6
Llevaban ya tres días de viaje sobre la pad en dirección sur hacia Keetmanshoop. Fanny se alegró de que John, a quien no había tenido ocasión de ver una sola vez en Windhuk, viajara nuevamente con ellos. Disfrutaba de todo, del sol despiadado, del viento polvoroso que le escocía en los ojos, e incluso del matraqueo y del balanceo del carro tirado por los bueyes.
Instintivamente se cuidaba de manifestar a Ludwig su entusiasmo, pues presentía que sus comentarios le habrían parecido impropios de una dama. Continuamente se acercaba él al galope hasta su carro para interesarse por su estado con gesto de entera preocupación, como si fuera una señal de auténtica feminidad quejarse, o como si la verdadera mujer alemana fuera un bombón que tuviera que derretirse por fuerza con aquel calor.
Ludwig cabalgaba esta vez junto con John cerca del carro para aligerar su peso y acelerar de esta manera el viaje. Había vuelto a insistir en que fueran doce las parejas de bueyes que Hendrik gobernaba continuamente con sonidos chasqueantes. Sin embargo, tuvieron que evitar los calores del mediodía y solo podían viajar a primera hora de la mañana y luego otra vez después del mediodía hasta que oscurecía, y por ese motivo no avanzaban más rápido que en el otro viaje, sobre la pad de Swakop a Windhuk.
Cada tarde resultaba más difícil encontrar agua para los bueyes. Hendrik y sus ayudantes tenían que excavar profundamente en los aguaderos, y a veces se tardaba más de una hora hasta que aparecía finalmente algo de agua, una papilla de barro que apenas era suficiente para todos los animales. Hacía ya mucho que Ludwig había racionado estrictamente el agua potable para las personas. No había agua para lavarse. «Habría sido absurdo ese desperdicio –pensó Fanny–, pues el viento lo cubre todo de inmediato con una capa fina de polvo.» De todas formas, esta vez sí se había procurado la vestimenta correcta para el viaje. Llevaba los pantalones de montar de Charlotte y una blusa cuyas mangas, anchas en los hombros y ceñidas en las muñecas, se arremangó sin vacilar más arriba de los codos, lo cual había provocado un gesto desaprobatorio de Ludwig con la cabeza. Había observado el lunar en forma de media luna en la parte interior de su brazo derecho y murmuró en voz baja que ese lunar seguramente se haría más grande con el sol. Fanny, llena de rabia, volvió a bajarse de nuevo las mangas y a continuación se fijó firmemente en la cabeza, sin pronunciar palabra, el regalo de bodas del juez, un sombrero blanco de paja del tamaño de una rueda de carro.
«Me parece que mi Luise habría aprobado –le había dicho cuando se lo regaló– que volviera a darse una utilidad provechosa a su viejo sombrero.» Y de hecho no solo le iba bien la talla, sino que le quedaba estupendamente. En cambio, Fanny sonrió al dejar guardado el corsé en la parte más honda de su baúl. Ya no tenía por qué andar tan ceñida para sentirse mujer.
Desde la noche de bodas, Ludwig la trataba como a un ser especialmente frágil, lo cual era algo muy desacostumbrado para Fanny. Nadie, excepto Charlotte, se había preocupado nunca tanto por su bienestar. Sin embargo, Fanny se había dado cuenta también de que Ludwig la observaba cada vez con mayor frecuencia de soslayo y con un movimiento desaprobador de la cabeza, y cada vez la invadía el miedo de que algo en su conducta pudiera hacerle albergar alguna duda sobre su identidad. ¿Qué, si no, podían significar aquellos cabeceos? Suponía que había hecho algo mal en su noche de bodas, solo que no tenía ni idea de qué podía tratarse. Ojalá hubiera tenido a otra persona diferente a Maria von Imkeller para poder preguntarle.
Esta apareció justo la mañana siguiente a la boda para preguntarle llena de una compasión chismosa cómo había sido de horrible el dolor sufrido. Y Maria quedó muy decepcionada cuando Fanny no quiso ser prolija en su relato.
Para alivio de Fanny, muy pronto reclamaron la presencia de Maria porque un mensajero traía noticias de su casa. Uno de sus mellizos había enfermado de escarlatina y necesitaban su ayuda urgentemente.
Pero ¿a quién podía dirigirse para preguntar sobre la conducta apropiada en la noche de bodas? ¿Al juez, por ejemplo? No en vano era un hombre y debía saberlo, pero también era una persona tan recelosa. No, mejor que no. Ella misma debía averiguar por qué Ludwig no había vuelto a buscar su proximidad física desde entonces. Quizás era eso del todo normal en un matrimonio. Su mirada recaía una y otra vez en John, y se preguntó si estaría casado.
