Capítulo 15
Emilie sobrevivió tres días al ataque, pero no recobró el conocimiento. Jeanne la cuidó con devoción y Lorraine estuvo a su lado todo el tiempo, pero no pudieron hacer nada por ella.
La habían acostado inmediatamente en el Chateau d’Horizon y el Gran Duque mandó a buscar a su médico personal, pero éste, desde el momento en que examinó a Emilie, pronunció un veredicto desfavorable.
—Esta señora ha sufrido un severo infarto y es casi imposible que sobreviva más que unos cuantos días. Si por un milagro lograra recuperarse, quedará paralizada parcialmente por el resto de su vida.
Al advertir que Emilie perdía cada vez más la conciencia, Lorraine comprendió que era lo más misericordioso que podía ocurrirle. Se sentaba junto a su tía durante largas horas, sin experimentar ninguna sensación. Sus nervios, expuestos a tanta tensión, ya no podían soportar más.
Al tercer día Emilie murió. Lorraine había salido del dormitorio en penumbra para ir al salón que se encontraba al lado, pues le avisaron que el Gran Duque deseaba hablar con ella.
El Gran Duque estaba de pie junto a la chimenea y cuando Lorraine alzó sus cansados ojos hacia él, la puerta se abrió violentamente y Jeanne entró en el salón.
Estaba llorando; las lágrimas corrían por sus arrugadas mejillas.
—¡Está muerta! —exclamó—. ¡Madame está muerta!
Parecía que iba a desmayarse y Lorraine corrió a su lado, pero la vieja sirvienta la detuvo, extendiendo las manos, impidiéndole acercarse.
—No me toque, mademoiselle —suplicó—. Hay algo que tengo que decir y tengo que hacerlo ahora.
Miró al Gran Duque y él le dijo con voz calmada:
—¡Siéntese, ha experimentado muchas emociones!
Jeanne movió la cabeza.
—Permaneceré de pie, Su Alteza Imperial —dijo obstinadamente.
Entonces empezó a relatar su historia. La había tenido almacenada en su mente durante años y ahora la sacaba a la luz, en una exposición apasionada, tenebrosa y patética al mismo tiempo y el Gran Duque y Lorraine la escucharon fascinados.
Jeanne les dijo que había servido a Emilie durante diecinueve años, pero que la conocía desde antes, cuando fueron a la escuela de niñas en Britania.
Les habló del extraño carácter de Emilie, del odio que sentía por su padre y del posesivo amor que profesaba a su media hermana Alice.
Se refirió al nacimiento de Lorraine y a la venganza que la tía de ésta había planeado durante años, hasta que se convirtió en lo más importante de su vida.
Les dijo, también, cómo Emilie había partido para París, decidida a ganar dinero para pagar el colegio de Lorraine y cómo se había casado con Monsieur Bleuet y mandado a buscar a Jeanne para que le ayudara a manejar su casa.
Mientras Jeanne exponía con doloroso acento la historia de esos años, Lorraine comprendió cómo el deseo de venganza de Emilie reemplazó todo lo bueno y decente en su alma.
Se había hecho cargo del notorio establecimiento de Monsieur Bleuet porque le proporcionaba dinero para sus fines, sin tomarse un solo día de descanso, ahorrando hasta el último centavo, para poder enfrentarse algún día al Gran Duque.
Por fin, Jeanne llegó al punto de su relato en que los planes de Emilie se vieron amenazados por Henry Dulton y antes que permitir que él la extorsionara, lo había asesinado.
Entonces, cuando Lorraine comprendió lo sucedido en toda su crudeza, experimentó una agonía que le desgarró el corazón.
Por primera vez desde que su felicidad se había esfumado en la capilla de Santa Dévote, asomaron lágrimas a sus ojos y se resbalaron por sus mejillas.
Por fin comprendió por qué el Rajá la había insultado y por qué el amor de Robert se había tornado en desprecio.
Lloró por ella misma, por Robert, por Jeanne y por Emilie. Sí, también por Emilie, que fue quien conoció la más oscura desdicha porque, deliberadamente, se había olvidado de Dios.
Cegada y estremecida por las lágrimas, Lorraine hubiera caído al suelo si unos fuertes brazos no la hubieran sostenido y llevado a su habitación.
Alguien trató de consolarla, pero no pudo contener sus lágrimas. La examinó el médico, pero ella no pudo obedecer sus indicaciones. Recordaba haber bebido algo, un líquido amargo que corrió por su garganta.
