Capítulo 5

Ese año se había añadido un pasaje cubierto para conectar Villa Shalimar con la Villa Mimosa. Shalimar, construida hacía tres años, había sido vendida al Rajá de Jehangar.

Era un edificio blanco, y de enormes proporciones y se encontraba en lo alto de una loma desde donde se dominaba la ciudad de Montecarlo, y, más allá, el mar.

Aunque era una residencia enorme, al Rajá le había faltado espacio el año anterior para acomodar a sus ayudantes, secretarios, guardias, mayordomos, sirvientes, y a la dama de su elección, que invariablemente lo acompañaba en sus visitas anuales a Montecarlo.

Por ello, este año había comprado Villa Mimosa y la había unido a la construcción anterior, sin preocuparse mucho por la gran diferencia de estilos.

Villa Mimosa alojaba este invierno a la señorita Stella Style, una llamativa rubia.

El Rajá la había visto en las filas del coro de uno de los grandes teatros de Londres, y perdió la cabeza por ella desde el momento en que sus ojos se posaron en ella.

El Rajá utilizó su método acostumbrado de cortejar a una mujer.

Le envió a Stella un cesto de orquídeas, tan grande, que se necesitaron dos hombres para llevarlo hasta el repleto camerino que compartía con otras once coristas, y cuando ella se recuperó de la sorpresa y examinó más de cerca las flores, encontró un brazalete de diamantes acompañado de una nota del Rajá invitándola a cenar.

Crissie comentó que aquella invitación no podía haber sido más oportuna. Stella fue de la misma opinión, porque ella siempre estaba de acuerdo con su hermana, pero no le daba demasiada importancia al hecho de que sus admiradores comenzaran a escasear.

Crissie le decía que ella tenía la culpa, porque, a los veintisiete años, Stella era tan bonita como cuando tenía diecisiete. Era una típica belleza inglesa, y aunque en Londres ello no causaba admiración, a los extranjeros les parecía sensacional.

Su figura, aunque de huesos grandes, era perfecta, y sus cabellos, a pesar de que debían mucho de su brillantez a un experto peluquero, eran largos y espesos y constituían uno de los atractivos que la mantenían en los teatros más populares de la ciudad.

Stella era haragana y Crissie se lo recordaba una docena de veces al día. A veces, sentía deseos de pegarle a su hermana por su jovial estupidez y por la banal sonrisa con que respondía a sus más duras críticas.

Trataba por todos los medios posibles de hacerle entender que debía obtener el mayor provecho posible de sus admiradores y, algunas veces, después de una discusión, Crissie se miraba al espejo y se preguntaba por qué la providencia había sido tan cruel con las dos hermanas, ya que le había dado a ella una mente astuta y ágil en un cuerpo deforme y a Stella un hermoso cuerpo sin cerebro.

«Si yo fuera como Stella», pensaba, «podía llegar muy lejos». Pero tenía que conformarse con tratar de alentarla para que sacara ventaja de sus atractivos. Si Crissie había nacido ambiciosa, Stella había nacido feliz. A pesar de todas las dificultades, permanecía indiferente. Simplemente no conocía el significado de la palabra envidia.

Era Crissie quien la hacía trabajar; era ella la que le enseñaba a cuidar de su apariencia y quien le pedía que aceptara invitaciones, contestando las tarjetas de los admiradores de su hermana. De modo que Crissie no sólo protegía los intereses de Stella sino los suyos; porque las hermanas, o prosperaban, o se hundían juntas.

La aparición del Rajá, por lo tanto, había sido un golpe de suerte. Para Crissie era un milagro haber dejado el sucio y polvoriento barrio de Londres por el sol de Montecarlo y al verse en medio de aquel lujo excedía sus más ambiciosos sueños.

A muchas personas, Villa Mimosa les parecía vulgar, pero para las hermanas era como un castillo de un cuento de hadas.

—Está loco por ti, eso es seguro —le decía Crissie a Stella esa soleada mañana y su espalda encorvada se perfilaba contra el azul del cielo al pararse junto a la ventana. Stella estaba recostada en un sofá leyendo un libro y comiendo chocolates que tomaba de una enorme caja.

