Capítulo 4

-Creo que todo Montecarlo está aquí esta noche —comentó Lady Violet Featherstone.

Recorrió con la mirada el gran comedor del Hotel de París, donde las mesas se estaban llenando tan rápidamente que cada recién llegado parecía presentar un dilema para el Maitre d’Hotel.

—Alfonse me estaba diciendo que ésta es la mejor temporada que han tenido —replicó Lord Drayton desde el otro lado dé la mesa—. ¡Y el año pasado las ganancias brutas fueron de seis millones de francos! Debíamos haber comprado acciones hace cinco o seis años.

—Ahora es demasiado tarde —comentó Sir Robert sonriendo.

—Para ti, Robert, ésa no es una tragedia —comentó Lord Drayton—. ¿Qué harías con más dinero?

—Puedo contestar a esa pregunta —dijo Lady Violet—. Gastárselo conmigo, por supuesto.

—¿Y qué mejor excusa para ser extravagante? —replicó con galantería Lord Drayton.

Sir Robert tomó el menú que le ofrecía un atento camarero.

—¿Qué cenaremos ahora, Violet?

—Ordena tú la cena, Robert —contestó ella—. Quiero observar a la gente. Eso siempre me divierte.

No era de extrañar que Lady Violet, aunque estaba acostumbrada a la deslumbrante sociedad de Montecarlo, se interesara en lo que sucedía a su alrededor.

La cena de gala en el Hotel de París se celebraba en honor de una cantante de ópera italiana que aparecería por primera vez en el salón de conciertos del casino.

Cualquier excusa era buena para una noche de gala, y como ésta prometía ser la temporada de invierno más exitosa en el principado, toda la aristocracia y mujeres bellas de Europa se habían dado cita en ese lugar.

Circulaban entre ellos artistas, jugadores profesionales y buscadores de fortuna que siempre abundan donde hay juegos de azar.

Al recorrer el comedor con la mirada, Lady Violet pensó que nunca había visto una elección de joyas más fabulosa.

Las hermosas mujeres que llenaban el salón lucían tiaras de diamantes, collares de esmeraldas, rubíes, zafiros y toda clase de gemas resplandecientes.

—Pensaba que mis esmeraldas eran un adorno adecuado hasta que llegué aquí —comentó Lady Violet suspirando.

Lord Drayton miró el collar que ella llevaba alrededor del cuello y las largas esmeraldas que colgaban de sus orejas.

—Tus piedras son magníficas —le dijo.

—Sí, pero insignificantes comparadas con las que usa la princesa.

El miró a través del comedor. Una princesa polaca resplandecía bajo los destellos de sus esmeraldas: la tiara sobre la cabeza, brazaletes y anillos y un collar que casi cubría el corpiño de su escotado vestido.

—Es muy difícil competir con la colección Ossinpof —dijo Sir Robert—, pero me atrevo a decir que su alteza las cambiaría por tu juventud.

Era cierto. La princesa debía tener más de cincuenta años, pero hacía esfuerzos desesperados por aparentar veinticinco.

En contraste, Lady Violet, a los treinta y seis años, estaba en la plenitud de su belleza. Nunca había sido muy hermosa, pero poseía algo que valía más un encanto y una atracción que hacía que los hombres, apenas les sonreía, perdieran por ella la cabeza.

Tuvo mucho éxito desde que debutó en sociedad; pero, a causa de una madre egoísta e indiferente, se casó con uno de los primeros hombres que le propusieron matrimonio para escapar de su aburrida vida familiar.

Desde niña, Lady Violet ansiaba vivir plenamente, aunque creció apartada en Lincolnshire, porque el duque y la duquesa pensaban que la familia debía permanecer en el campo mientras ellos se divertían en Londres.

Violet se rebelaba contra la monotonía de las lecciones de su tediosa institutriz y contra el egoísmo de sus padres, pero cuando cumplió dieciocho años fue llevada a Londres para ser presentada en la corte.

Hasta entonces había conocido a muy pocos hombres y Eric Featherstone le pareció un verdadero donjuán.

Comprendiendo que cuando terminara la temporada de moda tendría que regresar a Lincolnshire, donde la ignorarían hasta el próximo año, había aceptado a Eric, creyendo sinceramente que estaba enamorada de él.