Después, durmió; se despertó, comió, y volvió a dormirse. No tenía idea de cuánto tiempo había pasado. Sólo sabía que ya no se sentía atemorizada y que Jeanne estaba a su lado cuando se despertaba.
Cuando al fin se despertó, sintió que la embargaba una paz infinita. Alguien había descorrido las cortinas de su habitación y la luz entraba por las ventanas.
Se quedó contemplándolas largo rato, mientras los recuerdos acudían de nuevo a su memoria. De pronto, levantó la cabeza y sintió hambre.
Mientras decidía si debía hacer sonar la campanilla, la puerta se abrió suavemente y una doncella entró en su dormitorio. Era una joven bonita, de sonriente rostro moreno, que llevaba un gorrito blanco sobre los cabellos oscuros. Avanzó hasta la cama e hizo una reverencia.
—¿Desea el desayuno Su Alteza Serenísima?
Lorraine se quedó perpleja al escuchar ese título y tardó en reaccionar.
—¿Quién eres?
—Soy Yvette, Su Alteza Serenísima, y si está de acuerdo, la atenderé como su doncella.
—Eso suena muy bien —contestó Lorraine sonriendo—. Quisiera desayunar, por favor.
—Ya he ordenado el desayuno. El doctor dijo que Su Alteza Serenísima se despertaría esta mañana sintiéndose bien, y cuando uno se siente bien, tiene hambre.
La alegre voz de la joven levantó el ánimo de Lorraine. Se sentó en la cama, mientras Yvette traía unas almohadas para que apoyara la espalda y un chal para sus hombros.
Tocaron a la puerta. Yvette colocó el desayuno delante de Lorraine, quien encontró muy tentador el aromático café.
Cuando Yvette retiraba la bandeja, Lorraine le preguntó:
—¿Cuánto tiempo he estado en cama?
Para su sorpresa, Yvette respondió:
—Seis días, Su Alteza Serenísima.
—¡Seis días! —Lorraine apenas podía dar crédito a sus oídos.
—Sí, Su Alteza. Pero el doctor aseguró que su mal no era de cuidado. Dijo que sólo necesitaba dormir. Prometió que Su Alteza Serenísima se levantaría como nueva, y ya ve, dijo la verdad.
—Así es —replicó Lorraine haciendo a un lado la ropa de cama que la cubría—. Quiero mirar el jardín.
Cuando saltó de la cama, Yvette le puso sobre los hombros una exquisita bata de terciopelo blanco adornada con armiño. Lorraine la miró asombrada.
—¿De dónde salió esto? No es mío.
Por supuesto que sí, Su Alteza Serenísima. ¡Mire!
Yvette corrió hasta un armario que cubría toda la pared y lo abrió. Con un gesto teatral, mostró su contenido.
Lorraine lanzó una exclamación. Nunca había visto tal cantidad de hermosa ropa. Había vestidos de todas clases y colores y sus tonos rivalizaban con las flores del jardín.
—¿Son para mí?
—Por supuesto. El Gran Duque los pidió a Niza y también ordenó otros a París. Éstos llegaron anoche y yo me escabullí en su habitación para guardarlos mientras dormía.
Como cualquier mujer, Lorraine se sintió entusiasmada al saber que esas hermosas prendas eran suyas. Y notó también, que no había ni un solo vestido gris.
Eso también había quedado relegado al pasado, aunque no podría olvidar jamás otras cosas.
Pero ahora tendría que pensar en algo más y preguntó rápidamente:
—¿En dónde esta Jeanne?
—Está haciendo sus maletas, su Alteza Serenísima. Se marcha esta mañana.
—¿Se marcha? ¿Pero a dónde se va? Dile que venga a verme enseguida.
Yvette salió apresuradamente y Lorraine, como se sintió débil, se sentó en un sillón junto a la ventana.
Desde allí podía contemplar el jardín y la radiante belleza de las fuentes con sus esculturas de piedra gris.
La puerta se abrió y Jeanne apareció en el umbral. Vestía ropa de viaje negra, pero su expresión era calmada.
Lorraine se puso de pie y fue hasta ella como una niña va en busca de una querida niñera.
—Jeanne, me dijeron que te marchas.
—Es cierto, mademoiselle.
—¿Pero por qué? ¿Cómo puedes dejarme?
Jeanne sonrió.
—Nunca la olvidaré, querida. Ahora tiene una familia que desea cuidarla y amarla. Ha regresado a su hogar y yo también regresaré al mío. Regreso a Britania.
—¿Y estás contenta?
—Muy contenta. Su Alteza Imperial ha sido muy generoso. Me ha dado suficiente dinero para comprar una casita y vivir allí por el resto de mis días sin tener que trabajar. Sí, me alegro de poder regresar mademoiselle. Nunca pensé que tendría tanta suerte.
