Estaré de regreso como muy tarde mañana a primera hora. Te prometo que regresaré inmediatamente. Los cauces secos de los ríos están en buen estado.
–¿Y si el tiempo se vuelve loco?
–No lo hará. Aquí en el sur la época de lluvias no es tan intensa como más al norte. ¡Además, lo hago solamente por nuestro hijo varón! Sería de provecho para él que su padre fuera un hombre importante en la región, ¿o no? De todas maneras, a veces desearía que Maria estuviera contigo. Aunque era una fisgona insoportable, trajo tres hijos varones sanos al mundo.
Fanny estaba cansada de escuchar sus excusas raídas y poco convincentes.
–Tengo la impresión de que no quieres estar presente cuando venga tu hijo varón al mundo.
Ludwig se puso colorado al instante. Entonces explotó:
–Siempre he detestado la ayuda médica en el parto, con todo ese griterío. Para mi gusto, eso deberían resolverlo las mujeres entre ellas. Cada vez que tengo que asistir a un parto, envío a todos los hombres fuera porque ¿cómo querría un hombre volver a juntarse con su mujer de nuevo después de haberla visto con sus entrañas abiertas y sangrantes?
Ahora también se puso colorada Fanny. No solo porque su marido era un miserable cobarde, sino también porque el pensamiento de que ese hombre la volviera a tocar y engendrara en ella un segundo niño le parecía después de aquella última noche tan inimaginable como un viaje a la luna.
–Ni siquiera entre los herero está el marido presente; construyen incluso una cabaña propia para el parto. Lo cual no es ninguna mala idea, dicho sea de paso, porque todo lo demás queda bien limpio.
Ludwig se pasó la mano por su camisa fuertemente almidonada y blanca como la nieve.
–Dejo a Pierre aquí para lo que pueda suceder. Y si realmente llega el momento, irá a por mí inmediatamente.
«Si realmente llega el momento, seguramente no dejaré a Pierre que se me acerque», pensó Fanny. Ese administrador de malas pulgas estaba convencido también de que el parto era un asunto de mujeres en el que los hombres no pintaban nada.
–Está bien –transigió ella. No tenía sentido discutir con él, no cambiaba lo más mínimo la situación, sino que solo conseguía fatigarla aún más–. Entonces vete, anda, cuanto más rápido te vayas, antes estarás de vuelta aquí.
Ludwig asintió con la cabeza y mandó a Zach a por su caballo. Fanny lo siguió con la mirada, luego se dirigió a trancas y barrancas al dormitorio que entretanto se había convertido en su habitación, y contempló las camisitas y los pantaloncitos que había tejido ella misma y que Maria había cosido, y luego su barriga. Era apenas imaginable que ahí dentro se encontrara de verdad un ser humano entero que pronto llevaría puestas esas prendas de vestir.
A pesar de que se sentía deforme y pesada, no soportaba quedarse sentada sin hacer nada, y se dirigió entonces al huerto. Era su lugar sagrado, el lugar en el que repasaba una y otra vez todos los detalles de su conversación con John, y se preguntaba qué habría sucedido si se hubiera ido con él aquella noche.
Sin embargo, ahora brillaba allí inmisericorde el sol desde el cielo, con una intensidad tal que no podía permanecer ella allí, así que se dirigió donde los corderos y de allí hasta el gallinero.
Kajumba, que se había aclimatado muy bien a la granja, estaba justamente limpiando el gallinero. La experiencia traumática con los hijos de Maria parecía haberla dejado atrás, y en la clase resultó ser una chica inteligente, con una facultad de comprensión increíblemente rápida.
–Me parece que el niño quiere salir –dijo inesperadamente, y señaló a la barriga de Fanny como una profesional. Fanny se miró abajo y no pudo descubrir ninguna transformación.
–¿Cómo llegas a esa conclusión?
–En mi clan dicen que la luna llena regala los niños al sol. Esta noche hay luna llena. Y Martha ha dicho que si el vientre se baja, como lo tiene usted ahora, entonces ya no queda mucho para el momento. Entonces necesitamos mucha agua caliente, y yo seré quien la prepare. Se golpeó el pecho flaco con alegría, al tiempo que sus ojos brillaban como soles negros.
