10

 

Ya a primera hora de la mañana siguiente y de una manera completamente inesperada para Fanny, apareció la primera visita justo al mismo tiempo que comenzó a caer un intenso chaparrón. No habían desayunado siquiera.

–Ludwig, ¿quién puede ser a estas horas? ¡Di a esa gente que se vaya! ¿O son pacientes tuyos?

–No puedo hacer eso. Tendrás que acostumbrarte a las visitas. Por aquí ocurren muy pocas cosas, y hay escasos periódicos, así que la gente está ansiosa de novedades. Y todos están pendientes de mi mujercita alemana proveniente de la nobleza. Estoy seguro de que es mi amigo Hermann. Y es que apostó a que mi Charlotte sería una mujer tan fea que no me quedaría más remedio que mandarla de vuelta con el siguiente barco. –Ludwig besó a Fanny en la boca y se puso los pantalones–. Pero, por favor, no salgas con aquella pinta horrible de ropa de ayer después del baño. Quiero ufanarme contigo.

–Todas mis cosas están húmedas y sucias. No voy a salir desnuda...

Pero Ludwig ya estaba de camino para abrir la puerta, y no le quedó otro remedio que preguntar a Martha y a Grace si le podían prestar un vestido. Martha se limitó a gruñir y a preguntarle si se creía que ella poseía un armario lleno de ropa como una señora blanca. Y se marchó a continuación. Grace le prestó a Fanny su vestido de los domingos. Era de tejido de algodón de color gris oscuro, muy sencillo y cerrado hasta el cuello, no realzaba ni la cintura ni el escote, y tenía las mangas rectas. Era más bien un mono de trabajo y a Ludwig tampoco le gustaría, Fanny estaba segura de tal cosa. Ese Hermann se pensaría que no tenía figura, y se frotaría las manos. «Me pondré por encima uno de los delantales de encaje blanco de Charlotte de tal manera que realce mi figura», pensó, y al mismo tiempo no pudo reprimir una risa burlona de satisfacción. Quería gustar a un hombre desconocido únicamente para que Ludwig pudiera estar orgulloso de ella. Se sujetó el pelo de modo que destacara su bello perfil, se pellizcó en las mejillas para que se colorearan un poco, y se roció auténtica agua de Colonia que había encontrado en el baúl de Charlotte. Por desgracia no le quedó más remedio que calzar unos zapatos húmedos, pero se resignó a ese mal menor.

Ya de lejos olió el aroma denso de los puros habanos. Oyó carcajadas y se alegró de que su marido estuviera de buen humor.

Ludwig los presentó, y Fanny se esforzó por agradar a Hermann. Sin embargo, no lo consiguió. Él tenía una mirada penetrante y unas pupilas diminutas que lo perforaban a uno como alfileres, con una boca carnosa que a Fanny le recordó una membrana mucosa escocida. Era gruesa, abultada y brillante por debajo de una barba perfectamente retorcida al estilo emperador Guillermo. Fanny percibió su mirada despectiva sobre su cuerpo con una intensidad tal que deseó haberse dejado el vestido de los domingos de Grace tal como era sin ponerse nada más encima. Sus abalorios se calentaron y vibraron como si quisieran alertar a Fanny.

–Me alegro de conocer por fin a la Charlotte de Ludwig. ¡Aunque eso signifique que acabo de perder mi apuesta! Ludwig, has elegido bien. ¡Por lo que veo tu novia tiene generosas formas y todas en su sitio! –dijo Hermann formando un círculo con los dedos pulgar e índice y desplegando los demás dedos como si ella fuera una yegua de crianza de primera clase para cuya compra acabara de dar su beneplácito. Al mismo tiempo sonreía a Ludwig mostrándole todos los dientes y le guiñaba el ojo como si tuviera una enfermedad ocular.

«¡Qué repugnante! –pensó Fanny–, ese hombre está obsesionado consigo mismo, se las da de importante. ¿Qué habrá encontrado Ludwig en él?»

Hermann volvió a dirigirse a ella y le sonrió con malicia.

–Por motivos que se me escapan pensé que usted era mucho más alta y de una generosa esbeltez, y que sus ojos eran más claros.

Fanny empezó a sudar. Él estaba describiendo a Charlotte. ¿Por qué lo había dicho, había en sus palabras algún significado oculto? Sin embargo, él siguió hablando.

–Espero que haya tenido usted un buen viaje. Antes de que Fanny pudiera responder, se inmiscuyó Ludwig.