De todos modos, Ludwig no estaba enfadado con ella, sino todo lo contrario, se mostraba muy atento y preocupado, y tal vez solo estaba sorprendido de que Fanny no se quejara de las penalidades del viaje. ¿Cómo iba a saber él que los años en el convento habían endurecido su cuerpo? Con un estremecimiento recordó Fanny que, hasta bien entrado el verano, podía verse el aliento por el frío que hacía en los dormitorios y que las mantas de lana tenían un tacto húmedo, incluso en verano. Siempre había sentido frío allí, y ahora aquel calor tórrido le parecía una bendición.
Cuanto más atrás iban dejando Windhuk en dirección al sur, más llana se iba haciendo la tierra. Las cadenas montañosas iban alejándose cada vez más al final de la llanura, se unieron con el horizonte infinito de color azul cian. La vegetación cambiaba con el paisaje y se fue haciendo cada vez más escasa.
En los alrededores de Windhuk había muchos árboles y arbustos, pero Fanny solo podía descubrir aquí arbustos erizados, espinosos, del tamaño de una pelota. De vez en cuando aparecía una acacia espina de camello, pero no eran tan imponentes ni tan cargadas de vegetación como las que había visto en el cauce seco del río Swakop. Tampoco había tantas construcciones extravagantes de termitas.
Al comienzo del viaje se habían encontrado con algunos comerciantes y con indígenas, pero desde ayer no habían vuelto a ver a nadie. Hacía aún más calor que en los últimos días, y Fanny echaba de menos el viento que había hecho al menos soportable el sudor. Continuamente le asaltaban extrañas melodías en su mente, cuyo origen no podía explicarse y que eran completamente diferentes a las canciones que había aprendido en el convento. No fue consciente de que había cantado en realidad hasta que percibió que Hendrik la estaba mirando fijamente desde su puesto en el pescante.
–Hendrik –comenzó a decir aproximándose a él porque se acordó de la historieta del caníbal y de las perlas que hablaban. Pero ya galopaba Ludwig hacia ellos arrojándole miradas de desaprobación.
–Charlotte, te pedí que te mantuvieras alejada de Hendrik. Estos negros entienden mal tu afabilidad y se aprovechan de ti.
–Pero... –comenzó a decir Fanny.
–Amor mío, no voy a discutir sobre este asunto. Pensaba que tu madre de sangre noble te había enseñado el trato correcto con los criados.
Fanny trató de dar una buena explicación.
–Bueno, ¿sabes? Mis padres han mantenido siempre una actitud librepensante e ilustrada frente al personal doméstico. Ludwig negó con la cabeza con gesto pesaroso.
–No me extraña entonces que justamente los hijos varones de tales librepensadores se hayan visto involucrados en escándalos. ¡Y tu hermano pagó incluso con la vida ese librepensamiento!
–¡Eso no es así! No fue culpa de mis padres que lo mataran. –Fanny se enfadó en representación de Charlotte por esa tergiversación de los hechos.
–Bien, pero es ese tipo de pensamiento el que conduce a semejantes escándalos, ese pensamiento mina el país y la moral en lo más íntimo. –Ella no había visto nunca tan alterado a Ludwig, que se retorcía el bigote como si quisiera estrangularlo.
–Ludwig, por favor, sosiégate, mis padres han sido siempre un modelo de moral y de decoro, y se han comportado hacia todas las personas del modo que deseaban que les trataran a ellos mismos.
Ludwig resopló y dejó en paz su bigote.
–Eso, aquí en estas tierras, sería puro escarnio. ¿Cómo podríamos tratar a estos cafres y bastardos sin educación igual que a nosotros mismos? ¡Dímelo, Charlotte! Tú misma te comportas de manera diferente con un perro que con una persona con tus mismos derechos, ¿no es así?
–¡Ludwig! –exclamó Fanny enfurecida. ¿Qué demonios estaba diciendo su marido?
Él la observó con ojos llameantes, y acto seguido prosiguió:
–No parece que entiendas adónde quiero llegar. Disculpa si me veo obligado a echar mano de una comparación algo indecorosa para hacerte ver clara esta situación. Mi amor, ¿tratarías a una puta realmente con el mismo respeto que puedes exigir a cualquiera con razón como esposa mía?
«Sí –pensó Fanny–, sí, por supuesto, incluso Jesús había dicho sobre Maria Magdalena: "Quien esté libre de pecado que arroje la primera piedra."» Sin embargo, esa no era la respuesta que le estaba exigiendo su marido. ¿Qué podía decirle que no le encolerizara aún más, sino todo lo contrario, que lo convenciera de su punto de vista?