Poco tiempo después de su matrimonio comprendió su equivocación, pero como disponía de una fortuna bastante considerable, tomó por asalto la sociedad en que se desenvolvía. Era tan alegre y divertida que muy pronto cautivó tanto a los hombres como a las demás mujeres.

Después de algunos años de triunfos sociales, empezó a buscar nuevas emociones, otros campos que conquistar. Eric Featherstone odiaba los cambios, pero éstos para Violet, eran un hálito de vida.

Encontró en las aventuras amorosas las emociones que necesitaba, y experimentaba una enorme sensación de poder al convertir a un hombre en su esclavo.

Cientos de veces se creyó enamorada y otras cien se desilusionó, hasta que conoció a Sir Robert Stanford.

La atracción entre ellos fue instantánea y aunque sabía que este hombre alto y apuesto significaría algo muy importante en su vida, comprendió también que había encontrado a su dueño.

Éste era un hombre que no sería fácil de manejar; un hombre que no podía ser conquistado, porque era un conquistador.

Y como por primera vez conoció a alguien a quien admirar, quedó perdidamente enamorada.

Pero no permitió que Sir Robert lo supiera. Intuía que, en muchos aspectos, era como ella. Había tenido demasiado y conseguía todo con la mayor facilidad.

Era demasiado bien parecido, pensó al contemplarlo, mientras escogía con cuidado los vinos que acompañarían la cena.

Había ordenado jerez español con la sopa, vino ligero alemán con el pescado, clarete de Bordeaux con la carne y champaña para terminar.

—Y ahora —dijo Sir Robert volviéndose a sus invitados—, cuéntenme los últimos sucesos. Fui a Niza hoy y no estoy al tanto de las últimas noticias.

—No creo que haya ocurrido nada nuevo —replicó Lady Violet—. ¿Has oído algo, Arthur?

Lord Drayton negó con la cabeza.

—Me he inscrito en el tiro de paloma para mañana por la tarde y encontré, para mi desconsuelo, que están ofreciendo diez contra uno en contra de mis posibilidades. Es una humillación para un hombre que se considera un buen tirador.

Lady Violet rió.

—¡Pobre Arthur! Yo me sentiría furiosa y no humillada y me propondría ganar para dejar en ridículo a los favoritos.

—Son esos deportistas austríacos. Son demasiado buenos para la mayoría de nosotros.

—¿Quieren decir que no ha ocurrido nada mientras me ausenté? —preguntó Sir Robert—. ¿Ningún recién llegado que causara sensación?…

Se interrumpió en medio de la frase. Sus ojos se dirigieron hacia el extremo del comedor y Lady Violet y Lord Drayton, lo mismo que otras personas miraron en esa dirección.

Alfonse conducía a dos mujeres hacia una mesa situada en la esquina más apartada del comedor y, para llegar hasta allí, tuvieron que atravesar todo el salón bajo la inquisitiva mirada de los presentes.

Era imposible no reparar en ellas, porque constituían un espectáculo. La mayor, de edad madura; alta y distinguida, se movía con distinción, como si se encontrara sola en el salón. Llevaba un vestido de terciopelo color púrpura y una capa también de terciopelo con encaje sobre la cabeza.

Pero nadie le dirigió una segunda mirada. Todos los ojos se volvían hacia la joven que la acompañaba, siguiéndola con la vista hasta que llegó a su mesa.

De figura esbelta, había algo exquisito en su rostro ovalado y en sus grandes ojos oscuros. Pero lo que más llamaba la atención era su pelo. La luz de los candiles lo hacía brillar con sutiles reflejos, reteniendo su fulgor entre las suaves ondas que ocultaban sus orejas y que se recogían en un dorado remolino en la parte de atrás de su cuello.

Emanaba de ella un aire de pureza y su rostro estaba muy pálido, casi del color de los albos hombros que su escotado vestido dejaba al descubierto.

Su traje, de gasa gris, era también sorprendente: la hacía moverse como un fantasma a través del salón.

Cuando pasó junto a la mesa de Sir Robert, él pudo ver que llevaba entrelazadas en el cabello unas hojas de suave terciopelo gris que destacaban, sombrías, entre su gloriosa cabellera rubia.