–Charlotte, te presento a Hermann Joseph Sichel, ya en 1886 abrió con Mertens una empresa mercantil en Walvis Bay y trata continuamente de ampliarla. Y ahora, por favor, dejad los dos el «Usted». Nosotros, los alemanes de por aquí abajo, somos todos hermanos. Así que, Charlotte, este es Hermann. Hermann, esta es Charlotte. Y ahora daos la mano –dijo Ludwig, y dio una calada a su puro con evidentes signos de placer, como si acabara de consumar una buena obra.

Fanny le tendió a Hermann la mano, sobre la cual él estampó un beso húmedo. Ella tuvo que hacer un gran esfuerzo para reprimir el impulso de secarse la mano con el delantal.

–Me alegra mucho conocer a un amigo tan importante de mi marido –dijo Fanny buscando qué más podría decir. Hermann la miró penetrantemente.

–Yo también me alegro, si bien tengo que repetir que me había imaginado a la novia de Ludwig más alta y metida en carnes. Esto es, ¡más alemana! Pero eso seguramente se debe a que tu caro hermano me contó muchas cosas acerca de ti.

–¿Conoció usted a mi hermano? –Fanny sintió que se le reblandecían las rodillas–. ¿Cómo es eso? –Una historia muy larga... –dijo Hermann en tono enigmático.

–¿Qué tal un desayuno? –preguntó Ludwig, que no parecía haberse apercibido en absoluto de la tensión entre los dos. Fanny aprovechó la ocasión para darse a la fuga. Se dio la vuelta para dirigirse a la cocina.

–Ayer no vi demasiadas cosas en la despensa, pero veré qué puedo hacer.

A continuación, se fue a toda prisa hacia la cocina, en donde Martha y Grace estaban sentadas y adormiladas tomando una infusión, cosa que volvió a tranquilizar a Fanny. «Ese Hermann no sabe absolutamente nada, habría afirmado también que conoce en persona al emperador de la China si eso pudiera serle de alguna utilidad. No, solo quiere dárselas de importante y no es más que un fanfarrón y un charlatán. ¡Y si de verdad sabe cómo era Charlotte, entonces no se habría apostado jamás con Ludwig que Charlotte fuera fea!» Pidió ayuda a Grace y a Martha, pero las dos parecían no entenderla. Así que Fanny se puso a husmear sola en la despensa, encontró harina y leche condensada, pero nada de pan, ni queso, ni salchichas. «¡Huevos!», pensó, debía de haber huevos por fuerza con la cantidad de gallinas que vio el día anterior en el corral. Con ellos podría hacer una tortilla. Pidió a Grace que le fuera a buscar huevos al gallinero, y esta desapareció de allí. Entonces se dirigió a los fogones y reconoció que no estaba en disposición de hacerlos funcionar ella sola. Por ello rogó a Martha que le mostrara cómo funcionaban. Profiriendo un suspiro, Martha se puso manos a la obra. Como combustible volvió a utilizar las boñigas secas de vaca, y Fanny se quedó impresionada de la rapidez con la que había logrado hacer un fuego chisporroteante.

«¿Café? ¿Había café? –Preguntó a Martha, que se limitó a encogerse de hombros–. Vale, entonces habrá té con tortilla.» Nadie podía quejarse porque acababan de llegar de Windhuk.

Preparó la harina, el aceite, y se procuró una pesada sartén de hierro. Preparó té. «¿Dónde andará Grace?» Fanny estaba tan nerviosa que fue a mirar ella misma. Fuera se encontró a Grace en el establo de los corderitos sumida en una conversación con Zach. Se había olvidado por completo de ir a por los huevos.

Fanny se metió en el gallinero, cuyo hedor le puso de manifiesto la necesidad de una limpieza urgente. Mañana, eso lo haría mañana. Buscó huevos y encontró seis. Cuando regresó corriendo, Grace y Zach habían desaparecido.

En la cocina se había extinguido el fuego entretanto, y Martha estaba bebiendo un té. Fanny iba a gritarle enfadada cuando no tuvo más remedio entonces que esbozar una amplia sonrisa. ¿Para qué tanta prisa? No quería volver tan rápidamente con ese Hermann. Así que le pidió a Martha que atizara el fuego, y luego la envió con una bandeja llena de platos y tazas afuera, al porche.

De aquella tortilla grande ascendía un agradable aroma, y cuando sirvió a los dos caballeros, ella se sintió orgullosa de haber preparado una comida en tan poco tiempo, en una casa desconocida y con tan escasos víveres.

–Bueno, en breve te volverás un enclenque si desayunas así todos los días –metió baza Hermann, que se había puesto tres cuartas partes de la tortilla en su plato.