Fanny asintió aturdida y quiso sentarse ahora. O beber algo. O echarse y dormir, o leer, o... No pudo menos que echarse a reír. Era como una gallina que no sabía dónde poner su huevo.
Regó las plantas alicaídas por el calor, retiró las hojas secas de la mejorana y de la alheña que estaban ahora ya crecidas en verdaderos arbustos y se sentó a continuación a la sombra de la veranda. Sin embargo, no aguantó mucho rato, se levantó y se fue a la sala de estar a buscar algunos periódicos que había traído Ludwig. Después de echar una ojeada sobre un debate acalorado en el Reichstag sobre las aspiraciones coloniales de los alemanes, se aburrió y cedió al hormigueo de sus piernas.
Descendió los escalones de la veranda, indecisa sobre si debía dirigirse al establo de los corderos o a la despensa.
De pronto se derramó un aluvión de agua desde su cuerpo a la tierra. Fanny se detuvo, sorprendida, y se miró piernas abajo. Sabía que la bolsa amniótica reventaría, pero la dejó perpleja que hubiera habido tanta agua en su barriga.
Se le contrajo el vientre como en el período menstrual, solo que un poco peor. Debía echarse. ¡Maria había tenido a todos sus hijos en la cama, bajo la vigilancia de dos comadronas! Aquí no había comadrona ninguna ni tampoco un médico.
De nuevo otro espasmo, esta vez más intenso y prolongado, pero no tan terrible como le había contado Maria.
De pronto se imaginó Fanny unos grandes charcos de sangre. En el repertorio de las historias de Maria estaban los destinos de tres mujeres que habían fallecido durante el parto.
«Yo no voy a morir –pensó Fanny–. Mi hijo y yo vamos a vivir.» Otro espasmo.
–¡Martha! –exclamó Fanny, y se dirigió despatarrada hacia su dormitorio.
–¿Adónde quieres ir, Missi? –preguntó Martha, que había salido de la cocina a una velocidad desacostumbrada en ella.
–A mi cama, por supuesto.
–La cama no es buena–dijo Martha negando con la cabeza.
–¿No? –Fanny sabía que Martha había parido a dos hijos y que había ayudado en otros partos, así que tenía muchísimo más conocimiento que ella–. ¿Por qué no es buena mi cama?
–Tienes que sacar esos dolores bailando.
–¿Cómo dices? –Fanny miró a Martha confusa. Maria no le había contado nunca nada acerca de sacar los dolores bailando.
–Tienes que ir de un lado para otro. Cuando te visite el dolor, báilalo y todo irá mucho más rápido. En el siguiente espasmo pensó Fanny por primera vez: «Esto son los dolores del parto –e inmediatamente después–: ¡Oh, qué va a ser de mí!» Se le pasó por la cabeza la bolsa con las medicinas que John le había dado. Se arrastró como pudo hasta su habitación y extrajo la bolsa del baúl de los vestidos de Charlotte.
Le había dicho que mordiera la raíz en cuanto comenzaran las contracciones. Le temblaron las manos cuando intentó abrir la bolsa. En la siguiente contracción se le cayó de las manos porque tuvo que encorvarse para soportar el dolor.
Martha entró en la habitación y le levantó la bolsa.
–Ahora va en serio la cosa –constató Martha, y llamó a Grace y a Kajumba.
Martha abrió la bolsa, rompió un trozo de la raíz y se la dio a Fanny para que la masticara. Y cuando vino la siguiente contracción, ella mordió agradecida aquel tubérculo grueso, fibroso.
Martha regañó a Zach, que había venido con las dos mujeres, y lo mandó a paseo.
–Los hombres no son buenos para el parto. –Zach se encogió de hombros y se fue de allí. Martha llevó a Fanny hacia fuera pese a que era reacia a tal cosa.
–Tienes que caminar. Caminar sin interrupción. –Fanny se agarró del brazo de Martha en dirección al patio.
–Nosotras, las mujeres himba, nunca parimos a nuestros hijos dentro de los límites de la aldea, de lo contrario la gente dice: u kwata otjongombo motjunda!