—¡Entonces yo también me alegro! Querida Jeanne, ¡has sido tan buena conmigo!
Los ojos de Jeanne se llenaron de lágrimas, pero eran lágrimas de felicidad, muy diferentes a las que habían rodado antes por sus ajadas mejillas.
—La extrañaré, mademoiselle, y nunca la olvidaré. Pero es mejor que me vaya. Su Alteza Imperial desea que olvide el pasado y tiene razón. Usted es joven y hermosa. No piense en el pasado, el futuro le tiene reservadas muchas cosas mejores.
—Trataré de olvidar —dijo Lorraine, sabiendo que Jeanne hablaba de su tía Emilie.
—No siempre es fácil, pero cuando uno perdona como Dios nos perdona a nosotros, llega el olvido.
Lorraine titubeó unos momentos y luego dijo con sinceridad:
—He perdonado a tía Emilie.
Era la verdad, aunque ello incluyera perdonar a su tía por la culpa que había tenido, indirectamente, en apartar a Robert de su lado. Su herida todavía estaba abierta, pero no habría sido justo culparla a ella por algo que ocurrió sin su conocimiento.
Sería desdichada sin Robert; pero su tía estaba muerta y no podía guardarle rencor. Jeanne sonrió, como si comprendiera el conflicto de su corazón.
—Debemos rezar por Madame —le dijo.
—¿Fuiste a su funeral?
Jeanne asintió.
—Tuvo un funeral muy sencillo. No había nadie más que yo, el sacerdote y los enterradores. Su Alteza Imperial no deseaba que hubiera habladurías.
—Lo comprendo. Nunca me olvidaré de rezar por ella.
—Y yo por usted, mademoiselle. Cuando tenga tiempo, tal vez podría escribirme para decirme si es feliz.
—Por supuesto que lo haré —replicó Lorraine e impulsivamente besó a la vieja sirvienta en la mejilla—. Adiós, Jeanne, y gracias por tu bondad. Nunca te olvidaré.
Jeanne se inclinó y la besó en la mano y, con los ojos velados de lágrimas, salió de la habitación.
Lorraine suspiró. Verla partir era perder una amiga. Pero aquél era otro eslabón del pasado que se rompía.
Yvette regresó y ayudó a Lorraine a bañarse. Después riendo, las dos jóvenes inspeccionaron el enorme armario.
Escogieron un vestido de muselina verde pálido adornado con botones de rosa y cuando Lorraine se miró al espejo apenas se reconoció.
Estaba tan acostumbrada a su apariencia de fantasma con los vestidos que su tía Emilie le había comprado, que casi no podía creer que esa radiante criatura fuera ella.
Con mucha timidez, salió de su cuarto en busca de su nueva familia.
No sabía adónde debía dirigirse, pero un pasillo abovedado la llevó hasta el gran salón donde había visto al Gran Duque por primera vez.
Estaba vacío, lo mismo que la silla de respaldo alto que él ocupaba. Lorraine miró curiosa a su alrededor, apreciando los gobelinos en las paredes, los valiosos muebles franceses y los adornos antiguos de incalculable valor.
Estaba observando un jarrón griego, cuando escuchó una voz a sus espaldas y se sobresaltó cuando dos manos la tomaron de los hombros y la hicieron volverse.
—¡Dios, mío, qué hermana tan bonita me he conseguido!
Era el príncipe y Lorraine se sonrojó cuando él se inclinó para besarla en la mejilla.
—¡Al fin despertaste! —le dijo él en son de broma—. Ya empezaba a pensar que eras la bella durmiente.
—Me haces sentir como si tuviera que disculparme.
—No necesitas hacerlo —le aseguró el príncipe—. Además, tendría que perdonar a alguien tan bonita como tú, no importa lo que hiciera. Pero pareces diferente ahora.
Dio unos pasos hacia atrás para considerar su apariencia, y entonces lanzó una exclamación:
—¡Ya sé lo que me extrañaba! ¡Ya no eres un fantasma!
—Todos mis vestidos grises han desaparecido.
—Enhorabuena. Por supuesto que eso se debe a nuestro padre.
—Me ha comprado este vestido y docenas de hermosos trajes.
—Me imaginé que haría algo semejante —sonrió el príncipe—. Y me parece que voy a ponerme un poquito celoso. Nunca lo había visto tan complacido ahora que estás aquí.
La expresión de Lorraine se tomó seria.
—Me alegro —dijo—. Tenía miedo de que no me admitieras.