Fanny, indignada, iba a llamarle la atención, pero Ludwig se le adelantó.

–Charlotte acaba de llegar, y seguramente está acostumbrada a otros sirvientes. Primero tiene que familiarizarse con todo esto.

Estoy seguro de que si vienes dentro de algunas semanas, me encontrarás orondo como un barril de mantequilla. –Ludwig sonrió a Fanny, y ella tomó nota de este gesto con alegría.

–Pero esa sería también una mala señal. –Al parecer, Hermann no podía dejar de dar sus puyazos, pero dando una palmadita en el hombre a Ludwig, como si quisiera quitarle veneno a sus palabras–. Pues como todos los hombres sabemos, ¡un buen gallo no engorda! Y quien se emparienta con una familia así...

Fanny necesitó unos instantes para entender lo que Hermann quería decir con aquello, y notó cómo se le agolpaba la sangre en las mejillas. Dirigió a Ludwig una mirada de inseguridad y se levantó de su asiento.

–Me vais a disculpar –murmuró, y se marchó a la cocina.

Los dos se rieron conjuntamente. «Tengo que dejar de ser tan ñoña –pensó Fanny–, pero no puedo sacudirme de encima todo ese largo tiempo en el convento.» Tampoco Charlotte, cuya familia se había arruinado por culpa del escándalo ese, habría reaccionado de una manera muy diferente.

Hermann sabía algo, sí, Fanny estaba ahora convencida. Estaría ojo avizor con él. Tenía que averiguar cómo Ludwig y Hermann se habían hecho amigos.

Ludwig la llamó y pidió jerez. A Fanny le pareció que las diez de la mañana era una hora muy temprana para beber un jerez, pero se puso a buscar y finalmente encontró en el armario con rejilla una calabaza pringosa en la que había escasos restos de vino. Limpió el recipiente y lo llevó afuera.

–Haznos compañía, a Hermann le gustaría mucho saber cosas sobre tu familia. –Ludwig vertió el resto de jerez en una copa y se la tendió a Hermann.

Fanny se había preparado en Windhuk para ese tipo de preguntas, y pensó que en Keetmanshoop se libraría de ellas; sin embargo, se daba cuenta ahora de que ese Hermann no iba a darle tregua.

Por ello intentó recordar las anécdotas que se había inventado para su boda, pero estas no querían pasársele por la cabeza.

–¿Qué quiere saber exactamente? –preguntó ella.

–¡Charlotte, dijimos que no íbamos a tratarnos de usted!

–Todo, simplemente todo –dijo Hermann, que se había tomado el jerez como si fuera agua.

–Como quizá sepa usted, he estado apartada de los actos sociales debido al asunto de mi hermano.

Hermann le dio una palmadita comprensiva en el brazo.

–Eso tuvo que ser muy desagradable para una chica tan joven y bonita como tú. ¿Qué es lo que ocurrió exactamente?

Fanny dirigió la vista a Ludwig.

–No deseo hablar de tal cosa, de verdad, ¡ese no es un tema de conversación para una mujer decente! Lo siento mucho, pero tengo infinidad de cosas por hacer. –Se levantó, y Hermann hizo lo propio.

–Charlotte, no era mi intención ofenderte –fingió él, y buscó la mirada de ella.

Ella lo eludió.

–Todo está bien, caballeros –dijo, y huyó definitivamente hacia la cocina. Allí se sentó en una silla y pidió a Martha un té.

El corazón le iba a toda velocidad. Hermann le infundía miedo, y ella iba a hacer todo lo posible para no toparse con él. Esperaba que se decidiera pronto a viajar de nuevo a Walvis Bay.

Pero él seguía allí incluso después de que hubiera dejado de llover y de que el sol lo hubiera secado todo, seguía allí y seguía, y Fanny vio con claridad que tendría que preparar una comida para el mediodía y no tenía ni idea de cómo podría llevar a cabo esa tarea. Estaba en la despensa vacía pensando.

De pronto oyó el trote de un caballo y el traqueteo de un carruaje ligero. Corrió a la puerta de la casa esperando que no fueran más visitas.

Su deseo no se cumplió. Un hombre con la túnica talar de clérigo evangélico y una mujer joven venían caminando lentamente por la senda en dirección a la casa. «Ludwig podría haberme preparado mejor para esta situación», pensó Fanny. Saludó al hombre con un movimiento de la cabeza y le tendió la mano a la mujer joven. De lejos había pensado Fanny que los dos se movían tan lentamente por que el hombre era mayor, pero al estar más cerca vio que la mujer joven tenía un pie deforme que tenía que mover arrastrándolo.