Mirando hacia adelante, llegó a la mesa donde ambas se sentaron, mientras los camareros se apresuraban a atenderlas.

Lady Violet suspiró.

—¡Sus perlas, Robert! ¿Viste sus perlas?

La voz de Lady Violet parecía llegar desde muy lejos.

El estaba contemplando el rostro de Lorraine, recordando que esa mañana, muy temprano, había visto ese exquisito perfil recortado sobre el paisaje.

Conocía la forma en que se curvaban sus labios al sonreír y la exquisita gracia con que levantaba la barbilla. Pero no sabía que sus cabellos eran rubios.

Tal vez imaginó al principio que serían oscuros, como la capucha que los cubría, pero eran dorados, como el sol que había aparecido detrás de las montañas para despertar al mar.

Su sencillez, el sombrío color de su vestido y la pureza de sus blancos hombros, obscurecía el brillo de las joyas y el esplendor del comedor.

—¿Las viste, Robert? —insistió Lady Violet y comprendió que ella estaba esperando su respuesta.

Con un esfuerzo, apartó los ojos de Lorraine para mirar a la mujer que tenía junto a él. Nunca se había dado cuenta de que la juventud empezaba a escapársele a Violet.

—¿Sus perlas? —repitió él—. ¿Llevaba perlas?

—¡Oh, Robert! Eres como todos los hombres. Por supuesto que lleva un collar de perlas. ¡Y qué perlas! Nunca había visto nada igual. ¡Son grises!

—¡Tonterías! —replicó Sir Robert—. Debe haber sido el reflejo de su vestido.

Miró hacia el extremo del comedor, pero aunque pudo ver los dorados cabellos de Lorraine, ella estaba demasiado lejos para apreciar los detalles de sus joyas o la expresión de su rostro.

—Te digo que eran grises —insistió Lady Violet—. Las viste, Arthur, estoy segura.

—Es una belleza como hay pocas —replicó Lord Drayton—. Averiguare quién es. ¡Eh, camarero! Dile a Alfonso que deseo hablar con él.

—Oui, monsieur.

El camarero fue hacia el maitre d’hotel; pero, al parecer, otras personas habían tenido la misma idea, porque Alfonse, quien sabía todo y conocía a todo el mundo, estaba muy solicitado en las otras mesas y pasaron algunos minutos hasta que pudo acudir al llamado de Lord Drayton.

—¿Deseaba hablarme, milord? —preguntó cuando llegó.

—¿Quién es ella, Alfonse?

—¿La joven vestida de gris?

—Por supuesto. ¿Hay alguna otra mujer tan sensacional en el salón esta noche?

—Se registró en el hotel como Mademoiselle Fantome, pero tengo entendido que su tía, la dama que la acompaña, viaja de incógnita.

—¡De incógnita! ¿Entonces, quién es ella? Tú conoces a todo el mundo, Alfonse —dijo Lord Drayton.

—Siento mucho no poder informarle, milord. Pero de una cosa estoy seguro, y es que nunca había visto a ninguna de esas dos damas.

—Entonces no deben frecuentar muchos lugares —intervino Lady Violet—, porque Alfonse ha estado en todas partes y conoce a todo el mundo.

Alfonse hizo una reverencia, entusiasmado.

—Es usted muy amable, milady. Siento muchísimo no poder satisfacer su curiosidad y la de la mayoría de mis clientes esta noche. La joven ha causado sensación.

—Efectivamente —asintió Lady Violet—. Eso es lo que estabas preguntando, Robert. Qué bueno que estuvieras aquí esta noche, porque no nos hubieras creído si te lo hubiéramos contado. No siempre se puede causar una impresión así en Montecarlo. ¿No es cierto, Alfonse?

—Así es, milady. Si me permite decirlo, este lugar se destaca por la profusión de mujeres hermosas que a él acuden.

Alfonse inclinó la cabeza y se disponía a marcharse cuando apareció otro camarero y le murmuró algo al oído.

—Ve a decirles lo poco que nos has dicho —bromeó Lord Drayton—. Me has desilusionado, Alfonse. Creí que eras infalible.

—Estoy desolado por haber perdido mi reputación —repuso Alfonse, dirigiéndose hacia los ocupantes de la mesa que requerían su presencia.