–No sé, Ludwig, lo que haría en ese caso porque no conozco a ninguna puta –acabó respondiendo con la esperanza oculta de dar por finalizada aquella conversación.
Para gran asombro suyo, Ludwig comenzó a reír a carcajadas sonoras, sí, e incluso trató de acariciarle las mejillas mientras cabalgaba junto al carro. Una maniobra con la que estuvo a punto de caerse del caballo de lo intensas que eran sus carcajadas.
Hendrik y John la observaron y luego se miraron el uno al otro. Fanny percibió que no compartían esas risas.
Se avergonzó y se despreció por su respuesta cobarde. Tendría que haber dicho que toda persona tiene el derecho a ser tratada como una persona, independientemente de si era una puta, un nama o un misionero.
Siguió con la vista a Ludwig, que cabalgaba todavía entre risas hacia el final de la caravana. No se avergonzaba únicamente porque él había caracterizado de bestias y de bastardos a Hendrik y a John, ni tampoco porque él había elegido el símil de la puta. Estaba avergonzada principalmente por no haberse dado cuenta antes de cómo pensaba su marido. En una de sus cartas a Charlotte, había escrito que anhelaba de todo corazón
[...] a la mujer fiel que en su corazón, igual que yo, tiene sus raíces profundas en nuestra nación y en nuestra cultura, amantes de la libertad y de carácter noble.
¿Qué había querido decir Ludwig con eso de «en nuestra nación y en nuestra cultura, amantes de la libertad y de carácter noble»? Era del todo evidente que Charlotte se había equivocado mucho con él, porque su amiga, que había leído y admirado a escondidas a Heinrich Heine, estaba firmemente convencida de que Ludwig aludía en esa frase a su querido poeta. Sin embargo, Fanny consideraba ahora que eso era un disparate colosal. Ludwig no desperdiciaría jamás su tiempo con actividades tan poco viriles como la lectura de poemas.
De pronto, unas figuras extrañas que aparecieron en la lejanía arrancaron a Fanny de sus pensamientos.
–¡Jirafas! –exclamó asombrada. Y eran jirafas de verdad. Tenían un aspecto completamente diferente que en las imágenes que había visto sobre ellas en los libros. Los tres animales eran mucho más altos y se movían balanceándose con mayor velocidad de lo que Fanny habría considerado posible. En el medio se movía torpemente una jirafa muy pequeña, y Fanny se emocionó tanto al verla como se había emocionado siempre cuando veía los terneros recién nacidos en el convento–. ¡Oh, qué bonito. Mirad allí! –exclamó, y se enfadó por no tener unos prismáticos para poder observar más de cerca a aquellos animales.
–Esa no es una buena señal –señaló John acallando de golpe la alegría de Fanny.
–¿Por qué? –preguntó ella sin apartar la mirada de los animales. Le habría gustado mirarlo a los ojos, pero después de lo que había ocurrido no tuvo el coraje de hacerlo.
–Eso significa que todos los aguaderos en los alrededores están secos, pues las jirafas solo vienen hasta aquí cuando las impulsa la sed. Aquí crecen muy pocos árboles para ellas. –John echó la cabeza atrás, se pasó la palma de la mano por la frente y miró al cielo.
Ahora sí lo miró ella. Tenía un aspecto cansado y triste.
–Pero lo que más me sorprende es que estoy seguro de que estoy oliendo ya la lluvia, y me asombra que los animales no lo perciban también, sino que se han venido hasta aquí a pesar de todo. –Hizo un movimiento negativo con la cabeza, luego miró a Fanny fijamente a la cara–. Y es que los animales lo saben normalmente antes que nosotros, los humanos.
Ludwig se acercó al galope y señaló hacia las jirafas.
–Se han unido a una manada de ñus.
Fanny entornó los ojos, pero todo lo que pudo reconocer fueron unos puntitos que parecían pulular alrededor de las patas de las jirafas, como si fueran moscas.
–No deberíamos perderlos de vista y procurarnos una cena sabrosa.
John titubeó.
–Creo que deberíamos buscarnos un lugar elevado en el que estemos a salvo de una inundación.
Fanny fue incapaz de ocultar su asombro incrédulo.
–¿Inundación? ¿Por dónde va a venir? No hay una sola nube en el cielo.
Ludwig titubeó.