–¿Me permite la presentación? –dijo el hombre con una voz de agradable sonoridad, que estaba sin duda entrenada para mantener despierta a toda una parroquia–. Soy Gustav Schindler, y esta es mi hija Daphne Maria Amalia.

Daphne asintió y se quedó mirando de arriba abajo a Fanny.

–Hemos traído unas cositas para comer –dijo ella, y señaló a Zach y a Martha, que estaban descargando cestos enteros de comida del carruaje.

–¡Magnífico! –se le escapó a Fanny. Y al ver las miradas de sorpresa, añadió–: Pero no era necesario que se tomaran esa molestia...

–Mi hija ha traído solamente algunos pepinos en vinagre, pan y polony, además de un pastel de calabaza.

–¡Padre! –dijo entre dientes su hija, que se había puesto roja al hacer su padre el recuento.

Gustav Schindler siguió hablando imperturbable.

–Pensó que usted acababa de llegar de Berlín y estaba segura de que no había tenido tiempo todavía de familiarizarse con los asuntos de por aquí.

–Es una costumbre en estas tierras –añadió Daphne concisa, siguió examinando a Fanny y presionó los labios formando una raya de desaprobación con ellos.

–¡Me parece una costumbre maravillosa! No tengo palabras para decirles lo agradecida que les estoy –dijo Fanny ofreciéndoles pasar a la casa.

Aquella era una sorpresa agradable, primero tenía resuelta la cuestión de la comida, y segundo, Hermann dejaba de ser el único invitado. Los condujo a la sala de estar y los anunció a Ludwig, luego se precipitó en la cocina para echar un vistazo a los regalos y encargar que prepararan té para los dos. De los dos cestos emanaba el aroma a pan recién hecho y a salchicha ahumada. El azúcar caramelizado sobre la bandeja con el pastel de calabaza tenía un brillo seductor.

Cuando regresó con la bandeja del té a la sala de estar, había una extraña tensión en el aire, a la que no supo encontrar motivo. Ludwig no parecía realmente muy contento con la visita de los dos.

–Gustav Schindler fue un colega de mi padre –estaba explicándole a Hermann en ese momento. Fanny tendió a Daphne una taza de té y la contempló con más detalle. «¡Qué bueno sería tener una amiga aquí. Somos aproximadamente de la misma edad», pensó, y dirigió una sonrisa a Daphne. Sin embargo, Daphne esquivó su mirada, dio un sorbo a su taza, suspiró y arrugó la nariz como una gatita que lame leche en mal estado. Una cabellera cobriza y ondulada rodeaba su delicado rostro. Si no hubiera sido por aquellas macizas botas negras, Fanny se habría sentido a su lado como una valquiria. Daphne dejó la taza en el platillo y preguntó a Fanny cómo había transcurrido el viaje. Sus ojos se encontraron, y Fanny no pudo extraer ninguna conclusión fehaciente de aquella mirada. Podía tratarse de una antipatía manifiesta o incluso de odio y curiosidad. Como Fanny se dio cuenta de que Daphne no deseaba saber cómo había sido su viaje, contraatacó preguntando qué era eso de polony.

Su pregunta coincidió con un momento de silencio, y entonces todos miraron a Daphne, quien con toda claridad disfrutaba del hecho de convertirse en el centro de atención. Con gesto afectado se limpió la comisura de los labios con un pañuelo y explicó que el polony eran las salchichas de Bolonia. Las mejores se fabricaban con la sangre de toros viejos. Al decir esto último, bajó la mirada como si hubiera pronunciado algo indecente. Luego prosiguió con voz monótona:

–Se toma la carne sanguinolenta y se mezcla en una proporción de cuatro partes de vacuno con una parte de porcino graso y se pasa todo por la picadora de carne. Después de haber pasado la carne, además, por otra picadora más fina, se mezclan los aproximadamente doce kilos de carne con una taza de sal, siete y media cucharadas soperas de granos de pimienta blanca, cuatro cucharadas soperas de azúcar, algo de cilantro molido, una y media cucharadas soperas de nuez moscada, tres cuartos de una cucharada sopera de mejorana, media cucharada sopera de semillas de apio y una cucharadita de salitre disuelta en trescientos mililitros de agua.

Fanny se dio cuenta en ese momento de que los hombres comenzaban a moverse con desasosiego. Nadie había querido conocer todos esos detalles, pero Daphne no parecía apercibirse de nada.