—¿Oíste lo que dije? —preguntó Crissie.

Stella apartó la vista del libro con desgano.

—¡Deja de comer chocolates y escúchame, Stella! Te pondrás gorda como una vaca si sigues comiendo así. La comida aquí es demasiado sustanciosa.

—Es deliciosa y me agrada mucho Francois.

—Habla demasiado.

Lo mismo que Stella, Crissie había descubierto que Francois, el cocinero de la Villa, era una infalible fuente de información acerca de todo y de todos en Montecarlo.

—Me ha prometido traerme unos hongos cuando vaya hoy a la ciudad. Adoro los hongos —dijo Stella.

—En vez de pensar en comida, escúchame —repuso Crissie—. El Rajá está loco por ti.

—Ya lo dijiste antes.

—Pero no respondiste.

—No hay nada que responder —sonrió Stella—. No estaríamos aquí si no me quisiera. Ya lo sé.

—Los hombres se vuelven locos por ti, pero no les dura mucho tiempo. Si pierdes al Rajá, creo que te mataría con mis propias manos.

Stella rió.

—Entonces empieza a comer más para tener fuerzas —le dijo—. ¿Sabes cuántas mujeres han estado en esta villa antes que yo?

—No lo sé ni me interesa.

—Francois te lo puede decir. Asegura que nunca ha conocido un hombre que se canse más rápidamente de las mujeres, y él ha trabajado para varios Rajá y maharajás. Me contaba lo que les preparaba de comer. Por Dios, Crissie, jamás hubiera creído que una persona pudiera comer tanto y mantenerse de pie.

—Stella, ¿vas a prestar atención a lo que te digo?

—Prosigue, soy toda oídos.

—Ésta es nuestra oportunidad —dijo Crissie—, y tal vez la última, ¿quién puede saberlo?

—¿Oportunidad de qué? —preguntó Stella con la boca llena.

—De obtener seguridad, de no temerle al futuro, de saber que no pasaremos hambre. El Rajá es generoso, Stella, nunca has conocido a un hombre como él. ¿Sabes cuánto vale el collar de diamantes que te compró en París?

—No tengo idea.

—Casi mil libras. ¡Imagínate, Stella, mil libras! También está el brazalete que te envió la primera noche y el prendedor que te compró la semana pasada. Además, he guardado dinero. Nos quedó algo de la cuenta de la modista, el descuento que te conseguí al comprarte el sombrero y lo que has ganado en el casino, todo lo cual suma cuatro mil francos.

—Eso me recuerda que necesito dinero. Quiero comprarme un perfume.

—¿Estas loca? —exclamó Crissie—. Pídele al Rajá lo que quieras. El te lo dará. Estás muy equivocada si piensas que voy a darte un solo centavo del dinero que he guardado. Pídele el perfume y muchas cosas más.

—Podría decirme que no.

—¡Oh, no seas tonta, Stella! Le gusta que le pidas cosas. ¿No comprendes que está loco por ti? ¿Y qué es lo que haces tú? Sentarte allí, sin decir nada, sabiendo que te daría rubíes o esmeraldas si tan sólo te viera disgustada.

—Me parece mal pedirle tanto.

—¡Tanto! ¡Si él tiene millones! En su palacio de la India tiene bóvedas llenas de diamantes y perlas y de oro y marfil. Eres una tonta Stella; nada es demasiado para un hombre como él. Si te cubriera de diamantes de pies a cabeza su cuenta bancaria no se resentiría. ¡Oh, Dios, me enferma hablar contigo!

—Esta bien, Crissie, esta vez me esforzaré —dijo Stella para calmarla, pero a su voz le faltaba convicción.

Crissie, nerviosa, se levantó y fue de nuevo hacia la ventana; pero, luego de pronto, lanzó una exclamación.

—Escucha, Stella, se me ha ocurrido algo.

Stella estaba ensimismada en su libro y Crissie fue furiosa hacia ella, arrebatándole la novela de las manos.