–John sabe mucho de estas cosas. Si dice que va a haber lluvia, entonces será como dice. Ya me lo ha demostrado dos veces. –Antes de que Fanny pudiera hacer más preguntas, Hendrik se dirigió a John. Y como ya ocurriera en la hoguera, Fanny percibió admirada los sonidos de aquel singular idioma en el que las silabas de sonido normal, compuestas por consonantes y vocales, eran interrumpidas por unos sonidos que eran como tonos de desaprobación, «ts ts», y luego de nuevo un chasquear de la lengua como el que utilizaban para estimular a los bueyes, y un chasquido extrañamente suave en la mejilla. Ludwig increpó a Hendrik y le ordenó que volviera a hablar en alemán tal como había aprendido en la escuela de la misión. Sin embargo, John respondió a Hendrik en ese mismo idioma al tiempo que fruncía la frente.
–Hendrik cree también que la lluvia va a venir. Se lo dicen los bueyes, y el viento.
«¿Viento, qué viento?», iba a preguntar Fanny, pero entonces ella misma lo percibió también: el viento que había faltado todo el día volvía a estar de repente allí tirando de su sombrero con más fuerza que antes. Le dio la sensación de que era más frío que el de los últimos días y más cortante, como si los granitos de arena se hubieran vuelto más afilados.
–¿Qué hay que hacer? –preguntó Ludwig a John. Fanny pensó sin querer que Ludwig había puesto hacía unos instantes a John al mismo nivel que los animales y ahora le pedía consejo como la cosa más natural del mundo.
–Un momento. –John cabalgó hacia atrás hacia un termitero de color cobrizo y de la altura de un árbol, que Fanny no había detectado. Una vez llegado a él, saltó de su montura y lo exploró a fondo.
Cuando regresó casi sin aliento, Fanny lo vio preocupado.
–Se nos echa encima una tormenta tremenda, con cantidades increíbles de agua inundando esta senda. Eso es lo que dicen, en todo caso, las termitas.
«¿Hablaba con las termitas?» Fanny observó a John con gesto de incredulidad, y luego volvió a mirar al cielo. Seguía sin haber una sola nube. ¡Hablar con las termitas! Seguro que le estaba tomando el pelo. Cuando él se apercibió de su mirada, apretó los labios en una sonrisa sarcástica.
–Lo de hablar con los animales se lo enseñó mi madre africana a John, su hijo bastardo. –A continuación, dirigiéndose a Ludwig–. Tenemos que encontrar ahora mismo un lugar seguro para las bestias. –Pronunciando estas palabras se fue a toda prisa de allí, y Ludwig lo siguió.
Fanny se quedó sin decir nada por la rabia que sentía, ya que, a diferencia de lo que sucedía con la ignorancia de los hombres, ella no sabía qué había que hacer en esos momentos, y aún más se encolerizaba por el hecho de que John parecía suponer que ella compartía las opiniones de Ludwig.
Siguió con la mirada a Ludwig y a John. Los dos se habían ido al galope campo a través y a ella le pareció que no tenían ningún plan. Tras ellos se levantó una gigantesca nube de polvo. El viento fue aumentando su intensidad y sacudía el carro. Los bueyes comenzaron a mugir como si quisieran protestar contra el viento.
«¡Hablar con las termitas, qué ocurrencia! Si no hubiera añadido lo de su madre, la cosa era para partirse de la risa.»
De pronto pasó una sombra por su cara. Desconcertada, alzó la vista al cielo. Eran nubes, no una, no, sino un amontonamiento masivo de nubes de color gris amarillo formando una torre y sin forma, como la nata pasada. «Inconcebible –pensó Fanny–, salidas como de la nada.» Cada vez iba aumentando su número, luego comenzó a teñirse el núcleo de esa masa nubosa, se volvió de color gris oscuro, luego negro, y finalmente se formaron en los límites unas rayas verticales de color grafito que caían hasta la tierra.
¡La lluvia, la anhelada lluvia!
Ludwig y John regresaron sin apenas aliento. John dio unas órdenes a Hendrik en el idioma de los chasquidos y, acto seguido, el guía cambió de dirección y comenzó a aporrear a los bueyes.
–¿Adónde nos dirigimos? –quiso saber Fanny.
–Hemos encontrado una pequeña elevación del terreno, aunque me temo que no será suficiente. Sea como sea, nos tenemos que dar mucha prisa –dijo Ludwig señalando el cielo con el dedo–. Puede ponerse a llover de un momento a otro.
–¿Puedo hacer algo? –preguntó Fanny.
–No. Quédate aquí sentada, nada más, ya nos ocupamos nosotros.