–Entonces se amasa esa masa hasta que se endurece sin que llegue a ponerse elástica. –Al hablar, Daphne se contemplaba sus delicadas manos y concentraba de esta manera la mirada de todos en ellas–. Luego se rellena la tripa con la masa. A continuación, se ahúman las salchichas sobre un fuego de leña, y finalmente se cuece a una temperatura de noventa y tres grados hasta que suben a la superficie. ¡Es una cosa bien sencilla! –Esto último lo pronunció en un tono condescendiente y amable dirigido a Fanny, como si esta no estuviera en disposición de llevar a cabo una cocción tan complicada.

Fanny se ahorró el comentario y preguntó con amabilidad a los reunidos si no les sucedía a todos como a ella, que tenía unas ganas inmensas de probar inmediatamente una de esas sensacionales salchichas. Todos aceptaron la propuesta con entusiasmo, y entonces comenzó Fanny a poner la mesa, lo cual le llevó su tiempo porque todavía no sabía dónde se guardaban en aquella casa la vajilla y la cubertería.

Ni Martha ni Grace resultaban de gran ayuda, y Fanny comenzó a caer en la cuenta de lo que le quedaba todavía por aprender para poder llevar las riendas de todo.

Durante la comida se ventilaron todo lo que habían traído Daphne y su padre entre elogios entusiastas. Hermann especuló con tal intensidad sobre si las artes culinarias de Fanny podrían igualarse alguna vez con las de Daphne, que incluso a esta le resultó molesto y, nerviosa, se levantó y puso en la mesa las tres botellas de vino que también había traído consigo, de las cuales la mayor parte fue a parar al gaznate de Hermann. La conversación giró en torno a cotilleos sobre la vida en el África del Sudoeste Alemana, que a Fanny no le interesaba en absoluto. Se esforzaba mucho en escuchar, pero sus pensamientos la apartaban de allí, y continuamente tenía que reprimir un bostezo.

Cuando por fin se fueron las visitas, Fanny respiró hondo con mucho alivio.

–¿Crees que vendrán más visitas en los próximos días? –preguntó a Ludwig, que la estaba mirando recoger la mesa con aire satisfecho y contento.

–Pienso que no, los demás viven demasiado lejos y seguramente no nos vendrán a ver hasta la semana que viene, pero hasta entonces deberías tener mejor controlados a los criados, de lo contrario me expondrás al ridículo. ¡Ven acá!

Fanny dejó la bandeja encima de la mesa, se enjugó la frente húmeda con la mano y se dirigió donde su marido, que la sentó en su regazo.

–Le has gustado a Hermann, lo he visto a la perfección –dijo con orgullo, y la besó en la raya del pelo.

–¿Por qué es tan importante para ti que yo le guste?

–Es un hombre importante en el África del Sudoeste Alemana. En verdad conoce a todo el mundo aquí, y su opinión cuenta entre la gente importante de aquí. Sería un error fatal contrariarle.

–¿Está casado?

–Su esposa murió muy joven, y las malas lenguas dicen que no desaprovecha el tiempo. Es un viejo donjuán.

«Probablemente su esposa prefirió morir a vivir con él», pensó Fanny con malicia, y se obligó a cambiar de tema antes de soltar alguna expresión irreflexivamente.

–¿Y qué le sucede a Daphne?

–¿Por qué lo preguntas? ¿Qué piensas que le pasa?

–Creo que está enamorada de ti...

–¡Bobadas! –Ludwig comenzó a retorcerse la barba–. ¿Cómo se te ha pasado eso por la cabeza?

–Tengo ojos en la cara y creo que también tú estás enterado a la perfección.

–Es ridícula, ¿cómo puede pensar que un hombre como yo pudiera casarse con una mujer con el pie deforme? Yo necesito hijos varones sanos y de buen linaje para mi país. Voy a construir aquí algo de lo que pueda enorgullecerse nuestro emperador. –Besó a Fanny en la boca y se levantó–. Y ahora tengo que ir a echar un vistazo a las ovejas. –Agarró a Fanny por un brazo y le susurró–: ¡Y esta noche vamos a hacer por fin un hijo varón!

Fanny se preguntó cómo se las habría arreglado Charlotte con un marido así o con Hermann. Todo era muy distinto de lo que se habían imaginado las dos.

Esa noche le pediría que le leyera las cartas en voz alta; quería escuchar de sus labios, al menos una vez, todas esas declaraciones de amor.

Sin embargo, a Ludwig lo llamaron desde una granja muy apartada para que asistiera en un parto de mellizos, y Fanny se fue sola a la cama.