—No lo he decidido aún —respondió el príncipe en tono solemne, pero sus ojos brillaban burlones—. A lo mejor resultas una de esas hermanas mandonas que siempre están diciendo lo que se debe hacer.
—¡Como si me atreviera! —exclamó Lorraine y rieron de buena gana.
En cierto modo, encontraba ridículo que ese apuesto joven fuera su hermano. Y sin embargo, era maravilloso pensar que tenía un hermano. Por fin pertenecía a alguien.
—¿Cuál es la broma? —preguntó una voz.
Al volverse, vieron al Gran Duque parado junto a la puerta que daba al jardín. Lorraine corrió hacia él. Miró su rostro aristocrático y le dijo:
—Gracias, muchas gracias.
—¿Por qué en particular?
—Por los hermosos vestidos… por tenerme aquí.
El Gran Duque extendió un brazo y ella puso su mano en la de él.
—Tenemos mucho de qué hablar, tú y yo —dijo él con voz tranquila.
—Sí, Su Alteza Imperial.
—¿Tienes que ser tan formal? Quisiera que me llamaras de otra manera. ¿Sabes cuál es?
—Sí… padre.
El le sonrió y se inclinó para besar su mejilla. Impulsivamente, ella le echó los brazos al cuello y el duque le dijo con voz conmovida:
—Gracias, hija.
La condujo hacia dos confortables sillas que estaban en la terraza.
El príncipe había desaparecido y Lorraine comprendió que él sabía que su padre quería estar solo con ella.
El Gran Duque se acomodó en la silla y se dirigió a Lorraine.
—Ésta es la última vez que te hablaré de Emilie Riguad. Está muerta y sólo podemos esperar que su atormentada alma encuentre paz en otro mundo, porque nunca la conoció en éste. He dado instrucciones al Hotel de París para que se abstengan de contestar preguntas referentes a las dos damas que se hospedaron allí bajo los nombres de Madame Secret y Mademoiselle Fantome. Sólo deberán decir que las dos se marcharon con destino desconocido.
Después de una breve pausa, el Gran Duque, mirando a Lorraine, añadió:
—En unas semanas más daré la noticia de que mi hija ha llegado a Montecarlo para quedarse a vivir conmigo. Te presentaré a mis amigos y visitarás el palacio, y no hay ninguna razón para que te relacionen con la joven que se hospedó en el Hotel de París. La temporada de invierno está por terminar y la mayoría de los visitantes regresará a su país de origen.
Lorraine lo escuchaba ansiosa y él prosiguió:
—Si regresan el año que viene, y entre paréntesis, el Rajá de Jehangar no estará entre ellos, no tienen por qué reconocerte o relacionarte con la notoria Mademoiselle Fantome. Estarás de acuerdo conmigo, estoy seguro, de que ésta es la mejor forma de solucionar el asunto.
—Sí, padre, estoy segura —dijo Lorraine sin convicción y el Gran Duque prosiguió diciendo:
—Hay muchas cosas que tendremos que discutir en el futuro, pero hay otras relacionadas con el pasado que quiero explicarte. Una de ellas se relaciona con tu madre. No quiero que imagines que yo no la amaba y que la dejé ir porque no me importaba su felicidad. La amaba apasionadamente, como solo he amado a otra mujer en mi vida, a mi primera esposa, la madre de Nikolai.
El Gran Duque suspiró profundamente y añadió:
—Cuando me abandonó, después de una tormentosa escena en la que me dijo que me odiaba y que no quería vivir más conmigo, yo creí que estaba haciendo lo indicado al dejarla hacer su voluntad. Sabía que temía a su hermana Emilie y que le disgustaba la vida de la granja y supuse que si la dejaba sola, ella volvería por su propia voluntad.
Lorraine lo miró asombrada y él dijo, con un gesto desolado:
—Pero me equivoqué, como bien sabes; y cuando mi amor pudo más que el orgullo y mí necesidad de ella fue tan grande que estaba dispuesto a suplicarle que regresara, bajo las condiciones que quisiera, fue demasiado tarde. Me dijeron que había muerto. No tenía la menor idea de que había tenido una hija.
El Gran Duque hablaba con voz adolorida y Lorraine puso una mano sobre su brazo.
—No me lo cuentes, si te hace sentirte desdichado.
—Quiero que comprendas lo sucedido. Y hay algo más que quiero decirte. Te he quitado las perlas que pertenecieron a tu madre. Esperaba que Alice las hubiera vendido y se hubiera comprado con ese dinero lo que necesitaba. No tenía idea de que Emilie Riguad las había guardado para usarlas como un arma para su diabólica venganza.