–¡No puedo quedarme aquí! Para los bueyes sería más fácil si saltara del carro y fuera a pie hasta esa elevación del terreno, ¿o no?
Ludwig titubeó, pero John asintió con la cabeza.
–Cuanto antes lleguemos, mejor. Se agradece toda ayuda.
Fanny no podía imaginarse que un poco de lluvia que, además, llevaba tanto tiempo siendo ansiada por todos, pudiera ser una catástrofe tan grande. Saltó a tierra con el ánimo más que dispuesto a ser útil, pero sin las paredes protectoras del carro, el viento estuvo a punto de tumbarla. Tuvo que hacer frente con todas sus fuerzas al viento que ahora soplaba por todos lados, tiraba violentamente de sus ropas y se iba llevando una tras otra las flores de su sombrero. Trató de mantener el paso del carro de bueyes. Se había imaginado que iba a ser como dar un paseo, y ahora resultaba casi una tarea imposible avanzar. La arena era omnipresente, incluso entre los dientes, a pesar de que tenía la cabeza gacha y la boca firmemente cerrada. Fanny luchaba con cada paso que daba y se preguntaba constantemente cuándo alcanzarían por fin la elevación del terreno prometida.
De repente se iluminó todo con una luz radiante, el aullido del viento enmudeció y durante unos instantes hubo una calma fantasmal. Entonces retumbó un trueno imponente con tal fuerza que Fanny se arrojó al suelo instintivamente. Ludwig apareció de inmediato a su lado para ayudarla a ponerse en pie.
–¡Nada de desfallecimientos, enseguida lo habremos conseguido! –Llegó el siguiente rayo y de nuevo otro trueno tan potente como el sonido de los timbales y de las trompetas que Fanny se imaginaba para el día del Juicio Final.
La pequeña elevación del terreno no le pareció a Fanny mucho mayor que un montón de toperas superpuestas. De todas maneras había árboles en ella a los que ataron los bueyes con toda celeridad. De nuevo otro rayo seguido del estruendo de un trueno infernal. «¿Era inteligente atar a los bueyes a los árboles? –se preguntó Fanny–, ¿y si cae un rayo ahí?»
De pronto se puso a llover. Caían unos goterones gruesos que sonaban como latigazos y que dieron paso primero a una cortina de gotas prácticamente opaca y finalmente a un muro de agua que restallaba en la tierra roja que estaba tan reseca que no podía absorber aquella imponente masa líquida. Se formaron charquitos, charcas, lagos. Lagos profundos. Fanny contemplaba fascinada aquel espectáculo a su alrededor. Los bueyes aullaban, y los caballos relinchaban inquietos. El agua ascendió en cuestión de unos pocos minutos hasta las rodillas de Fanny. Cuando John se dio cuenta, cabalgó hasta acercarse a ella y la levantó para dejarla de nuevo subida al carro que no había cabido del todo en aquella pequeña elevación del terreno.
Las ruedas estaban sumergidas en el agua en sus dos terceras partes, y la lluvia no cedía. Al contrario. A Fanny le pareció que iba arreciando cada vez más. Las masas de agua oprimían de tal forma el ala ancha de su sombrero que acabó venciéndose y le colgaba a la altura de la barbilla. Continuamente se deslizaban arroyos por su espalda provenientes del sombrero, todo estaba mojado. Los bueyes tenían ya el agua por encima de las patas. A Fanny se le ocurrió preguntarse si las jirafas tenían precisamente aquellas patas tan largas por este motivo.
Ludwig ató su caballo a un árbol, se abrió paso por entre las aguas que le cubrían los muslos, escaló para subirse al carro, se sentó a su lado y le pasó el brazo por los hombros en un gesto protector.
–No tengas miedo, Charlotte –dijo pegándose a ella. Por debajo de las ropas empapadas ella percibió el calor de su cuerpo.
¿Miedo?
Ella constató con admiración que no sentía ningún miedo. No lo tenía de los rayos ni de los truenos, y para nada tampoco del agua. Todo lo contrario. En sus entrañas se sentía como si el agua hubiera abierto dentro de ella una coraza sofocante, como si fuera ahora cuando podía respirar correctamente. Y eso que el nivel de agua seguía ascendiendo. Los bueyes proferían sonidos de pánico. Hendrik se había subido a uno de los árboles con ayuda de John.
A pesar de todo, ella quería disfrutar de cada gota. Se apartó un poquitín de Ludwig, pero él la sujetó con firmeza. Al hacerlo, su mano resbaló hasta la pulsera de abalorios y acto seguido soltó a Fanny.