–¿Y qué significa eso? –preguntó Fanny, que le estaba agradecida a Martha por la distracción.
–¡Pares dentro del kraal como una cabra! –Martha se echó a reír como si fuera un chiste bueno.
–¿Y adónde vais entonces cuando llega el momento?
–A un sitio que está a muchos metros de distancia de la aldea; allí se construye una cabaña protegida, y cuando nace la criatura, regresamos. Entonces debemos habitar debajo de la sombrilla protectora hecha con ramas de mopane, directamente al lado de la casa principal. Allí se guardan todas las cosas importantes para nuestras ceremonias, y, por ese motivo, la madre y la criatura están bien protegidas de los malos espíritus. Y es que mientras la criatura conserva el cordón umbilical todavía no es del todo de este mundo. Entonces pueden ir a buscarla fácilmente los malos espíritus. Se enciende entonces un fuego especial que no se apaga hasta que se le desprende a la criatura el cordón umbilical. Durante todo ese tiempo, la madre debe vivir ahí con su criatura.
–¿Y dónde está el marido? –preguntó Fanny jadeando porque había sufrido una contracción especialmente intensa.
Martha dibujó una sonrisa amplia en su cara.
–El marido no puede tocar a la criatura hasta que ha sido presentada a los antepasados. Para ello se reúnen los parientes de la criatura en torno al okuruwo, la hoguera sagrada.
–¿Qué es eso de la hoguera sagrada? –siguió preguntando Fanny. Tenía miedo de que Martha se fuera de repente y la dejara allí sola con esos dolores.
–Nuestro fuego sagrado es la conexión entre nosotros, es decir, entre los vivos, y nuestros antepasados, y por eso no debe consumirse nunca. Eso ofendería a los antepasados. Está prendido frente a la cabaña principal y solo debe encenderse con los ozondume.
–¿Por qué no me habías contado antes nada de todo esto?
–Nunca me preguntaste. Además, los blancos no veis lo que nosotros vemos. Los sakumba dicen: «Yo te señalé la luna y tú no viste nada más que mi dedo.» Justo así sois vosotros.
Fanny mordió fuerte la raíz para aguantar el dolor en el vientre y en la espalda. Pensó en Maria y en Ludwig y supo lo que Martha quería decir con sus palabras.
–¿Y qué sucede con la criatura junto a la hoguera sagrada?
–El jefe de la aldea pronuncia en voz alta el nombre de la criatura y reza a los espíritus por su protección. A continuación, se sacrifica una vaca sagrada. La primera porción de la carne cocinada la degusta nuestro jefe junto a la hoguera sagrada, nosotros decimos que la «Saborea», y entonces es cuando podemos comer la carne y celebrar todos la fiesta.
Fanny se detuvo; respiraba con dificultad. Ya no eran espasmos, sino una contracción criminal en su vientre. Tuvo que inclinarse y apoyarse en Martha.
–¿Cuánto tiempo seguirá esto así?
Martha frunció los labios y sonrió.
–Eso no lo sabe nadie, pero creo que si ya ahora es así de intenso, quizá no dure hasta esta noche.
«Hasta esta noche –pensó Fanny–, eso debe de ser un chiste, tanto no voy a aguantar yo.» La siguiente contracción la atacó alevosamente en la espalda. Ella mordió fuertemente la raíz esperando que tuviera algún efecto.
–¿Por qué le has dicho a Kajumba que tenga preparada agua caliente? En la cabaña de parto no teníais eso para nada.
–Los blancos se tranquilizan siempre que tienen agua caliente y jabón. Los adoran como a pequeños dioses. El dolor fue aplacándose, y Fanny pudo sonreír. Sí, Martha tenía razón, el agua caliente tranquilizaría a Fanny de verdad.
–Tengo que echarme –dijo ella.
–Eso no es bueno, pero pruébalo y verás lo malo que es.
Martha acompañó a Fanny a su dormitorio y la ayudó a echarse en la cama. En un primer momento fue un gran alivio, pero entonces llegó la siguiente gran oleada de dolores, y Fanny tuvo la sensación de que se ahogaba allí tendida. Con la ayuda de Martha volvió a incorporarse, respiró agitadamente e intentó consolarse pensando que al final de todo aquello estaría en sus brazos su maravilloso hijito.