—Fue un plan muy atrevido.
—Pero muy ingenioso. Ella sabía que la única persona a quien yo adoraba era a mi único hijo. Sin duda había oído decir que Nikolai es muy alegre y que le atraen las jóvenes hermosas. Pensó que si podía hacer que se enamorara de ti, mataría dos pájaros de un tiro, como se dice vulgarmente. Yo me vería obligado a averiguar tu identidad y a Nikolai se le rompería el corazón y arruinaría su vida al saber que estaba enamorado de su propia hermana.
El Gran Duque, poco después de un momento, añadió reflexivamente:
—Sí, fue una trama muy ingeniosa, aunque no tuvo el éxito que ella esperaba. Creo que estoy en lo cierto al afirmar que Nikolai no está enamorado de ti ni tú de él.
—No, él no está enamorado de mí, ni yo de él —repitió Lorraine. Por un momento, vaciló, sin decidirse a hablarle a su padre de Sir Robert.
No, no podría contárselo a nadie. Sería confesar su humillación y su desdicha, porque él no había creído en su inocencia.
Murmurando una disculpa, se levantó y se dirigió al jardín. El Gran Duque la miró alejarse, pero no hizo ningún esfuerzo por detenerla. Sus ojos eran sabios y comprensivos. Sabía que era demasiado pronto para forzar sus confidencias.
El resto del día transcurrió alegremente. Lorraine exploró el jardín y el Gran Duque la llevó hasta los invernaderos, donde tenía la más renombrada colección de orquídeas de toda la costa del Mediterráneo.
Después, exploraron el castillo y él le mostró los tesoros de arte que había traído de Rusia. Sorprendida, Lorraine se enteró de la distinción e importancia de sus antepasados.
La invadió una sensación muy extraña al pensar que hacía apenas unos días no era nadie; una joven que no tenía derecho a usar el apellido de su padre, y ahora era una princesa por derecho propio, emparentada con monarcas de países europeos y descendiente directa del Zar de Todas las Rusias.
Le comunicó a su padre que no se acostumbraría nunca a que se dirigieran a ella por su nuevo título, pero él se rió de sus temores.
—Muy pronto te acostumbrarás —le dijo—. Encontrarás que es algo muy natural porque tú eres una verdadera aristócrata, querida. Tu sangre inglesa es noble y muy antigua. Algún día iremos a Inglaterra y conoceremos a tus parientes, ingleses. Por cierto que tu primo Segundo ha sido nombrado recientemente Secretario de Asuntos Exteriores.
—Me asusta tener tantos parientes, después de no haber tenido ninguno.
—Así es la vida —replicó el Gran Duque—. O se tiene todo o no se tiene nada. Parece como si no hubiera términos medios.
Cuando fue a sus habitaciones a cambiarse para la cena, Lorraine pensó que, en medio de tanta abundancia, era como un náufrago que clamaba por un trago de agua dulce. Lo que ella deseaba más, lo más importante en su vida no podía lograrlo.
Sólo Sir Robert podía aliviar la pena que la embargaba. Pero jamás volvería a verlo. Quizá habría partido de Montecarlo y, aunque hubiera intentado verla de nuevo, no lo habría conseguido. Lorraine se cubrió el rostro con las manos y un estremecimiento de dolor sacudió todo su cuerpo.
En esos momentos tocaron a la puerta. Lorraine trató de responder y después de unos segundos dijo:
—¡Adelante!
La puerta se abrió.
—Siento interrumpirla, Su Alteza Serenísima —dijo Yvette—, pero hay una mujer que está muy ansiosa de hablar con usted.
—¿Ha preguntado por mí? ¿Quién es?
—Se llama Madame Boulanger, pero dijo que usted no la reconocería por ese nombre. Me explicó que una vez ella llevaba un vestido bordado con mariposas y que es de la mayor urgencia que hable con Su Alteza en estos momentos.
Lorraine recordó el bello rostro de Stella.
—¡Por supuesto que sé quién es! Hazla pasar aquí, Yvette.
—Muy bien, Su Alteza Serenísima.
Mientras esperaba, Lorraine vio que Yvette había sacado un vestido de encaje blanco, adornado con pequeñas rosas para usar a la hora de la cena.
Era muy diferente de aquel que había usado la noche que el Rajá la amenazó por primera vez, cuando se enredó con la mariposa de Stella en el guardarropa del casino.
¿Pero por qué quería verla ahora esta mujer? Lamentó su primer impulso de recibirla sin notificarle primero al Gran Duque. Pero ya era demasiado tarde para cambiar de opinión.