—¡Escucha, te dije!

—¡Oh, Crissie, no te enfades! Ya te dije que haré lo mejor que pueda.

—No es suficiente. Te digo que se me ha ocurrido algo. ¿Te acuerdas de la joven de quien habla todo el mundo? La que siempre va vestida de gris con esas maravillosas perlas.

—¿«El Fantasma»?

—Sí, la misma. Francois dice que todo Montecarlo habla de ella.

—No me sorprende. Es muy bonita y se ve diferente de las demás mujeres. Por supuesto que su vestido gris la hace destacarse, pero no sólo eso; hay algo en su rostro… algo que no puedo explicar.

—¿Y sus perlas son tan maravillosas como dice Francois?

—No lo sé. Las encuentro un poco opacas comparadas con los diamantes, pero el Rajá dice que nunca había visto perlas semejantes. Le dije que me gustaban más las que él usaba.

—¿De veras?

—¿Qué tiene eso de malo? Le complació mucho que yo las admirara.

—Las que usa son las perlas oficiales. Ésas no puede regalártelas. ¿Pero por qué no podría comprarte unas perlas, esas que pertenecen a la joven fantasma?

—No me gustan las perlas. Además, no creo que ella quiera venderlas.

—¡Stella, Stella! ¿Quieres volverme loca? ¿No entiendes? Si le pides al Rajá algo verdaderamente valioso y él te lo da, entonces estaremos seguras. Francois dice que esas perlas valen una fortuna.

—Francois lo sabe todo.

—Pídele al Rajá que te regale las perlas. No importa si te gustan o no. No las usarás, por lo menos después que nos vayamos de aquí, pero cuando las vendamos seremos ricas para siempre.

—¿Y si me dice que no?

—¿Crees que lo hará? Está enamorado de ti y le gusta lucirse contigo. Aguijonea su amor propio, apuéstale a que no tiene suficiente dinero para comprarlas o que no podrá conseguírtelas. Ésa es la manera de despertar su interés. Una vez que tengas las perlas, no importa si encuentra otro amor.

Stella suspiró.

—Ya veo lo que quieres decir, Crissie, pero es tan difícil… Quiero decir, pedirle algo tan caro como eso. ¿No podrías hacerlo por mí? ¿Decirle que son para mi cumpleaños o algo así?

—¿Y supongo que al mirar mis hermosos ojos azules me las prometerá enseguida? No seas tonta, Stella, sabes que hay que escoger el momento apropiado para una cosa así. Usa tu cerebro por una vez y escoge el momento oportuno. Significa todo para nosotras. Prométeme que lo harás lo mejor posible.

—Trataré, Crissie. ¿Qué más dijo Francois sobre esa joven?

—Que todo el mundo habla de ella y están tratando de averiguar quién es. Pero la mujer que se dice su tía es muy lista y no tiene idea de quiénes son ni de dónde vienen. Ni siquiera Alfonse, del Hotel de París, sabe nada y eso nunca había sucedido.

—Parece una buena muchacha.

—No empieces a pensar ahora que es demasiado simpática para que desees algo de ella. Ya sé cómo trabaja tu mente.

—Tienes una opinión muy pobre de mí —dijo Stella riendo.

—Ése es el único comentario inteligente que has hecho en mucho tiempo —replicó Crissie y salió del aposento dando un portazo.

Stella deseó que Crissie no le diera tanta importancia a todo. Siempre había sido igual. Tal vez sería porque su hermana había tenido una infancia infeliz: recordaba lo duros que habían sido sus padres con la hija mayor.

Parecía inevitable que Crissie estuviera celosa de su hermana, pero adoptó una actitud opuesta: se apropió de ella. Era suya para protegerla y dominarla.

En aquel momento, Stella advirtió que la puerta se abría. Pensó que era Crissie; pero, al levantar la cabeza, vio al Rajá frente a ella.

—¡Hola!

Aquella voz, aquella sonrisa, eran agradables y halagadoras y el Rajá tomó su mano y la cubrió de besos.