—Insisto en que sus perlas son grises —dijo Lady Violet cuando Alfonse se hubo marchado.

Lord Drayton se puso el monóculo y miró en dirección de Lorraine.

—No creo que existan esas cosas.

—¿Quieres apostar?

Lord Drayton meneó la cabeza.

—En lo que se refiere a joyería, apuestas sobre algo seguro. No te daré la satisfacción de ganarme.

—¿Vas al concierto? —preguntó Lady Violet.

—Odio la música.

—Bueno, creo que Robert y yo iremos, y si el concierto es muy aburrido, nos reuniremos contigo en la sala de juegos. Pero dudo que estemos mucho rato, porque las sopranos me dan dolor de cabeza. ¡Son tan escandalosas!

—Encuentro el «treinta y cuarenta» mucho más reconfortante —replicó Lord Drayton.

Si ellos fueron desdeñosos con la cantante italiana, Lorraine, en cambio, experimentó un inefable placer al escucharla.

Se sintió transportada a un mundo diferente, pleno de un color y sonido que nunca creyó que existieran, aunque le gustaba oír cantar a las monjas en la capilla del convento.

Cuando el concierto terminó, Lorraine se volvió hacia su tía con la emoción reflejada en el rostro.

—Fue tan hermoso, tía Emilie —dijo—, que hasta sentí ganas de llorar. Nunca pensé que la música pudiera suscitar esos sentimientos.

Emilie le dirigió una mirada penetrante. No esperaba que Lorraine fuera tan temperamental. Deliberadamente, fingió un bostezo.

—Los conciertos por lo general son muy cansados, como podrás comprobar después de un tiempo, querida.

Su tono era despectivo y el éxtasis que animaba el rostro de Lorraine desapareció.

—Creo que podremos mirar en las salas de juego —dijo Emilie poniéndose de pie.

—¡Oh, tía Emilie! Estaba esperando que lo sugirieras. Tenía miedo de que decidieras regresar al hotel.

—No nos quedaremos mucho rato —respondió Emilie en tono cortante.

Al entrar en la sala de juegos, Lorraine se quedó atónita al contemplar los cientos de candiles encendidos, las columnas con capiteles de oro, las espléndidas pinturas y los mosaicos, las molduras y las estatuas.

Parecía raro, pero el ruido casi había cesado. Sólo se escuchaba el murmullo de las voces, el tintinear del oro y la plata y el «clic-clac», de la pelotita al recorrer la girante rueda de metal pulido.

Siete mesas de juego cubiertas de fieltro verde se encontraban distribuidas por el salón. Junto a éstas, los croupiers, con sus largos rastrillos, repetían con voz monótona:

—¡Hagan juego, señores!

Alrededor de cada masa se agrupaban los jugadores. Observaban el juego con una expresión tan impenetrable que era difícil saber si estaban participando en él o si ganaban o perdían.

Emilie recorrió varias mesas y llegó hasta la que estaba en el extremo más apartado del salón. El croupier miró a Emilie, que estaba de pie junto a una silla vacía. Ella titubeó un momento, pero como si la mesa la atrajera irresistiblemente, se sentó.

Le extendió un billete al croupier, quien lo cambió por monedas de oro. A Lorraine le pareció que su tía jugaba una suma considerable y la observó fascinada cuando apostó varios luises de oro a los nones. Emilie perdió la primera y la segunda apuesta y a la tercera ganó.

Lorraine sentía deseos de brincar de júbilo, pero temiendo una reprimenda, se quedó de pie, silenciosa, detrás de la silla de su tía.

Junto a ellas, una anciana se levantó con pasos vacilantes y Lorraine extendió la mano para ayudarla.

—Gracias, querida, eres muy amable —le dijo la anciana en francés con acento extranjero—. Déjame apoyarme en tu brazo… te agradecería mucho que me acompañaras hasta la puerta, pues no puedo ver muy bien.

Al ofrecerle su brazo, Lorraine observó que los ojos de la anciana estaban llenos de lágrimas.

—¡Oh! ¿Se siente usted desdichada? —preguntó.

—Sí, soy muy desdichada —contestó la mujer—, ¡porque he perdido a la ruleta todo mi dinero!

—Pero eso es terrible. ¿Qué hará ahora?