Un golpe en la puerta le informó que Madame Boulanger ya esperaba afuera. Yvette la anunció y Stella entró en la habitación.
Por un momento, Lorraine casi no la reconoció. Vestía con mucha sencillez y no llevaba sombrero, sino un chal que había caído sobre sus hombros. No usaba maquillaje y, sin embargo, se veía aún más bella y más joven que el día que se encontraron junto al guardarropa.
Las dos mujeres quedaron frente a frente y Stella hizo una reverencia.
—Su Alteza Serenísima ha sido muy amable en recibirme.
—¿Cómo sabía que estaba aquí? Se supone que es un secreto.
—Sí lo sé —replicó Stella—. Pero el mayordomo de Su Alteza Imperial es primo de mi esposo. El nos habló de la hermosa dama que había llegado al castillo. El la describió y cuando supimos que Mademoiselle Fantome había dejado súbitamente el Hotel de París, no fue difícil atar cabos.
—¿No se lo dirá a nadie?
—Por supuesto que no. Ni siquiera le dije al primo de mi esposo quien era Su Alteza. No vine aquí a causar problemas sino a decirle algo que creo que es de suma importancia para usted.
—¿Qué es?
—Se trata de Sir Robert Stanford.
Lorraine se estremeció y preguntó sin tratar de ocultar su ansiedad:
—¿Qué le ocurrió? ¿Está todavía en Montecarlo? ¿Tiene algún problema?
—Sí, mademoiselle, está en problemas.
—¡Oh! —El monosílabo pareció salir del fondo de su corazón—. ¿De qué se trata? Por favor, dígamelo.
—Está herido.
Al ver que Lorraine se ponía pálida, agregó:
—Pero no se asuste. Está mucho mejor. Creo que parte mañana para Inglaterra.
—¿Pero qué le ocurrió? ¿Cómo se hirió?
Stella miró por encima de su hombro para cerciorarse de que la puerta estaba cerrada.
—¿No buscará problemas, Mademoiselle, si le digo la verdad? Una vez usted fue muy bondadosa conmigo y deseo hacerle un servicio.
—Le prometo que no crearé problemas ni para usted ni para nadie.
—Fue Potoc.
—¿El sirviente del príncipe?
—Sí. Apuñaló a Sir Robert por la espalda, en los jardines del casino.
—¡Lo apuñaló! ¿Pero por qué?
Lorraine no había terminado aún de formular la pregunta cuando adivinó la respuesta. Se estaba vengando de la herida que Sir Robert infligió al príncipe. El nunca perdonaría a quien había lastimado a su adorado amo y se había tomado venganza rápida y secretamente.
—¿Y no corre peligro la vida de Sir Robert?
—¡Ahora no! Por suerte lo encontraron apenas fue herido y lo llevaron al Hotel Hermitage. El médico pudo parar la hemorragia y coser la herida. Como le he dicho, mañana saldrá para Inglaterra.
Lorraine se llevó las manos al rostro.
—¿Y qué puedo yo hacer?
—Le cuento esto, mademoiselle, porque usted fue buena conmigo. Me ayudó a tomar una decisión que cambió toda mi vida y me hizo encontrar la felicidad. Sé, porque mi esposo trabaja como chef el Hotel Hermitage, que Sir Robert la ama. Los sirvientes siempre hablan, especialmente los franceses, y la primera noche, cuando estaba delirando, Sir Robert pronunciaba su nombre una y otra vez.
Stella dirigió una tímida mirada a Lorraine antes de continuar diciendo:
—Pensará que soy muy atrevida al venir a verla con ese pretexto, pero un día, cuando usted estaba hablando con Sir Robert junto a la orilla del mar, yo pasaba en mi carruaje. Creo que no me vieron porque no tenían ojos más que el uno para el otro. Entonces pensé que usted lo amaba y, cuando él la estuvo llamando toda la noche, supe que él la amaba también. Si he sido indiscreta o impertinente al venir aquí le ruego que me perdone.
En respuesta a las humildes palabras de Stella, Lorraine puso su mano sobre el brazo de la mujer.
—No, hizo bien en venir. No sabe lo agradecida que le estoy. Saber que me ama es lo más importante para mí. Tenía razón al pensar que yo lo amo.
Stella sonrió con alegría.
—¡Gracias! Ahora puedo estar tranquila. Regresaré al hotel con mi esposo.
—¿Se casó recientemente?
—Sí —replicó Stella—. Y se lo debo a usted.
Las dos mujeres se estrecharon las manos en un gesto amistoso y Stella se marchó dejando sola a Lorraine.