–Martha, en tu primer hijo, ¿cuánto tiempo duró el parto?
Martha se encogió de hombros como si aquello no fuera importante.
–Un día y una noche; no quería salir. Tuve que tomar entonces una infusión de tlorab que hizo salir entonces al niño. Era un niño listo, no quería salir porque no quería separarse de mí.
Fanny se avergonzó de no haber preguntado antes a Martha por sus hijos, pero entonces tuvo que encorvarse de nuevo y respirar comedidamente para soportar el dolor. «Y así todo un día y toda una noche solo para que te quiten luego a tu hijo.» Se preguntó cómo pudo sobrevivir Martha eso una segunda vez. Fanny ya había llegado ahora al límite. «¿Por qué no se han extinguido ya los seres humanos si el parto es tan doloroso? –se preguntó–. ¿Quién querría parir un segundo hijo? Charlotte pensó–, Charlotte, esto no te habría gustado nada.»
Martha la sujetó fuerte y llamó a Grace. Las dos la rodearon a ambos lados y caminaron con ella por el patio, hacia los establos, siempre en círculo. Cada vez que a Fanny le asaltaba una contracción, la ayudaban y la sostenían en pie. Martha le cantaba algo, y Fanny trataba de imitarla, pero no lo conseguía.
Así fueron caminando hora tras hora y estaban tan absortas en su caminar y en sus cantos que se les pasó por alto cómo se estaban apelotonando las nubes en el cielo formando una masa grisácea.
Mientras estaban esperando de nuevo en medio del patio a que se fuera aplacando una contracción especialmente intensa, comenzaron a caer de pronto unas gotas del cielo.
Las tres miraron hacia arriba, perplejas, cada vez iban cayendo más y más gotas, hasta que el agua comenzó a caer a cántaros del cielo. En unos pocos segundos estuvieron las tres empapadas hasta los huesos. Fanny disfrutaba del frescor de la lluvia, y el murmullo de las gotas la distraía de sus dolores.
Se dirigieron a refugiarse a la veranda. Cuando llegaron a ella jadeando y se detuvieron, Grace hizo un gesto negativo con la cabeza.
–Esta es una mala señal –dijo ella–, la lluvia durante el parto significa que tu hijo te hará llorar mucho.
Martha empujó a Grace a un lado.
–Esas son tonterías de los nama. Nosotros, los himba, decimos que los niños que nacen con la lluvia son los favoritos de Mukuru.
Todo eso le daba francamente lo mismo a Fanny porque después del primer alivio ella pensó en Ludwig. Si seguía lloviendo de esa manera, algunos de los cauces se volverían intransitables con toda seguridad. Contempló a Martha y a Grace. ¿Qué ocurriría si se producía algún contratiempo?
Ludwig se volvería loco si le sucediera algo a esa criatura. Tocó los abalorios que, pese a la lluvia, desprendían un calor increíble. «Tiene que haber algo que consiga hacer yo», pensó ella entonces. Pero no había completado siquiera su pensamiento cuando su vientre se contrajo como si un enorme puño de hierro se lo quisiera aplastar, y cuando el espasmo cesó, tuvo la sensación de que le acuchillaban los intestinos con cuchillos largos. Se puso mala. Se sujetó a la baranda y respiró hondo.
La mano de los abalorios se extendió hacia la lluvia, entonces le pareció como si alguien tirara de ella hacia la lluvia que caía constantemente en ella haciéndola humear. Salió al patio y siguió caminando como una autómata. Iba con la mano extendida, y así continuó incluso cuando todo en ella volvió a contraerse con fuerza y tuvo que tomar aire solo para recibir una puñalada en la espalda al espirar. Caminaba en torno a su mano todavía extendida, como si fuera el centro del universo, cada vez giraba más rápido en torno a esa mano, más y más rápido, hasta que finalmente también extendió el brazo derecho y ya no solamente su mano, sino todo su cuerpo se convertía en el centro en torno al cual giraba con tanta rapidez que las gotas salían disparadas de sus ropas mojadas, y cuanto más intenso era el dolor, más rápido se arremolinaba ella, la lluvia se convirtió en jirones de agua ante sus ojos, sus pasos se convirtieron en un ritmo, y ella oía a Martha y a Grace dar palmadas y cantar sin interrupción como la lluvia que le caía encima, hasta que una bestia negra se abalanzó sobre ella y perdió el conocimiento.