—Me iré a casa, querida. Eres muy amable en ayudarme.

Lentamente, llegaron hasta la puerta principal. Las lágrimas seguían corriendo por las arrugadas mejillas y la anciana no hizo ningún esfuerzo por enjugárselas.

—Pero no puedo dejarla ir así, Madame —le dijo Lorraine—. Es terrible que lo haya perdido todo. ¿Qué hará ahora?

Antes que la mujer pudiera responder, un lacayo que estaba esperando afuera se acercó a ella.

—El carruaje está aquí, Madame —le dijo.

—¿Entonces tiene quién la lleve a casa? —preguntó Lorraine aliviada. Casi había temido que al no tener dinero, la pobre anciana hubiera tenido que caminar hasta su casa.

—Sí, pero tengo que regresar. Lo he perdido todo. ¡Qué desdichada soy!

—Por favor, no llore —suplicó Lorraine, sin atreverse a secar con su pañuelo las lágrimas de la anciana.

Pero antes de que pudiera hacerlo, se escucharon los cascos de los caballos, un carruaje se detuvo y un lacayo bajó presuroso para ayudar a la anciana.

—Gracias, querida, gracias. Has sido muy amable. —Lorraine, al observarla partir, escuchó una voz detrás de ella.

—¿No irá a marcharse tan temprano?

Al volverse, Lorraine vio a Sir Robert a su lado.

—No, no me marcho todavía —dijo—, pero esa pobre mujer lo ha perdido todo. ¿Qué podría hacerse para ayudarla?

Sir Robert sonrió.

—No tiene por qué preocuparse. Ésa es la Condesa Kisselev. Viene siempre durante los meses de invierno. Como tiene un ansia incontrolable de jugar, sus nietos le asignan cierta cantidad diaria y cuando la ha perdido, tiene que regresar a casa.

—¡Pero estaba llorando! —exclamó Lorraine sorprendida.

—Siempre llora cuando pierde —respondió Sir Robert—. Le aseguro que es una persona adinerada, pero no puede resistir el embrujo de la ruleta.

Lorraine rió.

—Me engañó completamente. Se veía tan triste que, de haber tenido dinero conmigo, se lo hubiera dado. ¡Fue suerte que no llevara encima un solo centavo!

—¿Ya lo ha perdido todo también?

En ese Momento se aproximó un carruaje y Sir Robert tomó a Lorraine del brazo.

—Venga por aquí, rápido.

Ella se dejó llevar hasta un desierto salón de lectura.

—¿Por qué me ha traído aquí?

—Temí que llegara alguien y nos interrumpiera. Quiero hablarle.

—Pero no puedo quedarme. Tengo que regresar al lado de mi tía. Está jugando en una de las mesas.

—Entonces no la echará de menos por algunos minutos.

—Si nos viera juntos, preguntaría cómo nos conocimos.

—No nos verá —le aseguró Sir Robert—. Sólo la detendré un momento. ¿Se está divirtiendo?

—Lo vi durante la cena —respondió Lorraine—. Estaba con sus amigos, como todos en el comedor. Eso me hace sentir muy sola.

—No debe envidiar a nadie esta noche, porque todo el mundo la envidiaba a usted.

—¿Envidiarme a mí? Pero ¿por qué?

—Por su juventud y su belleza y las mujeres, por supuesto, envidiaban su collar.

Lorraine se llevó la mano al collar. Era de un extraño color gris, como la loncha interior de una ostra. El nunca había visto unas perlas iguales y se quedó asombrado.

—Pertenecieron a mi madre —dijo ella—. Tía Emilie me las dio diciéndome que podía usarlas esta noche. Nunca había tenido nada de mi madre, pero… quisiera que no fueran grises.

—Son unas perlas magníficas. Creo que no existe otro collar como ése en todo el mundo. Su madre debió haber sido una dama muy acaudalada para poseer joyas semejantes.

—No, ella… —empezó a decir Lorraine, pero se detuvo—. No debe hacerme preguntas. Tía Emilie debe estar furiosa. Tengo que irme.

—No se vaya —suplicó Sir Robert—. Le he dicho que esta noche las mujeres la envidiaron, pero ¿no le gustaría saber lo que pensaban los hombres?