Ahora ya no estaba indecisa; sabía exactamente lo que tenía que hacer y tenía que hacerlo sin demora. Llamó a Yvette para que la ayudara a cambiarse. Luego corrió por el pasillo hasta el salón donde sabía que el Gran Duque estaría esperando antes de la cena.
El alzó la vista cuando ella entró y al ver la expresión de su rostro se puso de pie.
—¡Padre, ha ocurrido algo! ¡Por favor, escúchame! Necesito contártelo.
Al mirarla, el Gran Duque comprendió que desde ese momento ya no existirían secretos entre ellos.
* * *
Dos horas después, Sir Robert, sentado en un sillón junto a la ventana del Hotel Hermitage, escuchó que llamaban a la puerta. Las ventanas estaban abiertas y él estaba contemplando la noche. La luna nueva se levantaba sobre el mar y las estrellas empezaban a brillar.
No volvió la cabeza; pensó que sería algún sirviente que venía a remover el fuego o a traerle algo de beber.
Siguió con los ojos fijos en la oscuridad, pero no se movió hasta que un sexto sentido le indicó que alguien, junto a él, lo observaba. Volvió la cabeza con impaciencia, pero las palabras que iba a pronunciar murieron en sus labios: era Lorraine quien se encontraba junto a él.
La luz de los candiles la iluminaba con claridad y nunca la había visto tan hermosa. Su blanco vestido la hacía verse aún más joven y atractiva, o tal vez ello se debía a la expresión de su rostro, o a sus grandes ojos oscuros que contrastaban con sus cabellos dorados.
El la miró, incapaz de moverse o de hablar y con un rápido movimiento, Lorraine se arrodilló junto a él, poniendo las manos sobre los brazos del sillón.
—He venido a decirte algo —le dijo con voz dulce—. Me pediste que te jurara de rodillas, por lo que considerara más sagrado, que no sabía que mi tía era Madame Bleuet. Ya sabía que en un tiempo ella se había llamado así, pero… hasta que murió, no supe quién había sido o lo notorio de su nombre. No tenía idea… de lo que hacía… ni de toda la maldad que estaba relacionada con ella. Eso te lo puedo jurar ahora… ante Dios… y ante todos los santos…
Cuando la voz de Lorraine se desvaneció, Sir Robert, como si acabara de despertar de un sueño, se inclinó y la tomó entre sus brazos.
—¡Lorraine! —exclamó—. Te he deseado tanto. He preguntado por ti, he rezado por ti, pero me informaron que te habías marchado. ¿Crees que no sé que eres inocente? ¡Oh, mi adorada! Debí haber estado loco para pensar siquiera por un momento que eras algo más de lo que aparentabas. Te ruego me perdones y que me digas que todavía me amas.
Los labios de ambos estaban muy cerca y él la estrechó entre sus brazos. Lorraine reclinó la cabeza en su hombro.
—Perdóname —volvió a decir Sir Robert y por fin ella pudo contestarle.
—Yo… ¡Oh, yo te amo!
El buscó sus labios y ella volvió a sentir aquel éxtasis que experimentó en la capilla cuando se juraron amor ante el altar. Ahora nada podría separarlos. Eran un solo ser, un hombre y una mujer unidos ante Dios por toda la eternidad.
—¡Oh, mi amada, mi hermosa adorada!
Sir Robert murmuraba frases dulces junto a su oído y ella pudo ver que sus ojos estaban húmedos.
—No, no puedo dejarte ir. Eres mía, pero temo que te esfumes y te necesito, Lorraine. No hubiera descansado hasta encontrarte, pero no sabía por dónde empezar. Pero has venido a mí y te amo y no deseo perderte.
La besó otra vez, con besos posesivos, exigentes, y ella se sintió inflamada de deseo en respuesta a sus caricias.
El tiempo se detuvo y se perdieron en el paraíso.
—Eres tan hermosa —le dijo él con voz ronca por la emoción—. Mañana regresaré a Inglaterra y vendrás conmigo. Te llevaré a Cheveron, a mi hogar. Nos casaremos allí; o aquí, antes de partir, si lo prefieres.
—Creo que para eso tendrán que pedirme permiso —dijo una voz desde el umbral.
Sir Robert alzó la cabeza y cuando Lorraine se separó de sus brazos, se puso de pie lentamente.
—¡Su Alteza Imperial! —exclamó asombrado.
El Gran Duque entró en la habitación.
—Siento interrumpirlos —dijo—, pero antes que sigan haciendo planes, debo pedirle que, de acuerdo con las reglas sociales, se sirva pedirme la mano de mi hija en matrimonio.