Cuando volvió en sí, yacía boca arriba en el barro del patio; Martha y Grace estaban a su lado. Seguía lloviendo, pero Fanny sudaba y sentía ese ladrillo monstruoso en su vientre que ella debía expulsar y que a pesar de su tamaño, a pesar de sus aristas, se abría paso hacia delante sin cesar. Percibió la necesidad de empujar, afuera, afuera, eso tenía que salir por fin afuera. Mejor morir que tener que aguantar un solo minuto más esa tortura enloquecedora.
Martha presionaba con las dos manos y con todo el peso de su cuerpo sobre el vientre de ella; tenía a Grace detrás de su cabeza agarrando las corvas de Fanny, y le separaba los muslos con tal fuerza que Fanny pensó que iban a desgarrarse en cualquier momento. Y aunque ella lo que realmente quería era morirse, volvió a presionar una última vez con todas sus fuerzas para echar ese ladrillo de su cuerpo. Algo en ella se tensó insoportablemente, luego sus entrañas se rindieron e hicieron sitio para su hijo. Su hijo.
Tan solo un instante después oyó Fanny un suave gemido a través de la lluvia, infinitamente tierno. Grace le había soltado las piernas y corrió a mirar de frente.
–Vive –exclamó.
Pero Martha siguió presionando sobre el vientre de Fanny.
–Aún tiene que salir la placenta, vamos, presiona otra vez, lo más fuerte que puedas.
–No puedo más, quiero ver a mi hijo –susurró Fanny.
–¡Vamos, vamos! –ordenó Martha implacable, y Fanny no tenía fuerzas para resistirse. Por fin estaba Martha satisfecha, llamó a Kajumba, que vino corriendo con agua caliente y unas tijeras.
–Vamos, hazlo de una vez, Martha, córtalo ya, quiero verlo. –Fanny trató de incorporarse, pero se mareó enseguida. Su cabeza se hundió de nuevo en el barro, que se mezcló con su cabello proporcionándole una sensación agradable de frescor. Ludwig y Maria se habrían quedado horrorizados si hubieran visto esto. «Pariendo como una gata sarnosa en la suciedad del patio», habría dicho Maria, de eso estaba segura Fanny.
–¡Vamos, dame al niño de una vez!
–¿El niño? –Martha sonrió mostrando los dientes e intercambió miradas con Grace.
–¿Qué sucede? ¿Le pasa algo al niño?
–No, pero es una niña, guapísima.
–¿Una niña? –Eso era imposible. ¿Todo ese dolor por una niña? Ludwig se quedaría absolutamente decepcionado. Fanny extendió los brazos para que le dieran por fin a su pequeña. Grace y Martha se miraron fijamente, luego se encogieron de hombros y le pusieron a la pequeña en sus brazos.
–¡No! –exclamó Fanny mirando a las dos–. ¡No! ¡Esta no es mi hija! ¡Vosotras, brujas, me la habéis cambiado, me habéis dado esas raíces para embriagarme, y ahora me habéis endilgado la criatura falsa!
En ese momento lloriqueó la pequeña y abrió sus enormes ojazos de color azul claro, tan claro como los de Ludwig. Fanny contuvo la respiración y entonces comenzó a sollozar. Sintió cómo en su pecho se le reblandecía todo. Esa era su hija, y ella la protegería, la amaría y la defendería contra todo el mundo.
Trató de guarecer de la lluvia a la pequeña y la examinó con más detalle. Era tan guapa, su naricita diminuta, esa boca rosada tan ondulada, su cabello negro rizado. Tenía la piel todavía pringosa, pero era inmaculada, tan inmaculadamente morena y oscura como el chocolate colonial de la casa Stollwerck.