–¡Esas perlas están hirviendo, maldita sea! –maldijo, y se miró las palmas de las manos que humeaban en la lluvia. Se puso en pie furioso, descendió del carro y se abrió paso por entre las aguas que ya le llegaban a la cintura hasta llegar donde John, que estaba hablando a los bueyes en un tono tranquilizador.
Fanny se llevó la mano a los abalorios y se sobresaltó. Ludwig tenía razón, despedían un calor tremendo. No obstante, volvió a tocarlos, pero ahora sintió una energía que la atravesaba como si el sol brillara por su cuerpo como un rayo.
–¿Qué es esto? –murmuró–. ¿Qué está sucediendo conmigo? –Pero sus palabras se perdieron entre el murmullo del viento, los truenos y los bramidos del ganado.
Miró a John, a Hendrik, a Ludwig y a los bueyes, observó sin ningún temor la ascensión creciente de las aguas como si fuera un sueño y ella sobrevolara la escena.
De golpe, sus piernas la obligaron a levantarse, su cuerpo empapado se opuso al viento, y ella extendió los brazos.
Y entonces, sin que pudiera decir por qué lo hacía, comenzó a cantar. No como lo había hecho en el convento, no se trataba de ninguna canción que conociera, sino que era solo una melodía. Algo en su cabeza se burlaba de ella y se preguntó si no estaba siendo víctima de una insolación. Sin embargo, la otra sensación era tan potente, le ardía en el cuerpo y no permitía otra actividad que la de cantar aquella melodía. Cantaba como si la vida le fuera en ello, cantaba como en trance, percibió cómo cedía el calor de las cuentas, percibió cómo los hombres la miraban fijamente, pero ella era incapaz de parar.
Los aullidos de los bueyes se redujeron hasta quedar absorbidos por el murmullo de las aguas. Siguió cantando, cantó hasta que los truenos no fueron más que un retumbar suave, cantó hasta que el sol penetró a través de las panzas negras de aquellas gigantescas nubes y quedó trazado un imponente arcoíris desde un extremo de la llanura al otro.
Entonces ella exhaló un suspiro, completamente exhausta.
Nadie dijo una sola palabra.
El agua seguía teniendo un nivel de más de un metro, borboteaba y se arremolinaba, tiraba del ganado y del carro. Todo humeaba con el sol, y ya soplaba de nuevo la brisa que, sin arena, producía el efecto de una caricia y comenzaba a secar sus cuerpos mojados.
Fanny no había visto en su vida un arcoíris semejante, y, sin embargo... esos colores, esos destellos, como si el arcoíris estuviera compuesto de infinidad de perlas.
Perlas.
Respiró hondo y pasó la vista desde el arcoíris hasta su pulsera. Cada uno de los abalorios brillaba y destellaba como si hubiera caído en ese instante de aquel arcoíris. Se frotó los ojos y palpó la pulsera. Fría, como se percibe el cristal al tacto.
Se preguntó qué diría Ludwig de todo aquello. Dirigió la mirada hacia él, pero este apartó la vista inmediatamente. Luego pareció que se conminaba a sí mismo a replicar a la mirada de ella. Sus ojos la miraban fijamente, nunca la había mirado de esa manera. Fanny sintió un escalofrío en la espalda. La estaba contemplando como se mira a un perro de tres patas o a un ser humano con dos cabezas, con compasión, pero también preguntándose si no sería mejor poner pronto un punto final a ese feo sufrimiento. «Está pensando que mi espíritu ha sufrido daños con el calor», pensó. Y si voy y le cuento lo de los abalorios, me tomará por una loca sin remedio.
¿Y John? ¿Y Hendrik? Se volvió a mirarlos, pero estos también desviaron la mirada.
Fanny no sabía qué decirles, cómo explicarles aquello.
Se volvió a mirar de nuevo el arcoíris que seguía mostrando sus magníficos colores sobre la llanura. Aquel panorama la consoló, pero seguía sin encontrar palabras de explicación, y por ello se decidió a hacer aquello que ya en el convento la había ayudado a salir de las situaciones difíciles y de las cavilaciones sin sentido: trabajar.
Un trabajo duro, físico.
Suspiró, luego se quitó el sombrero con determinación y lo escurrió, ya poco importaba lo que hiciera con él, pues había perdido su forma. Le habría gustado quitarse también la blusa y los pantalones de montar para escurrirlos también, pero entonces Ludwig la habría tomado por una loca de remate. Este pensamiento le arrebató una sonrisa. «¿Qué habría dicho Charlotte sobre ese canto? ¿Y Maria von Imkeller?» No tuvo más remedio que ampliar la sonrisa, y esto, a su vez, la sosegó, le permitió respirar con normalidad. Independientemente de lo que había sucedido, ella seguía siendo ella misma. Entonces se puso a buscar en el carro aquellas cosas que tenían que extenderse rápidamente al sol para que se secaran. Agarró las mantas, las escurrió también y las extendió en los laterales del carro.