—¿Su hija?
Sir Robert no podía ocultar su sorpresa y Lorraine emitió una leve risa de felicidad.
—Sí —dijo—. El Gran Duque es mi padre. Es maravilloso poder tener una familia.
—Y sin embargo, si no me engañan mis ojos y he escuchado bien, estás ansiosa por dejarme —dijo el Gran Duque.
Lorraine lo miró con expresión preocupada.
—Por favor, padre, trata de entender.
—Creo comprender —dijo él sonriendo—. Robert, su padre fue un viejo amigo mío. Usted y yo nos hemos encontrado en distintas ocasionen y mi hija me ha contado que se aman. Un grave error se levantó entre ustedes, pero de acuerdo con lo que vi cuando entré en la habitación, parece que ya se ha aclarado.
—Está olvidado, señor —declaró Sir Robert.
—Me alegro de oírlo. Hay muchas cosas que es mejor sepultar en el pasado e ignorarlas completamente en nuestros planes para el futuro.
—Entonces, señor, ¿puedo solicitar su permiso para casarme con Lorraine?
—Tienen mi permiso —replicó el Gran Duque—, con una condición. Si, con una condición —repitió al ver que Sir Robert y amaine lo miraban asombrados.
—¿Y cuál es? —preguntó Sir Robert.
—Que no se lleve a mi hija tan pronto —contestó el Gran Duque—. No, no se queden tan descorazonados, creo que es lo mejor para los dos. Tienen toda la vida por delante y, si Dios quiere, serán felices, Pero deseo que empiecen su vida juntos en una forma correcta, sin escándalos.
El Gran Duque esperó a que los dos jóvenes se repusieran del efecto que aquellas palabras les causaron para seguir diciendo:
—Usted, Robert, vino a Montecarlo por una razón. Ésta ya lo exime, pero las gentes tienen mucha memoria y su maledicencia llega mas lejos aun. Quiero que regrese mañana a Inglaterra, a Cheveron, y reanude su vida normal. Sin duda hay muchos asuntos que requieren su atención en sus propiedades. Y todavía tiene que reconciliarse con su madre. En tres meses, Lorraine y yo iremos a Inglaterra.
—¡Tres meses!
El desencanto era evidente en la voz de Lorraine.
—Sí, querida —dijo el Gran Duque con firmeza—. En tres meses. Parece un tiempo muy largo, pero recuerda que tendrás cincuenta años para vivir en compañía de Robert. Puedes dedicarme tres meses, y junio en Inglaterra es una época muy agradable, según recuerdo. Me gustaría presentarte a la sociedad de Londres, y después que te hayas inclinado ante la Reina en Windsor, tal vez iremos a Cheveron para hospedarnos con el hijo de mi viejo amigo, Sir Robert Stanford.
—¡Oh, padre!
Lorraine, con los ojos brillantes unió las manos.
—Si ustedes se comprometen cuando se conozcan en Cheveron, será algo natural y encantador. ¿Me comprenden?
El Gran Duque miró directamente a los ojos de Robert.
—Lo comprendo, señor, y le agradezco que haya tenido mucha más visión que yo.
—No diré que sea más sabio —replicó el Gran Duque—, pero tengo más experiencia en las cosas del mundo.
Extendió la mano.
—Adiós, Robert. Nos veremos en Cheveron en junio.
Los dos hombres se estrecharon las manos y el Gran Duque sacó su reloj del bolsillo.
—Te esperaré en el carruaje, Lorraine —dijo—. Los caballos se pondrán muy inquietos si no bajas en cinco minutos.
—Gracias, padre.
El Gran Duque salió de la habitación y la puerta se cerró tras él.
Por un momento, Lorraine y Sir Robert se quedaron mirándose. Luego él extendió los brazos y ella se arrojó en ellos con un leve grito de felicidad.
—Tu padre tiene razón, cariño. Debemos esperar. Pero ¿no me olvidarás? Prométeme que pensaras en mí todos los minutos del día y de la noche hasta que volvamos a vernos.
—Te lo prometo.
—Regresaré a mi hogar y lo preparé para ti. Soñaré allí contigo y veré realizado mi sueño de unir las dos cosas más perfectas que he conocido en mi vida: tú y Cheveron.
El la estrechó contra su pecho y besó sus cabellos. Sabía que esto era lo que había buscado siempre y que al fin su búsqueda había terminado.
—Te amo —murmuró rozando sus labios y no hubo necesidad de palabras cuando ella se rindió a la pasión de sus besos.
FIN