—Salí a cabalgar —le dijo—; de lo contrario hubiera venido a verte más temprano.

—Se te ve muy elegante vestido así —le dijo Stella y los ojos del Rajá se iluminaron.

Era un hombre delgado y de baja estatura y, cuando estaban juntos de pie su cabeza apenas llegaba a los hombros de Stella. Sin embargo, era fuerte a pesar de la vida disipada que llevaba.

—¿Te gustaría presenciar la competencia de tiro de paloma esta tarde? —le preguntó.

—Como quieras. Aunque no me gustan mucho las competencias de tiro. Me dan dolor de cabeza.

—Podemos salir a dar un paseo, o… podemos quedarnos aquí —dijo el Rajá con voz apasionada.

—No me importaría.

—Pero yo quiero hacer lo que tú quieras. Por mi parte estoy contento cuando estamos juntos. Hoy estás muy atractiva.

—Es por el vestido que me diste —contestó—. Llegó de París esta mañana. ¿Te gusta?

Hizo un movimiento para levantarse, pero el Rajá la detuvo poniendo su mano sobre el hombro de ella.

—No, quédate allí —le dijo en voz baja—, te veo encantadora así, como una diosa reclinada sobre una nube.

—Me alegro que esta nube sea bastante sólida —rió Stella.

—No, no te rías —interrumpió el Rajá—. Eres muy hermosa y estoy enamorado de ti. Te amo más de lo que he amado a nadie en mucho tiempo… tal vez más que a nadie.

Stella le sonrió, satisfecha de poder proporcionar tanto placer. Entonces recordó a Crissie y escogió las palabras con dificultad.

—Si me amas tanto, quisiera que me lo demostraras.

Por un momento, el entusiasmo del Rajá pareció enfriarse, pero al mirar los ojos de Stella y sus bien delineados labios, se rindió a un impulso súbito.

—Te demostraré mi amor en la manera que desees.

—Es algo difícil. No creo que puedas hacerlo —continuó Stella recordando las instrucciones de Crissie.

—Hay muy pocas cosas que yo no pueda hacer.

—Estaba pensando si no podrías conseguirme las perlas que usa esa joven… la que llaman «el fantasma».

Al pronunciar esas palabras, Stella se asustó de su audacia. Podía aceptar regalos de personas ansiosas de complacerla, pero era diferente pedir algo de tanto valor.

Como se sintió incómoda al tener que pedirle algo más a ese hombre que había sido tan generoso con ella, le tendió los brazos espontáneamente y cuando el Rajá se inclinó, lo estrechó contra sí.

—Si es mucho trabajo, no te preocupes por eso —murmuró Stella, temerosa de que Crissie pudiera oírla.

El Rajá la abrazó casi con fiereza.

—¡Tendrás todo lo que desees! ¡Todo! Eres tan hermosa, una de las mujeres más hermosas que he conocido. Conseguiré esas perlas, no importa a qué precio.

Cuando se estaba vistiendo para la cena en la Villa Shalimar, el Rajá recordó su promesa y mandó a su ayuda de cámara a buscar a su secretario, quien acudió presuroso a su llamado. Estaba vestido de etiqueta y llevaba sobre el brazo una capa forrada de seda.

—¿Vas a salir? —preguntó el Rajá.

—Su alteza me informó que no necesitaría de mis servicios esta noche.

—No, por supuesto que no. Me imagino que te veré en el casino.

—No estoy seguro, su alteza, cenaré con una dama encantadora. Las miradas de los dos hombres se encontraron y el Rajá rió.

—¡Buena cacería!

—Su alteza es muy amable —dijo el secretario haciendo una reverencia.

—De todos modos, no mandé a buscarte para saber tus planes para esta noche. Quería preguntarte qué sabes de esa joven que está causando sensación.

—¿Mademoiselle Fantome?

—Exactamente.

—Muy poco, su alteza. Parece que nadie sabe nada acerca de ella.