–¿Seguimos camino? –preguntó a Ludwig con la esperanza de hacerle hablar con una pregunta normal.
–No, vamos a quedarnos aquí y a esperar a ver qué ocurre. –Ludwig se acercó hasta ella en el carro y evitó su mirada.
–¿A qué tenemos que esperar?
–A ver si sigue lloviendo con esa intensidad o si amaina y podemos continuar la ruta. Si ha dado comienzo la temporada de lluvias, el viaje se convertirá en una verdadera penalidad. –Ahora dirigió la cabeza hacia ella y buscó su mirada–. Siento mucho que hayas tenido que experimentar esta situación. Tendría que haber planeado mejor las cosas. Es una locura viajar en la época de lluvias con una mujer tan joven y delicada como tú.
–No pasa nada, Ludwig, de verdad –dijo Fanny tratando de tranquilizarlo.
–Solo quedan dos horas hasta que el sol se ponga –intervino John, y señaló en dirección al arcoíris cuyos colores iban palideciendo lentamente–. Deberíamos tender todas las cosas en los árboles para que se sequen.
Aliviada por haber ahora algo más importante que su estado anímico, Fanny reaccionó inmediatamente a la observación de John.
–Y yo montaré el trípode. Ojalá no se hayan mojado todos nuestros fósforos. Esta noche deberíamos cenar algo nutritivo, ¿no te parece, Ludwig? ¿No ibas a cazar un ñu para nosotros?
–Esos hace mucho ya que andan por los cerros. –A pesar de todo oteó la llanura con la esperanza de descubrir alguno. Fanny miró en la dirección de la mirada de él, pero tampoco pudo divisar nada en lontananza.
«¡Lástima –pensó–, una cacería habría hecho olvidar a Ludwig la extraña escena mía de antes.» Profiriendo un suspiro se puso a la búsqueda de los fósforos que estaban guardados en un cofre impermeable. Abrió el cofre llena de expectación.
–¡Están secos! –exclamó–. ¡Hombres, miren aquí, parece mentira, pero los fósforos están secos! –Nadie parecía compartir su alegría. No obstante, se puso a montar el trípode y a buscar la vajilla guardada en la caja de delante.
John, Ludwig y Hendrik soltaron el ganado y lo llevaron un poco aparte, en donde Hendrik les dejó beber de una charca grande y a continuación se puso a montarles un recinto para pasar la noche.
Cuando Fanny acabó de montar todo, se dio perfecta cuenta de por qué nadie había compartido con ella su alegría por los fósforos secos. Necesitaban leña, y esta estaba ahora mojada.
Se acuclilló decepcionada junto al trípode sin sentarse en el fango. El estómago se le quejaba más de lo habitual. Habría podido dar cuenta ella sola de medio ñu. Sin embargo, sin fuego no había otra cosa para cenar que tostadas y alubias frías en lata.
El agua se había retirado entretanto de aquella elevación del terreno. Por todas partes podían verse estrías, como pequeños cauces que el agua había excavado en la tierra seca durante su recorrido. En la linde de la elevación, el agua había socavado la tierra por completo, de modo que un pedazo de tierra que quedaba resultaba peligroso y seguramente se habría desmoronado al pisarlo.
–¿Qué pasa? –preguntó John, que había aparecido a su lado inadvertidamente.
–Leña –respondió Fanny malhumorada levantando la vista para mirarlo a la cara–. Sin leña seca no hay fuego. –De repente sintió que no solamente estaba hambrienta, sino también terriblemente cansada.
Se acuclilló junto a ella y le tendió un extraño objeto, de color amarillo y de la longitud de un dedo.
–¿Qué es?
–Una vela bosquimana. La encenderemos y podremos utilizar también la madera mojada para quemarla. Le puso el cartucho en la palma de la mano y le cerró suavemente los dedos alrededor. Tenía el tacto de los cirios fríos de cera que se encendían en el convento por las almas de los muertos.
–¿Una vela bosquimana?
–Venga conmigo, le enseñaré dónde crecen. –Se levantó y tendió una mano a Fanny. Ella le agarró la mano con la suya libre y se dejó alzar. Ahora estaba directamente enfrente de John, miró involuntariamente los cabellos oscuros del tórax que se le marcaban a través de la camisa blanca mojada, y tuvo que apartar la mirada porque notó que le gustaba lo que había visto.