—¿Sobre mí?

—¡Por supuesto! Todo el mundo hablaba de usted y dijeron que era la mujer más hermosa que habían visto en su vida.

Lorraine bajó los ojos y se volvió hacia la puerta.

—¿No pensará marcharse? —preguntó Sir Robert ansiosamente—. ¿He dicho algo que la ofendiera?

—Creo que se está burlando de mí —contesto Lorraine.

—Le juro que no es así. Le estoy diciendo la verdad. ¿No se da cuenta de lo adorable que es?

Ella lo miró y el rubor coloreó sus mejillas.

—Nunca me habían dicho eso.

—Pero tiene que haberlo oído antes —protestó Sir Robert—. Tiene que haber conocido a algunos hombres, aun en el convento.

Lorraine sonrió con un brillo malicioso en sus ojos.

—Sí, he conocido a algunos hombres: los sacerdotes que venían a ofrecer la misa y los padres de las otras alumnas.

—¿Y ellos no le dijeron lo hermosa que es?

—No, y creo que está usted equivocado.

—Por el contrario. Estoy en mejor posición de juzgar que ellos. ¿Debo repetírselo?

Lorraine bajó de nuevo los ojos y fue hasta la puerta.

—Debo irme ahora y por favor, no trate de detenerme.

Su tono era decidido, pero él la alcanzó y le tomó la mano.

—Antes de irse, prométame que la veré de nuevo.

—No puedo prometerle nada. Usted no entiende. Mi tía estará muy enfadada si se entera que he hablado con alguien.

—No se deje manejar por ella.

—Pero tengo que hacer lo que ella me ordena. Es mi tía y además… creo que me inspira un poco de temor.

—Si me necesita, ya sabe dónde encontrarme —dijo Sir Robert.

Se inclinó para besar la suave mano de Lorraine.

Le pareció que el color subía de nuevo a sus mejillas y en sus ojos asomó una expresión sorprendida y con un revoloteo de sus faldas y vuelos, se perdió de vista. Sir Robert no hizo el intento de seguirla.

Durante varios minutos se paseó por el saloncito y, cuando levantó la vista, se encontró a Lord Drayton parado en el umbral.

—¿Qué estás haciendo aquí, Robert? —le preguntó—. Te he buscado por todas partes. Ven, vamos a tomarnos una copa. Perdí a la ruleta. Probaré suerte de nuevo.

—Lo que necesito es un trago —contestó Sir Robert.

—¿Violet se fue a casa?

—Sí, se empeñó en escuchar a esa cantante de ópera y la música siempre le da dolor de cabeza.

—Es más barato tener un dolor de cabeza que perder lo que yo durante ese tiempo.

Atravesaron la sala de juegos para dirigirse al bar y Lorraine, de pie detrás de su tía, los miró pasar.

¡Qué alto se veía Sir Robert y cómo destacaba entre los otros hombres del casino! Con un sentimiento de culpa Lorraine concentró su atención en el montón de luises que iba creciendo enfrente de Emilie.

Un hombre se paró al otro lado de la mesa para observar el juego. Era joven, moreno y muy apuesto, y parecía disfrutar cuanto veía. Después de un momento, colocó un pequeño montón de luises en el número veintiuno.

—¡Cerradas las apuestas! —exclamó el croupier.

El único sonido que se escuchaba era el de la pelotita al rebotar sobre la ruleta.

—¡Veintiuno, rojo y nones!

El joven rió ante sus considerables ganancias y le tiró cinco luises al croupier.

—Gracias, monsieur. Está usted de suerte.

—Yo siempre tengo buena suerte.

El tono alegre de su voz y su gallardía eran irresistibles. El desconocido se retiró y Lorraine se percató de que no era la única persona que había estado observándolo. Los ojos de Emilie estaban fijos en él y, de pronto, llamó a un ayudante.

—¿Quién es el caballero que acaba de ganar? —preguntó.

—Su Alteza Serenísima, el Príncipe Nikolai, Madame.

—¡El Príncipe Nikolai! —repitió Emilie en voz baja.

Echó en su bolsa los luises que había ganado y se puso de pie.

—Vamos, Lorraine —dijo con impaciencia y Lorraine, asombrada al ver la prisa de su tía, la siguió.