—Todo el mundo dice lo mismo. Sin embargo, tengo la sensación de que he visto a la otra mujer en alguna parte, la que se hace llamar Madame Secret. Como sabes, olvido los nombres muy fácilmente, pero es muy difícil que olvide un rostro. La he visto en alguna parte, estoy seguro, pero no puedo precisar dónde. Muy pocas veces me falla la memoria.

—¡Por supuesto que no! La memoria de su alteza es asombrosa.

—Ya me vendrá a la mente —dijo el Rajá—, pero quisiera que hicieras algunas averiguaciones, discretamente, por supuesto, para averiguar si están en tan buena situación económica como parece. El gerente del Hotel de París es un viejo amigo mío. Dile que necesito toda la información que pueda proporcionarme.

—Su alteza puede estar tranquilo de que haré todo lo posible. Si el gerente falla, conozco a alguien que puede ayudarnos, un hombre llamado Dulton. El puede averiguar cualquier cosa, por una gratificación, por supuesto.

—No me interesa lo que cueste.

—Entendido, su alteza.

El secretario, haciendo una reverencia se retiró del aposento.

El Rajá se miró al espejo. Esa noche, un enorme rubí rodeado de diamantes en su turbante, contrastaba con la severidad de su traje de etiqueta.

El gran estuche de cuero donde guardaba todas sus joyas estaba abierto sobre su tocador y, en una esquina de la habitación, estaban los guardianes que las custodiaban, dos hombres dispuestos a ofrecer su vida por defenderlas.

El Rajá miró el estuche forrado de terciopelo y, tomando un anillo de rubíes, se lo puso en el dedo meñique de la mano izquierda.

Junto a él, un zafiro de gran belleza le recordó el color de los ojos de Stella. Lo tomó del estuche y lo contempló un momento y se disponía a guardárselo en el bolsillo cuando cambió de idea.

Volvió a ponerlo en el estuche. Serían las perlas o nada, decidió. Era un reto que no podía resistir.

Se miró por última vez al espejo y, saliendo de la habitación, bajó la escalera que conducía al vestíbulo.

El carruaje lo esperaba afuera y unos sirvientes de librea roja y blanca lo ayudaron a acomodarse en el asiento.

El carruaje recorrió el medio kilómetro que separaba a la Villa Shalimar de la entrada de la Villa Mimosa.

Stella lo estaba esperando. Estaba muy atractiva esa noche. El perfume que el Rajá le había comprado esa tarde era intoxicante y, cuando la puerta se cerró, él le tomó la mano, besando sus dedos uno por uno.

—¿A dónde iremos a cenar? —preguntó Stella—. Tengo mucha hambre.

—Yo también estoy hambriento por ti —replicó el Rajá y luego añadió para contestar la pregunta—: reservé una mesa en el Hotel de París.

—Me alegro. Tuvimos una fabulosa cena la última vez que estuvimos allí.

—Sí, podremos cenar bien y al mismo tiempo, podremos ver a la joven de las perlas.

—El fantasma. Todo el mundo le dice «el fantasma».

—¿Y quién te ha dicho eso?

—Francois —contestó Stella.

—¿Francois? —repitió el Rajá en tono inquisitivo.

—Tu cocinero.

El Rajá rió.

—Así que mi cocinero te cuenta las habladurías de la ciudad.

—Viene todas las mañanas a verme —explicó Stella—, para preguntarme que deseo comer. Cuando no habla sobre comida, me cuenta sobre la gente.

—De modo que fue Francois quien te hizo desear las perlas que pertenecen al «fantasma».

—No… —empezó a decir Stella, pero comprendió que no debía comentar quién le había dado la idea. Al Rajá no le agradaba Crissie, porque pensaba que los jorobados traían mala suerte.

Para disimular ese desliz, Stella puso una mano sobre la rodilla del Rajá y apoyó la cabeza sobre su hombro.

—¿Por qué eres tan bueno conmigo? —preguntó en tono meloso.

—¿De verdad quieres que te conteste? —le preguntó el Rajá y Stella percibió el brillo en sus ojos al pasar junto a la luz de una lámpara.