Él susurró algo.
–El hombre que habla con las termitas respeta a la mujer que habla con la lluvia.
Ludwig regresó de nuevo y saltó de su montura. John soltó inmediatamente la mano y retrocedió un paso. Ludwig rodeó a Fanny con un brazo y clavó los ojos en John.
–John, Hendrik necesita que lo ayudes.
John se fue sin titubear. Fanny abrió la palma de su mano y mostró a Ludwig aquel cartucho hueco, liso y de color amarillo.
–¿Qué es? –preguntó Ludwig agarrándolo.
–John dice que con esto podemos prender incluso la madera húmeda. Lo llaman vela bosquimana.
–John sabe un montón de cosas, de verdad. –Este reconocimiento de Ludwig sonó con algún deje de disgusto–. Esperemos que tenga razón. Vamos a ver si encontramos algo de leña que podamos utilizar. –Extrajo su navaja y se dirigió a los árboles de enfrente.
Fanny quiso acompañar a Ludwig, pero sus zapatos se hundieron profundamente en el barro y se le quedaron clavados de tal modo en el fango que ella, descalza con las medias, tuvo que hacer maravillas para no darse en la cara al caer de bruces. Reprimió una palabrota.
Ludwig se volvió a mirarla y se puso a reír a carcajada limpia; luego se apresuró hacia ella y la ayudó a levantarse.
–Y esto, mi amor, es tan solo un pequeño avance de lo que tendrán que rendir los bueyes en los próximos días.
La ayudó a sacar los zapatos del fango.
–Podría ir descalza perfectamente.
–No quieras andar por ahí como una mujer cafre.
–Entonces quiero unas botas como las tuyas. Estos zapatitos de señora no son nada prácticos –dijo Fanny cogiendo sus delicados zapatos blancos de cuero con cordones que, rotos y cubiertos con una capa roja de barro, seguramente no tendrían ya arreglo.
–Hablaremos más tarde de eso. –Ludwig volvió a montar a Fanny en el carro–. Ponte otra vez los zapatos.
Fanny se ahorró una respuesta y se dejó caer en el asiento de delante. Se puso a observar la vela bosquimana con gesto meditabundo y extrajo los fósforos. Miró a su alrededor como si estuviera realizando una acción prohibida, y entonces encendió un fósforo y lo aplicó al cartucho amarillo que se puso negro de inmediato, silbó y comenzó a arder. Se expandió por los aires un aroma que le recordó el incienso.
John se acercó a caballo.
–Eso solo debería prenderse cuando se necesita de verdad. Sin esperar una respuesta continuó cabalgando a lomos de su caballo.
Fanny sopló a toda prisa la vela bosquimana, se calzó de nuevo los zapatos, y al hacerlo se imaginó que seguía estando en el convento. Tenía que resistirse mejor a que la trataran como a una niña tonta.
–¡Mirad allá enfrente! –Ludwig señalaba al este en donde tan solo quedaba un jirón de arcoíris–. ¡Antílopes! A lo mejor sí va a haber algo especial para la cena esta noche. ¡Charlotte, dame el fusil! John, vamos a probar suerte.
Fanny agarró el fusil de Ludwig y se lo tendió junto con la munición.
–¡Por una buena caza! –exclamó a los hombres.
Ella esperaba ver a John y a Ludwig salir a todo galope de allí, pero los caballos tenían que realizar grandes esfuerzos para levantar las herraduras del fango, así que avanzaban lentamente en realidad. Los antílopes, en cambio, se movían con la ligereza de siempre, y Fanny se temió que se quedaría en nada la carne a la brasa prometida para la cena.
Cuando Ludwig estuvo fuera del alcance de la vista, miró a Hendrik, que estaba ocupado en construir el cercado para los bueyes. Se sacó los zapatos con porfía y se fue descalza por la tierra roja que sintió en sus pies como un maravilloso tacto blando. Cortó unos matorrales deshojados y rompió algunas ramas de los árboles para que pudiera haber al menos una hoguera. En esa actividad tuvo que prestar mucha atención porque tanto los matorrales como los árboles estaban llenos de espinas alargadas.
Hizo un montón con todo, pero no le prendió fuego, sino que esperó al regreso de John y de Ludwig. No pudo menos que ponerse a pensar en lo que había sucedido hoy durante la tormenta. En lo más profundo de sí misma sabía que no había sufrido ninguna insolación. No, todo aquello había sucedido porque el África del Sudoeste era su tierra, la tierra de sus antepasados, la tierra a la que la habían conducido los abalorios.